sábado, 15 de noviembre de 2014

La España que no existe (y II)



Por desgracia, los vicios ideológicos de la época franquista no se han reducido al momento –mal delimitado y peor caracterizado– que conocemos como Transición (tal cual, con su rimbombante mayúscula y todo). Seguimos arrastrando muchos de ellos, como el muy arraigado –y en absoluto menor– hábito de desentenderse de las cuestiones colectivas con pretextos tan pueriles como “De política no entiendo” “La política no me interesa” o, aquí viene el mejor de la serie, “Paso de todo, así que me abstengo de votar”. Actitud que recreé en un relato hace tiempo.

La postura del avestruz nunca ha dado buenos resultados pues, como es obvio, te tapes o no los ojos, lo que se avecina está ahí en cualquier caso, y mejor enterarse e intentar remediarlo que esperar a que nos pille por sorpresa. Otra perogrullada que, sorprendentemente, no resulta ocioso explicar. Pero además –y esto, a pesar de su radical importancia, parece que aún no ha calado en la opinión pública– es una completa irresponsabilidad no estar convenientemente informado, siempre, pero sobre todo de cara a unas futuras elecciones, porque la democracia se cimenta en eso. Hace falta conocer la ideología, las intenciones y la personalidad de los candidatos –todo lo que se dejen, se entiende– porque de nuestra papeleta depende el destino de la ciudadanía. Por tanto, si por casualidad no nos importase jugarnos nuestras propias lentejas, pensemos un poco en los demás. Pero no es así, mucha gente no piensa que se esté jugando nada. Estoy cansada de escuchar quejas, un año tras otro, sobre cuestiones muy concretas que se habrían resuelto de otra forma si esos que no quieren enterarse hubiesen acudido a las urnas. Sobre todo, porque quienes defienden intereses millonarios sí saben a quién votar, sí entienden de política, no les da pereza doblar la papeleta, dominan perfectamente los entresijos del tablero político.

Que no es tan difícil, por otra parte. Con que estemos atentos a lo que se cuece y leamos la prensa con cierto sentido crítico, es decir, con unos pocos y sencillos mimbres, el proceso para forjarse una opinión es prácticamente automático. Quizá nos equivoquemos, pero ese riesgo lo corremos en todos los órdenes de la vida. Como dice el refrán: “el que hace todo lo que puede, no está obligado a más”. ¡Cuánta razón!

Y, ya inmersos en esos menesteres, mención especial merece el abstencionismo. Todavía, a estas alturas, hay quien está convencido de que si no acude a votar no se pierde nada, de que su inhibición no beneficia al partido mayoritario. Lo malo es que no hay un solo pasota sino muchos, y eso significa –obviamente– que la coalición ganadora podría ser otra, incluso de signo radicalmente distinto, si quien más y quien menos decidiese cumplir con su deber. Para que las abstenciones en bloque no produzcan consecuencias electorales desastrosas, los miles de votantes potenciales que se niegan a acudir a las urnas deberían borrarse del censo. Algo imposible de todo punto, además de desaconsejable.

Pero no hay ninguna cuerda tan elástica que no pueda romperse si se aplica la fuerza necesaria. Ahora, entre tanta calamidad como tenemos, parece que se ve un resquicio de luz. La gente está muy enfadada –ya era hora, por otra parte–y ese enfado parece haberles convencido de que su voto cuenta infinitamente más de lo que creen. El poder, en su soberana prepotencia, se refugia en la frágil memoria del pueblo. Pero todo tiene un límite: en estas circunstancias, no ve a ser fácil que olvidemos la lección. Para algo debería servir que nos hayamos pasado cuatro años sufriendo en carne propia los efectos colectivos de la amnesia.

El partido político Podemos se beneficiará, probablemente, de ese estado de cosas. El tiempo dirá si lo merecía o no. De momento, lo que urge es poner orden en los asuntos más acuciantes. Como el paro, la deuda, la corrupción o la cuestión catalana, que tiene cariacontecidos al resto de españoles y ni siquiera nos atrevemos a decirlo.

