miércoles, 25 de febrero de 2015

El soplo en la nuca (II)

-Usted no es de aquí. ¿Francesa?

-No, asturiana. Quiero decir, española.

-¡Ah!

-Nacida en la provincia, pero llevo en París muchos años. Me llamo Eugenia.

-Mucho gusto. Y bien, ¿qué hace aquí?

A Eugenia Álvarez, le brilló la picardía en la mirada, tan emocionada se sentía que hasta la taza trastabilló por un momento.

-Lo mismo que usted. Me empeñé y lo conseguí.

-Está muy bien informada.

-Puede. Aquí nos conocemos todos, tampoco somos tantos los que trabajamos en el juicio de Eichmann.

-Probablemente, –reflexionó– sea yo la única ermitaña del grupo.

-Es cierto, no se deja ver mucho. Y, la verdad, me parece la mejor estrategia.

-Soy así, no he premeditado nada. Cuando vuelva…

-Tendrá que explicar muchas cosas.

Resultado de imagen de hannah arendt
Hannah Arendt
-Ni se imagina cuántas. Sobre todo, después de haberse publicado el libro.

-¿Piensa escribir un libro entero?

-Entero, sí. No lo voy a dejar a medias.

-No es eso, es...

Hannah se rió abiertamente. A Eugenia le pareció todo un triunfo haber conseguido que se sintiese tan cómoda.

-No se preocupe, sé lo que quiere decir. Si con unos cuantos artículos, casi me linchan aquí, puedo imaginarme lo que pasará cuando explique con detalle lo que pienso.

-Pero ya no estará en Jerusalén.

-Por suerte, jajaja.

-Jajaja.

-Sospecho que tenemos opiniones parecidas.

-Mire, me suelo fijar en su cara. Estoy atenta. La miré cuando se expuso la biografía de Adolf, quiero decir de este Adolf. Cuando hablaban de su carácter apocado, de su ansia por destacar, noté que pensábamos lo mismo. Ese hombre estaba tan obcecado en hacer carrera que todo lo demás le importaba muy poco.

-Eso es.

-Maldad por omisión. Justificada por la argucia de la obediencia debida. Excelente excusa, por cierto. Claro que, con ese letrado, el reo no necesita fiscal.

-Usted ha estudiado derecho.

-Aún me queda el último curso, ¿se nota?

-Sabe que se nota, no se haga la humilde. No son tantos los que han entendido mis artículos. Termine la carrera y haga todo lo posible por trabajar en un bufete. Será una buena profesional.

-Muchas gracias. Pero sigo sin explicarme lo del libro. ¿Tanto le queda por decir?

-Sí, bastante. He de estudiar el juicio más a fondo: argumentación, personalidades, profundizar en el análisis de los mecanismos del poder omnímodo. Propondré, incluso, una nueva figura jurídica: el crimen contra la humanidad. Estaremos en contacto, si usted quiere será de los primeros que lean el manuscrito.

-No puede imaginar lo orgullosa que me siento, Hannah. Aquí tiene mi tarjeta, escríbame. Y si pasa por París no deje de llamarme. Ya no la molesto más, quédese tranquila trabajando. No, no se mueva, yo pago esto.

Incluso dejó propina, y eso que no le sobraba el dinero. Se contoneaba un poco al salir. Probablemente, escribir una novela sobre Hannah Arendt, Adolf Eichmann y el juicio que enfrentó a ambos ya no fuese posible. El texto de la propia Hannah invalidaría el suyo. No había contado con ello y, no obstante, se sentía satisfecha. Había aprendido algo que no podía expresarse con palabras. Dentro de unos años, si la filósofa le concedía su permiso ¡quién sabe! ¿verdad?

viernes, 20 de febrero de 2015

El soplo en la nuca (I)

Encontró el café atestado como era habitual a esa hora. Perdida en aquella humareda, entre la multitud escandalosa e inquieta, rodeada de pedigüeños y vendedores de prensa que se movían como centellas a su lado, no hubiese sido nada fácil encontrar a Hannah.

