sábado, 30 de julio de 2016

La Baronesa (V)

Tardé en darme cuenta de que estaba detenida. Me empujaron al fondo de un cuarto donde no había más que una colchoneta sucia. No sabía si alegrarme de no tener compañeros. En el fondo era mejor estar allí sola, pensé, pero el caso que me hicieron duró el tiempo que tardaron en encerrarme. La pared contigua a la ventana daba a una oficina que había entrevisto al pasar donde todo el mundo hablaba a gritos por teléfono. Me había sido imposible entenderme con ellos pues no sabía ni palabra de francés pero estaba convencida de que llamarían a un intérprete. Pasaban las horas y, por muchas patadas que diese a la puerta, nadie se acordaba de darme de comer. Entonces no lo sabía, pero si me consideraban tan insignificante que les daba igual matarme de inanición, les importaba menos que nada cualquier cosa que tuviese que decirles.
Creyeron que estaba dormida, pero yo sé que me había desmayado. Me despertaron a bofetones. alguien me dijo en español que habían llamado a mi familia y yo les creí como me hubiese creído cualquier cosa. Estaba amaneciendo y ni siquiera había visto anochecer. Miré fijamente a la puerta. Temblaba, no sé si de temor o de alivio, esperando ver entrar a mi padre. Pero quien apareció en el marco, con sonrisa desafiante, fue el tirano que me había secuestrado días atrás. Lloré, pataleé, me resistí lo que pude aguantando tirones de brazos y escuchando las risotadas de todos. Luego volví a desmayarme. Lo que vi una semana después fue una habitación muy blanca, un bote de suero sobre mi cabeza y los barrotes de una cama de niquel. Por fin, me habían llevado al hospital.
Tardé varios días en poder tragar algo, pero cuando lo conseguí me atiborré de pollo como una desesperada. El pollo era un artículo de lujo en la España de entonces y yo no lo había probado jamás. La telefonista de aquella institución era hija de inmigrantes españoles. Todas las tardes, cuando acababa su turno, pasaba por allí para asegurarse de que todo iba bien. Por ella supe que habían detenido a mi verdugo, un indeseable al que la policía llevaba tiempo siguiendo la pista. Por lo visto, todo lo escurridizo que había sido hasta entonces se evaporó cuando prestó declaración asegurando que era mi padre. Sus numerosas contradicciones levantaron sospechas y, ante la insistencia de los polis, acabó delatándose solo.
- Tienes que largarte de aquí. Ha asegurado que como te encuentre te mata.
- ¿No está en la cárcel?
- Esa gente tiene amigos en todos los sitios, seguro que le sueltan cualquier día de estos, si no, algún compinche suyo puede hacer lo que le ordene. Y como nadie te va a reclamar, de momento...
Bajó la voz. Se avergonzaba un poco de lo que había dicho, pero yo no echaba de menos a nadie. Le pregunté si era posible que entrasen allá dentro a por mí. Pensaba que no, pero que, una vez en la calle, no debía perder ni un minuto.
- ¿Y adónde voy?
- Dónde quieras, lo más lejos posible.
- ¿A París?
- París sería perfecto. A mí me encantaría vivir allí ,ya ves.
- Pero no conozco a nadie.
- Aquí tampoco. Y los pocos que te conocen mejor que no te vean.
- ¿A que no te atreves a acompañarme?
Me miró como si fuese un bebé.
- ¡Criatura! Yo aquí tengo una vida. 
Con eso lo había dicho todo: ella tenía vida y yo una muerte más que probable. Antes de que me invadiese la angustia intenté convencerme de que sentirse fugitiva con el estómago lleno era un poco mejor que todo lo contrario.
Una semana después, estaba en la calle vestida con la ropa de ella, cargando una mochila llena de todo lo necesario y hasta con algo de dinero en el bolsillo. Me venía grande lo que llevaba puesto pero estaba bastante nuevo, muy limpio y, sobre todo, con aquello no parecía la misma.

