lunes, 13 de febrero de 2023

Cómo insinuarse con elegancia (Relato verídico)

        

Los jugadores de cartas - Fernando Botero (1996)

-          Somos los de los veinticinco cubiertos.

-          Bien, señora, vayan pasando, ¿han venido todos?

-          Se ha añadido uno más, ¿les supone un problema?

-          En absoluto. Acomódense en el saloncito del fondo, ahora les traigo la silla que falta.

-          Se está bien aquí, calentito.

-          Después de la que nos ha caído encima.

-          Yo tengo los pies chorreando.

-          Pues se te van a secar rápido, yo me voy a quitar la chaqueta.

-          ¿Tan pronto? A mí el abrigo todavía no me sobra.

-          ¡Friolera!

-          Sí, soy de sangre caliente. Espera, Carmen, ¿puedes cambiarme el sitio? Es que aquí en la esquina me voy a quedar helada.

-          Sí, pasa. Pero no digas que hace frío, si se está de maravilla aquí.

-          Señorita, perdone. ¿Necesita algo?

-          No, nada, ya me siento. Es que traía mucho frío de la calle, estoo… ¿cómo te llamas?

-          Yo Julia ¿y tú?

-          Aurora. ¡Qué interesante la conferencia!

-          ¿Lo dices porque estoy yo delante?

-          Ja ja, Raúl, no sabes cuánto te admiro, he tenido que sobornar a un compañero para que me cediera su puesto porque me había quedado sin plaza. He leído todos tus libros y…

-          ¿Qué vamos a comer?

-          Para mí el menú del día, gracias.

-          ¿Todos queréis el menú?

-          Yo sí.

-          Yo también.

-          Que levante la mano el que quiera otra cosa. Tres, vale.

-          Para mí, pizza cuatro estaciones.

-          Yo una ensalada César.

-          Yo unos huevos rotos con torreznos y ración extra de patatas.

-          ¿Te pasa algo, Aurora?

-          Perdona, es que aún no acabo de creérmelo.

-          ¿El qué?

-          Estar aquí, hablando contigo, haber podido escucharte durante tres horas. Para mí es un sueño cumplido.

-          ¡Vaya! Me abrumas.

-          Por curiosidad, ¡dónde estudiaste?

-          Dejemos de hablar de mí, ¿no os parece? Hemos venido a relajarnos.

-          Sí, la charla ha sido muy densa.

-          Yo he cogido apuntes.

-          Además, puedes leer su biografía en google, seguro que ahí lo pone todo.

-          ¿Alguien quiere vino?

-          Yo una cerveza.

-          Yo un agua sin gas.

-          Cinco botellas de tinto de la casa, por favor.

-          ¿Te estás poniendo colorado?

-          Aurora, deja en paz al profesor.

-          Es que es impresionante que a su edad haya llegado tan lejos.

-          Tampoco soy tan joven, ni os doy clase en realidad.

-          ¿Cuántos años tienes?

-          Aurora…

-          ¿Qué pasa? ¿Es un secreto?

-          No, tengo treinta y cinco.

-          Un niño, lo que yo decía. Te llevo siete.

-          Quién lo diría.

-          Lo sé, nadie me echa más de treinta.

-          Come y calla, aquí tienes tu plato.

-          Matilde, ¡qué pesada eres!

-          Quien bien te quiere…

-          Y dónde hay confianza…

-          Veo que estáis muy refraneras.

-          ¿Sigues teniendo frío?

-          Manos frías, corazón caliente.

-          Después de escuchar al profe, los tópicos dan un poco de bochorno.

-          Los refranes son sabiduría popular, ¿a que sí Raúl?

-          Yo en eso soy neutral, cada uno que hable como quiera.

-          Las que somos ignorantes tenemos que aprender de los sabios.

-          ¿Alguien quiere postre?

-          Yo sí, pero un postre muy especial.

-          ¡Aurora!

-          ¿Qué pasa? Lo que de verdad me apetece es el dulce de moka de mi madre.

-          Con permiso. Mónica ¿es tuyo este paraguas?

-          Sí, ya debe estar seco. Perdona que lo haya puesto en medio pero no había otro sitio.

-          No importa.

-          Es que su madre es pastelera.

-          Y yo he anotado las frases de Raúl que pueden servirnos para el marketing.

-          ¿Para eso has venido?

