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lunes, 17 de abril de 2023

Lo políticamente perverso

Cabezas en un paisaje - Francisco de Goya (1820-23)

 

No salgo de mi asombro: en los últimos tiempos ¡qué buenos nos hemos vuelto todos! Somos una sociedad de santos, nos merecemos el paraíso, no el terrenal, que debió desaparecer hace mucho, pero sí ese que nos prometieron los profetas e iluminados de diverso pelaje. Y si eso nos parece aburrido, ya nos darán alternativas. Gente tan magnífica como la de esta generación se merece un Más Allá que rompa las previsiones de los que nos antecedieron. Menos angelitos patudos con arpas de oro, nada de huríes, que eso es un invento muy machista, y pensemos en disfrutar eternamente. ¿Qué por qué digo esto? Está claro, si te fijas, el respeto y la delicadeza son el emblema de este siglo. Sobre todo con los más débiles. Bien, puede que les soltemos alguna patada si se descuidan o les hurtemos un derecho por juzgarlo una bicoca que no se merecen, pero ¿y el respeto con que los tratamos? ¿y el cuidado con que nos referimos a ellos?

¿O no? Como habrás adivinado estoy siendo irónica, incluso un poco sarcástica. Deberías preguntarte, pienso yo, si realmente ese cuidado extremo en el lenguaje manifiesta un interés real por esos grupos, si te importa de verdad lo que ellos piensen o estás más pendiente de la imagen que proyectas. Porque, la verdad, mucho cuidado con los apelativos pero qué poco en cultivar la empatía. ¡Desengáñate! lo único que te importa de verdad son tus propios deseos, te miras el ombligo y poco más, eso sí, con la conciencia bien tranquila ya que tu lenguaje es intachable y eso, según crees, te lava la conciencia.

¿Te has preguntado alguna vez si esa cruzada del lenguaje políticamente correcto sirve para algo, se trata de un empeño irrelevante o, incluso, logra un efecto totalmente contrario a tus propósitos? A ver si logro hacerme entender. Amigo mío, piénsalo un poco. Eres tú el que tiene problemas de convivencia con enfermos, discapacitados o con quien presente cualquier otro hándicap. ¡Eh! Espera, espera, te lo explico. En primer lugar, me reafirmo en lo ya dicho: los prejuicios están en tu cabeza. Por eso quieres cambiarles el nombre, incluso utilizar una perífrasis, sin reparar en que los sustantivos y adjetivos son cómodos, expresivos, precisos, y el ser humano los utiliza desde tiempo inmemorial. ¿Crees que me equivoco? De acuerdo, vamos un paso más allá. ¿A que no se te ocurre llamar a un médico persona licenciada en medicina? Pues, según tus argumentos, deberías hacerlo ya que ese hombre o esa mujer no solo ejercen su profesión, también poseen otros muchos atributos. Lo mismo valdría para persona que preside el gobierno de un paíspersona que reina o persona que escribe novelas. Mira, revísate esos prejuicios antes de poner patas arriba el idioma y volvernos locos a todos. A ver si vas a ser tú el que mira de arriba abajo al autista, al manco y al ciego. Las palabras tienen un significado claro y funcional, son nuestro tesoro, mucho cuidado con adulterarlas artificialmente ya que, por si no lo sabías, vocablo y concepto van estrechamente unidos. Además, son neutras. Generalmente no conllevan una carga valorativa en sí mismas, o dicho de otro modo, carecían de connotaciones hasta que llegaste tú, con tu dosis de mala conciencia y les adjudicaste lo que tienes en esa cabeza tuya, que no es aséptica precisamente. Y lo peor de todo es que estás arrastrando a todo el mundo a hacer lo mismo, ya has conseguido convencerlos de que estaban discriminando a ciertos grupos cuando, simplemente, usaban el nombre que los identifica. A este paso, dentro de no mucho tiempo, tendremos que decir persona a la que un oftalmólogo u oftalmóloga diagnosticó miopía hace diez años y medio para referirnos a los miopes, pues la expresión que usábamos antes ya se nos habrá quedado corta. ¿Qué tú no has sido el primero en distorsionar el lenguaje así? Entonces revisa tu capacidad crítica, que quizá esté un poco averiada.

Una definición más para acabar. O varias. A saber, las de condescendiente, prepotente y arrogante. Esas no te las voy a dar yo, consulta un diccionario. O mejor, coge un espejo y mírate.

jueves, 23 de marzo de 2023

Los naúfragos (Parábola feminista)

 

Emil Nolde - Máscaras y paraísos perdidos

Adolfo y Adela habían caído en un enorme foso que se abrió a sus pies súbitamente y eran incapaces de explicarlo. Primero estaban muy preocupados por conocer las causas, pero lo práctico primaba sobre la teoría, saber si se había hundido la tierra que pisaban a causa de una explosión nuclear, un terremoto y un meteorito en ese momento era lo de menos, lo prioritario era salir de allí, si lo conseguían ya se enterarían de lo que había ocurrido.

- Es importante saber con quién contamos, si fuésemos los únicos supervivientes…

-     - No vamos a ponernos en lo peor, tengamos confianza en que alguien acabara por oírnos. Grita, aporrea esos bidones con los palos, vamos a tirar piedras al agujero a ver si con suerte nos oyen.

-        - No hay nada que hacer, preparémonos para morir de hambre y frío.

-        - Me niego a ser tan derrotista. Oye, ¿qué es ese ruido?

-        - Suena como un móvil, pensaba que lo habíamos perdido los dos.

-        -Yo he perdido el mío, es ese cacharro que parece una tostadora.

-        -Debe ser un aparato antiguo, ¿a ver?

-       - Aquí Adela, ¿hay alguien al otro lado?

-    - Aló, aló, somos Teresa y Teodoro. Ha explotado nuestro avión y hemos caído a un islote en medio del océano.

-      -  ¿Estáis solos?

-       - Sí.

-    - Igual que nosotros, os habla Adolfo, Tenéis suerte de poder ver el cielo.

-       - ¡Menuda suerte! hay agua por todas partes y ni una brizna de hierba que echarse a la boca.

-      - No le hagáis caso, al menos el mar está tan plácido como una bañera. No podemos dejarnos llevar por el pánico.

-        - Lo mismo pienso yo.

-        -  ¿Vosotros tenéis comida?