Continuará 

domingo, 10 de julio de 2016

La mascota

Pocos de mi especie han vivido una noche como esta. El resplandor, salpicado de motas de polvo,  que se cuela por la puerta de la carpintería amenaza con quebrar, no solo la paz del momento, incluso este plano de la realidad, partirlo en dos como si fuese un serrucho y dejarme fuera, aferrado al borde del tiempo con las patas balanceantes, suplicando al azar que no me abandone en el vacío astral, en el limbo de los nonatos, en cualquier esfera de una realidad paralela o, aún peor, en la nada más absoluta, donde no existe presente ni pasado.
Solo el ulular de la ambulancia consigue tranquilizarme; escucho los plácidos ronquidos de Fátima y llego a creer que seré capaz de dormir.
Sigo sin moverme del saco. La inquietud va y viene, a sacudidas, como si la luz anaranjada y los sonidos de la noche se turnasen para alterarme el ánimo. Barrunto algo. Con piel, ventanas nasales, orejas, ojos. Huele a ropas percudidas por el sudor, a vino rancio, a mugre indefinida y a miedo. Es el olor que más conozco, puedo rastrearlo a kilómetros, aislarlo de cualquier otro, clasificarlo, determinarlo y luego, ¡zas! atraparlo entre mis fauces convertido en algo tan sólido como un fémur de liebre. No se escuchan pasos pero detecto una vibración en el aire y, en seguida, también en el suelo de tarima. ¡Peligro! Algo se arrastra hacia nosotros en plena oscuridad, al otro lado de la cuchilla luminosa, que deja de ser solo amenaza para convertirse en faro ante cualquier fuente de mal que sobrevenga.
Escudriño la oscuridad buscando el bulto del hombre y me fijo en que no tiene forma humana. Es pequeño, redondo, como una ardilla enroscada o un grueso ratón de campo. Fátima, ajena a todo, gruñe y se remueve arrancando crujidos a los muelles. No puedo evitar que indique así su posición proporcionando al atacante una brújula sonora que le guiará hacia ella inexorablemente. Si me deslizo ahora hacia la cama indicaré al extraño mi presencia. Sin contar que el contacto de mi hocico húmedo contra su piel o un empellón de mis patas pueden provocar que no despierte, que caiga fulminada con los ojos abiertos.
Ahora lo entiendo. Eso que se acerca no es un animal vivo, husmeo una sanguinolenta red de vísceras. Acres, asfixiantes, putrefactas. El rastro encarnado que puedo adivinar en la madera lleva la firma de Ricardo y es la secuela siniestra de la última trifulca.
Tengo que zampármelo enseguida. Una inmundicia como esa puede impresionarla hasta el infarto y estoy obligado a impedirlo, aunque por culpa de ese asno me exponga a convertirme en caníbal.

