sábado, 18 de julio de 2020

La Bertiada (Novela por entregas) - Episodio IV

(Ver lo publicado anteriormente)

En los diez o doce metros que me separan de la pista transportadora, intento aplacar esta tensión. Los sensores no deberían detectarla, ignoro lo que puede ocurrir en ese caso y eso significa que no sé nada de nada, o lo que es lo mismo, soy una moribunda. Desde luego, no auguraría nada bueno ni para él ni para mí. Él por la audacia de hablarme, yo por mostrarme receptiva a sus palabras.

Sé que este contacto no es personal sino político: por algún motivo, él ha supuesto que su mensaje no caerá en saco roto. Y creo que ha sido así, no por la persona elegida –tanto da quién sea, yo o cualquier otro– sino por la elección cuidadosa de los significantes. Ahora que has completado la frase, sé lo que quieres decir y, como cualquiera que haya nacido en este siglo, comprendo que tienes razón, que habría que hacer algo aunque siempre con muchísima cautela. Yo, desde luego, no me siento capaz, nunca he sido una heroína, solo una profesional común y corriente, madre de familia y esposa, aunque estos dos últimos roles los ejerzo cada vez menos. Ya hemos procreado en la cantidad y calidad esperadas, después educamos a nuestros hijos para que se integren, convenientemente adiestrados, en esa sociedad que los espera. A partir de ahí, cada uno tiene que ir por su lado, mantener un contacto mucho menos estrecho. Son las normas.
Si el hombre de la sonrisa espera una respuesta por mi parte, acabará decepcionándose y eligiendo a cualquier otro. Lo habrá intentado más veces, unos habrán aceptado el reto y otros, como yo, se habrán mantenido a distancia. Supongo que será el reclutador de alguna célula revolucionaria. Son cosas que se comentan, incluso hay películas sobre esos seres misteriosos que siempre acaban derrotados. Fantaseo con esta idea, que me parece seductora y estimulante, hasta que estoy sentada en mi puesto. Ahora que las yemas de mis dedos han de pulsar las teclas y mi pupila concentrarse en la pantalla tengo que dejar mi mente en blanco, enviar mis sensaciones al rincón más alejado de mi consciencia. Sin entender muy bien por qué, no me cabe duda de que sería peligroso que me delatase ante los algoritmos.
A la hora de la Convivencia observo a mis compañeros. Se comportan como siempre, su estado de ánimo es plano, nunca son efusivos, no expresan alegría, enfado, dolor, ni siquiera aburrimiento. Un día tras otro, escucho los mismos comentarios, jamás están en desacuerdo, parecen ciborgs y quizá lo sean. Pienso que, junto a mi familia y al Controlador-Que-Me-Sonrió-Una-Sola-Vez, puedo ser uno de los últimos humanos de este mundo, entonces experimento un vértigo salvaje que oscila entre el gozo y el pánico.
Luego viajo y viajo, sobre todo con la mente. Vuelvo a casa, procuro dejar activos el menor número de sensores posible, prescindir de esas bebidas homologadas que tanto influyen en mi estado de ánimo, de lociones y colirios, que aparecen en la Plataforma de Acceso por gentileza de algunas empresas sin que nadie los haya encargado, seleccionar mejor los alimentos. Y, lo más importante, requiero la presencia de mi hijo. “Mira chaval, si no te dan tiempo suficiente para llevar a cabo lo que te piden, protesta, pero tienes que ver a tu madre, con la que vives, al menos un rato todos los días”. Va a ser difícil lograr mi propósito: esta generación no tiene idea de lo que significa protestar, están absolutamente entregados al Sistema. Pero puedo provocar ese instinto, latente en la especie y que no puede haber desaparecido tan pronto, instalándole en el conflicto: yo exijo una cosa y tus superiores la contraria, a alguno de los dos has de oponerte, y una vez hayas aprendido cómo se hace, ya solo tienes que elegir. No lo va a tener fácil, pero entiendo que eso es educar. Me doy cuenta también de que, a mi modo y aunque él nunca llegue a saberlo, estoy reaccionando al mensaje de Sonrisa Única. Y que esto es solo el comienzo, porque Jaime y Medea no se van a librar tan fácilmente de mí. Ese Gran Propósito, quienquiera que sea, va a tener que pelear duramente si de verdad pretende separar a mi familia. Por mi parte, no tengo ninguna intención de rendirme.

