miércoles, 17 de julio de 2024

Malos presagios (Relato agorero)


Blanca está sentada en su escritorio anotando cifras en el Excel. Un mechón se le desparrama por la mejilla izquierda. Cuando se ha parido, aunque haga ya tantos años, cualquier mohín se anota y se identifica casi sin dudar. Cree que ha llorado esta tarde, que le abruma tanta responsabilidad, la gente a su cargo, los presupuestos, ve como su vida se mide por gestos controlados, medidos al milímetro, pero solo por fuera. Su cabeza palpita alocada, tiene que adelantarse a lo que le exige una actividad que, por otra parte, adora. Sin ella esa alegría que desprende se esfumaría en pocos segundos.

Su Blanca. Tan llena de proyectos, tan enamorada, tan amable y cariñosa con los suyos. A veces teme que algo se tuerza en ese panorama sin fisuras. Y, como siempre que esos fantasmas la acosan, vuelve a ver el cuarto vacío, la cuna revuelta, el cajón sin juguetes, las perchas todavía balanceándose. Alguien entró y la niña ni siquiera dio un grito. Eso es lo que le dio la pista de que debía ser algún conocido: sabía dónde estaba cada cosa, cada persona, ella trabajando en el jardín, la bebé acostada, su maletita en el lado derecho del ropero. 

A los diez minutos la casa estaba llena de agentes recorriendo pasillos, haciendo preguntas. "Lo siento, no he visto a nadie pero tiene que haber sido una persona de confianza" "¿Usted confía en secuestradores, señora?" "No, no, quiero decir..." Ni sabía por dónde se andaba, todo era confusión y nervios. Llegó Tomás, sus padres, su hermano Fede. "No puede estar muy lejos, que vaya, cada uno en su coche, en todas las direcciones posibles". ¡Qué absurdo! pensó ella, repartirse las zonas sin saber a quién se está buscando ni dónde. Se quedó sola, temiendo escuchar el timbre del teléfono, imaginando una voz cavernosa que exigía una suma inverosímilmente alta. "Has visto demasiadas películas" pensó, y era verdad.

Blanca se levanta, corre a su habitación y al rato vuelve con el pelo mojado y taconeando. "No tengo tiempo de peinarme, que se seque al aire él solo". Es tan evidente que está contenta. ¿Qué habría sido de ella si no la hubieran encontrado?

"Señora, un crío de quince meses se olvida de su familia en menos de un año. Ustedes tardarán un poco más, pero los niños cambian mucho, así que deben darse prisa." ¿Prisa? Si estoy paralizada, no hay nada que podamos hacer, ya hemos buscado por los alrededores, visitado a todos los conocidos, llamado a hospitales, agencias de viaje, aeropuertos. "Primero, haga memoria y luego apúntelo todo. Una lista de potenciales..." "¿Secuestradores? Pero como voy a poder escribir un solo nombre. Si sospechase remotamente que alguien es capaz de hacerme algo así, no le permitiría ni acercarse a nosotros." "De acuerdo. Usted coja un boli y piense, se sorprenderá de lo que puede recordar a poco que se esfuerce".

Recordó. Y no solo eso, puso a la policía sobre la pista de aquella peluquera sin escrúpulos que vivía a cientos de kilómetros. Un detalle minúsculo le vino a la mente en cuanto se sentó con su libreta, pero le habían asegurado que nada, nada de lo que pudiese aportar les parecería irrelevante y mucho menos motivo de burla. Una tarde en la piscina, Camelia había asegurado que en la zona donde trabajaba había potentados que darían millones por cualquier crío de menos de tres años. Se ruborizó al contárselo al agente, pero él se sentó y la acribilló a preguntas. Entonces, aquella urbanización de lujo con salida directa al mar, repleta de yates y coches de alta gama que tantas veces le había descrito la ladrona se le apareció con todo lujo de detalles sin haberla visto nunca. "¿Habrá cogido un avión?" preguntó Tomás. "No señor, eso habría levantado sospechas, además esa vía ya está investigada, ha debido salir por carretera".

En un taxi. Camelia había contratado sus servicios días antes de llevarse a la niña, le compensaba haberse gastado un dineral. La policía de allá peinó la zona y no les costó gran cosa encontrarla. Lloraba fingiéndose arrepentida, le dijeron. Lágrimas de cocodrilo, claro. Le cayó la pena que se merecía antes de que llegase a cerrar ninguna operación, aunque había tanta competencia por quedarse con Blanca que más que venderla la estaba subastando. A su hija, esa mujer que ahora sale sin apenas despedirse, abre la puerta de su deportivo y arranca a toda velocidad. 