Pero la había seguido desde la audiencia. Incluso tuvo que correr tras el taconeo nervioso de la dama cuando, sin intención, se había escabullido durante unos segundos detrás de uno de esos autobuses tan modernos. El corazón le latió fuerte al divisarla al otro lado de la calle, abriéndose paso a empujones, como si no hubiese acabado su jornada diaria, como si no tuviese libre el día entero, hasta la mañana siguiente en la que, de nuevo, tendría que bregar con interpelaciones, juramentos, gestos hoscos y el repiqueteo insidioso y constante del martillo reclamando atención.

Así que cabalgó tras ella como un potro, entreviéndola a intervalos y, solo por pura casualidad, la descubrió cuando se colaba por la ancha puerta del Estrella. Pegó entonces la espalda al muro y, caminando de lado a pasitos pequeños y torpes, consiguió llegar hasta allí a tiempo de verla, cuando ya varias espaldas se interponían entre ella y el casquete negro de raso, y desocupados cuerpos volteaban el sombrero entre las manos observando indecisos al limpiabotas que, sin hacer ningún caso del barullo, frotaba afanosamente el botín más puntiagudo de la historia.
Juan Gris - Au cafe
Por eso, en cuanto la vio empujar la puerta giratoria, con la luz del interior enfocando de lleno su gesto impaciente, supo que ya no iba a perderla. Hannah rebasó a la única mujer de todo el recinto –una florista que solía aposentarse en algún rincón del puerto, con su tabardillo por encima, medio oculta entre el caballete y los búcaros, sentada ahora en un escabel gemelo al del cigarrero, departiendo con él, atrayendo clientela con su inconfundible risotada sucia– y avanzó precipitadamente hacia el fondo. Por un momento, a Eugenia le cegó el cambio de luz, pero ya estaba pegada a sus talones. Así, en fila india, atravesaron la amplia nebulosa y solo se detuvieron cuando la pared les cerró el paso. Entonces, la reportera en funciones rodeó el único velador disponible y se encontraron las dos frente a frente. Eugenia titubeó un poco, disimuló con una sonrisa.

-¿Me reconoce usted?

-Mmm. Creo que sí. ¿Usted es la que se sienta bajo la fotografía del templo?

-Eso es. La mecanógrafa segunda.

Se estudiaron en silencio.

-De acuerdo. Siéntese. Podemos charlar un rato.

-Me gustaría, pero… Por nada del mundo… Quiero decir… No tenía intención de hacerle perder el tiempo.

La Arendt pareció desalentada.

-Ya. ¡Hay tanto que leer! Publicaciones del mundo entero ¿sabe? Tantas notas que completar y corregir. El tiempo ya me falta, nunca consigo dar abasto. –Tomó aire, se palpó el cuello como buscando una soga o, quizá, las perlas de siempre–. Pero ahora no me vendrá mal descansar un poco con una charla intrascendente sin tener que pulir cada frase como si fuese una joya en bruto.

Sujetaba un cartapacio de loneta que colocó junto a ella en el diván. Eugenia arrastró una de las sillas vacías y se sentó enfrente.

-¡Magnífico!


Sintió que ponía cara de cretina y se preguntó si su previsible sonrisa de alivio le proporcionaría un aspecto servil. A su derecha había un espejo enorme, pero una sola ojeada por su parte bastaría para dejarla en evidencia. Como era de esperar, no pasaban desapercibidas en aquel sitio. Las miraban a hurtadillas como a los dos bichos raros que eran. Algún codazo, miradas maliciosas. La mayoría debía reconocer a Hannah. Su foto había salido en la prensa, entre los grandes protagonistas del momento ella era la única mujer. Resultaba sencillo intuir el escándalo que estaban produciendo sus ideas, la bilis rebasando comisuras, el odio como pólvora inmunda, los chismes. Hasta el camarero depositó los cafés con gesto agrio antes de disolverse en el aire.
(Continuará)

domingo, 15 de febrero de 2015

Desde el purgatorio

Nicolas Poussin, Winter (The flood), 1660, óleo sobre lienzo

Estos días se celebra el décimo aniversario. Toda una década ya desde esos primeros vídeos que se colgaron en la red tras la fundación de una empresa cuyo tremendo éxito resultaba inimaginable por entonces. Ignoro si sirve de consuelo que esto no haya sido, ni muchísimo menos, lo único que ha cambiado radicalmente, al contrario. Es inaudito si lo piensas. ¡Qué catarata de sucesos han vuelto nuestras certezas del revés a partir del cambio de siglo! Acabo de regresar de un pasado infernal y mi impresión es que he caminado una media hora mientras todo se descabalaba a mi paso. Lo más sólido que teníamos se ha derrumbado en el tiempo que dura una pesadilla dando paso a una serie de fenómenos insólitos que, con la mayor desenvoltura, han ido ocupando su lugar.