Porque, no nos engañemos, aún nos dura la resaca del domingo. No hemos asimilado lo que ocurrió y es hora de comenzar a hacer balance pues, independientemente de su carácter ilegal y de sus resultados más que dudosos, existe –por parte de unos cuantos catalanes que, sean o no minoría molestan con su actitud– una firme hostilidad hacia el partido gobernante, una indiferencia absoluta hacia la gente común del resto del país, un afán evidente por salir beneficiados a toda costa tanto en poderío como económicamente e, incluso, ciertas ganas de alardear de la jornada del día 9, algo que ya clama al cielo, me parece a mí. Querría decirles que, además de sus comprensibles sentimientos nacionalistas, el resto de españoles también tenemos nuestro corazoncito, y que tanto desprecio y tanta mandanga no está cayendo en saco roto. Que nos encanta su coraje siempre que no lo usen para rompernos la crisma. Que si hablase la gran mayoría de españoles, también tendría bastante que decir. Que somos mucho más borregos, cobardes, prudentes o todo a la vez que ellos, pero que algún día daremos a conocer nuestra opinión. Solo es cuestión de tiempo. Y no tendrán más remedio que escucharnos pues todo el mundo tiene derecho a expresarse y –que yo sepa– hay bastante más de cuatro provincias en este nuestro mosaico peninsular.

España existe, sí, pero está aletargada a causa de esa tendencia al nihilismo al que aludo más arriba. Cuando despierte quizá sea un poco más pequeña, puede que haya perdido un pedazo de territorio y unas gentes valiosas pero (en mi opinión) más soberbias de lo conveniente, tanto para ellas mismas como para el conjunto del país. Porque saldremos perdiendo todos, de eso no cabe duda. Y no son ganas de asustar ni nada parecido: a mi juicio es un hecho que no admite discusión.

lunes, 10 de noviembre de 2014

La España que no existe (I)






Como tampoco existe Prince –sino alguien que fue denominado así durante un tiempo y luego renegó de ese nombre– ni existe El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, pero sí una novela denominada de esa forma, aunque su autor tituló El ingenioso hidalgo etc. a la primera parte, la de 1605, y solo llamó así a la aparecida en 1615, la que narra su tercera salida y demás peripecias.

Cuando se hace abstracción de algo tan específico como un territorio determinado el peligro de demagogia es muy fuerte. Sobre todo si entran en juego intereses de alto calado, más todavía en el caso de que se pretendan ocultar. Pues ¿qué entendemos por España? Porque al tratarse de una entidad compleja, cada hablante al mencionarla considerará un aspecto distinto y así es imposible entenderse. El término España –como Holanda, Filipinas o Burundi– significa muchas cosas y nada a un tiempo. Lo interesante de esta superficie rodeada de mar excepto en ciertos puntos, con un paisaje y un clima determinados, es que está habitada. Nada menos. Parecerá una obviedad pero a algunos se les olvida más a menudo de lo aconsejable. Pongo un ejemplo. ¿En qué se diferencian los términos Teide y Tenerife? ¿En que uno alude a un volcán majestuoso y el otro a una isla? No señor, en que cuando hablamos del segundo nos referimos a un lugar habitado, donde la gente se agrupa en localidades, que cuenta con una cultura, una lengua, unas costumbres, una economía, una política… La montaña, en cambio, es mero paisaje, su existencia condiciona las vidas de quienes habitan en sus inmediaciones, pero carece de entidad jurídica; técnicamente, al no albergar población alguna jamás podrá hablarse de geografía humana dentro de sus límites.

Todos esos que alardean públicamente de amar a España y se olvidan de sus gentes difunden un discurso vacío, pura charlatanería, humo que se disuelve, inconsistencia. Significa lo mismo que querer a una roca, a una fosa submarina o a un pinar. Un sentimiento muy propio de poetas pero no es lo que se espera de un político. No de alguien cuya misión es trabajar para que mejore la vida de los que se agrupan bajo esas etiquetas conocidas como países y que, en realidad, lo que contienen son personas, una comunidad, un grupo de gente con sus dificultades e ilusiones que se afana por vivir lo más dignamente posible.

Ahora mismo, la España que sí existe –es decir, sus habitantes– padece una resaca tremenda, le estalla la cabeza y está a punto de probar varios remedios. Lo peor de todo es que ha de contar con el azar, con lo imprevisible, tantear cuidadosamente porque equivocarse es un lujo que en este momento, sencillamente, no se puede permitir.

El 15 M tuvo muchos aciertos y un error: convencer a la gente de que debía abstenerse en las elecciones, tanto generales como autonómicas.

Rajoy ha cometido muchas equivocaciones (aunque para él y su gobierno probablemente fuesen objetivos buscados) que han derivado en un (solo) hecho positivo. No dejar ni el menor rastro de duda –para todo el mundo, incluso los más ingenuos, confiados y pacientes o los más escépticos y reacios a las urnas, incluso para los sumamente despistados en cuestiones políticas– que abstenerse no es una buena idea, que es como coger el arma y ponerla en manos del enemigo, que el barullo electoral sí va con ellos por mucho que les disguste, que no manifestar lo que se piensa acaba dando el poder a los de siempre, que, excepto si no te importa que metan la mano en tu bolsillo, no puedes dejar de estar alerta.
(Continuará)

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El representante (Catalanes vs. españoles)


Alicia tenía ocho años, vivía en Madrid, cerca del Corte Inglés de Goya. Don Jaime era de Barcelona, venía a visitar a su padre cada vez que andaba cerca. Una vez por semana, generalmente.

