sábado, 10 de mayo de 2014

La escultura

Me desperté y no estaba sola. Una forma incierta parecía haber caído como un fardo en el lado izquierdo de mi cama. Con las persianas echadas no podía distinguir sus facciones pero, acostumbrada a las tinieblas, recorrí su borrosa silueta con la vista y al llegar al otro extremo, me asusté. Sus pies, muy juntos, sobresalían más de dos palmos del colchón. ¿Cuánto podía medir aquel hombre? La profundidad de su huella daba idea de su peso, era de suponer que la deformidad se mantendría mucho después de que su dueño se hubiese ido, puede que no desapareciese nunca.
El terror me mantuvo paralizada quién sabe cuánto. Luego, poco a poco, ensayé algún movimiento. Me fui animando al comprobar la profundidad de su letargo. Incluso me animé a rozarle la chaqueta, primero con aprensión, de forma más decidida a medida que pasaban los minutos. Después me decidí a palpar el hombro que tenía más a mano, luego más resueltamente, la barriga y las piernas. Ni un movimiento, ni un respingo, ni siquiera una respiración más profunda. Dormía como una manta. ¿O era yo la que soñaba? Pues, si no recordaba haber dejado entrar a nadie y no había forma de invadir mi territorio, ¿cómo había llegado hasta allí aquel ser humano gigantesco con todo el aspecto de haber sido narcotizado a conciencia?
Aunque había adquirido bastante confianza, aún no me decidía a levantarme. Me representé los cerrojos que, con seguridad, había ajustado a fondo, tres en total. Recordé que la puerta estaba acorazada, que vivía en un décimo piso. Aquello no tenía sentido, y como no encontré ninguna explicación si seguía dando por hecho que estaba despierta, me dormí.
Soñé que, sobrevolaba un volcán en erupción, que tenía el capricho de bañarme en la lava que corría por sus laderas, que me calcé una armadura para aislarme del fuego. El frío metal me heló de arriba abajo y volví a la vida con cabeza de plomo y un zumbido de avispas acribillándome las sienes. Tenía los párpados tan soldados a los ojos que casi chirriaron como bisagras oxidadas. Al abrirlos me encontré en la anterior situación. Mis tripas gruñían, ¿o eran las suyas? Iba siendo hora de comer algo, pero ¿de dónde venía tanto frío? ¿Quién o qué trasmitía ese halo invernal? ¿En aquel punto me di cuenta de que había dormido pegada a él, hombro con hombro, y, a pesar del pavor que me producía el misterioso inquilino o precisamente por su causa, me asaltó un respingo involuntario. A continuación me aparté con mucho tiento pues empezaba a comprender. Cuando alguien está completamente quieto, cuando no hay forma de que despierte, cuando su hielo congela a quién se acerca y su peso es excepcional ¿con quién nos estamos enfrentando? Sí, a mí también se me ocurrió.
Paradójicamente, esa idea me arrebató los últimos escrúpulos. Inclinada sobre su rostro en sombra, lo toqué. Estaba yerto, como las estalactitas de una cueva. Recorrí suavemente con el dedo la línea que iba de la frente a la barbilla y me pareció un perfil como cualquier otro. Si con el tacto era incapaz de leer nada ¿porqué no me decidía a levantarme, encendía la luz y contemplaba de una vez al fulano? Algo me mantenía paralizada, en realidad no tenía ninguna gana de saber qué era aquello con lo que, tarde o temprano, estaría obligada a enfrentarme.
No le veía ningún sentido al asunto. No podía creer que hubiera dormido al lado de una momia. No había forma de que nadie llegase hasta allí, ni grande ni chico, ni vivo ni muerto. Ni el ser más abyectamente bromista del mundo habría encontrado la oportunidad y jamás he creído en espíritus. Me aparté de él todo lo que pude, el frío cada vez era más intenso y su proximidad, ahora que sabía, comenzaba a repugnarme. Noté el filo de la cama demasiado próximo y comprendí que quienquiera que fuese se había –o lo habían– arrojado en el centro mismo del lecho, relegándome al mismo borde, sin importarle que me estrellase contra el suelo al darme la vuelta. Mi cama es bastante alta.
Imaginé que estiraba la mano, que palpaba le mesilla, que me ponía las gafas, que pulsaba las teclas del teléfono. No lo hice. Pensando en ello, me quedé clavada en mi sitio: el resplandor que debía proceder de la ventana no había llegado aún. Imposible que no se colara por los resquicios de las persianas el primer resplandor del amanecer. Y si aún fuese de noche ¿por qué no se arrastraban por la pared de la izquierda las tres o cuatro manchas de luz con las que las farolas iluminaban tenuemente el cuarto? El hueco aparecía completamente ciego, por eso mi compañero resultaba indistinguible.
Mientras tanto, él continuaba inmóvil, hundiendo mi somier, propagando su helada sinrazón, dejándome inerte.
Tras cuatro o cinco horas de obligada inmovilidad, una grúa sacudió brutalmente la pared derecha, la derribó y por poco no arrasa la caseta. Eran los obreros que venían a levantar la estatua del antiguo prócer de la provincia. A él representaba la mole de mármol que descansaba en la colchoneta que la tarde anterior habíamos colocado sobre la mesa de trabajo. No estaba en mi casa como había creído, me había quedado dormida blanqueando su superficie. Aquella ocupación extenuante había concluido en amnesia.
El caudillo había conseguido librarse del resol, de las palomas, de la erosión que le estaba amenazando, ahora, convenientemente aseado, podría aletargarse en el sótano del museo por toda la eternidad; por mi parte, no necesitaba más que siete u ocho horas de descanso, pero aún tenía que llegar hasta mi cuarto, ese donde, hasta un momento antes, creí estar sin acordarme de que aún me faltaba una jornada entera de avión.

