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viernes, 2 de agosto de 2024

Lucrecia (Relato con anagnórisis)

Esas cosas es imposible imaginarlas. Quién lo hubiera dicho cuando era un bebé y alguien entró con ella en brazos en el asiento trasero de un taxi. El nombre se lo había puesto ella pero de la identidad de sus padres adoptivos no sabía absolutamente nada. Curiosamente, cuando la bebé -nacida del amor con un chico africano que vino a trabajar a su pueblo- no solo había dejado de serlo hacía mucho, sino que había cumplido doce años esa primavera, todo empezó a encajar. Primero, conoció sus apellidos gracias al chivatazo del entorno familiar. "Ni se te ocurra comentar que te lo he dicho yo, si mi madre se entera me deja de hablar un año". La madre de Feli era amiga íntima de la suya y participó a su manera en todos los tejemanejes de un rapto supuestamente legal. En realidad, se la arrebataron de los brazos cuando aún no se había repuesto de la anestesia, le obligaron a firmar unos papeles, bajo amenazas que ahora consideraba irrisorias, y ocultaron la información con siete llaves. Hasta Feli, una chica cabal, amiga de la infancia, había tardado todos esos años en soltar la bomba. Seguramente pensó que el dato no le iba a servir para nada, pero los planetas se habían alineado en su favor. Pocos meses después, Lu se hizo con el trofeo a la mejor deportista de la región dentro de su categoría, y su nombre, junto a su foto, entre otros muchos detalles que podían parecer triviales para cualquiera que no fuese ella, apareció en primera página de la prensa nacional. De ahí a poderla ver en persona solo había un paso.
Y lo dio. Un martes de noviembre, después de un largo seguimiento por los alrededores del domicilio, de esperar su salida del colegio bien camuflada bajo el casco de la moto o al volante del coche de un amigo, de conocer sus idas y venidas, las costumbres familiares e incluso intuir sus pensamientos bajo aquellos rizos oscuros, pudo acercarse a ella en la zona de los columpios del parque adónde solían llevarla. Lu estaba siempre muy protegida, era algo desconfiada también, así que no fue fácil.
Esa tarde, calculó meticulosamente distancias y tiempos. Cuando la niña, en sudadera color mostaza, bajaba a toda velocidad del tobogán, ella pasó por delante, se agachó un poco para quedar a su altura y susurró: "Conozco a tu mamá biológica, si quieres que te traiga una carta suya súbete la capucha". Lu lo hizo al instante y ella se apartó rápidamente para que no la viese llorar.
Después de ese día, la esperaba, siempre a la misma hora, sentada con un libro en el banco más apartado de la zona infantil. Ya empezaba a desanimarse, cuando una tarde levantó la vista y vio como caminaba resueltamente hacia ella, ponía un pie a su lado para atarse la zapatilla y hablaba sin casi mover los labios. "Si la tienes, levántate y déjala aquí mismo. No te preocupes, la pienso guardar en el calcetín".
Madre mía, ¡qué hija tan lista había parido! Lamentó no poder darse la vuelta para ver cómo se las arreglaba, pero había que caminar tranquilamente, no dejar traslucir su emoción, pasear sin rumbo entre los setos y, finalmente, alejarse de allí sin saber qué podía esperar de ese encuentro. Pero aquel era un triunfo mucho mayor de lo que nunca habría podido soñar. Así que sacó fuerzas de donde no las tenía y se fingió indiferente mientras se veía acosada por mil ojos desde todos los rincones del parque.
Dejó pasar un par de semanas antes de aparecer por la zona. Su carta decía:
"Querida Lu. (Yo te llamo así cuando pienso en ti, o sea a todas horas). Me prohibieron quedarme contigo y me ha sido imposible encontrarte hasta ahora. Ha sido gracias a tu premio. No imaginas lo orgullosa que me siento de tu talento como deportista, lo feliz que me hizo tener pistas de tu paradero y cuánto te he empezado a querer desde que te conozco. Me gustaría que habláramos, pero no sé si tienes prohibido encontrarte conmigo. Supongo que muy fácil no será, ya que no te atreves a mirarme. Te quiere con toda su alma y espera ansiosamente tu respuesta. Mamá."
La vio en cuanto llegó a la explanada, estaba agachada sobre el que ahora consideraba su banco, el de ellas, y eso le pareció buena señal. A su lado, un par de mujeres charlaban de sus cosas. Esperó hasta que la vio alejarse. Sobre la piedra, había escrito con tiza: "Déja aquí tu teléfono". La tiza estaba en el suelo. Se sentó, sacó el libro y fingiendo que leía hizo lo que le indicaban. Una de las señoras la miró fijamente cuando abrió el pañuelo y borró las palabras de Lu, pero ya no pintaba nada allí. Metió el libro en el bolso y vio perfectamente cómo su hija la estaba observando desde lejos.
Semanas e infinidad de chats más tarde, había conseguido convencerla de que la decisión estaba en sus manos. Solo tenía que hablar con sus padres, hacer valer sus razones. Sin su consentimiento ella no tenía fuerza legal ni moral para cambiar nada.
Han pasado tres años. Ahora Lucrecia tiene dos madres, un padre y una sombra en África cuyo rastro tratan de encontrar las dos juntas. 

lunes, 20 de mayo de 2024

No se puede vivir sin los pájaros (Relato costumbrista)

 


Antes vivía en una casita muy coqueta, con azotea y una terraza con vistas. Pero las vistas no eran lo mejor (y eso que al este, por debajo, había unos jardines preciosos y encima de ellos una hilera de montañas que cambiaba de color constantemente, y al sur un mar de tejados con el mar auténtico al fondo). Lo mejor eran los pájaros.

O uno en particular, con unos arpegios que para sí quisieran muchos cantantes. Ejercía de solista y solo actuaba cuando no encontraba competencia. Si sus colegas de otras especies iban de acá para allá soltando algún trino, el reservaba su garganta para cuando podía contar con un buen auditorio. No sé de qué especie era, ¿ruiseñor, calandria?, pero me hubiera gustado conocerlo. Habríamos hablado de lo mal que nos caían las gaviotas, esas pesadas que no paran de chillar, y sin el rumor de un océano que atenue sus voces son bastante inaguantables.

Mi pajarito preferido era como la cigarra de la fábula, se sabía con talento y gustaba de prodigarlo a su público. Lo imagino parado en una rama, estirando un poco el cuello para que su música se extendiese sin obstáculos por el parque y más allá. 

Pero ya no vivo allí, me he mudado a una placita triangular, recoleta, con una columna en el centro encaramada a un pedestal y rematada por una cigüeña con un gran pico anaranjado. Debe ser, supongo yo, un homenaje a las aves. Esta plaza, aunque con menos vegetación que aquel parque, no tiene ni un rincón libre de árboles, bien frondosos por cierto, y está plagadita de pájaros. Y aunque echo de menos al artista, he de reconocer que estos, en conjunto y a su manera, también son entrañables. No necesito verlos para adivinar que se pasan el día trabajando. Su conversación es industriosa, colaborativa, todos rezan a un mismo son. No sé qué tejemanejes se traen, pero noto que se llevan bien y que están entregados a alguna tarea que varía según el momento. Estos nuevos vecinos, gorriones probablemente, desempeñarían el papel de la hormiga en el cuento. En una sociedad como la suya -tan diferente de la humana- nunca les faltará comida y cobijo.

Les escucho parlotear a todas las horas del día y son como la fuerza vital que dota de vigor a este rincón del mundo y a quienes lo habitamos. Sin ellos, el sol siempre presente, el verde de las hojas, los niños que salen a jugar a sus anchas y el pequeño obelisco central no serían capaces de otorgar a mi placita ese dinamismo suyo tan fuera de lo común.

viernes, 5 de abril de 2024

Las tres mosqueteras




Encontré esta foto en el álbum secreto de Mamali (así o con acento en la i, según mi estado de zalamería) meses después de enterrarla. El nombre es una apócope, la susodicha se llamaba Liboria y nunca quiso que la llamase mamá a secas. Porque en realidad no lo era y para aparentar normalidad, como si nuestras vidas, las de cinco mujeres nada menos, no hubiese tenido sobresaltos. Ignoraba que hubiese un álbum secreto, donde guardaba las fotos que nunca repasábamos en las tardes de lluvia, un cuaderno hecho a mano con las tapas recortadas de una caja de zapatos y hojas de cartulina en tonos pastel. 

