domingo, 18 de agosto de 2013

Enma Bovary y las dos Anas

Delante del salón de té Les Liles, de París, se acumulan las boñigas. Tres suntuosos carruajes han llevado hasta allí a otras tantas distinguidas damas. Pero ya no están dentro. Antes de la llegada del ocaso, se han apresurado a recogerse.
Las enteladas paredes del local han escuchado sus palabras, en cambio los mozos, portadores de sendos candelabros, han ensordecido sus pabellones auditivos y no podrían repetir ni una sílaba. La sacrosanta discreción envuelve a este templo de la confidencia, en el que los tertulianos disfrutan a partes iguales de la repostería del local y de la invisibilidad que sus paredes proporcionan. No hay confabulación, ni desvergüenza, ni costumbre licenciosa, ni transacción equívoca en toda la Europa elegante que no hayan contemplado estas paredes. En realidad nada de lo que ha ocurrido o se ha dicho aquí ha tenido lugar realmente, puesto que lo que no se conoce no existe.

La opulenta mujer morena que ocupó el asiento más cercano al ventanal es Ana Ozores, una asturiana de Oviedo, que comparte nombre con la que se sienta enfrente. La esbelta figura con tez de porcelana llamada Anna Karenina nació una década antes y vive en San Petersburgo. La mujer que se ha sentado entre las dos y que, por edad, bien podría ser su madre, es una parisina menuda de nombre Emma y cuyo apellido matrimonial es Bovary.

Lo que han hablado entre ellas quedará fuera de las crónicas. Pero un duende zumbón escuchó algo, tomó notas y las dejó olvidadas por ahí. Agradeciendo el sempiterno despiste de los duendes franceses, nos apresuramos a trasladar aquí lo escrito:

-La vida, sin amor no tiene sentido -suspira lánguidamente la francesa- Antes que ser despreciada, prefiero la muerte.
 
-Y ¿qué es el amor Enma?-pregunta la española-. Yo todavía no lo conozco.
 
-No nos basta con ser amadas -interrumpe Anna, soñadora-. A todas nos quieren nuestros maridos.
 
-Será a vosotras, el mío no me hace ni caso. - replica la regenta - Si me fuese ahora, ni se enteraría. Él vive en su mundo.
 
-Pero sería lo mismo si notases su amor. -señala la rusa- Lo maravilloso es ser amada por alguien bello y apasionado, aventurero, encantador. Por alguien...
 
-¡Ah! -vuelve a suspirar Emma.
 
-Si estuviésemos ocupadas como ellos, si pudiésemos salir de casa, atender a los negocios, intervenir en los debates públicos, divertirnos, hacer vida social, ser libres.
 
-No sueñes, Ana, eso no ocurrirá nunca.
 
-Es tan aburrida esta vida doméstica.
 
-Carecemos de horizontes.
 
-¿Hay mayor horizonte que el amor?
 
-Puede que sí. Ellos no parecen echarlo de menos, si nosotras tuviésemos su vida, todo sería diferente. ¿No dices nada, Enma?
 
-No lo sé. No puedo imaginarme cómo sería yo si pudiese tomar las riendas de mi vida. Es una fantasía que está fuera de mi alcance. Solo sé que no quiero vivir más en este mundo vulgar y prosaico. No puedo resistir haber sido despreciada, lo he perdido todo, la vida es gris, monótona y absurda, solo sé que quiero morirme.
 
-Pues yo lucharé por lo que quiero- proclama aguerrida Anna.
 
-Me tacharéis de mojigata, pero creo que hay que conformarse con lo que el destino ha reservado para cada una de nosotras. El amor fuera del matrimonio es impuro y deleznable, tenemos que resignarnos y buscar alternativas, refugiarnos en nuestro propio mundo, alimentarnos de sueños. La mente es un arma poderosa.
 
-Pues yo necesito realidad. -Alega Enma- O eso o la muerte.
 
-Morir no es la solución. No me suicidaré nunca. A no ser que esté tan desesperada que me deje llevar de un impulso. -pronostica Hanna.
 
-Señoras, mi cochero ya ha llegado. -Informa la Ozores.
 
-Tengo que pasar por la botica y el mío no debe enterarse. ¿Me llevas, por favor, a la más próxima? Solo está a dos manzanas.
 
-¡Cómo no, Enma! ¿Qué tienes que comprar?
 
-Un ungüento para mi hija, tiene una erupción en la espalda.
 
Ahora sabemos que era arsénico lo que pidió al boticario. 
 
Un mozo retiró las sillas, se levantaron recogiéndose las faldas y salieron del local una tras otra. Ya pagarían la cuenta los maridos, ellas no llevaban dinero.