3

Este sol deslumbrante no ilumina nada. Voy y vuelvo del trabajo bajo su foco, dejándome inundar –¡qué remedio!–  por las imágenes que emite el mono-tranvía, por la publicidad animada que nos rodea, por la omnipresente música ambiental. El martilleo de las sienes es tan rutinario que apenas lo noto, incluso, y a pesar de él, siento alegría porque ayer conseguí que Tarsi bajase a verme. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? Calculo que unos tres meses y me asombro, casi me asusto, al comprobar que han pasado sin apenas darme cuenta y que mientras tanto el chico ha dado un buen estirón.
Solo al comprender lo preocupada que estaba accedió a abandonar un rato la tarea. Cenamos juntos anoche, me explicó sus éxitos con mucho más detalle que lo hace a través de la Luna-Exprés. Lo noté algo pálido, pero saludable y muy contento, incluso se dejó abrazar.
-Estás rara, madre –repetía.
-Mmm, es que te echo de menos.
-¿Por qué? Nos vemos todos los días. Es normal que tenga más responsabilidades y esté más atareado que cuando era pequeño.
Verse a través de una pantalla no es lo mismo que compartir espacio, lo pienso y estoy a punto de callármelo. No querría discutir con él.
-Tarsi, eres muy joven para decidir por ti mismo lo que es normal y lo que no, –bajé la voz– para hacerlo se necesitan referencias. A mí, que soy más vieja, verte cada día a través de una pantalla no me parece tan lógico. Tenemos que reunirnos cada noche  diez minutos como mínimo. También podríamos salir de vez en cuando a divertirnos, ¿te apetece?
Se ruboriza:
-Ya soy mayor, madre.
Lo encuentro tan reacio que ni me atrevo a plantear el asunto de su padre y su hermana. Si consigo establecer esa rutina de diez, veinte minutos, ya tendré tiempo de insistir.
Y otra vez estoy en la cola.

-Soy yo, ¿me reconoces?

(Continuará)

miércoles, 8 de julio de 2020

Y entonces dejó de llover (Relato apocalíptico)




Lo primero que echamos en falta fue el maná, esos panecillos crujientes, con un regusto dulce, que caían en láminas finas al amanecer y en el ocaso. Los propietarios de aquellos enormes depósitos que los acumulaban y conservaban  calientes para luego distribuirlos a precio de oro se arruinaron y, a su vez, tuvieron que pagar por el alimento.
Después, se secó el agua de los depósitos, mirábamos al cielo pero no volvió a caer ni una gota. Agonizámos junto a los acaudalados constructores de las cisternas, que no solo habían perdido la fortuna acumulada a costa de nuestra sed, sino que se arrastraban junto a nosotros por los caminos arañando el suelo desesperadamente.
Perdimos también el sol. La tierra se volvió lóbrega y fría. Se secaron los mares y los ríos. Nadie volvió a percibir un céntimo por el consumo de rayos solares, ni por permitir fletar un barco, nadar por placer o refrescarse.
Nos aventurábamos por aquel desierto oscuro, bajo la amenaza de los traficantes de cuerpos, siempre en busca de un hierbajo o un charco conservado entre las rocas, disputándoselo a los animales que, mucho más perspicaces que nosotros, nos guiaban hasta ellos y, carentes de armamento, eran ajusticiados por cientos de rifles, cuchillos y hasta piedras. Nos habíamos convertido en fieras salvajes los escasos supervivientes. Estábamos aniquilando vacas y gaviotas, los únicos seres civilizados que habían logrado sobrevivir. No hubo resurrección posible, el mundo había llegado a su fin y los charlatanes que auguraban este desenlace desde hacía decenas de siglos, no se percataron de las verdaderas señales y sucumbieron como todos. Ni uno solo de ellos quedó en pie para contarlo, permanecemos sepultados todos los seres humanos del primero al último. Yo mismo, a pesar de mi vocación de testigo, fui derribado por la hambruna y no soy más que un mero concepto o, si lo prefieren, un cadáver con conciencia.

miércoles, 1 de julio de 2020

Retazos de Arco Iris




SEXO Femenino:
-Cromosomas XX
-Predominio de hormonas femeninas
--Caracteres primarios femeninos (genitales y mamas)
-Caracteres secundarios femeninos (poco vello, voz aguda, musculatura poco desarrollada, escasa tendencia a la calvicie etc)

GÉNERO Femenino:
-Educación para la paciencia/tolerancia
-Educación para la falta de autoestima
-Frecuente infravaloración por parte de los varones
-Id. tratamiento condescendiente
-Id. mansplaining
-Menos posibilidad de encontrar trabajo
-Menos posibilidad de ascenso
-Menos sueldo a igual  categoría
-Posibilidad de que te acosen
-Abusos sexuales de palabra, obra y tentativa, frecuentes y a cualquier edad
-Mayor vulnerabilidad personal/laboral con el consiguiente peligro de prostitución/embarazo por encargo 
-Posibilidad de ser violada
-Posibilidad de sufrir violencia de género
-Posibilidad de ser maltratada
-Posibilidad de ser asesinada

(ESTO ES EL GÉNERO. No creo que nadie quiera someterse a esta experiencia pudiendo elegir. La gente está MUY EQUIVOCADA, incluidos algunos miembros del gobierno).