martes, 5 de julio de 2016

Incultura política y justicia poética

El que no se consuela es porque no quiere. Si alguna ventaja ha tenido esta última campaña electoral (y alguna tenía que tener, no todo va a ser negativo) es la ausencia de carteles electorales. Y es que, desde hace ya años, tengo comprobado que para algunos electores –afortunadamente, cada vez menos– resulta determinante la famosa foto del candidato que aparece colgada en las farolas. Parece cosa de risa que algo tan decisivo para nuestra forma de vida se decida de forma tan arbitraria. Lo parece, pero no tiene ni pizca de gracia, al contrario, es un hecho preocupante y revela una gran irresponsabilidad por parte de quien tiene en sus manos un grano de arena que se unirá a otros muchos para decidir el destino de un país durante los próximos cuatro años. Afortunadamente, esto parece estar cambiando, la gente empieza a preocuparse por cuestiones sustanciales, se informa más y –quiero creer– ha pasado de moda presumir de que “yo no entiendo nada de política”.  Esa ha sido la única consecuencia no-nefasta de la crisis: al ser tan larga y tan dañina, ha acabado por concienciar, o al menos hacer pensar un poco, a todos esos que llevaban toda una vida resistiéndose. Pensar es molesto, guiarse por la foto garantiza comodidad y rapidez. Pero hasta eso tiene sus peligros, ya que algunos, con tal de no poner en marcha las neuronas, han cambiado la foto por el consejo del periodista demagogo de turno en las tertulias políticas de la tele.
Fuente: Internet
Habría que fabricar una democracia más fundamentada en hechos objetivos que en artimañas publicitarias. Sé que no es fácil pero algún mecanismo tiene que haber. Los procedimientos actuales comienzan a provocar situaciones absurdas como lo del Brexit británico, que a pesar de haber triunfado no convence a casi nadie, o ese empantanamiento gubernamental en el que los españoles estamos sumidos y que, de tan tedioso, empieza a darnos igual.
No tiene buena prensa en España criticar la incultura política, parece que restamos libertad a los votantes. Pero el que vota en contra de sus propio intereses por pura vagancia mental es como el kamikaze de las carreteras: da igual que se acabe pegando la torta, lo malo es que pone en peligro a los demás automovilistas. Vivimos en sociedad. Ignoro si la mariposa de Nueva York provocará un huracán en Tokio, pero no me cabe duda de que, en asuntos electorales, cualquier gesto, movimiento, palabra, voto o ausencia de ellos produce un imparable efecto dominó. Y eso, por ahí fuera, lo entienden perfectamente.
“Sin embargo, hasta los que toleran la duda tienen su límite. La opinión pública podría haberse mostrado dividida con George Bush y John Kerry en 2004 y con John McCain y Barack Obama en 2008, pero en una cuestión al menos hubo casi completa unanimidad: todos despreciamos al votante indeciso. Incluso el tratamiento que la extrema izquierda y la extrema derecha dispensaron a sus respectivas némesis pareció positivamente respetuoso en comparación con el odio, desdén y mofa dirigidos contra los indecisos. Dos ejemplos, seleccionados ambos de las elecciones de 2008, bastarán para ilustrar este aspecto. En el Daily Show, Jon Stewart presentó un gráfico que dividía a los votantes indecisos en cuatro categorías igualmente poco halagadoras: “Los que tratan de llamar la atención, los demócratas racistas, los inseguros crónicos y los estúpidos”. Unas semanas después, el humorista David Sedaris escribió un artículo en el New Yorker que se hizo famoso de inmediato; en él imaginaba que se producía en un avión la siguiente situación: “La azafata se acerca por el pasillo con el carrito de la comida y al final se detiene junto a mi asiento. “¿Puedo sugerirle el pollo?”, me pregunta, ¿o prefiere el surtido de mierda con cristales rotos?” Ser indeciso en esta elección”, escribía Sedaris, “es detenerse un instante y luego preguntar cómo está guisado el pollo”.

En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse, Kathryn Schulz,            
Siruela 2015 (pag. 169)

sábado, 25 de junio de 2016

La piel de plátano (elecciones generales españolas 2016)