-      - No tenemos nada. Solo hay palos, piedras, bidones y ni un lagarto que pueda alimentarnos.

-      -  ¿Dónde estáis?

-        - Hundidos en un boquete que se ha abierto en el suelo.

-      -  ¿Los bidones son grandes?

-    -  Los hay de varios tamaños, algunos bastante altos, debían estar en alguna nave y habrán caído a la vez que nosotros.

-      -  ¿Por qué no intentáis hacer escalones con ellos? Moverlos con los palos o algo así. Al menos tenéis algo, no como nosotros,

-     - Pues no es mala idea. ¿Vosotros qué tal? ¿Vuestro peñasco está vacío?

-     - ¡Nah! Nada que podamos usar: unos troncos resecos, arrancados de raíz por alguna tormenta, y el suelo cubierto de agujas de pino.

-        -  ¿Pinos? A esos troncos les puede quedar resina. ¿No podéis pegarlos y hacer una balsa?

-      -  Sí, la corteza está pegajosa pero sin herramientas es difícil construir nada. Aunque he visto unos guijarros con un filo que da miedo, eso podría servir.

-       - ¿Estamos salvados los cuatro?

-     -  Al menos hemos encontrado una vía de escape, solo tenemos que usar lo que tenemos. A ver si somos capaces.

-        -   Gracias por la idea.

-      -  Lo mismo digo. Sin vosotros, no sé qué hubiéramos hecho. Os dejo, que tenemos tarea.

-        - Adiós, chicos. Cuando lo consigáis, avisad.

-        - Lo haremos, espero que para entonces funcione este cacharro.

Leo constantemente en Twitter que las feministas nos hemos quedado huérfanas, y es cierto. El porno y la prostitución cobran cada vez más fuerza, niñas y mujeres son constantemente agredidas, los asesinos machistas incrementan su número, el/la legislador/a rebaja las penas a los agresores porque se siente garantista. Y, digo yo ¿qué garantía necesita el que posee mayor fuerza  física, agresividad aprendida desde la cuna, la complicidad del tejido social? No son personas hambrientas robando para comer sino la fuerza bruta cayendo sobre las mujeres. Es a nosotras y no a ellos, a quienes tienen que otorgar garantías. Garantías de seguridad, de que se va a hacer todo lo posible para que ninguna caiga en las garras de este terrorismo patriarcal que está arrasando con todo.

Para colmo de males, desde hace unos días las estúpidas leyes autonómicas que en su día aprobaron los (imposibles) cambios de sexo ha adquirido rango nacional, Ahora la impunidad es completa, cualquier jeta puede declararse mujer para dar rienda suelta a su violencia. Ya pueden burlar a la justicia: no hace falta más que registrarse como del sexo opuesto para que queden sin efecto las tímidas normas que nos protegían mínimamente. Estamos en medio del océano o en el fondo de una sima, pero hay troncos de árbol, pedernal, cilindros metálicos, podemos construir algo con eso para poner los pies en tierra firme. Hay partidos feministas en España, pero tienen que llegar al parlamento, sin ellos estamos perdidas, ellos son las pértigas que pueden ayudarnos a saltar. Puedes quejarte en las RRSS, por supuesto que sí, el derecho al pataleo no se le niega a nadie, pero si nos quedamos en el lamento y no buscamos una solución esto va a ser un desastre aún mayor que el que existe ahora, aunque eso parezca imposible. Quiero decir ¿quieres que los partidos feministas concurran a las elecciones pero no se te pasa por la cabeza que tú tengas que hacer nada? Pues, chica, sigue así, esperando que lo hagan otras. Si todas pensamos lo mismo, ¿qué crees que va a pasar? A las mujeres nadie nos va ayudar en absolutamente nada. Hemos visto crecer algunos proyectos desde cero, pero, ¡convéncete! ese no va a ser nuestro caso. El ciclón queer ha venido a birlarnos los pocos derechos que teníamos con la pasividad o el apoyo de quienes ostentan el poder, seremos unas ilusas si pensamos que alguien va a hacer por nosotras lo que no hagamos nosotras mismas.

¿Quieres quedarte en el hoyo? Bien, pero luego no protestes.

miércoles, 1 de julio de 2020

Retazos de Arco Iris




SEXO Femenino:
-Cromosomas XX
-Predominio de hormonas femeninas
--Caracteres primarios femeninos (genitales y mamas)
-Caracteres secundarios femeninos (poco vello, voz aguda, musculatura poco desarrollada, escasa tendencia a la calvicie etc)

GÉNERO Femenino:
-Educación para la paciencia/tolerancia
-Educación para la falta de autoestima
-Frecuente infravaloración por parte de los varones
-Id. tratamiento condescendiente
-Id. mansplaining
-Menos posibilidad de encontrar trabajo
-Menos posibilidad de ascenso
-Menos sueldo a igual  categoría
-Posibilidad de que te acosen
-Abusos sexuales de palabra, obra y tentativa, frecuentes y a cualquier edad
-Mayor vulnerabilidad personal/laboral con el consiguiente peligro de prostitución/embarazo por encargo 
-Posibilidad de ser violada
-Posibilidad de sufrir violencia de género
-Posibilidad de ser maltratada
-Posibilidad de ser asesinada

(ESTO ES EL GÉNERO. No creo que nadie quiera someterse a esta experiencia pudiendo elegir. La gente está MUY EQUIVOCADA, incluidos algunos miembros del gobierno).

Rasgos IRRELEVANTES:
-Que hayas jugado con muñecas, cocinitas etc.
-Que hayas jugado al fútbol, indios y vaqueros etc.
-Que te guste el fútbol y/o los coches
-Que te guste el color rosa, el maquillaje, los tacones etc.
-Que te gusten las matemáticas o la física nuclear
-Que te guste la poesía o los culebrones
-Que quieras entrar en el cuerpo de bomberos o te guste la ingeniería
-Que estudies peluquería o enfermería
Etc. 

domingo, 8 de marzo de 2020

8 de Marzo. Día Internacional de la Mujer

Está costando, muchísimo. Varios siglos de avances y retrocesos -y  no exagero, desde el S. XVII no hacen más que ponernos la zancadilla-- pero no hay más remedio que seguir. 