Rasgos IRRELEVANTES:
-Que hayas jugado con muñecas, cocinitas etc.
-Que hayas jugado al fútbol, indios y vaqueros etc.
-Que te guste el fútbol y/o los coches
-Que te guste el color rosa, el maquillaje, los tacones etc.
-Que te gusten las matemáticas o la física nuclear
-Que te guste la poesía o los culebrones
-Que quieras entrar en el cuerpo de bomberos o te guste la ingeniería
-Que estudies peluquería o enfermería
Etc. 

viernes, 12 de junio de 2020

La Bertiada (Novela por entregas) - Episodio III

Aprovecho esos minutos para programar el Suministrador de Alimentos instalado en mi Luna-Exprés. En eso de preparar los menús, el chico es más eficiente que nosotros. Pero es que antes no era así, había cocinas y almacenes donde íbamos a hacer la compra. Hace años de esto, mis hijos no ha llegado a conocerlo, pero para alguien de mi edad resulta difícil acostumbrarse. Recuerdo también que las familias eran más variadas, no estaba reglamentado el número de hijos ni su sexo. Nosotras fuimos tres chicas, en cambio ahora es obligatorio parir al cincuenta por ciento. En poco tiempo, el número de mujeres y hombres será exactamente el mismo.
Me siento bien porque ahora todo empieza a cobrar sentido, pero cuando llego al vestíbulo me espera una sorpresa inquietante. El joven controlador no está en su puesto, su lugar lo ocupa una mujer que me observa con atención. Pero esos ojos, incluso esa mirada, son los mismos de antes, aunque trasplantados a un rostro femenino y bastante más maduro que el otro. Estoy desvariando. Puede que tenga que pasar por el Revisor de Emociones, más conocido como loquero. O pedir unos días de descanso para restaurar mis circuitos. Sé que es una forma de hablar, que el lenguaje de las máquinas invade nuestro vocabulario, pero sigo obsesionada con el asunto de la mujer ciborg –o sea, yo– que no se reconoce a sí misma. ¿Será esto posible? ¿Estaré perdiendo la razón?
Mientras pulso la Luna-Exprés para regular la temperatura y el alimento antes de llegar a casa, pienso en la penumbra que me espera, en los asientos mullidos, los Conectores de Entretenimiento. Necesitaría descansar durante meses. Será fácil, pues voy a pasar sola muchos días. Jaime se ha enrolado en una exploración científica por los desiertos del sur y cuando vuelva dedicará una semana a impartir conferencias por toda la región central, a Tarsi no lo veré tampoco: su Escuela le ha encargado un proyecto y tiene que encerrarse en su estudio vigilado a distancia por un Asistente Pedagógico. Ninguno de los dos me preocupa, sé que a su modo son felices. Pero pienso en Medea y en ese ensimismamiento tan extraño. Aunque estos tiempos son raros para todos los que pasamos de los treinta. Me dicen que hoy día a los jóvenes les suele pasar esto, tienen que madurar, emanciparse en cuerpo y mente, pensar en su futuro, adquirir otra perspectiva, que su familia de origen debe quedar atrás cuando se está a punto de formar una nueva y comienza una etapa laboral brillante. Pero me importa un bledo lo que hagan los demás jóvenes, si lo tolero no es porque sea costumbre sino porque ella lo quiere así. Si es que interviene su voluntad y no está manipulada por alguna autoridad o abducida por una máquina. Ya sé que estoy pasada de moda, intento ajustarme a estos tiempos pero es un hecho que me vienen un poco grandes.