Las primeras mostraban a mi abuela embarazada junto a sus dos hermanas, más pequeñas. Aún son unas crías. A mi abuela la engañó un mozo del pueblo enseñándole un anillo y aprovechándose de su ignorancia, pero ella siempre se ha considerado una ramera, una mujer libidinosa y sucia que no acató el sexto mandamiento y fue castigada justamente. El parto de mi abuela fue considerado en el pueblo una maldición familiar, por eso tampoco se casaron mis tías.

A continuación aparece mi madre de bebé, en el colegio, en su primera comunión, en un baile rodeada de amigas. Nunca la vi en ninguno de los otros álbumes, aunque sí llegué a conocerla. Vino unas cuantas veces y nunca sabía qué decirme. Una mujer de ojos tristes y expresión ausente que parecía haber llegado allí a la fuerza. Me compraba chuches en el quiosco de la plaza y una vez se empeñó en regalarme unos prismáticos de colorines que me parecían un horror, pero no me atreví a decirle nada.

Ella fue otra víctima de los tiempos. Pagó la vergüenza de Mamali con una educación más que severa, se le prohibía todo y -lo sé por experiencia- una adolescente necesita respirar aire fresco. Así que se ennovió con un forastero que le doblaba la edad y se escapó a Madrid con él. La encontraron en un prostíbulo, pero Mamali no hubiese soportado la vergüenza de tenerla de vuelta y allí se quedó. Por aquella época estrenaron Emmanuelle en  España y las tres hermanas se hicieron famosas por capitanear las protestas: decenas de mujeres caminando en procesión por la otra acera, vestidas de negro y rezando el rosario a pleno pulmón. Alguien hizo esa foto, que ella guardó celosamente, donde aparecen las tres, por entonces cuarentonas aunque aparenten tener noventa años. Probablemente, se avergonzaría de aquello más tarde, porque Mamali cambió con el tiempo y mis tías abuelas también, principalmente gracias a mí.

Nací una década más tarde y mi madre me llevó con Mamali en cuanto le dieron el alta en el hospital. Según mis noticias, nadie puso objeciones. Me criaron entre las tres y, esta vez sí, mantuvieron la cabeza bien alta. Nadie les sacó los colores a cuenta de mi existencia porque ellas no lo permitieron, y yo crecí feliz, rodeada de amor y con cierta tendencia a provocar a mi alrededor continuas caídas de baba. Por fin sucedió lo que parecía impensable cuando ellas eran jóvenes, pues lo que en mi abuela fue credulidad, en mis tías resignación y en mi madre rebeldía yo lo transformé en polémica, larguísimas y extenuantes conversaciones que les levantaron muchos dolores de cabeza pero acabaron convenciéndolas de que en mi caso no había nada que temer. Lo que conseguí es mi mayor orgullo: estudiar derecho en Madrid viviendo en un piso de estudiantes financiado entre todas, a la misma edad que una se embarazó y la otra cayó en las garras del proxenetismo.

Ya han fallecido las cuatro, y yo conservo este álbum bendito que me ha convertido en lo que soy, una privilegiada, la competente abogada que convence solo con su labia y pruebas incontestables -es decir, sin trampa ni cartón- y una madre divorciada que no oculta el pasado a sus hijos. 

Pero, tengo que admitirlo, en lo tocante a los hombres tampoco puede decirse que haya tenido mucha suerte.

martes, 6 de septiembre de 2022

Sin miedo a volar (Relato fantástico)

 

Laurel Burch - Autorretrato (1999)

Todo el pueblo se ha llenado de máscaras, pasan cantando cogidos de la mano. Para verlos mis hermanas levantan los visillos un poco, intentando no delatarse, pues sabemos que se trata de una fiesta pagana, pero los reconocemos fácilmente. Llevan cabezas de papagayo o de indio y el cuerpo cubierto de plumas chillonas. Estos días nadie de mi familia sale de casa, Micaela es la única que se atreve a agarrarse a los barrotes sin importarle que la reconozcan. Es la más pequeña, así que no nos compromete. Ella va señalando: esos son los Carachitas, que hacen portes en su carro, por allí va el grupo de los que recogen azafrán, el chico pequeño del herrero lleva una cabeza de toro. “Adoran a falsos ídolos”, dice mi tía, y se santigua. Lo dejamos cuando llega la modista. El domingo de Ramos las chicas estrenarán vestidos floreados y yo seguiré sin levantarme. Madre es quien ayuda a la modista o esta la que ayuda a madre, los están confeccionando a medias y no se sabe bien quien cose más que la otra o cual de las dos dirige el trabajo. Los encajes están hechos a mano, todas las tardes Paulina y mi madre se sientan en sus sillas de enea pegadas al balcón y dan aire a los bolillos. Irán en dos bandas muy estrechas que se cruzarán con otra más ancha bajo el busto. Contemplo fascinado cómo mueven las manos a velocidades de vértigo, tanto que apenas se les ven los dedos, y cómo, al otro lado de la almohadilla, van surgiendo unas tiras finas y blanquísimas, auténtica filigrana que simula pájaros, flores, figuras geométricas, o escultura plana construida a base de hilos que sale como por arte de magia de esas manos de hada que tienen las dos.

Me regañarían si supieran que menciono a las hadas. Los únicos seres sobrenaturales son, para mi madre, Dios, los ángeles y los santos. Todo lo demás son invenciones diabólicas para condenarnos. Si supiera que la noche pasada vino una a visitarme llamaría corriendo al párroco para que me confesase y me diese la extremaunción, pues pensaría que estoy en peligro de muerte y a punto de caer en las llamas del infierno. Pero, aunque las fiebres me han dejado escuálido, no me voy a morir todavía. La comida no me alimenta, parezco un insecto palo hasta por el tono verdoso de la piel, mis brazos y piernas son como alambres tiesos que se doblan en línea recta. Parezco un muñeco de madera, una especie de pinocho hecho de carne. Me toco la nariz pero no ha crecido, es la misma nariz de antes. Aún así, me tomarían por mentiroso si me atreviese a contar lo que he vivido. Cuando dije que de mayor quería hacer lo mismo que la modista, mi padre me pegó con el palo de la escoba, el día que se me apareció una bruja metieron mi cabeza en un cubo, así que esta vez me callo. He visto a un hada, he hablado con ella, me ha llevado volando a través de las nubes, hemos patinado por el cielo, nos hemos agarrado a un arco iris que giraba como una noria y que nos dejó flotando sobre el mar, temblando de emoción el hada y yo, dejándonos salpicar por las olas, envueltos en espuma cuando volvimos a surcar el aire.

El hada se llama Yunia, “Mi estirpe procede de unas plantas terráqueas que se extinguieron mucho antes de que aparecieseis los humanos. Quedamos en el terreno de los seres incorpóreos, pero somos curiosas y nos gusta enterarnos de todo lo que ocurre, en este y en los demás universos.” Le pregunto si entre ellas no hay hombres. “No podemos reproducirnos, siempre estamos las mismas, así que no hay sexos en nuestra especie, solo sustancias, la mía es de tipo medio, pero no puedes entenderlo porque no hay nada comparable aquí.” Sonríe cuando le pregunto si es un ángel o algo parecido. “Es verdad que a veces nos confunden, pero los ángeles están en otro plano, no podemos coincidir con ellos y vosotros tampoco. No nos dejamos ver por casi nadie pues tenemos que corporeizarnos y es una tarea fatigosa. Además, no es nada agradable sentirnos atacadas, nadie puede herirnos aunque quiera pero no soportamos la violencia, nos hace sufrir mucho más que a los humanos ya que somos una raza pacífica. Solo nos acercamos a algunos niños, los más valientes, los que, como tú, creen en la fantasía y son capaces de vivir en mundos paralelos.” Le pregunto si va a volver. “Eso depende de ti, asegura, mantén la mente abierta todo el tiempo que puedas, aunque tarde o temprano crecerás, por desgracia, y no me verás más aunque volvamos a estar tan cerca como hoy”.                                                                                                                        

