viernes, 12 de abril de 2013

Los árboles azules 17: La sombra

Y volvió a aquel sitio que, más que un refugio, era un útero que debía alimentarla y albergarla, pero sobre todo protegerla del acoso exterior.

La casa era hermosa. Mármol, cristal, madera, algo de bronce. Ni moderna ni demasiado antigua, en absoluto barroca. Una sobriedad elegante que ella nunca hubiese elegido pero en la que se sentía cómoda. Y hasta entretenida, allí había libros, discos y películas para aburrir. Y lo mejor de todo, aptas para toda clase de gustos.
No se atrevía a mover las cortinas. Espiaba desde el borde del cristal y no encontró nada sospechoso. Una calle céntrica con bastante tráfico, enfrente un chalet de dos pisos dejaba pasar la luz y mostraba el precioso parque de la calle de enfrente. Ningún balcón a su altura. ¿Quién hubiera podido espiarla? Aquello parecía tan perfecto que por fuerza debía haber sido calculado al milímetro.

En la cocina había dos montacargas, uno que se accionaba para que bajase con las bolsas de basura, el otro que subía por su cuenta, siempre con alimentos. Afortunadamente, en ninguno hubiese cabido ni un gato. Tuvo que transcurrir una semana para que Auko disfrutase de un auténtico privilegio nunca bien valorado: vivir sin temblar. Aguantó las ganas de usar su teléfono. Aquella casa parecía segura pero alguien debía estar esperando que diese señales de vida y las de un teléfono móvil es lo más chivato que existe. Si nadie debía saber que estaba allí, mejor ni encenderlo.                                                   Pero una mañana vio en el espejo una sombra que no era la suya. Al otro lado de la puerta abierta había alguien y tenía que haber entrado mientras estaba durmiendo. Cada noche, antes de acostarse, registraba todos los rincones pero, al menos una persona tenía la llave de aquel piso. Eso lo había sabido siempre.Tuvo una reacción extraña que no se parecía mucho al miedo. Una revolución interna, una expectación, la necesidad de mantener los ojos muy abiertos, pero, más que por temor, por curiosidad, por euforia, como si presintiese algo emocionante. Se preocupó por la tira negra de pelo que había nacido en su cabeza más allá del tinte naranja. ¡Qué cosas tan estúpidas pensamos a veces! Antes de moverse tuvo que echar un vistazo al espejo delator porque aparecer presentable ante quien fuese le parecía de vital importancia.
 
Un gran gato con la espalda arqueada y la cara de Sabino. El extraterrestre. El conductor que regalaba gominolas. En todo ese tiempo, no había dejado de pensar en él. Sus ojos también eran felinos. Tenía en las manos un casco de motorista.
(Continuará)

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