Don Jaime era un cincuentón que lamentaba no haber sentado cabeza. Un par de años más tarde se casaría con una enfermera de mediana edad, mientras tanto contemplaba con nostalgia a los hijos de los otros.

Don Jaime y Mari Tere nunca tuvieron descendencia porque tardaron demasiado en decidirse.

Pero en aquellos tiempos la mujer aún no había aparecido en la vida de don Jaime y él andaba desorientado y tristón, alojándose en hoteles cuando los negocios andaban boyantes y conformándose con alguna pensión de mala muerte cada vez que las cosas venían mal dadas. ¡Qué otra cosa podía hacer! Era trabajador, tenía don de gentes, se relacionaba bien con la clientela, pero los tiempos no daban para más. Solía consolarse contando sus cuitas a Pepe, el padre de Alicia.

Ella era la hija que no tuvo. Y ¡quien sabe! quizá la ilusión de criarla le hubiese dado suerte en las ventas. Mientras tanto, soñaba con una novia joven que le convirtiese en padre pronto, pero no tenía tiempo para novias.

En cuanto entraba al comedor y saludaba a Pepe y a la madre, dejaba sobre la mesa la consabida caja de caramelos surtidos, o de rosquillas de aceite, junto a una muñeca ataviada con el traje típico del último lugar visitado y postales. Muchas postales. De todos los puntos de España. Tanto regalo venía acompañado de pequeñas bofetadas cariñosas que restallaban en las mejillas de Alicia, y de una peste a Varón Dandy que la dejaba mareada el día entero. Pero en su casa nadie parecía darse cuenta.

Por si esto fuera poco, en cada una de esas visitas tenía que sufrir un examen. Era sencillo, consistía siempre en la misma pregunta. ¿Cuál es el puerto más importante de España? Alicia sabía que tenía que contestar Barcelona, pero conservaba la esperanza de que don Jaime le ahorrase el bochorno. ¿Otra vez? Si siempre quiere saber lo mismo. La insistencia tenía una explicación porque ella, entre el tufo a colonia, los cachetes repletos de cariño y el apremio del otro, se trabucaba y solía quedarse en blanco. A veces hasta tartamudeaba. O, por decir algo, soltaba el nombre de otra localidad aún sabiendo de sobra que no era la respuesta correcta.

Probablemente, don Jaime pensaba que la pequeña Alicia era tonta. Llevaba meses, un par de años incluso, haciéndole la misma pregunta. Solo tenía que aprenderse una palabra, un simple y solitario nombre propio, el de una ciudad con puerto, y no una ciudad cualquiera sino una muy importante. Y ella no era capaz. ¡Triste papel el que debía hacer en el colegio si cada día debía llevar aprendida la lección!

Pero Alicia aprendió mucha geografía contemplando las postales de don Jaime, había viajado poco, así que esas imágenes eran el complemento ideal de sus clases, la prueba de que existía un mundo fascinante más allá de su barrio. También disfrutaba con aquellas miniaturas vestidas de sevillana, de charra o de gallega, y le halagaban tantas atenciones y afecto. Alicia apreciaba a don Jaime, pero le hubiese gustado decirle que aborrecía su marca de colonia, que las palmaditas en la cara, más que un gesto cariñoso, representaban un castigo para la sensible piel de una niña pequeña, que agradecía sus gestos paternales pero preferiría que manifestase su cariño de otra forma. Y, por encima de todo, que conocía de sobra el nombre del puerto más importante de España y se lo diría encantada –con la condición de que no la atosigase– cada vez que le apeteciese escucharlo.

Alicia y don Jaime habitaban dos mundos lejanos, les separaban tantas circunstancias que jamás consiguieron entenderse.  Y, sin embargo, ella le recordó siempre con cariño. Solo les hubiese hecho falta un árbitro, un traductor, alguien que percibiese las señales correctas y supiese transmitírselas al otro. Pero en casa de Alicia nunca a nadie se le ocurrió ejercer tal función, ni una sola vez repararon en los apuros de la niña. Estaban demasiado encantados con don Jaime, el simpático amigo de la familia, y demasiado preocupados por sus propios asuntos.