A falta de un auténtico cronista, nos tenemos que conformar con estas notas. Por fortuna, sus vidas no empezaron ese día ni acabaron al poner el pie en la calle. Están escritas. Y rodadas más de una vez.

viernes, 16 de agosto de 2013

Según la OMS, el tabaco es la primera causa de muerte evitable en España

MUNDIARIO
La Organización Mundial de la Salud define el tabaquismo como una enfermedad adictiva y crónica. Autor: Ana Prieto - Farmacéutica comunitaria. Licenciada en Farmacia por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Comunicación en Salud 2.0 por la Universidad de Nebrija. Presidenta del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Lugo. Colaboradora de MUNDIARIO
Salus populi suprema est lex. La salud del pueblo es la ley suprema.
Cícero, Italia, 106–43 antes de la Era Cristiana
Es conocido por todos que la Organización Mundial de la Salud define el tabaquismo como una enfermedad adictiva y crónica. Esta adicción o dependencia es causada por la elevada capacidad adictiva de la nicotina, alcaloide tóxico que se encuentra en el tabaco.
Esta enfermedad presenta una elevada morbilidad y una elevada mortalidad, siendo la mayor causa de  muerte prematura en España, unas 140 personas al día.
Cada año en nuestro país a causa del tabaco mueren unas 60.000 personasy 1.500 de ellas son fumadores pasivos. Y según datos de Sanidad, el tabaco es la primera causa de muerte evitable en España.
El hábito de fumar es el responsable de que cada  6 segundos, alguien muere en algún lugar del mundo a causa del consumo de tabaco y si no se controla, se prevé que el consumo de tabaco causará la muerte de más de 8 millones de personas cada año en nuestro planeta hasta el año  2030, perdiéndose por su causa más de mil millones de vidas en este siglo, millones de muertes que son evitables, según se recoge en “El atlas del tabaco”, en su cuarta edición
http://www.tobaccoatlas.org/ publicada por la Sociedad Americana del Cáncer
Con el objetivo de evitar estas muertes y enfermedades prematuras asociadas al tabaquismo, el 31 de diciembre de 2010 se publicó en España la ley antitabaco
http://www.boe.es/boe/dias/2010/12/31/pdfs/BOE-A-2010-20138.pdf , que prohíbe fumar en “lugares accesibles al público en general o lugares de uso colectivo, con independencia de su titularidad pública o privada”, protegiendo esta normativa a las personas, del humo del tabaco.
Gracias a esta ley, que entró en vigor el 2 de enero de 2011, se está consiguiendo una importante mejora de la salud pública, y a día de hoy está respaldada por los ciudadanos ya que cuenta con su  apoyo mayoritario.
Según los últimos datos correspondientes al año 2011 que han sido facilitados por las comunidades autónomas, en los últimos 3 años en nuestro país, se ha reducido el número de fumadores en casi 1 millón de personas.
Es muy saludable dejar de fumar, ya que el abandono del hábito tabáquico  mejora la calidad de vida, ganando nuestra salud en general y produciéndose un aumento de la esperanza de vida al reducir de manera muy importante por ejemplo, el riesgo de desarrollar cáncer de pulmón. Pero también al dejar de fumar, se deja de perjudicar a los “fumadores pasivos”, ya que el aire contaminado del humo del tabaco daña la salud de los que lo respiran de manera involuntaria, aunque no sean fumadores.
Para los gobiernos, las administraciones sanitarias y para los profesionales sanitarios, que conocemos los efectos perjudiciales del tabaquismo es nuestra responsabilidad advertir acerca de los peligros del tabaco, concienciar a la población de los riesgos que para la salud implica el consumo de tabaco,  y ofrecer  nuestros conocimientos para ayudar al abandono del hábito de fumar.
Según se recoge en la cuarta edición de El atlas del tabaco http://www.tobaccoatlas.org/uploads/Images/PDFs/TA4Spanish.pdf  “en septiembre de 2011, la ONU celebró una reunión de alto  nivel sin precedentes sobre la prevención y el control de las enfermedades no transmisibles, con el claro reconocimiento de que la lucha contra el consumo de tabaco es fundamental para alcanzar el éxito. Los países estuvieron de acuerdo en que la lucha contra las enfermedades no transmisibles jamás se podrá ganar a menos que tengamos éxito en la reducción del consumo de tabaco (el único factor de riesgo común entre las cuatro principales enfermedades crónicas: cáncer, enfermedad cardíaca, enfermedad pulmonar crónica y diabetes). La declaración política resultante de la reunión de alto nivel insta a los líderes de gobierno a reconocer que el daño económico causado por el consumo de tabaco es insostenible, y a implementar intervenciones efectivas para el control del tabaco compatibles con el  Convenio Marco de la Organización Mundial de la Salud para el Control del Tabaco CMCT de la OMS”
Por todo esto me sorprenden y no entiendo las recientes declaraciones de un consejero de Sanidad, el de la Comunidad de Madrid, Javier Fernández-Lasquetty, que según recoge Europa Press http://www.europapress.es/madrid/noticia-lasquetty-cree-puede-establecer-posibilidad-fumar-determinadas-areas-casinos-20130817104925.html  ha dicho que “el Gobierno regional quiere que la legislación, tal y como está concebida ahora, no perjudique el desarrollo de un proyecto como Eurovegas, que generará la creación de miles de puestos de trabajo”. Considera el consejero que “es posible permitir es consumo de tabaco en áreas determinadas de casinos, si  cuentan con medidas necesarias para no afectar al resto de personas”
Suscribo sin embargo todas y cada una de  las palabras de Margaret Chan, directora general de la  Organización Mundial de la Salud:  “Me gustaría ver un mundo unido que ya no acepte los efectos perjudiciales del tabaco en la salud y la economía, y que reconozca que el control del tabaco y la total implementación del CMCT de la OMS son positivos para la salud y la economía de naciones”
Es posible salvar miles de vidas, se sabe cómo detener esta epidemia mortal.