"Solo deseo que todo le vaya bien, su vida es demasiado perfecta, nunca ha tenido ningún contratiempo, salvo aquel que ni siquiera recuerda, y por suerte solo duró una semana. Una felicidad tan completa no parece natural, tengo miedo de que se haga añicos cuando menos me lo espere."

viernes, 5 de julio de 2024

Un matrimonio (Relato controvertido)

Emil Nolde - Young couple (1935)


Era la enchufada de la clase porque sus padres tenían pasta y las monjas no eran inmunes a la promesa de beneficios económicos ni al prestigio que suponía para ellas que Paula fuera su alumna. Una chica del montón en todo pero le ponían sobresalientes a porrillo. Y muy rara además: la encontrábamos parada en medio de un pasillo mirando al techo como petrificada, algunas decían que se le aparecía la virgen, yo creo que tenía algún tornillo mal ajustado.

Pero coincidimos en biológicas e hicimos cierta amistad. Ella se acercó a mí y poco a poco, por inercia en mi caso, nos fuimos viendo regularmente. No era mala chica, le gustaban las pelis con subtítulos, jugar al tenis y hacer senderismo. En realidad, nos unieron las aficiones. Por mi parte, tampoco le hacía ascos a esa casa enorme que tenía donde se podía nadar a todas horas y cuya biblioteca era interminable, aunque ella no solía visitarla. Tenía unos padres añosos que nos permitían hacer lo que quisiéramos y organizaban unas fiestas de lujo para toda la pandilla que podían durar un fin de semana entero. Acabábamos dejando aquello hecho un asco, pero el servicio se ocupaba de todo.

Cuando nos acercábamos a la treintena pasó por otra mala racha. Por entonces apenas nos veíamos porque yo estaba muy ocupada, preparando el doctorado y ocupándome de mi bebé. No tenía tiempo para nada pero ante su insistencia permití que me invitase a comer uno de esos sábados en que mi marido salía de guardia del hospital. Nunca lo hubiese hecho, me puso la cabeza como un bombo con su obsesión por una soltería que no acababa de asumir. Por entonces, la mayoría estábamos casadas, unas cuantas teníamos hijos e incluso hubo quien ya se había divorciado. Fue una velada agónica, repetida mil veces por teléfono y por todos los medios electrónicos posibles. Para librarme de ella, le aconsejé que se subscribiese a una página de citas. 

Y funcionó. Empecé a sospecharlo cuando me di cuenta de que habían pasado dos semanas sin tener noticias suyas y respiré aliviada cuando me mandó un escueto correo dándome las gracias. Tres meses después recibí una tarjetita en la que se me invitaba a una cena formal en su nueva casa, situada en la mejor zona de Argüelles. Por fin, había salido de La Moraleja y ahora estaba viviendo con Ángel. Fue agradable verla tan feliz. Era obvio que sus padres no habían reparado en gastos después de haber conocido al chico, un pelagatos simpático sin oficio ni beneficio hasta entonces, natural de la provincia de Burgos, que había terminado la carrera de periodismo y no encontraba ninguna ocupación a la medida de su talento. Pero se entendían bien, ya que en este caso el otro papá, dueño de una empresa agrícola -aunque mucho menos opulento que los de ella y con varios hijos a su cargo- también proveía. Por el momento, pues parece ser que el grifo estaba a punto de agotarse.

Pocos meses después se reanudaron las llamadas. Ahora el problema consistía en que el muchacho era reacio al matrimonio, y para colmo quería tener hijos. ¡Habrase visto! Fue cuando me enteré de que Paula carecía de instinto maternal, reloj biológico y de todo lo que se relacionara con una hipotética prole. Yo no sabía qué aconsejarle pero al fin consiguieron llegar a un acuerdo: si él accedía a casarse, ella consentía en quedarse embarazada, pero solo de uno, nada de hijos en plural. Ni para ti ni para mí. Me pareció un arreglo sabiamente salomónico.

Como pueden imaginarse, aún no ha acabado, ni siquiera ha empezado del todo, este interminable culebrón. Cuando menos lo esperaba, Paula apareció en mi rellano sin avisar, envuelta en lágrimas, farfullando algo incomprensible y señalándose la barriga. Para entonces ya había nacido mi segundo hijo, y cuando entró y se encontró rodeada de aquel mar de pañales, papillas y niños alborotando, no solo no se calmó sino que sufrió una crisis de histeria. Tuve que dejar a Ramón organizando aquello y llevármela a algún sitio donde pudiésemos hablar. Entonces me contó su gran drama, se había quedado embarazada aunque no estaba en sus planes ni de lejos.

- Pero, vamos a ver. ¿No era lo que habíais acordado?

- Sí, pero era mentira.

- ¿Qué era mentira? 

- Que pensase tener ningún niño, solo lo dije para convencerle de que teníamos que casarnos.

