domingo, 16 de abril de 2017

La Baronesa (XIII)

¿Se puede amar a un niño antes de conocerlo por el mero hecho de ser su madre? ¿Se le puede amar, incluso, cuando te consta que no lo conocerás nunca?
José Domínguez Álvarez - Sin título
Nunca sabré si esto es amor. Una insatisfacción constante, seguro que sí. Herida que no cicatriza, ansia insaciable de comerse el mundo, palmo tras palmo, o de desmenuzarlo entre las uñas hasta encontrar lo que se anhela. Que no es poco: dos muchachos y una jovencita que llevan mis genes y los de un blanco sinvergüenza.
Nos casamos un día cualquiera a las seis de la mañana en una ermita perdida en la campiña. Bruno lo arregló todo y luego se desentendió. Con mi porvenir en manos de aquel mocoso, de pronto me sentí huérfana y ese desamparo no era un buen combustible para encender la llama. Todo iba de mal en peor: ahora que se le habían cedido los derechos sobre mí, sustituyó los celos malsanos por un desprecio total a mi persona. Se creía todopoderoso, sensación que iba en aumento cuanto más se incrementaba su dominio. Con el dinero que obtuvo para comprar una casa, pequeña pero bien situada, alquiló un cochambroso apartamento en un barrio de mala muerte y el resto se lo gastó en juergas. Al principio las celebraba allí mismo, pero hasta sus visitas consideraban desastroso el cuartucho que hacía de salón y, sobre todo, les molestaba mi presencia. No es que él se olvidase de mantenerme a buen recaudo detrás del cerrojo más firme, pero no podía impedir que me pusiese a llorar a gritos. 
José Domínguez Álvarez - Casaria e figuras de um sonho

Se las había arreglado para vivir como un señor sin tener que dar palo al agua. A base de trampas, claro. Prometiendo jugosos sobornos, repartió entre los encargados de los establecimientos las tareas de vigilancia, gerencia y administración que le había adjudicado su padre en atención a sus responsabilidades recientes. Me consta que los seis, aparte de su sueldo oficial, esperaban sacar un buen pico por encargarse de todo manteniendo en secreto que Tristán no pisaba la tienda. Por algo era yo la que tenía que revisar los libros de contabilidad, las entradas y salidas de género, los honorarios del personal, los seguros sociales y todo lo habido y por haber. De esta forma, Tristán –sin ningún esfuerzo– fue mi segunda escuela (o mi segunda experiencia autodidacta), siguiendo, a su manera, el modelo paterno. La principal diferencia entre las dos no estribaba en los contenidos –humanísticos primero, comerciales después– sino en la angustia que ahora me atenazaba ante la posibilidad de cometer un error. Y comprobar que estuviese todo bien cuadrado no era lo más importante: una vez al mes, había que escurrir (era su expresión favorita) una cifra con muchos ceros que acabarían cayendo en sus mangas.
También hay que contar con que no siempre tenía tiempo para sumergirme entre papeles; solo podía trabajar a gusto si mi marido se iba a jugar a la taberna, cuando volvía –borracho y habiéndolo perdido todo– se despatarraba molido en el catre y había que atenderlo. Atenderlo y recibir las consecuencias de su furia. Me pregunto si fue Bruno el que siempre se negó a volver a verme o era cosa de Tristán con el fin de ocultar mis moretones.

(Continuará)

