lunes, 26 de febrero de 2018

El naúfrago (Relato ético)

El firmamento parecía una gran esfera vista desde dentro. El único nubarrón, de un lúgubre tono plomizo, se cernía sobre veleros y motoras, sobre la gente de la playa y sobre la playa al completo, sobre la húmeda atmósfera y sobre el océano como si estuviese a punto de tragárselos. 
Los remolinos rugían azotados por la borrasca. Pronto, de la piel de aquel mar no sobresalía más que el agua en movimiento, cualquier artefacto navegable, o había sucumbido a su fuerza o había conseguido llegar a tierra firme. El oleaje -si por casualidad tuviese ojos- no podría ver más que espaldas, la de los rezagados alejándose a toda prisa con sus pertenencias sujetas apenas por la punta de los dedos. Si alguna toalla o tumbona eran arrojadas sin querer por el gentío atemorizado, quedaban en el camino pues nadie se atrevía a recogerlas.
Un mar tumultuoso y desierto, una playa barrida por el viento y el pánico. Salomón se había acodado en la baranda de su pequeña casa de comidas. Resguardado por la distancia y, a falta de clientela, se entretenía contemplando el magnífico espectáculo que la naturaleza le ofrecía gratuitamente. No era aficionado a las fotos, lo suyo era el placer puro, sentir en la piel -o imaginar que sentía- cada partícula acuosa, sentir su vibración como un calambre, escuchar ese fragor tan terroríficamente musical, recrearse en la danza de los elementos. Elevó la frente y, con los ojos cerrados, entonó un canto silencioso a la hermosura. Fue al salir del éxtasis cuando asistió a otra representación, igual de terrorífica pero nada magnificente, al contrario: ruin, sórdida, tosca, bárbara, mezquina y trivial. 
Resultado de imagen de joseph mallord william turner obras
J. M. W. Turner - El naufragio
Una cabeza y dos brazos se mecían sobre el oleaje. Podía adivinar que aquel cuerpo estaba vivo, que pedía auxilio en vano, que se erguía al máximo para ser visto ignorando que allí no quedaba un alma.
Salomón, aunque sobrecogido, se obligó a no dejarse llevar por la emoción del momento: al no poder llegar a tiempo desde allí, cualquier intervención suya hubiese supuesto exponerse a un peligro inútil. Pero un todoterreno de un color impreciso, verde quizá, apareció por el oeste y avanzó a toda velocidad hacia la orilla. Dos hombres se abalanzaron sobre el náufrago, lo agarraron por los brazos y nadaron acompasadamente hasta dejarlo tumbado en la arena. Cuando les vio gesticular, movió la lente hacia la izquierda y descubrió a un tercer sujeto apoyado en el capó, que manejaba lo que le pareció una cámara de vídeo. Los dos héroes posaron junto a aquel desgraciado con expresión de triunfo, como si hubiesen pescado una ballena, solo les faltaba levantarlo en el aire por los pies o pisarlo elevando los brazos como si se tratase de un trofeo.
No podía escuchar lo que decían, tan solo voces dispersas en el viento. Pero los vio interpelar al cámara, satisfechos al parecer de su proeza, y desaparecer dentro del coche sin dignarse mirar atrás. Salomón cogió el teléfono, se lo echó al bolsillo de la zamarra más gruesa que tenía y echó a correr hacia la orilla sin preocuparse de cerrar la puerta.

lunes, 19 de febrero de 2018

Cenizas por el suelo (Relato incómodo)

