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martes, 20 de septiembre de 2016

Una premonición

Tengo que imaginar un lóbrego túnel cada vez que rememoro aquel dormitorio inmenso. Camas a ambos lados presididas por otra, enorme, oculta tras un muro de cortinas blancas, la de la monja encargada de vigilar nuestro sueño. Yo solía aprovechas sus ronquidos, que escuchaba desde mi cama –la quinta según se entra a la derecha, frente a los ventanales del fondo–, para arrastrarme como una serpiente aunque más atemorizada que un ratón, hacia la cama de Carmela, la sobrina mayor de sor Margarita, nuestra sevillana y septuagenario profesora de español y antigua novia, o amante –según las malas lenguas– de don José María Pemán, el ínclito prócer de las letras españolas si nos atenemos al ideario del régimen.
Carmela me hablaba de su pueblo, tan blanco como si la nieve hubiese cubierto para siempre sus casitas, o así lo imaginaba yo. Ella no había visto nevar hasta que llegó a Madrid, y había que verla, boquiabierta, detrás de los cristales del ropero, siguiendo con la mirada la trayectoria de cada copo, absorta en el manto inmaculado que cubría por entero el jardín. Aquello no solía durar mucho. En cuanto notaba que sus susurros comenzaban a cerrarme los ojos, tenía que pellizcarme las mejillas si quería emprender el viaje de vuelta. Reptaba, una vez más, sobre las losetas heladas del invierno madrileño, con el vientre helándoseme bajo los techos abovedados y altísimos, de aquel recinto inclemente, y las mandíbulas entrechocándose por culpa del pánico.
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Luke Fildes - El médico (1891)
Una noche de febrero me quedé dormida antes de tiempo y no pude visitar a Carmela. Las seis mantas aplastando mi cuerpo adolescente para sustituir la inexistente calefacción fueron, quizá, el motivo de mi pesadilla.
Bajo la lámpara del comedor –con su pantalla de porcelana verde flanqueada por festones puntiagudos– el rostro de mi padre, tan pálido que, se diría, pertenecía a un espectro y no a una persona viva, me sonreía con amor infinito. Elevó la mano como gesto de despedida y, aunque alargué las mías en inútil intento de retenerle a mi lado, se levantó rígido como una tabla, y continuó levitando y desplazándose hacia atrás hasta desparecer filtrándose por los intersticios de alguna fachada cercana, como el cuerpo glorioso que era, en la negrura de la noche.
Desperté a medianoche, con toda la cara empapada y los hombros tableteando sobre el colchón debido a las sacudidas, entre desesperadas y furiosas, de Carmela.
-Perdona, Pili. Gritabas tanto… Pensé que podías despertarla.
Contuvimos la respiración unos segundos, luego nos echamos a reir. Era un alivio escuchar los silbidos de sor Matilde tan fuertes y regulares como siempre.
Pero aquella misma mañana, hacia las siete, cuando acabábamos de asearnos para asistir a la misa diaria, vimos aparecer en la galería, inesperadamente, a sor Isabel, la jefa de estudios. Tintineaba el rosario en su cintura por el galope de los andares.  
Me vi empujada hacia el vestíbulo, donde nos esperaba la superiora. Bajamos la gran escalinata. Frente a la verja, el taxista y la hermana portera entretenían la espera con insustanciales comentarios. Por fin, instaladas ya las tres en los asientos, sor Catalina se fijó en mí.
-Pili, no te asustes. Vas a pasar unos días con tu familia. Nos han avisado esta noche de que papá ha caído en coma, pero no hay que preocuparse, reza mucho a la virgen para que se ponga bien cuando te vea. ¿De acuerdo?
El hilo de voz con que asentí no lo escuché ni yo misma.

sábado, 25 de junio de 2016

La piel de plátano (elecciones generales españolas 2016)