-          ¡Claro! Papá me ha nombrado relaciones públicas de la casa y estoy redactando los folletos. Nada mejor que esas sentencias lapidarias aplicadas a un sector completamente distinto.

-          Menos mal que se ha ido al lavabo.

-          ¿Y eso no es plagio?

-          No tiene por qué enterarse, ¿o hay algún chivato por aquí?

-          Yo hubiera jurado que estabas ligando.

-          ¿Tú no puedes hacer dos cosas a la vez?

-          Pues no parecía muy interesado.

-          ¡Ja! dame tiempo.

lunes, 6 de febrero de 2023

A solas (Relato egocéntrico)




El Reflejo del Cuerpo - Tom Araya (2005) . Técnica mixta


Se acababa de cortar la melena según la última moda, con flequillo y a capas, algunos mechones se le escapaban de la coronilla y saltaban por su cuenta cada vez que apresuraba el paso. La escuela universitaria estaba a un tiro de piedra, en la estrecha calle paralela a Santa Engracia, solo tenía que doblar la esquina y recorrer apenas una manzana de edificios. Estaba decidiendo de qué se compraría el bocata para tomar a la hora del recreo, le apetecían unos calamares fritos pero se enfriaban enseguida y así, blandos, resultaban incomibles. Su amiga Fuencisla tenía permiso para llegar más tarde, quizá podría llevárselos ella si le llegaba el mensaje a tiempo. No era agradable que no les dejasen salir en toda la mañana, pero los padres así lo habían decidido en la última reunión y no había nada más que hablar. No veía el momento de ser adulta, una señora con hijos que trabaja y es independiente como la madre de... Entonces la vio. Estaban frente a frente, a solo un par de metros y ninguna podía creerse lo que estaba pasando. 

- ¿Rebeca?

- ¡Oh, dios mío. ¿Eres tú? Quiero decir: soy.

- Esto no puede ser verdad, estoy soñando.

- Rebe, escúchame, no creo que esto sea un sueño, las dos estamos despiertas, mejor dicho, yo lo estoy... No sé, creo que estoy sufriendo un espejismo.

- ¿Estoy loca? ¿Cómo si no puedo hablar conmigo misma?

- Yo estoy loca, puedo imaginarte porque ya te conozco. Tú a mí, en cambio no, sé que no existes y estoy hablando contigo. Es preocupante esto.

- Cuando he salido de casa todo el mundo dormía, ayer tuve una bronca con Maribel porque no quiero que se ponga mis camisas, mamá...

- Todo eso no prueba nada, son cosas que recuerdo perfectamente porque las he vivido antes.

- ¿Cuántos años tengo?

- Fácil, diecisiete.

- ¿Y tú?

- Lo siento, no soy capaz de recordarlo.

- ¿Ves? El espejismo eres tú, no yo. ¿Cómo te vas a acordar de lo que pasó hace mil años y no de lo que estás viviendo ahora mismo?

- Es extraño, sí, pero puedo asegurarte que la real soy yo, me debo haber dado un golpe en la cabeza.

- Yo, en cambio, estoy empezando a creérmelo.

- ¡Claro! Porque eres joven y crédula, cuando llegues a mi edad…

- ¡Vaya! ¿Conmigo presumes de sabihonda?

- Conmigo misma, en realidad. Estoy haciendo recuento de mi vida, no creo que esté hablando con nadie.

- Muy bien. Ahora mira a tu alrededor.

- ¡Madre mía! Ha desaparecido la calle.

- ¿Ves? Alguien nos ha subido a una nube para que podamos hablar tranquilamente.

- Recuerdo esos pantalones, también el corte de pelo, en cambio la camiseta...

- Nos tocó en la feria, en una tómbola, y en cuanto me la encuentro planchada me la pongo. ¿Cómo puedes no acordarte con lo que me gusta y lo bien que me sienta?

- Creo que recuerdo algo.

- ¿Engordaste?

- Puede...

- Vamos, ¿dejaste de ponértela porque no te valía o fue por otra cosa?

- Fue por eso, pero también se estropeó.

- ¿Algún sabotaje?

- Para nada, nuestros hermanos no son tan malvados como piensas.

- ¡Venga! ¿Me lo vas a contar o no?

- Ahora estoy sintiendo una especie de amnesia.

- ¡Venga ya! Antes no mentías tan descaradamente.