domingo, 30 de septiembre de 2018

La sana paranoia feminista

Vivimos tiempos de cambio, casi revolucionarios en algunos aspectos. O eso queremos creer las mujeres concienciadas. 
Hemos despertado, nos estamos rebelando contra cierto estado de cosas y sentimos en nuestra nuca un aliento de odio. Son los lobos con disfraz de cordero disfrazados de víctimas, que nos atacan inventándose adjetivos denigrantes con los que simulan una supuesta violencia por nuestra parte, un supuesto intento de dominio, una amenaza absurda. Pero no hemos sido educadas para la violencia sino para ser responsables del orden y los cuidados (del hogar, de las personas, del bien común). Nuestra radicalidad no es hostil sino racional, no es un radicalismo de barricadas ni de incendios sino de estudiar con profundidad la situación y llegar hasta la raíz del asunto. El remoquete de feminazis, la retorcida acusación de que denunciamos falsamente no son más que malvados intentos de desprestigiar nuestro discurso igualitario.
Mientras tanto, las mujeres siguen muriendo, a veces incluso los hijos como venganza suprema cuando no se consigue la sumisión absoluta por parte de una esposa o pareja. A las mujeres se nos cosifica con procedimientos cada vez más sibilinos y siniestros. Ellos tienen el dinero, nosotras somos el producto. Hasta ahora, se obtenía dinero a cambio de sexo mediante la prostitución o se conseguía estabilidad economica y personal por medio del matrimonio. En los últimos años, a estos chantajes se ha añadido otro: dinero a cambio de embarazos con ese endiablado invento conocido como vientres de alquiler. ¿Para qué robar niños exponiéndose al descrédito y la cárcel si pueden comprarse por medio de maniobras que pretenden parecer legales? Sor María se ha transmutado en empresa, mercantilizándose y adoptando un aspecto respetable. Primero nos relegan a la indigencia y luego nos adquieren bien envueltas en papel de regalo.
Y pobres de las emanicipadas, a quienes siempre acompañará la sombra de la sospecha. A no ser que se pasen al campo contrario y lo demuestren ensañándose más que nadie con las de su sexo, así, convertidas en las mayores aliadas del machismo serán consideradas como iguales. Solo entonces serán aceptadas como uno más.
Y no olvidemos las violaciones. Cualquier delincuente que sepa moverse en su campo estudia previamente las posibilidades de salir impune. Y los hombres que quieren ejercer dominio sexual sobre nosotras no pueden ser una excepción. Hasta que saltó a los medios el caso de la manada, nos encontrábamos en la inopia. Pensábamos, como es lógico, que cualquier abuso sexual estaba categorizado como tal, que el concepto de violación estaba bien claro y no admitía interpretaciones. De repente, nos dimos cuenta de que no, de que todo es ambiguo, relativo, poco claro, un camino legislativo arduo y lleno de limitaciones. Es uno de los caminos que ha encontrado el machismo para perpetuarse, para que los ataques a nuestra libertad sexual se sigan produciendo y que la impunidad esté (casi) garantizada. La mentalidad patriarcal alcanza a los legisladores -que han perpetrado unas normas tan estrafalarias como injustas- a los jueces y hasta a ciertas mujeres poderosas. Por eso, se pueden alardear de las agresiones grabándolas con toda tranquilidad. Porque las leyes para garantizar la integridad sexual de las mujeres -eso que no sabíamos hasta los sucesos de Pamplona- están pensadas para que pueda burlarse todo rastro de sensatez y sentido común. Porque ¿en qué cabeza cabe que sea preciso oponer resistencia para catalogar estos hechos como lo que son, crímenes gravísimos, terribles ataques a la libertad y dignidad de las personas? Se trata de un requisito aberrante, pues si se trata de lograr que no haya resistencia solo hay que subir muchos grados la escala: atacar a las niñas o atacar en grupo son artimañas para asegurar la pasividad y por tanto la impunidad de los agresores.
Manifestación Día de la Mujer 2018

Todo esto es tremendo. Sin embargo, casi me dan más miedo todos esos que en los últimos tiempos se han convertido en nuestros cómplices. Los que colocan el problema en candelero y se erigen en nuestros defensores. Algunos serán sinceros, pero en general, como reacción a las reivindicaciones feministas, les temo más que a un nublado. Y no, no es paranoia. La historia nos demuestra que desde los remotos tiempos de las sufragistas normalizar determinadas situaciones no soluciona nada, al contrario, se le da una vuelta de tuerca a las cosas, modificando lo necesario para que todo quede igual y callarnos la boca de paso. El objetivo es que nos quedemos tranquilas de nuevo y asumamos la nueva subordinación como si nada. Queríamos votar y votamos, queríamos estudiar y de muchas universidades salen más licenciadas que licenciados (aunque luego eso no repercuta demasiado en la categoría laboral y económica), queríamos trabajar y lo hacemos. eso sí, cobrando menos y compatibilizándolo con el peso del hogar y los hijos. Pues bien, ha vuelto a pasar: nos hemos vuelto a poner de moda. La estrategia está más que clara:se trata de hablar tanto de la mujer, de mostrar tanta comprensión, de debatir una y otra vez sobre la evidente desigualdad, de exhibir una receptividad tan clara que acabemos convencidas -una vez más y van... - de que lo hemos conseguido. Así nos quedaremos calladitas, que estamos muchísimo más guapas, y les dejaremos continuar sujetando las riendas del mundo tranquilamente, como han venido haciendo desde el principio de los tiempos. Porque, no nos engañemos. hasta el más decidido de nuestros aliados está convencido de que están en posesión de un derecho legítimo.
Manifestación 8 de marzo de 2018

sábado, 22 de septiembre de 2018

Don Rufo bufa: Ni oficio, ni más antiguo del mundo, ni elegido libremente por nadie