De niña leía muchos comics –por entonces los llamábamos tebeos, nombre adoptado, por extensión, del gran TBO del que no me perdía un número–tampoco dejaba pasar viñeta o tira cómica que apareciese en los periódicos de casa. El humor es, para un niño, una buena manera de observar el mundo, aunque entonces lo viésemos como un entretenimiento sin más. Porque cualquier diversión infantil es puro aprendizaje, y lo mejor es que no nos damos cuenta.
También leía libros, trataba de entender los artículos serios de la prensa y de rellenar por completo –jamás lo conseguía– el crucigrama de ABC. Probablemente, no saqué mucho en limpio de mis tentativas de entender a los mayores, pero el humor es otra cosa. Ese sí que no tiene fronteras, hace reír a todos y el mensaje –si bien menos universal de lo que parece, pues cada uno lo adapta hábilmente a su forma de ver el mundo– cala hondo y deja una huella difícil de borrar.
Los tebeos hablaban de familias, como la de Melitón Pérez, de abuelitos con gota que cuentan batallas, de señoras arrugadas con bastón y nariz picuda, de miopes al borde de la ceguera, de entrañables ladronzuelos como el caco Bonifacio, de un reportero peculiar, de dos hermanas solteras sin más compañía que ellas mismas (¡ah! el mito de la solterona, cuánto daño hizo a las mentes infantiles), de Carpanta y su insaciable apetito, de las diabluras de unos gemelos con un padre anacrónico llamado don Pantuflo Zapatilla, de una casa de vecinos, a cual más estrafalario, con fachada transparente. También, y al margen de personajes concretos, se bromeaba sobre los caracteres de regiones y  países, se repasaban los tópicos de la época y se aludía a la actualidad con mucha más frecuencia de lo que se quería dar a entender.
Tomado de La viñeta satírica
Un clásico indiscutible era la piel de plátano, asunto banal pero gracioso que daba mucho juego por entonces. El hombre que camina leyendo el periódico –los personajes femeninos de entonces no leían nunca– pisa la piel y da una voltereta en el aire, el ciego ¡cómo no! la mamá que empuja el carrito, el que se despide de alguien sin mirar por dónde camina, chavales que corretean. El mundo entero pisaba esas escurridizas pieles. Si, a nuestra vez, no hubiésemos pisado la calle, la imaginaríamos sembrada de pingajos amarillos. Por cierto, nunca eran de naranja o de pera, que también resbalan lo suyo, sino de plátano. Vaya usted a saber por qué los dibujantes habían cogido tanta afición a esa inocente fruta.
Me pregunto qué efecto producían esas tiras cómicas, esas historietas sobre sus pequeños lectores. Ninguno, probablemente. Las considerábamos motivo de diversión y poco más. Pero un pedagogo con excesivos escrúpulos –y lo políticamente correcto invade nuestros días mucho más que los de entonces a pesar de censuras y demás hierbas– bien podría objetar que tanto plátano suelto por la acera podría producir abundancia de niños miedosos. O de niños sádicos. O de niños que aborrecen la fruta. O bien, de niños más atentos a lo que les rodea, más responsables, más preocupados por su  prójimo, con más sentido del humor, incluso, con mayor afición a los plátanos y, por extensión, a la comida sana. Todo depende del color con que se mire. ¿Eran nocivas aquellas viñetas? Yo creo que no, pero discursos a partir de ellas y sus posibles consecuencias se pueden construir de todos los colores.