- Es cierto, Rebe. Se me ha borrado todo lo que ha pasado hasta hoy, es decir, hasta el preciso día que tú estás viviendo. Pero recuerdo lo de la camiseta.

- ¿Qué pasó con ella?

- La quemaste, con la plancha.

- ¡Ah! Jaja, esa fue otra, una con rayas naranjas que nos regaló Alejandro. Va a ser verdad que no te acuerdas.

- ¿Alejandro?

. ¡Claro! Mi novio. ¿Por qué pones esa cara? ¿Tampoco te acuerdas de él?

- Tengo una vaga idea de su cara, pero el nombre...

- Una vaga idea dice, pues sí que me he vuelto pedante. Entonces ya no estás con él, deduzco. ¿Ves? Yo también se hablar bien cuando me pongo.

- Rebe, créeme. No puedo contarte nada, aunque me gustaría. Algo se ha borrado en mi cabeza.

- ¿Algo?

- Más bien todo, es como si me hubiesen pasado una esponja.

- ¿No me puedes decir si te has casado, si tienes niños, a qué te dedicas? Sería estupendo saberlo.

- Yo creo que no, la naturaleza es sabia, no estamos aquí para que yo desvele tu futuro, debe de haber otra razón.

- Por lo menos sé qué aspecto voy a tener.

- O no. Todo depende de la vida que lleves.

- ¿Sabes qué te digo? No molas nada y no quiero convertirme en esto.

- Crees que lo sabes todo, ¿verdad?

- Creo que sé lo que sé.

- No lo sabes, solo lo supones. Fíate menos de ti y todavía menos de los que intentan convencerte de algo.

- ¿Te refieres a la gente de mi edad?

- Básicamente.

- Pero sí me tengo que fiar de los mayores, empezando por ti, o sea por mí cuando tenga tus años. Mira, te has vuelto tan rancia como todos y tengo claro que no quiero parecerme a lo que estoy viendo.

- Pues no hagas caso de lo que te digo y lo conseguirás. Aunque no respondo de tu futuro.

- Tú no eres quién...

- Pero, Rebe ¿te estás oyendo? Si yo no soy quién ¿alguna vez vas a escuchar a alguien sensato? ¿No eres capaz de hacer caso ni a ti misma?

- ¿Me estás llamando niñata?

- Me lo estoy llamando a la que era yo a tu edad. ¿Algún problema?

- Al menos dime cuántos años tienes.

- Te he contestado que no tengo ni idea. ¿Me vas a insultar por eso?

- Este encuentro debe significar algo.

- Sí, y creo que entiendo de qué va: estoy aquí para advertirte. La vida te ha dado esta oportunidad y deberías agradecérselo.

- Ya lo pillo. No nos hemos conocido para que sepa cómo va a ser mi futuro sino para que tú me des la turra.

- Exacto. 

- Pues ¡venga! Estoy dispuesta a escucharte.

- Ya lo he hecho, no me queda nada por decir.

- ¿De verdad? ¿Qué pasa? ¿Adónde vas ahora? Joder, estoy aquí parada hablando sola y el semáforo ya se ha puesto en verde. Esta mañana no quiero hablar con nadie, será mejor que me compre el bocadillo yo misma.

miércoles, 1 de febrero de 2023

El ratero (Relato con trampa)


 