Puedes leer el artículo aquí
Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

miércoles, 14 de agosto de 2013

Figuras de otros tiempos. La lechera

En los últimos años cincuenta y primeros sesenta aún existían vaquerías en Madrid. Uno de los primeros recuerdos de Mario está unido a una de ellas, en plena calle de Alcalá. La lechera se llamaba Felipa. Las vacas mugían y hedían pero a él, a sus cinco o seis años, debía parecerle un aroma exquisito, olían a algo insólito y maravilloso, a algo que añoraba y que se encontraba fuera de su alcance. A campo. Él, que jamás había visto un establo y no entraría en el primero hasta los quince, que apenas entrevió un cultivo durante las fugaces vacaciones en el pueblo de unos familiares remotos, se sentía fascinado por esas presencias misteriosas que mugían detrás de las paredes y que no podía más que intuir. Vacas. Tan lejos y tan cerca. Bebía su leche a diario, se empapaba de su esencia, escuchaba sus ruidos y respiraba su mismo aire pero, fuera de una foto en su libro de ciencias, nadie le había dado una pista de su aspecto.
Johannes Vermeer - La lechera
Un espejo empotrado ribeteado de azul ocupaba la pared mágica. Al otro lado, el rumor de unas pisadas inhumanas, enérgicas, que fascinaban a la vez que hacían temblar. Felipa llenaba las lecheras de cinc que, tiempo después, al popularizarse el plástico, fueron sustituidas por cilindros estriados de alegre colorido con su tapa a juego. Ella solía asegurar a los niños, con convicción aparente, que alguna vez les dejaría entrar a ver las vacas. Era una mujer oronda, de expresión afable, con el pelo negro y tirante que dejaba ver su amplia frente y unas entradas angulosas y enormes. Por debajo del mandil negro vestía uniforme a listas grises con cuello y puños blanquísimos. Él la creyó siempre con la fe incuestionable de los niños –al menos de los niños de entonces–, sencillamente porque no había motivos para mentir. Más tarde comprendería que aquello no fue más que una treta para que no siguiese insistiendo. Y le dolió. Mucho más que si lo hubiese descubierto de niño. Porque no contemplar nunca aquellas vacas había constituido, fuese consciente o no de ello, una dolorosa laguna sentimental, y aquel eterno aplazamiento, un desprecio a su dignidad de niño y un insulto a su inteligencia. Fue una de tantas estupideces que la arrogancia de los adultos se permite solo porque puede hacerlo. Felipa sembró la ilusión en él de una manera algo tonta, permitió que, día tras día, imaginase el  instante prodigioso en el que le sería permitido asomar la cabeza por la puerta de cuarterones y atisbar lo que había al otro lado.
Después ha estado en muchos establos, ha visto vacas en hilera, ordeños, han llenado su tartera con el líquido recién extraído y esterilizado previamente, pero cuando eso ocurrió él había llegado hasta allí por sus propios medios. No podía ser lo mismo. Hay conductas que siempre le han parecido incomprensibles.
En cuanto creció un poco le mandaron a estudiar fuera. Cuando volvió, en las primeras vacaciones, Felipa y sus vacas se habían esfumado. Abrieron una zapatería en su lugar, un local que se ha conservado hasta hoy, como otros cientos esparcidos por la calle de Alcalá, en el arranque de Hermosilla, un anodino escaparate repleto de zapatos de mujer, un moderno espacio comercial donde, probablemente, jamás han engañado a un niño.
 

