sábado, 8 de abril de 2017
jueves, 6 de abril de 2017
La escapada (y VI) [Relato fantástico]
Hasta un mes más tarde no
recibí su informe.
Señor don Carlos Vallejo.
Acompaño a la presente los documentos de rigor para demostrar la veracidad de
mis investigaciones referidas a don Ildefonso Perales, Alejandra Frutos y
Adelaida (a secas).
El primero tuvo fácil
seguimiento. Don Ildefonso sufrió una embolia la noche anterior a su visita,
fue ingresado en la Unidad de Neurología del Hospital Provincial donde pasó
algo más de una semana. Actualmente, se está recuperando de las secuelas,
aprende a caminar de nuevo y se comunica aceptablemente. Esa ha sido su
perdición, pues su relato de lo sucedido en el último año era tan fantasioso y
tenía tan poco fundamento, que se le hubo de diagnosticar esquizofrenia aguda.
A resultas de esto y desde hace un par de semanas, se recupera en la Unidad de
Psiquiatría del citado Hospital Provincial.
La segunda investigada se
esforzó lo que pudo en borrar pistas, pero finalmente hemos podido dar con su
rastro. Alejandra Frutos, cuarenta y tres años. Ex drogadicta, ex prostituta, ex
presidiaria. Actualmente, parece haber dado un vuelco a su vida, dispone de una
vivienda con piscina y amplia zona ajardinada en un parque residencial de
primer nivel a las afueras de una ciudad costera cuyos datos incluyo en los
documentos pertinentes. Posee acciones de un afamado prostíbulo con clientela
internacional de alto nivel, pero sus costumbres son pacíficas y ordenadas,
siendo muy respetada por sus convecinos, todos con un poder adquisitivo
comparable al suyo.
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| Ernst Ludwig Kirchner - Cinco mujeres en la calle - (1913) |
No nos ha sido posible
dar con la tal Adelaida. Rogamos que nos facilite algún dato más, al menos un
apellido. Las personas interrogadas a petición suya, a saber, un carnicero de
barrio y tres dependientas que comparten piso en una calle cercana, afirman no
conocerla. No obstante, tenemos información de tres mujeres llamadas Adelaida
que tomaron un vuelo internacional el 27 de marzo por la tarde. 1) Adelaida Marklund.
22 años. Soltera. Estudiante en la escuela actoral de Estocolmo, padres
fallecidos en accidente de automóvil. Sin hermanos. Actualmente, en paradero
desconocido. 2) Adelaida Camila Espejo, de familia nómada, nacida en caravana,
inscrita en el registro civil de Toledo, abandonada en el hospicio poco después
y adoptada a los diez meses por una familia riojana. 26 años. Soltera. Actualmente,
trabaja en Logroño como profesora de ciencias naturales. 3) María Adelaida
Rodriguez, nacida en Barcelona. 47 años. Casada. Tres hijos. Profesión: ama de
casa. Actualmente en trámites de divorcio, se ha trasladado a Tanger, donde
vive una hermana suya y ha dejado a los niños al cuidado del padre y abuelos.
Tengo que olvidarme de este
episodio maldito que me ha llenado de obsesiones la cabeza y ha trastornado a
Ildefonso, debo aceptar que ni recuperaré el dinero perdido ni encontraré nunca
a la culpable. La vida solo merece la pena si sabemos disfrutarla cuando
todavía estamos a tiempo.
Ayer visité a Ildefonso en
la clínica privada que he empezado a sufragarle para que le atiendan los
mejores profesionales y pueda vivir a todo confort hasta que esté en
condiciones de ser dado de alta. El pobre no levanta cabeza. Al entrar yo en su
cuarto, abrió unos ojos incapaces de reconocer a nadie y se levantó con
esfuerzo de la silla. Conseguí que me acompañase a visitar los jardines, nada más
que por cortesía, lo único que, quizá, conserva intacto, pues, ni le
acompañaban las fuerzas ni tenía idea de quien estaba con él.