Salí de casa sin cerrar la puerta y me escondí en el cobertizo que construyó mi padre para guardar las herramientas y que ha servido, sucesivamente, de garaje, gallinero, nido de amor y hasta taller de carpintería. Hay dos astillas levantadas en la tarima, me tumbé bajo el nivel del suelo y dejé el portillo de la gatera levantada para poder observar lo que ocurría. Desde el otro lado de la verja era imposible ver la puerta abierta, a no ser  que te introdujeras en el jardín por algún interés especial. El ladrón apareció a media tarde, cuando ya me había comido los tres bocadillos que llevaba, un buen trozo de queso y una manzana que apenas probé porque descubrí un gusano que se la estaba merendando con fruición. En este caso soy ya la ratera, pensé, al considerar a aquel inquilino su legítimo propietario y yo una simple advenediza. En aquel espacio había arañas, cucarachas, ratoncillos de campo y hasta gorriones, que se introducían quién sabe por qué resquicio del muro y se quedaban revoloteando entre las vigas sin osar aventurarse por territorios menos elevados. Ellos tenían miedo a los roedores, supuse, mi cazador furtivo, en cambio, no parecía temer nada. Me incorporé y, bien pegada al filo del ventanuco, enfoqué con los prismáticos lo que sucedía en la vieja mansión de mis padres. Hacía frío allí, pero no podía entretenerme en buscar una prenda de abrigo entre los anaqueles porque el intruso había aparecido en la biblioteca, tal como yo me temía, e intentaba abrir la caja fuerte con algún instrumento, una palanqueta, quizá. No se me ocurrió avisar al comisario pues los objetos de valor estaban a buen recaudo en el banco, solo me movía la curiosidad. Era preciso saber a qué atenerse, si los asaltantes eran uno o varios, cuál era su catadura y, sobre todo, que intenciones tenían. Me tranquilizó enfrentarme a aquel chavalillo hambriento, rebuscando en los cajones algo que pudiese vender. En la cocina había dejado víveres un poco al buen tuntún: una cesta con naranjas, media tableta de chocolate, varias latas de sopa, una hogaza y tres o cuatro racimos de uvas. Al anochecer le vi escurrirse, bien pegado a la fachada, hasta llegar a la esquina y echar a correr hasta el hueco practicado en la tapia por algún enamorado de otra época. Usó como escalones los desperfectos del ladrillo, metió la cabeza, se deslizó como un reptil y despareció de mi vista en un periquete. Las dos pequeñas bolsas que llevaba consigo me indicaron que solo se había llevado comida, tampoco había mucho más que pudiera ser útil a nadie con una vida tan precaria. Las antigüedades, que aún conservaba por motivos sentimentales, tenían verdadero valor pero eran voluminosas, imposibles de colocar cuando se carece de contactos y, para alguien como él, meros trastos inservibles, nido de telarañas en los que nadie habría reparado sin contar con un buen asesor.

Cuando me pareció que no había peligro entré. La cocina presentaba todas las huellas del festín, y de los alimentos que reservé para él no quedaba ni rastro. Salí al patio y cogí un par de patatas del viejo saco que olvidaron una vez los albañiles, encontré un par de higos, que habían caído del otro lado de la tapia y el pollo, bien escondido, al que aquella mañana había retorcido la cabeza. Pensaba prepararme un buen asadito. Retiré la trampilla del horno, arrojé dentro unas cuantas astillas para añadir a los carbones que había dentro. Estaba a punto de encender la cerilla cuando una cara llena de mugre y el cañón de una escopeta se recortaron en el estrecho orificio. Primero asomó un rostro hosco, amenazante, luego medio cuerpo desnudo y unos brazos que me apuntaban con el arma. No tenía tiempo de pensar, aun así me pregunté si el vagabundo imberbe de antes tenía un cómplice o aquella bestia había entrado antes y se había ocultado al verlo. Subí los brazos y me concentré en parecer aterrorizada, ser la mejor actriz de la compañía teatral de la comarca tenía que servirme de algo. Agarré el atizador que colgaba de un gancho sobre los fogones y con la velocidad de un relámpago lo alcé sobre su cabezota. Alguien me sujetó de la cintura, a mis espaldas escuché la risa nerviosa de Damián.

-     ¿Qué haces loca? Casi cometes un crimen.

-      Y tú ¿qué haces aquí? ¿Qué broma es esta?

-  Lo estábamos grabando todo, nos ha quedado una escena magnífica para presentar en el festival de cortometrajes.

De la despensa salieron los demás, con las cámaras y todos los artilugios. Mientras me dominaban las convulsiones entreví al hombretón tiznado atravesar el pasillo en dirección al cuarto de aseo.

-    ¿Cómo me habéis hecho esto, Marta, Julián? Nunca os habría creído capaces.

-     Damián nos convenció, ya suponíamos que te ibas a enfadar.

-      ¿Enfadarme? Casi me matáis del susto.

-   Tranquila, Susi, que no es para tanto. Vas a ser la actriz más aplaudida del certamen. Venga, deja de temblar y vámonos a beber algo. El arte es el arte, ¿no?

-        ¿No podíais haberme avisado?

-       ¿Y perdernos tu soberbia actuación? Reconoce que nunca has resultado tan creíble. ¡Qué cara de pánico, Mon Dieu! ¿No te hace ilusión llevare el premio?

-         Ahora querrás convencerme de que lo has hecho por mí.