miércoles, 12 de abril de 2017

Don Rufo bufa: A vueltas con el respeto a los creyentes

Artículos de opinión heterodoxaTodo eso del respeto a los creyentes me suena a música ratonera -una expresión que no uso desde mi infancia, por cierto-. Empecemos por definir términos, ¿quiénes son, en realidad, los conocidos como creyentes? Así, en general, el término podría referirse a todos, porque todo el mundo cree algo: que sus hijos son encantadores, que nunca le tocará la lotería, que ha subido el precio del pan... Aquí, sin embargo, el ámbito significativo se ha restringido hasta abarcar únicamente a aquellos que tienen una religión o siguen algún tipo de doctrina de carácter sobrenatural o místico. Es decir, son creyentes quienes están convencidos de algo que, en principio, la ciencia no ha confirmado o rechaza. ¿Hay motivo para respetar a personas cuyas creencias no están demostradas sino más bien todo lo contrario? Efectivamente, hay motivo para respetar a esas personas, precisamente porque son personas, al margen de las creencias que tengan. Esto es lo que se especifica en la Declaración de Derechos Humanos, en la Constitución Española y en cualquier otro manual legislativo que tenga en cuenta la dignidad del ser humano, de todos, sin tener en cuenta su raza, sexo, religión etc.
¿He dicho que hay que respetar a las personas? Pues voy a repetirlo por si acaso no ha quedado claro: todas las personas merecen un respeto. Todas. Al margen de sus creencias. En consecuencia, si estas personas no creen en ninguna religión, si son ateos, agnósticos o mediopensionistas, incluso si creen que Bambi les visita mientras duermen, hay que respetarlas igual. Porque, insisto una vez más, son personas. Y sus pensamientos, así como su adscripción a un grupo determinado, no las convierte en menos dignas. Los ateos en concreto sostienen la hipótesis más avalada por la ciencia actual, no creo que eso sea motivo para menospreciarlos. Ni a ellos ni a sus creencias que, en este caso como decimos, más que creencias son hipótesis contrastadas con la realidad y confirmadas.
Llegados a este punto, vamos a distinguir entre creencias y creyentes. Los señores creyentes son seres humanos y, por tanto, respetables. La sagrada orden de la hamburguesa a mí, permítanme, me da mucha risa. Respeto infinito a quienes creen en lo que sea, en papa Noel, en las hadas de los cuentos, en que Maradona es de naturaleza divina, pero tendrán que disculparme si las historias que me cuentan me hacen gracia. Quienes las inventaron debían tener mucho sentido del humor y yo soy un ser humano con capacidad de asimilar la vena cómica de las historias y con todo el derecho a reírme de lo que me hace gracia. He dicho “de lo que me hace gracia”, con el pronombre en género neutro, es decir, “de las cosas que me hacen gracia”, nunca de las personas.
penitentes en procesión
Pero resulta que, igual que no tengo derecho a reírme “de los que no piensan como yo”, tampoco tengo derecho a denunciarlos, ni a faltarles al respeto, ni a divulgar sus comentarios si estos defienden sus creencias (ateas) y son, por tanto, legítimos. Mucho menos a condenarlos o encarcelarlos. Los señores ateos tienen el mismo derecho a que se respeten sus creencias que los señores creyentes. Y mofarse de una creencia ataca solo a la creencia, pero calumniar, divulgar contenido privado, procesar, imputar, condenar ataca directamente a la persona de carne y hueso. A esa que, según toda la legislación occidental aprobada en las convenciones internacionales tenemos el deber de respetar. El derecho a que se nos respete como personas es inviolable, aunque no creamos en seres fantasmales, aunque nos chanceemos de esos seres –no de quienes creen en ellos, que eso es cosa distinta–. Es cierto que las creencias de los no creyentes son mucho menos divertidas, pero da la casualidad de que la ciencia les da la razón y eso molesta infinito. Sin embargo, y por mucho que moleste, hay que recordar que también los ateos son personas.
Una cosa está clara. Los legisladores establecieron mecanismos de respeto a los creyentes porque, se suponía, estaban discriminados en relación con el resto. No invirtamos ahora las tornas y pensemos que los que no tienen una creencia de carácter sobrenatural merecen menos respeto. Hay que respetar a todos, creyentes y no creyentes, paisanos y foráneos, bebés y adultos, mujeres y hombres. A ver si empezamos a poner las cosas en su sitio y no hacemos demagogia descarada para arrimar el ascua a la sardina que más nos convenga en cada momento.
Mucho cuidado con no respetar a las personas. Si yo me mofase de una creencia, por mucho que moleste a sus catecúmenos, estos siempre quedan incólumes, mi burla no les perjudica en absoluto y, si tienen la piel especialmente fina, peor para ellos. En cambio, imputar, detener, juzgar, condenar o, simplemente, impedir la libre expresión de quienes piensan distinto es una persecución en toda regla. Se les expone en la prensa, se les difama, se pone en tela de juicio su honor, se ataca su dignidad, se les obliga a temer por su libertad, incluso se les puede privar de ella. Esto sí es un ataque, eso es no respetar a todos los creyentes. A los que creen que dios no existe, a los que creen que un dictador actuó de tal forma y tal otra, en una palabra, a los que no piensan lo mismo que los cerebros dominantes. Atacar la libertad de expresión significa atacar a la gente. Expresarse libremente es sinónimo de atacar puras ideas, y son esas las que se pueden atacar, incluso deben atacarse, para que circule el aire puro, se renueve la ideología y entre el oxígeno a raudales. Que últimamente huele ya mucho a rancio.

lunes, 10 de abril de 2017

Paterson (2016)

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Ni perfección técnica ni efectos especiales ni apabullantes presupuestos. Al cine actual le pedimos algo muy sencillo: que respire verdad, no queremos otra cosa de él. Algo tan novedoso y revolucionario como eso, nada de cortas-y-pegas de la historia del cine, de repetir fórmulas exitosas, de calcular minuciosamente el porcentaje de cada elemento en juego, de eludir aquello que –se prevé- disminuirá el número de espectadores, apartarse de lo considerado minoritario, aplicar criterios rigurosamente comerciales, de…
La vida suministra historias extremadamente sencillas a las que solo hace falta poner al menos un poco de alma, mimarlas y quererlas. Con esos mimbres, el buen hacer del auténtico cineasta aportará lo que sea necesario.
Un matrimonio joven. Él trabaja, ella no. Se quieren. Ambos, sin saberlo, poseen un alma sensible. Son felices a su modo. Mejor dicho, son felices en unas condiciones que la mentalidad de hoy día consideraría fuente de todas las desdichas. No poseen más que lo imprescindible, el medio que les acoge es esencialmente feo: una ciudad anodina, una vivienda pequeña y no demasiado confortable. Para ganarse el pan es preciso madrugar, llevar a cabo un trabajo tan rutinario y poco agradecido como es el de conductor de autobús. Día tras día, el protagonista contempla las mismas calles, idéntico panorama, hasta las caras de los pasajeros se repiten. La melancolía se adueña de los días. Parece que nos hallamos ante una historia triste. Pero ellos son felices porque nada les impide soñar.
Cada uno a su modo, uno en su simplicidad teñida de lírica, la otra con su manía decorativa monotemática y sus anhelos de grandeza se elevan sobre su vida cotidiana. El mundo nunca es como es, todo depende del color del cristal: se puede ser profundamente infeliz teniéndolo todo y viceversa.
Resultado de imagen de paterson peliculaPorque Paterson –sí, se llama igual que la ciudad donde vive; es plano y sin relieve hasta su nombre– Paterson, decía, posee algo único e irrepetible: una libreta. No una cualquiera sino la suya, esa en la que anota los poemas que se le van ocurriendo, un verdadero tesoro. También tiene otra cosa, admiración incondicional por un poeta que habitó en su misma ciudad: William Carlos Williams. Vivir con eso dentro de uno es algo maravilloso que no está al alcance de cualquiera, y solo quien lo experimenta lo sabe.
Habrá quien piense que al personaje le sobra algo, los molestos viajeros de cada día. Pero hasta eso depende del enfoque de cada cual: él los ve como un entretenimiento, fuente de amenos diálogos, eternos proveedores de historias.
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La pareja convive con un perro, tan encantador como feo, tan peculiar como antipático, que tiene a su cargo el único giro argumental de importancia.
Un casting acertado, unas interpretaciones más que convincentes y una fotografía estilizada, que acentúa la impresión de simplicidad, completan el efecto.
Jarmusch consigue algo casi insólito: que a base de minimalismo, con solo un puñado de elementos, el espectador ni siquiera pestañee. Precisamente por eso, puede que sea una película para ver, por lo menos, dos veces. No porque nos hayamos perdido nada, al contrario, debido a una desnudez de recursos que, al pillarnos desprevenidos, nos impedirá asimilarla por completo hasta que ya es demasiado tarde.