Esta mañana he encontrado
unos informes en el despacho de Ildefonso. Iban acompañados de un mapa
panorámico, otro mucho más detallado y el plano de una ciudad. Tanto los
gráficos como los textos, coinciden, punto por punto, con las confesiones de
Adelaida. ¿Será tan insensato como parece contratar a un equipo de científicos
para que busquen un lugar llamado Astro?
martes, 4 de abril de 2017
La escapada (V) [Relato fantástico]
La pensión de la
austríaca era un tugurio de mala muerte regentado por una sevillana que había
vivido diez años en Viena. De ahí el apodo. Y la fortuna. Según las malas
lenguas, había ganado millones conspirando en plan matahari de poca monta y se
lo había gastado todo en chulos. Solté un billete a la susodicha antes de que
me pusiese mala cara y en un santiamén estaba ante la puerta de Alejandra. O
Adelaida. O Aleluya, como se hizo llamar en esta ocasión. En cualquier caso,
una pájara de mucho cuidado, que había dejado al pobre Ildefonso, siempre tan
cumplidor y animoso, como una auténtica piltrafa.
Convencer a esta me llevó
mucho más rato que a la otra. Soltaba quejidos lánguidos, suspiraba, pero no
conseguía que dijese una sola palabra y mucho menos que abriese la puerta.
Hasta que me acordé de la llave mágica.
-Alejandra, ¿qué hago?
¿le dejo el sobre con el dinero a la patrona?
Un argumento que ablanda
a las piedras tenía que surtir efecto.
-¿Qué sobre? – Solo era
un hilo de voz, pero, después de todo, eran palabras. Una novedad.
-El que me ha dado para
usted la empresa Vallejo y Hermanos, se trata de una gratificación a la que ha
renunciado…
La puerta se abrió de
golpe.
-… en su beneficio
Ildefonso Perales.
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| Egon Schiele - Mujer sentada con la rodilla doblada (1917) |
Una mujer rubia, con el
pelo revuelto, los ojos vidriosos, algo gruesa, no demasiado joven se dejó caer
en la butaca amarilla. Sudaba, como si estuviésemos en plena canícula, por
todos los poros de su cuerpo. La habitación era sencilla pero alegre, aseada y
estaba amueblada con gusto. En un rincón, junto al armario, había un barullo de
ropa sucia, Ella siguió mi mirada pero no se movió de su sitio.
-Siéntese. – Me señalaba un
canapé, a listas moradas y blancas que, supuse, se abriría para hacer las veces
de cama cuando fuese necesario.
-No hace falta. Puedo
estar de pie. Aquí tiene su dinero, pero antes quiero rogarle que deje en paz a
Ildefonso. Si me promete…
Me interrumpió silbando
como una serpiente.
-Mentiras, todo mentiras.
Es la desgracia que nos invade. Cruces para aguantar sobre el hombro derecho, y
el izquierdo libre. Pero ¿es que los hombres no tienen hombros? Sí, también
tienen dos. Ahora que lo pienso, hombros son los hombres y hombres son los
hombros. Modifica tu camino, escucha a la aurora, que sople la brisa sobre la
cama del tuerto.
Quedé tan conmocionado
que no era capaz de interrumpirla. Hasta que reaccioné.
-Piense usted lo que
quiera. He preparado doscientos billetes, que le abonaré con la condición de
que se vaya de aquí ahora mismo. Y si Ildefonso vuelve a encontrar su pista,
deshágase de él. ¿Me ha entendido o no?
-Se funden mis lágrimas
en lo más profundo del secreto, pero el monte se eleva sin permiso y todo puede
cambiar para peor.
-En fin. Ya ve que lo he
intentado. Lástima de dinero que ahora no va a ser para nadie.
Vi la chispa de la
codicia en sus ojos, alargó la mano pero ni siquiera se dignó levantarse.
Arranqué un cheque del talonario, lo rellené y me acerqué con él a la butaca.
-Le voy a dar más
todavía. Seiscientos, si le parece. Mañana ya puede cobrarlo, pero antes tiene
que darme su palabra.
-Siií, siií.