Todavía le quedaba un tercio del segundo whisky, por las venas de sus brazos corría un fluido acalambrado, le zumbaban las sienes, ante sus ojos pasaban nubes ligeras. Acercó su taburete al de Gaby, que apuraba su coca cola y comía maíz frito a puñados sin preocuparse de una eventual borrachera, pues esa noche le tocaba conducir.
-Te estás mareando, Paz.
-No, solo tengo sueño, perdona ¿me prestas tu hombro?
-Espera, voy a pedirte un café.
-Señoritas…
Tras ellas, un corpulento pelirrojo con camisa blanca y corbata agitaba las manos en un ademán algo rígido, como si el cuello, sin permiso de su dueño, esbozase una reverencia.
-¡Camarero!
-No se van todavía, ¿verdad?
-¡Qué va! Mi amiga está pidiendo café.
-¿Cómo café? Nosotros les invitamos a una copa.
Entonces se fijó en el otro. Moreno, algo más alto, mirada retadora y cuerpo atlético.
Tenían reservada una mesa al fondo del local. El pelirrojo se hizo cargo del café, la coca cola y dos cubatas para ellos, mientras tomaban asiento junto al tío bueno que las miraba con descaro y sonreía. Por su lado pasó Laura, la secretaria de su departamento, que arrimó la boca a su oído doblando la rodilla y sujetándose el zapato izquierdo, en un aparatoso movimiento que, en vez de disimular, llamó la atención de los más próximos.
Imagen relacionada
Drácula, de Bram Stoker
-¡Cuidado! Ese chico estuvo…
Su mirada se cruzó con la de él e ipso facto se apartó dando traspiés como si se le hubiese roto el tacón. A Paz le extrañó verla asustada aunque la olvidó pronto, en cuanto estuvieron allí las bebidas; de buena gana se hubiese tomado otro whisky, pero ese era su límite y no se lo saltaba jamás.
Cuando el más viejo se sentó junto a Gaby, supieron quién había elegido a quíén. Atractivos aparte, los dos eran buenos chicos, trabajaban en la comisaría del barrio, a unos veinte metros del bar, y esa noche estaban de servicio. Les extrañó que no llevasen uniforme, que les permitiesen beber alcohol, que admitieran estar de incógnito. Las dudas se disiparon cuando aparecieron dos chavales de uniforme y el gordo se levantó para hablar en privado con ellos.
-Es el jefe –explicó, pavoneándose, el guapo-. Aunque no os lo creáis, ahora mismo estamos persiguiendo a un delincuente.
A Paz ya se le había pasado el mareo, Gaby miraba al más fornido entornando los ojos, se interrogaron con la mirada. Sí, estaban conformes.
Los polis jóvenes entraban y salían, recibían órdenes, cuchicheaban con su superior. Se apoyaron en los respaldos. Estaban cansadas y el local empezaba a vaciarse. El de pelo rizado volvió, por fin, de su último paseo frotándose las manos como si se sintiera orgulloso de algo o se hubiese quitado un peso de encima.
-Vámonos.
Lo estaba diciendo el moreno. Su colega parecía decepcionado, aunque no podía negar que se había hecho muy tarde. Iba a buscar un taxi, dijo, y las llevaría adónde quisieran. Resultó que Gaby y él iban en la misma dirección, así que salieron juntos y el otro se ofreció a acercar a Paz.
Por el camino, ella habló de las solicitudes que se acumulaban en la oficina de patentes, él de una novia que acababa de abandonarle. Lo peor de lo peor, según dijo.
-Algo tendría de bueno.
Hablaba por hablar, hasta que sorprendió la ira en los ojos del otro y sus manos agarrotadas en el volante.
Pero estaban llegando. Aunque ceñudo, el hombre dio la vuelta a la última rotonda y aparcó donde ella le dijo.
-Conozco esto, hay un aparcamiento ahí detrás.
-El del centro comercial, sí.
No hizo mucho caso al comentario, se sentía aliviada, había llegado a casa sin contratiempos. Solo pensaba en quitarse los zapatos después de echar el cerrojo a la puerta.
Resultado de imagen de marlon brando maria schneider
El último tango en París, de Bernardo Bertolucci
Entoces su acompañante dio un volantazo y arrancó en dirección contraria. En cuestión de segundos, estaban parados en una zona oscura, entre docenas de coches vacíos y él forzaba una risita malévola.
-No esperabas esto, ¿eh? No de alguien como yo.
Le cayó encima como un alud. Por su cabeza pasaron fogonazos de escenas: ella acusando al acosador en su propio lugar de trabajo, el pelirrojo tomando declaración con la frente más colorada que nunca. Clavó las rodillas en los riñones de aquel indeseable, se incorporó, palpó su ropa.
-Necesito un cigarro ya.
Al otro le pilló de sorpresa, volvió a su asiento, la miró como si fuese otra.
-¿Estás asustada?
-No, ¿por qué? Ahora mismo vas a quitar el seguro de la puerta.
-Te llevo yo, no te preocupes. Nunca te dejaría sola en medio del campo, ni a ti ni a ninguna mujer.
Resultado de imagen de las amistades peligrosas pelicula
Las amistades peligrosas, de Stephen Frears
Mejor no ponerlo en duda. Se obligó a cruzar los brazos sin perderlo de vista mientras fumaba sin parar y echaba toda la ceniza en la moqueta.
-¿Puedo volver a verte?
“Paz, tienes que salir de aquí como sea, dile que sí a todo, ni se te ocurra llevarle la contraria”.
-¿Cómo?
-Que si me puedes dar tu teléfono.
-No llevo boli, si tienes una tarjeta dámela y te llamo.
-Pero llevarás un lápiz de ojos.
-Eso sí. Y una libreta para apuntar.
-Perfecto.
Se habían parado ya. Su portal estaba a seis metros. Sacó el cuaderno y anotó rápidamente. “Cambia un número, uno solo, no vaya a ser que quiera asegurarse y te pregunte en cuanto le des el papel. Como te vea titubear estás perdida”.
-Aquí lo tienes.
-¿A qué hora quieres que te llame?
“Lo lograste, estás saliendo del coche,  solo hay veinte pasos entre tú y la puerta, camina erguida, no te vuelvas, que no sienta ese temblor, sujeta bien el bolso, abre y cierra de golpe. ¡Guauu!”