2

Ha amanecido un día tibio, brumoso, sin ese sol cayendo siempre a plomo que te amartilla el cerebro. Me siento descansada, como si hubiera dormido varios días. Veo en la Luna-Exprés la cara de mi hijo que come y bebe antes de seguir trabajando, me habla de perfiles y de áreas coloreadas que comprendo vagamente. Vuelvo a pensar en el Controlador de mi Unidad. ¿Habrá vuelto a su puesto de trabajo o le seguirá reemplazando aquella mujer? ¿No serán ambos la misma persona bajo aspectos tan distintos? Hay algo detrás de esas mejillas que transpira complicidad.
Se me acelera el corazón cuando me incorporo a la fila. Al principio, no me atrevo más que a mirar de reojo. Allí está. El hombre de la sonrisa no es muy alto, tiene las mejillas un poco hundidas y el pelo gris oscuro debajo de la gorra reglamentaria. Me siento halagada cuando noto –gracias a un parpadeo acelerado, al iris que se desplaza insistentemente hacia el borde del ojo–  que está pendiente de mí, que aguarda quizá con impaciencia los dos segundos que estaremos a menos de un metro de distancia. Apenas llego a  su altura, me fijo en su boca. Tiene un rictus severo y no habla hasta que  nos separan escasos centímetros, yo de perfil, él susurrando entre dientes.
Dice:
-Solo está vivo el que sabe.
Pero este hombre es un fenómeno. La frase de ahora enlaza con la anterior.
¿Cómo se llamará este individuo de ojos azul marino y mirada de hielo? Ya no quiero que sea un ciborg, confiaría más si se tratase de una persona cabal, fuera del alcance de programadores poco escrupulosos. El espíritu de un mortal siempre es único, mientras que en la mente de un humanoide hurga mucha gente, y siempre hay intereses políticos.

(Continuará)

miércoles, 10 de junio de 2020

Acuarelas I


NOSOTROS A LO NUESTRO (Formato A5) 


NÓMADAS DE ANDAR POR CASA (Formato postal) 


LA CALLE ES DE TODOS (Formato A5) 


 UN ALTO EN EL CAMINO (Formato A5 - Acrílicos y acuarelables sobre papel gris)

lunes, 1 de junio de 2020

No eras inmortal (Relato elegíaco)

