viernes, 10 de julio de 2015

Autobiografía


Yo soy la paloma parda de la Cibeles. La que llegó por error entre las otras, níveas, acaso recogida al azar junto a la jaula originaria, sobre el maderaje del barco, el olor a brea, a betún, a salitre. Me recuerdo aterida, inútil de pánico, - aún recluida en mi rincón, por el batir de las alas y el zureo continuo de la jaula vecina. Alguien me cogió del pescuezo y me juntó con ellas. A su lado he vivido y dormido mojada de mar y de diosa, planeando de arriba abajo de la fachada del Palacio de Correos y viceversa. Soy la paloma parda que se quedó sola desde siempre pero nunca abandonó su lugar hasta que no se llevaron a las otras, a las bonitas. Entonces yo, libre por fin del compromiso de hacerme querer por ellas, mis desdeñosas vecinas, bobas pero resplandecientes, tan simples como sólo ellas saben serlo, irremediablemente encantadoras, yo, como decía, me atreví a internarme por vericuetos desconocidos para mí hasta entonces, aquella tarde dichosa, remontando el vuelo a lo largo de una ancha avenida, elegida al albur por el hecho de poseer paseo central y estanque, un césped florido en la estación aquella y una estatua casual. Pero fue el agua, ella sobre todo.
   
Debí derivar hacia la izquierda cuando tropecé con una caterva de muchachos rodando en lugar de dar pasos como las otras personas que conozco. Al cabo me encontré en algún refugio, una estancia amplia ocupada por mesas, por sillas, por divanes e individuos instalados allí tranquilamente, apurando un café, un coñac, distraídos, en apacible charla, o meditando.



Conseguí permanecer inadvertida pues a veces ser oscura constituye una ventaja inapreciable. Observé cuanto pude y, sobre todo, gocé de la paz del aposento. Había llegado al santuario de la conversación y me entretuve al principio haciendo los honores. Nada se me escapaba, sin embargo: bruñidas superficies, sobrio el colorido, austera la forma. Me recordaban tanto mi amado barco. Al rato pude avanzar un poco más, dar un saltito, algún vuelo corto a ras del suelo, hasta llegar al centro de la sala. Allí convenientemente escondida, me enteré, de labios de un parroquiano locuaz, que se trataba del CAFÉ GIJÓN, ese era el lugar mágico que me daba cobijo.

Transcurrió la tarde mucho más veloz que de costumbre. Las palabras me arrullan, lo descubrí ese día, ellas y el agua constituyen el necesario murmullo que llevan paz a mi maltrecho espíritu de ave ultramarina. El CAFÉ GIJÓN era ahora mi hogar y, de él, yo, la paloma parda de la Cibeles, tuve esa primera velada una visión que acude ahora puntual en cuanto el aroma de una sola taza de café roza mi pico. La pared del fondo se abrió con un boquete descomunal, irregular, redondo, para dejarme ver el mar del otro lado. El mar, un pedregal rocoso, manchas verduzcas y pardas como yo, el oleaje de espuma refulgente tan similar al color de mis compañeras. Vi a GIJÓN en el café, señores, y a ustedes tengo que contárselo.

domingo, 5 de julio de 2015

El libro tachado de Patricio Pron (2014)

Primera edición: Mayo 2014
                                                                                                                                  Editorial Turner – Colección Noema
                                                                                                                                  308 páginas
Un ensayo que, para hablar con propiedad, en lugar de El libro tachado podría titularse El autor diluido o alguna otra expresión en esa línea. Su objeto no es otro que las diversas formas de desaparición (obligada o voluntaria, real o metafórica, accidental o planificada, momentánea o definitiva) de la mente creadora, así como la (i)rrelevancia de la autoría en sí y los efectos que acarrean estas ausencias, tanto para la literatura en general como para sus consumidores potenciales.
Tachadura del escritor pues –y no del libro– que adopta diversas modalidades. A lo largo de sus diez capítulos, revisaremos desde la invención de un programa informático capaz de producir textos de forma automática –que cuenta con un precedente analógico de la época dieciochesca– a los procedimientos combinatorios, como OuLiPo y similares, que si bien precisan de una mano ejecutora, difuminan bastante su sello personal. Reflexionar sobre ello nos enfrenta a paradojas curiosas, por ejemplo: la mera posibilidad de su ocaso ¿no será el mayor aliciente para cultivar la literatura con más empeño aún? O bien, ¿de verdad es el autor quien escribe o se trata del propio lenguaje que va construyéndose a sí mismo?