lunes, 5 de febrero de 2018

Tres anuncios en las afueras [Three Billboards Outside Ebbing, Missouri] (2017)


Resultado de imagen de tres anuncios en las afueras

En tiempos de incertidumbre como el que estamos viviendo, la narrativa –del tipo que sea– tiende a polarizarse. A nuestro alcance tenemos, de un lado, los productos destinados al mero consumo, compuestos casi exclusivamente de secuencias trepidantes sin apenas contenido cuya exclusiva finalidad consiste en mantener al espectador en la butaca; por otro, los planteamientos éticos de mayor o menor calado. El movimiento pendular de la historia -y Hollywood suele ser un buen termómetro de las grandes tendencias sociales- ha llegado a uno de sus extremos: como miembros de una sociedad perpleja y enferma, nuestra obsesión es la violencia y la injusticia. Me pregunto cuándo estaremos preparados para hablar de nuevo de las grandes cuestiones humanas desde una perspectiva más lúdica, empleando un enfoque estilístico y/o experimental.
El argumento de Tres anuncios en las afueras –del que no pienso desvelar ni un detalle para que quienes quieran ir in albis al cine puedan leer este artículo antes de sentarse en la butaca– es tan cruel como la nómina de personajes (prácticamente) al completo. Y estos se limitan a reflejar la despiadada realidad en que se desenvuelven.
Resultado de imagen de tres anuncios en las afuerasSiempre ha habido individuos que parecen haber decidido no ajustarse a las normas refrendadas por todos para sembrar el dolor y la destrucción, cebándose con los más desprevenidos e indefensos, gente que actúa por su cuenta de forma tan premeditada que sus actos quedan fácilmente impunes. Pero seamos rigurosos y utilicemos el femenino, pues las víctimas a que me estoy refiriendo son mujeres que caen bajo las garras de depredadores varones en el cien por cien de los casos. Soy una ferviente defensora de la legislación garantista, pero como una cosa es la realidad y otra la ficción, como fabular no cuesta nada, podemos establecer unos parámetros y llevarlos a sus últimas consecuencias para averiguar qué ocurriría si las circunstancias fueran distintas de las que son, si en una zona del tablero se mantuviese la caprichosa conducta de siempre y quienes se sitúan en la otra, en lugar de acatar las reglas del juego, reaccionasen con comportamientos mucho más viscerales y erráticos. ¿Imaginan un lugar donde los infractores de la ley representasen la gran mayoría, donde imperase la ley de la selva porque los ciudadanos respetables han terminado cansándose de que los crímenes cometidos contra ellos queden generalmente impunes?
Resultado de imagen de tres anuncios en las afuerasMartin McDonagh investiga una hipótesis en absoluto descabellada: en un momento dado, alguien se cansa y se rebela contra lo que considera una injusticia arrastrando a otros hacia comportamientos similares hasta provocar el caos general. Tiene que haber  mucho dolor, mucha desesperación en un escenario así. Individuos convertidos en fieras heridas, sentimientos a flor de piel y, en consecuencia, una violencia de infinitas proporciones. Todo ello se refleja en este film intenso, complejo e irónico, tan angustiado como emotivo, y con una comicidad impregnada de todo el cinismo que ha guiado la mano del guionista. Aunque no puede negarse un toque histriónico que en absoluto le beneficia.
No hablamos de cualquier pelicula, sino de la principal candidata a los Oscar de este año, por fuerza ha de tener calidad. Den por descontado el virtuosismo de su ritmo argumental, la magnífica fotografía, un guión intenso y bien concebido en general, aunque -todo hay que decirlo- presente altibajos imperdonables. Las interpretaciones son irreprochables, McDormand está –si ello fuera posible– más inmensa que nunca. Solo Sam Rockwell, en su papel del oficial Dixon, y puede que sea impresión mía, me ha parecido algo acartonado a rachas. Y a Peter Kinklage en su interpretación del orgullo herido ya lo tenemos muy visto, pero he de reconocer que lo borda. Aún así, no es oro todo lo que reluce, como se constata en alguna crítica ciertamente ecuánime.
No suelo recordar los finales pero este no creo que se me olvide, ya que… desentona tanto.