·         Director: Jim Jarmusch
·         Reparto: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Sterling Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega, Trevor Parham, Masatoshi Nagase, Owen Asztalos, Jaden Michael, Chasten Harmon, Brian McCarthy, Jared Gilman, Kara Hayward
·         Guion: Jim Jarmusch
·         Fotografía: Frederick Elmes
·         Año: 2016
·         País: Estados Unidos
·         Duración: 113 minutos
·         Género: Drama

jueves, 6 de abril de 2017

La escapada (y VI) [Relato fantástico]

Hasta un mes más tarde no recibí su informe.

Señor don Carlos Vallejo. Acompaño a la presente los documentos de rigor para demostrar la veracidad de mis investigaciones referidas a don Ildefonso Perales, Alejandra Frutos y Adelaida (a secas).
El primero tuvo fácil seguimiento. Don Ildefonso sufrió una embolia la noche anterior a su visita, fue ingresado en la Unidad de Neurología del Hospital Provincial donde pasó algo más de una semana. Actualmente, se está recuperando de las secuelas, aprende a caminar de nuevo y se comunica aceptablemente. Esa ha sido su perdición, pues su relato de lo sucedido en el último año era tan fantasioso y tenía tan poco fundamento, que se le hubo de diagnosticar esquizofrenia aguda. A resultas de esto y desde hace un par de semanas, se recupera en la Unidad de Psiquiatría del citado Hospital Provincial.
La segunda investigada se esforzó lo que pudo en borrar pistas, pero finalmente hemos podido dar con su rastro. Alejandra Frutos, cuarenta y tres años. Ex drogadicta, ex prostituta, ex presidiaria. Actualmente, parece haber dado un vuelco a su vida, dispone de una vivienda con piscina y amplia zona ajardinada en un parque residencial de primer nivel a las afueras de una ciudad costera cuyos datos incluyo en los documentos pertinentes. Posee acciones de un afamado prostíbulo con clientela internacional de alto nivel, pero sus costumbres son pacíficas y ordenadas, siendo muy respetada por sus convecinos, todos con un poder adquisitivo comparable al suyo.
Última entrega del relato La escapada
Ernst Ludwig Kirchner - Cinco mujeres en la calle - (1913)
No nos ha sido posible dar con la tal Adelaida. Rogamos que nos facilite algún dato más, al menos un apellido. Las personas interrogadas a petición suya, a saber, un carnicero de barrio y tres dependientas que comparten piso en una calle cercana, afirman no conocerla. No obstante, tenemos información de tres mujeres llamadas Adelaida que tomaron un vuelo internacional el 27 de marzo por la tarde. 1) Adelaida Marklund. 22 años. Soltera. Estudiante en la escuela actoral de Estocolmo, padres fallecidos en accidente de automóvil. Sin hermanos. Actualmente, en paradero desconocido. 2) Adelaida Camila Espejo, de familia nómada, nacida en caravana, inscrita en el registro civil de Toledo, abandonada en el hospicio poco después y adoptada a los diez meses por una familia riojana. 26 años. Soltera. Actualmente, trabaja en Logroño como profesora de ciencias naturales. 3) María Adelaida Rodriguez, nacida en Barcelona. 47 años. Casada. Tres hijos. Profesión: ama de casa. Actualmente en trámites de divorcio, se ha trasladado a Tanger, donde vive una hermana suya y ha dejado a los niños al cuidado del padre y abuelos.

Tengo que olvidarme de este episodio maldito que me ha llenado de obsesiones la cabeza y ha trastornado a Ildefonso, debo aceptar que ni recuperaré el dinero perdido ni encontraré nunca a la culpable. La vida solo merece la pena si sabemos disfrutarla cuando todavía estamos a tiempo.
Ayer visité a Ildefonso en la clínica privada que he empezado a sufragarle para que le atiendan los mejores profesionales y pueda vivir a todo confort hasta que esté en condiciones de ser dado de alta. El pobre no levanta cabeza. Al entrar yo en su cuarto, abrió unos ojos incapaces de reconocer a nadie y se levantó con esfuerzo de la silla. Conseguí que me acompañase a visitar los jardines, nada más que por cortesía, lo único que, quizá, conserva intacto, pues, ni le acompañaban las fuerzas ni tenía idea de quien estaba con él.

Esta mañana he encontrado unos informes en el despacho de Ildefonso. Iban acompañados de un mapa panorámico, otro mucho más detallado y el plano de una ciudad. Tanto los gráficos como los textos, coinciden, punto por punto, con las confesiones de Adelaida. ¿Será tan insensato como parece contratar a un equipo de científicos para que busquen un lugar llamado Astro?

martes, 4 de abril de 2017

La escapada (V) [Relato fantástico]