No hay que menospreciar el papel del azar en la literatura y el arte en general; en unos movimientos –como el surrealista– más valorado, en otros menos, pero, en mayor o menor medida y aunque cueste reconocerlo, siempre presente.

Todo hecho artístico guarda en sí mismo el germen del cambio, de ahí que su historia se convierta en una sucesión de derribos (del pasado) y edificaciones (del presente), aún así, todas las épocas renuevan la sospecha de haber agotado temática y recursos, de que quizá los que llegaron antes lo han dicho todo, que ya no queda espacio para la originalidad en los textos. Se recurre entonces al collage, la intertextualidad y a métodos como los descritos más arriba, que las nuevas tecnologías han venido a facilitar. Obras de índole acumulativa como la Wikipedia resultarían inconcebibles hasta hace solo dos décadas.

“[Pese a todo]  la noción de autoría y el dispositivo legal y económico articulado sobre ella siguen siendo lo suficientemente fuertes como para que la persecución del plagio no haya decaído por completo” (Pg. 22)

En el aire queda la pregunta de si esta situación durará todavía mucho o pronto quedará obsoleta. Algo menos fundamental de lo que parece si contemplamos una historia de la literatura repleta de tachaduras por diversas circunstancias (pérdida, destrucción o quema de libros, censura, autores represaliados, incapacitados, ocultos, fallecidos o retirados prematuramente), de las que Pron realiza un breve aunque exhaustivo repaso en el que incluye también procedimientos más sutiles, como ideas que nunca se concretaron u obras sin concluir.

Otras veces la existencia del autor es aún más endeble, al menos en teoría. Esto ocurre cuando resulta de la combinación de dos o más personalidades. O bien se trata de una construcción mental, traducida en falsificaciones (con ánimo fraudulento, reivindicativo, de diversión etc.), pseudónimos o heterónimos. En ocasiones, esta ocultación de identidad favorece la atención hacia la obra en sí misma, una obra que, por lo general, aparece mezclada o disuelta en el heterogéneo conjunto de la producción individual.

Crisis de valores
Todo este entramado teórico finaliza en el capítulo VIII. El siguiente, titulado Crisis, más ideológico y centrado en el presente que los anteriores, se pregunta por las causas que han provocado la del sector editorial, a saber, el contexto de la economía general y el influjo de las nuevas tecnologías. Y, aunque las soluciones que aporta parecen haberse convertido en un lugar común, supongo que llegados a este punto era inevitable señalar la necesidad de nuevas estrategias de publicación y financiación:

“… parecen constituir una alternativa plausible para aquellos que desean ser leídos sin tener que adecuarse a las políticas editoriales de los sellos tradicionales y para los que consideran que el actual modelo de negocio es en esencia injusto y está caducado…” (Pg. 116)

O la de establecer un marco que contemple relaciones y presencias realmente innovadoras. O la de establecer criterios de calidad opuestos a un todo vale bastante extendido hoy día.

Finalmente, tras investigar sobre el efecto que publicar en la red tiene sobre originalidad y complejidad de los contenidos, Patricio Pron cierra el volumen con una bibliografía cuya extensión –de una veintena de páginas– ya habíamos previsto.

martes, 30 de junio de 2015

¡Buenas tardes!