Siempre se ha sabido que no se puede ser juez y parte. “Arrimar el ascua a la sardina” es el refrán que cuadra a esta desvergonzada actitud. Es verdad que gracias a toda esa falsa indignación y su retahíla de argumentos demagogos esos seres despreciables encuentran fácilmente un coro de convencidos de ambos sexos que les dan sinceramente la razón. Pero, vamos a ver, señoras y señores, ¿quién se va a molestar en llenarse la boca de espuma e improperios, en echar rayos por los ojos y venablos por esa boquita si no son los interesados (puteros y proxenetas) que no pueden ni imaginarse sin un chollo claramente injusto y conculcador de los más elementales derechos.
  • En primer lugar, no es un oficio ni lo ha sido nunca. Aunque a algunos les resulte muy simpático imaginar a nuestros ancestros del Paleolítico inferior realizando transacciones comerciales, cae por su propio peso que en los umbrales de la Humanidad no existía el dinero y, por tanto, ninguna ocupación que se realizase entonces podía considerarse trabajo. Si fuera cierto -ahí entra en juego la calenturienta imaginación de algunos- que los varones se aprovechaban de su mayor fuerza física o de la penuria de sus compañeras para obtener relaciones no consentidas, coincidirán conmigo en que las estaban violando. Una costumbre que todavía perdura, así que no es extraño que se practicase en la era más primitiva de nuestra historia. Lo extraño no es que en los albores de la humanidad se violase, sino que se siga violando ahora –a escondidas o denominándolo trabajo– siguiendo las mismas pautas de hace casi tres millones de años. ¿Si no hemos sido capaces de modificar una conducta a todas luces deleznable para qué nos sirve tanta técnica?
  • Aunque fuese un oficio, que no lo es, debería haberse extinguido desde que superamos la etapa de barbarie. Es una vergüenza que las grandes civilizaciones que nos precedieron hayan conservado esta lacra. Oficio fue, en su día, el de verdugo. La esclavitud se consideró una situación legal durante mucho tiempo. Hay quien considera que su oficio es robar. Pero hoy en día, y en el último caso de no ser parte interesada, nadie compraría esos argumentos.
  • ¡Cuánto daño ha hecho el cine en el imaginario colectivo!
    Pretty Woman (1990)
    (¡Cuánto daño ha hecho el cine!)
  • Tampoco es elegido libremente –y no estoy hablando de trata– pues cuando no existe igualdad de oportunidades no se puede hablar de libertad. ¿Están seguros de que las mujeres de todos los ambientes y estratos han crecido sabiéndose con los mismos derechos que sus compañeros, les consta que no solo pueden disfrutar de su sexualidad libremente sino que es un derecho que poseen por pertenecer a la especie humana? ¿Alguien les ha hablado de dignidad? Por supuesto que no. Ni siquiera han comprendido lo que se les estaba negando hasta que no han experimentado la  humillación.
  • Y ahora, ¿alguien puede pensar que están allí porque quieren? ¿Pueden imaginarse lo infinitamente difícil que resulta superar dos carencias tan determinantes como la falta de formación y de autoestima? Entre la sociedad y ellas se ha establecido una barrera prácticamente infranqueable y lo que necesitan es ayuda, individual y colectiva, para elegir lo que quieren hacer con su vida.
  • ¿Alguien puede pensar que las prostitutas hacen lo que hacen porque son aficionadas al sexo? Pegúntenle a un gourmet si le gusta comer carne podrida. Aparte de los interesados que defienden el argumento con uñas y dientes, hay que ser muy ingenuo y/o tener muy poca imaginación para creerse algo así. En un mundo sórdido donde la mujer es el producto, dónde las medidas higiénicas brillan por su ausencia, dónde existe la violencia y la degradación ¿qué libre decisión puede haber? Cuando alguien ha caído en un pozo de paredes resbaladizas lo último que hay que hacer es despreciarle. Y no hay mayor desprecio que proclamar la voluntariedad respecto a la mayor degradación que puede sufrir el ser humano. ¿Alguna ley permite que se pueda ser esclavo libremente, que se comercie con los órganos vitales o la sangre? No todo puede ser objeto de transacción comercial, y la prueba es que ustedes no permitirían que sus vástagos de ambos sexos ejerciesen ese supuesto oficio.
  • Hablemos, pues, del sexo libre. Imagínense a un chaval, un golferas hablando vulgarmente, que solo busca ligues de una noche, un amante del sexo sin compromiso que se acuesta con las mujeres que le gustan. Vamos, lo que vendría a ser un machote. Ahora cambiemos la perspectiva e imaginemos una mujer en la misma situación. Estoy segura de que todos esos que defienden la libertad de ejercer la prostitución aplicarían a esa chica, que se acuesta libremente con quien quiere en pleno ejercicio de su libertad, apelativos bastante gruesos. Pero ahí está, precisamente, la igualdad entre sexos, y quien se escandalice por la promiscuidad de las mujeres lo único que pretende es perpetuar la sumisión.
  • La novela de Truman Capote describe un ambiente más turbio, el cine la ha dulcificado.
    Desayuno con diamantes (1961)
    (¡Cuánto daño ha hecho el cine!)
  • Algunos utilizan encuestas. ¿Ustedes creen que en situaciones así es posible decir lo que se piensa, incluso confesárselo a una misma? Si somos capaces de tragarnos que alguien dependiente de un proxeneta puede franquearse con total libertad cuando le preguntan es que, además de no haber descendido nunca a esos submundos, no tenemos ni pizca de imaginación. Pero, claro, ¿para qué molestarnos en buscar datos si podemos hablar sin saber?

Es penoso escuchar todas esas polémicas y ver cómo los más sensatos se escudan en la trata. Piensan que hay excepciones –supuestas prostitutas ejerciendo en libertad– pero muy pocas. Y nada de eso aclara lo que está pasando, dejen de hablar tanto y realicen un estudio serio, bien documentado, en diferentes países, dirigido por profesionales competentes que sepan corregir las informaciones sesgadas que, no me cabe duda, será lo que más abunde. Verán cómo se van reduciendo las cifras hasta quedar en la nada más absoluta. La prostitución no se elige, se cae en ella como resultado de la desesperación y la ignorancia.
En definitiva, y para que quede muy claro, los que consumen prostitución y/o se lucran de ella no están interesados en el sexo (como tampoco lo está la industria pornográfica) sino en perpetuar el poder masculino, en mantener a las mujeres sometidas, a todas, no sólo a las que ejercen el "oficio". En eso consiste violar ( gratis o pagando) porque el mensaje de temor y subyugación nos alcanza a todas y a todos el de dominio. Y de ahí, también, toda esa inquina espumeante contra las que defendemos el abolicionismo.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Ni los hombres son de Marte ni las mujeres son de Venus