Aún me resulta extraño escuchar que harían falta cincuenta años para contemplar todos los vídeos que se cuelgan en un solo día. Nada que ver con el lento pero constante gotear de aquellas tentativas del principio. Entonces rozábamos la indecisión, creíamos actuar de incógnito y casi nos sentíamos voyeurs al curiosear lo que habían colgado los pioneros.

Cuando menos lo esperábamos, a Javier a la gerente de la agencia y a mí nos cayó del cielo aquel tesoro y no sabíamos qué destino darle. Alguien nos dijo que en la red acababan de habilitar un sitio donde colgar las películas caseras. Imaginábamos que muy pocos se molestarían en mirarlas, pero era la oportunidad de que algún despistado se fijase en la nuestra y, en definitiva, tampoco perdíamos nada con colgarla allí.
Alfred Sisley: Inundación en Port-Marly, 1872, óleo sobre lienzo
Nos pusimos a ello los tres juntos. No podíamos dejarlo en manos de uno de nosotros ya que nuestra intención – inquebrantable aunque nunca expresada– era rendir homenaje a Gerardo Hervás.

El material nos quemaba las manos y los ojos. Fascinados por aquellas escenas, nos resultaba imposible apartar la vista de ellas aunque cada proyección nos desollase el alma. La calima (ya desde los primeros fotogramas la pesada atmósfera de ese mediodía veraniego amenazaba con aplastarnos), el sonido lejano de los tambores, la luz cegadora, la multitud expectante y compacta, el sendero arenoso por donde había de pasar la comitiva y, en primer plano, la voz de Gerardo –declamatoria, jubilosa, confiada– anunciando el comienzo del desfile.

Enseguida todo tembló. Un confuso amasijo es lo único que me devuelve la memoria. A los supervivientes no les queda conciencia del desastre. Nos consta que ocurrió y no nos pasa desapercibida ninguna de sus consecuencias. Ni las pérdidas, ni las lágrimas. Pero el episodio se reduce a una simple sucesión borrosa y gris como una cinta de celuloide en movimiento, un aterrorizado salto atrás, una vibración del planeta, una avalancha de rostros, una sacudida de cuerpos, polvo y dolor en las costillas, empujones cobardes, vértigo, la convicción de que atravesamos el último minuto de existencia junto al tramo que nos separa del pueblo salvador.

Porque el agua no llegó a los edificios. Quedó quieta, remansada, como titubeante, formando un estanque de aspecto inofensivo a unos cincuenta metros de las calles vacías tras arrastrar sin piedad cientos de kilómetros río abajo los cuerpos que solían habitarlas, tras hundir a algunos de ellos en el cieno del fondo, tras arrancar al reportero la cámara y dejarla medio sepultada en tierra llevándoselo a él –su botín más preciado– hasta los olmos de la orilla, complaciéndose, incluso, en hacerlo rebotar sobre sus troncos.

El azar nos había dejado un reportaje magnífico pero a ninguno de nosotros se le ocurrió ni remotamente venderlo. El pueblo –lo poco que quedaba de él tras haber sido esquilmado cruelmente– lo contempló hipnotizado, idiotizado incluso, una vez, diez, centenares, sin voluntad ni auténtica conciencia de lo que estaba viendo. Durante meses, fuimos peleles a merced de las circunstancias, apenas capaces de mantenernos en pie pero obstinados en repasar una y otra vez las malditas imágenes. 