Claude Monet - The Gare Saint-Lazare, Arrival of a Train.jpg
La Gare Saint-Lazare - Claude Monet
Con las cortinillas cerradas, la oscuridad es total. O casi, porque amortiguados impactos luminosos penetran a intervalos, como asaltantes empeñados en violar el sereno hermetismo de los párpados. Hasta el último de los viajeros duerme, mudo y tranquilo, ni un solo rumor le trastorna. El uniforme zumbido de la locomotora y esos destellos entrecortados son la única señal de vida –de vida mecánica, se entiende– capaz de ser captada por, supongamos, una mosca atraída por la mugre acumulada en los bultos depositados sobre el maletero. Pero no hay mosca, y las tres personas que ocupan los asientos parecen tres cadáveres gélidos. Respiran apenas, sumidos en su sopor, no sufren ningún sobresalto, no emiten sonidos incoherentes, no roncan. Son lo más parecido a tres figuras de bronce recluidas en un compartimento.
     

Imperceptiblemente, la velocidad se reduce. Si nos asomásemos ahora, si –es un decir– la improbable mosca se deslizase entre las cortinas para curiosear, contemplaría con nitidez la estación. Tejas rojas y paredes encaladas: un apeadero pulcro, cuajado de macetas. Se han extinguido los fogonazos, la llanura se muestra uniforme, un entramado continuo, sin obstáculos que amortigüen la luz solar a trechos. Los viajeros continúan inmóviles, el tren va adquiriendo un ritmo cada vez más pausado y se detiene al fin.
Red Cross Train Passing a Village - Gino Severini (1915) 

Una mujer con la cabeza enmarcada por un pañuelo gris sostiene una jaula enorme que intenta cubrir con una manta; a su lado, un chaval pelirrojo oscila como si le asaltasen espasmos mientras se entretiene trazando figuras invisibles con una rama seca. Su rostro es una jaula de grillos, achica los ojos y ríe con suaves gorjeos tratando de llamar la atención. Cuando el tren abre sus puertas, el chico se hace a un lado y, erguido como el palo que aún sostiene, observa con burlona atención el lento ascenso de ella. Luego se ajusta el macuto a la espalda y la alcanza de un salto. Ve como se dirige a la izquierda, toma el sentido contrario y camina hasta el compartimento de los cuerpos inertes que todavía no han variado de postura.

Al empujar con brusquedad la puerta corredera, un estruendo explosivo invade el compartimento. Tres pares de ojos se han abierto de golpe. Algo cohibido por provocar tanta atención, y con su sonrisa más angelical, exclama:


-Buenas tardes.

sábado, 30 de mayo de 2015

Trapos mojados en el río Cantúa (Relato absurdo)

Afirman las crónicas de entonces que la jornada del día de Difuntos transcurrió sin novedad aquel año. Ya al anochecer, el tío Ramón se acercó al borde del pantano y vislumbró un bulto mecido por el agua. Como no acababa de entender aquello, buscó un canto redondo, se acomodó encima y, allí encaramado, se puso a meditar. La noche del lúgubre festejo le encontró rascándose la coronilla y resoplando. Pasó un buen rato buscando la pitillera entre su colección de bolsillos, luego se acercó al borde del agua y siguió contemplando aquel amasijo de ropas.

-Amigo, –exclamó casi con júbilo– soy incapaz de encontrar fuego en la faltriquera, ¿no llevará usted cerillas?

-(…)

-Ya comprendo que estarán mojadas, pero échemelas de todas formas y podemos hacer un simulacro.  No de un incendio, claro está. Fumemos usté y yo la pipa de la paz, cada uno con su marca favorita de cigarros.

-(…)


-¿Cuánto tiempo llevas muerto, colega? Te vas a quedar como una sopa, (perdona que te tuteé, pero como hace ya rato que estamos charlando pienso que es lo natural). Yo, mira, te sacaría de ahí con gusto, pero esta noche las piernas no me sostienen demasiado bien.


-(…)

-Verás, nadamos en las mismas aguas. Yo aquí, tú allá, pero tanto uno como otro nos agarramos a esta orilla como si nos fuera la vida en ello. Sé que perdiste la tuya, yo en cambio, perdona que te diga, prefiero quedarme aquí.

-(…)

-No dices nada, ¿es que te parece mal?