lunes, 15 de agosto de 2022

El mundo visto por Alicia



Cuando Alicia era niña nadie podía llevar la contraria a los padres. Por entonces los chavales tenían que ser sumisos, soportar lo que fuese, porque había que tener en cuenta el enorme sacrificio que suponía haberlos traído a este mundo. No se ponía en tela de juicio lo que hacían y decían los mayores, ellos lo sabían todo, acertaban siempre, hasta tenían la facultad de adivinar el porvenir.
Con el tiempo, acabaría preguntándose por qué se había casado tan joven. Era incómodo vivir en aquellas familias, convertirse en una adolescente asediada por unos padres –más o menos bienintencionados– que debían ejercer el autoritarismo más severo con sus hijas, lo quisieran o no, porque así se lo imponía la sociedad de la época.
Con apenas veinte años, recién salida del colegio de monjas, sin saber nada de la vida y sus argucias, convencida de que iba a ser tratada con equidad sin tener en cuenta su género, se encontró, sin comerlo ni beberlo, girando en una espiral de violencia difícil de entender. Eran otros tiempos, aquello no se podía contar ni a la familia, denunciarlo era impensable a no ser que se mostraran marcas bien evidentes en el cuerpo. Y, aún así, siempre quedaba la sospecha. Pero el terror no deja huellas, imposible probar que has sido amenazada con un cigarro encendido mientras te sujetaban los brazos a la espalda. Si hasta los moretones merecían el sarcasmo del policía de turno, una mirada condescendiente y la advertencia que zanjaba la cuestión: “Los trapos sucios se lavan en casa, señora.”
Pero lo logró. Aunque le costó lo suyo, consiguió huir de aquello, salvarse, no ser anulada, escapar a un destino seguro de sumisión y maltrato. Por fortuna tenía una profesión. Es verdad que, desorientada como estaba, le costó no entregar su sueldo al que todavía era su marido, y eso que no le veía el pelo en semanas.
Por fin, se atrevió a enfrentarse a sus exigencias, conservar su propio dinero que, además, necesitaba para mantener a su hijo, hacer frente a los gastos de la casa y pagar los del divorcio. Pero la cosa no acababa ahí, fue quedarse sola y enfrentarse a la noticia de que lo debía todo: la luz, el gas, el recibo de la contribución urbana, el agua y hasta un pufo en las cuentas de la comunidad de vecinos. Aquel santo cabeza de familia no había pagado a nadie y, por si esto fuera poco, afanó lo que pudo aprovechándose de su condición de presidente del bloque.

Con la ayuda de su familia, Alicia consiguió salir también de aquel atolladero. Ahora entiende que ella sí pudo salvarse, que su mente y su vida entera no fueron anulados por años de maltrato y sumisión, y que ocurrió así porque pudo ser rápida. Entonces no lo sabía, pero sacó ventaja a la fatalidad pidiendo  ayuda a su entorno y ejerciendo esa profesión que le permitió independizarse. Esto, teóricamente, es fácil de asumir, pero en la práctica no tanto. Desorientada como estaba, le costó mucho resistirse a entregar su sueldo al marido, aunque le pegara, no le dirigiese la palabra, aprovechase la menor oportunidad para dejarla en ridículo y no apareciese por la casa más que los fines de semana, aprovechando que Alicia se refugiaba esos días en el hogar paterno para invitar a sus conquistas dejando huellas por todas partes, aunque desde el día de la boda, jamás hubiese mantenido una conversación con ella de igual a igual ni sobre el asunto más intrascendente.Tras un enfrentamiento terrible que la dejó con los nervios destrozados, su legítimo salario no volvió a cambiar de bolsillo. Era hora de buscarse un abogado –peregrinación larga y angustiosa por los despachos más machistas de la ciudad– y, tras comprobar que el coche familiar estaba solo a nombre de él, que los ahorros se habían repartido por varias cuentas y que ninguna estaba a su alcance, se enfrentó a la separación, única alternativa por entonces pues el divorcio todavía no había llegado a España.

***
En cambio ahora los amos del cotarro son los hijos de ambos sexos. Ninguno es culpable de nada, ellos son quienes creen detentar el poder legítimo, quienes consideran a los padres sus sirvientes, esos que no tienen defectos destacables y, si acaso presentan alguna imperfección, la culpa es siempre de los progenitores, sobre todo de las madres, ellos siguen estando por encima de esas bagatelas, son los triunfadores, los que se arrastran por las trincheras del mundo exterior (aunque ellas trabajen el mismo número de horas) y por tanto seres superiores a quienes no compete lo que ocurre de puertas para adentro.
Los hijos, esos seres inefables a quienes hay que permitírselo todo. Y ay de ti si no lo haces. Serás inmediatamente comparada con los padres de otros hijos e hijas, con las madres de los amigos y compañeros. Comparada y denigrada, porque esas madres sí son comprensivas, no como tú, Alicia, que intentas poner límites y te sientes impotente ante tanta permisividad. Sigues siendo la rara, Alicia, fuiste hija cuando los hijos eran el último mono y ahora eres madre, menos que un cero a la izquierda en medio de este maremágnum.
Un hijo tiene todos los derechos, aunque sea mayor de edad, aunque tenga ya hijos propios. Alicia se pregunta qué pasará con la generación de sus nietos, ella no va a poder verlo, tiene demasiadas ganas de ser abuela y nunca las ha disimulado. Esa ilusión no se perdona, es una oportunidad para atacar, para frustrarla, para no darle el gusto de conocer a esos niños. Por eso nunca podrá saber si la situación se invertirá de nuevo a favor de los padres o los que nacen serán las nuevas víctimas de una generación inmisericorde. Afortunadamente, todos los hijos no son como César ni todos los maridos como el padre de este, ella sabe que tuvo mala suerte, una mala suerte demasiado frecuente, por desgracia.
Ya no tiene derecho a nada, y eso que tuvo que aceptarlo todo. Aquello por lo que no transigió cuando el déspota era su marido tuvo que soportarlo como madre. Con ese hijo, que ¿para qué negarlo? tuvo un buen maestro, que apenas se preocupó de él pero que le enseñó todos los resortes patriarcales que él aprendió de buena gana porque la tradición es lo primero, sobre todo si nos mantiene en la cresta de la ola.
Hubo de transigir con el desprecio, la humillación, los insultos, el abandono cuando llegó la enfermedad que se instalaría para siempre en su vida. ¿Qué otra cosa podía hacer? Hay que disimular, no rebelarse para no parecer una mala madre, aunque Alicia sabe que ejerció su doble tarea de padre y madre con toda dignidad y resultados más que brillantes. Se lo pusieron difícil, pero lo consiguió, lanzó al mundo un ser con todas las herramientas para triunfar: personalidad, cultura, atractivo, don de gentes. Faltó la empatía, que no sirve para nada. Se hubiera merecido que le hubiese puesto en la calle tras las primeras broncas, pero ¿cómo se puede rechazar a un hijo? Esperaba que cambiase algún día, no se le ocurrió nada mejor. Es posible que alguna vez él madure o se acabe enamorando de una buena chica. Pero la chavala hablaba otro idioma, venía de otras latitudes y era ingenua hasta decir basta. Hasta en eso tuvo suerte César. Mejor dicho, supo escoger. Y el abandono se produjo. Sí, fue él quien abandonó a su madre inválida y, por tanto, inservible, como se arroja al cubo de basura una escoba vieja o un aparato que ya no funciona.
¡Vaya negocio de vida, Alicia! Si lo llegas a saber. Más vale estar sola que mal acompañada, tú lo sabes bien, haces buenas migas con la soledad, tienes un sinfín de aficiones, presumes de sociable, de que jamás te ha faltado alguien con quien tomarte un café. Pero has de reconocer que has vivido en la orilla equivocada. Que nunca fuiste la cara de la moneda, la figurita de la baraja, la parte de arriba del plato, que permaneciste en la parte de atrás, la que sostenía todo el tinglado y no se dejaba ver por nadie.
Por suerte, pertenece a una generación que se preparó para tomar las riendas de su vida, que sabe disfrutar de los buenos momentos, tomar lo que la suerte le ofrece, que nunca se creyó el cuento del príncipe azul y ha sabido ganarse el sustento, que siempre vio una oportunidad en la derrota y ha aprovechado su soledad aparente para seguir cultivándose hasta hoy. Alicia, por fortuna y a diferencia de otras muchas mujeres, tiene muy claro quién es quién en su historia. No se hace responsable de que la suegra se adueñase de su casa aprovechando su extrema juventud, de que su cuñada la tomase por el pito del sereno, de que su marido se convirtiese en un tirano en cuanto el cura les dio las bendiciones, de que su hijo haya asumido el rol de ese padre con el que solo convivió cuando aún no se sostenía en el suelo, que nunca lo ha querido y del que jamás ha obtenido un céntimo. A veces piensa que está pagando sus culpas, que César se ha vengado en su persona cobrándose, o eso debe pensar, la inmensa deuda afectiva que dejó el padre ausente.
Afortunadamente, hay familia, amistades, un sol que aparece en el horizonte todas las mañanas, oxígeno para respirar, árboles, pájaros. Y su gran obra, la que llevó a cabo porque debía y quería, ese hombre llamado César a quien entregó las herramientas necesarias para ser razonablemente feliz. Una obra que la llena de regocijo porque comprende que el triunfo es solo suyo, aunque ese hombre feliz haya acabado dándole la espalda.