***

Mañana será el día de la piel de plátano. Como cada vez que hay elecciones en España, sean generales, locales o autonómicas, todo el mundo va a interpretar los resultados a su conveniencia. Cada uno arrimará el ascua a su sardina y se quedará tan pancho. ¡Perdón! Eso es lo que ocurría antes. Desde diciembre, la sardina y el ascua siguen juntas, la piel de plátano funciona todavía a gusto del consumidor (en este caso, a gusto del partido político de turno), pero ya nadie puede quedarse tan pancho, los límites entre unos resultados y otros son demasiado frágiles, no es fácil que nadie se alce con la victoria absoluta, el miedo, el resquemor, la envidia, la antipatía se están adueñando del patio político y contagiando a los votantes. Y eso nunca es bueno. ¿No soñábamos con el fin del bipartidismo? Pues ahí tienes la polca, ahora báilala, ¡anda! 

sábado, 30 de enero de 2016

Escalera de vecindad (y IV)

“En el arte solo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”
Cesare Pavese

Sentada en el avión, junto a su ex haciéndose el dormido para evitar la incomodidad del momento, continuó con sus divagaciones. Sabía que él depondría su actitud, como siempre, en cuanto pisasen el aeropuerto de Barajas: le juraría otra vez fidelidad eterna, reanudarían sin remedio su eterno diálogo de sordos y aquellos preciosos silencios se interrumpirían por una buena temporada.
Tomás era un buen técnico, pero no tenía imaginación ni para poner excusas cuando le daba por ausentarse. Era comprensible. Cuando le preguntaba por sus recuerdos infantiles se quedaba en blanco, algo perplejo incluso. No había nada que recordar. Padres, hermanos, una ciudad y la escuela. ¿Gente extraña a mi alrededor? Pues no sabría decirte.
No era su caso. Había nacido sobre un polvorín, un filón de maravillas, y había sabido aprovecharlo.
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¿Qué niño era capaz de atesorar esos recuerdos? Ella. Y los había agitado en su coctelera interior para crear decenas, cientos de desvaríos. Alucinados, obsesivos, desquiciantes, de factura reconocible y personalísima.
De noche les custodiaba un ladrón. Según las malas lenguas, el sereno se introducía en las casas cuando las familias estaban de viaje para robarles joyas y pieles. Escuchando la punta de su chuzo y el tintineo de aquel llavero inabarcable, una se dormía figurándose como se deslizaba por los pasillos, desvalijaba armarios, raptaba al perro, al gato o a los niños de la casa. La portería nunca había sido el lugar acogedor que cabría suponer sino un cubículo inmundo que hubo de cerrarse a cal y canto para sustituirlo por un mostrador en la planta baja, bien despejado para que ninguna pareja furtiva sintiese la tentación de hacer cochinadas allá dentro.
Alusiones de adultos tal vez mal interpretadas por la niña de la casa. Pero lo emocionante no eran las certezas sino dejarse arrullar por el tropel de fantasías que la asediaban a todas horas. ¿Quién podía negar que entre el 2º C, su casa, y el 2º A –habitada por la viuda (o repudiada) de un militar ario cuya hija había sido concebida mientras él luchaba en las estepas– se encontraba el 2º B, un nido de mujeres solas que recibían visitas a horas discretas hasta que la policía lo clausuró?
¿Habladurías? En el 2º D había una soltera entrada en años, con férreas convicciones cristianas, cuya única expansión consistía en jugar al tute con la peña los jueves por la tarde. Pero a su lado, en el 2º E, una pareja de bailarines –cincuentones por entonces– habían vivido en pecado durante la década de posguerra, enclaustrada ella a la fuerza, a pesar de su aire garboso y el cuerpo cimbreante, para evitar ser denunciados. Águeda hubiese dado cualquier cosa por conservar a perpetuidad la figura frágil y esbelta de aquella mujer.
Justo encima de ellos, el lisiado del tercero era el que más pena daba. Los domingos recorría, apoyado en su madre y el pizpireto hijo mayor –y aún así a paso de tortuga– los escasos cincuenta metros que les separaban de la parroquia. A la tarde, se entretenían viendo pasar gente tras los cristales del café Soria a no ser que hubiese toros. Parece ser que la madre, además de cuidar en el domicilio matrimonial a los otros cinco niños, ejercía de taqui-meca en algún oscuro despacho por cuatro perras mal contadas. El mundo al revés: mujeres que mantienen a sus hombres. Se aproximaba el juicio final, de ahí que la primogénita del 5º F tuviese el pelo cuajado de canas con tan solo nueve años.
La del 4º H, doña Emérita (monja durante la guerra, casada más tarde y viuda prematura por un ajuste de cuentas de un paisano que le descerrajó al marido un tiro en la nuca mientras andaban cazando los dos) autorizada a llegar, jeringa en mano, hasta el fondo de las alcobas con permiso de los médicos, amenizaba la tarde con jugosas anécdotas en cuanto acababan de rezar el rosario. Según ella, sarna, pulgas y demás tropa infecciosa traspasaría pronto las paredes de sus vecinos del I –donde convivían tres perros, cinco gatos, una decena de pájaros, un par de cobayas y que solo se limpiaba con serrín– para abalanzarse sobre ella y el huraño, calvo y esquelético individuo al que durante más de treinta años arrendaba un cuarto sin derecho a cocina.
El flanco derecho se inclinaba. Tenía a Tomás ligeramente encima, aparentando que estaba dormido mientras apretaba puños y párpados. Si se cayesen ahora, se haría papilla al instante tras solo unos segundos de vértigo. Desintegrarse, el final perfecto. Se ahorraría los malos tragos que ya veía venir: ceremonias, galardones, falsos elogios, chismorreo a raudales, zancadillas. El amargor de un triunfo que no le correspondía, pura chiripa inmerecida tras lustros tragando sapos a la espera de una recompensa que nunca llegó.
Al amanecer, la calle se inundaba de olor a pan recién cocido; como cada mañana, el carpintero elevaría su persiana metálica de golpe; comenzaría el trinar en las acacias; las primeras luces, filtradas por el ramaje, alcanzarían la acera. Faltaba que saliese el enano del primero a sentarse allá enfrente con su cesto de pipas; su vecina, la niña cuarentona, rebasaría la esquina a pasos cortos sujetándose el velo del brazo de su madre; les seguirían las hermanas de labios frambuesa, tan apergaminadamente maquilladas que ya no parecían de este mundo. La corpulenta y veinteañera sobrina se habría fugado la noche pasada con su insignificante novio de casi diecisiete para escapar, antes que a la mofa y el desprecio del vecindario, de su trasnochada y tiránica tutora.
Más historias en la recámara. Cuando empezaban a alcanzar la península, les despertaron las turbulencias.