-(…)

-Oye, no te vayas, ¿por qué te alejas tan rápido, acaso te aburres conmigo?

lunes, 25 de mayo de 2015

Urnas de vidrio rojo

-Un café con leche, por favor.
-¿En taza o en vaso?
-En taza si puede ser, me molesta un poco quemarme.
La cafetería del colegio electoral aparecía más bulliciosa que nunca. Unos habían visitado ya su aula correspondiente, otros aún reuníamos fuerzas. Había decidido no desayunar en casa. Evitaba cualquier excusa que retrasase el momento crucial. Jamás había ocurrido nada, pero ¡quién sabe! Como alguna vez dijo alguien, Perogrullo probablemente: “Hoy es hoy”.
-¿Algo más?
-¿Croissants tiene?
-No. ¿Caracolo, viena, zapatilla, bolluco?
-Pues…
Acodada en la barra a mi izquierda, con su copa de vino y una larga melena rizada, la mujer que no dejaba de observarme decidió meter baza por fin.
-El caracolo, elija el caracolo.
-¿Está rico?
-Es un pan redondo, que sirven tostadito, con mantequilla y mermelada. Mucha gente lo pide aquí.
-Vale… póngame un caracolo.
-Le ha costado ¿eh?
-Es que estoy aquí de paso y no conozco las costumbres. A mí, lo que me va para desayunar son los churros y las porras.
-Yo desayuné hace horas. Ya he votado y todo.
-…
-¿No será usted de Madrid?
-Sí…
-Lo sabía, el acento no engaña. Yo viví un año en San Blas y dos meses en La Elipa. Aquí hay churros en muchos sitios pero a mí nunca me han hecho gracia. ¿Va a votar ahora?
-Voy a intentarlo…
-Jaja, ¡qué graciosa! Y, dígame, ¿cuál es el favorito?
-¿De quién?
-¡De quien va a ser! De los de Madrid.
-Supongo que habrá de todo. Últimamente hay mucha gente entusiasmada con Manuela.
-¿Quién es esa? ¿Una mujer mayor?
-Sí. Una jueza jubilada que inspira confianza y respeto.
Alguien la tocó el hombro al pasar: “Hola, Rita, ¿dónde has dejado al marido?” “No está aquí, anteayer se fue a Gironda para echar un vistazo a lo suyo”. “¡Ah, bueno! ¡Qué vaya bien!”
-Me molesta esa gente que finge interesarse por ti y no les importas una mierda. –Comentó Rita dirigiéndose a la camarera que secaba un plato frente a ella sin dejar de mirarla.
-Desde luego, –respondió la otra- no son más que puercos chismosos que se dedican a desollar a todo el mundo.
-Nunca se paran a hablar conmigo, y eso que les conozco de toda la vida.
-Te preguntan por tu marido para ver qué contestas y después largar todo lo que puedan y más.
Café Montmartre - Santiago Rusiñol
-La verdad, me ha gustado que se interesen por él. Pero…
Me pareció que no hablaban de lo mismo. Pero yo venía de otro planeta y debía mantenerme discretamente al margen. La camarera se apartó y Rita volvía a ocuparse de mí.
-La gente mayor debería retirarse para dejar paso a los jóvenes.
Ella no aparentaba mucho menos que la candidata a la alcaldía de Madrid. Parecía una muñeca antigua, con falda estampada y chaqueta de ganchillo, cuyo rostro ha ido envejeciendo a la par que el de la niña a la que perteneció en otra época.