La pensión de la austríaca era un tugurio de mala muerte regentado por una sevillana que había vivido diez años en Viena. De ahí el apodo. Y la fortuna. Según las malas lenguas, había ganado millones conspirando en plan matahari  de poca monta y se lo había gastado todo en chulos. Solté un billete a la susodicha antes de que me pusiese mala cara y en un santiamén estaba ante la puerta de Alejandra. O Adelaida. O Aleluya, como se hizo llamar en esta ocasión. En cualquier caso, una pájara de mucho cuidado, que había dejado al pobre Ildefonso, siempre tan cumplidor y animoso, como una auténtica piltrafa.
Convencer a esta me llevó mucho más rato que a la otra. Soltaba quejidos lánguidos, suspiraba, pero no conseguía que dijese una sola palabra y mucho menos que abriese la puerta. Hasta que me acordé de la llave mágica.
-Alejandra, ¿qué hago? ¿le dejo el sobre con el dinero a la patrona?
Un argumento que ablanda a las piedras tenía que surtir efecto.
-¿Qué sobre? – Solo era un hilo de voz, pero, después de todo, eran palabras. Una novedad.
-El que me ha dado para usted la empresa Vallejo y Hermanos, se trata de una gratificación a la que ha renunciado…
La puerta se abrió de golpe.
-… en su beneficio Ildefonso Perales.
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Egon Schiele - Mujer sentada con la rodilla doblada (1917)
Una mujer rubia, con el pelo revuelto, los ojos vidriosos, algo gruesa, no demasiado joven se dejó caer en la butaca amarilla. Sudaba, como si estuviésemos en plena canícula, por todos los poros de su cuerpo. La habitación era sencilla pero alegre, aseada y estaba amueblada con gusto. En un rincón, junto al armario, había un barullo de ropa sucia, Ella siguió mi mirada pero no se movió de su sitio.
-Siéntese. – Me señalaba un canapé, a listas moradas y blancas que, supuse, se abriría para hacer las veces de cama cuando fuese necesario.
-No hace falta. Puedo estar de pie. Aquí tiene su dinero, pero antes quiero rogarle que deje en paz a Ildefonso. Si me promete…
Me interrumpió silbando como una serpiente.
-Mentiras, todo mentiras. Es la desgracia que nos invade. Cruces para aguantar sobre el hombro derecho, y el izquierdo libre. Pero ¿es que los hombres no tienen hombros? Sí, también tienen dos. Ahora que lo pienso, hombros son los hombres y hombres son los hombros. Modifica tu camino, escucha a la aurora, que sople la brisa sobre la cama del tuerto.
Quedé tan conmocionado que no era capaz de interrumpirla. Hasta que reaccioné.
-Piense usted lo que quiera. He preparado doscientos billetes, que le abonaré con la condición de que se vaya de aquí ahora mismo. Y si Ildefonso vuelve a encontrar su pista, deshágase de él. ¿Me ha entendido o no?
-Se funden mis lágrimas en lo más profundo del secreto, pero el monte se eleva sin permiso y todo puede cambiar para peor.
-En fin. Ya ve que lo he intentado. Lástima de dinero que ahora no va a ser para nadie.
Vi la chispa de la codicia en sus ojos, alargó la mano pero ni siquiera se dignó levantarse. Arranqué un cheque del talonario, lo rellené y me acerqué con él a la butaca.
-Le voy a dar más todavía. Seiscientos, si le parece. Mañana ya puede cobrarlo, pero antes tiene que darme su palabra.
-Siií, siií.
Chillaba como una rata con los ojos cerrados y los brazos en cruz, pero no había de qué asustarse, era evidente que estaba fingiendo.
-Si me entero de que no ha sido así, tendrá que vérselas conmigo.
-Eres el viento que azota los verdes prados como un látigo maligno, pero puedes conmigo porque soy una frágil mujer. Ni siquiera sé quién es ese Ildefonso, nunca hablaré con nadie que se llame Ildefonso, ni siquiera hablaré con ningún hombre. Nunca más.
-Pero sí sabes quién es Demetrio.
-¿Mi padre? ¡Qué sabrás tú!
Aquello era cada vez más confuso. Supe que me estaba jugando el dinero sin ninguna garantía, pero ¿qué seguridad podía darme aquel ser? Ni aunque me lo jurase de rodillas la hubiese creído del todo. Me invadió una ola de resignación y, sin más, solté aquella fortuna en sus manos.
-Con esto puedes empezar una nueva vida. ¿Estamos? Anda, vete a otra ciudad y pórtate bien.
-Me esperan los aztecas saltando de sus tumbas.
-Sí, sí. Venga, duerme la mona o lo que tengas y mañana será otro día. Pero ni se te ocurra molestar a Ildefonso.
-Y dale… ¡Qué perra te ha entrado con ese nombre tan feo! ¿Por qué no le llamas Bruno? O Gonzalo, que es mucho más bonito. A ti qué más te da.
Sentí la tentación de dar un portazo al salir, pero no quise meterme en problemas, bastantes sobresaltos había sufrido esa noche.
Al día siguiente recibí una carta.

Para el señor Carlos, amigo de Ildefonso Perales. Caballero, como amigo que es de Ildefonso, le suplico con todas mis fuerzas que no le permita seguirme. Soy un alma débil y me siento confusa. El mundo se ha derrumbado de pronto, ya no me queda nada. Necesito volver a mi país, pero se ha quedado en otra dimensión y no conozco el camino de regreso. No quiero molestar a las buenas personas, viviré en cualquier otro sitio, aún no sé cual, buscaré trabajo y no contaré mi secreto a nadie. Bastantes perjuicios he causado ya. Su amigo me convirtió en una mujer civilizada y espero ser feliz alguna vez, enamorarme y tener hijos cuando tenga edad para ello. Todavía no he cumplido veinte años, Ildefonso tiene más de cincuenta, nunca podría ser su mujer. He dado instrucciones para que no me encuentre nunca. Por favor, cuide mucho de él y dígale que es imposible dar conmigo. Ayer tarde cogí un avión y pasé una frontera, no le digo cual para que no se vaya de la lengua. Ahora tengo que aprender otro idioma, adaptarme a nuevas costumbres, pero creo que estoy preparada para cualquier tipo de vida que quiera brindarme el destino. Soy trabajadora y creo que no me irá mal aquí. He tenido mucha suerte conociendo a Ildefonso, pero he sido su perdición sin pretenderlo. Me gustaría, si no es mucha molestia, tener noticias suyas de vez en cuando. Nada me alegraría más que enterarme de que ha superado el bache y se encuentra perfectamente. Puede enviar la correspondencia a través del carnicero o de mis compañeras de piso. Cualquiera en el barrio puede dar razón de mí, han sido mis cómplices durante todo este tiempo y, de alguna manera, una auténtica familia. Entre todos, hemos hecho lo posible por quitarle la obsesión a Ildefonso, pero no le conocemos tanto como usted.
Perdone estas líneas tan liosas. Las releo y no hay quien las entienda, pero no tengo tiempo de escribir otra carta. Estoy en una estación de autobuses y antes de que llegue el que espero quiero echarla al buzón y quedarme con la conciencia tranquila, aunque no sé si será posible.
Le deseo todo lo mejor, a usted y a su respetable familia. Espera sus noticias
Adelaida  