La niña madrileña y al viajante de comercio catalán (como la gente de Cataluña y la del resto de España) necesitan –nada más pero también nada menos– un canal de comunicación que les ayude a comprender correctamente al otro. Con independencia de gobiernos y autoridades varias, que bastante tienen con mirarse el ombligo, al menos hoy por hoy.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Catalanismo

Diada catalana con independentistas y también con aquellos que quieren una España unida, septiembre 11, 2014. (David Ramos/Getty Images)) Fuente: La Gran Época
Es curioso. Llevo toda la vida escribiendo y tengo por ello cierta aureola de marciana, pero nadie me ha preguntado nunca por qué escribo. Ahora en cambio, nadie se explica el motivo de esa extraña afición mía por los blogs. Imponerse obligaciones periódicas, sentarse al ordenador sin que nadie te lo pida, dirigirse a unos lectores desconocidos, esforzarse en pulir frases solo para publicar de vez en cuando un puñado de ideas de forma casi anónima y sin ninguna retribución. Cuando navegas por la red, parece que todo el mundo participa de esta tertulia universal, limitada exclusivamente por los idiomas que maneja cada uno. Y no es cierto: la gran mayoría de la humanidad, incluso si utiliza habitualmente internet, vive al margen del fenómeno bloguero, no tiene ningún interés en acercarse a él, no entiende cómo funciona ni le importa y tiene de ello una idea confusa y bastante equivocada por cierto.

Un blog ¿eso qué es? ¿Por qué pierdes el tiempo con eso? ¿Es que te pagan? Oye, ¿hay que pagar por escribir?

Por fin, y aunque me consta que ninguno de ellos va a leerme, ha llegado el momento de contestar a sus preguntas.

¿Por qué escribo? Bueno, y ¿por qué no?

Me explicaré.

Unos cuantos –los que pueden– componen largos discursos, otros, habitualmente los mismos, se dejan entrevistar por la prensa, muchos salen a la calle a manifestarse, componen pancartas, abuchean, gritan.

Yo solo tengo este espacio.

Se habla mucho de democracia, de reclamar del ciudadano su criterio, pero a algunos – a demasiados, tantos que somos mayoría (esa mayoría silenciosa que parece no contar en absoluto, de tal forma que hasta la expresión ha caído en desuso últimamente) – nadie nos pregunta.

Escribo porque no puedo hacer otra cosa, porque siempre he escrito, porque necesito expresarme con palabras.

La mayor parte de la gente no escribe. Se desahoga en familia o en el bar, o nunca dice lo que piensa, o solo piensa en lo práctico. Son quienes dan por hecho que determinadas cuestiones no van con ellos y se esfuerzan (a mí me parece que eso tiene que costar) en ignorar todo lo que – según creen ellos – al no afectarles directamente en un principio, no les atañe en absoluto.

Craso error. ¿Cómo era eso de que el aleteo de las alas de una mariposa en Hong Kong… o era en Berlín.

No me explico cómo, a estas alturas, se puede comulgar con la idea de que el asunto de la consulta catalana afecta solo a los catalanes.

Una idea que se ha generalizado debido a que los que cortan el bacalao en nuestro actual país –sea cual sea su pelaje– han conseguido trasladar el tablero de juego a un terreno ajeno a nosotros, como si al resto de españoles no les importase la naturaleza y extensión del territorio. Pero no es cierto.

Los catalanes ven el panorama así: a un lado, gobierno y pueblo catalán (con sus opiniones a favor o en contra de las premisas soberanistas), en el otro extremo, el gobierno español. ¿Y qué pasa con nosotros? ¿Es que los murcianos, coruñeses, riojanos o toledanos no existimos, no contamos para nada, somos simples marionetas en manos de unos y de otros? Parece que es eso, porque se nos ha borrado de un plumazo de todas las polémicas, sea cual sea el signo de los polemistas.

¿Ha llegado el momento de cambiar la constitución? Puede ser. Pero que cuenten también conmigo para hacerlo.

¿Es posible que se modifique radicalmente el territorio que ha visto nacer y morir a nuestros abuelos durante más 500 años? De acuerdo, es un asunto abordable, pero exijo que se me consulte.

Polemizar no está en mi ánimo. Olvidemos apasionamientos y, como siempre que hace falta sacudirse prejuicios, echemos a volar la imaginación y visualicemos una Cataluña independiente desde años atrás, compuesta por una población feliz y contenta, incluso próspera, que vive en paz y armonía entre sí y con las naciones de su entorno.

Bien. ¿Estamos ya lo suficientemente familiarizados con las imágenes de esa película? Entonces abramos los ojos, pero guardemos sus fotogramas en la mente.

Estado idílico, pues. Después de –pongamos– cincuenta años de ese estado de cosas todo marcha como la seda. Vayamos ahora un poco más allá. Una de las cuatro provincias, la que sea, Tarragona sin ir más lejos pero serviría cualquiera de las cuatro, decide independizarse, establecer un estado uniprovincial.