De niña leía muchos comics –por entonces los llamábamos tebeos, nombre adoptado, por extensión, del gran TBO del que no me perdía un número–tampoco dejaba pasar viñeta o tira cómica que apareciese en los periódicos de casa. El humor es, para un niño, una buena manera de observar el mundo, aunque entonces lo viésemos como un entretenimiento sin más. Porque cualquier diversión infantil es puro aprendizaje, y lo mejor es que no nos damos cuenta.
También leía libros, trataba de entender los artículos serios de la prensa y de rellenar por completo –jamás lo conseguía– el crucigrama de ABC. Probablemente, no saqué mucho en limpio de mis tentativas de entender a los mayores, pero el humor es otra cosa. Ese sí que no tiene fronteras, hace reír a todos y el mensaje –si bien menos universal de lo que parece, pues cada uno lo adapta hábilmente a su forma de ver el mundo– cala hondo y deja una huella difícil de borrar.
Los tebeos hablaban de familias, como la de Melitón Pérez, de abuelitos con gota que cuentan batallas, de señoras arrugadas con bastón y nariz picuda, de miopes al borde de la ceguera, de entrañables ladronzuelos como el caco Bonifacio, de un reportero peculiar, de dos hermanas solteras sin más compañía que ellas mismas (¡ah! el mito de la solterona, cuánto daño hizo a las mentes infantiles), de Carpanta y su insaciable apetito, de las diabluras de unos gemelos con un padre anacrónico llamado don Pantuflo Zapatilla, de una casa de vecinos, a cual más estrafalario, con fachada transparente. También, y al margen de personajes concretos, se bromeaba sobre los caracteres de regiones y  países, se repasaban los tópicos de la época y se aludía a la actualidad con mucha más frecuencia de lo que se quería dar a entender.
Tomado de La viñeta satírica
Un clásico indiscutible era la piel de plátano, asunto banal pero gracioso que daba mucho juego por entonces. El hombre que camina leyendo el periódico –los personajes femeninos de entonces no leían nunca– pisa la piel y da una voltereta en el aire, el ciego ¡cómo no! la mamá que empuja el carrito, el que se despide de alguien sin mirar por dónde camina, chavales que corretean. El mundo entero pisaba esas escurridizas pieles. Si, a nuestra vez, no hubiésemos pisado la calle, la imaginaríamos sembrada de pingajos amarillos. Por cierto, nunca eran de naranja o de pera, que también resbalan lo suyo, sino de plátano. Vaya usted a saber por qué los dibujantes habían cogido tanta afición a esa inocente fruta.
Me pregunto qué efecto producían esas tiras cómicas, esas historietas sobre sus pequeños lectores. Ninguno, probablemente. Las considerábamos motivo de diversión y poco más. Pero un pedagogo con excesivos escrúpulos –y lo políticamente correcto invade nuestros días mucho más que los de entonces a pesar de censuras y demás hierbas– bien podría objetar que tanto plátano suelto por la acera podría producir abundancia de niños miedosos. O de niños sádicos. O de niños que aborrecen la fruta. O bien, de niños más atentos a lo que les rodea, más responsables, más preocupados por su  prójimo, con más sentido del humor, incluso, con mayor afición a los plátanos y, por extensión, a la comida sana. Todo depende del color con que se mire. ¿Eran nocivas aquellas viñetas? Yo creo que no, pero discursos a partir de ellas y sus posibles consecuencias se pueden construir de todos los colores.

***

Mañana será el día de la piel de plátano. Como cada vez que hay elecciones en España, sean generales, locales o autonómicas, todo el mundo va a interpretar los resultados a su conveniencia. Cada uno arrimará el ascua a su sardina y se quedará tan pancho. ¡Perdón! Eso es lo que ocurría antes. Desde diciembre, la sardina y el ascua siguen juntas, la piel de plátano funciona todavía a gusto del consumidor (en este caso, a gusto del partido político de turno), pero ya nadie puede quedarse tan pancho, los límites entre unos resultados y otros son demasiado frágiles, no es fácil que nadie se alce con la victoria absoluta, el miedo, el resquemor, la envidia, la antipatía se están adueñando del patio político y contagiando a los votantes. Y eso nunca es bueno. ¿No soñábamos con el fin del bipartidismo? Pues ahí tienes la polca, ahora báilala, ¡anda! 