Tú y yo salíamos de casa al amanecer. Mientras yo echaba la llave de abajo y corría el cerrojo tú ponías el coche en marcha. Te costaba porque el motor, siempre helado, simulaba arrancar una y otra vez con sus broncos rugidos de todas las mañanas, y yo tiritaba de frío a tu lado, arrebujada en mi impermeable forrado de lana de borrego. Madre lo había confeccionado con tela encerada, cosida a la lana cuyas propietarias habías esquilado tú. Las conservamos algún tiempo, pero nadie hacía tan buenos quesos como Madre. Ahora la casa quedaba vacía y helada pues no había nadie para avivar el fuego, y tú me preguntabas en cuanto enfilábamos la carretera:
-¿Seguro que has cerrado bien?
La excusa eran los forasteros que solían merodear por allí, pero en realidad nos parecía extraño tenernos solo el uno al otro, que no hubiese nadie esperándonos a la vuelta. Yo temía esa pregunta porque dejaba nuestro desamparo en evidencia y me impedía soñar que Madre se había quedado en la cocina retirando la nata del hervidor o recostada en la mecedora para curarse el resfriado.
Lo decías y yo miraba por la ventanilla para que no me vieras las lágrimas.
Luego aparcábamos en un rincón del puerto y nos dirigíamos a la lonja. Siempre negociábamos un buen precio en la subasta, tú tenías muchos años a las espaldas de bregar con los pescadores y además les caías bien. Al acabar subíamos la cuesta hacia la plaza, yo cargada con las cestas, tú sujetando el caballete sobre los hombros y el tablero con las manos por encima de la cabeza. Ambas piezas se convertirían en el mostrador que íbamos a instalar en nuestro hueco del mercado. Mientras tú sacabas los clavos y el martillo del saquito que llevabas colgado de la cintura, yo apuntaba la manguera hacia los cuerpos plateados y perfumados de sal. Alguno todavía coleaba y boqueaba, como implorando que le enchufase el chorro salvador. También eso me apenaba, sin comparación con el recuerdo de Madre, claro está, pero lo suficiente como para ponerme melancólica. Cada mañana transportábamos y vendíamos docenas de cadáveres marinos y yo era una chica muy sensible.
La pena se volvía cada año un poco más llevadera, nos acostumbramos a nuestras mutuas soledades, al carácter taciturno que, seguro, yo había heredado de ti; nuestros gestos de personas solitarias así como el reparto de tareas se fueron volviendo una costumbre. Pasaron cinco años y un día apareció el Julián en nuestra puerta.
Venía a comprarnos los quesos. Según dijo, se lo había encargado su madre. Le llevé al antiguo corral, donde tú pasabas las horas afilando palitos y tallando tocones que algún día se convertirían en estatuas de madera. Habías preparado el bárniz y los pinceles mucho antes de la muerte de Madre, pero nunca llegaste a dar forma a ninguna de las piezas. A veces me pregunto si alguna vez habías llegado a acabar una figura o simplemente sacabas virutas de los bloques para calmar los nervios y mantenerte entretenido en las largas y desmayadas tardes.
Con el Julián fuiste algo brusco, no hacía falta increparle ni asegurar que su madre estaba en la inopia ni informarle de cuanto tiempo llevaba la quesería cerrada. 
Pero él se lo esperaba, echó una media sonrisa y me miró de arriba a abajo.
-Y con la chica, ¿puedo hablar?
Te encogiste de hombros.
- Yo que sé. Pregúntaselo a ella.
Paseamos por la alameda que va de un pueblo al otro. A mitad de camino nos sentamos en unas piedras y él abrió una bolsa de pipas. Claro que su madre sabía de la muerte de la mía, y de que no fabricábamos quesos desde que ella faltaba, aquello había sido una ocurrencia suya, que había entrado en casa para verme de cerca y se había quedado sin nada que decir al encontrarse contigo frente a frente.
Nos casamos ese verano. Tuviste que firmarme una autorización porque hasta noviembre no cumplía los dieciocho. Tu consuegra se encargó de los invitados, la comida y las gestiones con el cura y el alcalde. La celebración fue en nuestro patio. Vinieron los pescadores para cumplir contigo, los pastores por la memoria de Madre, los muchachos del pueblo por amistad con el Julián, las comadres de tu consuegra y sus maridos para acompañarlas. A lo tonto, se acabó juntando el pueblo entero, lo que no había en casa lo traían de la suya y entre todos me habían preparado un bonito ajuar.
No hicimos viaje de novios porque nos parecía una costumbre de señoritos, pero fuimos a la ciudad con nuestras maletas, nos alojamos en una pensión y pasamos una semana fingiendo que éramos turistas. Aunque yo ayudaba a la patrona a limpiar y lavar la ropa, eso pagaba el alojamiento, lo único que no nos perdonaba era la comida.
Encontramos un piso barato y lo alquilamos con nuestros ahorros. El Julián se colocó en una obra, yo entré de interna en casa de un médico. Apenas nos veíamos, solo me dejaban salir los domingos por la tarde y casi no cruzábamos palabra, yo le daba el salario de la semana y luego íbamos al cine, cenábamos sardinas fritas en una tasca del barrio y acabábamos recorriendo los dos kilómetros y medio que separaban mi casa de la nuestra. Él me daba un beso en la frente y yo subía corriendo a encerrarme en mi cuarto porque tenía que madrugar al día siguiente.
A mí todo aquello me parecía normal porque no conocía otra cosa, sentía una nostalgia feroz de la época que había pasado contigo, con vosotros, de todo el tiempo que fui soltera, pero espantaba esos pensamientos que me parecían de mala esposa, de mujer desagradecida, e impropios de mi nuevo estado civil. Al poco tiempo comprendí que el Julián me había dejado embarazada cuando dormíamos en la casa de huéspedes y así se lo dije, también le pregunté si me echarían del trabajo cuando empezase a echar barriga y me dijo que no, pero no me dio más explicaciones.
Pasaban las semanas y cada vez lo encontraba más raro. La mujer del médico me acompañó un día a casa y nos dijo que estaba contenta conmigo y que podía volver al trabajo como externa después de dar a luz. El Julián cabeceaba como si estuviera de acuerdo en todo, pero yo me daba cuenta de que apenas podía hablar. Cuando ella se fue, dormimos juntos por primera vez en cuatro meses e hicimos el amor como si él fuese un pirata de los que salían en las películas. Como siempre había sido así, no encontré motivos para quejarme. Debido a esa misma inercia, me parecía propio de una esposa decente no hacerte nunca una visita. Pero esta vez hubo una novedad que sí encontré insoportable y es que el Julián olía más a alcohol que una licorería. Por eso tenía la lengua de estropajo y los ojos vidriosos las últimas semanas que nos encontramos para ir al cine y un olor agrio que achaqué a que no se lavaba lo suficiente. Aunque tampoco es que se presentase muy limpio, y eso que el domingo era el único día de la semana que le dejaban ver a su esposa, o sea, a mí.
Desde ese día la señora me dejaba dormir con el Julián los domingos pero nunca se lo dije para que no me obligara a quedarme con él. Cuando me puse de parto, le llamaron y me llevó al hospital en taxi. Nunca más volví a verle, di a luz sola, después volví a casa con el niño, que ya entonces era igualito a ti, padre, y lo sigue siendo, encontré a una cría del barrio que se quedaba con él por cuatro perras y regresé a la casa del médico. Cuando Gregorio cumplió dos años, la señora puso otra camita en mi antiguo cuarto y volví a trabajar como interna. Encontré una guardería que me podía permitir con lo que me ahorraba del alquiler del piso y allí pasaba mi hijo las mañanas.
Así vivimos hasta que un día empezó a hacerme preguntas. Le conté que su padre nos había dejado, que yo era huérfana de madre y que tenía un abuelo que se llamaba como él. La señora me oyó.
-¿Es eso posible?
-Es la verdad.
-¿Y qué pasa, estáis enfadados?
- No sé, es que no tengo tiempo.
Se quedó mirando a mi hijo.
-Esta chica es tonta.
Lo era. Y lo sigo siendo, aunque la vida te va enseñando y más cuando eres madre, entonces tienes que espabilar lo quieras o no. Pero lo de volver al pueblo fue idea de la señora. Gregorio estaba muy contento, iba a ver a su abuelo que se llamaba como él. Iba a verte a ti.
Todo el pueblo salió a la puerta a ver pasar el coche, que tiene un aspecto imponente esa es la verdad. Cuando nos acercábamos y vi mi casa tan cerrada, sentí como si me estrujasen por dentro. Aquella era muy mala señal.
El niño iba detrás, cantando. Intenté prepararle pero no sabía qué decirle, hasta que aparcamos y vi llegar corriendo a la madre del Julián.
-Hija, ¿qué ha sido de vosotros? ¿Cómo es que nunca más se supo?
-No la regañe, -respondió la señora en mi lugar- es una buena chica pero ha tenido muy mala suerte.
Le dije que aquella mujer era mi suegra para  que no hablase mal del Julián delante de ella ni del niño, pero no fue buena idea porque a partir de entonces se puso a despotricar y a poner a mi marido como un trapo. La otra se calló y bajo la cabeza, si le molestó no lo sé..
-Hijo, da un beso a tu abuela, es la madre de tu papá.
No quería y tuvimos que obligarle. A él solo le importaba ver a su abuelo, aquella mujer no era nadie.
La señora y yo habíamos comprendido, pero el niño seguía preguntando. Fue muy duro explicarle que no iba a poder conocerte.
Habíamos perdido todos aquellos años. Pensando en cómo eras, ahora sé que me echaste mucho de menos, que te preocupaste al no tener noticias mías, que no dejabas de preguntarte que podía haberme ocurrido, que te sentiste terriblemente solo, que compartías tus desdichas con la consuegra. Lo entiendo y me siento una ingrata, pero si no volví no fue por falta de ganas, pensaba en ti a todas horas, habías sido un buen padre, es que no sabía qué es lo que se esperaba de mí. Creí que mi obligación era esa: romper con todo lo anterior y resolver mis problemas yo sola.
Y aquí estoy, llorando, en nuestra vieja casa. Tu nieto duerme en la cama que fue tuya y yo intento que no salga ni un sonido de mi boca. Se le pasará pronto la pena, al fin y al cabo él no te llegó a conocer.
¡Descansa en paz, Padre!

