sábado, 8 de septiembre de 2018

El rehen (Beirut) - 2018

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No creo equivocarme si les aconsejo decidirse por esta película, estrenada recientemente en España, cuando visiten su sala de cine más próxima. Se trata de un producto ubicado en la década de los 80, bien ejecutado a pesar de utilizar ingredientes que hemos degustado una y mil veces en todas las películas del género –o de los géneros, pues para mayor complicación se trata de un híbrido– gracias al excelente trabajo del guionista. Y si no debe ser fácil internarse en las profundidades del thriller con los mimbres del espionaje y la política, menos aún si el accidentado terreno que pisamos es el de Oriente Medio.
Resultado de imagen de beirut movieSu prometedor comienzo –ambientado en una fiesta que reúne a la buena sociedad americana– con el protagonista (Jon Hamm) moviéndose en primer plano entre el resto de personajes y su voz en off reflexionando, con un tono entre escéptico y cínico, sobre la mezcla de culturas y la idiosincrasia de sus oponentes, nos deja clavados en la butaca, expectantes ante lo que se avecina, que apenas decae en los cien minutos largos que ocupa la cinta. La secuencia continúa y, al convertirse en uno de los platos fuertes del film, consigue dejarnos sin aliento ya desde los primeros fotogramas. Y si el planteamiento sufre una radical metamorfosis, el argumento entero nos va arrastrando a velocidad de vértigo hasta un final tan previsible en su contenido fundamental como incierto en su puesta en escena.
La acción tiene lugar en Beirut durante la guerra civil libanesa, cuando un ex-diplomático estadounidense recibe el encargo de resolver un caso de secuestro. Cuenta con algunas interpretaciones excelentes, acertados golpes de efecto y elementos como el atentado, el rapto, los contubernios (entre aliados pero también entre enemigos), investigaciones, alianzas, mentalidades opuestas, fanatismos, la ambición de triunfar y la patada en la espinilla, la amistad y el egoísmo, el trauma que supone una catástrofe y el amor traicionado, la inocencia perdida y la astucia presidiéndolo todo. Con esa explosiva combinación se compone una trama compleja y bien urdida que, sin llegar a la categoría de obra maestra, nos deja con muy buen sabor de boca junto a la conocida sensación de haber vuelto de otro mundo que nos queda al salir de la sala tras haber vivido una aventura apasionante.
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Aún así, el guión contiene un pesado lastre, muy común en los filmes americanos que abordan el choque entre culturas, y es su empeño por aparecer ante el público como la parte inocente, dialogante, agraviada y eterna poseedora de la razón absoluta. A este respecto, el papel del muchacho musulmán (Idir Chender) acogido por la pareja de anfitriones y su decisiva contribución en los acontecimientos posteriores aporta su habitual ración de demagogia.

Título original: Beirut
Duración; 109 minutos
Guión: Tony Gilroy
Dirección: Brad Anderson
Reparto:  Jon Hamm, Rosamund Pike, Mark Pellegrino, Dean Norris, Shea Whigham, Alon Aboutboul, Jonny Coyne, Larry Pine, Jay Potter, Ben Affan, Mohamed Zouaoui, Mohamed Attougui
Música: John Debney
Fotografía: Björn Charpentier
Nacionalidad: Estadounidense
Género: Thriller político

jueves, 6 de septiembre de 2018

El comprador de sombreros (Relato impertinente)




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René Magritte - El hijo del hombre

Su mujer me envío un confuso texto explicándome que estaba convencida de que la engañaba, pero necesitaba asegurarse antes de pedir el divorcio. Aún así, no acababa de decidirse: sentía vergüenza, escrúpulos, tenía un acusado sentido del ridículo. o todo a la vez. Total, cuando llegué al final de la carta no podía asegurar si me estaba contratando o no.

La vida de un detective privado sería tan tediosa, o más, que la de cualquier oficinista si uno no se sumergiese en las profundidades del personaje para extraer de él toda su sustancia. La mayoría de mis colegas trabajan de forma rutinaria y al poco de dedicarse en exclusiva a olfatear como un perro de presa todo lo que se encuentra en su camino, sin otra clase de miras, sienten un tedio enorme. Yo era auxiliar de psiquiatría antes de dedicarme al oficio. Retiraba bandejas de comida, desocupaba bacines, inyectaba tranquilizantes y empujaba camillas de una sala a otra. Allí estaba el origen de mi peculiar afición, o eso pensaba entonces. Debo advertir que después de seis meses de prácticas había aprendido más de la naturaleza humana que en todos mis años de hospital. Entre los individuos que tuve –unas veces la fortuna, otras la desgracia– de investigar, recuerdo a Roberto Pastrana como un sujeto extraordinario.
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René Magritte - La trahison des images