País: Reino Unido-Estados Unidos
Dirección: Martin McDonagh
Guion: Martin McDonagh
Música: Carter Burwell
Fotografía: Ben Davis
Reparto: Frances McDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell, Landry Jones, Lucas Hedges, Peter Kinklage, John Hawkes, Abbie Cornish, Brendan Sexton III, Samara Weaving, Kerry Condon, Nick Searcy, Lawrence Turner, Amanda Warren, Michael Aaron Milligan, William J. Harrion, Sandy Martin, Chtistopher Berry, Zeliko Ivanek, Alejandro Barrios, Jason Redford, Darrell Britt-Gibson, Selah Atwood
Género: Thriller
Duración: 112 minutos

lunes, 29 de enero de 2018

Mi cerebro es de género mixto


El día que cumplí cuatro años mis padrinos me regalaron un triciclo. No era lo habitual, toda mi familia tenía a ese respecto los prejuicios propios de la época pero, como vivían en otra provincia y eran bastante despistados, deduzco que no recordaban que su ahijada era niña. Todavía recuerdo cómo disfrutaba con ese juguete, más que con ningún otro, creo. Pedaleaba por el larguísimo pasillo –a mis padres jamás se les ocurrió sacarlo de casa–, me detenía en la puerta de entrada, acto seguido hacía girar el manillar, volvía a montarme y vuelta al salón. Fue mi padre quien me enseñó a dar la vuelta para que no tuviese que bajarme del sillín. Me estaba convirtiendo en una virtuosa del transporte motorizado, aquello no podía consentirse, así que un buen mal día el maravilloso aparato desapareció para siempre de mi vida. Se lo habían regalado a mis primos.
Poco después, ocurrió una tragedia en la familia, un accidente de tráfico. El luto, además de afectar al color de la ropa introdujo cierta fobia parental hacia los vehículos. Me hicieron prometer que no conduciría nunca y lo hice de buena gana, pero nunca me sentí obligada a cumplirlo. Aún así, quedó en mí una sombra invisible que tomó la forma de fuerte aversión al motor. Juro que lo intenté, incluso llegué a matricularme dos o tres veces en la autoescuela de mi barrio, pero me inventaba una excusa tras otra para no tener que examinarme. Creo que el fantasma de aquel triciclo, que alguien hizo desaparecer por "no ser adecuado para niñas", se instaló en mi vida como una barrera insuperable durante muchísimo tiempo.
Giorgio di Chirico - El vidente
Nuestro mundo ha cambiado bastante. Aún así, la rancia mentalidad de antaño no ha desaparecido del todo: los prejuicios se resisten a la tan necesaria extinción aferrándose como garrapatas a la piel de esta sociedad nuestra. Y, lo que es más peligroso, muchas veces se disfrazan de progresismo para seguir asignándonos a unos y otras los roles de toda la vida. No hay más que ver lo argumentos que utilizan (o utilizaban) quienes esperan un cambio de sexo, a saber: que de niños jugaban con muñecas, o con coches, que se ponían los tacones de su madre o querían ingresar en el ejército, que si la cocina, que si las labores, que si el camión de bomberos... Perdonen que les diga, ¿todavía andamos así? Qué está pasando por la cabeza de esas madres que reclaman una modificación en el registro civil porque a Antoñito, de seis años, le gusta vestirse de rosa. A mí me parece estupendísimo que Antoñito se convierta en Antoñita -o en Nuria, o en Elena- en cuanto tenga edad para decidir, pero quede claro que los roles no determinan el género. Mi vecina nació pegada a un camión (lo conduce desde los veintiún años) y es la feliz madre de tres hijos, tan femenina como cualquiera y a mucha honra.