lunes, 12 de agosto de 2013

La ultima llamada (Phone Booth) - 2002


Siempre es un placer desempolvar viejos, o no tan viejos, films, también un ejercicio de nostalgia. En particular, si ha transcurrido tiempo suficiente para que podamos contemplarlo con ojos distintos. En este caso, no se puede afirmar que estemos ante una obra maestra pero sí que se trata de digno ejercicio, repleto de guiños, contenido para reflexionar y un ritmo trepidante que consigue arrastrarnos así como una tensión que no afloja (casi) nunca.
Este es un ejemplar de indudable factura americana. Y es bueno que así sea, pues resulta evidente que los guionistas estadounidenses cuando tratan de adaptar un guion europeo suelen acabar banalizándolo. Como no entienden bien el propósito que ha originado el argumento, algo que se nota de lejos, se limitan a eliminar lo más escabroso, polémico o personal para dotarle de mayor salida comercial convirtiéndolo en producto de consumo (masivo y propio, se entiende).
En cambio, son fabulosos cuando lo que pretenden es retratarse a ellos mismos. Incluso las películas mediocres manifiestan una capacidad de observación que les aporta un matiz involuntariamente autocrítico.  Es decir, lo mejor que puede hacer USA es hablar de USA, pues si habla  de otros sitios o traslada a su terreno lo que ha escrito algún foráneo, inevitablemente, se pierde. Es lo que ocurre en este caso, este genuino producto estadounidense refleja una parte esencial de ellos mismos: herencia ideológica, obsesiones, prioridades éticas, costumbres y hasta remordimientos. Y una puesta en escena típica, con espectadores casuales que acaban siendo multitud, medios de comunicación y toda la parafernalia.

El núcleo de la escena –pues fundamentalmente hay una y podría adaptarse fácilmente al teatro– es un objeto de lo más trivial, aunque en la actualidad esté rodeándose de un halo romántico, pero es porque ya casi no quedan. Me refiero a la cabina telefónica. Hace ya muchos años, también nosotros tuvimos nuestra propia Cabina que no resultó indiferente a nadie. La España de entonces se retrató de la mano de Antonio Mercero, expulsó sus fantasmas y sus particulares angustias, criticó la censura que imperaba en la época, si bien con un tono más surrealista y filosófico y una intriga en absoluto realista, menos centrada en el destino individual del personaje pues era el futuro colectivo lo que preocupaba al español medio de los primeros años setenta.
No suelo destripar los argumentos a no ser que lo necesite para resaltar aquel detalle específico que me ha llamado la atención. No es el caso. Señalaré que su mayor cualidad, en mi opinión, es construir una historia completa –y más o menos compleja– con solo unos cuantos elementos visuales, y que su mayor defecto se encuentra en la moraleja, tan patente que el protagonista acaba confesando y arrepintiéndose de sus ¿pecados? públicamente. Ante todo un auditorio. Como a ellos les gusta.
El personaje del moralista –aquel que se cree con derecho a tomarse la justicia por su mano y a decidir sobre el destino de las personas que han tenido la desgracia de cruzarse con él–, a no ser que esté tratado muy torpemente, está de actualidad desde que el mundo es mundo y constituye otro de los grandes aciertos del film. En cambio, el personaje central se convierte en el punto más débil. Un hombre excesivamente apegado al dinero, superficial, nada solidario e infiel, para colmo. Sabemos de sobra que los deslices sexuales son los que más importan al espectador medio, en relación con ellos, cualquier otro tropiezo parece irrelevante. Esto da lugar a un maniqueísmo que es tentación fácil, pero también un peligro para cualquier artefacto narrativo que pretenda quedar en la memoria. De momento, puede incitar a su consumo, pero las cáscaras vacías revelan su falsedad más pronto que tarde.
 
Una advertencia: que no os pase desapercibido el giro final. Cuando ya creemos que lo hemos visto todo y distraemos la atención, se nos agrede con una nueva bofetada narrativa, genial para mi gusto. Pues la maldad –o su faceta más inteligente– consiste, precisamente, en eso. Eficacia plena. Garantía de éxito. El triunfo absoluto que la falta de escrúpulos produce.

A pesar de su patente artificio, tan real como la vida misma.
      