-Pero Carmena ya estaba retirada, han sido esos jóvenes los que han ido a reclamarla.
-¿A qué partido representa?
-A ninguno. Su principal reclamo es la honestidad.
-¡Humm! Yo tengo 65 pero me retiré nada más cumplir los cincuenta. Cuando trabajaba, creía que vivir sin hacer nada iba a ser terrible. Luego me accidenté y olvidé hasta cómo me llamaba. Pedí la invalidez, pero no había cotizado bastante. Trabajaba con un hermano mío que, con eso de que éramos familia, nunca me dio de alta.
-Pues ¡vaya forma de demostrar que son hermanos!
-Ya. Tuve que buscarme un abogado que me sacó los dineros y no hizo nada por mí. Luego, me aconsejaron acudir a la trabajadora social y ella me consiguió una pensión no contributiva de esas. ¿Sabe de lo que le hablo?
-Sí, claro. La que le dan a los que no tienen derecho a otra.
-Suponía muy poco dinero, pero mientras tanto me había recuperado algo y me puse a cuidar ancianos con Alzheimer. Me fue tan bien que reuní lo suficiente para comprarme un apartamento por aquí cerca. ¡Menos mal! Desde que me separé de mi primer marido me había quedado sin nada.
-¿Y recuperó la memoria?
-Más o menos. A veces tengo ausencias y se me olvida dónde estoy, pero lo arreglo respirando hondo y echándole paciencia.
-Entiendo. Ha aprendido usted a convivir con su problema.
-Ya ve... Al final, tuve que dejar de cuidar viejos. Perdí las fuerzas cuando mi hijo entró en la cárcel y el cáncer se llevó a mi hermano al otro barrio. No al que me estafó, a otro más joven. Vivía en mi casa, él y mi hijo eran toda mi vida, así que me entró una depresión terrible. Si quisiera, aún podría seguir trabajando, se me daba bien, por aquí me conocía mucha gente, algunos todavía me reclaman, pero ya no quiero saber nada de viejos chiflados. Entonces disfrutaba pero es una tarea muy dura.
-Me lo imagino.
-¿Qué? ¿Le ha gustado el caracolo?
-No está mal.
Un bollo de pan insípido y algo seco, que contrastaba desagradablemente con la mermelada que había untado por encima. Estaba preguntándome dónde le veía ella la gracia cuando soltó:
-Estaba segura de que le iba a gustar. En cambio yo no puedo soportarlo.
Me dejó estupefacta.
-¿No le gusta a usted el caracolo?
-Nada de nada.
Saqué un billete del monedero, mejor no seguir indagando.
-¿Sabe? Me ha encantado sincerarme con usted. Como lo más seguro es que no volvamos a vernos… Eso ayuda a veces. A los del rincón aquel, en cambio, jamás les contaría mi vida.
-Son conocidos suyos, ¿no?
-Precisamente por eso. Yo vivo aquí, a la vuelta.
-También yo me alojo cerca, pero soy bastante despistada. Si no le digo nada, salúdeme cuando nos crucemos por el barrio.
-A mí me pasa lo mismo. Hasta más ver ¿eh?
Y allá se quedó, pensativa, con un poso de tinto ensuciando el fondo de la copa.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Don Rufo bufa: La educación para la ciudadanía de los votantes. (24 de mayo)

