viernes, 18 de abril de 2014

Incidencia en Andalucía de las patologías respiratorias

¿Cuánta gente creen que dejaría el tabaco si los fumadores empezasen a concienciarse de esto?

20minutos.es
Expertos señalan que 12 de cada cien muertes en Andalucía se deben a enfermedades respiratorias
 

El grupo de enfermedades respiratorias representa en Andalucía la tercera causa de muerte para ambos sexos, con el 11,59 por ciento de defunciones. Y el tumor maligno de tráquea, bronquios y pulmón es el principal motivo de fallecimientos ligado a patologías respiratorias en la comunidad. La provincia de Cádiz se encuentra a la cabeza de Andalucía en prevalencia de cáncer de pulmón, por encima de la tasa nacional, con un 27,7 por ciento frente al 24 por ciento de media nacional. Así se ha expuesto durante la presentación del 40 Congreso Neumosur, que reúne desde este jueves en Jerez de la Frontera (Cádiz) a más de 250 especialistas para poner en común los últimos avances en el tratamiento de enfermedades respiratorias con impacto "tan grave" en la mortalidad como el cáncer de pulmón y "tan prevalentes y con tanto impacto económico y social como la EPOC", que acapara entre el diez y el 15 por ciento de las consultas en atención primaria, entre el 35 y el 40 por ciento de las consultas de neumología, y en torno a un ocho de los ingresos hospitalarios, causando en Andalucía 2.500 muertes al año, ocho veces más que los accidentes de tráfico. Eso quiere decir que la EPOC se cobra, cada día, siete víctimas en Andalucía. Según indica la organización del congreso en un comunicado, durante la jornada inaugural, su presidente, el doctor José Gregorio Soto, jefe de la UGC de Neumología y Alergia del Hospital de Jerez de la Frontera, ha hecho un repaso por la situación de estas patologías en Andalucía, así como de otras enfermedades respiratorias como el tabaquismo, el asma o las infecciones pulmonares, sobre las que también va a debatirse durante los próximos días en este encuentro. Sobre el cáncer de pulmón, ha explicado que, en Andalucía, el cáncer supone globalmente "la segunda causa de muerte, con una tendencia claramente ascendente en los últimos 25 años". Por sexos, es la primera causa de muerte en hombres y la segunda en mujeres. Según las localizaciones tumorales, la primera causa de muerte tanto en hombres como en mujeres es el tumor maligno de tráquea, bronquios y pulmón. Andalucía se encuentra a la cabeza nacional en cuanto a tasa de mortalidad por cáncer de pulmón: en 2006 fueron 3.056 andaluces los que murieron por este tumor; muchas de ellas muertes "prevenibles si no se fumara". La prevalencia de este tipo de cáncer sigue aumentando, sobre todo en mujeres, debido a su posterior incorporación al consumo de tabaco. Por sexos la incidencia en hombres fue de 63,5 casos por cada 100.000 hombres, lo que supone un total de 2.802 casos nuevos diagnosticados en el año, y en mujeres fue de 7,7 casos por cada 100.000, lo que supone 254 casos nuevos. EPOC La EPOC, sobre la que también se hablará en el 40 Congreso Neumosur, es, por su parte, el trastorno respiratorio que presenta "mayor prevalencia y mayor impacto social y económico". En Andalucía, se estima que la EPOC causa 2.500 fallecimientos anuales. Constituye la cuarta causa más frecuente de muerte tras el cáncer, la cardiopatía isquémica y las enfermedades cerebrovasculares. Pero puede considerarse "la primera causa de muerte evitable, ya que está asociada al tabaco". Además, de entre todas las enfermedades anteriormente citadas, sólo la EPOC sigue incrementando su mortalidad y se prevé que en el 2020 será la tercera causa de muerte. Se estima que la sufren más de dos millones de personas en España y 350.000 en Andalucía. Lo más "preocupante", según los expertos, es que su prevalencia va en aumento y la Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé que en el año 2030, el 7,8 por ciento de todas las muertes serán producidas por esta enfermedad. La EPOC es, además, una enfermedad "altamente consumidora de recursos", ya que está detrás de los porcentajes antes expuestos de consultas e ingresos hospitalarios. Se estima que el coste sanitario medio por paciente es de 1.752 euros al año —hace un total de 2.151 millones de euros al año—, de los cuales, más del 80 por ciento se deben a gastos hospitalarios y medicamentos. El coste asociado a la EPOC supone un 2,5 por ciento de los presupuestos de Sanidad, y un 0,2 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) español. Según indica, en el futuro se prevé un "aumento importante" de estas cifras, ya que aproximadamente un tercio de los españoles fuman y, de éstos, entre un 20 y un 25 por ciento desarrollarán esta enfermedad pulmonar. Además España es el país con mayor número de adolescentes fumadores y que se inician a una edad más temprana, y ocupa uno de los primeros puestos en cuanto a mujeres fumadoras. En Andalucía se mantienen porcentajes de consumo de tabaco altos —27,7 por ciento en la encuesta Nacional de Salud 2011—. A este hecho, añade el progresivo envejecimiento de la población, mayor en Andalucía que en el resto de España, como un factor aditivo en la previsión del incremento de la prevalencia, mortalidad y consumo de recursos secundarios a la EPOC. Por todo ello, el presidente del 40 Congreso Neumosur ha subrayado que "la EPOC debe ser considerada no sólo como un problema de salud pública de primer orden, sino también como un problema socio-sanitario relevante" y ha insistido en que todos los esfuerzos encaminados a reducir ingresos hospitalarios provocados por la EPOC tendrán "una repercusión económica positiva, además de impactar beneficiosamente en la calidad de vida de los pacientes".
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miércoles, 16 de abril de 2014

