sábado, 30 de mayo de 2015

Trapos mojados en el río Cantúa (Relato absurdo)

Afirman las crónicas de entonces que la jornada del día de Difuntos transcurrió sin novedad aquel año. Ya al anochecer, el tío Ramón se acercó al borde del pantano y vislumbró un bulto mecido por el agua. Como no acababa de entender aquello, buscó un canto redondo, se acomodó encima y, allí encaramado, se puso a meditar. La noche del lúgubre festejo le encontró rascándose la coronilla y resoplando. Pasó un buen rato buscando la pitillera entre su colección de bolsillos, luego se acercó al borde del agua y siguió contemplando aquel amasijo de ropas.

-Amigo, –exclamó casi con júbilo– soy incapaz de encontrar fuego en la faltriquera, ¿no llevará usted cerillas?

-(…)

-Ya comprendo que estarán mojadas, pero échemelas de todas formas y podemos hacer un simulacro.  No de un incendio, claro está. Fumemos usté y yo la pipa de la paz, cada uno con su marca favorita de cigarros.

-(…)


-¿Cuánto tiempo llevas muerto, colega? Te vas a quedar como una sopa, (perdona que te tuteé, pero como hace ya rato que estamos charlando pienso que es lo natural). Yo, mira, te sacaría de ahí con gusto, pero esta noche las piernas no me sostienen demasiado bien.


-(…)

-Verás, nadamos en las mismas aguas. Yo aquí, tú allá, pero tanto uno como otro nos agarramos a esta orilla como si nos fuera la vida en ello. Sé que perdiste la tuya, yo en cambio, perdona que te diga, prefiero quedarme aquí.

-(…)

-No dices nada, ¿es que te parece mal?

-(…)

-Oye, no te vayas, ¿por qué te alejas tan rápido, acaso te aburres conmigo?