Aquí estamos, sentados en el sofá de la historia.

Pero algo tendremos que hacer.

¿Puede la decepción sumirnos en una pasividad tal que nos impida perseguir nuestros propios intereses o supone una inyección de energía, un estado de alerta, un impulso insoslayable que no remitirá hasta lograr el tan deseado éxito? Es probable que un exceso de certezas resulte contraproducente. Por mi parte, y en lo relacionado con estas cuestiones, jamás renunciaría a tres principios básicos relacionados estrechamente.

En primer lugar, una sólida escala de valores que nos facilite la convivencia, y que nunca obtendremos sin una educación –tanto reglada como autodidacta, y en todas las etapas de la vida– que nos capacite para entender lo que ocurre a nuestro alrededor y actuar en consecuencia. Finalmente, el esfuerzo necesario para conseguirlo. Esto último no es un asunto menor pues, si algo ha logrado este enrevesado inicio de siglo, es producir una ingente cantidad de escépticos. Y no para bien, precisamente: un escepticismo moderado puede resultar saludable, pero al recrudecerse acaba convirtiéndose en un arma arrojadiza que, tarde o temprano, golpeará a quienes lo practican y a todo el que se encuentre dentro de su área de influencia.

Para colmo, llueve sobre mojado. Hasta hace muy poco, cualquier conversación desembocaba en airadas protestas al menor intento de analizar mínimamente cuestiones de índole colectiva. El argumento, manido como ninguno y, no obstante, repetido casi con soberbia, como si aquel que lo emitía se sintiese muy superior a los otros, consistía en cuatro sencillas palabras: “no entiendo de política”. Un comportamiento que, tras cuarenta años de amenazante dictadura, era perfectamente comprensible, pero que a medida que avanzaban las décadas y se comprobaba que la libertad de expresión era un hecho –aunque hoy amenace otra vez con disolverse– empezaba a convertirse en ridículo, mera expresión de la desidia mental de mucha gente. Porque ¿qué es la democracia sino la expresión del deseo de toda una sociedad? Y para intervenir en cualquier decisión colectiva ¿no es absolutamente imprescindible entender de las cuestiones sobre las que se va a decidir?
Han acertado. Me estoy refiriendo al próximo plebiscito (y a todos los demás, por otra parte). ¿A qué otro asunto voy a aludir en un año saturado de ellos y en vísperas del 24 de mayo, fecha de elecciones municipales y autonómicas? Algunos, demasiados, eluden su responsabilidad alegando que no piensan depositar su papeleta. Otra insensatez. A estas alturas, deberíamos estar enterados de que, mientras conservemos la nacionalidad, cualquier cosa que hagamos: abstención, voto nulo o elección más o menos informada, repercute directamente en el resultado que van a arrojar las urnas y, por tanto, en el mayor o menor bienestar de nuestros conciudadanos y de nosotros mismos en, nada menos, que los próximos cuatro largos años. Naturalmente, admito el derecho que cada uno tiene a pretender soluciones egoístas, a equivocarse, a votar algo y arrepentirse, a no prever el futuro porque nadie posee una bola de cristal. Esa no es la cuestión. Lo desastroso es votar arbitrariamente, porque se ignora la ideología de los candidatos y no existe ninguna voluntad de informarse, porque se vota por la foto o por cualquier otro motivo anécdótico, porque ni siquiera nos hemos molestado en comprender en qué consisten los derechos humanos, cómo repercute la historia más reciente en lo que sucede ahora mismo, qué proclaman las principales tendencias ideológicas, ni en plantearnos qué es lo que cada uno de nosotros considera justo para sí mismo y para el resto. Con naipes así, no solo estamos expuestos a errar como cualquier hijo de vecino, también tenemos todas las papeletas para que nos manipulen con todo el descaro de que son capaces los poderes públicos, incluida la prensa.

Durante años, y desde mi privilegiado observatorio rufianesco, me fue posible conocer las reacciones de una gran diversidad de personas. Para mi sorpresa, y desde un punto de vista general, la disposición a mover ficha en el tablero de las decisiones sociales –tanto a través del voto como de una participación más próxima y directa, basada en observaciones, opiniones y conciencia solidaria– solía ser inversamente proporcional a la tendencia a protestar por las normas y usos que les afectaban directamente. Me parece una postura inmensamente egoísta, una ley del embudo que jamás entenderé, no solo desde un punto de vista ético, es que repugna hasta a la más elemental lógica.

viernes, 15 de mayo de 2015

La Baronesa (II)

Debí dormirme antes de llegar a los doscientos. Estaba rendida, en poco tiempo había acumulado demasiada tensión. Durante los últimas horas, me había fugado de casa, había caminado pegada a los muros de mi pueblo (aunque fuera noche cerrada, ya presentía que las ventanas tienen ojos), me había colado en el coche de línea y, espiando la taquilla, convertido en la sombra de un elegante caballero que tuvo la feliz idea de guardar su billete en la chaqueta y dejarla luego, perfectamente doblada, en uno de los bancos del andén. Desgraciadamente no pude utilizarlo: viajando en primera clase me hubiesen descubierto enseguida. No tuve más remedio que afanarle la cartera a otro hombre; la verdad es que casi se la arrebaté de las manos en cuanto la apoyó en la taquilla y se puso a contar monedas. Por entonces estaba tan enclenque, tenía un aspecto tan insignificante con mi sayo negro y deslucido por debajo de las rodillas que pasaba desapercibida con bastante facilidad. De espaldas podría haber parecido una vieja consumida de no haber sido por las trenzas.

