El Ratón era muy amigo de los gatos, que encontraba amodorrados al amor de la lumbre. Le encantaban los postres de todo tipo, pero sobre todo la tarta de queso.
El Ratón se había tragado sin querer una habichuela cruda que alguien habría ocultado entre los ingredientes de un bizcocho antes de meterlo en el horno.
La habichuela había llegado a brotar en su estómago y, con el tiempo, se convirtió en una suntuosa planta, único elemento decorativo en aquellos lúgubres aposentos.
Un doctor descubrió lo que allí había y le hizo una foto en tres dimensiones. El Ratón se sintió muy orgulloso de ser el único chico capaz de criar una especie vegetal en el interior de su cuerpo que, por otra parte, no experimentaba mayores molestias que algún empacho ocasional provocado por su afición al dulce.
El chaval creció y las ramas crecieron con él hasta convertirse en una planta adulta. Siempre fue bastante tímido, pero no pudo evitar que la situación, a partir de los chismorreo de su barrio, trascendiese a la prensa nacional.
El Ratón ya no asaltaba las cocinas, con el tiempo se había convertido en un cocinero bastante bien considerado cuyos servicios se disputaban media docena de restaurantes.
Su creciente fama contribuyó a que dichos establecimientos aumentasen sustanciosamente sus beneficios. El Ratón dejó de trabajar y se limitó a servir de reclamo a los más reputados restaurantes del país. A la vez, engordaba y engordaba hasta apenas poder moverse.
La prensa no dejaba de proponerle entrevistas muy bien remuneradas, pero él prefirió seguir el consejo de los médicos y someterse a una batería de estudios.
Fue cuando se enteró de que la planta se había secado pero la semilla permanecía. Para él fue un alivio pues le habían sugerido extraerla cuanto antes. Mientras tanto el frijol migraba hacia el lado izquierdo de su cuerpo.
Todos los implicados soñaban con tener en sus manos esa legumbre extraordinaria, pero el Ratón se había encariñado con ella y prohibió que le intervinieran.
Poco a poco recuperó su peso habitual y se incorporó a su profesión de cocinero. Una mañana la habichuela saltó de su boca a la taza de café como si fuese un diente de leche que se soltase naturalmente de su mandíbula.
En ese momento al Ratón se le dejó de nombrar por su apodo y se convirtió en un ciudadano anónimo sin ningún rasgo que lo distinguiese.
Ahí acabó su pesadilla y volvió a ser feliz.