lunes, 25 de enero de 2016

Escalera de vecindad (III)

Águeda Frutos ajustó las persianas metálicas, por precaución sí, pero sobre todo para no tener que contemplar a esa hora la cotidiana imagen de los nativos instalada en las entrañas de la más refinada opulencia (una desazón que, sin duda, la perseguiría hasta su fin), introdujo en la ranura del reproductor una película cualquiera y se sirvió el primer licor que le vino a la mano. Solo por una noche desoiría los requerimientos del skype: le faltaba ánimo para reunirse virtualmente con el resto del equipo. Tenía que paladear completamente sola el sabor amargo del éxito. Tras veinticinco años de probarse a sí misma sus facultades, de ceder al decadente guionista principal todos y cada uno de sus hallazgos, de conformarse con aparecer como simple ayudante en todos los títulos de crédito, había acabado aquí, en la otra punta del mundo, brillando en un proyecto para el que nunca la había preparado nadie. La imaginativa Águeda, la genial, la que recibía palmaditas en la espalda como compensación por la falta de reconocimiento público, había pasado de guionista de tercera oficial a rodar un magnífico documental sobre aborígenes. El destino no era –como había creído siempre– un irónico duendecillo que se troncha bajo su gorro verde encaramado en el más alto pináculo de la torre sino un enorme hijo de puta que hinca la daga en los corazones refocilándose con el dolor de sus víctimas. Las imágenes del video enmudecido confirmaban el desatino que suponía seguir viva en aquellas circunstancias, el portátil emitió dos o tres señales más y calló por fin.
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La culpa de ser como era, de su fantasía desbocada, de esa imaginación que se desataba con el mínimo estímulo la tenía el edificio donde nació, a caballo entre la zona de más rancio abolengo de la villa y una barriada algo menos próspera. La tenía una familia atípica en su vetustez, tan anacrónicamente arcaica que casi resultaba moderna. La tenía un entorno tan estrecho, tan apartado de la realidad para los niños de entonces, que debían buscar mundos alternativos por su cuenta y riesgo. La tenía no haber visto nunca un caballo ni una vaca. Ni montañas. Ni haberse subido a un árbol cuando aún estaba a tiempo ni haberse asomado a la costa hasta después de cumplir los siete.