jueves, 8 de mayo de 2014

Molière en bicicleta (Alceste à bicyclette) - 2013


En bicicleta o en patinete, las reflexiones del gran dramaturgo mantienen su vigencia en todos los ámbitos: el de las tertulias, las aulas, los escenarios o los textos de sesudos analistas. Esto es así porque su análisis del alma humana, trascendiendo la época en que escribía Moliére, se encuentra todavía de plena actualidad. Traer a colación una obra suya no supone ningún retroceso, al contrario, otra cosa es el acierto en el título, aquí tenemos la manía de cambiarlos, casi nunca para bien, y, si en este caso se entiende que no se mencione al personaje de Alcestes sino a quien lo creó para orientar mejor al público, podría haberse buscado una solución mejor, pues el film, por obra y gracia de su título, produce una impresión de banalidad, de humorada superficial y frívola que no concuerda en absoluto con su esencia. Por ese motivo, es posible que algunos salgan decepcionados del cine por no encontrar lo que esperaban y otros ni siquiera se acerquen a la taquilla considerándola un producto más sin ninguna trascendencia.

Sin embargo, la trama entera consiste en un hábil engranaje de dos argumentos unidos por un motivo común. El Alcestes de Le Mysantrhope y este nuevo enfrentamiento de personalidades –dos focos perfectamente delineados por el guionista y hábilmente escogidos en el casting– interpretadas magistralmente por dos actores magníficos.
Tres años antes, el actor Serge Tanneur se retiró a la Isla de Ré, aún en la plenitud de su carrera artística pero cansado por los años transcurridos y desilusionado por rivalidades y traiciones. Su colega Gauthier Valence –que en lugar de limitarse al arte puro ha aceptado el papel de protagonista de una serie televisiva, deleznable pero rentabilísima, papel que detesta tanto como el multitudinario reconocimiento popular que acarrea– decide resarcirse produciendo Le Mysantrhope. El objetivo de su visita a Serge es convencerlo para que salga de su retiro y acepte un papel en la obra. A Serge le tienta la oferta pero no se conforma con que el protagonista sea otro. Por fin, llegan a un acuerdo y comienzan a ensayar juntos.

Amistad o competitividad, narcisismo, egocentrismo –y hasta egolatría–, amistad y egoísmo, amistad y venganza. A veces se superponen, otras las separa una línea finísima, que no suele mantenerse mucho tiempo pues la intensificación de los roles respectivos así como la persistencia en el tiempo acaban por resquebrajarla, por destruir la armonía originando conflictos furibundos. A la rivalidad se añade otra idea subyacente: la oposición entre arte y comercio en la persona de Gauthier.
Representación de Le Mysantrhope

La excelente recreación del trabajo de un intérprete, esa exhibición de las diversas fases por las que pasa un texto en la mente, la dicción y la confrontación entre actores hasta quedar listo para presentarse ante el público es uno de los pretextos –aunque con entidad propia y protagonismo absoluto– con que cuenta el guionista y director Le Guay para sacar adelante el texto. El otro son los celos, el orgullo varonil o como quiera denominarse, o mejor aún, el orgullo de la virilidad en decadencia, el canto del cisne de la hombría según un concepto bastante trasnochado ya, pero todavía muy presente para algunos.
 