El penúltimo suspiro

Anoche el lavabo goteaba y no me dejaba dormir. Lo veo. Se ha convertido en un gran estanque blanco lleno de un agua azul que amenaza con rebasar el borde. Tengo miedo de ahogarme si se inunda el cuarto, pero alargo la mano y toco el rectángulo de cristal que tengo enfrente. Está frío. Es invierno. Me duele la cabeza. El estanque no es un estanque. Ni un lavabo. Es un trozo de cielo resplandeciente y lo miro a través del parabrisas. Parpadeo. Estoy confuso. A veces se emborrona la imagen, pero aún así me doy cuenta de que estoy conduciendo. Un coche que se bambolea. ¿Qué me pasa en la cabeza? ¡Ahum!
 
El techo del vehículo se vuelve blando, es como un huevo frito de color gris que se expande en la sartén. ¡Madre mía! No puedo controlar el volante. ¿Es un volante o un rastrillo? Ese árbol, los arbustos. Debo enderezar la trayectoria, tengo que cavar una fosa, sembrar achicoria, tengo que…
 
Me duele el costado. Pero si me lo toco suelto el volante. El volante, las ruedas. ¿Estoy llorando? Beber tanta cerveza no puede ser bueno. Tanto whisky.  La cabeza me da vueltas, la carretera es una noria. O una novia. O una nutria. Gira la ruleta y la bola soy yo. Color rojo, color negro. Carbón y sangre. Ron y ginebra anoche, cuando Mónica desapareció por la puerta de atrás. ¿Dónde está la puerta? ¿Qué es ese bulto azul? Es el bólido que ataca la bola en que me he convertido. Si chocamos caeré a ese terraplén.
¿Qué son esos bichos? Moscas. Mariposas. Libélulas. Bolas, bolas. Veo bolas de todos los colores en esta mesa de billar tan gris que no es más que asfalto y coches que se mueven. ¿Me he salvado? Pero si no tengo derecho a la vida. ¿Me has perdonado, Mónica?
 
Esta curva es infinita y se convierte en espiral. El arco de la curva y el arco con las flechas. Tiro con el arco y doy en la diana. ¡Premio! Hago eses. Voy a 180. Estoy como una cuba. Me gustaría desayunar un parachoques. Voy sin frenos. Me sudan las manos. No sé dónde las tengo, estoy confuso. Me duele la cabeza. Cuelgo de la pared como un cuadro, me sujetan de las orejas dos escarpias. Todo es borroso y gris. No sé si yo he esquivado al camión o ha sido él quien me ha esquivado. Me duelen los dedos (que parecen garfios) y siento arder la boca del estómago. Algo se desliza debajo de mí, el suelo resbala. Claro, voy conduciendo. Se ha hecho de noche. He perdido las fuerzas.
 
Siento que me desintegro.

lunes, 14 de abril de 2014

El ejercicio podría reducir las complicaciones de la EPOC

Interesante información para pacientes de EPOC y sus familiares.