Si la testosterona causase la violencia, yo, en vuestro caso, me inyectaría un antídoto.
Pero no es así. O no de forma determinante. Existen los hombres pacíficos y las mujeres violentas, pero nos hemos críado en un ambiente que estimula la competitividad y exalta la fuerza de los varones desde su más tierna infancia, mientras aplaude la paciencia, comprensión, serenidad y capacidad de ayuda de las mujeres. Los mensajes y sus consiguientes refuerzos conductuales son constantes y provienen de todos los sectores: familia y entorno en general, escuela, medios informativos, productos culturales y de entretenimiento... Nos han catalogado desde el principio. Nacemos y ya nos envuelven en una tela rosa, en una tela azul, nos regalan juguetes en consonancia con lo que se espera de nosotros, la estética de nuestra ropa, de los libros que nos destinan según sexo, de las ofertas publicitarias, de los elementos que manejamos (hasta la mochila del cole o la decoración de nuestro cuarto y, desde luego, la taza del desayuno o cualquier artefacto lúdico dirigido a unos u otras). Somos paquetes a los que se asigna el embalaje que corresponde, se les marca con un rótulo y se les coloca en una casilla, esperando que todo ello dé lugar a un comportamiento apropiado según la condición de cada cual. Y lo peor es que lo consiguen.
La consecuencia -que empieza a remitir, es cierto, pero tan lentamente que no llega a apreciarse en toda una vida, tal como ocurre con el crecimiento de un árbol- es que nos disgregan (aunque hay quien se resiste a ser clasificado un uno utro sector), situando a cada uno en su montón correspondiente, radicalmente opuestos según quieren inculcarnos, prefabricando así dos mundos tan diversos que nunca podrán entenderse, de ahí que estén condenados a discrepar hagan lo que hagan. Además, uno de ellos (el masculino), marca el rumbo con tanta seguridad y convicción que, se diría, ha recibido la orden de algún dios pagano y no puede eludirla sin provocar un cataclismo mundial.
Nuestro comportamiento es tan absurdo como el de esos héroes y villanos que pueblan las obras de ficción adolescente. Porque... convenzámonos. Ni los hombres son de Marte ni las mujeres son de Venus. No existe un cerebro masculino y otro femenino, y eso lo puede atestiguar cualquier estudio científico serio. Las aficionadas al boxeo no han nacido con el sexo equivocado, los que jugaban con muñecas en su infancia y ahora leen novelas rosa y se pintan las uñas, tampoco. Las aficiones, vocaciones profesionales, estéticas del tipo que sean, inclinaciones sexuales etc. no marcan el sexo. El género es un constructo social que no existe. Nuestra personalidad está condicionada, aunque no demasiado, por rasgos biológicos (mayor porcentaje de hormonas masculinas o femeninas, cromosomas xx o xy, caracteres sexuales primarios y secundarios) y, por encima de todo, la educación, entendida como un conjunto de influencias amplísimo, algunas muy sutiles otras tremendamente contundentes. Las cortapisas, prohibiciones, sistemática transmisión del temor de todas las formas posibles, normas morales, reproches, opresiones se trasladan sin excepción al sexo femenino. Al masculino se le otorga el mango de la sartén. Mirad a vuestro alrededor. Si no lo veis, quizá tengáis que operaros de la vista.
Hay una industria y un comercio (incluso sanitario) empeñados en convencernos de nuestras respectivas identidades. Y en realidad todos salimos perdiendo, todos menos los que se enriquecen y/o ejercen el poder a nuestra costa. Deberíamos dejarnos de una vez de etiquetas, arrojarlas al contenedor mental más alejado de la conciencia y cerrarlo con siete candados. Evitemos pensar en términos de raza, nacionalidad, sexo, edad, estado de salud, religión, ideología... ¿No os dais cuenta de que nos estamos complicando la vida innecesariamente? ¿No es mejor disfrutar de ella, sentarnos al sol y disfrutar del bocadillo de queso y la manzana? Demasiadas complicaciones hay que no está a nuestro alcance impedir, demasiado sufrimiento, catástrofe, incidente inesperado derivados de nuestra condición de humanos, tan imperfectos, fortuitos e inseguros que ni siquiera saben por qué están aquí, que no dominan su habitáculo terrestre y que carecen de potestad sobre su futuro próximo o remoto.
No. No hemos llegado de planetas distintos. En Marte no hay marcianos ni venusianas en Venus. A todos nos ha parido una mujer, hemos heredado los genes de ambos progenitores y, tras siglos de ignorancia mutua, nos queda una infinidad de cosas que aprender los unos de los otros. Urge ya ese aprendizaje. Es la pura verdad.

lunes, 16 de abril de 2018

Patriarcado y caldo de cocido

La sociedad es un cocido compuesto por un montón de ingredientes

¿Han probado ustedes un buen cocido madrileño, con su morcillo, su pechuga, su choricito, su col, su zanahoria...? Los que vivan en España, supongo, llevarán toda la vida comiéndolo, sobre todo en los meses fríos. 
Bien. Imaginen que tienen un buen plato delante. ¿A qué les saben los fideos, los garbanzos, la patata? Hasta en la morcilla, que predomina sobre el resto de sabores, ¿no encuentran como un regusto a berza?
La sociedad es un cocido compuesto de un montón de ingredientes, todos se contagian del sabor de los otros, sobre todo de los más contundentes, como el tocino y la morcilla. Esa grasa, ese sabor a carne, ese gusto salado es el patriarcado que lo impregna todo, que produce un chiste de mal gusto, un “aquí mando yo”, que nos hace comulgar con el mito de la virilidad, que ha dado lugar a que el vocablo “niña” se considere una ofensa, que disculpa el comportamiento de los varones, los consagra como dueños del otro sector (léase mujeres), provocando numerosos y desproporcionados ataques de ira cuando la situación se les escapa de las manos. Pero este “escapárseles de las manos” puede ocurrir en cualquier momento: en el trance de una separación, ante una colega particularmente brillante o en cualquier situación cotidiana en la que ellos no sientan que tienen las riendas bien sujetas. Algo muy frecuente, porque el machito es particularmente vulnerable a este sentimiento y suele reaccionar montando en cólera. Y si lo hace es porque la experiencia demuestra a diario su eficacia y porque está convencido de que se trata de una respuesta perfectamente legítima. 
Convénzanse. En este caldo de cultivo, que a cualquier ciudadano de bien se le vaya esa cólera de las manos y acabe cometiendo una acción terrible es mucho más fácil de lo que parece. El caldo del dominio patriarcal domina todas las cabezas, unas se resignan a la sumisión, los otros defienden su supuesto derecho al poder con los mecanismos que encuentra a mano, y si con insultos, halagos, manipulación etc. no consiguen todo lo que quieren –que vuelva la que se fue, que su pareja se vista como él quiere, que no la mire ningún hombre etc.– la única solución que se le ocurre es hacer que desaparezca del mapa.