sábado, 30 de mayo de 2020

La Bertiada (Novela por entregas) - Episodio II



Está instalado bajo el Arco de Partículas Sensibles y tengo que pasar por su lado todas las mañanas. Lo que empezó siendo una simple mueca se convirtió en sonrisa, cada vez más amplia, que ahora acompaña con frases cortas, contundentes. Me mira con simpatía, sus ojos son francos, no parece que esté intentando seducirme, yo diría que le han infundido poderes y conoce mi estado de ánimo, incluso mis pensamientos y hasta mi historia. Es como si leyese dentro de mí. En mi juventud me hubiese asustado, pero hoy día es imposible sustraerse a los avances de la técnica y, de todas formas, hay que verlo como una garantía de seguridad. Los ciborgs son nuestra mayor protección y, en este caso, espero que lo sea, pero no puedo distinguirlo de un hombre común. Se me ocurre a veces si no seré uno de ellos, así como toda mi familia. ¿Cómo saber si eres un humano genuino cuando te consta que a ellos les injertan la memoria de un muerto y se sienten tan personas como tú? Solo hay una prueba irrefutable, nunca podremos competir con ellos en velocidad y exactitud. Por eso es un alivio comprobar que me equivoco y que para realizar cualquier operación sigo necesitando la ayuda de las máquinas. A no ser…
A no ser que hayan simulado en mí un cerebro imperfecto, pero no tendría sentido. ¿Para qué querrían un ciborg que no funcione como tal? Puede que necesiten autómatas que les obedezcan ciegamente para ejecutar sus planes más aberrantes. Pero me estoy yendo por las ramas y mi capacidad crítica parece en plena forma. Eso me tranquiliza. Creo que la nube que había en mi cabeza está a punto de empezar a disolverse, y admito que no pensaría como pienso si me hubiese convertido en un No-Humano.