Me trasladé a la ciudad dónde vivían y empecé a seguir al hombre un día que diluviaba a mares. No había paraguas que aguantase aquellos súbitos embates del viento, el agua me azotaba sin piedad, pero él caminaba impertérrito cubierto con su gorro de lana. Tardé en comprender lo que se proponía. Después de mucho dar vueltas, de visitar establecimientos, pasear por un barrio y otro, comprendí que buscaba algo tan poco extraordinario como un sombrero para cubrirse la cabeza. O puede que anduviese tras algo más difícil de encontrar, a saber: el sombrero, ese diseño único que le estaría destinado desde el día, ya lejano, en que los diseñadores comenzaron a manejar sus lápices.
Roberto era un calvo corriente, con un festón de pelo enmarcando la nuca como un brochazo de betún. Supuse que, algo acomplejado por su condición y aburrido de su atuendo, vulgar aunque con un punto bohemio, habría decidido cambiarlo por otro más distinguido. Esa era mi impresión antes de patear tras sus pasos todas las callejuelas de la urbe.
Solía disfrazarme (de turista con camisa hawaiana, de militar, de mujer obesa que empuja su carro de la compra, de arlequín, de monja con toca y botines, de anciano con bigote canoso y cachaba, de hombre anuncio, de motorista con casco y chaleco reflectante) para colarme tras él en los más variados recintos y observar sus tejemanejes sin que sintiese en su nuca mi aliento.
Transitar por las viejas calles del centro histórico te aligera y renueva el espíritu. Dos o tres días deambulando por los alrededores de la Catedral y empecé a sentirme como un viejo lagarto que se ha despojado de su piel, y mientras la mira secarse al sol siente que la brisa invade cada poro de su alma. Le observaba desde el puente romano apoyarse en el cayado cada vez que salvaba un desnivel, siempre que sus incursiones lo alejaban de la zona urbanizada. A veces dibujábamos círculos concéntricos en torno a la ciudad. Era hermoso vagabundear sin perder de vista su espalda. Me mantenía a una distancia prudencial, oculto entre matorrales, agarrando una azada para volverme invisible, subido a un andamio o montando algún asno tiñoso tras desenganchar la cuerda que lo mantenía sujeto al portón de la cuadra.
Finalmente, entrábamos en una sombrerería y era allí, por desgracia, donde resultaba más complicado seguirle.

Tuvo que transcurrir toda una semana para que comprendiese el sentido de las correrías de Roberto. No solo buscaba sombreros, necesitaba, además, contemplar su imagen reflejada en cualquier superficie que le saliera al paso –cuartos de baño, escaparates, el agua del río, las gafas de un viandante, el parabrisas de un coche, los probadores de una sastrería– grabar su imagen a conciencia, volver sobre sus pasos y devolver la nueva adquisición. Dentro de poco – pensé– se habrá probado todos los modelos disponibles y tendrá que cambiar de ciudad si no quiere que lo reconozcan. Pronto me di cuenta de que no hacía falta, el hombre tenía sus recursos, saludaba a los dependientes por su nombre, inventaba explicaciones cada vez que repetía una visita o aprovechaba los cambios de catálogo para informarse sobre nuevas existencias. A veces compraba algo. Eso también.
Estaba empezando a aficionarme a lo que entonces consideré mi gran vocación frustrada: holgazanear sin medida un día detrás de otro. Tan poco dispuesto estaba a poner punto final a aquella vida de molicie que no me decidía a contar la buena nueva a su esposa. Ninguna mujer a la vista, solo se prueba sombreros, a veces hasta se los queda. Fue entonces cuando entendí que mi ocupación no era tan sencilla como me había parecido en un principio. Ahora que había descartado la infidelidad del sujeto, era mi deber encontrar alguna explicación a aquella excentricidad, no por anodina menos preocupante.