¿Qué?

No se trata de ningún desvarío sino de una estampa perfectamente imaginable. Si no me creen, recuerden que en fechas tan recientes como 1992, mientras en Sevilla se celebraba la efeméride denominada Expo –es decir, la exaltación de lo ocurrido en 1492, fecha en que se reunieron los diversos reinos peninsulares creándose el actual estado– Barcelona, con la mayor tranquilidad y euforia, celebraba en su territorio nuestros juegos olímpicos. Sin mencionar todo el apoyo que, a lo largo del período democrático, han recibido del (casi inamovible) gobierno catalán, los sucesivos jefes de gobierno español para obtener jugosas mayorías y sacar adelante con la mayor comodidad  sus propuestas parlamentarias.

Entonces no podíamos ni sospechar que los acontecimientos fuesen a tomar esta deriva. ¿Por qué no vamos a pensar que más adelante un fragmento de ese hipotético estado catalán desee igualmente vivir por su cuenta? Sigamos imaginando esa estampa enmarcada en un futuro más o menos próximo, más o menos posible. A despecho de la Constitución proclamada en 2015 –recordemos que nos hemos trasladado al futuro– Tarragona propone la celebración de un referéndum.

¿Alguien puede suponer que los habitantes del resto de las provincias no reclamarían su legítimo derecho a decidir? No me vayan a contar el cuento de que, en el caso de que Tarragona desease convertirse en nación, los barceloneses, gerundenses y leridanos se cruzarían de brazos tranquilamente. No señor, yo no me lo puedo imaginar. Estoy convencida de que mantendrían una actitud incomparablemente más combativa que los españoles de a pie de estos tiempos, que, como ahora pero desde el otro lado, exigirían con todas sus fuerzas el reconocimiento de su derecho a decidir. Porque son más participativos, más conscientes de sus prerrogativas ciudadanas o vaya usted a saber, pero la pasividad actual que se respira en España, simplemente, no es extrapolable a Cataluña. Ellos reclamarían, con toda la razón, que se les preguntase a su vez. “No nos negamos a que vote Tarragona –puntualizarían- pero el resto de provincias catalanas también tenemos derecho a opinar”.

No hay como ponerse en la situación del otro para poner las cosas en su sitio. Por supuesto habrá quienes no lo reconozcan, no por falta de imaginación sino porque, de momento, la situación planteada tiene escasa probabilidad de producirse y, por tanto, es indemostrable a día de hoy. Y eso proporciona el opinante una coartada estupenda.

Nos llenamos la boca de palabras: democracia, justicia territorial etc. y, precisamente, en ese contexto, jugar limpio es de ley. No pido más que una cosa: honestidad intelectual. Pero auténtica. Reconocerán que es un bien escaso en ambos campos. Si no me creen, pregúntense por qué ni unos ni otros han planteado esa posibilidad. Yo se lo digo: porque preguntar a todos supone un riesgo para ambos.

Sin embargo, ¿no es lo más justo?

Piensen.

viernes, 10 de octubre de 2014

Niños soñados

José Solana - Autorretrato (1943)
Antonia llegó la primera, dejó el bolso en uno de los asientos, el foulard en el contiguo, una chaqueta algo más allá. Tuvo que pararse al ver la primera mancha roja sobre el beige del mantel como la huella de una fresa machacada. En la moqueta había más, una sangre vegetal que danzaba delante de sus ojos aunque nadie más podía verla.

Tuvo miedo de que la echasen del local. Aquella mesa no estaba reservada, había llegado demasiado pronto, no estaba segura de haber llevado la cartera, sus compañeros quizá no llegasen nunca. El pánico era ahora su estado natural, el lugar donde se encontraba más a gusto. Un camarero se acercaba a su mesa dispuesto a expulsarla, quizá.

Fundido en negro. El comedor se abarrotaba con rapidez, el grupo al completo comía afanosamente sobre un mantel sin manchas.

-A Clara tendrán que sacarle el niño con una linterna. –intervino Agustín. Pero ¿de qué estaban hablando?

-Menuda ratita vamos a tener, chata. –Goyo frunció el ceño y abocinó la boca- No quiero un nene tan chico, ¿lo puedo devolver si no me gusta?

Sobaba el vientre a su mujer. El gesto le pareció obsceno, la mirada de camareros y clientes eran manos que rozaban sus amígdalas. Todos se reían. Como cerdos.

-Pues si no te gusta, te jodes, chaval. A mí dos me parecieron demasiado pero, ya ves, no pude devolver al que sobraba porque no me lo cogieron en la tienda.

José María no hubiese hecho ese comentario ni en broma. ¿Dónde estaba? El recinto subía y bajaba a un ritmo constante. Se había desmayado y deliraba. Estaba soñando. O en trance.