Me urgía recuperar el dinero. Volé a la pensión y ni siquiera esperé a que el taxista me devolviese el cambio. A la mujer del día anterior le lancé unos cuantos visajes desesperados y me entendió sin necesidad de palabras.
-Puede subir si quiere, pero no va a encontrar a nadie. Aleja se fue anoche, sin equipaje ni nada, en cuanto usted salió por la puerta.
El cuarto estaba de par en par en el mismo estado que lo dejé. Lo único que faltaba era el espantajo sentado en la butaca amarilla.
Bajé a la carrera de nuevo.
-¿Sabe dónde puedo encontrarla?
-No señor. Me pagó y se fue a toda prisa, yo creo que huía de alguien.
-¿De mí, por ejemplo?
-No lo creo, señor. Usted se portó de una forma muy civilizada, no escuché ni un solo grito en el tiempo que duró su entrevista.
-¿Entrevista? Le aseguro que no soy de la prensa.
-Por decir algo. Soy una mujer discreta y no me gusta entrometerme.
Discreta o no, si sabía algo, lo disimulaba muy bien. En el taxi de vuelta, decidí contratar a un detective.
(Continuará)

domingo, 2 de abril de 2017

La escapada (IV) [Relato fantástico]

Vivir solo otra vez no fue fácil. Al atardecer, solía pasear por el parque pensando en ella, evocándola en la figura de las madres que aquella hora colocaban bufandas y gorros antes de emprender el camino de vuelta, empujando carritos de bebés, apresuradas, deseando llegar a casa antes de que cayese la noche. A veces la veía caminar junto al lago, acompañada por un tumulto de chicas que reían y se empujaban solo porque sí. Cuando alzaba la mano para saludarla de lejos, siempre estaba mirando a otro sitio. Sólo una vez, me asomé a un matorral tras escuchar un crujido de tacones en la grava como si fuese un sonido premonitorio, y la vi, caminando despacio con gesto grave junto a un individuo con chaleco. Cuando les perdí de vista descubrí que estaba más enfadado de lo que nunca hubiese supuesto, pero no me faltaba razón: Adelaida había dejado un novio en su pueblo. ¿Cómo había podido olvidarle tan pronto? Por cierto, ¿dónde demonios estaba ese pueblo? ¿En qué latitud, dimensión o época?
Cuando helaba contemplaba la acera sin gente, me entretenía viendo a los carpinteros aserrar tablones al otro lado del cristal, me dejaba afligir por los trapos viejos y sucios que había arrastrado el viento y quedaban enredados entre las ramas desnudas. Las horas nunca se consumían del todo, quedaba un rescoldo que duraba y duraba, hasta que perdía la paciencia y decidía irme a dormir. 

(Seguro que recuerdas, Carlos, aquellos informes repletos de errores que tú te apresurabas a ocultar para que nadie descubriese mi repentina torpeza, “¿Ocurre algo”, me preguntabas. “Nada en absoluto. Me encuentro perfectamente.” Aquella mentira era lo más parecido a una verdad. La otra, la verdadera, nunca la hubieses creído: un hueso de avestruz se había quedado atravesado en mi pecho, de lado a lado, impidiendo que entrase la vida.
A los amigos no os podía explicar nada, pero recordé que ahora tenía una cómplice nueva, alguien en quien confiar, con la que podía sincerarme por fin.)

Fui a esperar a Adelaida a la puerta de la carnicería. Se alegró sinceramente de verme: tenía nuevos planes que quería compartir conmigo. Desde el principio supe lo que iba a decirme, no hizo falta hacerle preguntas, pero ella no podía callarse, estaba pletórica y deseando proclamarlo. Había decidió volver al Valle enseguida, tenía muy presente que, al aceptar el pacto de Demetrio, había contraído una obligación. Si ahora renunciaba, decepcionaría a aquella buena gente. La habían enviado como mensajera y, como tal, debía volver llevándoles la llave que permitiese abrir por fin esas fronteras inhóspitas. “Te estoy hablando de mi pueblo, ése que no soy capaz de encontrar. Me avergüenzo de ello, Ildefonso. No hay ni rastro de él en los manuales. He revisado cada palmo de esos mapas tan detallados que tu amigo me envió. No he encontrado nada en ellos, pero mirándolos he entendido cómo puedo llegar hasta el Valle, esté donde esté, que con sólo comunicar a la prensa una noticia de ese calibre pondrían todos los medios a mi alcance, me proporcionarían un helicóptero... Parece que lo estoy viendo. Una caterva de gente ansiosa que no perdería la oportunidad de husmear en la región. Allá se concentrarían todos los periodistas y curiosos del planeta, entonces podría enseñar a mi gente dónde está la salida, brindarles el uso del teléfono, la televisión, de tantos adelantos que no pueden ni imaginarse.”
No sé quién la habrá enseñado a expresarse con tanta elocuencia, ¿las compradoras con su charla, o quizá el vanidoso del bigotito?
Mi historia acaba aquí. Adelaida ha salido esta mañana, en el tren de las ocho, rumbo a cualquier ciudad. He de seguirla. Ayer hablé con el abogado de la familia. Le he dado instrucciones para que venda algunas fincas, continúe administrando el negocio familiar y me envíe algún dinero de vez en cuando.