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René Magritte - Hombre con sombrero hongo
Hasta el nefasto día que Roberto decidió agotarme. Subía cuestas, las bajaba; se metía en un portal, ascendía hasta el último piso y luego tomaba el ascensor mientras yo me deslomaba siguiéndole por la escalera. Puentes, cerros, campanarios... Reconozco que estaba ágil y consiguió agotarme enseguida. Derrengado, me senté en un banco del parque sin rastro de remordimientos por haberle perdido de vista. Él tomó asiento a mi lado y me llamó por mi nombre. En ese momento creí haber visto un fantasma.
-No se asuste –me tranquilizó con un tono socarrón que no se correspondía con su imagen. Le conozco mucho mejor que usted a mí, cualquiera que se relacione con Críspula es para mí como un cristal.
-Oiga, que yo no…
-Que se tranquilice le digo, yo que usted bebería de aquella fuente. Ahora es menester pasar el tiempo. ¿Qué hacemos? ¿Le gustan los chistes?
¿Ustedes que hubiesen hecho en mi lugar? Inmediatamente, me puse a sus órdenes: bebí agua, observé sus ingeniosos trucos con una baraja y un sombrero flexible que debió sacarse del bolsillo, escuché sus chistes y le acompañé a tomar unas cervezas.
-Bueno, concluyó, ahora que nos hemos hecho amigos, le voy a explicar a qué me dedico. Estoy buscándome a mí mismo, ¿comprende? Eso proporciona dinero, mucho más del que parece. Vivimos bien, somos razonablemente felices, pero mi mujer necesita un aliciente, de lo contrario la rutina acabará arrojándonos al caos. Le pido, más bien le exijo a cambio de la cantidad que usted decida, que le cuente esta historieta. Y, lo más importante de todo, tiene que conseguir que se la trague.
Sacó una libreta roñosa del mismo bolsillo sin fondo y me la tendió.
-Solo tiene que aprenderse, punto por punto, todo lo que he escrito aquí. Ella es una cantante pop, tiene veinticinco años, se llama Raquel y es muy linda. Nos sorprendió en el tercer piso de una pensión de las afueras, una que se llama Chamorro y Casas. La he elegido porque es sórdida y se cae de vieja, no todo va a ser glamuroso, la lujuria y perversión necesita un toque, digamos, vulgar. Cuando llegó, yo tenía una pistola en la mano y, de no intervenir usted, le hubiese pegado un tiro para evitar que continuase suplicándome.
-Ya. Pero fue su mujer quien me contrató primero, comprenda que tengo mis principios.
-Le he dicho que ponga precio.
-Y yo le repito que mi conciencia no me lo permite.
-De acuerdo, ahora voy a hablar con su conciencia.  Conciencia, ¿lo has pensado ya?
-Oiga…
-Perdone, no estoy hablando con usted. Si tienes ya una cifra, Conciencia, añádele un millón de euros.
-Un millón a la cifra que…
-Eso he dicho.
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René Magritte . Hombre de espaldas
-Creo que… Creo que mi conciencia está de acuerdo.
-Lo imaginaba. Ahora solo tiene que aprenderse el guión y soltárselo a Críspula mañana mismo, estoy harto de pasearme como un imbécil por toda la ciudad porque usted no se cansa ni borracho.
-Después de la séptima cerveza y de la paliza que me ha dado hoy…
-¡Bravo! Lo hemos conseguido. Solo le queda seguir mis instrucciones y perderse de vista.
-¿Y el dinero?
-Se lo dará el camarero. ¿Verdad Champi? Es un tipo legal, y si no lo fuera se guardará mucho de perjudicarnos, aunque solo sea por la cuenta que le tiene.
Champi me guiñó un ojo y abrió una botella de cava.

Desde entonces me dedico a la importación. Me mudé a la costa y he adquirido un almacén cerca del puerto, comercio con productos de ultramar y podría asegurar que, por fin, me he encontrado a mí mismo.

martes, 4 de septiembre de 2018

Espionaje en zapatillas (Poema)





Yo sé que alguna vez
has leído versos míos,
lo noto en la manera de mirarme a los ojos.

Si me espías,
tu mirada se pierde en la hojarasca,
en los ojos del gato que asoma tras la verja,
en la espuma reseca de esos remos
o en aquella pastilla de jabón
que quedó flotando en la bañera
cuando cerramos la puerta para siempre.

Son mis frases,
nada más que palabras de un cuaderno,
llamas fugaces que apuntan al vacío,
la nimiedad convertida en signo gráfico.

Nunca has visto ese gato ni esa orilla,
jamás flotamos juntos tres horas seguidas
con el vientre frío y la cabeza ardiente.
En mi casa no tengo cadelabros,
no cuelga en el pasillo el óleo de una sílfide,
no existe ese sillón de orejas,ni un marino de escayola con su pipa humeante,
nunca me escuchaste interpretando a Brahms
tras un piano de cola mientras cenas,
ni hemos viajado juntos a las islas Seychelles.

Son episodios que están en mis papeles.
No son trozos de vida
ni pesan tras tus párpados.
Cada vez que atraigas uno de esos recuerdos
desecha lo que evocan:
no son más que delirios
que acechaste una tarde sobre mi hombro




Nuestros gestos más íntimos son solo una quimera.
Nunca traspasamos en globo una montaña.
Es mi brazo quien arroja sombras de malicia
sobre una hoja de papel en blanco.

Vete ahora.
Después de emborracharte con mis versos
navega hasta una playa resacosa,
serénate con la brisa de la noche
y no vuelvas a escudriñar en mis escritos.