Fue cosa de Gerardo, nadie le obligó a quedarse clavado allá donde le pilló la tromba. Lo filmó todo, quizá creyese que el deber escrupulosamente cumplido lo salvaría de la hecatombe. No fue así, las peripecias vitales son ciegas como la noche y nunca, jamás, llevan balanza.

jueves, 5 de febrero de 2015

Kalashnikov y libertad de expresión

Todas las religiones son iguales

¡Ah, las religiones! Quizá el arma de doble filo más potente que existe. Naturalmente, en algún momento tuvieron su razón de ser, de lo contrario, no se habrían convertido en una constante de las civilizaciones. Cuando las sociedades primitivas crearon sus mitos, los primeros relatos que les definían y les ayudaban a reconocerse, incorporaron a esos seres supremos –uno o varios– invisibles e incorpóreos, sin ubicación definida, dotándolos de todos los poderes y –salvo honrosas excepciones como las sugestivas y respetuosas divinidades grecolatinas– les autorizaron para intervenir, prescribir, dictaminar, juzgar a los seres humanos y hasta condenarlos a penas terribles. El motivo: que a falta de un corpus legislativo se había hecho imprescindible crear normas de convivencia y asegurarse de su cumplimiento; que en ausencia de investigación científica había que explicar orígenes y causas; y obviamente, que era preciso tranquilizar los ánimos de un pueblo que ha adquirido conciencia de finitud.

Con el paso del tiempo, el conocimiento fue sustituyendo a la creencia convirtiéndola en irrelevante. Pero aún subsiste una gran inercia favorecida por los poderes fácticos que, con la excusa de un pretendido respeto, encubre la necesidad que estos tienen de mantener la irracionalidad y la ignorancia. Condiciones estas peligrosas en sí mismas, pero infinitamente más cuando quienes las padecen se consideran portavoces del más allá, y por tanto investidos de todos los poderes y dotados de una autoridad incontestable. Si se piensa bien, es para echarse a temblar la soberbia que puede originar todo esto en según qué personas. Soberbia que se transforma en temible indignación cuando comprueban que las demandas exigidas por la divinidad no son atendidas por la totalidad de los seres humanos, o al menos no con la urgencia que en su imaginario particular consideran imprescindible.

Es lo que tiene hablar en nombre de dios, una experiencia incomparable por la sensación de poderío que produce. En cualquiera pues, como sabemos, la palabra divina no admite discusión y quien la pronuncia, ya sea un obispo, un iluminado, un guerrillero o un profeta, debe ser obedecido al momento, punto por punto y sin rechistar.

La ceguera
Aunque a nosotros nada de eso nos afecta. En nuestro bien organizado mundo, vivimos envueltos en un confortable sopor, en nuestro individualismo, disfrutando de nuestras más o menos arraigadas creencias o de la falta de ellas. Nuestra sociedad es civilizada, no hay que dar cuentas a nadie, ya tenemos suficiente con salvar diariamente la empinada cuesta de nuestras preocupaciones.

El hombre occidental le pide mucho a la vida, está habituado a recibir, por eso espera y exige. ¿El qué? Todo y en el acto. Al haberse convertido en su propio dios, esta otra forma de soberbia tampoco tiene medida. Cada individuo forma parte de una sociedad organizada donde los imprevistos son mínimos y los medios abundantes. Puede permitirse el lujo de planificar su existencia. Aún así, se siente frustrado a menudo, cualquier decepción, por minúscula que sea, le altera desproporcionadamente. Todo le parece poco. Ya ha olvidado las condiciones de vida de sus antepasados, ni siquiera recuerda lo que sucedía hace solo unas décadas y, por supuesto, es incapaz de ponerse en la piel de los que habitan zonas del planeta mucho menos afortunadas que la suya.

Resulta paradójico que esa inexistente resistencia a la frustración consiga provocar más sufrimiento que la mayor de las miserias.

El espanto
La desgracia no tiene sentido del humor. Pero es que todos, absolutamente –y quien lo niegue que rebusque bien en su conciencia– guardamos zonas intocables, cuestiones que no admiten bromas, que para nosotros merecen el máximo respeto. Una cosa es el sentido del humor, otra la crítica razonada, y en un apartado muy distinto colocaríamos al pitorreo gratuito, constituya un medio de vida o no.

De lo que no se entiende es mejor no carcajearse. Entre nosotros ya hay suficientes asuntos que podemos parodiar con conocimiento de causa. Ya sé que están muy vistos, pero nunca está de más satirizar al poder y la religión de casa, motivos tenemos de sobra. Puede que si miramos más lejos no veamos con la suficiente claridad, incluso puede que, inconscientemente o no, lo hagamos movidos por la sensación de impunidad que produce.