lunes, 25 de mayo de 2015

Urnas de vidrio rojo

-Un café con leche, por favor.
-¿En taza o en vaso?
-En taza si puede ser, me molesta un poco quemarme.
La cafetería del colegio electoral aparecía más bulliciosa que nunca. Unos habían visitado ya su aula correspondiente, otros aún reuníamos fuerzas. Había decidido no desayunar en casa. Evitaba cualquier excusa que retrasase el momento crucial. Jamás había ocurrido nada, pero ¡quién sabe! Como alguna vez dijo alguien, Perogrullo probablemente: “Hoy es hoy”.
-¿Algo más?
-¿Croissants tiene?
-No. ¿Caracolo, viena, zapatilla, bolluco?
-Pues…
Acodada en la barra a mi izquierda, con su copa de vino y una larga melena rizada, la mujer que no dejaba de observarme decidió meter baza por fin.
-El caracolo, elija el caracolo.
-¿Está rico?
-Es un pan redondo, que sirven tostadito, con mantequilla y mermelada. Mucha gente lo pide aquí.
-Vale… póngame un caracolo.
-Le ha costado ¿eh?
-Es que estoy aquí de paso y no conozco las costumbres. A mí, lo que me va para desayunar son los churros y las porras.
-Yo desayuné hace horas. Ya he votado y todo.
-…
-¿No será usted de Madrid?
-Sí…
-Lo sabía, el acento no engaña. Yo viví un año en San Blas y dos meses en La Elipa. Aquí hay churros en muchos sitios pero a mí nunca me han hecho gracia. ¿Va a votar ahora?
-Voy a intentarlo…
-Jaja, ¡qué graciosa! Y, dígame, ¿cuál es el favorito?
-¿De quién?
-¡De quien va a ser! De los de Madrid.
-Supongo que habrá de todo. Últimamente hay mucha gente entusiasmada con Manuela.
-¿Quién es esa? ¿Una mujer mayor?
-Sí. Una jueza jubilada que inspira confianza y respeto.
Alguien la tocó el hombro al pasar: “Hola, Rita, ¿dónde has dejado al marido?” “No está aquí, anteayer se fue a Gironda para echar un vistazo a lo suyo”. “¡Ah, bueno! ¡Qué vaya bien!”
-Me molesta esa gente que finge interesarse por ti y no les importas una mierda. –Comentó Rita dirigiéndose a la camarera que secaba un plato frente a ella sin dejar de mirarla.
-Desde luego, –respondió la otra- no son más que puercos chismosos que se dedican a desollar a todo el mundo.
-Nunca se paran a hablar conmigo, y eso que les conozco de toda la vida.
-Te preguntan por tu marido para ver qué contestas y después largar todo lo que puedan y más.
Café Montmartre - Santiago Rusiñol
-La verdad, me ha gustado que se interesen por él. Pero…
Me pareció que no hablaban de lo mismo. Pero yo venía de otro planeta y debía mantenerme discretamente al margen. La camarera se apartó y Rita volvía a ocuparse de mí.
-La gente mayor debería retirarse para dejar paso a los jóvenes.
Ella no aparentaba mucho menos que la candidata a la alcaldía de Madrid. Parecía una muñeca antigua, con falda estampada y chaqueta de ganchillo, cuyo rostro ha ido envejeciendo a la par que el de la niña a la que perteneció en otra época.
-Pero Carmena ya estaba retirada, han sido esos jóvenes los que han ido a reclamarla.
-¿A qué partido representa?
-A ninguno. Su principal reclamo es la honestidad.
-¡Humm! Yo tengo 65 pero me retiré nada más cumplir los cincuenta. Cuando trabajaba, creía que vivir sin hacer nada iba a ser terrible. Luego me accidenté y olvidé hasta cómo me llamaba. Pedí la invalidez, pero no había cotizado bastante. Trabajaba con un hermano mío que, con eso de que éramos familia, nunca me dio de alta.
-Pues ¡vaya forma de demostrar que son hermanos!
-Ya. Tuve que buscarme un abogado que me sacó los dineros y no hizo nada por mí. Luego, me aconsejaron acudir a la trabajadora social y ella me consiguió una pensión no contributiva de esas. ¿Sabe de lo que le hablo?
-Sí, claro. La que le dan a los que no tienen derecho a otra.
-Suponía muy poco dinero, pero mientras tanto me había recuperado algo y me puse a cuidar ancianos con Alzheimer. Me fue tan bien que reuní lo suficiente para comprarme un apartamento por aquí cerca. ¡Menos mal! Desde que me separé de mi primer marido me había quedado sin nada.
-¿Y recuperó la memoria?
-Más o menos. A veces tengo ausencias y se me olvida dónde estoy, pero lo arreglo respirando hondo y echándole paciencia.
-Entiendo. Ha aprendido usted a convivir con su problema.
-Ya ve... Al final, tuve que dejar de cuidar viejos. Perdí las fuerzas cuando mi hijo entró en la cárcel y el cáncer se llevó a mi hermano al otro barrio. No al que me estafó, a otro más joven. Vivía en mi casa, él y mi hijo eran toda mi vida, así que me entró una depresión terrible. Si quisiera, aún podría seguir trabajando, se me daba bien, por aquí me conocía mucha gente, algunos todavía me reclaman, pero ya no quiero saber nada de viejos chiflados. Entonces disfrutaba pero es una tarea muy dura.
-Me lo imagino.
-¿Qué? ¿Le ha gustado el caracolo?
-No está mal.
Un bollo de pan insípido y algo seco, que contrastaba desagradablemente con la mermelada que había untado por encima. Estaba preguntándome dónde le veía ella la gracia cuando soltó:
-Estaba segura de que le iba a gustar. En cambio yo no puedo soportarlo.
Me dejó estupefacta.
-¿No le gusta a usted el caracolo?
-Nada de nada.
Saqué un billete del monedero, mejor no seguir indagando.
-¿Sabe? Me ha encantado sincerarme con usted. Como lo más seguro es que no volvamos a vernos… Eso ayuda a veces. A los del rincón aquel, en cambio, jamás les contaría mi vida.
-Son conocidos suyos, ¿no?
-Precisamente por eso. Yo vivo aquí, a la vuelta.
-También yo me alojo cerca, pero soy bastante despistada. Si no le digo nada, salúdeme cuando nos crucemos por el barrio.
-A mí me pasa lo mismo. Hasta más ver ¿eh?
Y allá se quedó, pensativa, con un poso de tinto ensuciando el fondo de la copa.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Don Rufo bufa: La educación para la ciudadanía de los votantes. (24 de mayo)