·         Año: 2013

·         Duración: 104 min.

·         País: Francia

·         Dirección: Philippe Le Guay

·         Guión: Philippe Le Guay

·         Música: Jorge Arriagada,

·         Fotografía: Jean-Claude Larrieu

·         Reparto: Fabrice Luchini, Lambert Wilson, Maya Sansa, Camille Japy, Ged Marlon, Stephan Wojtowicz, Josiane Stoléru, Philippe Du Janerand, Annie Mercier, Christine Murillo, Patrick Bonnel

·         Género: Comedia dramática

martes, 6 de mayo de 2014

6 de mayo: Día Internacional del Asma


El Día del Asma se celebra internacionalmente el primer martes de mayo.

 EL MUNDO
SALUD - Día mundial de la enfermedad
Asma, el fracaso de un control posible y necesario
Las cifras no dejan lugar a dudas. El asma se ha convertido en un problema de salud pública de primer orden, tanto en los países en vías de desarrollo como en los más ricos. Casi la mitad de los niños menores de seis años han sufrido alguna vez en su vida lo que se conoce como sibiliancias o jadeos, una de las expresiones más comunes de la enfermedad.

El asunto es por lo tanto aún más importante en los menores que son, precisamente, los que menos pueden hacer para atajarlo. Porque el problema es doble: los adultos no solo no evitan las causas de la patología, sino que tampoco la manejan adecuadamente cuando se presenta en sus hijos.

Así lo afirman con contundencia, varios estudios publicados hoy en'The Lancet', una de las revistas médicas más importantes del mundo, que acompaña los trabajos con un durísimo editorial que, con el título C'ontrolando el asma', llama a médicos, padres y políticos en implicarse más activamente en la prevención y el manejo de esta enfermedad.

Los trabajos se han publicado con motivo del Día Mundial del Asma, que se celebra el próximo martes y que incide en su lema, "Tú puedes controlar tu asma", en el mismo mensaje que los autores de los estudios y el editorial.

La polución, especialmente la generada por el tráfico, se confirmó como uno de los factores controlables que más tienen que ver en la incidencia del asma, una enfermedad de causas multifactoriales. Pero el humo de los coches, así como de las fuentes de energía, es sin duda uno de los agentes responsables más importantes. Michael Guarnieri y John Balmes, de la Escuela de Salud Pública de la University of California, San Francisco (EEUU) lo vuelven a demostrar en uno de los estudios que recoge 'The Lancet', en el que revisan todo lo publicado sobre el asunto en los últimos cinco años.

Así, destacan que los contaminantes presentes en el aire causan daño oxidativo a las vías respiratorias, que a su vez provoca inflamación, cambios en la forma de las mismas y un aumento del riesgo de la sensibilización a estos agentes. Sin embargo, afirman que la evidencia sobre la causalidad de distintas partículas en el aumento de los casos de la enfermedad no es uniforme en todas las investigaciones.

Lo que la ciencia sí tiene claro, porque la evidencia científica ha seguido acumulándose en el último lustro es que las exposiciones aunque sean a corto plazo al ozono, dióxido de nitrógeno, dióxido de sulfuro, PM2.5 y la polución asociada al tráfico incrementan el riesgo de exacerbaciones de los síntomas del asma. "Cada vez más datos apuntan a que la exposición a largo plazo a la contaminación aérea, especialmente de los vehículos rodados y su sustituto el dióxido de nitrógeno, puede contribuir a nuevos casos de asma en niños y adultos", escriben los autores de la revisión.