Por desgracia, se nos escapa que, para algunos, esta parte del mundo representa la opulencia, que la técnica pone nuestro modo de vida –todo lo idealizado que podamos presentarlo– delante de sus ojos. Un espectáculo que debe resultar escandaloso en según qué contextos, incluido el más próximo, el de los que viviendo entre nosotros tienen vetado el acceso a una forma de vida sin sobresaltos. Aparecemos ante cualquiera de sus mundos con la mayor indiferencia, también con audacia, con ostentación, con toda la soberbia de que es capaz la opulencia que no sabe más que mirarse el ombligo.

Soluciones  
La solución más sensata –y la más justa– se hallará cuando se llegue hasta la raíz del asunto. Rasgarse las vestiduras, inculcar al ciudadano una mentalidad de bloques, demonizar, no arregla nada en absoluto. Declarar la guerra menos aún. Olvidamos que eso es lo que hemos hecho toda la vida, que en fechas bien recientes Occidente ha invadido países, que no son los demás quienes tienen el patrimonio de la violencia. Por cierto, ¿ha servido para algo?

Ni siquiera tenemos en cuenta un pasado en el que también tuvimos mártires, organizamos cruzadas, colonizamos países, evangelizamos indígenas, pasamos a cuchillo a los rebeldes. Evitamos reconocer que en esta carrera evolutiva la historia nos ha dado ventaja concediéndonos el tiempo necesario para superar nuestro particular medievalismo, por tanto, lo justo sería permitir que los demás evolucionen al ritmo que les plazca. A veces se nos olvida que aún conservamos residuos: velos monjiles, sotanas, ostentosas vestiduras clericales, represión, injusticia. Pero lo sencillo en estos casos es revolverse y atacar. Sencillo pero absurdo, pues ¿qué podemos esperar de ello más que el efecto opuesto a lo deseable? Lo sensato sería tragarnos la soberbia y ofrecer lo mejor que tenemos: paz, formación cultural y un reparto equitativo de los bienes. La violencia solo engendra violencia, con herramientas intelectuales y mucho que perder a nadie se le ocurriría volar por los aires en homenaje a un ser desconocido.

¿Utópico? Naturalmente. Cualquier conducta fructífera lo es, con todas las dificultades  que esto conlleva. No obstante, estas serían las únicas medidas capaces de contrarrestar un virus del odio que se está fomentando desde arriba y que –se mire como se mire– no acarrea otra cosa que unas expectativas nefastas.

sábado, 10 de enero de 2015

Calculado oscurantismo



“-Muchas veces, mientras estaba arando o trabajando -prosiguió lentamente el abuelo-, he pensado y razonado sobre la época en que Jesús va a descender nuevamente a la tierra. Porque siempre lo he deseado tanto que me parece a mí que va a ser mientras yo estoy aún vivo. Lo he estudiado muchas veces. Y así es como lo tengo pensado. Me imagino que voy a estar de pie ante Jesús con todos mis hijos y nietos y bisnietos y parientes y amigos. Y le diré: “Jesucristo, todos nosotros somos pobres personas de color”. Y entonces Él pondrá su santa mano sobre nuestra cabeza, e inmediatamente todos nos volveremos blancos como el algodón. Esa es la idea que ha albergado mi corazón muchas, muchas veces.”
(Pg. 157: el suegro del Dr. Copeland hablando a su familia)

“Pero ¿qué ocurre con un hombre que sabe? Ve el mundo tal como es y mira miles de años atrás para ver cómo se produce todo. Observa la lenta aglutinación de capital y poder y cómo ha llegado hoy a su cúspide. Ve América como una casa de locos. Ve cómo los hombres tienen que robar a sus hermanos para poder vivir. Ve cómo los niños se mueren de hambre y las mujeres trabajan sesenta horas por semana para ganarse la comida. Ve a todo ese maldito ejército de parados y los miles de millones de dólares y miles de kilómetros de tierra desperdiciada. Contempla cómo se aproxima la guerra. Contempla cómo cuando la gente sufre tanto se vuelve mala y fea, y algo muere en ella. Pero lo más importante que ve es que todo el sistema del mundo está construido sobre una mentira. Y, aunque todo esto es tan evidente como el mismo sol, los ignorantes han vivido tanto tiempo con esa mentira que ya no son capaces de verla.”
(Pg. 163: Jake Blount a su amigo el mudo John Singer)