No olvido aquella advertencia. ¿De verdad hemos muerto todos? El ente con aspecto varonil que controla los resortes de seguridad de los accesos al edificio no puede estar trastornado. Ni mentirme. Su ética e inteligencia están fuera de duda, pero ¿a quién obedece? ¿Será un Discrepante? Me han hablado de ellos, pero nunca he conocido a ninguno. No es probable que puedan ocupar un puesto clave, aunque de esa gente se dicen muchas cosas. ¿Será verdad que se adiestran unos a otros para escapar al control del Sistema Único, que son capaces de fingir ser ciborgs auténticos o simplemente personas de confianza? El hombre de la sonrisa ¿habrá boicoteado algún sector de la Filial?
Cada mañana acudo a mi Departamento de la Zona Q, me siento y extraigo miles de datos con la ayuda de tres máquinas.  Todo está bajo control. Frente a mí, una pared metálica va cambiando de color para mejorar mi estado de ánimo, aumentar mi energía o relajarme, dependiendo del momento; la música ambiental anima o calma sin permitir que me desconcentre. Periódicamente, unos brazos metálicos nos acercan la bebida energética y una porción de proteínas vitaminadas. Hacia la mitad de la jornada, las plataformas se mueven y nos van desplazando hacia la zona central. Es el momento de la Convivencia que todos agradecemos, salvo cuando el Director aprovecha la pausa para soltarnos uno de sus discursos. ¿Será un ciborg ese hombre? Con ese aspecto tan descuidado es prácticamente imposible, pero ¿cómo ha podido llegar tan alto un individuo con tan mala presencia? No nos atrevemos a decirlo en voz alta, ni casi a pensarlo, pero las miradas que cruzamos entre nosotros son bastante elocuentes.

(Continuará)

martes, 26 de mayo de 2020

No soy un hombre fácil (Je ne suis pas un homme facile) - 2018


No hay cómo dar la vuelta a las costumbres más arraigadas para entender que no existe simetría entre los sexos. Es lo que hace esta directora, y aunque no se plantea grandes cuestiones ni se complica demasiado la vida, a pesar de que recurre fácilmente a los tópicos, nos ofrece una comedia bastante divertida que se deja ver siempre que no nos pongamos excesivamente exigentes.
En primer lugar nos topamos con un supuesto triunfador pretendidamente guapo, o lo que es igual, con un hombre de esos que se creen irresistibles y van avergonzando a toda mujer que consideran atractiva a base de meter la pata. Porque –y esto es un hecho comprobado que se refleja muy bien en la peli– la estupidez de ellos rebota de tal manera que quienes se sienten incómodas son ellas y no al contrario. Paradojas de una sociedad desigual.
El mensaje satírico suele calar mejor en los espectadores cuando se recurre a la fantasía y al absurdo. En este caso, nuestro héroe se despierta en un mundo al revés, ahora son las mujeres quienes mandan y ellos los objetos sexuales a quienes se trata como un cero a la izquierda. Podrían haberlo situado en una sociedad igualitaria pero de esta forma el contraste es más efectivo. Excepto por un pequeño detalle: todos están acostumbrados a esta inversión de roles en relación al mundo real menos el protagonista, que sigue anclado en el machismo y, aunque acaba transigiendo un poco, se comporta más o menos como antes. Me pregunto si esta conducta del personaje se concibe de forma premeditada por las guionistas o es debida a un inconsciente mantenimiento de esquemas preconcebidos. Y me temo que se trata de lo segundo.
Quizá sea ese el motivo de que ella presente un aspecto marcadamente andrógino. ¿Es que no podemos imaginar una realidad en que la mujer domine conservando su aspecto femenino, su liviandad y delicadeza? Así es la fisiología femenina, que naturalmente no la convierte en débil, aunque sea lo que interesa hacernos creer.
Es evidente que un mundo al revés nunca podría ser una copia invertida del de ahora. Aun aceptando que las mujeres aprovechasen su poder para dominar al otro sexo tal como sucede ahora con los varones, los esquemas serían necesariamente distintos, no se trata de copiar mecánicamente lo que siempre hemos visto ni todo consiste en que el sexo débil se depile, cuide a los niños o enseñe las piernas. Si la ficción quiere crear una estructura social opuesta a todo lo que conocemos necesita realizar un análisis profundo y una revisión mucho más exhaustiva de los mecanismos que determinan el poder en general y las pequeñas dominaciones cotidianas. Es cierto que se trata de una película simpática, desarrollada con corrección y que puede servir para que reflexionen las mentes recalcitrantes de ambos sexos siempre que no se cierren en banda, pero en definitiva nos encontramos ante una comedia romántica en la que el amor acaba resolviéndolo todo y, a pesar de interesantes giros de guión, se muestra bastante conciliadora: el espejo que nos refleja es marcadamente más amable que el verdadero y las situaciones desagradables, discriminatorias etc. que tienen que sufrir los varones no se acerca ni de lejos a lo que viven y han vivido las mujeres desde el principio de los tiempos. En resumidas cuentas, merece la pena verla pero resulta mucho más convencional de lo que quieren hacernos creer.