Sin embargo, se necesita más investigación, sobre todo para dilucidar qué componentes exactos del humo que exhalan los coches es más culpable de las exacerbaciones de la patología. En cualquier caso, concluyen los investigadores, mejorar la calidad del aire requiere de importantes esfuerzos por parte de los gobiernos, que tendrán que esforzarse para alejar el apoyo de su economía en el uso de combustibles fósiles. Será un dos por uno, concluyen, ya que esta misma estrategia ayudaría a mitigar los efectos del cambio climático.
Otro de los estudios que recoge la revista británica no pone ya tanto el foco en lo que se puede hacer para evitar la enfermedad sino en cómo controlarla una vez que los niños la padecen. De nuevo, la evidencia científica da un tirón de orejas al manejo de la patología, en este caso por falta de utilización de tratamientos.
A pesar de que está demostrado que una dosis baja pero diaria de corticosteroides inhalados puede prevenir las exacerbaciones de los niños con episodios recurrentes de sibilancias, la mayoría de los niños no reciben este tratamiento, como señalan en su estudio los investigadores dirigidos por Francine Ducharme de la University of Montreal (Canadá). No lo hacen porque los padres no perciben adecuadamente su beneficio, porque los médicos son reticentes a prescribir tratamientos a largo plazo a los más pequeños y porque los padres no cumplen adecuadamente con la medicación, aunque esta sea recetada.
Además, existe preocupación en torno a los efectos secundarios, por ejemplo su posible impacto en un menor crecimiento de los pacientes, a pesar de que este es pequeño y depende mucho del fármaco que se administre. Así, los autores recomiendan una mayor implicación en el control de la enfermedad en los menores, que es también causante de un importante gasto sanitario.
Otro de los trabajos que recoge 'The Lancet' habla de cómo se han reducido los ingresos por asma tras la implantación de la legislación antitabaco, por lo que anima a su universalización.
En definitiva, este especial publicado por el Día Mundial contra el Asma pone el foco en lo mucho que se puede y no se está haciendo para controlar la enfermedad. En manos de los políticos, padres y médicos está que la situación cambie.

Puedes leer el artículo aquí
Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

domingo, 4 de mayo de 2014

El desierto de los Tártaros de Dino Buzzati (Fragmentos)

Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear.  Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas y hacen gestos señalando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.
 
¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son, quizá, estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.
 
Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
 
Pero, en cierto punto, instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía de retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay! casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa;  uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
 
Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar. Pero Giovanni Drogo en ese momento dormía, ignorante, y sonreía en sueños como hacen los niños.
 
(...)
 
En el silencio subterráneo Drogo sintió entonces los golpes de su corazón, que se había puesto a latir con fuerza. ¿De modo que también el vejete agazapado en el sótano haciendo cuentas, también aquella oscura y humilde criatura esperaba un destino heroico? Giovanni lo miraba a los ojos y el otro sacudió un poco la cabeza con amarga añoranza, como indicando que sí, que no había remedio: así estamos hechos -parecía decir- y no tenemos cura.
 
Quizá debido a  que en alguna parte de la escalera se había abierto una puerta, se oían ahora, filtradas por los muros, lejanas voces humanas de indefinible origen; de vez en cuando cesaban dejando un vacío, poco después volvían a aflorar, iban y venían, como una lenta respiración de la Fortaleza.
 
Ahora Drogo comprendía por fin. Miraba las sombras múltiples de los uniformes colgados, que temblaban con el oscilar de las luces, y pensó que en ese mismo momento el coronel, en el secreto de su oficina, había abierto la ventana hacia el norte. Estaba seguro: en una hora tan triste como aquella, por la oscuridad y el otoño, el comandante de la Fortaleza miraba hacia el septentrión, hacia las negras simas del valle.
 
Del desierto del norte tenía que llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez le toca a cada uno. Por esa posibilidad vaga, que parecía volverse cada vez más incierta con el tiempo, hombres hechos y derechos consumían allá arriba la mejor parte de su vida.
 
No se habían adaptado a la existencia común, a las alegrías de la gente normal, a un semidestino; unos al lado de otros vivían con idéntica esperanza, sin decir nunca una palabra de ella, porque no se daban cuenta o simplemente porque eran soldados, con el celoso pudor de la propia alma.
 
(...)
 
¡Cuánto tiempo por delante! Larguísimo le parecía incluso un solo año, y los años buenos apenas habían comenzado; parecían formar una serie larguísima, cuyo final era imposible divisar, un tesoro todavía intacto y tan grande que resultaba aburrido.
 
No tenía nadie que le dijera: "¡Cuidado, Giovanni Drogo!" La vida le parecía inagotable, obstinada ilusión, aunque la juventud ya había comenzado a ajarse. Pero Drogo no conocía el tiempo. Aunque hubiera tenido ante sí una juventud de cien y cien años, como los dioses, haría sido bien pobre cosa. Y, en cambio, disponía de una vida sencilla y normal, de una pequeña juventud humana, avaro don, que los dedos de las manos bastaban para contar y que se disolvería antes aún de dejarse conocer.
 