Menos reinternacionesEl ejercicio podría reducir las complicaciones del EPOCLa actividad física regular podría reducir la necesidad de readmisiones al hospital por la enfermedad de los pulmones, según un estudio.

Medlineplus                   

Robert Preidt Traducido del inglés: jueves, 10 de abril, 2014 
MIÉRCOLES, 9 de abril de 2014 (HealthDay News)

 El ejercicio podría ayudar a reducir el riesgo de readmisión en el hospital en las personas con una enfermedad pulmonar progresiva llamada enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), halla un estudio reciente.

"Nuestros hallazgos sugieren que la actividad física regular podría amortiguar el estrés de la hospitalización", comentó el autor del estudio, Huong Nguyen, del Departamento de Investigación y Evaluación Kaiser Permanente del Sur de California.

"Los estudios futuros se enfocarán en determinar si podemos reducir las hospitalizaciones al mejorar la actividad física en los pacientes de EPOC", añadió Nguyen.

La EPOC se refiere a un conjunto de enfermedades, que incluyen el enfisema y la bronquitis crónica, que provocan un bloqueo de las vías respiratorias y problemas para respirar. Quince millones de estadounidenses reportan que tienen un diagnóstico de EPOC, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU.

Para este estudio, que aparece el 9 de abril en la revista Annals of the American Thoracic Society, los investigadores analizaron los expedientes médicos de más de 6,000 pacientes de California a partir de los 40 años. Todos fueron hospitalizados por EPOC entre 2011 y 2012. Los pacientes proveyeron información sobre sus niveles de actividad física.

En comparación con los pacientes inactivos, los que hacían al menos 150 minutos de ejercicio por semana (el equivalente a media hora cinco días de la semana) tenían un 34 por ciento menos de probabilidades de ser readmitidos en el hospital en un plazo de 30 días. Los que hacían menos de 150 minutos de ejercicio por semana seguían teniendo un riesgo un 33 por ciento más bajo, en comparación con los que no hacían nada de ejercicio, halló el estudio.

"Los resultados de este estudio son revolucionarios, porque las medidas de actividad física se derivaron de la atención clínica de rutina, en lugar de largas encuestas sobre la actividad física o dispositivos de actividad, como en las muestras de investigación más pequeñas", apuntó Nguyen en un comunicado de prensa del Kaiser.

"Las investigaciones anteriores solo analizaban la relación entre la inactividad física y una mayor tasa [de muerte] y hospitalizaciones, pero no las readmisiones en el plazo de 30 días de los pacientes de EPOC", añadió Nguyen.

El estudio incluyó a pacientes blancos, negros, hispanos, asiáticos y de las Islas del Pacífico.

Muchos sistemas de atención de salud buscan formas de reducir las readmisiones al hospital, apuntó Nguyen. "Este estudio es novedoso porque pudimos capturar información sobre la actividad física usual del paciente bastante antes de la hospitalización inicial, y provee evidencia que respalda el fomento de la actividad física en todo el continuo de atención de la EPOC", agregó Nguyen.

Aunque el estudio no estableció causalidad entre el ejercicio y unas probabilidades más bajas de readmisión, sí sugiere un vínculo entre ambas cosas.
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sábado, 12 de abril de 2014

Apuntes sobre el siglo XX (y II)

Probablemente nunca como en el siglo XX el hombre había consumado de tal manera sus sueños en pesadillas. Desde el lado de la vida estamos ya en condiciones de afrontar, al menos imaginativamente, las metamorfosis más extremas. Desde el lado de la muerte hemos experimentado límites insospechados, tanto en el refinamiento como en la cantidad.
Sobre todo en la cantidad: la muerte masiva, por excelencia. Tenemos noticias de miles de guerras a lo largo de la Historia. En una sola de ellas –la segunda guerra mundial– el siglo XX ha sumado más cadáveres que en todas ellas juntas. Hemos llevado a la práctica la movilización absoluta y la guerra total: los números destructivos se han acumulado hasta límites solo previstos por las mitologías aniquiladoras. La combinación entre totalitarismo y tecnología ha sido inauditamente letal.
Marc Chagall - La guerra (1964-66)
Auschwitz es la punta del iceberg de la muerte masiva. En sus imágenes –y en la difusión universal de estas imágenes– convergen los canales de la muerte planificada que empiezan en los genocidios étnicos y culminan con la destrucción sistemática de toda diferencia.
La Peste del siglo XX ha sido la imposición de una capacidad técnica nueva, gélida, indiferente para provocar una muerte masiva que, sin marcos trascendentes, ha aparecido sometida tan sólo a la Ley de los Grandes Números: muchos millones no son nada en el transcurrir mecánico del mundo.
Ráfagas sobre un siglo (4. LA MUERTE MASIVA) en Maldita perfección – Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (pag. 216) – Rafael Argullol – Acantilado, 2013

jueves, 10 de abril de 2014

Apuntes sobre el siglo XX (I)