“Los hombres que lucharon por la Revolución Americana se parecían tanto a las damas de Las Hijas de la Revolución Americana como yo a un barrigudo perro pequinés. Sabían lo que significaba libertad. Luchaban por una auténtica revolución. Luchaban para que este pudiera ser un país dónde todos los hombres fueran libres e iguales. ¡Ah! Y eso quería decir que todo hombre era igual a los ojos de la Naturaleza: con iguales posibilidades. Esto no quería decir que el veinte por ciento de la gente fuera libre de robar al otro ochenta por ciento restante sus medios de vida. Esto no quería decir que un rico hiciera sudar sangre a otros diez mil pobres para poder enriquecerse más. Esto no quería decir que los tiranos tuvieran libertad de llevar a este país a una situación en la que millones de personas están dispuestas a hacer lo que sea –engañar, mentir o lo que sea– con tal de trabajar por cuatro cuartos. Han convertido la palabra libertad en una blasfemia. ¿Me oye usted? Han logrado que la palabra libertad apeste como una mofeta para todo aquel que sabe.”
(Pg. 170: Idem)

“Un cambio se operó en Singer. (…) Erraba por aquellos poblados barrios situados junto al río que tenían un aspecto más sórdido que nunca desde que las hilanderías habían reducido su actividad aquel invierno. En muchos ojos podía leerse una expresión de sombría soledad. Ahora que la gente se veía forzada a permanecer ociosa, se podía percibir una cierta inquietud. Se producía un ferviente estallido de nuevas creencias. Un joven que había estado trabajando en las tinas de tintado de una hilandería proclamó de repente que había brotado en él un gran poder sobrenatural. Decía que era su deber expresar una serie nueva de mandamientos del Señor. El joven levantó un tabernáculo y centenares de personas acudían todas las noches para revolcarse por el suelo y sacudirse unas a otras, porque creían que se encontraban en presencia de algo superior a lo humano. Y hubo un crimen, también. Una mujer que no ganaba lo suficiente para comer creía  que su capataz le había engañado en sus vales de trabajo y le apuñaló en la garganta.”
(Pg. 211)

Carson McCullers, El corazón es un cazador solitario (1940)

Traducción: R. M. Bassols

martes, 30 de diciembre de 2014

Conversación entre una paciente de EPOC y su médico (VÍDEO)



Dr. Cristóbal Esteban y Ana Pérez, paciente de EPOC

Aquí se evidencia hasta qué punto los recién diagnosticados de EPOC están despistados respecto a su patología. Esto solo ocurre con los problemas respiratorios y no debería ser así. Si un enfermo de riñón, de hígado, de cualquier clase de cáncer tiene cierta idea de lo que esas enfermedades representan ¿Por qué quienes padecen obstrucciones pulmonares no tienen ni idea de que estas existen?

Me gustaría pensar que no es para que sigan comprando paquetes de cigarrillos. Sería demasiado cruel pensar que se permite morir a tantísima gente (18.000 a causa de la EPOC anualmente solo en España) para que el negocio del tabaco continúe floreciendo. 

Sin embargo, el epígrafe que aporta el periodista es de lo más elocuente. Cito:

"Os invitamos a ver y escuchar esta entrevista de la serie “Hablando con mi neumólogo”. El Dr Esteban y su paciente Ana Pérez conversan sobre la dificultad inicial de enfrentarse a una enfermedad poco conocida como la EPOC. También destacan la importancia de contar con el apoyo y la complicidad de otros pacientes que viven circunstancias similares."

Ni se imaginan cuánto me escandaliza la expresión "una enfermedad poco conocida". ¿Cóóómo? ¿Es posible que quien ha escrito esto no esté informado de que cada año, repito, mueren 18.000 enfermos de EPOC en España y 300.000 solo en Europa? ¿Y tienen la desfachatez de decir que los fumadores no lo dejan aún siendo conscientes de lo que les espera en el futuro? Los fumadores no tienen ni idea, señores neumólogos, señor ministro de Sanidad. Realicen ustedes reportajes televisivos didácticos y completos sobre la EPOC en horario de máxima audiencia así como spots publicitarios tan elocuentes y con tanta frecuencia como los producidos por la Dirección General de Tráfico. Es la única forma de salvar miles de vidas y ustedes lo saben. Eso sí, la gente acabaría concienciándose, así que tabacalera -y ya va siendo hora- experimentaría una reducción sustancial de sus ganancias.