"El desierto de los tártaros" (Novela)
Autor: Dino Buzzati
Editorial Debate (Colección Últimos Clásicos) - 1991
Traducción: Esther Benítez
 

viernes, 2 de mayo de 2014

Charlas con Paco Tella: El ligue (y II)

http;//charlasconpacotella.blogspot.com
Paco se muestra taciturno,

-Hace unos tres meses. Solo he tenido esa y fracasé.

-Jajaja.

Sin pensarlo, me lanzo en su defensa.

-Mujer, no te rías, pobre chico.

Pero él no se inmuta, sigue embobado con su sorbete de limón.

-Me da igual, la verdad. No me convenía esa mujer, tampoco estoy en vena. Ya me llegará el momento si es que tiene que llegarme.

Ese aspecto flemático de Paco le viene de su familia gallega, suele estar oculto, pero emerge cuando menos se piensa.

-¿Te la presentó tu amigo Alfredo?

-Solo tienes derecho a una pregunta.

-Deberíamos dejar de jugar. –Apunta Raúl.

Pero es peor el remedio, porque Cristina aprovecha para acribillarle.

-¿Me contestas o no?

Paco resopla suavemente.

-A la prima de Alfredo no quise conocerla, a esta me la encontré en un bar.

-¿Y?

-Al día siguiente la llamé y compramos entradas para el teatro. Mientras llegaba la hora de la función, le invité a tomar un café.

-Todo normal ¿no? –Pregunto. No veo dónde está el problema, pero lo hay, eso seguro.

-Hasta aquí sí. Paseábamos por Santa Ana, la plaza está llena de bares, ella quería sentarse en una terraza.

Giorgio de Chirico - Pianto dámore - Ettore e Andrómaca (1974)
Cristina no puede contenerse.

-No sigas, me lo estoy imaginando.

Pero él ya está lanzado y continúa.

-Me indicó una, le dije que no me podía sentar en la terraza, que me hace daño el tabaco, me sugirió otra, luego una tercera, le dije que teníamos que entrar donde fuese, que no aguanto el humo, que soy asmático y me ahogo. Entonces me animó a elegir sitio. Yo no quería, me daba igual uno que otro, lo único que pido es no quedarme en la terraza, pero insistió tanto que señalé el bar que teníamos más cerca.

Ahora estamos los tres pendientes.

-Pero era una trampa. Cuando llegamos allí se puso a suplicar que no entrásemos, alegaba que estaba vacía y se comprometía a seguirme en cuanto llegase el primer fumador.

-Y llegó, claro.

-Ya sabes, –continúa pensativo mirando a Cristina– en cuanto colonizas un lugar vacío, empieza a llenarse, eso nunca falla. Pero no llegó uno, aparecieron unos veinte alemanes y se sentaron detrás de nosotros. Les miré y ninguno iba fumando. Luego se sentaron a mi espalda así que no podía verlos. Me figuro que ella pensaría…

-Ella ¿quién?

-¿Cómo que quién?

-Que cómo se llama.

-Cristina, por favor… -le ataja Raúl.

-Da igual, da igual. Se llama Alicia. Supongo que creía que no me iba a dar cuenta cuando empezasen a encender los cigarros. Pero, vea o no vea el humo, la primera calada se me clava en el pecho, es algo automático, así que me levanté como un resorte. Ella cumplió su palabra. Entramos en el bar.

-¿Pudiste solucionarlo entonces? –Pregunto esperanzada.

-Nos sentamos junto a una ventana. A partir de ese momento me pareció que estaba más distante pero supuse que eran cosas mías. Cuando faltaba un cuarto de hora para que empezase la función, nos acercamos a la puerta del teatro. Un humo blanquecino atravesaba el vestíbulo y llegaba hasta la calle. Siempre me hacen daño los efectos especiales, pero ese era particularmente irritante, los que pasaban por delante se ponían a toser. Me detuve. No podía dar un paso más. Ella entró resueltamente, creo que miró de reojo pero ni siquiera sé si me vio. No hizo ningún gesto, no dijo nada, ni siquiera se despidió de mí. Entró y ya está.