La carrera por la construcción de los edificios más altos del mundo ha sido uno de los indicios más extraordinarios del siglo. Invirtiendo la admonición bíblica nosotros hemos querido desafiar al cielo, subiendo más arriba de los campanarios religiosos de antaño y oteando el horizonte con expectativas casi ilimitadas.

Todos los grandes protagonistas ideológicos del siglo han estado inmiscuidos en esta carrera. Misterioso, fantasmal y abominable es el duelo entre Stalin y Hitler por construir “el edificio más grande del mundo”, duelo nunca materializado por la guerra y derrumbe posteriores de los grandes totalitarismos. Pero como icono capitalista, Babel ha llegado a cotas imposibles de imaginar en el siglo XIX: del Empire State Building a las Twin Towers, mientras Nueva York conservó su triunfo sobre Moscú y Berlín. Al final, sin embargo, el desbordamiento global del capitalismo ha hecho acabar el siglo con los rascacielos también gemelos de Kuala Lumpur y el proyecto, ya ultrababélico, de la torre mundial de São Paulo.

Ráfagas sobre un siglo (1. GRANDEZA Y MISERIA DE BABEL) en Maldita perfección – Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza (pags. 213- 214) – Rafael Argullol – Acantilado, 2013

martes, 8 de abril de 2014

El tabaco paga impuestos y ahorra pensiones, es un negocio redondo

Más claro, agua.

salud

Advierten sobre subdiagnóstico de la enfermedad pulmonar crónica


La Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC), que es muy prevalente ya que afecta al 10% de la población mayor de 40 años, representa un gran problema social debido a que no se diagnostica, afirmó el neumonólogo catalán Alvar Agustí, uno de los expertos más prestigiosos en la especialidad.

"El gran problema a nivel social es que el EPOC no se diagnostica, por lo tanto, no se trata, debido a responsabilidades compartidas entre el enfermo y el sistema sanitario", afirmó Agustí en una rueda de prensa de la que participó Télam.

Agustí consideró que "las guías clínicas en el EPOC, como en otras enfermedades, han supuesto un cambio muy importante porque significaron un salto en la calidad de la asistencia y en la globalización de la calidad", para la buena atención tanto en los hospitales de los grandes centros urbanos como en los periféricos.

Hasta la aparición de las guías clínicas, hace relativamente poco tiempo, "se diagnosticaba la enfermedad, se valoraba su gravedad y se trataba, basados única y exclusivamente en un aspecto: la capacidad respiratoria medida con una espirometría", contó Agustí.

Pero "la EPOC es muy compleja, como todas las enfermedades humanas, y si bien el parámetro de la capacidad respiratoria es importante, no es el único, porque no todos los pacientes tienen la misma capacidad respiratoria de base, ni los mismos síntomas".

Entonces, las guías clínicas incluyen tres criterios: capacidad respiratoria, síntomas y número de episodios de agudización.

"Curiosamente, no todos los pacientes tienen episodios de agudización (del ahogo), y el impacto que tiene esa variación sobre la calidad de vida del enfermo y el costo económico para los recursos sanitarios es muy diferente", detalló el especialista, quien atiende al rey español, Juan Carlos. 

Agustí planteó que en el campo de la neumonología se presentan nuevas preguntas, como "la inflamación en la EPOC, que está en la propia definición, `enfermedad inflamatoria producida por la inhalación de gases y partículas, sobre todo tabaco`; sin embargo, no usamos ningún marcador inflamatorio para dirigir el tratamiento".

"Otro aspecto que a mí me parece muy importante es el cáncer de pulmón, que es el más frecuente y de peor pronóstico en el hombre y, pronto, en la mujer", enfatizó Agustí.

El médico planteó que "todo el mundo sabe que el factor de riesgo más importante del cáncer de pulmón es el tabaco, pero no todo el mundo sabe que no todos los fumadores desarrollan cáncer o EPOC, solo que, si se es fumador y se tiene EPOC, el riesgo de además desarrollar cáncer es muy alto".