En cuanto vi los primeros carteles en un idioma extraño atravesé el pasillo corriendo y salté a la estación. Aprovechar el billete hasta el final hubiese aportado pistas si alguien se molestaba en buscarme, y barruntaba que cada vez habría más gente con motivos suficientes para hacerlo. Pero el hambre era aún más fuerte que el miedo. Coloqué en la bandeja de la cantina una botella de agua mineral, un plato de patatas fritas y otro que contenía un bulto oscuro parecido a un gran trozo de carne envuelto en salsa. Llevaba un día entero sin comer y me alegré de que fuera tan bajo el precio que leía en las etiquetas. Pagué. O intenté pagar. Cuando la camarera chilló y me arrebató la comida, un hombre con pajarita apareció detrás de ella y me insultó. Aunque no entendía ni palabra, era fácil deducir el sentido de aquellos escupitajos verbales. Solo saqué en claro que mi dinero no valía porque era español. Me encorajiné. Aunque entonces no entendía nada de fronteras, no me faltaba sentido común. Exigí mi dinero y el encargado se dobló de la risa. Se había esfumado el desayuno y casi todo lo que encontré en la cartera. Me expulsaban a empellones del local cuando una manga me rozó el hombro y, de refilón, reconocí la chaqueta que tiré en el lavabo de señoras tras sacar el billete de su bolsillo interior y antes de comprender que birlársela a su dueño no iba a servirme de nada.

Debí quedarme en blanco, mi cabeza empezó a girar, entreví un torbellino que giraba velozmente con un pedazo de esa elegante tela en el centro. Un tejido grueso de mezclilla con un fondo mostaza atravesado por líneas granates y negras. La cara del dueño de la chaqueta también era granate. Estaba congestionado y amenazaba al personal con el puño. Alguien le puso el dinero delante de los ojos, lo cogió y me empujó hacia la puerta.

Eres una ladrona muy rara –observó media hora más tarde, sentado frente a mí en aquel office de película con cocinera uniformada y cortinas de encaje. Fue lo primero que dijo, y lo último antes de largarse. Tenía miedo de que fuese policía, así de desorientada vivía entonces. El pomo de la puerta relucía, los resaltes de escayola azul celeste bordeaban un techo sin goteras, armarios plateados, una nevera barriguda, la primera que tenía a mi alcance. Con tantas sorpresas seguidas apenas queda nada que pensar.

-Ha dicho el doctor que…

-¿Es médico?

-Yo no sé nada.

Una mulata esbelta, con cofia, que observaba recelosa la puerta como si temiera ser escuchada y torcía la boca con desprecio cada vez que hablaba conmigo. Yo aún seguía obnubilada con los dos, me parecían el colmo de la distinción. Exquisitos. Muy diferentes de todo lo que hasta entonces había sido para mí lo habitual. Aquella debía ser la idea que tenía yo entonces de la aristocracia. No faltaría mucho para que me pareciesen siniestros.

A la mañana siguiente emprendimos el viaje a París.

(Continuará)

sábado, 25 de abril de 2015

Presentación de la novela El Dios de Estera, de Isabel Anaya (Málaga - 30/04/2015)

El Dios de Estera, de Isabel Anaya


Contraportada. En un pueblo del sur de España, en los difíciles años de la posguerra, las vidas de sus habitantes se entrelazan con los dramas personales. Algunos, pese a su pobreza, demostrarán lo mejor del ser humano, otros, en cambio, a pesar de ser favorecidos por el destino harán ostentación de una mezquindad intrínseca. Aún compartiendo las adversas consecuencias de una guerra devastadora, los más jóvenes encontrarán la manera de arrancar un poco de felicidad a su entorno. Los adultos y los ancianos no podrán olvidar las tragedias vividas quedando marcados hasta el fin de sus días. El Dios de Estera es una novela coral, una ventana abierta por la que asomarnos y conocer la vida más íntima de sus personajes. Sus historias son tan veraces, que cualquier persona que haya vivido en un ambiente rural reconocerá en ellas a muchos de sus vecinos.