(Veo la cara que estás poniendo. Carlos, pero tienes que entenderme. Temo por ella. Es más, tengo un pálpito muy negro. Es tan ingenua, está tan desamparada, y el mundo está tan lleno de peligros. Si, como asegura el amigo de los mapas, está loca de remate, no puedo consentir que ande sola por esas tierras del demonio. También podría ser lo que el carnicero llama “una farsante con carisma”. ¿Y qué, si lo es? Hasta ahora ha tenido suerte, no se ha topado con ningún verdadero indeseable. Pero los peligros acechan en cualquier esquina a una mujer joven y guapa. Y ninguna vive en la inopia tanto como Adelaida, esto es así, digan lo que digan. No se puede andar por ahí a ciegas y ella, aun suponiendo que sea una mentirosa, una aprovechada o que no esté en sus cabales, es un hecho que no sabe nada de nuestra manera de vivir y ser. Nadie puede fingir tanto tiempo y tan bien. Adelaida es, y lo será siempre, una extranjera en cualquier sitio. A no ser que... ¿Y si fuese verdad esa historia que cuenta? ¡Qué fabulosa aventura! ¡Qué extraordinario descubrimiento le estaría reservado a la humanidad! ¡Qué orgulloso debería estar toda la vida si llegamos a coronar la hazaña y localizamos esa extraña sociedad anchada en el tiempo!
Sé que no puede llegar muy lejos. Aunque ahora se crea una potentada, sus bienes son escasos y no van a durarle más de un mes. Eso si no derrocha, pero sus compañeras de piso le han encargado una visita a París, El Cairo, Chicago, Tokio y otras muchas ciudades. Adelaida ha tomado nota de todas.
Ahora, querido Carlos, estoy bebiéndome el tercer whisky de la tarde, no pienso acostarme hasta que la borrachera me impida ver lo que tengo delante. Mañana temprano iré a buscarla a La Austriaca, una fonda barata para huéspedes de paso, de cara a las chimeneas de las fábricas y, como no, al río. La imagino sola, caminando por andenes y aeropuertos, exponiendo su candor de recién nacida a la vista de todos, y apuro la copa de un trago para no pensar en las desgracias que pueden sobrevenirle,
Hasta la vista. Saluda a los chicos de mi parte. Te echará de menos
            Ildefonso Perales)


Llamaron al timbre cuando estábamos empezando a cenar. Era un chico con una carta y preguntaba por don Carlos Vallejo. “¿Con b o con v?” soltó la graciosa de mi hija pequeña. Pero yo vi el remite y me puse lívido. Tras meses de acompañarle en silencio, de contemplar sus idas y venidas por el despacho a través de la mampara equidistante sin que se sentase a trabajar ni una sola vez, no me cabía la menor duda de estar siendo testigo de una crisis mortal. La verdad es que ningún compañero, y yo menos que nadie, ignoraba su repentina tortura anímica. Cuando di la propina al chico, hubiese jurado que tenía en la mano una nota de suicidio. Por eso, todo lo que contaba Ildefonso lo interpreté como las cornetas victoriosas de las buenas noticias, pues significaba que todavía no estaba muerto.
Pero podía estarlo muy pronto. Mejor no lanzar las campanas al vuelo y darse toda la prisa posible. Bebí un trago de vino, di un mordisco a la tajada de queso que había en mi plato y salí sin escuchar el crujido de mis tripas.
(Continuará)

jueves, 30 de marzo de 2017

La escapada (III) [Relato fantástico]

Como no podía ser de otro modo, me alegré. Empezaba a arrepentirme de haber recurrido a un sabio de pacotilla que, con la excusa de nuestra presunta amistad, pretendía reunir pruebas para ingresar a Adelaida en una institución y, de paso, salvarme a mí de su influjo maléfico.
A veces se acercaba de puntillas y me tapaba los ojos instándome a adivinar. Yo disfrutaba de una intimidad que siempre me pareció paradisíaca. Me gustaba imaginar que sus manos olían a perlas, pues si las perlas tuviesen aroma debería parecerse al suyo: sudor cristalino mezclado con jabón de azahar. (Excúsame, Carlos, por estas sandeces mías. No son más que delirios de solterón sin esperanza).
Cuando se detenía de repente como si se hubiese convertido en estatua, yo revoloteaba a su alrededor procurando parecer invisible.
Me consumía no estar enterado al detalle de unos sucesos que Adelaida conocía a medias. Nunca le preguntó a Demetrio cómo se le ocurrió aquella idea extraordinaria, pero de sobra conocía los motivos. El anuncio del periódico pedía diez personas mayores de edad para realizar un experimento apasionante. Ella se presentó en la dirección indicada a la hora convenida. Había tres hombres esperando. Entraban de uno en uno a un pequeño despacho, como si fuese la consulta del médico y al rato salían como hechizados por alguna  aparición. Ella conocía a Demetrio de vista, como a todos los del pueblo. Era el tipo excéntrico que todas las mañanas desayunaba, sin hablar con nadie, en el bar de la plaza, ajeno a los parroquianos que le tomaban el pelo con chanzas y chirigotas. Cuando le tocó el turno, el sabio le explicó en pocas palabras lo que se esperaba de ella y le rogó que guardase el secreto. Después de un concienzudo estudio del cuerpo de las mariposas, había conseguido aislar los elementos responsables de la facultad de volar y estaba dispuesto a probarlo con aquel grupo de voluntarios. Le estaba proponiendo que se convirtiese en mariposa humana y traspasase aquellas obstinadas fronteras. Una vez al otro lado, ya encontraría la forma de volver y abrir a sus convecinos nuevos horizontes.
Solo aceparon el trato ella y el anciano propietario de un terreno en la zona más alejada del río. Familia y novio se pusieron inmediatamente en contra, pero ella resistió estoicamente, no sirvieron gritos, amenazas ni súplicas. Una vez tomada la decisión, nada ni nadie iba a disuadirla.
Cada tarde al salir del taller de costura, se reunía con el viejo en el arranque del camino que conducía a la casa de Demetrio. Allí pasaban horas dejándose inyectar misteriosos mejunjes y sometiéndose a agotadoras sesiones de gimnasia. Transcurridos cuatro meses y medio, clareando apenas una madrugada de domingo, el mago les condujo a lo alto de una loma en el lado oriental del río y les dio las instrucciones pertinentes. Adelaida cerró los ojos, extendió los brazos en forma de aspa, tomó impulso, respiró hondo y esperó.
No ocurrió nada. Cuando calculó que el prodigio nunca iba a producirse, abrió los ojos y miró a su alrededor. No había nadie. Esperó un rato. Nada. Silencio. Un perro salió de detrás de un matorral y le olisqueó los pies. El río ahora quedaba más lejos, bajo un puente metálico que no había visto nunca. Divisó torres, una cortina de árboles, rocas desnudas y comprendió, alarmada, que nada de aquello estaba allí solo unos minutos antes, cuando había cerrado los ojos. No reconocía aquel paisaje. O habían cambiado el decorado o aquel era un escenario diferente.