Aquí estamos, sentados en el sofá de la historia.

Pero algo tendremos que hacer.

¿Puede la decepción sumirnos en una pasividad tal que nos impida perseguir nuestros propios intereses o supone una inyección de energía, un estado de alerta, un impulso insoslayable que no remitirá hasta lograr el tan deseado éxito? Es probable que un exceso de certezas resulte contraproducente. Por mi parte, y en lo relacionado con estas cuestiones, jamás renunciaría a tres principios básicos relacionados estrechamente.

En primer lugar, una sólida escala de valores que nos facilite la convivencia, y que nunca obtendremos sin una educación –tanto reglada como autodidacta, y en todas las etapas de la vida– que nos capacite para entender lo que ocurre a nuestro alrededor y actuar en consecuencia. Finalmente, el esfuerzo necesario para conseguirlo. Esto último no es un asunto menor pues, si algo ha logrado este enrevesado inicio de siglo, es producir una ingente cantidad de escépticos. Y no para bien, precisamente: un escepticismo moderado puede resultar saludable, pero al recrudecerse acaba convirtiéndose en un arma arrojadiza que, tarde o temprano, golpeará a quienes lo practican y a todo el que se encuentre dentro de su área de influencia.

Para colmo, llueve sobre mojado. Hasta hace muy poco, cualquier conversación desembocaba en airadas protestas al menor intento de analizar mínimamente cuestiones de índole colectiva. El argumento, manido como ninguno y, no obstante, repetido casi con soberbia, como si aquel que lo emitía se sintiese muy superior a los otros, consistía en cuatro sencillas palabras: “no entiendo de política”. Un comportamiento que, tras cuarenta años de amenazante dictadura, era perfectamente comprensible, pero que a medida que avanzaban las décadas y se comprobaba que la libertad de expresión era un hecho –aunque hoy amenace otra vez con disolverse– empezaba a convertirse en ridículo, mera expresión de la desidia mental de mucha gente. Porque ¿qué es la democracia sino la expresión del deseo de toda una sociedad? Y para intervenir en cualquier decisión colectiva ¿no es absolutamente imprescindible entender de las cuestiones sobre las que se va a decidir?
Han acertado. Me estoy refiriendo al próximo plebiscito (y a todos los demás, por otra parte). ¿A qué otro asunto voy a aludir en un año saturado de ellos y en vísperas del 24 de mayo, fecha de elecciones municipales y autonómicas? Algunos, demasiados, eluden su responsabilidad alegando que no piensan depositar su papeleta. Otra insensatez. A estas alturas, deberíamos estar enterados de que, mientras conservemos la nacionalidad, cualquier cosa que hagamos: abstención, voto nulo o elección más o menos informada, repercute directamente en el resultado que van a arrojar las urnas y, por tanto, en el mayor o menor bienestar de nuestros conciudadanos y de nosotros mismos en, nada menos, que los próximos cuatro largos años. Naturalmente, admito el derecho que cada uno tiene a pretender soluciones egoístas, a equivocarse, a votar algo y arrepentirse, a no prever el futuro porque nadie posee una bola de cristal. Esa no es la cuestión. Lo desastroso es votar arbitrariamente, porque se ignora la ideología de los candidatos y no existe ninguna voluntad de informarse, porque se vota por la foto o por cualquier otro motivo anécdótico, porque ni siquiera nos hemos molestado en comprender en qué consisten los derechos humanos, cómo repercute la historia más reciente en lo que sucede ahora mismo, qué proclaman las principales tendencias ideológicas, ni en plantearnos qué es lo que cada uno de nosotros considera justo para sí mismo y para el resto. Con naipes así, no solo estamos expuestos a errar como cualquier hijo de vecino, también tenemos todas las papeletas para que nos manipulen con todo el descaro de que son capaces los poderes públicos, incluida la prensa.