Puedes ver la ficha técnica aquí

sábado, 10 de agosto de 2013

Charlas con Paco Tella: El ascensor

Hola Molina. Por fin nos decidimos a coger vacaciones los dos solos después de tanto tiempo. Los niños están de campamento y la chica con el novio. El sábado aterrizamos en la isla con un tiempo espléndido. Me parece una bendición que no haga calor aquí nunca, sobre todo por Paco que, como sabes, lo lleva fatal, le entran unos ahogos que me aterrorizan y hay que refrescarle rápidamente como sea. Por eso nos entró esa felicidad la primera mañana que pudimos pasear a gusto. Hacía mes y medio que esto era un sin vivir.
Pero dos días después pasó algo y me ha dejado con una angustia muy difícil de esconder. Parece que él lo lleva mejor que yo aunque es el que se llevó la peor parte. Estoy harta de poner buena cara cuando estamos juntos y conformarme con llorar por los rincones. Tengo que desahogarme y prefiero no involucrar a la familia, así que he decidido contártelo.
Estamos alojados en la planta 15 del hotel. A Paco no le gustan mucho estos monstruos, él prefiere algo más recoleto, un sitio acogedor y con solera. Pero no encontramos nada mejor que encajase en nuestro presupuesto. Necesitábamos que no tuviese piscina porque ya sabes que se ahoga en cuanto hay una mínima cantidad de cloro cerca. Cuando llegamos nos pareció que todo salía a pedir de boca, hasta el ascensor llegó enseguida, no era difícil porque hay siete y apenas había movimiento. Dicen que por la crisis, yo creo que la razón es que, vayas donde vayas, los precios están por las nubes y hoy día es preciso ser un potentado para poder moverse.
Ese primer día ya nos fijamos en que los ascensores tienen las paredes de metal y que están llenas de dibujos y nombres grabados a navaja. Eso sí, están limpísimas, relucientes. Las frotan dos veces al día con un producto oleoso y desde el primer momento Paco notó que le faltaba el aire. Ese líquido aún no lo teníamos identificado y, probablemente, en un lugar más abierto no le afecte casi nada, pero estar allí encerrado, subiendo quince pisos, uno tras otro, con aquella lentitud insufrible, no le hizo nada bien. Aún así no le dimos mucha importancia. Lo peor llegó el martes. Ya sabes que él por las mañanas generalmente se siente peor, pero nos dirigíamos a la playa tan contentos: habíamos encargado un asadito en un corredor acristalado, cuajadito de flores, al borde mismo del acantilado, suspendido entre las rocas, con el mar a nuestros pies.
El dichoso ascensor se paró en el séptimo pero no entró nadie, pasaron unos treinta segundos hasta que volvieron a cerrarse las puertas. En ese momento yo noté que Paco, al que desde que entramos ya le vi mala cara, se ponía lívido. Durante los ocho pisos que faltaban sentí que le perdía. En cuanto, se abrió la puerta por fin, le saqué despavorida de allí, casi a rastras porque el pobre no podía ni moverse. Por suerte, no perdió el conocimiento. Entre el conserje y yo le sentamos en el primer escalón, aspiró con fuerza el aire que llegaba de la calle y cinco minutos después nos pareció que se había repuesto.
Avanzamos por el paseo marítimo, Paco tambaleándose un poco, yo sujetándole del brazo, preocupada por si la falta momentánea de oxígeno le había afectado al cerebro. Afortunadamente, no ocurrió nada de eso, pero la disnea volvió con más fuerza y tuvo que parar. Aquello era un principio de broncoespasmo. Le senté a la entrada de un aparcamiento y me fui a buscar cobertura porque no había forma de comunicar con el SAMUR. Todo lo que ocurrió a partir de entonces me pareció que procedía de un mundo irreal, de locos o, mejor, de fantasmas. Un hombre con camiseta a rayas, barriga prominente y barba sin rasurar a conciencia empezó a perseguirme. Yo corría y él iba detrás, pero lo raro es que, según él, quería ayudarme. Le enseñé el móvil y le advertí que iba a llamar a la policía, entonces paró en seco y puso cara de estar muy confundido. Le grité. Mejor dicho, estaba tan furiosa que lo que salía de mi boca más parecían ladridos que palabras. Entonces echó a correr y ya no volví a verle. Había perdido demasiado tiempo y temía que fuese demasiado tarde pero conseguí llamar a una ambulancia.
 Cuando volví donde estaba Paco tuve que espantar a una muchacha que se había empeñado en venderle al pobre un paquete de garbanzos de un quilo. Él no podía defenderse, la miraba y era incapaz de emitir ningún sonido, no tenía aire bastante para hablar y ella se aprovechaba dándole la matraca con su cantinela soñolienta. Debía llevar dentro una buena dosis de vete a saber qué e intentaba vender la comida que tenía en casa para poder pagarse otra.
Se lo llevaron al hospital. Allí vivimos la secuencia habitual: historia clínica, oximetría, gasometría, inhaladores, oxígeno, radiografía, corticoides en vena, nueva oximetría, inspección ocular, alta. Al menos, no le ingresaron otra vez.
Desde entonces subimos los quince pisos a pie. Por lo general tardamos unos cuarenta minutos, ya sé que es una locura pero no podemos hacer otra cosa. Aún así, Paco no tiene ninguna gana de volver, dice que el tiempo que no está subiendo y bajando escalones lo pasa divinamente.
Y a mí me gustaría que me tragase la tierra.

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jueves, 8 de agosto de 2013

CUENTO DE VERANO: El adivino y la rubia (y V)

Su  compañera de asiento era transparente, una cualidad curiosa. Le impresionó saber que la gente podía ver a través de ella, como si no hubiese existido nunca. Mientras uno de los profesores le dedicaba un libro suyo, de pie, apresuradamente, en la puerta del aula que daba al jardín, comentó como de pasada:
 
-Me gustaría puntualizar un par de cosas antes de que lo leas, pero ya habrá tiempo. Ahora voy de compras, me está esperando mi mujer.
 
Y señaló a una rubia algo gruesa que Maite conocía de vista.
 