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Durante meses vivió al aire libre. Prefería el campo a la ciudad. En cuanto anochecía se acercaba a las casas mendigando un poco de comida. Conversando con vagabundos y deportistas, con pescadores que la invitaban a comer truchas asadas, aprendió a imitar su acento. Se unió a una mujer que caminaba sin rumbo buscando a su niña, perdida cuando según ella no medía más de treinta centímetros. “Dime: ¿Abortaste? ¿Tu hija se fue antes de nacer?” “No sabría decirte. Ahora tiene seis años y sé que me busca.” La acompañaba un obeso y maloliente individuo, tocado con gorra de visera, que parecía ejercer de protector suyo. El hombre, que se apañaba bien robando y no le molestaba compartir, le enseñó toca clase de trucos para evitar a la policía. Kilómetros más adelante, conoció a tres jóvenes nómadas, una chica y dos muchachos, que al principio se burlaron de su forma de hablar. Con ellos aprendió chistes, términos vulgares que no había escuchado nunca y, lo mejor de todo, recordó lo que era la risa. Más tarde, anduvo algún tiempo en compañía de unos vendedores ambulantes, pero en cuanto comprendió que la regla del juego consistía en que ella sirviese de reclamo para colocar la mercancía y ellos se quedasen con las ganancias tuvo que poner tierra por medio. En una minúscula aldea, hizo amistad con dos hermanas que se impusieron la tarea de alimentarla. Metían en una tartera porciones del guiso a medida que su madre lo iba sacando del fuego, lo trasladaban a hurtadillas descolgándose por las peñas hasta plantarse en la orilla del río, con los zurrones colgados de la cintura y la contemplaban fascinadas comer. Era cuestión de tiempo que la autoridad se pusiese sobre aviso y la metiese en la cárcel, así que desapareció una noche, con alevosía, nocturnidad y un gran dolor de corazón.
Su táctica era tan simple como recorrer el curso de los ríos. Las corrientes de agua alimentan la vida y reflejan su flujo constante. No hubiese sido nada fácil sobrevivir en terreno seco.
Todo cambió al llegar el frío. Adelaida no conocía nuestro clima, en su Valle el tiempo permanecía invariable todo el año. Los ríos la empujaban con violencia lo más lejos posible. Tuvo que buscar refugio en las poblaciones, ampararse en los muros de las calles, dar tumbos de un lado a otro, sin un techo bajo el que refugiarse, recibiendo miradas de desconfianza, insultos, palabras feas, alguna denuncia. Más de una noche durmió en la comisaría. La mañana que me obligó a darle cobijo había llegado a tocar fondo y estaba empezando a comprenderlo.
Encargué carne de avestruz en la granja de mis paisanos para comerla con ella en Navidad. De regreso, conduje durante doce horas seguidas para que nos diese tiempo a cocinarla. Adelaida la rellenó de guindas y la embadurnó de licor y cardamomo. Sirvió aquel plato junto a un  sabroso mejunje a base de hierbas machacadas, –cultivadas por ella en  los tiestos del balcón– guindillas y un bastón de canela. Apetecía viajar a Astro, dondequiera que estuviese, solo para gozar de su gastronomía. En cuanto la cocinera se quitó los delantales, se enfundó un vestido color cereza de escote recto y alto por delante que formaba en la espalda un pico afilado. Ella misma se lo había hecho con un retal barato que encontró. Aprendí algunas canciones de su tierra, que cantamos y bailamos hasta el amanecer sin necesidad de ningún instrumento. Segundos antes de encerrarse en su cuarto, anunció que se mudaba al día siguiente.

(Continuará)

martes, 28 de marzo de 2017

La escapada (II) [Relato fantástico]