Soñar despierta con los ojos cerrados era, pesara a quien pesase, lo que de verdad dominaba. Se mojó los labios con el whisky, no pasó a mayores porque la maniobra le exigía una total lucidez. El edificio era gris, con un encalado como costra reseca, la balaustrada de mármol donde ella flexionaba la cintura, con la cabeza colgando peligrosamente en el vacío, se encontraba en el primer piso, justo encima de la puerta principal, un lugar privilegiado para vigilar idas y venidas, escuchar conversaciones y mantener bien sujeto el pulso de aquel tramo de su calle, vital por ser nexo de unión de otras dos mucho más importantes: la castiza y una de las prósperas.
(Continuará)

miércoles, 20 de enero de 2016

Escalera de vecindad (II)

Se despertó en su bungaló con la primera claridad del alba. Recordaba el último brindis como una sucesión de manchas borrosas. La envolvía un círculo de gente, después alguien la sentó y todo se volvió oscuro. No podía haber vuelto a casa por sus propios medios y el que la había llevado quizá seguía allí, husmeando en su vida o durmiendo. Alarmada, se asomó al porche, al cuarto común, a las instalaciones prefabricadas, multifuncionales y asépticas, ahora tan desiertas como de costumbre. Quienquiera que se hubiese tomado la molestia se había asegurado de dejar la cerradura encajada. Falsa alarma, pues, pero seguía molestándole haber perdido la noción del tiempo, no saber calcular cuánto había dormido. Empezó a llenar la bañera y puso agua en el microondas. Esas infusiones que vendían dentro de bolsas de tela en el chamizo compuesto por un mostrador de cuatro tablas y un toldo hecho jirones hacían más efecto que el café.
Edward Hopper

Se había adelantado la temporada de lluvias, solo por unas cuantas horas no había interferido en el rodaje. Escuchando el golpeteo sobre el tejado de uralita empezó a compensarle tanto andamiaje artificial. Hasta entonces, con la ingenuidad del que no imagina cuántas calamidades pasaban los autóctonos, había lamentado la inautenticidad que significaba no ser acogida por paredes de tablas ni dormir bajo mosquitero ni sufrir la caldosa calorina nocturna. Estaba claro que el pretendido encanto de la miseria no podía competir con el confort y la higiene que habían constituido su paisaje.
Soñó despierta hasta que el agua se enfrió tanto que se sintió expulsada de golpe. Imaginar escenas, tras semanas de no haber hecho otra cosa, se había vuelto lo más sencillo del mundo. Una triunfadora vestida de diseño. Flashes, micrófonos rodeándola, demoradas entrevistas para revisar una vida tan anodina como todas. ¿Qué circunstancia vital le ha conducido a ser la que es? Celebro que me haga esa pregunta. Tópico tras tópico. Todo estaba sobado y resobado, nada que no hubiese presenciado mil veces. Pensó que le hastiaría cualquier episodio que protagonizase a partir de ese momento, ni siquiera el éxito iba ser capaz de saciarla.
 (Continuará)

viernes, 15 de enero de 2016

Escalera de vecindad (I)