Durante años, y desde mi privilegiado observatorio rufianesco, me fue posible conocer las reacciones de una gran diversidad de personas. Para mi sorpresa, y desde un punto de vista general, la disposición a mover ficha en el tablero de las decisiones sociales –tanto a través del voto como de una participación más próxima y directa, basada en observaciones, opiniones y conciencia solidaria– solía ser inversamente proporcional a la tendencia a protestar por las normas y usos que les afectaban directamente. Me parece una postura inmensamente egoísta, una ley del embudo que jamás entenderé, no solo desde un punto de vista ético, es que repugna hasta a la más elemental lógica.

viernes, 15 de mayo de 2015

La Baronesa (II)

Debí dormirme antes de llegar a los doscientos. Estaba rendida, en poco tiempo había acumulado demasiada tensión. Durante los últimas horas, me había fugado de casa, había caminado pegada a los muros de mi pueblo (aunque fuera noche cerrada, ya presentía que las ventanas tienen ojos), me había colado en el coche de línea y, espiando la taquilla, convertido en la sombra de un elegante caballero que tuvo la feliz idea de guardar su billete en la chaqueta y dejarla luego, perfectamente doblada, en uno de los bancos del andén. Desgraciadamente no pude utilizarlo: viajando en primera clase me hubiesen descubierto enseguida. No tuve más remedio que afanarle la cartera a otro hombre; la verdad es que casi se la arrebaté de las manos en cuanto la apoyó en la taquilla y se puso a contar monedas. Por entonces estaba tan enclenque, tenía un aspecto tan insignificante con mi sayo negro y deslucido por debajo de las rodillas que pasaba desapercibida con bastante facilidad. De espaldas podría haber parecido una vieja consumida de no haber sido por las trenzas.

En cuanto vi los primeros carteles en un idioma extraño atravesé el pasillo corriendo y salté a la estación. Aprovechar el billete hasta el final hubiese aportado pistas si alguien se molestaba en buscarme, y barruntaba que cada vez habría más gente con motivos suficientes para hacerlo. Pero el hambre era aún más fuerte que el miedo. Coloqué en la bandeja de la cantina una botella de agua mineral, un plato de patatas fritas y otro que contenía un bulto oscuro parecido a un gran trozo de carne envuelto en salsa. Llevaba un día entero sin comer y me alegré de que fuera tan bajo el precio que leía en las etiquetas. Pagué. O intenté pagar. Cuando la camarera chilló y me arrebató la comida, un hombre con pajarita apareció detrás de ella y me insultó. Aunque no entendía ni palabra, era fácil deducir el sentido de aquellos escupitajos verbales. Solo saqué en claro que mi dinero no valía porque era español. Me encorajiné. Aunque entonces no entendía nada de fronteras, no me faltaba sentido común. Exigí mi dinero y el encargado se dobló de la risa. Se había esfumado el desayuno y casi todo lo que encontré en la cartera. Me expulsaban a empellones del local cuando una manga me rozó el hombro y, de refilón, reconocí la chaqueta que tiré en el lavabo de señoras tras sacar el billete de su bolsillo interior y antes de comprender que birlársela a su dueño no iba a servirme de nada.