Me vi sobrepasado por la situación. Viví la semana siguiente inmerso en un frenesí poco común, me había impuesto remediar aquel desastre cuanto antes y eso implicaba actuar con rapidez. La idea de que un ser humano dependía de mis decisiones para continuar en este mundo me llenaba de inquietud, pero también de una satisfacción nunca sentida ni sospechada. Si hasta entonces vivía instalado en el confort de la rutina, en un vegetar trivial e insignificante por culpa de mi inveterado egoísmo, al fin la precariedad y yo nos habíamos cruzado y debía recoger el guante sin la menor vacilación. Ni un solo instante se me ocurrió ignorar el reto que la más feliz de las casualidades había arrojado a mis pies..
Mi protegida hablaba poco y nunca me llevaba la contraria. Compramos ropa juntos. Calzado. Un bolso de tela gris y rosada. Nos reíamos. Le enseñaba palabras y frases. Ella me miraba con sus grandes ojos miopes que no acababan de fijarse en ningún sitio. Comprendí que en su tierra no se habían inventado las gafas. Cuando le propuse llevarla a una óptica, aseguró que disfrutaba más mirándolo todo tal como lo había visto siempre, que así el mundo parecía un poco más bello. Nunca se explayó de forma espontanea pero contestaba a todas mis preguntas. Y lo que me contó fue realmente asombroso. Juzga tú mismo.
Había nacido en un Valle profundísimo, un cañón verde y sombrío al pie de un círculo de montañas escarpadas. El lugar estaba plagado de grandes mariposas blancas. Sus habitantes le conocían como el Valle de las Mariposas y la localidad se llamaba literalmente Astro que en su lengua significa “crisálida”. La primitiva comunidad colonizó el terreno allá por el siglo XVIII de nuestra era si los recuerdos de Adelaida no mienten. Pero los datos que aportaba eran tan vagos que no iban a resultar de utilidad. En la escuela le explicaron que los siglos comprendían en la actualidad cien años, igual que los nuestros, pero que en una época anterior habían sido mucho más cortos. Nunca hasta entonces habían mantenido contacto con el mundo exterior, carecían de los conocimientos técnicos imprescindibles para horadar montañas y el hueco que, según creían, habían atravesado sus antecesores fue obstruido por un derrumbe hace muchísimo mucho tiempo. Por supuesto, ni siquiera conocían los aviones ni ningún otro medio de transporte mecánico. Pero disponían, al parecer, de una rudimentaria metalurgia, máquinas de vapor y una industria incipiente. Astro era una población compuesta por cerca de 7.000 habitantes censados y contaba con cuerpo de policía, jueces, un único periódico sostenido con fondos públicos y junta de gobierno local. La gente se movía a caballo, las mercancías eran cargadas en carretas arrastradas por diversos animales. Poseían una ganadería floreciente y una fauna variadísima. Practicaban asiduamente la caza con arco o escopeta.
 Aunque todo esto traza un panorama de autosuficiencia, puedo afirmar que Adelaida estaba retratando una sociedad marcada por la nostalgia y no caía en la tentación de ocultárselo.
En la frente llevaba esa señal grabada. Parecía predestinada a perseguir las huellas de un pasado brumoso, una deuda que ella, o su pueblo, se veían obligados a pagar. Cuando, sentada bajo la ventana del comedor, se abrazaba las rodillas y daba rienda suelta a los recuerdos, hilos de melancolía aleteaban por encima nublando una mirada revestida en sí misma de sombra. En aquellos lapsos, inclinaba hacia atrás la cabeza y yo me esfumaba sin ruido.
John Brett - Val d'Aosta (1858)
En secreto, y tras darle muchas vueltas, decidí consultar con un viejo compañero de instituto, arqueólogo aficionado en sus ratos libres. Consumido por la idea de que Adelaida no estuviese en sus cabales, necesitaba aferrarme a la posibilidad, más que remota, de que existiese un lugar semejante en algún punto del planeta aún sin explorar. Félix confirmo mis sospechas asegurando que una historia como aquella tenía que haber sido forjada por la mente de un desequilibrado, o bien de un novelista. Me resistí a creer una opinión tan tajante.
Por entonces ya le había conseguido un trabajo. El charcutero de mi barrio se avino a contratar una indocumentada a cambio de un sueldo simbólico. “¿Ni siquiera tiene pasaporte?”. Miré a un lado y otro apretando la mano de Adelaida. Él nos miró como si acabase de entender y solo dijo: “¡Ah!”.
Ella no dejaba de responder a mis preguntas. Los habitantes del Valle perdido soñaban con salir de allí. Si en tiempos remotos el enclave llegó a considerarse un paraíso cuyo aislamiento constituía una bendición, ya nadie opinaba así. El minúsculo país progresaba, como todos, a base de inventos, Pero aquellos me parecían de lo más rudimentario, tal como avalaba el hecho de que ni los cerebros más aventajados encontraban la manera de rebasar sus escarpadas paredes. Aún no habían conseguido fabricar un vehículo ni aéreo ni terrestre pero sí máquinas repelentes de polvo, de lavar, de eliminar malos olores, vagones a raíles que transportaban el material en las fábricas... Adelaida estaba convencida de que en todos los pueblos vive un científico loco. El de Astro se llamaba Dome-etccio (yo le conocía como Demetrio) y soñaba con hacerse inmensamente rico en cuanto su fama hubiese traspasado aquellas estrechas fronteras que, a él más que a nadie, amenazaban con oprimirle hasta la asfixia.
El taller de Demetrio me trasladaba a esas películas de Disney en las que los personajes bailaban entonando una balada, siempre cogidos de la mano y se desplazaban volando por encima de amplias praderas semejantes a lechos gigantescos. Inventores que nos introducían en estrechos paraísos forrados de paneles de madera bruñida, repletos de cajones misteriosos, hierros oxidados con fabulosas formas, multitud de relojes de todos las clases y tamaños, y artilugios sorprendentes. Aquellas imágenes con sabor a rancio ofrecían a los niños de mi edad la certeza de un futuro maravilloso en la que excéntricos y divertidos personajes, –inventores de chaleco, tirantes y visera– levantaban la tapa del puchero donde hervía la col tirando de una cadenita que colgaba del marco de la puerta.
Me interesé por su escritura, solía curiosear sobre su hombro cuando se sentaba a rellenar cuartillas. Casi siempre cartas dirigidas a amigos que había dejado en Astro. Pero aquello duraba unos instantes: en cuanto sospechaba que yo andaba detrás, se revolvía inquieta y, sin mirarme y evitando darse por aludida, ocultaba las hojas con las palmas abiertas. Usaba un alfabeto latino con caracteres tan irregulares que se reconocían muy difícilmente. Igual ocurría con las palabras, tan saturadas de vocales que te perdías entre ellas como en un bosque espeso. Una extraña e interesante evolución fonética según el arqueólogo. A petición suya, Adelaida escribió varias frases. “Este es un poema que compuse hace tiempo, habla de la lluvia cuando cae en los sembrados”. ¿Me lo regalas” Sus ojos desconfiados se cruzaron con los míos y fui incapaz de mentirle, pero él lo hizo por los dos. “Si me lo permites, se lo llevaré a un colega mío que estudia la evolución de los idiomas. Quizá él pueda ayudarte a encontrar el camino de regreso estudiando los rasgos de tu escritura”. Entonces su cara se volvió una armadura y su “no” fue tan categórico que no admitía réplica.

(Continuará)