lunes, 16 de abril de 2018

Patriarcado y caldo de cocido

La sociedad es un cocido compuesto por un montón de ingredientes

¿Han probado ustedes un buen cocido madrileño, con su morcillo, su pechuga, su choricito, su col, su zanahoria...? Los que vivan en España, supongo, llevarán toda la vida comiéndolo, sobre todo en los meses fríos. 
Bien. Imaginen que tienen un buen plato delante. ¿A qué les saben los fideos, los garbanzos, la patata? Hasta en la morcilla, que predomina sobre el resto de sabores, ¿no encuentran como un regusto a berza?
La sociedad es un cocido compuesto de un montón de ingredientes, todos se contagian del sabor de los otros, sobre todo de los más contundentes, como el tocino y la morcilla. Esa grasa, ese sabor a carne, ese gusto salado es el patriarcado que lo impregna todo, que produce un chiste de mal gusto, un “aquí mando yo”, que nos hace comulgar con el mito de la virilidad, que ha dado lugar a que el vocablo “niña” se considere una ofensa, que disculpa el comportamiento de los varones, los consagra como dueños del otro sector (léase mujeres), provocando numerosos y desproporcionados ataques de ira cuando la situación se les escapa de las manos. Pero este “escapárseles de las manos” puede ocurrir en cualquier momento: en el trance de una separación, ante una colega particularmente brillante o en cualquier situación cotidiana en la que ellos no sientan que tienen las riendas bien sujetas. Algo muy frecuente, porque el machito es particularmente vulnerable a este sentimiento y suele reaccionar montando en cólera. Y si lo hace es porque la experiencia demuestra a diario su eficacia y porque está convencido de que se trata de una respuesta perfectamente legítima. 
Convénzanse. En este caldo de cultivo, que a cualquier ciudadano de bien se le vaya esa cólera de las manos y acabe cometiendo una acción terrible es mucho más fácil de lo que parece. El caldo del dominio patriarcal domina todas las cabezas, unas se resignan a la sumisión, los otros defienden su supuesto derecho al poder con los mecanismos que encuentra a mano, y si con insultos, halagos, manipulación etc. no consiguen todo lo que quieren –que vuelva la que se fue, que su pareja se vista como él quiere, que no la mire ningún hombre etc.– la única solución que se le ocurre es hacer que desaparezca del mapa.

Micromachismos

Y es que, en el contexto de nuestras sociedades patriarcales –y a pesar de los viejos ajustes, que se siguen invocando aunque hayan tenido lugar hace décadas, como si no hubiese nada que modificar desde que conseguimos poco más que el derecho al voto, a la universidad y la despenalización del adulterio femenino– la violencia más evidente se alimenta de todas las demás violencias que se concretan en intolerancia, faltas de respeto y desprecios constantes y que tan bien hemos tolerado hasta ahora, y seguimos tolerando por la fuerza de la costumbre, tanto las mujeres que los sufrimos como los varones, sean consentidores o causantes. Actitudes que se han dado en llamar micromachismos porque un piropo en plena calle, comparado con un asesinato parece muy poca cosa, pero también porque nosotras, al haberlos padecido desde siempre, hemos acabado por normalizarlas y transitamos por ellas como entre escollos que preferimos no mirar. Hasta que abrimos los ojos y empezamos a prestar atención. Entonces nos sorprendemos de nuestra pasividad, de nuestra ceguera incluso. Si de verdad llamásemos a las cosas por su nombre, negar un puesto de trabajo a una mujer en edad fértil o cualquier actitud violenta aunque sea de carácter verbal debería considerarse plenamente machista. Son los homicidios, violaciones, así como el maltrato físico y psíquico lo que se debería denominar macromachismo.

Nociones de feminismo básico

Para demostrar que esos micromachismos de micro tienen bien poco, solo hay que cambiar el género ante cualquier situación concreta. ¿Algún varón –educado como tal y, por tanto, poco o nada preparado para tolerar esos mamoneos– consideraría micro-discriminatorio que la empresa pagase a las mujeres de su misma categoría laboral un 10% más que a ellos? ¿Imaginan cómo reaccionaría, cuánta agresividad desarrollaría sobre el/los responsable/s de tamaña injusticia, cómo se sentiría de molesto? 
Pero, si no bastase con eso, consideremos la frecuencia. Se trata de situaciones que venimos padeciendo día sí y día también, y una gota aislada no cala, pero unos cuantos miles acaban perforando la roca más resistente.
Hay que echar otros condimentos a ese caldo, rectificar ya de una buena vez, que la dignidad y los derechos se distribuyan equitativamente, que el caldo saludable se extienda por todas las cabezas, también por las de las víctimas, que estas comprendan que su intimidad es suya, que cualquier desconocido no puede opinar sobre su físico cada vez que le dé la gana aunque unos cuantos señores defiendan en la tele pública esas conductas prehistóricas. Cuanto más lo pienso más me sorprende nuestra ancestral pasividad, que solo puede explicarse por una educación que desde bebés convence a las mujeres de que deben (debemos) aceptar cualquier cosa que nos suceda, sin quejarnos, simplemente porque así es la vida y así tenemos que aceptarla. Y eso se llama sometimiento.

Hay que ponerse las gafas (y las pilas)

Para acabar con un estado de cosas discriminatorio e injusto solo tenemos que abrir los ojos. A esto le llamamos ponerse las gafas violetas. Y nada más exacto, porque una vez que se enfoca la realidad con perspectiva igualitaria, empezamos a habitar otro mundo, mil veces más agradable.