Tras una larga temporada, para mí lamentable, de argumentar que se había nacido con el sexo equivocado, parece que empezamos a ver la luz. Ahora se flexibiliza un poco más, se dramatiza menos y se contemplan posibilidades intermedias. Estamos inaugurando una era mucho más tolerante, en la que un cambio de sexo comienza a dejar de ser un drama para contemplarse con naturalidad. Todavía estamos en el camino, pero está llegando el día en que cada hijo de vecino expresará sus deseos mucho más libremente que hasta ahora, eso significa que empezamos a salir de ese binarismo que lo invadía absolutamente todo. Por fortuna, hoy día se puede ser del sexo contrario al que cada uno trajo de fábrica, mantener los dos o no pertenecer a ninguno. Esa amplitud de miras es lo que hacía falta, pero aún quedan dos manías que tardarán en erradicarse:
  • La manía de clasificar a toda costa. Tanto es así, que si queremos abarcar todas las posibilidades corremos el riesgo de establecer tantas categorías como personas. Porque, entiéndanlo, cada individuo es un mundo. Vean una muestra llena de buenas intenciones:



  • La manía de mantener los roles masculino-femenino. Las niñas cosen, los niños clavan clavos, ellas son pasivas, el refugio del guerrero, ellos aventureros y valientes. No señores, las habilidades y caracteres no radican en la testosterona o en la ausencia de ella sino en haber grabado a fuego en las mentes infantiles cómo hay que hablar y comportarse, qué gustos nos corresponden, quién puede llorar, quién debe buscar cariño y quién ejercer dominio sobre el otro. 
¿Qué todo eso es cosa del pasado? En absoluto. Hasta un periódico que presume de veteranía –pero quizá no tanto de vanguardismo– incluye (no sé desde cuando, pero cuando me enteré casi me da un síncope) un suplemento especial para lectores de sexo masculino. Como saben, estoy hablando de El País y de la separata denominada ICON. Supongo que contiene reportajes serios, de esos que las mujeres somos incapaces de entender o por los que no estamos interesadas (nótese la ironía). Reportajes sobre cultura, arte, política, esas cosas. Nada sobre moda y cotilleos a los que, según parece, nos tienen predestinadas los estrógenos. Lo peor es que este sesgo por motivos de género se perpetúa en todos los sectores: en el techo de cristal que padecemos las mujeres, en la culpabilización sistemática y falta de confianza en nuestra palabra, en la sexualización o asignación de las tareas domésticas dentro de publicidad y productos culturales, en la diferencia salarial, en el acoso, condescendencia o simple desprecio a que nos vemos continuamente sometidas, en la persistencia de los crímenes ante la indiferencia de la sociedad en su conjunto…
Sobre el ICON no puedo hablar ya que su sola existencia me produce urticaria, pero no puedo evitar toparme con El País en las redes y fue, precisamente, en ese medio donde leí esta sorprendente  y esperanzadora noticia:
Pero no cantemos victoria, esto no es más que una excepción en forma de campaña de marketing. De momento, hablemos del presente. ¿Existe una confabulación internacional (y atemporal) para que jamás saquemos la cabeza del gueto a pesar de –o debido a– todo el empeño que hemos puesto en conseguirlo?