Por supuesto, todo esto depende de la escala de valores de aquellos a quienes corresponde aportar soluciones a este asunto. Hablo a los responsables de la salud pública: para ustedes ¿qué es lo prioritario, el dinero o las vidas humanas?

En realidad, no hace falta que respondan: está claro como la luz del día.
Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

jueves, 25 de diciembre de 2014

La baronesa (I)

Hoy tengo algo que contarles. Pero antes deben imaginar al mítico vagabundo que camina con el hatillo de ropa al hombro, sostenido por una caña y rematado por un lazo. Se parece mucho a la idea que guardo de mí misma, cruzando los Pirineos con solo quince años, en un vagón antediluviano, sentada sobre listones de palo sin desbastar, con mi maleta sobre las rodillas pues todavía no llegaba hasta el soporte de hierro.

Tras décadas de pasar de un continente a otro me cuesta recordar aquella valija. Nada tan sofisticado como un artilugio de ruedas, eso puedo asegurarlo. Tampoco debía de ser muy grande. Probablemente, una apolillada caja de cartón sin color definido, con dos sogas por asas y cantos de latón. Es de suponer que, si por aquel entonces hubiese poseído alguna cosa, no hubiese empleado tres días en cruzar la península dentro de destartalados carricoches, llevando por toda provisión dos hogazas, un puñado de nueces y una tartera llena de huevos duros, que compartían espacio con mi único par de mudas y el vestido de recambio. En aquella época todo era sencillo. Para el más elemental aseo bastaba con la pastilla de jabón que invariablemente encontraba sobre el lavabo de los andenes.

Después de aquello ¡he prosperado tanto!


Tampoco había probado más vino que el que mi padre compraba a granel en la bodega, ni otro café que la malta de la tienda de ultramarinos, y el chocolate siempre fue el sucedáneo con sabor a serrín que nos daban en la escuela por las tardes.

La noche que atravesamos la frontera la pasamos en vela, con el tren detenido durante horas, esperando a que los gendarmes atravesaran los pasillos abarrotados de gente, con el fin de revisar nuestra documentación. Cuando me llegó el turno, presenté el carnet que le había quitado a mi hermana mayor minutos antes de escaparme y, aunque estaba muy flaca, algo debió de valerme el estirón que había dado con la última inflamación de amígdalas, ya que me lo devolvieron sin apenas fijarse en mí. Antes de eso, habían sacado a una mujer a rastras a pesar de sus alaridos, de que se tiraba por el suelo y se agarraba a las manijas y a los hombros de la gente. Aquello me mantuvo en vilo hasta el último minuto. Estaba convencida de que el hombre de la gorra retrocedería para agarrarme del pescuezo y dejarme sola al borde de la vía; no obstante, comprobé satisfecha que no le importaba a nadie. En cuanto avanzamos de nuevo, me acurruqué en mi rincón tiritando y me puse a contar hasta mil. 
(Continuará)

sábado, 20 de diciembre de 2014

Rastros de sándalo - Rastres de sàndal (2014)


Rastros de sándalo ¿eh? Tras un recorrido por la red no salgo de mi asombro. Quizá tenga que pasar algún tiempo para que puedan verla también aquellos a quienes no mueve ningún afán publicitario, esa minoría cuyo mayor crédito consiste en que no desea sino mostrar su honesta opinión.

A partir de determinado momento, empiezas a notar cómo se adueña de tu cara una sonrisita escéptica, entonces te arrellanas en la butaca con el fin de soportar lo más cómodamente posible el culebrón que se avecina. Pero vayamos por partes.