El programa de Herrera y Sostres (febrero 2018)


Ahora escuchen uno de los ejemplos más groseros que produce el moderno machirulado con el fin de vengarse debido a nuestra pretensión de igualar derechos y, de paso, desacreditarnos de la forma más burda. La perla aparece al final de la conversación ¡ATENTOS!

lunes, 2 de abril de 2018

Tú, yo y el cosmos (Poema)


Se percibe un secreto en las presencias
minerales, en objetos cotidianos, en el fuego y el humo,
en el agua. Especie de temblor,
pálpito de la materia 
-tan turgente como acogedora y límpida-
que nos frena el paso ante un matorral poco frondoso
o ante una hilera de columnas
de un viejo templo, allá en Roma.
Ignoramos que el delfín y la isla, con su esencial solidez, nos alimentan, 
que solos no seríamos más que fluidos
disgregándose
por los mil resquicios del planeta,
subrepticiamente.
Que si llegan a abandonarnos,
acabaremos impregnados de esa ambigüedad tan propia de los seres
incorpóreos
y nos esfumaremos tras el vidrio de lo inexistente.
Desengañémonos:
sin universo que se avenga a contemplarnos
nunca llegaríamos a ser.

lunes, 12 de marzo de 2018

Rodaballos salvajes (Marzo, mes de la mujer)

¿Pagafantas? ¿De dónde habéis sacado ese palabro?

La excusa de los hombres machistas para menospreciar a las mujeres es que les hacemos de menos por querer tenerlos como amigos, y es que, no solo no aceptan un no por respuesta, tampoco pueden imaginar una amistad con una mujer sin sentirse algo así como menos hombres. No piensan que tengamos algo, o mucho, que aportarles, que pueden salir enriquecidos, que ambos podemos aprender mucho y disfrutar de la mutua compañía. Por eso han inventado esa odiosa palabra: pagafantas. Perdona, no hace falta que me pagues la fanta ni el nestee, no estoy a tu lado para que me pagues nada sino para compartir cosas. Sí, créetelo, por muy macho que seas, con una mujer puedes compartir muchas cosas que no sean sexo. En cuanto a esos hombres se les meta esto en la cabeza, automáticamente, se reducirá el abismo entre los géneros, nos entenderemos mejor, nos enriqueceremos mutuamente y hasta comprenderemos con más facilidad a nuestras parejas. Es dcir, la vida sería mucho más fácil si no nos la complicásemos tanto.
8 de marzo de 2018: Día de la Mujer

Yo me pago las fantas, los cubatas y el pincho de tortilla

Toda esa memez del pagafantas viene porque algunos:
  1. Se sienten ofendidos ante cualquier negativa nuestra a sus proposiciones afectivo-sexuales, juntas o por separado. Ellos pueden elegir, nosotras tenemos la obligación de sentirnos halagadas.
  2. Una mujer es un ente de segunda categoría y, por tanto, no es digna de disfrutar de la amistad de un varón. Nuestro mundo es estrecho y mezquino, el suyo amplio y fascinante. Aunque tengamos más estudios, un cargo de mayor responsabilidad que el suyo, más viajes, más experiencias, más de todo, nuestro mundo es femenino porque somos mujeres y por tanto nuestro cerebro se supone de nivel inferior al suyo.
  3. Y si, por casualidad, les demostramos que tenemos curiosidad por la vida, estamos informadas, nos interesa la ciencia, la sociedad que nos rodea, tenemos opiniones consolidadas etc. entonces ven amenazada su hombría, ponen cara de pánico y salen corriendo. Es cuando se enteran de que no tienen que pagar ninguna fanta, y eso es lo que les aterra en realidad. Pero ni la hombría consiste en situarse en un nivel superior ni es tan frágil como para verse amenazada cada vez que una mujer aporta un dato que ignoran. La hombría es algo biológico: una simple combinación de hormonas, cromosomas y órganos sexuales. Si nosotras no hemos visto amenazada nuestra feminidad por estudiar una carrera o triunfar en los negocios, si al mirarnos al espejo no apreciamos ningún cambio físico, si nos encontramos igual de femeninas que antes, es de suponer que el cromosoma Y no se va a sustituir por una X cada vez que una chica demuestre que conoce la tabla periódica.

Se avecinan grandes cambios

Esto no puede seguir como hasta ahora. Cueste lo que cueste, hay que luchar para cambiar esa mentalidad absurda y alienante. Si hacemos caso a esos remoquetes, si nos influyen los esquemas con que pretenden imponer su santa voluntad, si consiguen que nos sintamos acomplejadas, que nos menospreciemos a nosotras mismas, que hagamos lo que hagamos seamos las culpables de todo [si te gusta el sexo eres una fresca, si no te gusta alguien, una estrecha, si decides no continuar lo empezado, una calientabraguetas, si te resistes, carne de cañón, si denuncias, una mentirosa], seguiremos siendo pez de piscifactoría. Y de eso nada, nacimos rodaballos salvajes y lo seguiremos siendo a toda costa, pese a quien pese. Ya no hay quien nos pare: lo mejor es que os unáis a nosotras en vez de seguir compitiendo.

lunes, 5 de marzo de 2018

La forma del agua – The Shape of Water (2017)

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Un poema de amor en imágenes envuelto en acusaciones de plagio