lunes, 22 de enero de 2018

Thi Mai, rumbo a Vietnam (2018)

Resultado de imagen de thi mai

Cuando la comedia refleja, parodiándolos, nuestros vicios y virtudes hasta arrancarnos una sonrisa de auto reconocimiento, es un placer sentarse en la butaca y esperar que nos conmuevan, si es que somos lo suficientemente receptivos. Reconozco que tengo una lágrima fácil, pero me cuesta mucho reirme en el cine, esbozar una amplia sonrisa es todo lo que puedo hacer, nada de sonidos, ni siquiera me hace falta contenerlos, yo me divierto así. En cambio esta vez me sorprendí a mí misma llorando a carcajadas desde el principio hasta el final, prácticamente.
Resultado de imagen de thi maiUn asunto particularmente sensible -evitando la sensiblería-, un guión bastante bien pergeñado repleto de golpes de efecto y unos actores que bordan sus papeles respectivos, sobre todo ellas. Considero un valor añadido que se eviten los alardes de histrionismo a que tan aficionados somos en este país, tanto en series como en películas que se pretenden graciosas. En Thi-Mai se consigue casi por completo. Naturalmente, sería mucho pedir que se evitasen del todo, alguien tiene que poner la marca de la casa, o eso parece pensar quien incluyó la escena marítima y otra que tiene lugar en una tapia. Algún episodio tenía que lastrar una película made in spain, sobre todo tratándose de comedia. Por mi parte, me divierto cada vez que veo en la pantalla un buen retrato del sector que sea, pero cuando el guionista pretende ser gracioso no obtendrá de mí más que una mueca; todo eso está demasiado visto y, en realidad, nunca ha sido cómico. A pesar de todo, el resultado es espléndido.
Resultado de imagen de thi maiEl argumento gira en torno a la adopción internacional, plantea una serie de cuestiones éticas muy de actualidad y presenta unas personalidades muy bien definidas, casi caricaturescas, un recurso que la sátira permite y hasta exige si pretende ser corrosiva. Este film no llega a hacer sangre pero sí consigue pellizcar un poco la sensitiva piel de los prejuicios. Racismo, machismo, burocracia rígidamente inoperante, convencionalismos varios, ausencia de sensibilidad hacia el más débil, homofobia, se repasan aquí en un tono más bien amable aunque ejerciendo cierta contundencia. Se demuestra, una vez más, que también lo sentimental y cotidiano se puede desarrollar con dignidad, obligándonos a cuestionar algunas ideas arraigadas sin que decaiga nunca la tensión.

Año: 2018
Duración: 90 minutos
Dirección: Patricia Ferreira
Guión: Marta Sánchez
Reparto: Carmen Machi, Adriana Ozores, Aitana Sánchez.Gijón, Dani Rovira, Pedro Casablanc, Eric Nguyen, Alberto Jo Lee, Pedro Miguel Martínez
Música: Fernando Velázquez
Fotografía: Sergi Gallardo
Género: Comedia
Nacionalidad: Española

lunes, 15 de enero de 2018

Receta infalible para erradicar los crímenes de género

FORMA DE ACTUAR

  1. Publicar nombre y apellidos del agresor, su profesión y localidad donde reside
  2. Divulgar el delito del que se le acusa, el estado de la investigación sin detalles añadidos, así como la condena con la mayor exactitud.
  3. En ningún caso, facilitar la identidad de la víctima
  4. Evitar criminalizarla, denigrarla o atribuirle el mínimo defecto
  5. No añadir ningún detalle morboso que el público pueda consumir como un relato apasionante
  6. No entrevistar a ningún testigo ni individuo relacionado de cualquier forma con el caso
    Escapemos del amarillismo
    La sociedad del espectáculo
  7. Impedir a los medios que emitan opiniones del tipo que sea
  8. El tiempo dedicado a cada caso ha de ser el imprescindible para emitir la información escueta
  9. La exigencia de respeto a la agredida y sus allegados ha de exigirse en cada ocasión y revisarse escrupulosamente
  10. Cuando un medio incumpla estas normas será sancionado con una sustanciosa multa

lunes, 8 de enero de 2018

La joya de la familia (Relato enigmático) (y III)