Antes de tumbarme al sol de nuevo, me parece atisbar en el rostro de Cris un rictus de sonrisa malévola, pero seguro que me estoy equivocando.
Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria:

http://charlasconpacotella.blogspot.com

miércoles, 30 de abril de 2014

Charlas con Paco Tella: El ligue (I)

http://charlasconpacotella.blogspot.com
Al fin somos felices. Estamos rodeados de azul. El turquesa azul-verdoso del mar, el desvaído celeste de la atmósfera, hasta la cubierta del barco está pintada de un azul vibrante. Se acabó el invierno. Disfrutamos de una temperatura ideal. El sol ha llegado y se queda.
Aprovechando este clima excepcional, he invitado a Paco y a Cristina. Se alojan en mi casa desde hace una semana, así que tengo muestras suficientes para asegurar que son el paradigma de pareja civilizada del flamante milenio. He dicho pareja y rectifico. Mis amigos ya no viven juntos. No han pedido el divorcio porque no les parece necesario. Utilizan indistintamente sus pertenencias, todo en ellos resulta provisional, cualquier objeto es prestado, allí no hay propiedad que valga, los niños van y vienen, y lo más importante, entre ellos se percibe una camaradería asombrosa, una tolerancia fuera de lo común. Al principio pensé que fingían, pero algo como esto no se puede mantener mucho tiempo, así que me han convencido. Han sido una pareja insólitamente bien avenida y ahora son una ex pareja excepcional. Paco es quien da ejemplo, pues quien ha encontrado compañero en un tiempo record –y contra todas las previsiones, principalmente las suyas– es Cris.
Mientras la pareja y media pasa las vacaciones conmigo, los niños se desfogan en el pueblo de Paco. Los abuelos han sido la solución providencial pues la nueva adquisición de mi amiga todavía no les ha sido presentada. Se llama Raúl y es griego de nacimiento, de madre española y padre turco. ¿Necesitan más detalles? Está soltero. Tiene seis meses y medio más que Paco. Se dedica al negocio de la madera. ¿Qué significa eso exactamente? Ni lo sé ni me importa.

Ahora vivimos el momento tumbados bajo el sol en las hamacas. Los cuatro, Paco, Cristina, Raúl y yo. Se nos ha ocurrido jugar a la verdad, el entretenimiento más peligroso que podríamos practicar, dadas las circunstancias. Paco es quien lo ha propuesto y eso me ha hecho intuir alguna intención morbosa por su parte, imaginaba que preguntaría cómo se conocieron ellos, o algo peor, algún detalle escabroso de la nueva pareja. Nada de eso. Salvo alguna cuestión sin resolver del pasado, por lo demás bastante insulsa, quien se muestra intrigada por la nueva vida del otro es ella. Nunca dejaré de sorprenderme.
-¿Cuándo has tenido tu última cita? –interroga Cristina.
(Continuará)

Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria:

http://charlasconpacotella.blogspot.com


lunes, 28 de abril de 2014

Don Rufo bufa: La eficaz lavandería vaticana

 

¡Vaya lavado de imagen que se marcó ayer –domingo, 27 de abril- nuestra (pretendida) santa madre iglesia! Lavado, centrifugado y hasta lifting corporal.
 
La verdad es que ya estaban tardando. La institución se ha vuelto tan humana que se la hubieran llevado los demonios si esos antipáticos seres tuviesen la ventura de existir. Y añado: más humana y pecadora que la mayoría de las laicas. No solo por lo que usted está pensando, también la corrupción, el tráfico de influencias, los delitos financieros y fiscales son considerados delitos. ¿Por qué solo ella ha de quedar exenta de culpa?
 
No voy a describir la ceremonia. Ni es mi intención hacerles propaganda –ya se bastan ellos solos para eso– ni me molesté en conocer los detalles, me pareció una payasada más de las suyas y me bastó con encogerme de hombros. Una payasada ingeniosa, añado, y puede que algo desesperada. Se ve que su reputación empieza a preocuparles, y eso significa que, por fin, han dejado de considerarse impunes.
Empezaron montando aquel circo en el que Benedicto invitaba a hacer turismo barato a los jóvenes, pero parece que el esfuerzo no sirvió de mucho. Entonces arrinconaron a Benedicto y empujaron a la palestra al personaje que hacía falta en una época como esta, bautizada por Vargas Llosa de la civilización del espectáculo. Ahora Francisco (y su corte) canoniza a los dos que cree más presentables. Mejor a lo grande, así es como se deben dar los buenos golpes: con contundencia y a la cabeza, nada de ñoñerías ni medias tintas.
No comentaré la esmerada actuación que el actual papa está ofreciendo al mundo. Todos pueden verla, cada uno que lo interprete como le indique su cerebro. Es evidente que este papa posee un talento innato para la escena. Quizá por su condición de argentino, lleva en su ADN, además de afición a la psicología, una innegable vena histriónica. Un papa argentino, es decir, un papa actor y un papa estudioso de la naturaleza humana. Repito: precisamente lo que estaba necesitando la iglesia.
Francisco es un malabarista asombroso un hombre paradójico e incongruente capaz de disfrazar de coherencia tanto su actitud como su discurso. No me negarán que es imposible ser el mayor jerarca de algo y a la vez disentir de su esencia, renegar de su idiosincrasia. Todos sabemos que la iglesia ha sido una abanderada de la desigualdad y de lo bélico, al menos, desde que salió de las catacumbas.
Estas dos canonizaciones quizá despisten a algunos, pero son el testimonio palmario de quién lleva aquí las riendas. Un papa nunca puede ser rebelde: si osa contradecir a quienes le encumbraron, rápidamente se le aparta. Dos muertes fulminantes en menos de cuarenta años sería demasiado pero, como ocurrió con Benedicto, se le puede obligar a dimitir.
 