miércoles, 29 de abril de 2020

Paisajes del año 3050 (Relato apocalíptico)

Soy Gaia, nieta y abuela del planeta y de todo cuánto contiene. Recuerdo un tiempo, todavía cercano, cuando me poblaban unos fantoches con ínfulas conocidos como hombres. Ellos se denominaban así, fueron quienes pusieron nombre a todo. Tenían cierto encanto, pero no siento nostalgia de ellos. Contemplo a sus nietos, los homínidos del siglo XXII y me siento más que satisfecha. Veo a Grug, a Saf, a Ess y los demás caminando por el borde de los ríos, navegando en balsas construidas con juncos o fabricando sus viviendas con masa vegetal prensada y mi futuro me parece mucho más amable.
Me asfixiaron esos animalillos vocingleros y, aunque sentí verdadera lástima de ellos, no tuve más remedio que vengarme. Sus nietos contemplan perplejos las ruinas que dejaron, no saben qué pensar, las evitan. Ellos no han tenido tiempo aún de transmitir lo que saben, pero entre la civilización y yo me prefieren a mí. Espero que no me defrauden. ¡Aún son tan inocentes!
Forman pequeños grupos que caminan sin cesar, abandonando cada poco tiempo sus construcciones efímeras. Son más bajos de estatura que aquellos, más fornidos, la forma de su cráneo es diferente así como la longitud de sus brazos, tienen los ojos más separados y la nariz más prominente. Se afanan a diario por sacar provecho de las viejas cosechas, matan animales o intentan defenderse de ellos, no han necesitado inventar dioses para explicar nada, pero observan este mundo en ruinas y empiezan a esbozar hipótesis. Son muy prolíficos, siempre van rodeados de niños a los que cuidan con esmero para que no mueran antes que ellos, pero no es tarea fácil en un entorno tan hostil.
Ess exhibe su vientre abultado una vez más. Se siente orgullosa y baila. Tiene un vello rojizo y sedoso, camina muy erguida, segura de que sigue sus pasos la recua de chiquilines de color caramelo que ha ido engendrando desde que es adulta. Lucha cuerpo a cuerpo con animales de su tamaño y huye de los más grandes. Por lo general, no consigue abatirlos, ni ella ni nadie tiene mucho éxito, pero siempre ha salido indemne de la lucha.
De madrugada, les escucho murmurar junto a una hoguera. Hacen planes para viajar cada vez más lejos, están resultando grandes exploradores, solo tienen que aprender a orientarse y, quizá, refinar sus técnicas. Intercambian estrategias para encontrar alimento, comunican sus descubrimientos a los demás, inventan canciones, y algunos las acompañan pateando con gran regocijo de todos. A veces, viéndolos progresar, temo que vuelvan a las andadas. Pero no, estos son distintos, una especie menos soberbia y bastante más pacífica.
Sin embargo, y aún aprobando lo que hacen, no deja de sorprenderme la indiferencia, rayana en el desprecio, con que estos homínidos acogen los restos de la civilización perdida. Evitan los antiguos edificios, convertidos ahora en una pila de cascotes; en general, el urbanismo les parece una trampa, por eso rodean las ciudades y se desparraman por montañas y llanuras, siempre buscando el agua, huyendo de las fieras, persiguiendo bichos pequeños. 
Si me sorprendo es porque aún no me he acostumbrado a esta nueva mentalidad y porque sé que, a poco que indagasen, encontrarían materiales suficientes para progresar con rapidez. Si es que a aquello se le puede llamar progreso, claro. Pero parece que han nacido con una sabiduría nueva, mucho más acorde a nuestras necesidades mutuas, y que no sienten ningún interés por aprovechar esos materiales, aprender viejas técnicas, rastrear el lenguaje de los libros, deducir cómo funcionaban las máquinas. En una palabra, por quitar el óxido a la historia.
Intuyo que esa historia va a empezar de cero, que la herencia dejada por los humanos acabará convertida en polvo y hundida definitivamente, como una capa más de mi epidermis. Pasarán los años y los siglos, el mundo, o sea yo misma, adquirirá una fisonomía distinta a la de ahora. O puede que no. Pero si les da por alterar mi nueva y plácida vida, espero que los cambios sean leves, respetuosos, armónicos y, sobre todo, reversibles.

sábado, 7 de marzo de 2020

Vida y milagros de Silverio G. (Relato claustrofóbico)

-¿Puedo sentarme aquí contigo?
-Claro, te acerco un taburete. Hasta las cinco no vendrá nadie, podemos hablar.
-¿Siempre estás aquí?
-Siempre
-¿Dónde vives?
-En esta casa.
-Esto no es una casa, es un puesto del mercado, aquí no puedes dormir.
-¿Qué no? Allí, detrás de ese biombo.
-Ni ducharte.
-Pero tengo un lavabo y toallas, y un hornillo y la comida que me trae el jefe.
-¿Has visto el mar?
-Nunca.
-¿Dónde naciste?
-No lo sé.
-Me gustaría pasear contigo.
-¿Pasear?
-Sí, por la calle.
-¿Dónde está eso?
-Me estás tomando el pelo. ¿Te prohiben salir de este tugurio?
-Prohibir no, es aquí donde estoy siempre.
-Así que no conoces otra cosa. ¿No sabes donde naciste? ¿No tienes padres?
-No lo recuerdo.
-Eres muy guapo. ¿Te enseñaron a leer?
-Mi jefe me enseñó, y a hacer las cuentas.
-¿Te gustaría tener una aventura?
-Si me la das me gustará mucho tenerla.
-Las aventuras no se dan, se viven. A mí me gustan, soy muy aventurera, tú en cambio no has vivido nada. Y tenemos la misma edad.
-Si te gusta a ti, me gustará a mi también.
-Deja que te coja de la mano, vamos a salir de aquí, a pasear por el parque, verás los coches, las tiendas.
-Mejor tráeme aquí la aventura. No puedo dejar las verduras solas, ni el dinero.
-Entonces es que eres feliz aquí, no necesitas nada.
-No te entiendo.
-Ahora tengo que irme, a las cinco entro en la academia. Pero vendré mañana a hacerte compañía, o mejor el domingo, que no trabajas y podrás acompañarme a ver mundo.
-Tráeme aquí el mundo, no puedo abandonar la mercancía.
-Yo pondría el mundo a tus pies si me acompañaras ahí fuera, pero juro que no puedo meterlo en el mercado, es demasiado grande.
-Entonces es que no te gusto tanto.
.-Me gustas mucho Silverio, pero no puedo estar siempre aquí dentro, yo tengo una vida y tú podrías tenerla. Si ni siquiera te pagan.
-¿Para qué? Tengo lo que necesito.
-Eso es lo que tú crees. Voy a darte un beso largo, largo y luego repites lo que has dicho.
-Por allí viene el jefe, María. ¿Vendrás mañana a la misma hora?
-Vendré el día que pueda coger la nieve, los árboles, el río y ponerlos aquí, entre las naranjas.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Cuando el mundo se convierte en leyenda

Se arrastra bajo la bóveda esa nube que parece un dragón acechando a una bandada de aves. Son las diez de una mañana invernal. El frío pone escarcha en los cristales y son como cuchillos que el malhechor oculto tras la cortina del pasillo sujetará con los dientes antes de lanzar su fiereza contra un David inmovilizado por la orden terminante de sujetar bajo su axila un termómetro. Suda a causa de una fiebre que también le produce escalofríos. ¿O es el terror lo que hace chocar las dos filas de dientes bajo el abrigo cómplice de las mantas? Ese desconchón de la pared aparece bajo el papel pintado con la fisonomía de un ogro que lleva en sus dientes una ardilla. Los ramajes de la pared descienden sobre él como serpientes que se dispusieran a succionar su sangre. 
... vuela. llevándole sobre los hombros, en dirección a unas montañas de espuma.
Pero a  pesar de tanta amenaza, nota que se está adormilando. ¿Cómo puede traspasar la frontera del sueño en un momento tan terrible? Eso es impropio de él, tiene que resistir a toda costa. Se arrima a la pared y esta se convierte en una gelatina que succiona. Nunca fue tan fácil pasar al otro lado, al reino de los lagos cristalinos, donde Mariana, la hechicera vagabunda, le espera enfundada en una armadura de acero inoxidable. Nadan sin descanso y, a punto de alcanzar la orilla opuesta, su compañera levita en espiral agitando una campanita que suena como la ermita de San Andrés llamando a misa de doce.
Han de apresurarse pues una bandada de mosquitos trompeteros les persiguen. Son gigantescos, y en el lugar donde deberían tener los ojos se encuentran dos mazorcas de maíz. Mariana le alza sujetándole del cuello y vuela llevándole sobre los hombros en dirección a unas montañas de espuma.
Escuchan el motor de un avión que revolotea por encima, pero no es más que el aspirador de la casa del vecino. El mosquito mayor del reino se acerca y le clava el aguijón en el brazo. Luego le incorpora la cabeza para que beba un poco de agua y entre las pestañas ve a su madre que acaba de ponerle la inyección del mediodía. 