Debí quedarme en blanco, mi cabeza empezó a girar, entreví un torbellino que giraba velozmente con un pedazo de esa elegante tela en el centro. Un tejido grueso de mezclilla con un fondo mostaza atravesado por líneas granates y negras. La cara del dueño de la chaqueta también era granate. Estaba congestionado y amenazaba al personal con el puño. Alguien le puso el dinero delante de los ojos, lo cogió y me empujó hacia la puerta.

Eres una ladrona muy rara –observó media hora más tarde, sentado frente a mí en aquel office de película con cocinera uniformada y cortinas de encaje. Fue lo primero que dijo, y lo último antes de largarse. Tenía miedo de que fuese policía, así de desorientada vivía entonces. El pomo de la puerta relucía, los resaltes de escayola azul celeste bordeaban un techo sin goteras, armarios plateados, una nevera barriguda, la primera que tenía a mi alcance. Con tantas sorpresas seguidas apenas queda nada que pensar.

-Ha dicho el doctor que…

-¿Es médico?

-Yo no sé nada.

Una mulata esbelta, con cofia, que observaba recelosa la puerta como si temiera ser escuchada y torcía la boca con desprecio cada vez que hablaba conmigo. Yo aún seguía obnubilada con los dos, me parecían el colmo de la distinción. Exquisitos. Muy diferentes de todo lo que hasta entonces había sido para mí lo habitual. Aquella debía ser la idea que tenía yo entonces de la aristocracia. No faltaría mucho para que me pareciesen siniestros.

A la mañana siguiente emprendimos el viaje a París.

(Continuará)

sábado, 25 de abril de 2015

Presentación de la novela El Dios de Estera, de Isabel Anaya (Málaga - 30/04/2015)

El Dios de Estera, de Isabel Anaya


Contraportada. En un pueblo del sur de España, en los difíciles años de la posguerra, las vidas de sus habitantes se entrelazan con los dramas personales. Algunos, pese a su pobreza, demostrarán lo mejor del ser humano, otros, en cambio, a pesar de ser favorecidos por el destino harán ostentación de una mezquindad intrínseca. Aún compartiendo las adversas consecuencias de una guerra devastadora, los más jóvenes encontrarán la manera de arrancar un poco de felicidad a su entorno. Los adultos y los ancianos no podrán olvidar las tragedias vividas quedando marcados hasta el fin de sus días. El Dios de Estera es una novela coral, una ventana abierta por la que asomarnos y conocer la vida más íntima de sus personajes. Sus historias son tan veraces, que cualquier persona que haya vivido en un ambiente rural reconocerá en ellas a muchos de sus vecinos.


INFORMACIÓN:
Teléfono: 951918064
Correo: cal.aaiicc@juntadeandalucia.es

O bien, puedes contactar con la autora aquí

Próximamente, lo encontrarás reseñado en este espacio

lunes, 20 de abril de 2015

El botín de la alcazaba (y II)

Apenas lo hubo leído, la mujer le volvió la espalda y se puso a borrarlo con la manga. Justo cuando se disponía a obedecerla, desde el lado sur de la calle aparecieron tres hombres corriendo. El más grueso le sujetó los brazos a la espalda, otro la apartó de la puerta a empujones; la mujer sin rostro, aprovechando la coyuntura, se metió a toda prisa en la tienda.

-¡Muévete! Tú eres turista buscando recuerdo de país.

-De la plata ¿dónde? –preguntó el que tenía delante, un rubio grueso que aparentaba ser el mandamás. Su impecable traje de cheviot le daba aspecto de parisino acomodado.

-Debes comprar vajillas, caftanes, sandalias. –Ordenó rudamente uno de los acólitos.

-Sabemos en qué hotel te alojas. –Añadió el francés.

-Solo soy una humilde artesana.

-Muy lista usted. –Repuso uno de ellos con voz ronca; guiñó un ojo y los tres se echaron a reír.

Allá dentro, la chica desembalaba cuencos de loza y los iba alineando en la alacena. Preguntó a Sonia qué deseaba como si no la hubiese visto en su vida, aunque era ella la que seguía sin descubrirse.