Micromachismos

Y es que, en el contexto de nuestras sociedades patriarcales –y a pesar de los viejos ajustes, que se siguen invocando aunque hayan tenido lugar hace décadas, como si no hubiese nada que modificar desde que conseguimos poco más que el derecho al voto, a la universidad y la despenalización del adulterio femenino– la violencia más evidente se alimenta de todas las demás violencias que se concretan en intolerancia, faltas de respeto y desprecios constantes y que tan bien hemos tolerado hasta ahora, y seguimos tolerando por la fuerza de la costumbre, tanto las mujeres que los sufrimos como los varones, sean consentidores o causantes. Actitudes que se han dado en llamar micromachismos porque un piropo en plena calle, comparado con un asesinato parece muy poca cosa, pero también porque nosotras, al haberlos padecido desde siempre, hemos acabado por normalizarlas y transitamos por ellas como entre escollos que preferimos no mirar. Hasta que abrimos los ojos y empezamos a prestar atención. Entonces nos sorprendemos de nuestra pasividad, de nuestra ceguera incluso. Si de verdad llamásemos a las cosas por su nombre, negar un puesto de trabajo a una mujer en edad fértil o cualquier actitud violenta aunque sea de carácter verbal debería considerarse plenamente machista. Son los homicidios, violaciones, así como el maltrato físico y psíquico lo que se debería denominar macromachismo.

Nociones de feminismo básico

Para demostrar que esos micromachismos de micro tienen bien poco, solo hay que cambiar el género ante cualquier situación concreta. ¿Algún varón –educado como tal y, por tanto, poco o nada preparado para tolerar esos mamoneos– consideraría micro-discriminatorio que la empresa pagase a las mujeres de su misma categoría laboral un 10% más que a ellos? ¿Imaginan cómo reaccionaría, cuánta agresividad desarrollaría sobre el/los responsable/s de tamaña injusticia, cómo se sentiría de molesto? 
Pero, si no bastase con eso, consideremos la frecuencia. Se trata de situaciones que venimos padeciendo día sí y día también, y una gota aislada no cala, pero unos cuantos miles acaban perforando la roca más resistente.
Hay que echar otros condimentos a ese caldo, rectificar ya de una buena vez, que la dignidad y los derechos se distribuyan equitativamente, que el caldo saludable se extienda por todas las cabezas, también por las de las víctimas, que estas comprendan que su intimidad es suya, que cualquier desconocido no puede opinar sobre su físico cada vez que le dé la gana aunque unos cuantos señores defiendan en la tele pública esas conductas prehistóricas. Cuanto más lo pienso más me sorprende nuestra ancestral pasividad, que solo puede explicarse por una educación que desde bebés convence a las mujeres de que deben (debemos) aceptar cualquier cosa que nos suceda, sin quejarnos, simplemente porque así es la vida y así tenemos que aceptarla. Y eso se llama sometimiento.

Hay que ponerse las gafas (y las pilas)

Para acabar con un estado de cosas discriminatorio e injusto solo tenemos que abrir los ojos. A esto le llamamos ponerse las gafas violetas. Y nada más exacto, porque una vez que se enfoca la realidad con perspectiva igualitaria, empezamos a habitar otro mundo, mil veces más agradable.

El programa de Herrera y Sostres (febrero 2018)


Ahora escuchen uno de los ejemplos más groseros que produce el moderno machirulado con el fin de vengarse debido a nuestra pretensión de igualar derechos y, de paso, desacreditarnos de la forma más burda. La perla aparece al final de la conversación ¡ATENTOS!

lunes, 12 de marzo de 2018

Rodaballos salvajes (Marzo, mes de la mujer)

¿Pagafantas? ¿De dónde habéis sacado ese palabro?

La excusa de los hombres machistas para menospreciar a las mujeres es que les hacemos de menos por querer tenerlos como amigos, y es que, no solo no aceptan un no por respuesta, tampoco pueden imaginar una amistad con una mujer sin sentirse algo así como menos hombres. No piensan que tengamos algo, o mucho, que aportarles, que pueden salir enriquecidos, que ambos podemos aprender mucho y disfrutar de la mutua compañía. Por eso han inventado esa odiosa palabra: pagafantas. Perdona, no hace falta que me pagues la fanta ni el nestee, no estoy a tu lado para que me pagues nada sino para compartir cosas. Sí, créetelo, por muy macho que seas, con una mujer puedes compartir muchas cosas que no sean sexo. En cuanto a esos hombres se les meta esto en la cabeza, automáticamente, se reducirá el abismo entre los géneros, nos entenderemos mejor, nos enriqueceremos mutuamente y hasta comprenderemos con más facilidad a nuestras parejas. Es dcir, la vida sería mucho más fácil si no nos la complicásemos tanto.
8 de marzo de 2018: Día de la Mujer

Yo me pago las fantas, los cubatas y el pincho de tortilla

Toda esa memez del pagafantas viene porque algunos:
  1. Se sienten ofendidos ante cualquier negativa nuestra a sus proposiciones afectivo-sexuales, juntas o por separado. Ellos pueden elegir, nosotras tenemos la obligación de sentirnos halagadas.
  2. Una mujer es un ente de segunda categoría y, por tanto, no es digna de disfrutar de la amistad de un varón. Nuestro mundo es estrecho y mezquino, el suyo amplio y fascinante. Aunque tengamos más estudios, un cargo de mayor responsabilidad que el suyo, más viajes, más experiencias, más de todo, nuestro mundo es femenino porque somos mujeres y por tanto nuestro cerebro se supone de nivel inferior al suyo.
  3. Y si, por casualidad, les demostramos que tenemos curiosidad por la vida, estamos informadas, nos interesa la ciencia, la sociedad que nos rodea, tenemos opiniones consolidadas etc. entonces ven amenazada su hombría, ponen cara de pánico y salen corriendo. Es cuando se enteran de que no tienen que pagar ninguna fanta, y eso es lo que les aterra en realidad. Pero ni la hombría consiste en situarse en un nivel superior ni es tan frágil como para verse amenazada cada vez que una mujer aporta un dato que ignoran. La hombría es algo biológico: una simple combinación de hormonas, cromosomas y órganos sexuales. Si nosotras no hemos visto amenazada nuestra feminidad por estudiar una carrera o triunfar en los negocios, si al mirarnos al espejo no apreciamos ningún cambio físico, si nos encontramos igual de femeninas que antes, es de suponer que el cromosoma Y no se va a sustituir por una X cada vez que una chica demuestre que conoce la tabla periódica.