-     Por los dos. Tú vas a ser la actriz ganadora y yo el mejor director novel de este año. El pasado me lo birlaron por la cara y esta vez no pienso perdérmelo.

viernes, 30 de diciembre de 2022

Mis lecturas de 2022


2

“El mercenario que coleccionaba obras de arte”, de Wendy Guerra

 

2,5

“Un trastorno propio de este país” de Ken Kalfus

“Todo lo que no se puede decir”, de Cristina Peri Rossi

“Las niñas prodigio”, de Sabina Urraca

“Selene y los cuatro elementos”, de Lucía Etxebarria

“La humanización de la era digital” de Jesús Briones Delgado

“Hacia el sur” de Virginia Woolf

“Cada cual y lo extraño” de Felipe Benítez Reyes


3

"La bajamar", de Aroa Moreno Durán

"Tiempos oscuros", de John Connolly

 

3,5

“Paraíso”, de Abdulrazak Gurnah

“Fuerzas especiales”, de Diamela Eltit

“La casa del padre”, de Karmele Jaio

"La cena", de Herman Koch

"Un tiempo nuevo", de Elizabeth Jane Howard


4

“Los desorientados” de Amin Maalouf

“Un montón de migajas”, de Elena Gorokhova

“La revuelta de las putas”, de Amelia Tiganus

“Las fiebres de la memoria”, de Gioconda Belli

"El tren de la última noche", de Dacia Maraini

“Natacha”, de Luisa Carnés

"En la orilla" de Abdulrazajk Gurnah

"Un jinete en el cielo", de Ambrose Bierce

 

4,5

“Kruso”, de Lutz Seiler

"Vida y época de Michael K." de Joseph M. Coetzee

 

5

“La lengua salvada”, de Elias Canetti

“La decadencia de Nerón Golden”, de Salman Rushdie

“El desertor”, de Siegfried Lenz

 

sábado, 3 de diciembre de 2022

Falsa alarma (Relato chusco)