-Fuera los dos. –Ladró el jefe.

En cuanto se quedaron los tres solos, la mujer aflojó un poco el velo. Era cetrina, bastante joven y le palpitaban un poco los labios.

-Mi embajada sabe que estoy aquí. –Indicó una Sonia cada vez más insegura.

-Tu embajada soy yo, estúpida. –Respondió el dandi. Ella intentó no amilanarse.


-Si has pensado quedarte con todo, te estás equivocando. La suma total apenas tiene valor, lo que tengo preparado es la recompensa a tu silencio.

Los dos hombres continuaban de espaldas guardando la puerta.

-Charles, Charles. –Masculló uno de ellos. –Escondeos. Vienen hacia aquí.

El jefe la obligó a escurrirse por la boca de la trastienda y a avanzar en cuclillas restregando la espalda contra la pared; ya en el lado opuesto, empujó una trampilla y salieron a un patio sembrado de cascotes con un lavadero al fondo. De repente, había un teléfono vibrando en las manos de su captor. Sonia no podía apartar la vista de él mientras escuchaba: “Oui, oui, oui”, ni una sola palabra que pudiese aclararle algo. Pero al cortar la comunicación le dio a entender que no habían encontrado nada en su cuarto.

-Esas monedas, tienes que llevarlas encima. –Susurró.

Ella le miró impasible.

-Están bien escondidas en el coche de mi novio.

Soltó una risotada.

-Faux. Has venido sola.

-Eso es lo que te hemos hecho creer, están aquí y van a rescatarme ahora.

Le vio asomarse a un ventanuco y mirar dentro.

-Zulema, -aulló- ven a registrar a esta zorra.

Sonia intuyó que, de los agentes, no debía quedar ni rastro. Pero el jefe se había confundido: vieron salir a la dependienta esposada, la escoltaban tres policías y Bruno era uno de ellos. A la española le flaquearon las piernas.

-Sonia, perdóname. No podemos poner en peligro una misión permitiendo que una de nuestras agentes se ennovie con alguien ajeno al cuerpo, ni lavarnos las manos mientras ella se interna por la jungla de un país extranjero sin blindarla más que a una caja fuerte.

-Pero yo no soy una novata. –Se atrevió a murmurar. De todas formas, Bruno jamás parecería un agente de la ley.

-¿Y esa ropa que llevas?

-Prestada, nos la han proporcionado en comisaría, tenía que parecer que éramos de aquí. –Bajó la voz– Estos cuatro ya están listos.

-Pero la chica estaba de mi parte.

-Lo hemos visto todo, solo quería que te confiases. Naturalmente, cumplía órdenes.

Mientras tanto el patio se había llenado de uniformes. Sonia tuvo que contenerse para no abofetear a su falso novio. Tendría tiempo de sobra, ahora lo que urgía era concluir la operación.

miércoles, 15 de abril de 2015

El botín de la alcazaba (I)

Salió del taller más pronto que de costumbre, dejó el bastidor y el saco con los ovillos sobre el velador de la cervecería mientras se fijaba en Makbara derribada bajo el taburete contiguo, precisamente la novela de Juan Goytisolo que estaba leyendo. Solo tuvo que agacharse para comprobarlo: se trataba del libro que por entonces solía llevar en el bolso. ¿Cómo habría llegado hasta allí? Al estirar cada página arrugada y sacudir el polvo de la acera cayó una tarjeta de visita.


Tristan Quehec
BOUTIQUE ZULEMA
90000 Tánger (MARRUECOS)

Y detrás, a mano:

“Busque el periódicos local de ayer martes. Sección sociedad, página 28, entradilla superior derecha. Siga instrucciones sin demora. Cuestión de vida o muerte.”