... es como una flor mágica, o como un duende de cristal que susurra un sortilegio incomprensible.
Toda la habitación tiembla, como si se hubiese vuelto líquida, y se vuelve a sumergir en el lago. Pero ahora divisa, a través de los visillos, los edificios de enfrente que siempre ha imaginado como media docena de ositos rodeando a mamá osa.
Su madre verdadera le pega un cachete en la mejilla para advertirle que está delirando. Intenta atravesar la pared de nuevo para despedirse de Mariana pero ya no es posible. Toda la casa huele a arroz con pescado, nota sobre la piel el tacto de las sábanas y la contundencia del colchón sobre el que está tendido. Aún así, la magia no se pierde del todo: esa tulipa azul que reluce sobre la mesita de noche es como una flor mágica, o como un duende de cristal que susurra un sortilegio incomprensible. 
Mariana, la hechicera vagabunda, le espera enfundada en su armadura de acero...Llega una bandeja con comida y David siente cómo se le despierta el estómago. El plato se ha convertido en un campo de combate. Soldados-gamba luchan contra carabineros sosteniendo trozos de rape como escudo sobre un campo de arroz azafranado que oculta en su subsuelo las amenazantes almejas-bomba. El sol es ahora una rodaja de limón y los churretes de grasa que se le escapan por las comisuras regueros de sangre que ha brotado al calor del combate y que le proporcionará honores y medallas.
Pero eso será luego, en cuanto haya devorado la paella.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Si sueñas no conduzcas 😀 (Relato con trampa)

Te lo aseguro, lector. Los sueños pueden ser la vía de escape perfecta, hasta diría que, bien manejados, pueden llegar a hacernos felices. No creas que exagero tanto. Imagínate a un náufrago, tipo Robinson Crusoe en su solitario paraíso, una vez ha conseguido asegurar su subsistencia, o lo que es igual, con la cabaña construida, acopio de leña para asegurarse el fuego, construcción de trampas que impidan el acceso a animales salvajes, elaboración de artilugios de caza y pesca así como aparatos y utensilios que le sirvan para cocinar y vestirse. Bien, ahora es cuando Robinson II echa una ojeada a su alrededor y cae en la cuenta de que está completamente solo. No se ve ningún Viernes por los alrededores ni le va a visitar un dios para concederle compañía del otro sexo. Robinson II empezará aburriéndose y acabará deprimido. Pero nos olvidamos de que, como ser humano que es, no tendrá más remedio que dormir unas cuantas horas todos los días. Y ahí es dónde mi teoría adquiere consistencia.
Tampoco le vendría mal amaestrar a alguna cría de cualquier mamífero que aparezca por allí, pero convengan conmigo en que no va a resultarle fácil a Robinson II.
Tampoco es un manitas.
Pero imaginación tiene, y mucha. Hasta se ha construido una tumbona uniendo jirones de redes que alguna vez debieron servir para pescar, y la ha atado a dos palmeras para tomar el sol a la caída de la tarde.
Robinson II teme sufrir alucinaciones, además detesta deprimirse. Como carece de teléfono, prensa y cualquier medio audiovisual, se le ocurre que la soledad, en el mundo civilizado, era algo muy diferente.
Pero necesita una segunda vida con urgencia. Una virtual a falta de algo más consistente. Si encontrase una cabaña, quizá el antiguo propietario le hubiese dejado una tele en herencia. Pero no hay rastro de construcciones, ni de antenas, ni ningún aparato electrónico.
Paul Gauguin . Day of the Gods (1894)
Ha pasado casi un mes.
Robinson II está sentado frente al mar, recordando. La noche pasada mantuvo una discusión con Ricardo, este extrajo una navaja del bolsillo y la hizo brillar a la luz de la araña del salón. Sonreía con malevolencia. Luego se dio media vuelta y se evaporó en el aire. Frente a Robinson II, que en ese momento no se llamaba así sino Esteban, apareció una mesa, enorme y bien servida aunque sin comensales a la vista, y decidió caminar hacia el lado opuesto en busca de respuestas. A su izquierda, por un balcón que daba al jardín, apareció un perro enorme que saltó hasta colocarse encima y corrió por el mantel huyendo de dos perseguidoras furibundas. Esteban se apartó de aquel tumulto, caminó unos pasos más y se topó con el maître que parecía estarle esperando.
-Buenas noches, señor, acompáñeme a su asiento.
El resto de las plazas se habían ocupado ya, detrás de él sonaba una orquesta; intentó entablar conversación con sus vecinos, pero el de la derecha hablaba un idioma que no identificó y a su izquierda…
Hasta ahí llegaba su aventura. Robinson II se sentía feliz y acompañado, como si hubiese vivido un encuentro casual y estuviese invitado a una cita con ella esa misma noche. ¿Quién era su vecina de mesa? Porque era mujer, eso seguro. ¿Qué motivo provocó su desaparición, y la de Ricardo, las dueñas del mastín, el atento maître y el comedor completo con todo lo que contenía? Se sentía nervioso y lleno de expectación, estaba deseando que oscureciese para vivir dormido lo que no le era posible hacer despierto.
Robinson II, que tampoco se llama Esteban sino José Manuel, me contó esta experiencia suya una tarde de mayo delante de un vaso de oporto, mientras contemplábamos al viejo Poseidón esperando su turno para atracar en el muelle. Aseguraba que había sido feliz durante los tres años que duró su estancia en la isla. Con el tiempo, aprendió de alguna forma a convocar los sueños, y aunque casi nunca tenían continuación ni podía escogerlos a capricho, incluso aunque no los recordase a veces, encontró en ellos un sucedáneo de compañía, vivió momentos apasionantes y, a falta de algo mejor, fueron el clavo ardiendo que le sirvió para mantenerse cuerdo hasta que acudieron a rescatarlo.
A veces le invitan a dar charlas para que narre sus peripecias en aquel islote inmundo. Porque el engaño no fue eterno, poco después se dio cuenta de que había vivido una experiencia terrible, pero en aquella época fue razonablemente feliz. ¿Cuánto tiempo le hubiese durado la ilusión? Quizá decenas de años, quizá toda la vida, o puede que estuviese a punto de extinguirse. ¿Quién lo sabe? A día de hoy sigue practicando la técnica y le va bien, pero las circunstancias han cambiado: ahora su vida está colmada, se dedica a aquello que le gusta y cuenta con el apoyo de su familia.
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Sorolla - Puerto de Valencia
Los sueños, mi querido auditorio, si sabemos manejarlos, pueden convertirse en la vía de escape perfecta. Manipularlos a nuestro antojo en lo posible nos hará mucho más felices, mejorará nuestro estado de ánimo y hasta puede prevenir alteraciones más o menos severas. Tened presente que soñando tenemos la oportunidad de vivir por segunda vez: deberíamos hacer lo posible para que la vida nocturna se convierta en el mejor auxiliar de la vigilia. El mundo onírico no es más que un viaje misterioso a nuestro inconsciente que emprendemos todas las noches. Hasta la peor de las pesadillas, bien dirigida por una mente alerta, puede convertirse en el contenedor de nuestras frustraciones, con su ayuda amaneceremos limpios de polvo y paja. Trabajar los sueños del futuro consiste en cultivar la imaginación, llenar de fantasías el cerebro, sumergirse en mundos de ficción, en el océano, en plena selva o en la urbe más superpoblada, penetrar en lo más hondo de una realidad cualquiera siempre que nos parezca apasionante. Y, sobre todo, no sean perezosos. Antes de irse a la cama, lean una novela, contemplen un cuadro maravilloso o una película fascinante. Ese será el material con que su cerebro realizará la metamorfosis que considere más conveniente. En pocas semanas se habrán convertido en personas distintas y volverán para contármelo.”   
Me despedí de él cuando empezaba a caer la noche. Las luces del puerto se iban encendiendo, una tras otra. Le di una palmadita en la espalda. Me faltó la sangre fría necesaria para desengañar a aquel perfecto iluso. Naturalmente, Esteban continúa atrapado en aquel peñón reseco al que ni los peces se acercan demasiado a menudo, y sigue tan solo como al principio pero con menos recursos que nunca. Yo, como habréis supuesto ya si es que conserváis el caletre en su sitio, soy solo una quimera, el protagonista de otro de sus sueños recurrentes.