Caspar David Friedich - Niña en el campo


Antes de nada, debo aclarar que, por fortuna, tengo un aspecto respetable: soy voluminosa (he desterrado de mi vocabulario el concepto de obesidad) y pasé de los cincuenta hace mucho. De ninguno de estos caracteres soy responsable en absoluto: nací cuando la casualidad lo quiso, con más de seis kilos de peso y un apetito descomunal. Me como cualquier cosa que me pongan por delante, hasta el último grano de arroz y hasta el rabillo de las cerezas si no encuentro nada más apetecible. Y no es vicio sino necesidad, así que nadie puede reprochármelo. En consecuencia, mi forma de vestir es de lo más convencional, incluso la peluca, que no se distingue de una melena natural y me permite estar siempre en perfecto estado de revista. Hay otro motivo: padezco una anomalía genética que no permite tener una cabellera homogénea, el pelo me sale como matorrales desperdigados por un cerro calvo y lirondo. Así que, con mis trajes de chaqueta con su correspondiente alfiler en la solapa, mis collares de perlas cultivadas y la melena rojiza que exhibo orgullosamente paso desapercibida entre la multitud, o casi. En realidad, parezco una elefanta camuflada entre un rebaño de ovejas, pero gracias a mi natural amable y discreto casi nadie se fija en mí. Sí, a pesar de los pesares, soy una señora elegante sin tener que esforzarme mucho.
Lo que voy a contarles sucedió una apacible tarde de otoño, pongamos que a mediados de octubre, en un parque de las afueras de mi ciudad de adopción. Me encontraba yo releyendo por enésima vez una de mis novelas favoritas cuando llegaron dos niñas y ocuparon sendos columpios justo delante de mi banco.
Abro inciso de nuevo para explicar que me gano la vida vendiendo los cuadros que pinto. Por lo general, puestas de sol, flores, pájaros y niños. Antes me inclinaba por las marinas y los paisajes nevados, pero la costa ha quedado lejos y aquí la nieve ni la conocen. En realidad preferiría pintar perros de todas las razas y tamaños, pero no paran quietos nunca y si los persigo se ponen nerviosos. Algún dueño, incluso, ha venido a pegarme cuando yo solo estaba intentando sacar un bonito escorzo de su compañero de fatigas. Desde entonces me tengo prohibido a mí misma fotografiar a cualquier perro por muy manso que parezca a primera vista. En cambio, las puestas de sol y las flores nunca se me resisten, en cuanto a los niños procuro aprovechar lugares y momentos en los que no tengan escapatoria, solo necesito tres o cuatro segundos para sorprenderlos en su salsa: los he retratado subidos a la ramas de un árbol, en un triciclo, bien sujetos por la mano de su madre... En fin, en cuanto veo uno muy empeñado en lo que está haciendo ¡zas! saco mi cámara. Por si lo están sospechando lo confirmo, soy una sentimental.
Estaba a punto de anochecer, el aire era apacible y tenía frente a mí un horizonte despejado a punto de teñirse de rojo. Abrí el bolso, saqué la cámara, enderecé el trípode, me ajusté las gafas. Pero las niñas no dejaban de gritarse la una a la otra, la más pequeña daba alaridos de pánico cada vez que se alzaba unos metros, y la mayor la coreaba a carcajadas. Refunfuñé un poco, algo molesta porque no me dejaban concentrarme en el ocaso que se avecinaba y que intuía magnífico debido a las condiciones atmosféricas. Cuando estoy creando no me gusta que me distraigan y aquellas dos niñas eran un auténtico incordio.
Pero se recortaban en el aire como si fueran dos palomas en pleno vuelo, y en cuanto apareciesen las primeras luces violeta podía conseguir un contraluz de lo más efectista, y hasta simular que se trataba de auténticas aves resaltando contra el ocaso, aves con rasgos humanoides, o bien niñas aladas flotando sobre un fondo carmesí. No lo dudé ni un segundo, en cuanto el sol inició su descenso yo disparé una vez, dos, cinco. Y súbitamente las vi saltar, una tras otra, como si las disparasen desde una catapulta, y desaparecer de mi vista en un santiamén. A los pocos minutos volvieron acompañadas de dos adultos, probablemente sus padres, que avanzaban a grandes zancadas con el ceño fruncido y parecían estar buscando a alguien.
- Es esa, dijo la pequeña.
- No dejaba de mirarnos, aclaró la otra.
- ¿Esa? – cortó el padre - ¿Esa mujer? Jajaja.
La madre se unió a las risas, yo me quedé mirando al grupo. Padres risueños, hijas perplejas y hasta puede que un poco enfadadas.
- Disculpe señora, intervino la mujer. Las niñas la han confundido con un depredador. Tendremos que volver a explicarles cómo se tienen que comportar ante el peligro y, sobre todo, de donde viene este.
- Les he hecho unas fotos preciosas, en vez de niñas parecen criaturas volantes dirigiéndose al sol. Prometo traer una copia cada vez que venga por aquí. Si les veo se la daré para que tengan un buen recuerdo de este día.
- ¿Y no puede ser un hombre disfrazado?, preguntó una de ellas.
- O una mujer trans, apuntó la otra.
- Pero ¡qué tonterías estáis diciendo! Vaya tiempos dementes nos ha tocado vivir. Mañana, en lugar de parque, lección de ciencias naturales. Tenemos que repasar la fisiología del cuerpo humano.
- Pero mamá.
- Ni mamá ni nada, lo dicho. Después de la merienda, a estudiar.
- Sí, convino el padre, parece urgente instruirlas antes de que den más problemas.
- Pues un chico de mi clase, en primero se llamaba Almudena.
- No se ría usted, señora, no es que sean tontas es que les vuelven la cabeza del revés en el cole y luego nosotros tenemos que arreglarlo.
- No, si yo... ¿Ha dicho que su amiga ahora es un niño?
- Usted no tiene hijos, ¿verdad?
- Pues ya ve, creo que se me pasó el arroz hace tiempo.
- Y a nosotros. Se nos ha pasado el arroz de la historia, esas mentalidades delirantes nos pillan ya algo mayores.
- Pues no sabría decirles. ¿Ustedes piensan que es cuestión de edad, no será más bien que alguien ha abierto alguna compuerta y se han escapado los monstruos?