Desde el otro lado de la acera, Bruno esperaba turno para cruzar. Sonreía. Sin mirarle supo que llevaba puesta la gastada chaqueta de ante, que su incisivo superior continuaría partido a causa del reciente derrape de su moto. Esforzándose por actuar pausadamente y tras guardar el libro en su sitio, tiró de una costuras del forro hasta que cedió, luego desplegó los bordes cuidadosamente y ocultó en ese espacio la tarjeta. ¿Sería cosa de su novio? Imposible imaginárselo. Repasó algunos rostros conocidos. Residir en una ciudad cercana al estrecho y relacionarse con toda clase de gente, a veces, deparaba esas sorpresas.


Mission a Tanger


Pidieron el menú del día y comieron charlando alegremente, voceando para saludar a los de la mesa del fondo, comerciantes del barrio que, como ellos, comían diariamente en aquel local. Después del café, abandonaron la zona peatonal para pasear por la orilla del río y estirar un poco las piernas. Sonia continuaba inquieta pero, después de tantos años llevando dos vidas paralelas, dominaba bastante bien sus nervios.

Aquella tarde, en la biblioteca, rebuscó meticulosamente entre los rimeros de papel. Al dar con el número indicado, leyó:

“Apenas falta una semana para que el tesoro de los tartesios, descubierto el año pasado en la bahía y oculto desde entonces en un punto muy concreto de nuestro recinto amurallado, sea desenterrado y vendido a un potentado marroquí por una cantidad exorbitante. Nadie más que tú puede impedirlo.”

Alguien se había tomado la molestia de insertar aquello a dos columnas solo para que ella pudiese leerlo. Como había sido meticulosamente entrenada, supo cual debía ser el paso siguiente. Todo el domingo lo pasó conduciendo a lo largo de la costa. Tomó luego el ferry hasta Ceuta y de allí, sin tiempo que perder, se dirigió a Tánger. Cargaba con un pequeño tesoro oculto entre los hilos de un tapiz de seda. Esa noche apenas durmió, de madrugada ya estaba haciendo guardia a la puerta del almacén; tuvo que esperar horas en el escalón más bajo de una callejuela vecina atestada de pequeños comercios que ofrecían abalorios, especias, plantas, serpientes y refrigerios de fiambre con pan ácimo.

Al fin, mientras rebañaba las legumbres que le habían servido en una escudilla de fibra vegetal, descubrió una apresurada figura que se inclinaba bajo el alfeizar y extraía de su cintura un manojo de llaves. En cuanto hizo amago de rozar la puerta, Sonia, de dos saltos, ya se había situado a su espalda. El cuerpo de la otra dio un respingo, le temblaron un poco los hombros pero se mantuvo en la posición de antes.

-¿Quién es usted?

Hablaba con marcado acento francés.

-Cuando entres hablamos. –Respondió Sonia.

Pero la mujer hizo todo lo contrario, atrajo la hoja de nuevo hacia sí hasta que oyó encajar la cerradura y se la quedó mirando secamente. Las llaves se perdieron de nuevo entre sus faldas.

-¿Ha traído lo nuestro?

-Ciento veinticinco monedas fenicias que he ocultado en algún lugar de Tánger.

-Había más.

-Lo otro forma parte de nuestro patrimonio y se ha puesto a disposición de mi gobierno. Aceptad lo que os ofrecemos y será mejor para todos.

Ella no la escuchaba ya. Grabó unas palabras con la uña en el yeso del muro y agitó los brazos alrededor de la cabeza.


“Escapa. Estás en peligro.”
(Continuará)

jueves, 5 de marzo de 2015

Whiplash - 2014

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¿Es posible agredir con una obra de arte? ¿Puede la belleza producir inquietud, pavor o alguna otra sensación desagradable? Aunque parezca extraño, con estas preguntas intento aproximarme a la paradoja que encierra Whiplash, paradoja que plantea, a su vez, los consabidos interrogantes sobre función y naturaleza del producto artístico. Concretando más, la cuestión es si lo hermoso, lo bien estructurado, lo ejecutado a la perfección, aquello que más atinadamente nos enfrenta con nuestras auténticas grandezas y miserias es capaz de producir sufrimiento o, al menos, sensaciones contradictorias igual que un foco luminoso, el más imponente de los desfiladeros o las pinturas negras de Goya.