lunes, 26 de febrero de 2018

El naúfrago (Relato ético)

El firmamento parecía una gran esfera vista desde dentro. El único nubarrón, de un lúgubre tono plomizo, se cernía sobre veleros y motoras, sobre la gente de la playa y sobre la playa al completo, sobre la húmeda atmósfera y sobre el océano como si estuviese a punto de tragárselos. 
Los remolinos rugían azotados por la borrasca. Pronto, de la piel de aquel mar no sobresalía más que el agua en movimiento, cualquier artefacto navegable, o había sucumbido a su fuerza o había conseguido llegar a tierra firme. El oleaje -si por casualidad tuviese ojos- no podría ver más que espaldas, la de los rezagados alejándose a toda prisa con sus pertenencias sujetas apenas por la punta de los dedos. Si alguna toalla o tumbona eran arrojadas sin querer por el gentío atemorizado, quedaban en el camino pues nadie se atrevía a recogerlas.
Un mar tumultuoso y desierto, una playa barrida por el viento y el pánico. Salomón se había acodado en la baranda de su pequeña casa de comidas. Resguardado por la distancia y, a falta de clientela, se entretenía contemplando el magnífico espectáculo que la naturaleza le ofrecía gratuitamente. No era aficionado a las fotos, lo suyo era el placer puro, sentir en la piel -o imaginar que sentía- cada partícula acuosa, sentir su vibración como un calambre, escuchar ese fragor tan terroríficamente musical, recrearse en la danza de los elementos. Elevó la frente y, con los ojos cerrados, entonó un canto silencioso a la hermosura. Fue al salir del éxtasis cuando asistió a otra representación, igual de terrorífica pero nada magnificente, al contrario: ruin, sórdida, tosca, bárbara, mezquina y trivial. 
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J. M. W. Turner - El naufragio
Una cabeza y dos brazos se mecían sobre el oleaje. Podía adivinar que aquel cuerpo estaba vivo, que pedía auxilio en vano, que se erguía al máximo para ser visto ignorando que allí no quedaba un alma.
Salomón, aunque sobrecogido, se obligó a no dejarse llevar por la emoción del momento: al no poder llegar a tiempo desde allí, cualquier intervención suya hubiese supuesto exponerse a un peligro inútil. Pero un todoterreno de un color impreciso, verde quizá, apareció por el oeste y avanzó a toda velocidad hacia la orilla. Dos hombres se abalanzaron sobre el náufrago, lo agarraron por los brazos y nadaron acompasadamente hasta dejarlo tumbado en la arena. Cuando les vio gesticular, movió la lente hacia la izquierda y descubrió a un tercer sujeto apoyado en el capó, que manejaba lo que le pareció una cámara de vídeo. Los dos héroes posaron junto a aquel desgraciado con expresión de triunfo, como si hubiesen pescado una ballena, solo les faltaba levantarlo en el aire por los pies o pisarlo elevando los brazos como si se tratase de un trofeo.
No podía escuchar lo que decían, tan solo voces dispersas en el viento. Pero los vio interpelar al cámara, satisfechos al parecer de su proeza, y desaparecer dentro del coche sin dignarse mirar atrás. Salomón cogió el teléfono, se lo echó al bolsillo de la zamarra más gruesa que tenía y echó a correr hacia la orilla sin preocuparse de cerrar la puerta.

lunes, 8 de enero de 2018

La joya de la familia (Relato enigmático) (y III)

Por eso, el uno de enero de tres años más tarde, lo primero que hice después de enterrar a la abuela fue acercarme a esa cómoda. Con la aprensión propia del caso, agarré el tirador de bronce y desplacé con delicadeza el segundo cajón. El cuadernito era de hule, tenía las tapas del mismo azul luminoso que el cielo de esa mañana y yacía sobre las blanquísimas sábanas de hilo con las iniciales D.M.
Dora Merino, le increpé ¿qué misterios has guardado con tanto empeño hasta tu muerte? Sé que, si pudieras, me dirías lo que ya imaginaba: que a partir de ahora tengo el campo libre, que preparaste el terreno para que lo averigüe yo en cuanto quiera. ¿Pero era necesario esperar hasta sentir este dolor? ¿No crees que hubiera sido más grato para mí escucharlo de tus labios? Y tú, ¿no habrías sentido alivio susurrándome tus secretos con la cabeza iluminada por el cono de luz de la lámpara y las manos extendidas sobre el tapete verde? Perdona pero no entiendo esa tozudez tuya, ¿Qué más daba desempolvar de una vez asuntos ya viejos? ¿Por qué ese pudor cuando han pasado décadas y no queda un solo testigo al que puedas ofender?
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Emil Nolde - Noche de luna (1914)

Diario de Dora
Sí, eran cuatro, ahora lo recuerdo. Esa chica… no sé de dónde pudo salir. Viajaron hasta allí, compraron el equipo y sobornaron a quien hizo falta. Tengo entendido que tanto Aldana como ella venían de familias de posibles, ellos dos financiaron la operación. El francés no tenía donde caerse muerto y tu tío era un simple empleado de correos con un sueldo más bien exiguo.
Ni siquiera sabían lo que buscaban. Los papeles señalaban que lo reconocerían en cuanto lo vieran. Como ninguno de ellos había escalado jamás una pared, contrataron a un experto para que encabezase la cordada y les diese instrucciones. Se decidió que subirían solo dos y lo echaron a suertes. Todos eran más bien enclenques. Los elegidos fueron el francés y tu tío Blas.
Tuvieron muy mala suerte, las temperaturas bajaron más de lo esperado esa noche, fue un ascenso accidentado. Antes de lograr su objetivo el francés cayó al vacío. Blas y el guía, abatidos y extenuados, continuaron el ascenso. Tu tío, nada más verla, reconoció la piedra negruzca que brillaba en la noche como si la hubiesen recubierto de barniz. Aprovechando la linterna del otro, rebañó la masilla seca con la espátula y el bloque cedió con facilidad. Se lo echó al morral y, mientras su compañero iniciaba el descenso, se apresuró a palpar el hueco a oscuras. Mientras esperaban, los otros dos fallecieron de hipotermia.
Sí, Julito. Blas encontró lo que había ido a buscar y se lo guardó en el pecho, entre piel y camisa, arropándolo con las solapas del chaquetón con la mano derecha mientras palpaba el vacio con la otra. El regreso fue una tortura, tras cumplir con las formalidades necesarias tuvo que enfrentarse al hecho de que sus amigos no volverían jamás.
Te estarás preguntando qué es lo que encontró. Yo no llegué a verlo, todo lo que cuento es de oídas. En el viaje de regreso Blas perdió el habla por completo aunque podía escribir igual que antes. Según sus notas, eso que guardó como un tesoro era una magnífica flor negra, suave y reluciente como el raso, grande, espléndida, y tan poderosa que se mantuvo fresca hasta el último momento. Ella sería su hallazgo y su pesadilla pues, según él, fue la responsable de su declive.
Digo bien, declive. En cuanto puso los pies en el pueblo, Blas comenzó a hablar de nuevo pero cada frase salía de su boca vuelta del revés. No podía entenderse con nadie. Tanto se burlaron de él que decidió hacerse el mudo, lo que tenía que decir lo escribía. Ya nunca volvió a ser el mismo. Perdió el entusiasmo, de su afán aventurero no quedó ni rastro, creo que hasta le molestaba tener gente cerca. Un mal día no apareció por la oficina. Hay quien dice que se despeñó por alguna ladera, otros que se lanzó al mar. Lo único cierto es que nunca volvimos a verle.
Como sé que te lo estarás preguntando, te diré que la planta maldita no apareció nunca. Debió destruirla tu tío, o puede que desapareciese con ella oculta en el pecho. Ojalá haya conseguido escapar, de ella y de todos, y emprender una nueva vida al otro lado del océano. Sea como fuese, a Blas lo mató esa flor asesina porque destruyó lo que más valoraba, el lenguaje, y con él sus ganas de vivir.
Y ahora, como te lo has ganado, desvelaré lo que he callado siempre. El tío Blas era joven, guapo, inteligente, amable y curioso. No he dejado de pensar en él ni un segundo en toda mi vida. No tenía nada de lunático, y me consta que de no haberse interpuesto la familia jamás habría emprendido una aventura como aquella, hubiese reconocido a su hijo -tu padre- y nos hubiésemos casado como Dios manda. Pero ellos me arrastraron a ennoviarme con el primer forastero joven que apareció por el pueblo, y lo hice tan bien que mi marido nunca supo que el niño era de otro. Ahora me arrepiento de haber puesto tanto empeño en engañarle porque, de haber seguido juntos Blas y yo, la vida no le habría gastado esa broma siniestra. Así que, Julio, tienes que hacerme caso. Te conozco y sé que te será más fácil seguir mis consejos ahora que no estoy, quédate quieto aunque te cueste, deja las cosas como están. Tiemblo al imaginar que pueda sucederte lo mismo. Piensa que el destino tiene muy, muy mala idea. No lo tientes.