Por eso, el uno de enero de tres años más tarde, lo primero que hice después de enterrar a la abuela fue acercarme a esa cómoda. Con la aprensión propia del caso, agarré el tirador de bronce y desplacé con delicadeza el segundo cajón. El cuadernito era de hule, tenía las tapas del mismo azul luminoso que el cielo de esa mañana y yacía sobre las blanquísimas sábanas de hilo con las iniciales D.M.
Dora Merino, le increpé ¿qué misterios has guardado con tanto empeño hasta tu muerte? Sé que, si pudieras, me dirías lo que ya imaginaba: que a partir de ahora tengo el campo libre, que preparaste el terreno para que lo averigüe yo en cuanto quiera. ¿Pero era necesario esperar hasta sentir este dolor? ¿No crees que hubiera sido más grato para mí escucharlo de tus labios? Y tú, ¿no habrías sentido alivio susurrándome tus secretos con la cabeza iluminada por el cono de luz de la lámpara y las manos extendidas sobre el tapete verde? Perdona pero no entiendo esa tozudez tuya, ¿Qué más daba desempolvar de una vez asuntos ya viejos? ¿Por qué ese pudor cuando han pasado décadas y no queda un solo testigo al que puedas ofender?
Resultado de imagen de expresionismo
Emil Nolde - Noche de luna (1914)