viernes, 10 de junio de 2016

Buscando a Susana desesperadamente

Apoyado en la barandilla, Calixto contempla la plaza recién regada y el frescor procedente de las baldosas le expande y aligera. Piensa que pocas veces se ha sentido tan lúcido como en este momento y eso le anima a extraer, una vez más, la carta de su sobre. Alguien que responde por Susana, con fecha del viernes pasado, afirma conocerlo desde siempre, haberle estudiado con detenimiento y haber hallado, gracias a este curioso análisis,  el auténtico sentido de la vida. Se despide con la promesa de esperarle todos los jueves de los próximos 365 días en la mesa del café Goya que cae justo debajo del espejo del fondo, frente a los dos candelabros de bronce, con alguna prenda verde en su atuendo. Falta un detalle fundamental: la hora.
Se alarma cuando piensa que puede estar siendo espiado. En la plaza, gente desperdigada aquí y allá. Pasan dos chavales desenrollando una pancarta. Ojo, la primera silaba es “Su”. Está a punto de convertirse en estatua de sal pero el rótulo se expande ante sus ojos y… ¡falsa alarma! “Su bienestar es nuestra alegría” Y más abajo, a la derecha: “Dónalos cuando no los necesites” junto a un logo que distingue  apenas.
Pasa un pizzero portando su caja de cartón como si fuese una bandeja de pasteles. Pasa otro hombre pilotando su velocísimo carro de ruedas. Pasa…
Olvida eso. Tienes que concentrarte en las mujeres. Pasan tres rubias agarradas del brazo. Esas no. Pasa una mujer con bastón y un vestido de lunares, levanta la vista y saluda. El corazón le da un vuelco, pero en el alfeizar de la derecha, su vecino, apoyado en su propio bastón, agita alegremente su mano libre.
Pasa un perro persiguiendo una paloma.
***
El primer jueves se presentó a las ocho de la tarde. Cada semana iba retrasándose una hora hasta la noche que llegó a las doce en punto y encontró un local oscuro y silencioso, sellado por una burlona tela metálica. Decidió entonces adelantarse una hora cada vez hasta dar con la correcta. Las siete de la tarde, las seis, las cinco… Tras dos meses de puntual sometimiento descubrió que abrían a las diez de la mañana. Por cierto, de la tal Susana, ni rastro.
A menudo, se entretenía imaginando cómo sería su escurridiza corresponsal. ¿Joven y bella? ¿Inteligente? ¿Todo lo contrario? La imaginación parecía sobrarle, eso sí. Con aquella sencilla estratagema había conseguido mantenerle en tensión un puñado de semanas, a él que se tenía por imperturbable. Se preguntaba por qué no aparecía ya, ¿le habría pasado algo? ¿En qué consistiría esa revelación trascendental que había decidido transmitirle? ¿Qué sabía de él? ¿Cómo se las arregló para  acercársele tanto?
Observó otra vez el suelo húmedo y, como siempre, le pareció atisbar hilachas de vapor escapándose por entre las losetas. Cerró a medias los párpados para ver vibrar el aire entre el revoloteo de las palomas. Precisamente esa trayectoria, la forma en que se movían,  siempre en circulos, desvelaba el enigma del cosmos.

martes, 10 de mayo de 2016

Spotlight (2015)

Es inevitable, y hasta encomiable, que una serie de actos delictivos, además de denigrantes para la especie, protagonizados –para más inri– por los autodenominados modelos de moral y justicia en nuestra sociedad judeocristiana, sean aireados y denunciados por el arte para suscitar la reflexión y repulsa del público. No obstante, en este caso concreto, tan repulsivo como delicado de abordar, además de atroz, inhumano y monstruoso, me surgen las dudas. Me molesta, incluso, que se informe de ello en los medios con toda naturalidad, como si fuese una noticia más entre otras. Pero nada –ni siquiera el homicidio– repugna tanto a nuestra dignidad de seres humanos y, por tanto, nada merece tanto nuestro silencio como esos atentados vergonzosos. Porque guionizar y representar algo dejando que forme parte de la lista de argumentos posibles y, de ahí, pase a integrar, quizá, la nómina de subgéneros dramáticos del cine o la literatura, supone normalizar su existencia, banalizarlo de algún modo, olvidar el respeto debido a los derechos inalienables de nuestros menores de edad.
Castigar, juzgar, condenar y encarcelar es un cosa, propagar lo ocurrido a diestro y siniestro, otra muy diferente. Por eso, no tengo más remedio que aplaudir el enfoque de esta película que da a conocer un conjunto de episodios de forma puramente enunciativa, sin entrar en detalles ni otorgar al morbo ningún protagonismo. Esto es así porque, al centrarse en la investigación periodística, aparta del primer plano los hechos en sí mismos focalizando la atención en los culpables, en la necesidad urgente de que sus delitos no queden impunes, en la radical inmoralidad de los hechos, así como en las consecuencias traumáticas producidas en las víctimas.
No podría decir si fue esa delicadeza lo que vio en Spotlight el jurado de los Oscar, y el público que ha acudido masivamente a verla, o si fue la fidelidad a la historia, la magnífica interpretación actoral, el guión impecable, la fotografía o la puesta en escena. Probablemente, todo en uno. Aunque, he de decir, ejemplos de buen cine los ha habido a toneladas a lo largo de su historia, mucho menos, películas que salgan airosas tras internarse en terrenos tan escurridizos como el que trata, que nos indignen, que estimulen nuestro espíritu crítico sin decir una sílaba ni añadir un fotograma más de lo conveniente. Esto es, de verdad, oro puro, algo muy difícil de encontrar en la ficción de todo tipo que conforma nuestro acervo hasta hoy.
Todavía va más allá, ya que no se trata de un relato maniqueo. Aunque de forma algo idealizada, se ciñe a lo que recogen las crónicas y eso supone poner en tela de juicio a los propios paladines de la justicia, señalar que alguno de esos periodistas –que se dejan la piel luchando contra el viento y marea del secretismo, poniendo en peligro trabajo, prestigio y todo lo que han conseguido tras tantos años de bregar con la actualidad diaria– no lo hizo siempre así de bien, que traspapeló la información años antes, probablemente por cobardía y desidia, desperdiciando la oportunidad de que se hiciese justicia en su momento.
(Con el apelativo de Spotlight se denominó en su día a un grupo de periodistas de élite de la plantilla del Boston Globe que en 2002 decide investigar un número inaudito de casos de pederastia ocurridos en la ciudad y protagonizados por sacerdotes obteniendo por ello el Premio Pulitzer un año más tarde).