También la lluvia - Itziar Bollaín (2010)
El equipo entero se había reunido en la taberna local para celebrar que aquello se acababa. Habían alquilado el negocio –apenas una choza de cañas cubierta de estantes con botellas de licor casero, conservas en lata y Coca-Cola– a la vez  que el resto del poblado, en una operación única. La mayor bicoca de la historia, en opinión del productor, disponer de un plató viviente, con figurantes inmersos en su vida cotidiana, es decir, actuando a pleno rendimiento sin pedir un solo dólar por interpretarse a sí mismos a lo largo de jornadas enteras. El documental tuvo un carácter divulgativo, en su faceta más solidaria, hasta que rebasó la etapa de proyecto. Se pretendía llamar la atención sobre las carencias de aquel rincón del mundo dejado de la mano de los hombres, sin apenas medios de subsistencia fuera de cuatro frutos resecos por la sequía y de unas cuantas aves famélicas, sin instrucción ni capacidad de intervenir políticamente, atentos solo a la ira de sus tótems, inmerso en sus ritos defensivos, más inermes y míseros de lo que alcanza la imaginación, con una juventud migrante que, antes de rebasar la pubertad, se instalaba en una de las urbes más populosas del planeta para trabajar de sol a sol en fábricas irrespirables por un minúsculo cazo de comida hasta derrumbarse al caer la noche en el canal de ventilación de cualquier rascacielos, inhabitable y carísimo, que, a falta de algo mejor, se veían obligados a alquilar.


La vorágine (Serie) - 1990
Jaleaban a la flamante directora haciendo chocar las copas por encima de sus cabezas, arrojando luego su contenido descuidadamente en sus estómagos, berreando canciones que habían estado de moda mucho antes de que la homenajeada fuese concebida por sus padres. Aunque vislumbraba aquel tugurio como un caleidoscopio borroso y mareante, Águeda Frutos no podía ignorar que había triunfado. Al margen de los hermosos propósitos que les habían encaminado hasta allí, acababa de demostrarse a sí misma su capacidad para combinar miríadas de factores hasta llegar a alumbrar un producto que, además de generar una fortuna, no iba a dejar a nadie indiferente. Dio una calada al cartucho que alguien había puesto en su mano y lo pasó al bulto de su izquierda. Aunque de forma nebulosa, barruntaba que, si bien no habían logrado su propósito altruista, aquel había sido un decidido y generoso primer paso para colocar a aquella buena gente en el mapa exponiéndola a las miradas compasivas de la comunidad internacional.



El corazón de las tinieblas - Román Chalbaud (1990)
Hacía más de tres décadas que soñaba con ello. Ya no era ninguna jovencita, y esto añadía algo de valor al hecho de haber aprovechado a conciencia el último (y único) tren que tuvo la deferencia de pasar por su estación. Durante las últimas semanas, inmersa en una actividad atropellada y en un escenario de espanto, se había confesado que su pretendida genialidad no era tal, que la receta de lo que –se preveía– iba a ser el bombazo de la década contenía cierta capacidad organizativa demasiado común para enorgullecerla y, por encima de todo, esa fantasía congénita que, al rozar lo enfermizo, había mantenido latente a lo largo de su vida adulta. Pero era ahora, todavía nadando entre algodones, cuando empezó a convencerse de que su alocada necesidad de inventar sin límite, que amaba tanto como aborrecía, era la única responsable de toda esa sucesión alucinada de imágenes, abigarradas, imprevisibles, rescatadas de algún rincón de la ultratumba.
                                                          Continuará


sábado, 5 de julio de 2014

El peso de la historia

 
El lugar era francamente siniestro, la cueva que hacía las veces de vestíbulo se resolvía en un pasillo abocinado que iba a desembocar, a su vez, en tres aulas polvorientas, situadas a derecha e izquierda e iluminadas por un ventanuco alto, algo mayor que un tragaluz, que únicamente los días de mucho sol, se dignaba arrojar una luz gris y sucia.
 