-Mi marido de noche no aguanta a los nuestros, pero ¡qué se le va a hacer! En eso consiste ser padres.

Begoña tenía dos chicos y pensaba seguir pariendo todo lo que fuese necesario, hasta que llegase la niña y más allá. Entonces terció él:

Leonora Carrington - He labyrinth
-Si llorasen los dos a la vez, vale, pero cuando para uno empieza el otro. Esto es un sin vivir.

Con disimulo, se pellizcó la pantorrilla.

-A ver si ahora me vais a quitar las ganas. –interrumpió Lola Gómez.

-¿Es que pensabas animarte?

-Ni se te ocurra.

-¡Viva Herodes!

-¡Viiiiva!

Se levantó, los tobillos chocaban entre sí. Nadie se fijaba en ella, Cristobal se alejó unos pasos y empezó a gesticular.

-Esta mujer mía es una bocazas pero, ya que estamos…sí, vamos a intentarlo un día de estos, que dentro de poco se nos habrá pasado el arroz.

(Esa frase la dijo una vez su marido. Durante más de una década, Félix y ella habían sido los más disciplinados penitentes).

Lola Frutos fingió que berreaba.

-¡Seré burra! Tenía que haberme quedado embarazada antes de separarme.

Sin esperar a que la carcajada se extinguiese, el suelo se hudió tragándose gente, luz y risas. La punzada se abrió paso entre sus piernas y enseguida llegó hasta la garganta. Parpadeó, el cuarto estaba en penumbra, el suero goteaba lentamente, los visillos griseaban. Amanecería de un momento a otro.

domingo, 5 de octubre de 2014

Mitos de ayer y de hoy (y II)




Un ejemplo. Se habla mucho –y muy interesadamente desde el peor punto de vista masculino– del supuesto oficio más antiguo del mundo como si eso fuese un argumento a favor de su pervivencia. No obstante, aparte de que en etapas de una incipiente humanidad no existían las transacciones monetarias sino el trueque, cuando no se tomaban los bienes por la fuerza como es de suponer en este caso y eso, como sabemos tiene otro nombre, existen otros muchos oficios tan antiguos como aquel que, al afectar a la humanidad entera y no solo a uno de los géneros, no han adquirido tan buena prensa, al contrario.  Pues ¿van a negar que la de verdugo fue una de las ocupaciones más antiguas, si no la primera de ellas? ¿qué me dicen del juego de ataque y defensa realizado con animales salvajes, precursor de las actuales corridas? Sin olvidar otras mucho más amables, como la recolección de frutos silvestres, sustituida ventajosamente por la agricultura desde tiempos más que inmemoriales. ¿O es que hemos pasado siglos innovando para defender las excelencias de lo antiguo cada vez que nos conviene?

¿Acaso alguien añora toda esa enorme porción de tiempo en el que la gente apenas se bañaba? Entonces el agua limpia se mezclaba con la sucia propiciando continuas y mortíferas plagas, la alimentación –limitada a la disponibilidad del terruño– no ofrecía variedad alguna, los niños morían por centenares y la esperanza de vida adulta era también bastante escasa. Durante milenios, bañarse no ha supuesto un placer, era un engorro que no producía más que temor y, en consecuencia, solía evitarse en lo posible. Los hombres prehistóricos tenían que atravesar cauces a nado para defenderse de alimañas, sumergirse obligatoriamente bajo cualquier clima y estación cuando querían eliminar la suciedad si es que alguna vez llegaron a considerarlo necesario, permanecer horas con el agua a la cintura para capturar determinadas especies acuáticas. Incluso en épocas incomparablemente más civilizadas el baño era considerado insano, poco decoroso y molesto. Pero, si el placer de bañarse es relativamente moderno, ¿como a nadie en su sano juicio podía ocurrírsele añorar el supuesto placer de dormir dentro del agua?

En eso consiste el progreso –al menos una parte de él porque en cuestiones éticas aún andamos en mantillas– en alumbrar problemas nuevos a medida que resolvemos los antiguos. Según vamos conquistando formas de vida más sofisticadas y confortables tropezamos con obstáculos distintos, y esto nos despista, llegamos a considerarlo un retroceso cuando solo es una condición más de los avances. Por ejemplo, el hecho de que ahora se produzca con más frecuencia el Alzheimer y otras patologías de la senectud no es más que un síntoma de la gran longevidad que disfrutamos, las enfermedades raras ya existían antes, los adelantos científicos solo han conseguido hacerlas visibles, darles nombre y clasificarlas, soportar grandes concentraciones humanas es la consecuencia de vivir en un barrio céntrico y por tanto prohibitivo para muchos, hallarse en la picota de la actualidad es el peaje que han de pagar quienes ostentan el poder. A veces establecemos diagnósticos excesivamente simplistas, por eso hay que trepar entre las rocas, bajo el sol de mediodía, tras haber pasado un rato remojando la barriga en el agua. Ya digo, lo recomiendo como un recurso excelente para poner neuronas-remolonas en marcha.