Chillaba como una rata
con los ojos cerrados y los brazos en cruz, pero no había de qué asustarse, era
evidente que estaba fingiendo.
-Si me entero de que no
ha sido así, tendrá que vérselas conmigo.
-Eres el viento que azota
los verdes prados como un látigo maligno, pero puedes conmigo porque soy una
frágil mujer. Ni siquiera sé quién es ese Ildefonso, nunca hablaré con nadie
que se llame Ildefonso, ni siquiera hablaré con ningún hombre. Nunca más.
-Pero sí sabes quién es
Demetrio.
-¿Mi padre? ¡Qué sabrás
tú!
Aquello era cada vez más
confuso. Supe que me estaba jugando el dinero sin ninguna garantía, pero ¿qué
seguridad podía darme aquel ser? Ni aunque me lo jurase de rodillas la hubiese
creído del todo. Me invadió una ola de resignación y, sin más, solté aquella
fortuna en sus manos.
-Con esto puedes empezar
una nueva vida. ¿Estamos? Anda, vete a otra ciudad y pórtate bien.
-Me esperan los aztecas
saltando de sus tumbas.
-Sí, sí. Venga, duerme la
mona o lo que tengas y mañana será otro día. Pero ni se te ocurra molestar a
Ildefonso.
-Y dale… ¡Qué perra te ha
entrado con ese nombre tan feo! ¿Por qué no le llamas Bruno? O Gonzalo, que es
mucho más bonito. A ti qué más te da.
Sentí la tentación de dar
un portazo al salir, pero no quise meterme en problemas, bastantes sobresaltos
había sufrido esa noche.
Al día siguiente recibí
una carta.
Para el señor Carlos,
amigo de Ildefonso Perales. Caballero, como amigo que es de Ildefonso, le
suplico con todas mis fuerzas que no le permita seguirme. Soy un alma débil y
me siento confusa. El mundo se ha derrumbado de pronto, ya no me queda nada.
Necesito volver a mi país, pero se ha quedado en otra dimensión y no conozco el
camino de regreso. No quiero molestar a las buenas personas, viviré en
cualquier otro sitio, aún no sé cual, buscaré trabajo y no contaré mi secreto a
nadie. Bastantes perjuicios he causado ya. Su amigo me convirtió en una mujer
civilizada y espero ser feliz alguna vez, enamorarme y tener hijos cuando tenga
edad para ello. Todavía no he cumplido veinte años, Ildefonso tiene más de cincuenta,
nunca podría ser su mujer. He dado instrucciones para que no me encuentre
nunca. Por favor, cuide mucho de él y dígale que es imposible dar conmigo. Ayer
tarde cogí un avión y pasé una frontera, no le digo cual para que no se vaya de
la lengua. Ahora tengo que aprender otro idioma, adaptarme a nuevas costumbres,
pero creo que estoy preparada para
cualquier tipo de vida que quiera brindarme el destino. Soy trabajadora y creo
que no me irá mal aquí. He tenido mucha suerte conociendo a Ildefonso, pero he
sido su perdición sin pretenderlo. Me gustaría, si no es mucha molestia, tener
noticias suyas de vez en cuando. Nada me alegraría más que enterarme de que ha
superado el bache y se encuentra perfectamente. Puede enviar la correspondencia
a través del carnicero o de mis compañeras de piso. Cualquiera en el barrio
puede dar razón de mí, han sido mis cómplices durante todo este tiempo y, de
alguna manera, una auténtica familia. Entre todos, hemos hecho lo posible por
quitarle la obsesión a Ildefonso, pero no le conocemos tanto como usted.
Perdone estas líneas tan
liosas. Las releo y no hay quien las entienda, pero no tengo tiempo de escribir
otra carta. Estoy en una estación de autobuses y antes de que llegue el que
espero quiero echarla al buzón y quedarme con la conciencia tranquila, aunque
no sé si será posible.
Le deseo todo lo mejor, a
usted y a su respetable familia. Espera sus noticias
Adelaida
Me urgía recuperar el
dinero. Volé a la pensión y ni siquiera esperé a que el taxista me devolviese el
cambio. A la mujer del día anterior le lancé unos cuantos visajes desesperados
y me entendió sin necesidad de palabras.