-Y yo he quedado con mi amiga para subir al castillo.
 
Él echó una ojeada, se fijó en el trozo de sombra donde la otra esperaba con la mochila al hombro.
 
-¿Qué amiga? – preguntó.
 
Pero no le dio mayor importancia. Esto se repitió alguna vez más. Ya os digo, su aspecto era insignificante, hasta que no la oías hablar no caías en la cuenta de que estaba allí.

No llegaron a subir del todo, pararon en una roca, con el furioso mar a sus pies, defendiéndose del viento como podían, arrebujadas en sus chubasqueros, muriéndose de risa, hasta que decidieron refugiarse en una gruta natural minúscula para poder hablar a gusto. Desde allí, la vista era imponente, podías creerte dueño del universo, Maite se  preguntó lo que sentirían los pájaros.
Por primera vez, oyó hablar a su compañera del muchacho elegante que había visto con ella en el cine. Su primer amor. Desahuciado por los médicos. Al que había prometido asegurar descendencia si algún día llegaba a faltar. Él ya era estéril desde hacía tiempo aunque, previsoramente, había guardado el semen años atrás, nada más recibir el diagnóstico. Quedaba poco para que caducase y ella aún no se quería inseminar, no se sentía preparada, se debatía en un mar de dudas. Etcétera.
 
Le contó el resto de la historia poco a poco, a retazos, dividiéndola en episodios como si procurase añadirle emoción. Eso era lo que escribía en clase, frenéticamente, en papelillos minúsculos, con letrujas que se enroscaban sobre ellas mismas. No quería publicarlo, solo dejar constancia para que su futuro hijo pudiese leerlo. A Maite todo aquello le pareció un culebrón de mediodía. No sabía si creerla. La chica se resistía tozudamente a concluir pero lo hizo. Fue el día que visitó el cuarto de Maite. Le admiró su pulcritud y armonía. No era más que un espacio agradable con vistas al jardín y a las montañas, pero ella no podía permitirse una plaza en la residencia aneja a la universidad y se tuvo que conformar con una pensión de tercera en el pueblo.
 
Maite reconocía que aquella demencial historia no tenía ni pies ni cabeza pero su esqueleto le pareció sugerente y decidió retocarla a conciencia antes de pasarla al papel. Nunca hubiese imaginado lo que pasó más tarde. Se la quitaron de las manos, se vendió como rosquillas. Se sentía borracha de éxito, no solo por la publicación de El hijo póstumo, además, el tribunal seleccionó casi todos sus proyectos y uno de ellos ganó el primer premio del concurso. Empezaba a ser una diseñadora reconocida y una promesa de la ficción.
 
Ahora ella está muerta y dicen que yo la he matado. La novela triunfa por su cuenta. Fue escrita por una tal María Teresa Cobo. No soy ella, no soy más que una delincuente. Un tribunal decidirá a quién pertenecen los derechos de autor. Recuerdo aquella fiesta, al adivino previniéndome. He pedido que lo busquen, y a Rafa, a Raúl, a mi hermano, mi cuñada, a toda mi familia. Pero nadie parece recordarme. Yo sí les recuerdo a todos. También las luces, el humo, mis diseños. Me acuerdo de los quebraderos de cabeza que tuve hasta dar con las medidas exactas. Y de todas y cada una de las fases por las que pasó la novela: catorce meses e incontables noches en blanco para encajar las piezas de aquel puzle.
 
Lo cierto es que vivo en la cárcel y ni siquiera estoy segura de quién soy.
 

martes, 6 de agosto de 2013

CUENTO DE VERANO: El adivino y la rubia (IV)

El vestíbulo del restaurante se le apareció repleto de gente. Tenía que presentar el bono que le facilitaron en las oficinas y allí no había nada que se pareciese a una fila. Decenas de personas se apelotonaban como podían en torno a una mesa donde dos administrativos se afanaban en dar entrada a  todo el mundo con la mayor celeridad posible. Las caras eran de hambre, las bocas charlatanas. Lo que abarcaba su vista eran grupos y más grupos de gente de todas las edades, a lo lejos distinguió a un antiguo profesor suyo y a más gente que reconocía de otros eventos. Todos habían ido acompañados menos ella. Un rato antes, una vez hubo tomado posesión de su cuarto, se había sentido feliz. En cambio ahora se descubría desorientada, le abrumaba aquella marabunta y tenía más ganas de dormir que de comer. Desde la fiesta de la semana anterior le parecía estar en la piel de otra persona. ¿Qué le habría dado aquel faquir? Mejor ni pensarlo, ese era el momento de aprovechar una oportunidad que no conseguía todo el mundo. No iba allí para hacer amistades y, desde luego, encontrar una rubia con quien charlar tranquilamente en medio de aquel galimatías, hubiese sido como buscar una aguja en un océano de paja.
 
