La postura del
avestruz nunca ha dado buenos resultados pues, como es obvio, te tapes o no los
ojos, lo que se avecina está ahí en cualquier caso, y mejor enterarse e
intentar remediarlo que esperar a que nos pille por sorpresa. Otra perogrullada
que, sorprendentemente, no resulta ocioso explicar. Pero además –y esto, a
pesar de su radical importancia, parece que aún no ha calado en la opinión
pública– es una completa irresponsabilidad no estar convenientemente informado,
siempre, pero sobre todo de cara a unas futuras elecciones, porque la
democracia se cimenta en eso. Hace falta conocer la ideología, las intenciones
y la personalidad de los candidatos –todo lo que se dejen, se entiende– porque de
nuestra papeleta depende el destino de la ciudadanía. Por tanto, si por
casualidad no nos importase jugarnos nuestras propias lentejas, pensemos un
poco en los demás. Pero no es así, mucha gente no piensa que se esté jugando
nada. Estoy cansada de escuchar quejas, un año tras otro, sobre cuestiones muy
concretas que se habrían resuelto de otra forma si esos que no quieren
enterarse hubiesen acudido a las urnas. Sobre todo, porque quienes defienden
intereses millonarios sí saben a quién votar, sí entienden de política, no les
da pereza doblar la papeleta, dominan perfectamente los entresijos del tablero
político.
Que no es tan difícil,
por otra parte. Con que estemos atentos a lo que se cuece y leamos la prensa
con cierto sentido crítico, es decir, con unos pocos y sencillos mimbres, el
proceso para forjarse una opinión es prácticamente automático. Quizá nos
equivoquemos, pero ese riesgo lo corremos en todos los órdenes de la vida. Como
dice el refrán: “el que hace todo lo que puede, no está obligado a más”.
¡Cuánta razón!
Y, ya inmersos en esos
menesteres, mención especial merece el abstencionismo. Todavía, a estas
alturas, hay quien está convencido de que si no acude a votar no se pierde
nada, de que su inhibición no beneficia al partido mayoritario. Lo malo es que
no hay un solo pasota sino muchos, y eso significa –obviamente– que la
coalición ganadora podría ser otra, incluso de signo radicalmente distinto, si
quien más y quien menos decidiese cumplir con su deber. Para que las
abstenciones en bloque no produzcan consecuencias electorales desastrosas, los
miles de votantes potenciales que se niegan a acudir a las urnas deberían
borrarse del censo. Algo imposible de todo punto, además de desaconsejable.
Pero no hay ninguna
cuerda tan elástica que no pueda romperse si se aplica la fuerza necesaria.
Ahora, entre tanta calamidad como tenemos, parece que se ve un resquicio de
luz. La gente está muy enfadada –ya era hora, por otra parte–y ese enfado
parece haberles convencido de que su voto cuenta infinitamente más de lo que
creen. El poder, en su soberana prepotencia, se refugia en la frágil memoria
del pueblo. Pero todo tiene un límite: en estas circunstancias, no ve a ser fácil
que olvidemos la lección. Para algo debería servir que nos hayamos pasado
cuatro años sufriendo en carne propia los efectos colectivos de la amnesia.
El partido político Podemos se
beneficiará, probablemente, de ese estado de cosas. El tiempo dirá si lo
merecía o no. De momento, lo que urge es poner orden en los asuntos más
acuciantes. Como el paro, la deuda, la corrupción o la cuestión catalana, que
tiene cariacontecidos al resto de españoles y ni siquiera nos atrevemos a decirlo.
Porque, no nos
engañemos, aún nos dura la resaca del domingo. No hemos asimilado lo que
ocurrió y es hora de comenzar a hacer balance pues, independientemente de su
carácter ilegal y de sus resultados más que dudosos, existe –por parte de unos
cuantos catalanes que, sean o no minoría molestan con su actitud– una firme
hostilidad hacia el partido gobernante, una indiferencia absoluta hacia la
gente común del resto del país, un afán evidente por salir beneficiados a toda
costa tanto en poderío como económicamente e, incluso, ciertas ganas de
alardear de la jornada del día 9, algo que ya clama al cielo, me parece a mí. Querría
decirles que, además de sus comprensibles sentimientos nacionalistas, el resto
de españoles también tenemos nuestro corazoncito, y que tanto desprecio y tanta
mandanga no está cayendo en saco roto. Que nos encanta su coraje siempre que no
lo usen para rompernos la crisma. Que si hablase la gran mayoría de españoles,
también tendría bastante que decir. Que somos mucho más borregos, cobardes, prudentes
o todo a la vez que ellos, pero que algún día daremos a conocer nuestra opinión.
Solo es cuestión de tiempo. Y no tendrán más remedio que escucharnos pues todo
el mundo tiene derecho a expresarse y –que yo sepa– hay bastante más de cuatro
provincias en este nuestro mosaico peninsular.
España existe, sí, pero
está aletargada a causa de esa tendencia al nihilismo al que aludo más arriba.
Cuando despierte quizá sea un poco más pequeña, puede que haya perdido un
pedazo de territorio y unas gentes valiosas pero (en mi opinión) más soberbias
de lo conveniente, tanto para ellas mismas como para el conjunto del país. Porque
saldremos perdiendo todos, de eso no cabe duda. Y no son ganas de asustar ni
nada parecido: a mi juicio es un hecho que no admite discusión.



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