Su boda había sido tan elegante y lujosa como era de esperar, quizá un poco kitsch en algún momento. Todo perfecto hasta que volvieron de la luna de miel y ella se negó en redondo a cumplir lo que había prometido. Lo que no podía entender de ninguna manera, decía, era cómo él había conseguido preñarla. Mucho después, cuando ya estaban divorciados y Ramón aún seguía frecuentando a Ángel, nos enteramos de que mi amiga había encargado a este el espinoso cometido de colocar cada día el anticonceptivo en el lugar conveniente de su anatomía. ¡A quien se le ocurre encargar algo así a quien desea ser padre a toda costa! Pero Paula seguía siendo la niña caprichosa de siempre, incapaz de responsabilizarse de nada ni de realizar ninguna tarea útil. Él, en cambio, ya trabajaba. La mamá jurista había movido los hilos en cuanto la ceremonia estuvo apalabrada, y meses más tarde aprobó la oposición de auxiliar de juzgado, con una nota mediocre pero suficiente para acceder a una plaza en propiedad. 

Nació Uriel. Ella se negaba a darle el pecho y amenazaba con pegarle cuando se quedaba con él a solas. Creo que nunca lo hizo, pero Ángel tuvo que pedir un permiso especial para ausentarse cada vez que al niño le tocase una toma. Su jefe se lo concedió oficiosamente y aprovechó para burlarse de él con todo descaro, aquello no debía parecerle cosa de hombres. Aunque, hay que reconocerlo, el flamante padre cumplió con su obligación día tras día sin quejarse, y cuando le pareció que la integridad del recién nacido estaba en peligro, salió de aquella ratonera, buscó un piso humilde en la periferia, una guardería en su nuevo barrio e inició una vida sin sobresaltos centrada en el bebé. 

Paula me contaría tiempo después que había pasado a la acción, tirar una pelota al chaval con toda la mala puntería posible, para convencer a su marido de que debían divorciarse. Ya el hecho de convivir con el niño no le hacía maldita la gracia. Y eso no era todo, para colmo a Ángel le dio por confesar su reciente obsesión por los bigotes y su proyecto de tener alguna aventura masculina en cuanto se presentase la ocasión. Dudaba entre acudir a la web de citas donde la conoció a ella, en su sección para gais, claro está, o visitar algún bar de ambiente de vez en cuando. En ese momento, ella lanzó el proyectil en dirección a la cuna, y aunque no llegó ni a acercarse al bebé, su padre decidió que no pasarían ni un minuto más cerca de aquella loca. Las dos versiones coincidían, con las lógicas omisiones según conveniencias.

Años después, yo me rompí el esternón haciendo montañismo y Ángel venía a ayudar  siempre que lo necesitábamos. La amistad entre nosotros dos se afianzó y cada vez que estábamos a solas él se enzarzaba en sus confidencias. Así me fue haciendo partícipe de todas sus aventuras, que fueron más bien pocas porque era novato en esas lides y no sabía moverse bien por aquel azaroso mundo. Hasta que conoció a Jorge, su gran amor recién llegado de Cuba, y nos lo presentó en una larga y embarullada visita que nos hizo llorar a todos por lo emotivo del asunto. No se lo oculté a Paula, tampoco lo hubiese hecho de saber cómo iba a reaccionar, porque ella entró en cólera y a partir de ese momento nuestra amistad acabó para siempre.

La pareja se consolidó, nos seguimos visitando con frecuencia y una noche, nunca lo olvidaré, recibimos la fatídica llamada. Ramón y yo asistimos, como era obligado, al funeral. Nos habíamos perdido el entierro por la mala cabeza de Uriel, que se olvidó de avisarnos hasta casi un mes después del atentado. Sí, Ángel perdió la vida un 11 de marzo en aquel tren de cercanías que le trasladaba cada día muy temprano al centro de Madrid. En la iglesia abrazamos al atribulado cubano, dimos el pésame al padre del fallecido y a su abatido hijo adolescente, y nos condolimos con su pueblo natal, que acudió en bloque a las exequias. A la que no vimos por ninguna parte fue a Paula.

miércoles, 26 de junio de 2024

El agresor burlado (Relato paradójico)

Edward Hopper. Ventana del hotel (140 x 102 cm.)1955


Se bajó del autobús a la entrada del puente, como siempre que salía de noche, y caminó sin fijarse en las vías ya que a esas horas su brillo le provocaba un poco de vértigo. Aquel domingo, día de Reyes por cierto, había quedado a cenar con Rosa para aclarar cierto incidente fastidioso relacionado con el ex de la susodicha y una mujer con quien Elena se había encontrado en su último viaje a Galicia. Este encuentro casual amenazaba con destruir aquella amistad incipiente y ella se arrepentía ahora de haber contado a una recién divorciada que había coincidido, casualmente, por supuesto, con la amante de su ex marido. ¡Un lío de narices! No es que pretenda que lo entiendan, solo quiero mostrar a una mujer cabizbaja y con algún remordimiento avanzando bajo las farolas en la noche de invierno sin atisbar un alma en todo lo que abarcaba la vista.