lunes, 25 de diciembre de 2017

La joya de la familia (Relato enigmático) (II)

Total, no me iba a aclarar nada esa tarde. El ambiente empezaba a oler a ceniza, la penumbra era gris y el rostro de mi abuela terroso. Me exprimí las meninges pensando a quién podía convencer para dar una vuelta cuando todos mis amigos habían subido a esquiar.
-Como no te has salido con la tuya quieres irte, mira a ver si encuentras algún chalao que quiera destapar…
-… la caja de los truenos. –Terminé yo. Esa frase estaba en un cuento que me solías leer por las noches.
Me rasqué la escayola, sabía que no iba a aliviarme el picor del  brazo pero el simple gesto servía para tranquilizarme. Algo así pasaba con mi abuela, no iba a sacarle nada, al menos de momento, pero no podía evitar intentarlo.
-Mira, sí, me voy a dar una vuelta. Tengo que comprar algunas cosas y a lo mejor me meto en el cine, pero no puedo entender que, sabiendo como sabes, que guardas un secreto familiar maravilloso vayas a dejar que se olvide. A mí casi me parece un delito.
-Maravilloso, un cuerno. –Las facciones se le desencajaron un poco, ahora le temblaba la mandíbula – No todos los secretos son una maravilla. Tú te derrites por las historias, es una manía que tienes, pero no siempre hay que destaparlo todo, hay cosas…

Diario de Dora
Edward Hopper - Casa junto a la vía del tren (1925)

El tío Blas andaba siempre cavilando y revolviendo papeles como tú. Tenía un amigo, Ernesto Aldana, que iba con él a todas partes. Chismorreaban en sordina,  todo parecía extrañarles. Llegué a pensar que los chicos mayores eran como ellos. Pero cuando tu abuelo apareció… Voy a parar aquí, me conozco y sé que estoy a punto de irme por las ramas.
Ha pasado una semana y tú me sigues agobiando con preguntas. Intento zafarme e insistes. Como me acorralas y no te sirve de nada, acabas de salir haciendo temblar el dintel y hasta la pared que lo sostiene.
Querría explicártelo, pero no ahora, espero que algún día leas esto. Sé que eran tres. Aldana, tu tío y un muchacho francés que se hospedaba en la pensión de allá arriba, donde se alojan a los esquiadores que vienen de Valgrama. O puede que cuatro: a veces les acompañaba una chica. Se habían obsesionado con una quimera pretendían conseguir lo imposible.

Intenté no exagerar el portazo. ¿Qué habría podido decirle? Imposible darle la razón: solo nos hace daño lo que es demasiado reciente. Aunque –me daba cuenta –para ella aquello había ocurrido ayer, y lo seguiría teniendo muy presente mientras continuase entre nosotros.
No pensaba bajar al pueblo. Me entretuve recogiendo piedras por el camino que lleva al Cerro Chato. El sol empezaba a ocultarse tras las siluetas pedregosas de la cumbre mientras una bruma helada se deslizaba por mi espalda. A la abuela no se le podía sacar ni una palabra, mi bobo interrogatorio solo serviría para ensombrecer nuestra convivencia. ¿Qué estaba haciendo? Algo tan torpe y absurdo como llenarme los bolsillos de piedras para ascender por terreno empinado, como emprender aquella marcha dejando que la noche invernal me sorprendiera en medio del monte, solo, sin olfato para orientarme y con un simple chubasquero de plástico encima.
Sospechaba que había ido allí para descargar la rabia que sentía. Pero al volverme y ver los tejados agrisándose a mis pies, lo que descargué fue el peso que llevaba, arrojándolo sobre el pueblo cada vez más borroso o apuntando a los abedules que relucían aún en el margen del río.

Edward Hopper - Camino en Maine (1914)
Diario de Dora
Se les había metido en la cabeza encontrar un ejemplar de la colección de diez objetos que un explorador belga habría obtenido del hechicero de una tribu africana y que estarían ocultos en los templos más oscuros y apartados de los cinco continentes. Repasando claves secretas insertadas en textos de la época. con la complicidad de un amigo erudito, encontraron alguna pista. Fue eso lo que les condujo al desastre.
Tenían que viajar a Japón, escalar la pared norte de un templo cuyo nombre y ubicación conocían solo de forma aproximada. En las páginas que pude leer antes de arrojarlas al fuego, Ernesto explicaba cómo iban rastreando briznas de información con paciencia infinita, consultando mapas, descifrando códigos a base de operar con números para acabar convirtiéndolos en letras. Aquel objeto tan codiciado se encontraría a solo tres palmos del tejado, detrás de un ladrillo hueco que uno de los constructores había embadurnado con pez.

Esa noche la abuela me esperaba con un puchero de gachas preparadas con hígado de cerdo y harina de almortas. Mientras comíamos, con una locuacidad algo impostada, me habló de su juventud, de las eternas tardes veraniegas bordando tras los cristales del mirador con el resol que reverberaba sobre el cristal y se posaba en el bastidor con tanta intensidad que podía acabar mareando. Lo curioso fue que, con cualquier excusa, me remitía al segundo cajón de su cómoda. Según creí entender, es allí es donde guardaba los paños bordados, las enaguas de encaje y los peinadores que durante un tiempo ocultaron los misteriosos escritos enviados por Blas desde Japón. 


(Continuará)

lunes, 18 de diciembre de 2017

La joya de la familia (Relato enigmático) (I)



El verano pasado decidí desempolvar una vieja historia de la que había oído hablar rara vez y siempre en voz baja. Fue una indagación premeditada. Desde hacía meses acaricié esa idea recreándome en las sucesivas etapas que debía recorrer, las circunstancias, los obstáculos, las preguntas y respuestas, el recorrido expectante por las páginas de cartas y documentos. Me trasladé hasta el pueblo manchego donde vivía mi abuela, el único testigo, aunque indirecto, de unos sucesos que el tiempo había ido difuminando.
Cuando le expliqué a lo que había ido se escandalizó (o fingió que lo hacía).

Diario de Dora

Para mi nieto Julio. Querido: Empecé a escribir estas memorias cuando solo tenías cinco años. Siempre supe que en cuanto crecieses querrías saber. En el cuaderno que encontrarás dentro del paquete va mi testimonio, todo lo que sé sobre el asunto. No me culpes de un silencio que solo entenderás con el tiempo y la ayuda de estos papeles. Todavía has de comer muchas longanizas, hacerte un hombre  aunque tú creas que ya lo eres –y eso significa esperar a que esté muerta– para que te permita husmear en los secretos de familia. Agradece que no espere a que tengas mi edad, aunque solo entonces podrás comprender lo incomprensible y, sobre todo, entender la importancia de estas confidencias.