"Pensamos en que deje de fumar y en darle corticoides, pero no tenemos incorporado en nuestro circuito el riesgo incrementado de cáncer, y la mayoría de enfermos de EPOC no se mueren de la EPOC, sino de enfermedades cardiovasculares y de cáncer", sentenció. 

Respecto del tabaquismo, el neumonólogo -que participó en Buenos Aires de una actualización con unos 200 profesionales en la Asociación Médica Argentina- opinó que "la gente fuma porque le produce placer, así que si empieza a toser, no va a la consulta porque sabe que el médico le va a decir que deje de fumar".  

"Primer error: no consulta; segundo error: dice `tengo tos y espectoración y eso es porque fumo`, lo cual es verdad; pero se olvida de la segunda parte de la frase: tener esos síntomas no es normal, es indicio de que el pulmón protesta", observó. 

Según Agustí, "el sistema sanitario debería explicarle a la sociedad estas cosas, tanto a los pacientes como a los médicos, porque esta es una enfermedad que afecta al 10% de la población mayor de 40 años y que de acuerdo al tratamiento actual, permite hacer una vida casi normal, y ahorra dinero al sistema sanitario".

Agustí descree de la eficacia de las campañas de restricción del tabaco, porque dice que "en el mundo la prevalencia del tabaco ha ido disminuyendo entre la población adulta, pero lo que es preocupante es que entre los adolescentes está subiendo".

"Yo estoy de acuerdo con la prevención, (pero) en España el máximo accionista tabacalero es el Estado y, si uno lo piensa, el tabaco es el mejor negocio de un estado, porque durante la vida laboral del trabajador que fuma, entre los 15 y los 65 años, cada vez que compra un paquete, paga un impuesto”.

"Después se jubila, tiene un cáncer y se muere, con lo cual el Estado se ahorra la pensión: es un negocio redondo, durante 50 años cobra y cuando deja de pagar, se muere gracias a lo que ha fumado", concluyó en medio de risas, pero muy en serio.

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domingo, 6 de abril de 2014

Ida -2013 (Sister of Mercy)

Dice Alex Grijelmo en el primer capítulo de su magnífico ensayo La información del silencio:


“…el silencio tiende siempre a llenarse. A llenarse de significado. Y por eso, el silencio informa, el silencio es información.”
Y al informar, el silencio comunica, es más, según dice el autor expresamente, y cualquier espectador puede comprobar, el silencio acusa. Ida es cine del bueno, pero es ante todo una conmovedora acusación. Bellísima no obstante. Rebosando sinceridad, intensa en su desnudez, repleta de intención, sin melodramas ni moraleja, mostrando solamente. La mayor parte de las veces mostrando lo que omite.


"Es probable que toda época de censura haya provocado acciones de autocensura, y, dentro de ellas, resquicios para escapar por el procedimiento de decir sin decir. De esa forma, las técnicas de emitir mensajes mediante el silencio quizás tengan un entronque claro con la ausencia de las libertades de  expresión y de información.” Pag. 41


Y eso puede hacerse porque el lector es siempre, en cierto modo, autor necesario que coopera con el creador reconstruyendo el mensaje en su cerebro. Existen interpretaciones personales, claro está, pero las lagunas de este relato visual resultan tan obvias que cualquiera es capaz de interpretarlas.
Los silencios son de muchas clases. El blanco y negro calla al no exhibir colores innecesarios, silencios entre personajes (tía y sobrina, las alumnas del convento), elipsis narrativas, economía informativa, sobriedad de escenografía y vestuario contrastando con la intensidad de las escasísimas pistas que se aportan. Y el silencio definitivo, ese final abierto que sin embargo no deja lugar a dudas ni soporta ninguna ambigüedad.

Todos ellos se llenan, en primer lugar, con preguntas, luego con sus correspondientes respuestas. Rápidas, incuestionables, completas, aunque sin los detalles irrelevantes que no servirían más que para banalizar el horror.