Un vez rebasado el puente, siguió su camino y no miró atrás hasta que llegó al arranque de su calle. El hombre llegaba en ese momento a su punto más alto y, pesar de la distancia, envuelto en luz como estaba, se podía distinguir la gabardina, una bufanda oscura y algo bajo el brazo que parecía una cartera. Elena salvó los tres metros de calzada y al llegar a su acera, algo como una vibración del aire la impulsó a volverse otra vez. El fulano debía haber corrido lo suyo porque ahora le pisaba los talones. Conmocionada pero haciendo acopio de sangre fría se desvió por el camino que llevaba a la primera casa de la urbanización para aparentar que vivía allí y no al otro extremo de la avenida. Pero el hombre le cortó el paso. No dijo qué pretendía, solo ordenó: "Camina. Rápido. Y como chilles te pego un tiro".

Como la mente humana es imprevisible, en ese momento crucial de su vida, Elena se concentró en banalidades. "Ha dicho chilles y no grites, tengo que recordarlo cuando lo cuente mañana en la oficina" "¿Será verdad que lleva pistola? seguro que es un farol, pero cualquiera sabe, desde luego no pienso llevarle la contraria" "Elena, no tiembles que es peor, tienes que aparentar serenidad".

Segundos más tarde habían llegado a ese portal que no era el suyo, bastante bien iluminado por suerte. Agitó el llavero, que llevaba bien sujeto en el puño, y arañó como pudo la cerradura pensando que aquel simulacro no podía engañar a nadie; era absurdo intentar abrir la puerta y hacía un ruido tan poco convincente que casi parecía una broma. Sin embargo coló. El agresor desapareció por la esquina del edificio para internarse en los jardines circundantes. Esperó un poco y aún tuvo valor para asomarse por el hueco para comprobar que no estaba siendo espiada. Lo vio a pocos metros, montando guardia en el terraplén que caía sobre la acera por donde ella tenía que haber pasado minutos antes, encendiendo un cigarro y esperando pacientemente a otra incauta. Este primer intento debió parecerle demasiado arriesgado, pensó Elena, y ya más tranquila tocó varios botones hasta que alguien decidió abrirle la puerta.

Justo en ese momento, escuchó un estruendo terrible que venía de la parte de atrás. Nunca sabría de dónde sacó valor para poner un libro entre las dos hojas de la puerta y asomarse de nuevo al peligro. El hombre estaba tendido en la acera, la luz de una farola le daba en toda la cara, rodeada de tiestos rotos y adoquines. Parecía inconsciente, seguramente había perdido el equilibrio. Ya no había de qué preocuparse, así que volvió a la puerta milagrosa, quitó el libro y entró. Conocía bien aquellos portales, con sus dos alas, sus cómodos tresillos, la gran mesa esquinera con su lámpara iluminada y los cuadros de la pared, todo por duplicado. Una excelente calefacción mantenía el lugar calentito. Se sentó y llamó a emergencias para que vinieran a recoger a quien la había amenazado de muerte.

Lo peor del caso es  que la telefonista le obligó a facilitar su nombre y dirección. "No conozco de nada a esa persona". "Da igual, si ha ocurrido un accidente necesitan sus datos, y si no los tienen investigarán hasta dar con usted". Así que dijo la verdad y esperó acontecimientos.

Una semana después recibió una llamada del hospital. El herido había vuelto en sí -dijo el comunicante anónimo- y había testificado que su accidente se debió a una imprudencia suya. La voz se preguntaba si Elena no estaría interesada en ir a verle, ahora que estaba casi restablecido y que, probablemente, desearía darle las gracias. "¿Él ha pedido que vaya?" "No no. Está un poco aturdido aún, pero si lo desea le doy los datos."

Y allá que se fue. Es difícil saber qué le pasó por la cabeza, pero media hora después estaba mirando por segunda vez esa cara. Lo que leyó en ella fue una mezcla de sorpresa, estupor y pánico, a lo que correspondió con una decidida sonrisa de triunfo. No hablaron. Se contemplaron durante treinta segundos eternos, luego ella se volvió en redondo agarró el picaporte y salió de allí. La enfermera, que lo había presenciado todo, se puso a su lado en el pasillo. "Dijiste que no le conocías" "Y es verdad, si tienes un minuto te cuento toda la historia."

Tomaron un refresco en la cafetería reservada al personal. La chica escuchaba extasiada como si le estuvieran contando una película. Cuando acabó, le hizo una promesa. "No te preocupes, ahora mismo me pongo al ordenador y borro tus datos. Ese malnacido no va a poder acercarse a ti nunca más."

lunes, 20 de mayo de 2024

No se puede vivir sin los pájaros (Relato costumbrista)

 


Antes vivía en una casita muy coqueta, con azotea y una terraza con vistas. Pero las vistas no eran lo mejor (y eso que al este, por debajo, había unos jardines preciosos y encima de ellos una hilera de montañas que cambiaba de color constantemente, y al sur un mar de tejados con el mar auténtico al fondo). Lo mejor eran los pájaros.

O uno en particular, con unos arpegios que para sí quisieran muchos cantantes. Ejercía de solista y solo actuaba cuando no encontraba competencia. Si sus colegas de otras especies iban de acá para allá soltando algún trino, el reservaba su garganta para cuando podía contar con un buen auditorio. No sé de qué especie era, ¿ruiseñor, calandria?, pero me hubiera gustado conocerlo. Habríamos hablado de lo mal que nos caían las gaviotas, esas pesadas que no paran de chillar, y sin el rumor de un océano que atenue sus voces son bastante inaguantables.