La polémica

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Como sabrán, esta película, al haber obtenido trece nominaciones, se perfila como la candidata el Oscar con más posibilidades de triunfar. Pero un nubarrón se cierne en el horizonte: la acusación de plagio interpuesta por David Zindel, hijo del supuesto autor del argumento. Según la demanda, la obra teatral Let Me Hear You Whisper (Deja que escuche tus susurros), de Paul Zindel (premio Pulitzer 1971),  adaptada para la televisión en 1990, “narra la historia de una conserje solitaria que trabaja en el turno de noche de un laboratorio científico que realiza experimentos con animales para uso militar. Ella se siente fascinada por una fantástica criatura acuática inteligente, encerrada en un tanque de cristal. Al sonido de una antigua música romántica procedente de un tocadiscos, crea un lazo profundo y amoroso con la criatura, descubriendo que esta puede comunicarse, pero decide hacerlo solo con ella”.Ni que decir tiene que esto es, punto por punto, lo que sucede en La forma del agua. Solo faltaría uno de los elementos centrales: la mudez de la protagonista. De las tramas secundarias, en cambio, se puede prescindir sin que se altere demasiado el contenido. Lo fundamental es la historia de amor, repleta de ingredientes fantásticos, y el milagro de la comunicación entre dos seres aislados que encuentran un canal afectivo y otro semántico –estrechamente ligados entre sí –para entenderse. Un entendimiento todo lo rudimentario que se quiera pero suficiente para cubrir las necesidades sentimentales y expresivas de ambos individuos.Del Toro se escuda en su reputación intachable, forjada en veinticinco años de actividad como cineasta, y reconociendo influencias distintas de la señalada por el demandante. En concreto, de Creature from the Black Lagoon (La mujer y el monstruo) debido a la impresión que le produjo siendo niño y que motivó un antiguo proyecto de remake, finalmente fallido pues no convenció a la productora. 
Escribo el día antes de la ceremonia de los Oscar. No sé cuál de las favoritas resultará triunfadora o si se producirá alguna sorpresa. Cuando ustedes lean esto, ya conocerán el resultado, pero ahora mismo el dilema se encuentra entre dos opciones: si el hecho de presentarse al premio con una acusación de plagio sobre la espalda supondrá un lastre para la película y/o su director, Guillermo del Toro o sucederá justamente lo contrario. La solución no es tan fácil como parece a primera vista, pues la experiencia nos demuestra que pequeños y grandes escándalos sirven para visibilizar un producto que había pasado desapercibido hasta entonces e incluso para convertir creaciones con cierta popularidad previa en auténticas bombas mediáticas.

Argumento

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Hacia 1963, Elisa trabaja como limpiadora en un laboratorio espacial secreto. Nos encontramos en plena época de la Guerra Fría cuando la competición entre Rusia y Estados Unidos por el dominio del espacio exterior se encontraba en todo su apogeo. A pesar de todas las precauciones, descubre la existencia de un homúnculo anfibio, objeto de un experimento que debe acabar con su lanzamiento a bordo de un cohete, se apiada de él y establece contacto personal descubriendo al otro lado indicios de inteligencia. Poco a poco, se van enamorando y ella concibe un plan para salvarle en el que colaborará su compañera de trabajo, un amigo incondicional y uno de los militares de la institución.  

Mi punto de vista

Se ha dicho que la subtrama histórica enlaza mal con la historia de amor. Yo las encuentro perfectamente imbricadas, al contrario de los que sucedía en El laberinto del fauno que, a pesar de todo su prestigio, siempre me ha parecido un pastiche que no consigue aglutinar los dos mundos, el fantástico y el ambientado en la guerra civil española. Es curioso que, además de recurrir a su conocido y reconocido universo de fantasía repleto de elementos oníricos y con una ambientación tan espectacular como de costumbre, los mimbres historia/fantasía utilizados en las dos sean exactamente los mismos.La estética de ese ser de fábula me parece una amalgama de influencias previas. Personalmente, me recuerda a los personajes de Avatar, a Spiderman y, en general, a toda una colección de personajes de comic, cuyas recíprocas relaciones son conocidas por todos. En cuanto a la película en sí, se diría que Del Toro, lo reconozca o no, ha buceado en la historia del cine para seleccionar un conjunto de elementos que ha combinado a su manera para ofrecer una historia que, por mucho que se intente vender como personal e intransferible, produce una incuestionable sensación de déjà vu.
Resultado de imagen de el surrealismo de la forma del aguaTanto en este como en films anteriores, el cineasta maneja una serie de símbolos surrealistas como vehículo para transmitir sus mensajes. En este caso, los mecanismos para superar la incomunicación se convierten en el elemento central, acompañados de otras cuestiones éticas, como la discriminación del más débil, el coraje que hace falta para superar obstáculos, la fuerza de la amistad, la dura lucha entre mal y bien etc.Los actores realizan un trabajo correcto en una cinta sin mayores dificultades. A excepción de Sally Hawkins interpretando a la muda Elisa, un papel que destacaría especialmente pues el personaje corría el riesgo de resultar anodino y es su talento quien lo dota de múltiples matices convirtiéndolo en un sujeto con entidad propia, compleja e intransferible.
La banda sonora -merecedora de un Globo de Oro–, al adaptarse como un guante a los vericuetos del relato, va adquiriendo ese halo romántico y un punto solemne que cuadra perfectamente con la espectacular escenografía y la creciente tensión dramática que tiene lugar en la pantalla.