Emil Nolde - Máscaras y paraísos perdidos

martes, 6 de septiembre de 2022

Sin miedo a volar (Relato fantástico)

 

Laurel Burch - Autorretrato (1999)

Todo el pueblo se ha llenado de máscaras, pasan cantando cogidos de la mano. Para verlos mis hermanas levantan los visillos un poco, intentando no delatarse, pues sabemos que se trata de una fiesta pagana, pero los reconocemos fácilmente. Llevan cabezas de papagayo o de indio y el cuerpo cubierto de plumas chillonas. Estos días nadie de mi familia sale de casa, Micaela es la única que se atreve a agarrarse a los barrotes sin importarle que la reconozcan. Es la más pequeña, así que no nos compromete. Ella va señalando: esos son los Carachitas, que hacen portes en su carro, por allí va el grupo de los que recogen azafrán, el chico pequeño del herrero lleva una cabeza de toro. “Adoran a falsos ídolos”, dice mi tía, y se santigua. Lo dejamos cuando llega la modista. El domingo de Ramos las chicas estrenarán vestidos floreados y yo seguiré sin levantarme. Madre es quien ayuda a la modista o esta la que ayuda a madre, los están confeccionando a medias y no se sabe bien quien cose más que la otra o cual de las dos dirige el trabajo. Los encajes están hechos a mano, todas las tardes Paulina y mi madre se sientan en sus sillas de enea pegadas al balcón y dan aire a los bolillos. Irán en dos bandas muy estrechas que se cruzarán con otra más ancha bajo el busto. Contemplo fascinado cómo mueven las manos a velocidades de vértigo, tanto que apenas se les ven los dedos, y cómo, al otro lado de la almohadilla, van surgiendo unas tiras finas y blanquísimas, auténtica filigrana que simula pájaros, flores, figuras geométricas, o escultura plana construida a base de hilos que sale como por arte de magia de esas manos de hada que tienen las dos.

Me regañarían si supieran que menciono a las hadas. Los únicos seres sobrenaturales son, para mi madre, Dios, los ángeles y los santos. Todo lo demás son invenciones diabólicas para condenarnos. Si supiera que la noche pasada vino una a visitarme llamaría corriendo al párroco para que me confesase y me diese la extremaunción, pues pensaría que estoy en peligro de muerte y a punto de caer en las llamas del infierno. Pero, aunque las fiebres me han dejado escuálido, no me voy a morir todavía. La comida no me alimenta, parezco un insecto palo hasta por el tono verdoso de la piel, mis brazos y piernas son como alambres tiesos que se doblan en línea recta. Parezco un muñeco de madera, una especie de pinocho hecho de carne. Me toco la nariz pero no ha crecido, es la misma nariz de antes. Aún así, me tomarían por mentiroso si me atreviese a contar lo que he vivido. Cuando dije que de mayor quería hacer lo mismo que la modista, mi padre me pegó con el palo de la escoba, el día que se me apareció una bruja metieron mi cabeza en un cubo, así que esta vez me callo. He visto a un hada, he hablado con ella, me ha llevado volando a través de las nubes, hemos patinado por el cielo, nos hemos agarrado a un arco iris que giraba como una noria y que nos dejó flotando sobre el mar, temblando de emoción el hada y yo, dejándonos salpicar por las olas, envueltos en espuma cuando volvimos a surcar el aire.

El hada se llama Yunia, “Mi estirpe procede de unas plantas terráqueas que se extinguieron mucho antes de que aparecieseis los humanos. Quedamos en el terreno de los seres incorpóreos, pero somos curiosas y nos gusta enterarnos de todo lo que ocurre, en este y en los demás universos.” Le pregunto si entre ellas no hay hombres. “No podemos reproducirnos, siempre estamos las mismas, así que no hay sexos en nuestra especie, solo sustancias, la mía es de tipo medio, pero no puedes entenderlo porque no hay nada comparable aquí.” Sonríe cuando le pregunto si es un ángel o algo parecido. “Es verdad que a veces nos confunden, pero los ángeles están en otro plano, no podemos coincidir con ellos y vosotros tampoco. No nos dejamos ver por casi nadie pues tenemos que corporeizarnos y es una tarea fatigosa. Además, no es nada agradable sentirnos atacadas, nadie puede herirnos aunque quiera pero no soportamos la violencia, nos hace sufrir mucho más que a los humanos ya que somos una raza pacífica. Solo nos acercamos a algunos niños, los más valientes, los que, como tú, creen en la fantasía y son capaces de vivir en mundos paralelos.” Le pregunto si va a volver. “Eso depende de ti, asegura, mantén la mente abierta todo el tiempo que puedas, aunque tarde o temprano crecerás, por desgracia, y no me verás más aunque volvamos a estar tan cerca como hoy”.