Los primeros fotogramas son impresionantes, de quedarse sin aliento. Intuimos allí un drama social de dimensiones colosales protagonizado por mujeres. No quiero adelantar demasiado, me conformo con destacar lo más relevante. En primer lugar, ese comienzo está ambientado en un mísero barrio hindú, las imágenes son espectaculares, su verosimilitud absoluta, lo que sucede sobrecoge. Y en vista de todo ello, crecen enormemente las iniciales expectativas del público. No nos cabe duda de estar presenciando la más valiente de las denuncias sobre las condiciones de vida de las mujeres pobres en la India llevada a cabo por alguien tan alejado de aquellos problemas como una directora española y valoramos su compromiso como merece. Sin embargo, justo cuando la situación parece desbordarse y, por tanto, nos va a ser dado presenciar, casi como si de un documental se tratase, lo que tienen que padecer esas jóvenes, de qué forma se abusa de ellas, en qué acciones se concretan tamañas crueldad e injusticia, se produce un vuelco descomunal en la trama, a partir del cual se muestran una sucesión de incongruencias y lugares comunes, más propios de un convencional cuento de hadas que de una película seria, que consiguen transformarla, solo un par de secuencias más tarde, en uno de los artefactos más inverosímiles que se hayan rodado nunca. ¡Y mira que hemos visto cosas!

Entonces, ¿todas aquellas imágenes formaban parte de una mirada al pasado? Pues ni siquiera las dificultades que entraña este recurso se asumen. Mediante una ingeniosa estratagema, la guionista se las arregla para que no haga falta ninguna coherencia entre el antes y el después, ni parecido entre los personajes a edades diferentes, lo que se une al hecho de que no se justifica de ninguna forma el espectacular cambio de fortuna de que disfruta la protagonista.

Además, y para anotar en el suma y sigue de disparates, la otra cara de este relato de familiar perdido –tan de moda últimamente, aunque esto no hubiese sido óbice para convertirla en una conmovedora peripecia humana– se beneficia del mismo golpe de suerte. Dos mujeres, pues, abocadas a enormes padecimientos –esclavitud, desnutrición, un quehacer indigno y extenuante, que, por suerte, tras el prematuro final que les aguardaba sin duda, acabarían más temprano que tarde– reciben ya desde niñas la bendición de la fortuna, tanto afectiva como económica, rematada ¡cómo no! por un éxito profesional indiscutible.

¿Qué es esto sino el cuento de La Cenicienta?

Pero había que adaptarlo a esta época, las fábulas concebidas entonces resultan demasiado inocentes para el gusto de hoy. En nuestro mundo no hay nada gratuito, ni siquiera tan barato como lo que puede costar una entrada de cine. Parece obligado entonces aprovechar el recorrido de la pareja hindú para mostrar/rentabilizar las bellezas de nuestra amada ciudad condal mediante un conjunto de estampas dignas del mejor catálogo turístico. Y, no contenta con ello, la guionista –o quien sea– ni se molesta en desarrollar el argumento de una manera medianamente sólida. De hecho, los pufos saltan por doquier: personas de la otra punta del mundo que se entienden perfectamente en Cataluña sin necesidad de ningún intérprete –no se aclara si en castellano, catalán, inglés o hindi–, encuentros inesperados que tienen lugar en el porteño ambiente de postal barcelonés, desastrosas interpretaciones en todas las escenas de ambientación contemporánea, reacciones de los personajes más propias del relato infantil que de la vida tal como es. Y, para colmo, dos historias de amor que no hay por dónde cogerlas por mucho que se intente.

Resumiendo, un balance tan desastroso que salí del cine preguntándome quién o quienes habrán subvencionado esta película. Entonces me vino a la memoria aquella de Woody Allen, de infausto recuerdo, titulada Vicky, Cristina, Barcelona. Ciertamente, el título de la que nos ocupa es mucho más afortunado, al menos tiene coherencia sintáctica, pero quizá habría que añadirle alguna coletilla, llamarla Rastros de sándalo en Barcelona o algo similar, para que el sufrido espectador pague la entrada sabiendo con exactitud a qué atenerse.


·         Título original: Rastres de sàndal
·         Fecha: 2014
·         Duración: 95 minutos
·         País: España
·         Directora: María Ripoll
·         Guión: Anna Soler-Pont
·         Música: Zeltia Montes
·         Fotografía: Raquel Fernández
·         Reparto: Nandita Das, Aina Clotet, Naby Dakhly, Rosa Novell, Godeliv van den Brandt, Subodh Maskara
·         Coproducción España-Francia
·         Género: Drama