martes, 30 de septiembre de 2014

Mitos de ayer y de hoy (I)




Son casi las doce del mediodía y yo estoy trepando. Hace tiempo descubrí que cuando más pienso es mientras trepo, que si no trepo mis razonamientos son mucho más planos, que, posiblemente, trepar sea, al menos para mí, una de las formas más idóneas de activar los mecanismos del intelecto, no solo la circulación de la sangre o los músculos. El de cada uno según sus posibilidades, como es lógico, tampoco es que me haga más lista. Hablando metafóricamente, digamos que resulta muy efectivo para eliminar óxido acumulado y poner los engranajes en marcha. Claro que, con eso basta ¿no? tampoco hay que pedir peras al olmo.

En momentos así, jadeante por el calor y el esfuerzo, hasta las divagaciones más disparatadas sirven. Como decía, asciendo por la escalinata rocosa algo desmayada, soñando con el almuerzo y sin embargo, un poco a regañadientes. He pasado horas haciéndome la muerta: tendida en horizontal bajo el sol y sobre el agua, balanceándome con la líquida oscilación, contemplando por debajo de mis párpados cerrados relucientes círculos rosados sobre fondo negro.

Solo he echado de menos una cosa, no poder dormirme porque estaba en el agua. Me diréis que para eso están los barcos. Ya, pero no es lo mismo balancearse en seco que dormirse con el agua al cuello sin tener que preocuparse lo más mínimo. ¿Será posible que a estas alturas de la técnica no podamos dormir sumergidos aunque sea a medias? Si resulta complicado lograrlo en un estanque o cualquier otra superficie extensa, ¿por qué no en una simple bañera? Solicito a los sesudos inventores que vayan pensando en solucionarlo.

Escribo mientras septiembre dobla el cabo de Hornos dispuesto a convertirse en el mes otoñal por excelencia; puede parecer una fecha algo tardía para toda esta parafernalia estival. A eso objetaré, primero, que es deber incuestionable de todo buen lector no poner en duda lo que dice el articulista, segundo, que no tenéis ni idea de cuál es la latitud en que me encuentro.

Reconozco que mis deseos siempre han sido algo atípicos, a los catorce años no veía el momento de que hermanas alcanzasen esa edad. Quería compartir cosas con ellas, como es lógico. Pero ¿qué? ¿Creen que se trataba de jugar al futbol en familia, frecuentar las discotecas, hablar de chicos o de trapos? Nada de eso. Hacía poco que había descubierto el latín. Sí, esa asignatura que estudiábamos en tiempos prehistóricos, la lengua muerta, la madre de los idiomas románicos. Con esos antecedentes, no parecerá tan raro que eche de menos un aparato o técnica que posibilite el sueño en el agua.

Desear nunca ha sido malo y, en ocasiones, hasta ha contribuido al progreso. ¿Quién le iba a decir a Julio Verne que su demencial cápsula submarina acabaría convirtiéndose en un artefacto real?

Todo esto presupone que las civilizaciones humanas evolucionan con el tiempo, que la historia sigue una línea ascendente, que cualquier realidad futura es más deseable que la anterior. Se trata de premisas comúnmente aceptadas y que yo considero discutibles. Naturalmente, la fisonomía del planeta, nuestras costumbres y pensamientos no pueden ser los mismos que hace siglos, naturalmente, todo va cambiando, naturalmente la técnica ha alcanzado cotas inimaginables hasta hace (casi) cuatro días.  Pero, ¿de verdad hemos evolucionado tanto como creemos?

(Continuará)

jueves, 25 de septiembre de 2014

No es país para viejos - No Country for Old Men (2005 - 2007)

Siete años más tarde, no hay mucho nuevo que decir de esta película. A mí me dejó fría, pero algo tendrá cuando ha generado opiniones para todos los gustos.  Y, por supuesto que lo tiene: está basada en una novela magnífica, compleja, y tan cohesionada como bien concluida que –al margen de sus innegables aciertos estilísticos y estructurales–plantea asuntos tan trascendentes como el destino del planeta entero y de los seres que lo habitan.

Puede que tener entre manos una obra de esta envergadura y poder manejarla según el propio criterio sea, par un segundo creador, más que una ventaja, un arma de doble filo. En principio, ha de producir una gran seguridad contar con un guión de lujo. Y eso era, potencialmente, la novela homónima de Cormac McCarthy. Pero tanta seguridad lo mismo puede dar excelentes resultados que conducir al más absoluto desastre.