¿Dónde está ese lugar árido y nevado? ¿Por qué es tan pobre y triste su aspecto? ¿De dónde viene la miseria de la gente, sus ojos de desamparo, el silencio de lo consabido, de lo que no hace falta decirse? ¿Quién es esa novicia resignada, austera, con esa resolución de retirarse del mundo, la madurez del que ya no espera nada, a pesar de su juventud? ¿A quién busca? ¿Qué encuentra? ¿Qué arrastró a su valerosa tía materna a esa vida anegada en alcohol? ¿Qué pasó cuando Ida era una niña? ¿Quiénes son los actuales moradores de su casa? ¿Por qué, siendo judía, ha vivido siempre en un convento? Si no ha tenido hermanos, ¿quién es el niño que aparece en las fotos? Y, sobre todo, ¿qué ha sido de sus padres?
Un silencio que nos habla de injusticia, de vidas destrozadas, de intensa amargura que lo envuelve todo, el silencio más elocuente que nadie pueda concebir. Contemplando estas imágenes, entrando en los cuerpos de los personajes, en sus vidas, en sus dramas y sus almas, percibimos la enorme dimensión de esa palabrería innecesaria que salpica la actualidad. La cotidiana y la noticiosa, la escrita y la audiovisual, la digital y la analógica.
Pocas palabras, algunos gestos, hermetismo expresivo, ojos elocuentes. Pequeñas frases cazadas al vuelo que ilustran una escena o completan un dato, a veces una palabra nada más. Lo suficiente para que el espectador llegue a entender, para captar su atención y convertirle en cómplice de forma mucho más efectiva que la verborrea de todos los discursos que se han elaborado hasta ahora con el propósito de explicar lo inexplicable.

Y en todo este sereno devenir, como la tranquila corriente de un río, dos grandes vueltas de tuerca, dos cascadas consecutivas, cercanas entre sí. Una de ellas corregida casi al comienzo, irreversible la otra.

Ya me callo. Lo que de verdad importa es que no pueden perdérsela. Estas breves notas apenas se aproximan a lo que verán, pues, como dice  Steiner (citado por Grijelmo):
“¿cómo puede el habla transmitir con justicia la forma y la vitalidad del silencio?” (Lenguaje y silencio, 1982)

·         Año: 2013

·         Duración: 80 min.

·         País: Polonia

·         Director: Pawel Pawlikowski

·         Guión: Pawel Pawlikowski, Rebecca Lenkiewicz

Música: Kristian Selin Eidnes Andersen

Fotografía: Lukasz Zal, Ryszard Lenczewski (B&W)

Reparto: Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Joanna Kulig, Dawid Ogrodnik, Jerzy Trela, Adam Szyszkowski, Artur Janusiak, Halina Skoczynska, Mariusz Jakus


·         Género: Drama 

viernes, 4 de abril de 2014

El internado

La acera, engullida ya por la noche, se ensanchaba según avanzábamos pero ni Manina ni yo podíamos verla, lo que marcaba su límite era la alineación de las viejas farolas de hierro. A su luz, anaranjada y mortecina, caminábamos a trompicones, atascándonos de pronto en los desperfectos de las baldosas. Por encima de esas pantallas cuadrangulares alumbradas apenas, una neblina grisácea era la única apariencia que la noche permitía dar a las acacias. Ni siquiera habían dado las nueve, pero esa era la hora marcada como límite por las monjas para admitir a las internas y debíamos apresurarnos si no queríamos recibir un rapapolvo. O eso imaginábamos, pues era la primera vez que íbamos tarde, no recuerdo ya por qué razón. 
Nos paramos delante de la verja. El portón era sólido y macizo, tan férreo y sin fisuras como la disciplina a que nos sometían allá dentro. Su marco superior se hallaba rematado por volutas y una roseta central con el escudo de los marqueses de Garmendia. Recordaba el primer día porque se me concedió el dudoso privilegio de contemplar, a pleno sol, el campo de espigas, las cadenas y, lo más impresionante de todo, un león con las abiertas fauces dispuestas para engullirme.