Pocas veces el manoseado tópico de “cine en estado puro” refleja tanto la realidad como en esta película. La intensidad de unas emociones claramente enraizadas en lo autobiográfico es irreproducible verbalmente. Por eso, y si no lo han hecho ya, tienen que ver esto y, sobre todo, tienen que escucharlo. Pero solo si realmente aman el jazz.

Tomen nota: estoy hablando de amor. Sé lo que digo, al espectador no se le permite escuchar sin más, se ve obligado –violentado incluso– a sumergirse en las profundidades abisales de la música.  Me temo que no basta con una ligera inclinación por lo jazzístico, porque trama y banda sonora se funden con un frenesí que supera todo lo imaginable, porque nos sentamos en la butaca y no podemos apartar los ojos de la pantalla, porque resulta de todo punto imposible dejar de escuchar el tumulto de los instrumentos. Habría que salir de la sala para eso. Y doy fe de que, en algún momento y cada vez más, arrecian las ganas de irse. De escapar de tanta agresión.

Esta paradoja emocional transmitida mediante la técnica tiene su necesaria correspondencia en el argumento. Asistimos a la conjunción más perfecta de admiración/odio, al suplicio que llega a suponer la solicitud excesiva, a la irrefrenable potencia del genio artístico solo comparable a la de una fiera hambrienta, a un terremoto o al rayo destructor. Y, planeando sobre el relato, el eterno interrogante de Maquiavelo sobre la legitimidad de los medios.

Así lo expresa el director:

“… quise hacer una película acerca de la música con el sabor de las películas de guerras o de gánsteres, donde los instrumentos reemplazan a las armas, donde las palabras son tan violentas como las pistolas y donde la acción se despliega no en una batalla, sino en un aula de ensayo de un colegio o en el escenario de un concierto”

Resultado de imagen de whiplashUna batalla que, aunque orquestada entre profesor y alumno, tiene muy poco de pueril. Ambos oponentes deleitan al público con una interpretación magnífica, sin embargo, solo uno de ellos, J. K. Simmons, ha recibido recientemente el Óscar al mejor actor de reparto. Los otros dos se han destinado a mezcla de sonido y montaje, ni siquiera a Damien Chazelle se le ha reconocido el mérito. Admito que Simmons es quien tiene a su cargo la gestualización más extrema, la teatralidad más evidente, el papel más histriónico y hasta un mayor protagonismo escénico. No obstante, es de lamentar que la contención sucesiva de angustia, impotencia, pánico, furia, orgullo herido, determinación valiente y humillación en la derrota representadas por Miles Teller hayan pasado tan desapercibidas al jurado del premio. A Teller se le adivina el pensamiento sin necesidad de que mueva un músculo, así de simple. ¿De simple? ¿Cuántos actores son capaces de llevar a cabo algo así?

Opino que, como los indiscutibles monstruos de la escena que son, ambos están a la altura del otro. Es obvio que, sin la magnífica interpretación de Simmons, Teller no hubiese tenido oportunidad de lucirse tanto, pero también que –con independencia de la juventud de este último–, en sentido contrario, sucede exactamente igual.


·         Estreno: 2014
·         Nacionalidad: EE.UU.
·         Duración: 107 min.
·         Dirección: Damien Chazelle
·         Guión: Damien Chazelle
·         Producción Jason Blum, Helen Estabrook, David Lancaster, Michel Litvak
·         Fotografía: Sharone Meir
·         Montaje: Tom Cross
·         Música: Justin Jurwitz
·         Intérpretes: Miles Teller, J. K. Simmons, Paul Reiser, Melissa Benoist, Austin Stowell, Nate Lang, Chris Mulkey
·         Género: Drama