En este caso, el impactante comienzo ya lo proporciona el novelista, también el desarrollo, a grandes rasgos, así como cada incidente de la trama. Pero el guión acaba despojando a la obra original de todo lo que le confiere carácter, de lo que le aporta ese sentido simbólico que la convierte en mucho más que una mera sucesión de crímenes. McCarthy no se conforma con narrarnos los hechos, además da a entender, ya desde el título, que el mundo entero –no solo su país– se ha vuelto un lugar inhabitable en el que los débiles no tienen cabida, que las reglas verdaderas –las no escritas, las que cuentan realmente– son cada vez más despiadadas, que, de seguir por ese camino, no habrá lugar para la esperanza. Y lo dice sutilmente, a través de un argumento alegórico, por medio de continuas metáforas y, sobre todo, mediante la acertada inclusión de la voz del sheriff en forma de monólogo interior.

Todo eso desaparece en el film, que queda así convertido en un thriller más cercano a un telefilm que a otra cosa. Eso sí, meticulosamente realizado, e interpretado de forma convincente por cada uno de los actores, entre los que destaca por su actuación inolvidable –y no me ciega el hecho de ser el único miembro español de todo el reparto– Javier Bardem.

Ver de nuevo la película quizá nos convenza de que no tenía tanto que ofrecer. O no. Pero la novela es seguro que contiene un sentido que, por desgracia, estará vigente por un largo periodo de tiempo.

*Duración: 122 min.
* País: Estados Unidos
* Dirección: Joel Coen, Ethan Coen
* Guión: Ethan Coen, Joel Coen (Novela: Cormac McCarthy)
* Música: Carter Burwell
* Fotografía: Roger Deakins
* Reparto: Josh Brolin, Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Kelly Macdonald, Woody Harrelson, Stephen Root, Garret Dillahunt, Tess Harper, Barry Corvin, Rodger Boyce, Beth Brant, Caleb Landry Jones
* Género: Thriller

sábado, 20 de septiembre de 2014

Tiempo por delante


Joaquín Sorolla - Niño en las rocas
Se arrancó el zurrón –que había llevado cruzado sobre el pecho siete días enteros con sus noches– y lo volvió del revés para enjuagarlo en el agua del río. Le dolían las narices de tanta peste a mugre acumulada, a pescado rancio y a la sangre de todos los rasguños que le habían causado las zarzas mientras correteaba medio a ciegas persiguiendo a las cabras que bajaban a escape campo a través. Hasta olor a hambre le pareció que salía de la tela. El perrillo, atento y servicial como siempre, empujaba al rebaño contra una cerca medio derruida cobijándolo entre las piedras que, años atrás, habían servido de cobijo a su abuelo. En aquellos años, se le consideraba aún lo bastante sólida para proteger del viento al cobertizo –ahora inexistente– que lo mismo custodiaba los aperos que resguardaba a un pastor de la lluvia. Había escuchado toda clase de leyendas sobre aquella construcción mísera, desde asesinatos perpetrados al abrigo de sus cuatro paredes hasta apariciones de vírgenes y santos. Él ni creía ni dejaba de creer. Eso sí, de chico las historias habían amenizado muchas y largas tardes de tormenta, cuando hombres y viejas ser acurrucaban en torno al fuego a reparar pucheros desportillados, frotarse las grietas de las manos y cocer patatas. Él, tras colarse con los otros chavales por una rendija de la parte trasera, se arrastraba entre los huecos que dejaban tantas piernas dobladas para aproximarse a la hoguera todo lo posible.

La corriente también olía a miasmas, o era él quien guardaba el hedor en lo más hondo. Se miró con aprensión el cuerpo. Tiró de la camisa –un trapo incoloro que le colgaba de los costados y casi le envolvía por completo– dejando al descubierto las costillas, el escuálido torso y mucha roña adherida a la piel. Con parsimonia, se bajó los pantalones. Ya en cueros, hizo una pelota con todo, lo arrojó con fuerza sobre el polvo y se zambulló en el remanso cercano a la orilla.

Comenzaba a refrescar. El sol se ponía entonces por detrás de los picos más altos dejando una sensación de abandono, no solo en el campo sino en cada una de sus vísceras. Como si la noche en el monte fuese todavía más solitaria. Como si no llevase solo la semana entera en esa su primera salida como pastor. Como si no le esperasen décadas de la misma o parecida soledad –quizá más insidiosa e inmensa por la mera acumulación de minutos– ahora que a padre, el pobre, se lo había llevado la parca.