Diario de Dora
Sí, eran cuatro, ahora lo recuerdo. Esa chica… no sé de dónde pudo salir. Viajaron hasta allí, compraron el equipo y sobornaron a quien hizo falta. Tengo entendido que tanto Aldana como ella venían de familias de posibles, ellos dos financiaron la operación. El francés no tenía donde caerse muerto y tu tío era un simple empleado de correos con un sueldo más bien exiguo.
Ni siquiera sabían lo que buscaban. Los papeles señalaban que lo reconocerían en cuanto lo vieran. Como ninguno de ellos había escalado jamás una pared, contrataron a un experto para que encabezase la cordada y les diese instrucciones. Se decidió que subirían solo dos y lo echaron a suertes. Todos eran más bien enclenques. Los elegidos fueron el francés y tu tío Blas.
Tuvieron muy mala suerte, las temperaturas bajaron más de lo esperado esa noche, fue un ascenso accidentado. Antes de lograr su objetivo el francés cayó al vacío. Blas y el guía, abatidos y extenuados, continuaron el ascenso. Tu tío, nada más verla, reconoció la piedra negruzca que brillaba en la noche como si la hubiesen recubierto de barniz. Aprovechando la linterna del otro, rebañó la masilla seca con la espátula y el bloque cedió con facilidad. Se lo echó al morral y, mientras su compañero iniciaba el descenso, se apresuró a palpar el hueco a oscuras. Mientras esperaban, los otros dos fallecieron de hipotermia.
Sí, Julito. Blas encontró lo que había ido a buscar y se lo guardó en el pecho, entre piel y camisa, arropándolo con las solapas del chaquetón con la mano derecha mientras palpaba el vacio con la otra. El regreso fue una tortura, tras cumplir con las formalidades necesarias tuvo que enfrentarse al hecho de que sus amigos no volverían jamás.
Te estarás preguntando qué es lo que encontró. Yo no llegué a verlo, todo lo que cuento es de oídas. En el viaje de regreso Blas perdió el habla por completo aunque podía escribir igual que antes. Según sus notas, eso que guardó como un tesoro era una magnífica flor negra, suave y reluciente como el raso, grande, espléndida, y tan poderosa que se mantuvo fresca hasta el último momento. Ella sería su hallazgo y su pesadilla pues, según él, fue la responsable de su declive.
Digo bien, declive. En cuanto puso los pies en el pueblo, Blas comenzó a hablar de nuevo pero cada frase salía de su boca vuelta del revés. No podía entenderse con nadie. Tanto se burlaron de él que decidió hacerse el mudo, lo que tenía que decir lo escribía. Ya nunca volvió a ser el mismo. Perdió el entusiasmo, de su afán aventurero no quedó ni rastro, creo que hasta le molestaba tener gente cerca. Un mal día no apareció por la oficina. Hay quien dice que se despeñó por alguna ladera, otros que se lanzó al mar. Lo único cierto es que nunca volvimos a verle.
Como sé que te lo estarás preguntando, te diré que la planta maldita no apareció nunca. Debió destruirla tu tío, o puede que desapareciese con ella oculta en el pecho. Ojalá haya conseguido escapar, de ella y de todos, y emprender una nueva vida al otro lado del océano. Sea como fuese, a Blas lo mató esa flor asesina porque destruyó lo que más valoraba, el lenguaje, y con él sus ganas de vivir.
Y ahora, como te lo has ganado, desvelaré lo que he callado siempre. El tío Blas era joven, guapo, inteligente, amable y curioso. No he dejado de pensar en él ni un segundo en toda mi vida. No tenía nada de lunático, y me consta que de no haberse interpuesto la familia jamás habría emprendido una aventura como aquella, hubiese reconocido a su hijo -tu padre- y nos hubiésemos casado como Dios manda. Pero ellos me arrastraron a ennoviarme con el primer forastero joven que apareció por el pueblo, y lo hice tan bien que mi marido nunca supo que el niño era de otro. Ahora me arrepiento de haber puesto tanto empeño en engañarle porque, de haber seguido juntos Blas y yo, la vida no le habría gastado esa broma siniestra. Así que, Julio, tienes que hacerme caso. Te conozco y sé que te será más fácil seguir mis consejos ahora que no estoy, quédate quieto aunque te cueste, deja las cosas como están. Tiemblo al imaginar que pueda sucederte lo mismo. Piensa que el destino tiene muy, muy mala idea. No lo tientes.

lunes, 1 de enero de 2018

Leido en 2017

FICCIÓN
La vorágine de José Eustasio Rivera 10
No ha lugar a proceder de Claudio Magris 10
Sonata de primavera de Ramón de Valle Inclán 9
El velo pintado de William Somerset Maugham 9
El hombre sin atributos de Robert Musil 9
Nudo de víboras de François Mauriac 9
Las diez y media de una noche de verano de Marguerite Duras 8
The Taqwacores de Michael Muhammad Knight 8
El hospital de la transfiguración de Stanislaw Lem 8
San Manuel Bueno Mártir de Miguel de Unamuno 8
Dos años, ocho meses y veintiocho noches de Salman Rushdie 7
La flor púrpura de Chimamanda Ngozi Adichie 7
Una tarde de Mr. Andesmas de Marguerite Duras 7
La música del azar de Paul Auster 7
Brújula de Mathias Enard 7
Boy, Snow, Bird de Helen Oyeyemi 7
Laura de Vera Kaspary 6
Resultado de imagen de jacek yerka
Esperando a mister Bojangles de Olivier Bourdeaut 6
La tercera virgen de Fred Vargas 6
Las doce sillas de Ilf y Petrov 6
En la turba de Laurent Mauvignier 5
Efecto dominó de Olivier Norek 5
La hija del coronel de Martín Casariego 4
Una noche de invierno de Laura Kasischke 3
Cáscara de nuez de Ian McEwan 3

NO FICCIÓN
Colapso de Jared Diamond 10
El alma de las marionetas de John Gray 9
¿Y los pobres sufren lo que deben? de Yanis Varoufakis 8
Mi vida en la carretera de Gloria Steinem 7
La España vacía de Sergio del Molino 7
Contra el fanatismo de Amos Oz 6

¡¡¡FELIZ AÑO!!!