·         Director: Thomas McCarthy
·         Reparto: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Stanley Tucci, Brian d’Arcy James, Gene Amoroso, Billy Crudup, Elena, Wohl, Doug Murray, Sharon McFarlane, Jamey Sheridan, Neal Huff, Robert B. Kennedy, Duane Murray, Brian Chamberlain, Michael Cyril Creighton, Paul Guilfoyle, Michael Countryman
·         País: Estados Unidos
·         Duración: 121 minutos
·         Guión: Thomas McCarthy, Josh Singer
·         Música: Howard Shore
·         Fotografía: Masanobu Takayanagi
·         Género: Drama

jueves, 5 de mayo de 2016

La Baronesa (IV)

La linterna de un ferroviario con visera barría el andén arriba y abajo. Me acuclillé en el mismo borde intentando hacerme pasar por un bulto y, en cuanto el tren se retiró y tuve espacio para hacerlo, me deslicé por las baldosas mojadas, salté a las vías y me mantuve pegada al hueco del resalte sin perder de vista lo que ocurría por encima de mi cabeza, hasta que me pareció que no había peligro. Al rato, me acerqué al cristal de la oficina donde la luz del farol más cercano me desveló un bulto oscuro adormilado sobre el jergón del fondo. Aún así no las tenía todas conmigo. Caminé con la espalda en la pared hasta llegar a la sala de espera, luego empujé un portalón y salí a una explanada solitaria. O no tanto. Me inquietaba que alguno de los cuatro o cinco coches dispersos por el recinto ocultasen a Dios sabe quién.
Notaba la piel pringosa. Debía oler tan mal como los cubos de basura arrinconados contra la tapia de la derecha. Me pareció nauseabundo aquel sitio, pero como era el refugio más seguro que podía encontrar por el momento, me abrí paso entre recipientes de zinc que me llegaban al hombro y aparecí en el callejón, empedrado y rodeado por tres o cuatro puertas tapiadas, donde me pareció estar a salvo por fin. Pasé toda la noche tiritando de frío y aguantando un asco feroz, pero conseguí apartar el miedo y hasta echar algún sueño de más de diez minutos.
Resultado de imagen de monet gare
No dormir es bueno, proporciona tiempo extra para pensar en lo que importa. Y en aquel momento solo podía pensar en comida, o en hambre, que para el caso es lo mismo. Siempre creí que era el hambre lo que me había expulsado de mi pueblo, pero hambre, lo que se dice hambre –ahora lo sabía– no había pasado nunca. Era escasez, no hambre, lo que me transformó, de la niña dócil que había sido, en la muchacha resentida, malhablada y soberbia que salió de allí sin mirar atrás, hambre lo que me provocaba un continuo estado de nervios y me impulsó a hacer lo que fuera para que cambiase algo. Confieso que en algún momento de furia, influenciada por las películas de gánsteres que veía de gorra en el casino del pueblo, llegué a considerar el asesinato, un crimen perfecto que me proporcionase una vida digna. Pero no conseguía encontrar la relación entre eliminar a alguien –el dueño de las fincas que cultivaba mi padre, el casero, algún director de banco que imaginaba con puro y chistera– y la consecución de un bienestar que creía merecer más que mis convecinos y, por supuesto, más que el resto de mi familia.
El hambre es un ratón que primero se acurruca en tu estómago, hace chillar a tus tripas y luego se revuelve provocando dolor y rabia. Pero eso no es nada: el tiempo va pasando y empiezas a sentir debilidad, te duele la cabeza, los hombros, se te aflojan las piernas, sueñas con manjares de aromas exquisitos que humean sobre fuentes enormes. Y esa fase todavía es tolerable, lo malo viene horas más tarde, cuando dejas de soñar, no sientes la cabeza y las extremidades se han convertido en unos trapos lacios que no te responderían suponiendo que quisieras moverte. Pero tu voluntad se evaporado, ahora todo se reduce a un sopor continuo unido a una fuerte punzada en la boca del estómago, como si el ratón se entretuviese en arrancarte las tripas.
Me encontraron así, casi inconsciente, al alba, cuando los barrenderos entraron a llevarse los desperdicios del día anterior.
(Continuará)