Comió sola, frente al ventanal que daba a la playa, en una mesita para dos. Olas enormes barrían sin piedad la arena arrojando una lluvia residual sobre los macizos de azaleas que tenía delante. El jardín de la residencia universitaria era su reclamo más conocido, figuraba en todos los folletos y entraba por los ojos sin necesidad de leer los motivos de su excelencia académica. Mojó la última uva en el lavafrutas y salió de allí mordisqueándola.
 
Le decepcionó encontrarse en un aula con cabida para centenar y medio de personas dónde no cabía un alfiler. Encontró sitio en la penúltima fila, cerca del muro izquierdo, junto a una mascadora de chicle con cara de haberse caído de la cuna el día antes. A partir de ahí, todo fue muy deprisa. Después de esa primera charla introductoria comenzó un ritmo de trabajo de vértigo. Por la mañana, clases teóricas, a la tarde, instrucciones, ejecución de trabajos y presentación de estos en público. Había que trabajar duro y afilar el ingenio, aprovechar los paseos entre los pinos para oxigenarse y recargar pilas, convocar sueños fructíferos que la colmaran de inspiración cada noche. No le fue mal. Era de los pocos que exhibían sus creaciones diariamente y los profesores parecían muy satisfechos con ellas. Logotipos, distribuciones de espacio, la base de un papel pintado, un parterre, la ubicación de una carpa discotequera… Su portafolios echaba humo, poco a poco se iban apilando en él láminas y más láminas llenas de creatividad, sudor y también –por qué no decirlo– de un poco de miedo. Se estaba barajando su futuro.
Mientras tanto, su vecina de asiento llenaba frenéticamente páginas y páginas de un bloc que tenía en las rodillas. Su tablero de dibujo estaba intacto: como la mayoría de sus compañeros, ella no presentó una sola obra. En los descansos, salían a tomar café al taciturno quiosco del parque. Pagaba ella. La chiquilla no parecía tener ni para el chicle que no se caía de su boca, siempre con los mismos vaqueros raídos y ese aspecto de estar allí por caridad.
A veces la veía a lo lejos hablar con un muchacho, parecían imprecarse, se atropellaban el uno al otro. Maite solía pasear sola, hacía turismo por la ciudad, una chica del sector de humanidades cenó en su mesa una noche y luego la invitó a la fiesta que un médico chiflado y malhablado daba en su habitación. Otra vez acudió con toda la tropa a una sesión de cine que se proyectaba en uno de los colegios mayores. En una conferencia sobre publicidad creyó ver a la asténica e incolora muchacha sentada en la fila de delante junto a un hombre muy guapo, bien vestido y con un impecable corte de pelo. Nada que ver con aquel zarrapastroso del pabellón de los becarios, el grupo al que, sin duda, también pertenecía la chica. Ellos eran mayoría, no tenían derecho a ser evaluados y, en consecuencia, ninguno de ellos se molestaba en empuñar el rotulador.
 
No obstante, y aunque sin duda pertenecían a mundos opuestos, estaban cogidos de la mano y, de vez en cuando, cruzaban unas pocas palabras.
                                                                                                                 (Continuará)

domingo, 4 de agosto de 2013

CUENTO DE VERANO: El adivino y la rubia (III)

-Pero… ¡oiga! ¿va a venir Ilsa o no? Ya tiene pagada la matrícula. ¡Madre mía! ¿Qué estoy diciendo? Si yo nunca he creído en estas cosas. Señor, qué es lo que me ha dado. ¿Estoy borracha o qué?
 
El otro intensificó su sonrisa de suficiencia.
 
-Tranquila. No la he drogado, si es lo que piensa. Es usted la de siempre, solo que… está más receptiva, digamos. Sus ramificaciones sensitivas han entrado en conexión con mi piloto interior y han captado que digo la verdad.
Emil Nolde . En el café

“¡Por todos los santos! –Se dijo– En fin, ¿qué se le va a hacer? He llegado hasta aquí y tengo que aceptarlo.”

Y en voz alta:

-Hemos acabado ¿no?

-Ya queda poco. Usted ha venido para que le desvele lo que va a ocurrir en ese curso.

-No, no crea. Yo solo he venido a la fiesta, lo que pasa es que luego me han liado y…
El estallido de un tapón resonó como si se hubiese activado una bomba. De la botella que el faquir sostenía en su regazo salió un surtidor verde turquesa que, tras  horadar la bóveda de humo, fue a perderse entre capas de atmósfera. Maite decidió volver al redil, aquel hombre era el espíritu de los volcanes. Había que obedecerle en todo, eso o que el jardín entero diese un buen pepinazo y ¡zas! todos por los aires.

-Esa inocencia de la que alardea no es más que una fantasía suya. Seamos realistas.
Maite no dejaba de pensar: “Esto no me puede estar pasando. Después de todo lo que llevo visto, ¿se atreve a hablarme de realismo? ¿Insinúa que soy yo la fantástica’

 -Esta misma noche recibirá una llamada de su amiga, le anunciará que no puede ir a Gijón. Va a ser usted la que se enfrente sola al misterio.