De la jamba derecha colgaba una fina cadena. Pronto aprendías que había que tirar de ella varias veces hasta conseguir que te oyese la portera, esa figura enjuta y enlutada, con moño negro y nariz aguileña, muy parecida a las amas de llaves del Hollywood de los años cuarenta a la que, dábamos por descontado, se había reclutado siendo muy joven, casi una niña, quizá desde que se fundó el colegio, más de siglo y medio atrás, y que desde entonces jamás se había movido del tabuco.
Una vez más, como cada domingo, dejé la mente en blanco mirando sin ver los gruesos muros de ladrillo carcomido por el tiempo, la erosión de sus junturas que envolvía el edificio entero en un polvillo grisáceo. Un chirrido prolongado, muy similar a los efectos sonoros de las películas de miedo, nos indicó que la mole cedía con su lentitud exasperante, como la compuerta de un buque, o las fauces de una bestia relamiéndose ante la expectativa de triturarme lentamente.
Caminamos por el sendero de gravilla hasta salvar los metros que nos separaban de la escalinata central. A ambos lados, parcelas ocupadas por arbustos convertidos en amenazantes masas negras a la incierta luz procedente del vestíbulo que en los días primaverales exhibían su brillo, el colorido de sus flores, su verdor y exuberancia.
Mientras subíamos, entre sombras que proyectaban otras sombras, sentía el temblor de mis piernas un domingo más, y llevábamos ya cuatro meses haciendo el mismo recorrido una semana tras otra. En mi particular percepción del tiempo había transcurrido un siglo, lo que hacía poco probable que fuera a acostumbrarme nunca. En cuanto llegamos arriba, y antes de traspasar el umbral, me apoyé, como siempre, en la balaustrada contemplando el portón, cerrado a nuestra espalda otra vez, y añoré la calle que tardaría en ver una semana eterna.
Las hojas que conformaban la puerta principal de la vieja mansión de los Garmendia eran dos vidrieras, enmarcadas en caoba reluciente, cuyo abigarrado colorido representaba ramajes de formas caprichosas y pájaros exóticos. Empujamos el rectángulo inferior y nos encontramos en el enorme hall, frente a una nueva escalinata –esta de mármol y mucho más hostil porque tenía que subirla sola– saludando al recinto acristalado, que se levantaba en el margen derecho, desde el que la mujer de negro nos daba la bienvenida, e impresionadas, una vez más, por la visión de esa catedral en miniatura, o capilla magnífica y con pretensiones neogóticas, recubierta de ladrillos blanqueados que exhibía sus arcos, volutas, relieves y rosetones con descarada volubilidad.
Un domingo más, tras el último beso, resbalando en el pulimento de los escalones, sin volverme pero de todas formas viendo claramente a Manina con los pies clavados en la tarima reluciente –y un desgarrón en el alma parecido al mío– que me miraba subir ese tramo último, el del desamparo. Porque lo peor de todo era sentir en la nuca el frío tacto de los ojos enlutados que me obligaba a tragarme las lágrimas.

miércoles, 2 de abril de 2014

Don Rufo bufa: La transformación de la economía, renta básica, proacción y Bertrand Russell