Mi pajarito preferido era como la cigarra de la fábula, se sabía con talento y gustaba de prodigarlo a su público. Lo imagino parado en una rama, estirando un poco el cuello para que su música se extendiese sin obstáculos por el parque y más allá. 

Pero ya no vivo allí, me he mudado a una placita triangular, recoleta, con una columna en el centro encaramada a un pedestal y rematada por una cigüeña con un gran pico anaranjado. Debe ser, supongo yo, un homenaje a las aves. Esta plaza, aunque con menos vegetación que aquel parque, no tiene ni un rincón libre de árboles, bien frondosos por cierto, y está plagadita de pájaros. Y aunque echo de menos al artista, he de reconocer que estos, en conjunto y a su manera, también son entrañables. No necesito verlos para adivinar que se pasan el día trabajando. Su conversación es industriosa, colaborativa, todos rezan a un mismo son. No sé qué tejemanejes se traen, pero noto que se llevan bien y que están entregados a alguna tarea que varía según el momento. Estos nuevos vecinos, gorriones probablemente, desempeñarían el papel de la hormiga en el cuento. En una sociedad como la suya -tan diferente de la humana- nunca les faltará comida y cobijo.

Les escucho parlotear a todas las horas del día y son como la fuerza vital que dota de vigor a este rincón del mundo y a quienes lo habitamos. Sin ellos, el sol siempre presente, el verde de las hojas, los niños que salen a jugar a sus anchas y el pequeño obelisco central no serían capaces de otorgar a mi placita ese dinamismo suyo tan fuera de lo común.

viernes, 10 de mayo de 2024

Mi opinión sobre los rollos Suavelín (Relato humorístico)



A quien corresponda,

Creo que tengo el deber de manifestar mi descontento. Hace unos dos meses coincidí con una señora en la Caja del super de mi barrio. Ella estaba guardando un paquete de papel higiénico en su bolsa y le pregunté si conocía y estaba satisfecha con esa marca, a lo que respondió que era alérgica al cloro que utilizan muchos fabricantes para blanquear el papel y que este le iba muy bien, solo le hacía unas pequeñas ronchitas que se aliviaban rápidamente con crema hidratante, no como los demás, que le producían un eczema general en la zona. Agradecida por la respuesta, comenté que mi problema era exactamente ese y que no había encontrado todavía nada que no me dejase el lugar en carne viva. La cajera que nos oyó apoyó la opinión de la clienta y explicó que ella no usa otra marca en su casa, sobre todo para los niños, que tienen la piel tan sensible. Además, nos recomendó coger un folleto del montón que había junto a la Caja donde, según dijo, se explicaba el proceso de fabricación, los materiales utilizados y se elogiaban las cualidades del producto final con todo detalle, incluso los efectos calmantes que se conseguían con su uso continuado. No contenta con eso, nos animó a consultar las reseñas que aparecen en sendas páginas, tanto la de Suavelín como la de la tienda.

A partir de ese momento, mi vecina y yo emprendimos una campaña recomendando su uso a todos nuestros conocidos, incluso a quienes encontrábamos frente al estante a punto de elegir un paquete. La noticia se extendió como la pólvora y a los pocos días todo el barrio utilizaba ese papel y ningún otro, tanto es así que el establecimiento se vio obligado a retirar el resto de marcas y a añadir un mueble adicional donde el papel higiénico Suavelín reinaba en todo su esplendor. Yo no lo supe hasta diez días más tarde, pues me había ido a pasar la Semana Santa a Benidorm, donde no pude encontrar el dichoso producto y tuve que sufrir las incomodidades de la marca que facilitaba el hotel donde me alojé. Al volver, me fui directa al cuarto de baño, ilusionada como una niña, esperando encontrar el ansiado tacto aterciopelado que tanto habían elogiado la cajera y un sinfín de clientes satisfechos en la página web correspondiente. Pero aquello parecía papel de lija, empecé a sangrar a borbotones y tuve que llamar al servicio de urgencias para que mandase una ambulancia porque el dolor era tan agudo que no podía ni moverme. Cuando llegué a casa encontré a toda mi familia dolorida y tomando analgésicos ya que no tuve tiempo de avisarles. Pero solo al bajar a la calle y ver las caras de dolor de los transeúntes fui consciente de las dimensiones que había alcanzado la tragedia. A todos se les saltaban las lágrimas y se esforzaban en no poner la mano en el sitio afectado, ya que hacerlo en público habría resultado de mal gusto.