Las párvulas llegaban las últimas pues eran quienes tenían el horario más corto. Aquel primer día de curso, la superiora aguardaba tras las celosías para saludar a los padres solo con la voz. Lo había hecho casi todos los años, era de vital importancia que aquellos jóvenes, sobre todo si traían a la escuela al primogénito, se quedasen tranquilos aquella primera mañana. Había que convencerles de que sus hijas iban a estar en buenas manos, que no iban a llorar, ni asustarse, ni echarles de menos. Lo primero era escrupulosamente cierto, lo demás dependía, fundamentalmente, de lo más o menos enmadrado que estuviese la niña en cuestión.
 
Aurora solo tenía tres años y tres meses cuando entró, sobrecogida, en aquel convento, el lugar más sobrio y taciturno que había visitado hasta entonces. Se despidió, sin demasiada convicción, de su padre, que había pedido el día libre en el trabajo para ejecutar con todo rigor la ceremonia de poner a la niña de sus ojos en manos de unas perfectas extrañas por muy monjas de clausura que fuesen. Aquello amenazaba con convertirse en rutina: tenían otro hijo, más pequeño, y ya estaban esperando el siguiente. Para solo cuatro años de matrimonio, podía afirmarse que la cosecha había sido más que espléndida. Pero intuía que nada sería como aquella primera vez. El temblor de las manos, la boca pastosa, el corazón que se resquebraja, entrañas que se abren como si un cuchillo hubiese penetrado allá dentro. Ni una migaja de ese dulce dolor le invadiría de nuevo por muchos hijos que concibiese ni por muchos días libres que solicitase en adelante al banco.
 
Hubo algún conato de berrinche pero venció la curiosidad. Aurora estaba descubriendo un nuevo territorio, mucha gente nueva y, desde luego, sus propios límites. Cuando preguntó por su orinalito, le empujaron con suavidad al pequeño retrete de su clase. Bebiendo agua a morro en el lavabo entendió que, del vaso, se puede prescindir. A media mañana, cuando levantó la vista de la cartilla que estaba manoseando, cansada ya de ver dibujos y garabatear sin sentido en su cuaderno, se encontró con un hombre en miniatura, colgado de dos palos cruzados, que la contemplaba angustiado desde la pared frontal, junto a la bandera española, el retrato de Franco y el de José Antonio.
 
Aquello le pareció horrendo, aún no había aprendido la palabra crimen, pero toda la magnitud de la tortura que se puede infligir a un ser humano cayó sobre sus hombros pequeñitos. Por primera vez, se sintió aterrorizada pero lo sobrellevó bastante bien porque aún no sabía lo que era el terror. Preguntó pero no le contestaron. Hubo algún conato de respuesta, sí, pero no la satisfizo. Hasta una mente de tres años ha desarrollado ya una cierta lógica. Cuando, por fin, llegó a casa y reclamó una explicación convincente no entendió lo que le decían. ¿Jesucristo? ¿Y ese quién es?
 
A partir de ese momento, se suceden las incongruencias. ¿El niño Jesús y ese hombre, viejo, derrotado, famélico, son la misma persona? Si lo dicen su padre y su madre a ella no se le ocurre dudar de su palabra, pero su cabeza no es capaz de abarcarlo todo. Al niño le conoce bien, o eso creía ella, es pequeño, como su hermano Andrés, algo más rubio que él pero igual de sonrosado y mofletudo. Es al que reza cada noche con las manos juntas mientras su abuela le arregla el embozo. ¿Cómo ha podido hacerse envejecer tan de repente? ¿Cuántas cosas han pasado en el rato que ella estaba en el colegio? ¿Por qué nadie se lo ha dicho? ¿Por qué ninguno de ellos se extraña de tanta monstruosidad? 
 