Nacionalidad: Estadounidense

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor

Reparto: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer, Richard Jenkins, Michael Stuhlbarg, Lauren Lee Smith, David Hewlett, Nick Searcy, Margan Kelly, Dru Viergever, Maxine Grossman, Amanda Smith, Cindy Day, Dave Reachill

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Dan Lausten

Género; Fantástico

lunes, 26 de febrero de 2018

El naúfrago (Relato ético)

El firmamento parecía una gran esfera vista desde dentro. El único nubarrón, de un lúgubre tono plomizo, se cernía sobre veleros y motoras, sobre la gente de la playa y sobre la playa al completo, sobre la húmeda atmósfera y sobre el océano como si estuviese a punto de tragárselos. 
Los remolinos rugían azotados por la borrasca. Pronto, de la piel de aquel mar no sobresalía más que el agua en movimiento, cualquier artefacto navegable, o había sucumbido a su fuerza o había conseguido llegar a tierra firme. El oleaje -si por casualidad tuviese ojos- no podría ver más que espaldas, la de los rezagados alejándose a toda prisa con sus pertenencias sujetas apenas por la punta de los dedos. Si alguna toalla o tumbona eran arrojadas sin querer por el gentío atemorizado, quedaban en el camino pues nadie se atrevía a recogerlas.
Un mar tumultuoso y desierto, una playa barrida por el viento y el pánico. Salomón se había acodado en la baranda de su pequeña casa de comidas. Resguardado por la distancia y, a falta de clientela, se entretenía contemplando el magnífico espectáculo que la naturaleza le ofrecía gratuitamente. No era aficionado a las fotos, lo suyo era el placer puro, sentir en la piel -o imaginar que sentía- cada partícula acuosa, sentir su vibración como un calambre, escuchar ese fragor tan terroríficamente musical, recrearse en la danza de los elementos. Elevó la frente y, con los ojos cerrados, entonó un canto silencioso a la hermosura. Fue al salir del éxtasis cuando asistió a otra representación, igual de terrorífica pero nada magnificente, al contrario: ruin, sórdida, tosca, bárbara, mezquina y trivial. 
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J. M. W. Turner - El naufragio
Una cabeza y dos brazos se mecían sobre el oleaje. Podía adivinar que aquel cuerpo estaba vivo, que pedía auxilio en vano, que se erguía al máximo para ser visto ignorando que allí no quedaba un alma.
Salomón, aunque sobrecogido, se obligó a no dejarse llevar por la emoción del momento: al no poder llegar a tiempo desde allí, cualquier intervención suya hubiese supuesto exponerse a un peligro inútil. Pero un todoterreno de un color impreciso, verde quizá, apareció por el oeste y avanzó a toda velocidad hacia la orilla. Dos hombres se abalanzaron sobre el náufrago, lo agarraron por los brazos y nadaron acompasadamente hasta dejarlo tumbado en la arena. Cuando les vio gesticular, movió la lente hacia la izquierda y descubrió a un tercer sujeto apoyado en el capó, que manejaba lo que le pareció una cámara de vídeo. Los dos héroes posaron junto a aquel desgraciado con expresión de triunfo, como si hubiesen pescado una ballena, solo les faltaba levantarlo en el aire por los pies o pisarlo elevando los brazos como si se tratase de un trofeo.
No podía escuchar lo que decían, tan solo voces dispersas en el viento. Pero los vio interpelar al cámara, satisfechos al parecer de su proeza, y desaparecer dentro del coche sin dignarse mirar atrás. Salomón cogió el teléfono, se lo echó al bolsillo de la zamarra más gruesa que tenía y echó a correr hacia la orilla sin preocuparse de cerrar la puerta.

lunes, 19 de febrero de 2018

Cenizas por el suelo (Relato incómodo)