Pongo en su conocimiento los hechos, así como el nombre del local donde se han vendido esos rollos a centenares dejando a todos sus usuarios medio lisiados o al menos con enormes molestias cuando no peligrosas hemorragias, como fue mi caso tal como indico más arriba. Se trata del centro comercial SuperAhorro, sito en la calle Almirante Culín, 22, (65008). Muchas gracias.

martes, 23 de abril de 2024

El dios que llora (Relato fantástico)


Yo viajé con Hernán Cortés. Sí, palabra de honor. A los 19 años presencié la conquista de Méjico. ¿Que no parezco tan viejo? Pues joven no soy, pero quinientos y pico años tampoco tengo, eso seguro. Todo tiene su explicación. Y os la voy a dar para que no me toméis por mentiroso.

Me llamo Baltasar. No me miréis así, yo no tengo la culpa. Me pusieron el nombre del día (uno de ellos) según la tradición familiar, pero ni tengo delirios de grandeza ni me estoy inventando nada. En aquella época no era más que un chaval, al que le entusiasmaba leer, que se quedó encerrado en la biblioteca de la facultad un fin de semana entero, de viernes a lunes. El dios de la lluvia lloraba sobre Méjico y yo no podía soltar el libro de las manos. ¿Que cómo me las arreglé para no morirme de hambre? Ese es el secreto que he tenido bien guardado hasta ahora: no pude abrir la puerta del bar por más que lo intenté, pero sí viajar en el tiempo, conocer a un puñado de amigos y atiborrarme de comida.

La magia se produjo a causa de mis lágrimas. Lloraba de hambre, de desesperación, de frío. No niego que de miedo también un poco. A medianoche me entró la tiritona y busqué algo para abrigarme. Encontré un chaquetón colgado de una percha, me envolví en él y seguí leyendo sin dejar de llorar. Casi no me atrevía a pasar las páginas del libro por temor  a salpicarlo de lágrimas y mocos. Las letras me parecían borrosas, como reflejadas en el agua. La mesa se estaba convirtiendo en un gran estanque azul y la mancha blanca de las hojas parecía una armadura brillante. La armadura de plata movía los brazos y caminaba hacia mí, que estaba sentado en la arena, fascinado por esa figura que surgía de lo más profundo.

Lo siguiente que recuerdo es la música y el baile. Me rodeaba una multitud y yo cogía unos exquisitos pasteles de miel de un cuenco que alguien me había puesto en el regazo. Un hombre canoso se acercó y me preguntó algo que no entendí, luego se puso a dar vueltas alrededor de los bailarines, todos muy jóvenes, que sostenían una larga cuerda adornada con flores. A un lado estaban las chicas, vestidas de blanco y adornadas con plumas de colores. Tanto ellas como ellos llevaban la antorcha en una mano y con la otra sujetaban la de su pareja. Honraban a la diosa Xilonen y estaban todos muy borrachos.

La hoguera se apagó, pero yo ya había entrado en calor y había comido. La gente se fue retirando a sus casas y yo me quedé dormido en la tienda de los guerreros, donde nadie podía molestarme. Cuando el sol me deslumbro abrí los ojos, aparté la cortina que cubría la entrada y pude ver el mar, el ajetreo de los barcos y a la multitud que se había acercado hasta el puerto para contemplar a los que partían o llegaban. Había centenares de fardos apilados en el muelle, vendedores que voceaban para atraer a la clientela y escribanos que registraban las mercancías que iban llegando. Me abordo un caballero vestido con jubón de cuero y capa de terciopelo, que se adornaba con un collar de piedras granate. Me dio la mano y me invito pasear por el poblado, pero enseguida apareció un oficial con noticias del gobernador y yo me senté a mirar la actuación de unos cómicos que habían levantado un armazón en la plaza y deleitaban al público con sus piruetas. Cuando el espectáculo acabó, montaron una larga mesa con tablas colocadas sobre piedras y la rodearon de bancos de madera donde nos sentamos a comer sopa caliente y pavo asado servido en fuente de plata. El encargado de trincharlo puso un trozo en mi mano, luego trajeron dulces y todos aplaudieron.

Meses más tarde, por fin había acabado la sequía. Sacrificios y ofrendas hicieron su efecto y Tatloc se apiadó de los humanos. Envuelto en vapor para ocultar su cabeza de ocelote, comunicó a sus descendientes que sus lágrimas caerían sobre Méjico, ahora que todos partían hacia otro lugar. Cortés cabalgaba a través del bosque renegando de aquellos cuentos sin pies ni cabeza, meras supersticiones de seres primitivos. Hasta que gruesas gotas de lluvia comenzaron a golpearle el rostro con fuerza. Solo entonces se convenció de que lo que le habían contado era verdad.

Tiré suavemente de las bridas y mi caballo dejó de trotar, no necesitaba guiarle pues conocía el camino de sobra. A la puesta de sol presencié una batalla a lo lejos, se oía retumbar de cañones pero apenas podía ver nada debido a la humareda que lo envolvía todo. Aún no había acabado el espectáculo cuando alguien tocó mi hombro y se hizo la luz en la biblioteca. Me había encontrado el bedel cuando entró para abrir las persianas y ahora tenía enfrente al  jefe de estudios que no estaba precisamente contento.