Se le saltan las lágrimas recordando el sufrimiento de aquel cadáver doliente. Esa noche tarda en dormirse casi cinco minutos. Se ha quedado pensando en algo que, por mucho que se esfuerza, no puede traducir en palabras. Sus razonamientos son como globos de colores que explotan en el fondo de sus ojos; es incapaz de asirlos, puede verlos pero no encuentra un sentido a todo ese amasijo de conceptos sin forma.
 
Aurora jamás podrá explicar lo que sintió aquel día: cuando crezca y cuente con suficiente material para desarrollar un razonamiento, cada una de aquellas escenas se habrá borrado de su mente como si le hubiesen pasado una esponja.

lunes, 12 de mayo de 2014

Violación de correspondencia

 
9 de mayo de 1968, jueves

“Querida Virgen…
Monja-mon-jamón-ja

Gracias por ayudar a mi papá. Pero tienes que hacerlo más deprisa. Por favor. Él tiene ya 38 años y no puede seguir en el sillón, quiero que le dé tiempo a moverse, a trabajar, a llevarnos en la moto, a jugar con los nenes…
Mon-jamón-ja-monja
Caspar David Friedrich - Niña en el campo 
Es ese señor tan guapo que va todos los días a la parroquia a verte. Le cuesta mucho porque lleva bastón, casi no le da tiempo a cruzar la calle antes de que cambie el semáforo. A veces los coches tienen que esperar, no creas. Eso tiene mucho mérito, deberías ayudarle. Nosotras, mamá y yo, nos ponemos, una a cada lado, para que se apoye porque tiene paralizada la pierna derecha y el brazo también.
 
Jamón-ja-monja-mon-jamón.
 
La iglesia se ve desde la esquina de mi calle, y también el parque que hay al lado. Yo juego allí. Tardamos veinte minutos en llegar desde la esquina hasta la iglesia, y al parque lo mismo.
 
Monja-jamón.
 
Papá estaba de empleado en una notaría, pero ahora no puede hacer nada. Vienen a verle los amigos. Como no trabaja no cobra. Sonríe siempre y es porque sabe que se curará alguna vez. Pero, Virgen, tiene que ser pronto. No sabes la pena que da ver cómo deja la mano en la mesa a la hora de comer y cómo se escurre luego, lentamente, hasta caer sobre su pierna con un golpe seco. Yo bajo la cabeza para que no vea cómo se me saltan las lágrimas.
 
Jamón-monja.
 
Esta carta es un secreto, se llama confidencial. Tú la leerás cuando la quemen en el patio. No la puede leer nadie más. Me han dicho las madres que harán una hoguera grande-grande, de la que saldrá un humo blanco, y que todas las palabras van a ir al cielo para que tú puedas verlas. No sé de qué forma subirán si se quema la tinta, ni cuál es el truco para que no te hagas un lío y pongas todas las palabras en orden sabiendo, además, quién ha escrito qué.
Jamón-monja-jamón-monja-ja-mon-ja-mon-ja
Caspar David Friedrich - Cementerio de Cloister bajo la nieve
Querida Virgen, me despido ya. Esto se llama una ofrenda que te hacemos por ser tu mes, el mes de mayo, pero mucha más ofrenda, o regalo, es el que tú vas a hacerme a mí si escuchas lo que te pido. Papá se va a curar, estoy segura.
 
Jamón
 
12 de mayo de 1968, domingo
 
-Queridas niñas, gracias por la hermosa función que acabáis de representar, en especial la danza de las flores y el recital de poesías marianas. A continuación, procedemos a leer esta carta que se ha salvado de la quema porque a la Virgen le ha llegado al corazón y, con ella, a la comunidad entera. La ha escrito una de vosotras. Espero que a las demás os conmueva igualmente.
 
“Querida Virgen. Gracias por ayudar a mi papá…”
 
Ja-ja-ja