Se avecinan grandes cambios

Esto no puede seguir como hasta ahora. Cueste lo que cueste, hay que luchar para cambiar esa mentalidad absurda y alienante. Si hacemos caso a esos remoquetes, si nos influyen los esquemas con que pretenden imponer su santa voluntad, si consiguen que nos sintamos acomplejadas, que nos menospreciemos a nosotras mismas, que hagamos lo que hagamos seamos las culpables de todo [si te gusta el sexo eres una fresca, si no te gusta alguien, una estrecha, si decides no continuar lo empezado, una calientabraguetas, si te resistes, carne de cañón, si denuncias, una mentirosa], seguiremos siendo pez de piscifactoría. Y de eso nada, nacimos rodaballos salvajes y lo seguiremos siendo a toda costa, pese a quien pese. Ya no hay quien nos pare: lo mejor es que os unáis a nosotras en vez de seguir compitiendo.

lunes, 29 de enero de 2018

Mi cerebro es de género mixto


El día que cumplí cuatro años mis padrinos me regalaron un triciclo. No era lo habitual, toda mi familia tenía a ese respecto los prejuicios propios de la época pero, como vivían en otra provincia y eran bastante despistados, deduzco que no recordaban que su ahijada era niña. Todavía recuerdo cómo disfrutaba con ese juguete, más que con ningún otro, creo. Pedaleaba por el larguísimo pasillo –a mis padres jamás se les ocurrió sacarlo de casa–, me detenía en la puerta de entrada, acto seguido hacía girar el manillar, volvía a montarme y vuelta al salón. Fue mi padre quien me enseñó a dar la vuelta para que no tuviese que bajarme del sillín. Me estaba convirtiendo en una virtuosa del transporte motorizado, aquello no podía consentirse, así que un buen mal día el maravilloso aparato desapareció para siempre de mi vida. Se lo habían regalado a mis primos.
Poco después, ocurrió una tragedia en la familia, un accidente de tráfico. El luto, además de afectar al color de la ropa introdujo cierta fobia parental hacia los vehículos. Me hicieron prometer que no conduciría nunca y lo hice de buena gana, pero nunca me sentí obligada a cumplirlo. Aún así, quedó en mí una sombra invisible que tomó la forma de fuerte aversión al motor. Juro que lo intenté, incluso llegué a matricularme dos o tres veces en la autoescuela de mi barrio, pero me inventaba una excusa tras otra para no tener que examinarme. Creo que el fantasma de aquel triciclo, que alguien hizo desaparecer por "no ser adecuado para niñas", se instaló en mi vida como una barrera insuperable durante muchísimo tiempo.
Giorgio di Chirico - El vidente
Nuestro mundo ha cambiado bastante. Aún así, la rancia mentalidad de antaño no ha desaparecido del todo: los prejuicios se resisten a la tan necesaria extinción aferrándose como garrapatas a la piel de esta sociedad nuestra. Y, lo que es más peligroso, muchas veces se disfrazan de progresismo para seguir asignándonos a unos y otras los roles de toda la vida. No hay más que ver lo argumentos que utilizan (o utilizaban) quienes esperan un cambio de sexo, a saber: que de niños jugaban con muñecas, o con coches, que se ponían los tacones de su madre o querían ingresar en el ejército, que si la cocina, que si las labores, que si el camión de bomberos... Perdonen que les diga, ¿todavía andamos así? Qué está pasando por la cabeza de esas madres que reclaman una modificación en el registro civil porque a Antoñito, de seis años, le gusta vestirse de rosa. A mí me parece estupendísimo que Antoñito se convierta en Antoñita -o en Nuria, o en Elena- en cuanto tenga edad para decidir, pero quede claro que los roles no determinan el género. Mi vecina nació pegada a un camión (lo conduce desde los veintiún años) y es la feliz madre de tres hijos, tan femenina como cualquiera y a mucha honra.
Tras una larga temporada, para mí lamentable, de argumentar que se había nacido con el sexo equivocado, parece que empezamos a ver la luz. Ahora se flexibiliza un poco más, se dramatiza menos y se contemplan posibilidades intermedias. Estamos inaugurando una era mucho más tolerante, en la que un cambio de sexo comienza a dejar de ser un drama para contemplarse con naturalidad. Todavía estamos en el camino, pero está llegando el día en que cada hijo de vecino expresará sus deseos mucho más libremente que hasta ahora, eso significa que empezamos a salir de ese binarismo que lo invadía absolutamente todo. Por fortuna, hoy día se puede ser del sexo contrario al que cada uno trajo de fábrica, mantener los dos o no pertenecer a ninguno. Esa amplitud de miras es lo que hacía falta, pero aún quedan dos manías que tardarán en erradicarse:
  • La manía de clasificar a toda costa. Tanto es así, que si queremos abarcar todas las posibilidades corremos el riesgo de establecer tantas categorías como personas. Porque, entiéndanlo, cada individuo es un mundo. Vean una muestra llena de buenas intenciones:



  • La manía de mantener los roles masculino-femenino. Las niñas cosen, los niños clavan clavos, ellas son pasivas, el refugio del guerrero, ellos aventureros y valientes. No señores, las habilidades y caracteres no radican en la testosterona o en la ausencia de ella sino en haber grabado a fuego en las mentes infantiles cómo hay que hablar y comportarse, qué gustos nos corresponden, quién puede llorar, quién debe buscar cariño y quién ejercer dominio sobre el otro. 
¿Qué todo eso es cosa del pasado? En absoluto. Hasta un periódico que presume de veteranía –pero quizá no tanto de vanguardismo– incluye (no sé desde cuando, pero cuando me enteré casi me da un síncope) un suplemento especial para lectores de sexo masculino. Como saben, estoy hablando de El País y de la separata denominada ICON. Supongo que contiene reportajes serios, de esos que las mujeres somos incapaces de entender o por los que no estamos interesadas (nótese la ironía). Reportajes sobre cultura, arte, política, esas cosas. Nada sobre moda y cotilleos a los que, según parece, nos tienen predestinadas los estrógenos. Lo peor es que este sesgo por motivos de género se perpetúa en todos los sectores: en el techo de cristal que padecemos las mujeres, en la culpabilización sistemática y falta de confianza en nuestra palabra, en la sexualización o asignación de las tareas domésticas dentro de publicidad y productos culturales, en la diferencia salarial, en el acoso, condescendencia o simple desprecio a que nos vemos continuamente sometidas, en la persistencia de los crímenes ante la indiferencia de la sociedad en su conjunto…
Sobre el ICON no puedo hablar ya que su sola existencia me produce urticaria, pero no puedo evitar toparme con El País en las redes y fue, precisamente, en ese medio donde leí esta sorprendente  y esperanzadora noticia:
Pero no cantemos victoria, esto no es más que una excepción en forma de campaña de marketing. De momento, hablemos del presente. ¿Existe una confabulación internacional (y atemporal) para que jamás saquemos la cabeza del gueto a pesar de –o debido a– todo el empeño que hemos puesto en conseguirlo?

lunes, 15 de enero de 2018

Receta infalible para erradicar los crímenes de género

FORMA DE ACTUAR

  1. Publicar nombre y apellidos del agresor, su profesión y localidad donde reside
  2. Divulgar el delito del que se le acusa, el estado de la investigación sin detalles añadidos, así como la condena con la mayor exactitud.
  3. En ningún caso, facilitar la identidad de la víctima
  4. Evitar criminalizarla, denigrarla o atribuirle el mínimo defecto
  5. No añadir ningún detalle morboso que el público pueda consumir como un relato apasionante
  6. No entrevistar a ningún testigo ni individuo relacionado de cualquier forma con el caso
    Escapemos del amarillismo
    La sociedad del espectáculo
  7. Impedir a los medios que emitan opiniones del tipo que sea
  8. El tiempo dedicado a cada caso ha de ser el imprescindible para emitir la información escueta
  9. La exigencia de respeto a la agredida y sus allegados ha de exigirse en cada ocasión y revisarse escrupulosamente
  10. Cuando un medio incumpla estas normas será sancionado con una sustanciosa multa

lunes, 4 de diciembre de 2017

Demasiado ambiciosa (Relato feminista)

-Tengo que conseguir ese ascenso.
-¿Otra vez? Siempre estás con lo mismo.
-Siempre no. Una vez al año, que es cuando se renuevan los cargos y hay oportunidad de escalar puestos.
-Marisa, esa empresa tuya te tiene comida la moral.
-No sé por qué ahora hacéis piña contra mí.
Mi sobrina se había sentado encima del mantel, pellizcaba metódicamente las migas de tarta y se chupaba los dedos mirándonos, pero nadie tenía ánimos para reírle la gracia.
-Tu hermano, que se queda ahora en paro con una hija, eso sí debería preocuparte.
-Me preocupa, ya sabes que he hablado con el director general.
-Y no ha hecho más que darte largas –intervino Diego, de una forma tan desabrida que me sorprendió. No era propio de él.
-Tú ya has trabajado allí, te conocen, tienes buena reputación en la empresa.
-Pero me fui, y eso no me lo perdonan.
-¿Y a mí? ¿Me perdonan algo?
-Marisa, tienes que reconocer que eres muy arisca. Dice Diego que te apartas al menos contacto, que nunca les ríes las gracias.
-Tampoco él le reía las gracias a nadie.
Martita había encontrado un amigo. Jugaban a subirse encima de un perro enorme de cartón piedra que ocupaba media terraza. Mi hermano se repantingó un poco más en la butaca, entrecerró los ojos y asumió el mando.
-Mira a tu hija. Está en la espalda de Paquito, como resbale se mata.
Feli dejó la taza, se pasó la servilleta por los labios y salió a escape hacia la puerta con los brazos extendidos.
-Esta vez no tienes razón, Marisa. Reconoce que no puedes quejarte: tienes un trabajo fijo, un sueldo para ti sola, nada de compromisos familiares, el futuro asegurado, vives bien, puedes viajar…
-Sí. ¡Qué suerte! Tengo una licenciatura, dos másteres que la empresa nunca se molestó en abonarme, y ¿qué hago? Recortar cupones y archivar.
-Pero ¿qué te cuesta sonreír un poco? Solo tienes que tener mano izquierda, seguirles la corriente de vez en cuando.
-Tú tampoco lo hacías cuando trabajábamos juntos.
-Pero es que yo…
-Tú ¿qué? ¿Me aconsejas que pierda la dignidad solo por ser mujer? La verdad, no esperaba eso de ti.
-Perder la dignidad no, Marisa. Solo tienes que hacer lo que hacen todas.
Miré hacia la barandilla, las primeras luces de la noche iban brotando allá abajo. Junto al toldo,  Feli también miraba el horizonte sujetando a Marta por los hombros mientras charlaba con la madre de Paquito. Hacía lo que hacen todas, ocuparse de sus hijos mientras el marido apura el último chupito y añade unos gramos a su más que regular barriga.
-¿Qué es lo que hacen todas? ¿Dejar que el rijoso del jefe se pegue al respaldo de la silla y les sobe el pelo lo que le dé la gana? ¿Aplaudir las tonterías de Agustín? No me puedo creer que digas eso.
-Y yo no me podía creer que pegases esos respingos cada vez que se acercaba un compañero. Si lo sigues haciendo, no me extraña…
-¿Qué insinúas?
-Tú siempre has sido cariñosa, no entiendo…
-Contigo que eres mi hermano, no te fastidia.
Feli volvía con la niña en brazos. Noté entre sus hombros una curva suave, su sonrisa tenía un rictus de cansancio.
-¿Ya estáis discutiendo otra vez? ¿Es que no os puedo dejar solos?
-Tu marido, que me quiere convertir en el juguete oficial de la empresa.
-Venga, no exageres, Diego quiere lo mejor para ti. Pero ya se sabe, si somos mujeres y queremos llegar a algo…
Entonces comprendí por qué Diego se enfurece cuando Feli habla de buscar trabajo, por qué se ha resignado a que desde el martes en su casa no vuelva a entrar un céntimo, más aún, por qué están tan dispuestos a ser mantenidos por mis padres en caso de que les cierren todas las puertas.