Título original: Je ne suis pas un homme facile
Año: 2018
País: Francia
Duración: 98 minutos
Dirección: Eleonore Pourriat
Guion: Ariane Fert, Eleonore Pourriat
Reparto: Vincent Elbaz, Marie Sophie Ferdane, Pierrre Bénezit, Blanche Gardin, Moon Dailly, Céline Menville, Camille Landru-Girardet
Música: Fred Avril
Fotografía: Penélope Pourriat
Género: Comedia

domingo, 24 de mayo de 2020

La Bertiada (Novela por entregas) - Episodio I



1

De un tiempo a esta parte siento que ha cambiado todo. No sé si sentir es la palabra,  un vértigo extraño se ha apoderado de mí y  me empuja cuesta abajo hacia un precipicio sin fondo. Me desperté el día de año nuevo con una resaca terrible, recordaba vagamente la fiesta, pero luego ese recuerdo fue sustituido por otro, que a su vez se fue diluyendo y, día tras día, una escena nueva ocupaba el lugar de la anterior. Ya no estoy segura de nada. ¿Asistí a esa fiesta? ¿Pasé la noche en una cabaña de leñadores, rodeada de jaulas, dando de comer a las chinchillas que un día adornarían el cuello de una mujer sin sentimientos? ¿O ese recuerdo es un castigo a mis exabruptos en las perfomances contra el maltrato animal? ¿Estuve presa el verano pasado? Es todo muy raro, este año se me está yendo de las manos, cada mes es como un volcán más cerca de la erupción que el anterior y solo estamos en abril. Desconfío de mi memoria, esa facultad peligrosa y traicionera que deberíamos erradicar por completo.
Jaime no parece el mismo. Aquella fiesta de fin de año fue una sucesión de escenas sórdidas, fuegos artificiales, una oscuridad tibia en la que brillaban treinta pares de ojos como alfileres de plata, vestidos de noche, champagne y serpentinas, un camarote en la oscuridad con nosotros haciendo el amor al compas del balanceo, o un laboratorio brumoso donde alguien con bata blanca hurga en mi brazo, en la espalda de Jaime, en un tobillo de Medea, y excava bajo nuestras pieles.
Medea ya no me reconoce, siento su vista resbalar por mi cuerpo como si fuera transparente. Es triste convertirse en Nadie, más aún si es tu propia hija la que se encuentra perdida en su mundo. A cambio, se ha convertido en una triunfadora, la Directora de Convenciones más joven de la historia de su empresa, está a punto de firmar un Contrato Matrimonial con el hijo de un aristócrata, le han implantado mechones de pelo, un iris más azul y brillante, una barbilla nueva, y han estado enredando en su cerebro. Y no es la única: nos ha invadido una fiebre que nos lanza hacia adelante casi a la velocidad de la luz. Mis compañeras del Departamento de Proyectos Estimulantes y su ansia por destacar en el mundo de los negocios, mis padres y esa manía que tienen de acumular cachivaches, Jaime y sus delirantes inventos, esas rayas y puntos que rastrean continuamente el tiempo y el  espacio. Sé que está inquieto, que se empeña en avisarme de algo, pero no le quiero escuchar, ya no sé quién es, ni él ni nadie. No me fío de ellos. Solo puedo acudir a mis recuerdos, volveré a confiar en los demás cuando desenrede por completo esta madeja y mi memoria vuelva a estar tan clara como antes. Puede que alguna vez ocurra. La verdad está aquí dentro, todavía algo borrosa, abriéndose paso como una luciérnaga que aletea indecisa y que por fuerza acabaré atrapando. Entonces se me caerá esta venda en los ojos y sabré quienes somos, qué ha ocurrido en estos meses, quién o qué nos amenaza y qué debo hacer para destruirlo.
-Todos hemos muerto – me susurra el Controlador de la Zona Q.
(Continuará)