INFORMACIÓN:
Teléfono: 951918064
Correo: cal.aaiicc@juntadeandalucia.es

O bien, puedes contactar con la autora aquí

Próximamente, lo encontrarás reseñado en este espacio

lunes, 20 de abril de 2015

El botín de la alcazaba (y II)

Apenas lo hubo leído, la mujer le volvió la espalda y se puso a borrarlo con la manga. Justo cuando se disponía a obedecerla, desde el lado sur de la calle aparecieron tres hombres corriendo. El más grueso le sujetó los brazos a la espalda, otro la apartó de la puerta a empujones; la mujer sin rostro, aprovechando la coyuntura, se metió a toda prisa en la tienda.

-¡Muévete! Tú eres turista buscando recuerdo de país.

-De la plata ¿dónde? –preguntó el que tenía delante, un rubio grueso que aparentaba ser el mandamás. Su impecable traje de cheviot le daba aspecto de parisino acomodado.

-Debes comprar vajillas, caftanes, sandalias. –Ordenó rudamente uno de los acólitos.

-Sabemos en qué hotel te alojas. –Añadió el francés.

-Solo soy una humilde artesana.

-Muy lista usted. –Repuso uno de ellos con voz ronca; guiñó un ojo y los tres se echaron a reír.

Allá dentro, la chica desembalaba cuencos de loza y los iba alineando en la alacena. Preguntó a Sonia qué deseaba como si no la hubiese visto en su vida, aunque era ella la que seguía sin descubrirse.

-Fuera los dos. –Ladró el jefe.

En cuanto se quedaron los tres solos, la mujer aflojó un poco el velo. Era cetrina, bastante joven y le palpitaban un poco los labios.

-Mi embajada sabe que estoy aquí. –Indicó una Sonia cada vez más insegura.

-Tu embajada soy yo, estúpida. –Respondió el dandi. Ella intentó no amilanarse.


-Si has pensado quedarte con todo, te estás equivocando. La suma total apenas tiene valor, lo que tengo preparado es la recompensa a tu silencio.

Los dos hombres continuaban de espaldas guardando la puerta.

-Charles, Charles. –Masculló uno de ellos. –Escondeos. Vienen hacia aquí.

El jefe la obligó a escurrirse por la boca de la trastienda y a avanzar en cuclillas restregando la espalda contra la pared; ya en el lado opuesto, empujó una trampilla y salieron a un patio sembrado de cascotes con un lavadero al fondo. De repente, había un teléfono vibrando en las manos de su captor. Sonia no podía apartar la vista de él mientras escuchaba: “Oui, oui, oui”, ni una sola palabra que pudiese aclararle algo. Pero al cortar la comunicación le dio a entender que no habían encontrado nada en su cuarto.

-Esas monedas, tienes que llevarlas encima. –Susurró.

Ella le miró impasible.

-Están bien escondidas en el coche de mi novio.

Soltó una risotada.

-Faux. Has venido sola.

-Eso es lo que te hemos hecho creer, están aquí y van a rescatarme ahora.

Le vio asomarse a un ventanuco y mirar dentro.

-Zulema, -aulló- ven a registrar a esta zorra.

Sonia intuyó que, de los agentes, no debía quedar ni rastro. Pero el jefe se había confundido: vieron salir a la dependienta esposada, la escoltaban tres policías y Bruno era uno de ellos. A la española le flaquearon las piernas.

-Sonia, perdóname. No podemos poner en peligro una misión permitiendo que una de nuestras agentes se ennovie con alguien ajeno al cuerpo, ni lavarnos las manos mientras ella se interna por la jungla de un país extranjero sin blindarla más que a una caja fuerte.

-Pero yo no soy una novata. –Se atrevió a murmurar. De todas formas, Bruno jamás parecería un agente de la ley.

-¿Y esa ropa que llevas?

-Prestada, nos la han proporcionado en comisaría, tenía que parecer que éramos de aquí. –Bajó la voz– Estos cuatro ya están listos.

-Pero la chica estaba de mi parte.

-Lo hemos visto todo, solo quería que te confiases. Naturalmente, cumplía órdenes.

Mientras tanto el patio se había llenado de uniformes. Sonia tuvo que contenerse para no abofetear a su falso novio. Tendría tiempo de sobra, ahora lo que urgía era concluir la operación.