- Vete a casa, desayuna, date una buena ducha y luego ven a mi despacho. Tú y yo tenemos que hablar.

Y ahí acabó mi aventura en Méjico. El dios de la lluvia lloró sobre esas tierras, pero mi berrinche fue mucho mayor cuando me enteré de que había sido expulsado por todo lo que quedaba de curso.

 

Inspirado en El dios de la lluvia llora sobre México, de László Passuth

viernes, 5 de abril de 2024

Las tres mosqueteras




Encontré esta foto en el álbum secreto de Mamali (así o con acento en la i, según mi estado de zalamería) meses después de enterrarla. El nombre es una apócope, la susodicha se llamaba Liboria y nunca quiso que la llamase mamá a secas. Porque en realidad no lo era y para aparentar normalidad, como si nuestras vidas, las de cinco mujeres nada menos, no hubiese tenido sobresaltos. Ignoraba que hubiese un álbum secreto, donde guardaba las fotos que nunca repasábamos en las tardes de lluvia, un cuaderno hecho a mano con las tapas recortadas de una caja de zapatos y hojas de cartulina en tonos pastel. 

Las primeras mostraban a mi abuela embarazada junto a sus dos hermanas, más pequeñas. Aún son unas crías. A mi abuela la engañó un mozo del pueblo enseñándole un anillo y aprovechándose de su ignorancia, pero ella siempre se ha considerado una ramera, una mujer libidinosa y sucia que no acató el sexto mandamiento y fue castigada justamente. El parto de mi abuela fue considerado en el pueblo una maldición familiar, por eso tampoco se casaron mis tías.

A continuación aparece mi madre de bebé, en el colegio, en su primera comunión, en un baile rodeada de amigas. Nunca la vi en ninguno de los otros álbumes, aunque sí llegué a conocerla. Vino unas cuantas veces y nunca sabía qué decirme. Una mujer de ojos tristes y expresión ausente que parecía haber llegado allí a la fuerza. Me compraba chuches en el quiosco de la plaza y una vez se empeñó en regalarme unos prismáticos de colorines que me parecían un horror, pero no me atreví a decirle nada.

Ella fue otra víctima de los tiempos. Pagó la vergüenza de Mamali con una educación más que severa, se le prohibía todo y -lo sé por experiencia- una adolescente necesita respirar aire fresco. Así que se ennovió con un forastero que le doblaba la edad y se escapó a Madrid con él. La encontraron en un prostíbulo, pero Mamali no hubiese soportado la vergüenza de tenerla de vuelta y allí se quedó. Por aquella época estrenaron Emmanuelle en  España y las tres hermanas se hicieron famosas por capitanear las protestas: decenas de mujeres caminando en procesión por la otra acera, vestidas de negro y rezando el rosario a pleno pulmón. Alguien hizo esa foto, que ella guardó celosamente, donde aparecen las tres, por entonces cuarentonas aunque aparenten tener noventa años. Probablemente, se avergonzaría de aquello más tarde, porque Mamali cambió con el tiempo y mis tías abuelas también, principalmente gracias a mí.

Nací una década más tarde y mi madre me llevó con Mamali en cuanto le dieron el alta en el hospital. Según mis noticias, nadie puso objeciones. Me criaron entre las tres y, esta vez sí, mantuvieron la cabeza bien alta. Nadie les sacó los colores a cuenta de mi existencia porque ellas no lo permitieron, y yo crecí feliz, rodeada de amor y con cierta tendencia a provocar a mi alrededor continuas caídas de baba. Por fin sucedió lo que parecía impensable cuando ellas eran jóvenes, pues lo que en mi abuela fue credulidad, en mis tías resignación y en mi madre rebeldía yo lo transformé en polémica, larguísimas y extenuantes conversaciones que les levantaron muchos dolores de cabeza pero acabaron convenciéndolas de que en mi caso no había nada que temer. Lo que conseguí es mi mayor orgullo: estudiar derecho en Madrid viviendo en un piso de estudiantes financiado entre todas, a la misma edad que una se embarazó y la otra cayó en las garras del proxenetismo.

Ya han fallecido las cuatro, y yo conservo este álbum bendito que me ha convertido en lo que soy, una privilegiada, la competente abogada que convence solo con su labia y pruebas incontestables -es decir, sin trampa ni cartón- y una madre divorciada que no oculta el pasado a sus hijos. 

Pero, tengo que admitirlo, en lo tocante a los hombres tampoco puede decirse que haya tenido mucha suerte.

viernes, 8 de marzo de 2024

8 de Marzo. Día por los Derechos de las Mujeres



Lo reivindicamos escuchando el podcast que emite hoy Radiojaputa.