-No, si ya me estoy enfrentando.
-Señorita, usted aún no ha visto nada. Esto es solo un presagio, lo sobrenatural vendrá más tarde. Y no está al alcance de todos, solo de los elegidos como usted.

-Pensándolo bien, ese cursillo no era tan importante. Creo que yo tampoco voy a ir.
-No me cabe duda de que irá, conocerá a la mujer rubia. O tal vez castaña clara. En todo caso, tiene la piel muy blanca y puede que también pecas. Desconfíe de ella. Nada de lo que le cuente es verdad

-¿Tengo que alejarme?
-De ningún modo. Disimule. Que piense que le inspira confianza, pero manténgase alerta y no le crea una sola palabra.

-Pero ¿me va a ir bien por allí?
Por tercera vez, entornó los párpados.

-La vida es una caja de bengalas. Solo puedo decirle que vendrá contenta.
-¿De verdad? ¿Aunque tenga al lado a una mentirosa compulsiva? Y esas bengalas ¿son de las que explotan o no?

-Ya han pasado los quince minutos. Fin de la sesión. Vaya con dios, señorita.
Maite miró tras ella y no vio ni rastro de humo. Todo el mundo estaba sentado mirándola.


(Continuará)

viernes, 2 de agosto de 2013

EPOC (enfermedad del fumador): O vivir enganchado a una bombona de oxígeno.

Atención: 

El carácter radicalmente invalidante de la EPOC aún no ha llegado al conocimiento del gran público. ¿Culpables? Naturalmente, y como siempre, los intereses creados (¡ay!, si don Jacinto, nuestro Nobel de la escena levantase la cabeza: esto va a peor, ya a velocidad de vértigo). ¿Reponsables? Los profesionales de la medicina que siguen callados, no dándolo a conocer como si sería, no deseable, no conveniente, sino prioritario, indispensable y urgentísimo. 
Señores facultativos: informen a la gente de lo que está ocurriendo, rompan su silencio de una buena (aunque siempre tardía) vez.
Pacientes y familiares de estos: ¿No sienten la necesidad de unirse, de dar a conocer lo que sucede? Aquí tienen un espacio para exponer lo que piensan. ¡HABLEN!
Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com


malagahoy.es

Unos 2.000 pacientes al año necesitan oxígeno artificial

La coordinación entre el Clínico y los ambulatorios evita desplazamientos ya que se controlan a distancia
R. L. málaga | Actualizado 13.06.2013 - 01:00

Alrededor de 2.000 pacientes cada año son atendidos para su evaluación, control y seguimiento en la consulta de Oxigenoterapia, perteneciente al área de Neumología del Hospital Clínico.

La atención a estos pacientes, que presentan un alto grado de dependencia y que se lleva a cabo en acto único, de forma totalmente personalizada, forma parte del circuito de coordinación establecido entre este centro sanitario y sus distritos de atención primaria para mejorar la atención a personas con enfermedad respiratoria severa, la mayoría de los cuales sufren de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), según aseguró ayer la Junta de Andalucía en un comunicado de prensa.

Así, aproximadamente un millar de los enfermos atendidos en esta consulta han sido diagnosticados de esta enfermedad crónica en la consulta de EPOC, que trabaja conjuntamente con la de oxigenoterapia.

"La atención de estos pacientes complejos está reduciendo considerablemente los episodios de reagudización de la enfermedad, disminuyendo la frecuentación de estos pacientes a los servicios de Urgencias, y también el número de ingresos en el área de hospitalización de la unidad de Neumología", afirman.

La actividad asistencial de la consulta de oxigenoterapia del centro sanitario forma parte del circuito establecido por este hospital y sus centros de salud para la atención integral que precisan estas personas altamente dependientes y con muchas dificultades para la movilidad.

En este sentido, y para evitar algunos desplazamientos, la consulta de oxigenoterapia dispone de un teléfono directo, que atiende un especialista en Neumología de la unidad, para dar soporte a las personas que se encuentran en domicilio, con la coordinación del equipo de atención primaria.

De este modo, en los casos más complicados, el neumólogo puede modificar de forma telemática, a través de la historia única digital (Diraya), la medicación que precisan, así como los dispositivos de oxigenoterapia que necesiten.

Destacar además, que la operatividad de este circuito, iniciado en el año 2004 para enfermos respiratorios complejos, se encuentra actualmente coordinado por las enfermeras gestoras de casos, tanto del hospital como de los distritos de atención primaria.

La unidad de Neumología del Hospital Clínico, en coordinación con la Escuela de Pacientes de la Escuela Andaluza de Salud Pública (EASP), ha realizado ya más de una veintena de talleres, en la que han colaborado neumólogos, enfermeras gestoras de casos del hospital y de centros de salud, así como enfermos y cuidadores.



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