Todo ese boato habrá servido para arrancar nuevos golpes de pecho. Unos por hipocresía, otros por credulidad sincera. Aunque, en una época como esta, quien todavía no ha abierto los ojos es porque no quiere abrirlos. Si la ciencia no hubiese demostrado aún, hasta la saciedad, que dios no existe, ahí están sus jerarcas para que no le quede la menor duda a nadie que tenga los ojos abiertos.

sábado, 26 de abril de 2014

Jacarandoso Polito

-¿Es usted Rosario?
 
- Rosario Ibáñez. Sí.
 
-¿Sabe escribir?
 
-Sí, señor.
 
-Pues tiene que rellenar esta ficha. En cada casillero tiene que poner lo que le pregunten.
 
-Ya, ya.
 
-¿Lo ha entendido bien?
 
-La verdad, no me parece muy difícil.
 
-De acueeerdo. Ahora vaya a aquel mostrador de enfrente y rellénelo todo. Puede usar el bolígrafo que cuelga de la cadenita.
 
-Ya llevo el mío, gracias.
 
La mujer miró por encima de su hombro y vio una sala completamente vacía, veinte hileras de sillas de tijera y al fondo, junto al tablero para escribir, una gruesa barra metálica con un gancho en la punta de donde colgaba la jaula del loro, es decir, mi jaula. Llevaba sin parlotear un buen rato y la garganta me escocía un poco pero me contuve para escuchar mejor. Aquella escena prometía, así que me contuve y seguí observando.
 
Era evidente que la mujer ya había cumplido los sesenta. Llevaba un ancho blusón de color esmeralda que le tapaba las caderas, leggins en tonos tierra muy ceñidos, pelo caoba, tres vueltas de perlas en el cuello y zapatos de salón bastante altos. Titubeaba. Sin duda, no se las había tenido que ver nunca con Hipólito, el empleado más cenutrio de la oficina. Tanto es así que, antes de calibrar mis capacidades, sus compañeros le homenajearon bautizándome con un pedazo de su nombre. Él nunca lo sospechó y yo me sentí solo parcialmente ofendido. Rectificar es de sabios, y me consta que, a día de hoy, todos reconocen que soy mucho más listo que él.
 
-Disculpe. –la pobre mujer seguía confundida– ¿Para qué tengo que ir hasta la pared del fondo?
 
-Porque estará mucho más cómoda, señora. Hay un taburete por si quiere sentarse. Y una lamparita, ¿la ve?
 
-Muy amable. Oiga, ¿no le parece que tardo menos si lo relleno aquí mismo?
 
-Pues… -Hipólito se rascó el cogote como hacía siempre que no sabía qué decir- ¿Cuánto tiempo tardará en rellenarlo?

-¿Mi nombre, dirección y DNI? Unos treinta segundos.