(Selecciona y pulsa) 

https://radiojaputa.com/podcast/radiojaputa-205-analizamos-las-iniciativas-mas-surrealistas-que-se-han-preparado-para-este-8m/

martes, 9 de mayo de 2023

Todos mis amigos se llaman Javier (PRIMERA PARTE)


Aquella tarde llamó mi cuñada llorando. Mi hermano y ella habían tenido una de sus discusiones antológicas, en las que volaban platos, zapatos y hasta el gato una vez fue lanzado por los aires. Era un sábado de otoño, lloviznaba, mis hijos habían ido al zoo con su padre, o esa fue la primera idea porque creo que finalmente acabaron patinando sobre hielo en pista cubierta y cenando toneladas de grasa en forma de hamburguesa gigante con ración extra de patatas. A mí, si les digo la verdad, lo único que me apetecía era tumbarme en penumbra, envuelta en música suave y fingir que leía a Proust en el Kindle antes de quedarme dormida. Pero una dispone y la familia –aunque sea política y sin contrato matrimonial– dispone, o más bien abusa de tu bondad, pereza para argumentar o lo que sea. Quedamos en la esquina de Leganitos y nos encaminamos a la calle Princesa donde habían abierto un pub para carrozas que según los informantes de Carmen tenía auténtica clase, sea lo que sea eso, que a la hora de la verdad nadie es capaz de definir. Ni que decir tiene que estos planes nuestros tampoco llegaron a buen puerto. En la escalinata del Plaza había dos chicos sin paraguas esperando a que escampase. Primero nos hicieron reír con sus bromas y luego nos convencieron para que les acompañáramos a un hotel de la calle Arenal. No piensen mal, nos invitaban a probar las mejores tortitas con nata de Madrid, según ellos, en la cafetería del establecimiento propiedad de la familia de Javier. El primer Javier de una larga lista.

No llegué a probar las tortitas, sino un crepe de frutos rojos que compartí con Carmen y un Blody Mary que Victor pidió sin mi permiso y del que solo bebí dos sorbos porque siempre he pensado que el alcohol y los desconocidos no combinan bien, diga lo que diga mi cuñada, que me acusa de estrecha en cuanto tiene ocasión. Ella, en cambio, ama la aventura en todas sus variantes, así que picó y se fue con ellos al piso que compartían. Parecían formales pero nunca se sabe, así que conduje preocupada y no me tranquilicé hasta que de madrugada sonó el teléfono despertando a toda la familia y comprobé que llamaba desde casa. Casi podía escuchar los ronquidos de mi colérico hermano que, por cierto, también se llama Javier aunque no tenga arte ni parte en esto.

Solo diré que ambos acabaron haciendo las paces, como era de esperar conociendo su historial de peleas, y que Carmen se negó a comentar lo que había pasado esa noche. Me pareció lo normal, dado el parentesco que nos unía por entonces, pero creí percibir cierta amargura en sus evasivas y hasta es posible que le hubiese venido bien sincerarse. Debería haber sabido que no pensaba juzgarla y que le hubiese prestado mi hombro, y hasta el pañuelo, con mucho gusto.

Victor me llamó aquella mañana Me extrañó doblemente, ya que desde el principio me habían emparejado con Javier, y más aún la urgencia con la que reclamaba una cita. Parece que no había tenido mucho éxito con Carmen pero yo por entonces era una mujer felizmente casada y fiel por encima de todo. Estuvo insistiendo un buen rato mientras mi hijo mayor me lanzaba miradas inquietas. Fue una situación incómoda.

Luego hablamos muchas veces. Solía llamar antes de que los chicos volviesen del cole; Arturo llegaba sobre las ocho, así que había campo libre. Eran conversaciones inocentes, amistosas, sin propósito concreto. Ya el primer día soltó la frasecita; “Todos mis amigos se llaman Javier”. Añadió algún cotilleo del Javier que yo conocía, vástago de los dueños de una cadena de hoteles, pijo hasta decir basta, que se pasó toda la tarde mirándome como si me estuviese perdonando la vida. Victor, en cambio, era un chaval de pueblo que por entonces se estaba preparando para entrar en el cuerpo de controladores aéreos y acabo de profesor de inglés en un colegio de monjas. En estas pasaron dos años, él se sinceraba conmigo y yo apenas tenía nada que contarle. Hasta que mi marido me dejó por su secretaria, se mudó a otro país y me quedé tan llena de deudas que tuve que pedir un adelanto a mi jefe, para empezar, y después un crédito en el banco que tardé en pagar casi una década. No volvió a dar señales de vida, lo sentí por mis hijos, pero ellos aceptaron la situación mucho mejor que yo. Ya conocían a la susodicha y se habían olido la tostada, pero no dijeron nada hasta que todo estalló por los aires.

Ni que decir tiene, que antes de acabar mi confesión Victor ya me estaba proponiendo quedar ese fin de semana. Prometí que lo pensaría y eso hice. Aquella tarde lluviosa los dos me parecieron atractivos, Este más sanote, el otro arrogante y hermético. ¿Qué tenía de malo dejar a los niños con la abuela y salir un día a tomar algo? Estaba hasta el cuello de obligaciones y me merecía una tarde de asueto. Pero nada más. Él era mi único amigo en ese momento ya que mi entorno de soltera se había esfumado hacía mucho.

(Continuará)