Hay quienes abogan por la ignorancia en alguna materia concreta como medio para renovarla. No se trataría de poner a trabajar a alguien en cuestiones de las que no conoce nada en absoluto, obviamente, sino de introducirle en un equipo compuesto por conocedores que empiezan a caer en la rutina y suministrarle rudimentos de información sobre las cuestiones en que se está trabajando. Se supone que esa nueva mirada dará lugar a un enfoque nuevo, ausente de prejuicios, que renovará fecundamente algunos aspectos del trabajo y solucionará problemas hasta entonces aparentemente insolubles. Es decir, para sacar del atolladero a quienes están inmersos en él nada como incorporar a un neófito convenientemente informado de las reglas más básicas y confiar en su capacidad de innovación.
Cada vez que se habla de la inevitable realidad del desempleo en la sociedad española actual, recuerdo a Bertrand Russell, uno de los pensadores más lúcidos del siglo pasado. En concreto, recuerdo un texto suyo, Elogio de la Ociosidad, Ed. Edasa, Barcelona, 1986. Hace tiempo hablé de ese texto aquí. En él, el filósofo abogaba por unas jornadas muy cortas con un sueldo digno como medio para combatir el desempleo, sin olvidar las más elementales premisas de la justicia social. Recuerdo también un tema de oposición que tuve que estudiar hace ya muchos años, a principios de los 80. Entonces los españoles estábamos a punto de quedar atrapados en un atolladero parecido al de ahora, el desempleo generalizado acechaba a la vuelta de la esquina y, sin embargo reinaba el mayor de los optimismos, lo que podríamos denominar un ambiente de euforia. Sí también entonces.
Esa debe ser la explicación, pues de otra forma carecería de sentido que se intentase preparar a los futuros docentes para una inminente época de ocio en la que la creciente mecanización produciría desocupados por doquier. Pero desocupados prósperos, pues el ingenuo redactor de aquella ilusa lección para opositores debía deducir que, si se reducía la necesidad de mano de obra, se abreviarían las jornadas laborales, que la longitud de estas sería proporcional al tiempo requerido pero, lógicamente, sin disminuir los salarios. En aquella lección de cuento de hadas se abogaba por la proacción, una postura consistente en adelantarse a las futuras condiciones de vida con el objetivo de preparar a los que serían nuestros alumnos para vivir en una sociedad diferente. La que vislumbraba ese ingenuo redactor era, como digo, la sociedad del ocio. Se preveía que nuestros chicos iban a tener que desenvolverse en una sociedad mecanizada y próspera en la que se trabajaría muy pocas horas y, en consecuencia, quedaría gran espacio para la diversión. Luego, en unos meses, de un día para otro, nos encontramos en una situación de paro generalizado y, ni que decir tiene, esos temarios desaparecieron poco después, siendo sustituidos por otros, más realistas, en los que no quedó ni rastro de aquellos lindos cantos de sirena. ¿Queda alguien que recuerde aquello?
¿Qué había ocurrido? Pues que lo que falló fue el pronóstico. La situación estaba perfectamente diagnosticada en esas lecciones para maestros, no así la respuesta de los agentes sociales con poder sobre las estructuras. No se podía consentir que todo el mundo aprovechase esa mejora coyuntural, el nivelador funcionó colocando el rasero donde tuvo a bien y, para que solo pudiesen beneficiarse unos pocos, hizo su aparición el desempleo masivo. Es decir, ocurrió algo parecido a lo de hoy y por idénticos motivos. Quizá hoy día seamos más conscientes pero ¡qué más da! Total para lo que nos sirve.  
Vuelvo a Russell que con su mente privilegiada pudo ejercer el papel de novato sin serlo. Encontró soluciones innovadoras para un mundo que, también entonces, mediado el siglo XX, se estaba renovando. ¿Cómo repartir la riqueza? ¿Cuál sería la fórmula para dar ocupación a los parados? Contesto con otra pregunta. ¿Por qué damos por hecho que la jornada de trabajo ideal es de ocho horas? Esa costumbre está desfasada desde que las máquinas han sustituido a las personas. No hay más que cortar las jornadas por la mitad para poder emplear al doble de gente. Naturalmente, no estoy hablando de contratos basura sino de la posibilidad de que la jornada completa de un trabajador sea, en el actual estado de cosas, de cuatro horas solamente.
¿Qué las ganancias serían mucho menores? Claro. Estoy hablando de combatir el desempleo, no he dicho nada de mantener los bolsillos empresariales tan llenos como hasta ahora. Si no luchamos contra la especulación: la inmobiliaria, la bursátil, la laboral ¿cómo pretendemos que la gente sea capaz de salir adelante?
Se nos quiere hacer creer que cada ciudadano con problemas para llegar a fin de mes es el culpable de su situación. De la manera más sutil y sibilina se nos bombardea con ese mensaje desde los medios de comunicación y las atalayas de los políticos. Se anima, cada vez más, a tener ideas, a ser emprendedores, a embarcarse en innovadoras proezas. Pero, ni todos los ciudadanos son unos genios ni habría mercado para todos en el caso de que fuera así. El mundo, tal como lo concibe este capitalismo salvaje, está construido como un balancín: para que unos cuantos ganen cantidades enormes, otros tienen que pasar hambre. No hay otra solución.
En realidad, la hay. Romper los esquemas y reconstruirlos de nuevo, impedir los intolerables abusos (legales o no) y permitir que haya espacio para todos. Si esa utopía de Russell se pusiera en marcha, habría menos multimillonarios, es cierto, pero la sociedad del ocio que parecía un hecho cuando estudié aquella oposición se empezaría a atisbar en el horizonte, nuestros hijos tendrían un futuro, nadie tendría que emigrar, solo saldrían de sus países respectivos los más aventureros, las mentes inquietas, por puro amor al arte, o a la cultura, o por el mero placer de viajar.
¿Qué si me he dado un golpe en la cabeza? Pues no, nací así. Idealista. Pero otras voces reclaman soluciones inéditas, medidas redistributivas, maneras de nivelar desigualdades. Quizá no sea tan descabellado, quizá se pueda. Hay quien habla de una nueva fase en nuestra civilización. No lo creo, porque para ello tendríamos que arrimar todos el hombro y la mayor parte de los que realmente pueden modificar este estado de cosas no parecen estar por la labor.