 
Hipólito se revolvió en su silla.
-Es que… Verá, si mientras tanto viene alguien, yo tengo que atenderlo. No puedo perder tanto tiempo. ¿Verdad que lo comprende?
La mujer del blusón esmeralda tampoco estaba dispuesta a perderlo. Se levantó de la silla con cara de querer asesinar a alguien. No se fije en mí que no soy más que un pobre loro, pensé.
-Como quiera. –añadió mientras recogía su bolso– Pero tardo más en ir hasta allá que en rellenarlo.
-¿Va a tardar treinta minutos en recorrer diez metros? Venga, no me haga reír.
-Minutos no, segundos. –La escuché rezongar entre dientes– Para entonces ya había llegado al mostrador. No se molestó en sentarse, apoyó el trasero en la pared y garabateó rápidamente unas palabras utilizando el boli de la cadenita. A los veintidós segundos, se incorporó y agitó el formulario en el aire.
Yo, que estaba al tanto (o sea, al loro, pero no quería decirlo para no inducir a confusión) contemplé como doblaban la esquina, cruzaban la puerta y entraban en la sala un hombre y una niña.
-Buenas tardes. –Dijo él con voz potente.
-Buenas, señor. –Respondió el empleado. ¿En qué puedo servirles?
-¡Ya está! ¡Ya he acabado! ¿Se lo entrego? –dijo la mujer del pelo caoba.
-Lorito real, lorito real. –Dije yo. Con un poco de suerte, podía distraer a Hipólito.
-¡Imposible! Tiene que rellenar todas las casillas.
Pero ella había conseguido abalanzarse sobre la ventanilla adelantando a los otros unos metros.
-¿Está completo o no está completo? –Preguntó con cara de triunfo.
-Pues es verdad. –Respondió Hipólito sin poder creer lo que estaba viendo.
Rascándose, una vez más el cogote, se vio obligado a tramitarlo. Plantó encima tres sellos diferentes, estampó su propia firma en la esquina inferior derecha, arrancó la copia y se la entregó a la mujer de los tacones. Cuando el hombre y la niña alcanzaron la ventanilla ella se estaba levantando.
 
-Lorito real. –Volví a decir. Aunque supuse que no repararía en mí, que ni siquiera se daría cuenta de que me estaba despidiendo. Pero me había caído bien, así que insistí un poco más.

-Hipólito es más bruto que un arao, Hipólito es más bruto que un arao. –Murmuré bajito para que no me oyesen los otros. Se paró, me lanzó una ojeada distraída y siguió andando hacia la puerta. Me gustaría creer que aquella fue una mirada cómplice pero he de suponer que solo fue casual.
 

jueves, 24 de abril de 2014

Desolario 29

Vivo en un palomar enfrentado a las nubes, rodeado de arena, en un cubo transparente alrededor del cual las golondrinas se mueven en alborotados círculos, chillan como condenadas, arman un jubiloso alboroto o se persiguen, reclamándose con largos aullidos de angustia.
 
Vladimir Kush
Vivo en un faro que nunca arrojó luz, alzado en un terreno del que el agua se apartó mucho antes de que lo construyeran. Vivo en el desierto desértico del que desertó el mar. Vivo en un espacio ocre que a trechos interrumpen unos pocos hierbajos raquíticos. Escucho campanadas lentas, solemnes, cuyas ráfagas el viento me acerca, sordos ecos de una villa que no visitaré. Edificios, afanes, gentes, bestias a cuyas espaldas viviré eternamente. Jamás escuché la sirena de un barco.

Soy el ermitaño que escudriña los cuatro puntos sin divisar un solo viajero. De mis ojos surge la luz que otea el horizonte. Una vez pretendieron orientar al buque extraviado, a la rezagada ballena, soñaron con ser los aliados de Neptuno. Pero acabaron por resignarse. Mis ojos saben que han quedado muy lejos de los peces, de los cofres rebosantes de esmeraldas, de las olas caprichosas, de las heladas corrientes; que en su horizonte el sol no se sumerge en agua sino en un cenagal pantanoso, en ese lodo en que el diluvio ha convertido las polvorientas pizcas de sílice.
Vladimir Kush
Mis ojos siguen al cuervo que se posa en el alfeizar, lo ven aletear imperturbable. Solo cuando se convierte en un punto tembloroso, el catalejo acierta a reunirlo con otras manchas negras. La bandada toma rumbo al oeste, costea la montaña, sobrevuela dos agudos surcos paralelos, huella imborrable que alguna vez dejaron las afiladísimas zarpas de una bestia prehistórica cuya fisonomía ha quedado disuelta en el tiempo.
 
Una niebla espesa cubre la montaña, el horizonte, la llanura y la torre; se ha tragado a las golondrinas, se lo ha tragado todo. Todo menos mis ojos, que no se dejan envolver, que permanecen fijos en la llama de la vela y en el reflejo que esta proyecta sobre el vidrio. No desfallecen. Por eso, nunca, nada, ha podido cegarlos.