Todavía le quedaba un tercio del segundo whisky, por las venas de sus brazos corría un fluido acalambrado, le zumbaban las sienes, ante sus ojos pasaban nubes ligeras. Acercó su taburete al de Gaby, que apuraba su coca cola y comía maíz frito a puñados sin preocuparse de una eventual borrachera, pues esa noche le tocaba conducir.
-Te estás mareando, Paz.
-No, solo tengo sueño, perdona ¿me prestas tu hombro?
-Espera, voy a pedirte un café.
-Señoritas…
Tras ellas, un corpulento pelirrojo con camisa blanca y corbata agitaba las manos en un ademán algo rígido, como si el cuello, sin permiso de su dueño, esbozase una reverencia.
-¡Camarero!
-No se van todavía, ¿verdad?
-¡Qué va! Mi amiga está pidiendo café.
-¿Cómo café? Nosotros les invitamos a una copa.
Entonces se fijó en el otro. Moreno, algo más alto, mirada retadora y cuerpo atlético.
Tenían reservada una mesa al fondo del local. El pelirrojo se hizo cargo del café, la coca cola y dos cubatas para ellos, mientras tomaban asiento junto al tío bueno que las miraba con descaro y sonreía. Por su lado pasó Laura, la secretaria de su departamento, que arrimó la boca a su oído doblando la rodilla y sujetándose el zapato izquierdo, en un aparatoso movimiento que, en vez de disimular, llamó la atención de los más próximos.
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Drácula, de Bram Stoker
-¡Cuidado! Ese chico estuvo…
Su mirada se cruzó con la de él e ipso facto se apartó dando traspiés como si se le hubiese roto el tacón. A Paz le extrañó verla asustada aunque la olvidó pronto, en cuanto estuvieron allí las bebidas; de buena gana se hubiese tomado otro whisky, pero ese era su límite y no se lo saltaba jamás.
Cuando el más viejo se sentó junto a Gaby, supieron quién había elegido a quíén. Atractivos aparte, los dos eran buenos chicos, trabajaban en la comisaría del barrio, a unos veinte metros del bar, y esa noche estaban de servicio. Les extrañó que no llevasen uniforme, que les permitiesen beber alcohol, que admitieran estar de incógnito. Las dudas se disiparon cuando aparecieron dos chavales de uniforme y el gordo se levantó para hablar en privado con ellos.
-Es el jefe –explicó, pavoneándose, el guapo-. Aunque no os lo creáis, ahora mismo estamos persiguiendo a un delincuente.
A Paz ya se le había pasado el mareo, Gaby miraba al más fornido entornando los ojos, se interrogaron con la mirada. Sí, estaban conformes.
Los polis jóvenes entraban y salían, recibían órdenes, cuchicheaban con su superior. Se apoyaron en los respaldos. Estaban cansadas y el local empezaba a vaciarse. El de pelo rizado volvió, por fin, de su último paseo frotándose las manos como si se sintiera orgulloso de algo o se hubiese quitado un peso de encima.
-Vámonos.
Lo estaba diciendo el moreno. Su colega parecía decepcionado, aunque no podía negar que se había hecho muy tarde. Iba a buscar un taxi, dijo, y las llevaría adónde quisieran. Resultó que Gaby y él iban en la misma dirección, así que salieron juntos y el otro se ofreció a acercar a Paz.
Por el camino, ella habló de las solicitudes que se acumulaban en la oficina de patentes, él de una novia que acababa de abandonarle. Lo peor de lo peor, según dijo.
-Algo tendría de bueno.
Hablaba por hablar, hasta que sorprendió la ira en los ojos del otro y sus manos agarrotadas en el volante.
Pero estaban llegando. Aunque ceñudo, el hombre dio la vuelta a la última rotonda y aparcó donde ella le dijo.
-Conozco esto, hay un aparcamiento ahí detrás.
-El del centro comercial, sí.
No hizo mucho caso al comentario, se sentía aliviada, había llegado a casa sin contratiempos. Solo pensaba en quitarse los zapatos después de echar el cerrojo a la puerta.
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El último tango en París, de Bernardo Bertolucci
Entoces su acompañante dio un volantazo y arrancó en dirección contraria. En cuestión de segundos, estaban parados en una zona oscura, entre docenas de coches vacíos y él forzaba una risita malévola.
-No esperabas esto, ¿eh? No de alguien como yo.
Le cayó encima como un alud. Por su cabeza pasaron fogonazos de escenas: ella acusando al acosador en su propio lugar de trabajo, el pelirrojo tomando declaración con la frente más colorada que nunca. Clavó las rodillas en los riñones de aquel indeseable, se incorporó, palpó su ropa.
-Necesito un cigarro ya.
Al otro le pilló de sorpresa, volvió a su asiento, la miró como si fuese otra.
-¿Estás asustada?
-No, ¿por qué? Ahora mismo vas a quitar el seguro de la puerta.
-Te llevo yo, no te preocupes. Nunca te dejaría sola en medio del campo, ni a ti ni a ninguna mujer.
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Las amistades peligrosas, de Stephen Frears
Mejor no ponerlo en duda. Se obligó a cruzar los brazos sin perderlo de vista mientras fumaba sin parar y echaba toda la ceniza en la moqueta.
-¿Puedo volver a verte?
“Paz, tienes que salir de aquí como sea, dile que sí a todo, ni se te ocurra llevarle la contraria”.
-¿Cómo?
-Que si me puedes dar tu teléfono.
-No llevo boli, si tienes una tarjeta dámela y te llamo.
-Pero llevarás un lápiz de ojos.
-Eso sí. Y una libreta para apuntar.
-Perfecto.
Se habían parado ya. Su portal estaba a seis metros. Sacó el cuaderno y anotó rápidamente. “Cambia un número, uno solo, no vaya a ser que quiera asegurarse y te pregunte en cuanto le des el papel. Como te vea titubear estás perdida”.
-Aquí lo tienes.
-¿A qué hora quieres que te llame?
“Lo lograste, estás saliendo del coche,  solo hay veinte pasos entre tú y la puerta, camina erguida, no te vuelvas, que no sienta ese temblor, sujeta bien el bolso, abre y cierra de golpe. ¡Guauu!”