sábado, 30 de abril de 2016

La Baronesa (III)



El compartimento del amo estaba en primera clase. La mulata entró con él pavoneándose y yo me quedé en el pasillo con mi billete en la mano sujetando el neceser recién comprado, que habían llenado con un perfumador repleto de agua de colonia, maquillaje, jabón de olor y un peine nuevecito. (Nadie creyó necesario comprarme un cepillo de dientes y tampoco yo lo eché en falta, en aquellos años el aseo dental  era considerado un lujo hasta en las mejores familias).
No fui capaz de relacionar el número que me habían asignado con el lugar donde tenía que sentarme. Busqué al revisor por dos o tres vagones pero me cansé pronto y volví al punto de partida. Se escuchaba el tartamudeo de la mulata al otro lado de la puerta y una negación repetida, susurrante, sobrecogedora. Escapé hacia la zona de literas, yo tenía el número 14 y todos, hasta el cien, comenzaban por cero. Desalentada, me acerqué al estribo con la idea de esperar a que aminorase la marcha para tirarme, pero alguien me agarró del pelo con fuerza. Era una mulata diferente, con la cara sucia de lágrimas, las mejillas arañadas y los brazos señalados con marcas de dientes. Había perdido su gesto burlón y me miraba con ferocidad.
Cuando abrí la boca y me apretó el cuello para abortar mis gritos, supe que era mi turno en el cuarto del hombre y que una de las dos sobraba. Me pegué a su cuerpo todo lo posible con la intención de propinarle un rodillazo en el vientre, entonces se abrió una puerta y el revisor nos separó de dos bofetones. Nunca me ha gustado más que me pegasen, le enseñé mi billete y nos dirigimos al compartimento. Me volvía constantemente temiendo que apareciese el amo, pero en cuanto pisé la escalerilla noté que el tren se iba parando poco a poco y decidí retroceder. Aquello estaba muy oscuro, olía a pies y a cuero, alguien gemía allá abajo. Caminaba con tiento evitando alertar a algún testigo. Con el neceser bien sujeto bajo el brazo, me asomé al pasillo y, a la mortecina luz de los apliques, me pareció que estaba desierto. No agucé más la vista porque el resplandor de la estación me reclamaba unos diez pasos a mi izquierda. De cuclillas en el escalón de abajo, aferrando desesperadamente la manilla, esperé a que avanzásemos a paso de hombre. Entonces, tiré de ella con brusquedad y di el salto.
(Continuará)