-No comprendo qué pretendes. –protestaba–  ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo, se te ocurre escarbar en la basura? Deja al pobre Blas tranquilo, esté donde esté.
-Se me ocurre ahora, abuela, porque cuando pasó aquello yo aún no había nacido. Inicio el camino ahora y aquí estoy. De niño me hacía otra clase de preguntas.
-Bueno, bueno –murmuró– Pero, ¿por qué ese interés por Blas?
-Porque nadie quiere hablar de eso.
-¿Sólo por eso? ¿Siempre llevando la contraria?
Noté que los labios le temblaban un poco y me ablandé.
-No es por fastidiar, en serio. –la miraba fijamente, un truco que no solía falla–Lo que pienso es…
-No pienses.
Me sorprendió el tono chillón, tan impropio de ella, o eso pensaba.
-¿Cómo?
-Lo que te digo. Me parece bien que seas fantasioso, pero imaginar no sirve de nada, no puedes adivinar y la verdad es la verdad, no hay vuelta de hoja, no hay que inventarse cosas y pensar que son ciertas.
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Edward Hopper - The Bistro or the Wine Shop (1909)
-Abuela…
-Ni abuela ni gaitas –rezongó, y se puso a buscar las gafas como hacía siempre, a tientas, palpando la mesa camilla igual que si estuviera ciega, para que yo adivinase lo que quería y fuese a buscarlas a su cuarto. A la abuela, mi capacidad deductiva le parecía bien cuando le convenía, como a todo el mundo, pero resultaba extraño en alguien tan cargado de razón como ella.

Diario de Dora

Siempre has sido muy novelero, Julito. Te advierto que no lo sé todo y te prevengo: si no intentas averiguar más de la cuenta, mucho mejor para ti. El tiempo ha envuelto los hechos con una niebla benigna, los ha convertido en leyenda. Déjalos así, si quieres escribir sobre ello inventa lo que haga falta e intenta no escarbar demasiado. Blas era mi primo, habíamos jugado de pequeños, cuando sucedió aquello yo era una cría, tu abuelo no había llegado al pueblo aún. Tú no alcanzaste a conocerlo. Vino a tomar posesión de su plaza, nos gustamos ya en el primer baile y enseguida hablamos de boda. Con él tuve una buena vida, rutinaria, consagrada a cuidar de él, a bordar y a leer, sin sobresaltos que alterasen nuestra paz.

Ignoré su mueca de disgusto y me senté para fingir que leía mientras ella movía garbosa las agujas con las lentes resbalando por la rampa de su augusta (y afilada) nariz. Suponía que todo ese silencio ocultaba una historia inquietante y extraña, pero su actitud me prohibía explicárselo. La verdad es que no hacía ninguna falta: ella también adivinaba el pensamiento. Noté sus esfuerzos por evitar que la comprometiese, nuestra complicidad era tan grande que mis zalamerías podían soltarle la lengua fácilmente y acabar arrepintiéndose cuando ya no tenía remedio. Enderezó la espalda y apuntó los cristales a mis ojos.
-No te quepa duda.
Me pareció que hablaba con esa volubilidad que se suele atribuir a los ancianos, pero cuando puso mis pensamientos en palabras me alarmé de verdad.
-Inquietante y extraña, por supuesto que sí. Y las cosas raras que molestan mejor dejarlas como están.
-¿Yo he dicho eso?
Esbozó una sonrisa traviesa. Sospeché que había pensado en voz alta, pero ella agitó los brazos sin parar de tejer.
-No has hablado pero piensas muy fuerte y los viejos, a veces, podemos oír esas cosas.

Diario de Dora

Sí, lo confieso. Tal como imaginas, después de desaparecido llegaron a mis manos sus memorias. Las leí, claro, como cualquier otro papel que se cruzase en mi camino, pero de eso hace –hoy, mientras escribo– más de cuarenta años, y tu abuelo se empeñó en que quemásemos todo. El tío Blas era un chico delgado e inquieto, todavía más novelero que tú, Julito, (Deja que te llame así por una vez). Por eso, porque sois parecidos, me preocupa que te metas en berenjenales. Sé lo que estás pensando, que tú no vas a acabar como él, pero este es el día en que todavía no sé si acabó. Sí, después de tanto tiempo, ni siquiera puedo afirmar que haya muerto; si tengo que ser honesta, he de reconocer que no estoy segura de nada.


(Continuará)

jueves, 6 de abril de 2017

La escapada (y VI) [Relato fantástico]

Hasta un mes más tarde no recibí su informe.

Señor don Carlos Vallejo. Acompaño a la presente los documentos de rigor para demostrar la veracidad de mis investigaciones referidas a don Ildefonso Perales, Alejandra Frutos y Adelaida (a secas).
El primero tuvo fácil seguimiento. Don Ildefonso sufrió una embolia la noche anterior a su visita, fue ingresado en la Unidad de Neurología del Hospital Provincial donde pasó algo más de una semana. Actualmente, se está recuperando de las secuelas, aprende a caminar de nuevo y se comunica aceptablemente. Esa ha sido su perdición, pues su relato de lo sucedido en el último año era tan fantasioso y tenía tan poco fundamento, que se le hubo de diagnosticar esquizofrenia aguda. A resultas de esto y desde hace un par de semanas, se recupera en la Unidad de Psiquiatría del citado Hospital Provincial.
La segunda investigada se esforzó lo que pudo en borrar pistas, pero finalmente hemos podido dar con su rastro. Alejandra Frutos, cuarenta y tres años. Ex drogadicta, ex prostituta, ex presidiaria. Actualmente, parece haber dado un vuelco a su vida, dispone de una vivienda con piscina y amplia zona ajardinada en un parque residencial de primer nivel a las afueras de una ciudad costera cuyos datos incluyo en los documentos pertinentes. Posee acciones de un afamado prostíbulo con clientela internacional de alto nivel, pero sus costumbres son pacíficas y ordenadas, siendo muy respetada por sus convecinos, todos con un poder adquisitivo comparable al suyo.
Última entrega del relato La escapada
Ernst Ludwig Kirchner - Cinco mujeres en la calle - (1913)
No nos ha sido posible dar con la tal Adelaida. Rogamos que nos facilite algún dato más, al menos un apellido. Las personas interrogadas a petición suya, a saber, un carnicero de barrio y tres dependientas que comparten piso en una calle cercana, afirman no conocerla. No obstante, tenemos información de tres mujeres llamadas Adelaida que tomaron un vuelo internacional el 27 de marzo por la tarde. 1) Adelaida Marklund. 22 años. Soltera. Estudiante en la escuela actoral de Estocolmo, padres fallecidos en accidente de automóvil. Sin hermanos. Actualmente, en paradero desconocido. 2) Adelaida Camila Espejo, de familia nómada, nacida en caravana, inscrita en el registro civil de Toledo, abandonada en el hospicio poco después y adoptada a los diez meses por una familia riojana. 26 años. Soltera. Actualmente, trabaja en Logroño como profesora de ciencias naturales. 3) María Adelaida Rodriguez, nacida en Barcelona. 47 años. Casada. Tres hijos. Profesión: ama de casa. Actualmente en trámites de divorcio, se ha trasladado a Tanger, donde vive una hermana suya y ha dejado a los niños al cuidado del padre y abuelos.

Tengo que olvidarme de este episodio maldito que me ha llenado de obsesiones la cabeza y ha trastornado a Ildefonso, debo aceptar que ni recuperaré el dinero perdido ni encontraré nunca a la culpable. La vida solo merece la pena si sabemos disfrutarla cuando todavía estamos a tiempo.
Ayer visité a Ildefonso en la clínica privada que he empezado a sufragarle para que le atiendan los mejores profesionales y pueda vivir a todo confort hasta que esté en condiciones de ser dado de alta. El pobre no levanta cabeza. Al entrar yo en su cuarto, abrió unos ojos incapaces de reconocer a nadie y se levantó con esfuerzo de la silla. Conseguí que me acompañase a visitar los jardines, nada más que por cortesía, lo único que, quizá, conserva intacto, pues, ni le acompañaban las fuerzas ni tenía idea de quien estaba con él.

Esta mañana he encontrado unos informes en el despacho de Ildefonso. Iban acompañados de un mapa panorámico, otro mucho más detallado y el plano de una ciudad. Tanto los gráficos como los textos, coinciden, punto por punto, con las confesiones de Adelaida. ¿Será tan insensato como parece contratar a un equipo de científicos para que busquen un lugar llamado Astro?