-Puede subir si quiere,
pero no va a encontrar a nadie. Aleja se fue anoche, sin equipaje ni nada, en
cuanto usted salió por la puerta.
El cuarto estaba de par
en par en el mismo estado que lo dejé. Lo único que faltaba era el espantajo
sentado en la butaca amarilla.
Bajé a la carrera de
nuevo.
-¿Sabe dónde puedo
encontrarla?
-No señor. Me pagó y se
fue a toda prisa, yo creo que huía de alguien.
-¿De mí, por ejemplo?
-No lo creo, señor. Usted
se portó de una forma muy civilizada, no escuché ni un solo grito en el tiempo
que duró su entrevista.
-¿Entrevista? Le aseguro
que no soy de la prensa.
-Por decir algo. Soy una
mujer discreta y no me gusta entrometerme.
Discreta o no, si sabía
algo, lo disimulaba muy bien. En el taxi de vuelta, decidí contratar a un
detective.
(Continuará)
domingo, 2 de abril de 2017
La escapada (IV) [Relato fantástico]
Vivir solo otra vez no fue fácil. Al atardecer, solía
pasear por el parque pensando en ella, evocándola en la figura de las madres
que aquella hora colocaban bufandas y gorros antes de emprender el camino de
vuelta, empujando carritos de bebés, apresuradas, deseando llegar a casa antes
de que cayese la noche. A veces la veía caminar junto al lago, acompañada por
un tumulto de chicas que reían y se empujaban solo porque sí. Cuando alzaba la
mano para saludarla de lejos, siempre estaba mirando a otro sitio. Sólo una vez,
me asomé a un matorral tras escuchar un crujido de tacones en la grava como si
fuese un sonido premonitorio, y la vi, caminando despacio con gesto grave junto
a un individuo con chaleco. Cuando les perdí de vista descubrí que estaba más
enfadado de lo que nunca hubiese supuesto, pero no me faltaba razón: Adelaida
había dejado un novio en su pueblo. ¿Cómo había podido olvidarle tan pronto? Por
cierto, ¿dónde demonios estaba ese pueblo? ¿En qué latitud, dimensión o época?
Cuando helaba contemplaba la acera sin gente, me
entretenía viendo a los carpinteros aserrar tablones al otro lado del cristal,
me dejaba afligir por los trapos viejos y sucios que había arrastrado el viento
y quedaban enredados entre las ramas desnudas. Las horas nunca se consumían del
todo, quedaba un rescoldo que duraba y duraba, hasta que perdía la paciencia y
decidía irme a dormir.
(Seguro que recuerdas,
Carlos, aquellos informes repletos de errores que tú te apresurabas a ocultar
para que nadie descubriese mi repentina torpeza, “¿Ocurre algo”, me
preguntabas. “Nada en absoluto. Me encuentro perfectamente.” Aquella mentira
era lo más parecido a una verdad. La otra, la verdadera, nunca la hubieses
creído: un hueso de avestruz se había quedado atravesado en mi pecho, de lado a
lado, impidiendo que entrase la vida.
A los amigos no os
podía explicar nada, pero recordé que ahora tenía una cómplice nueva, alguien
en quien confiar, con la que podía sincerarme por fin.)
Fui a esperar a Adelaida a la puerta de la
carnicería. Se alegró sinceramente de verme: tenía nuevos planes que quería compartir
conmigo. Desde el principio supe lo que iba a decirme, no hizo falta hacerle
preguntas, pero ella no podía callarse, estaba pletórica y deseando
proclamarlo. Había decidió volver al Valle enseguida, tenía muy presente que,
al aceptar el pacto de Demetrio, había contraído una obligación. Si ahora
renunciaba, decepcionaría a aquella buena gente. La habían enviado como
mensajera y, como tal, debía volver llevándoles la llave que permitiese abrir
por fin esas fronteras inhóspitas. “Te estoy hablando de mi pueblo, ése que no
soy capaz de encontrar. Me avergüenzo de ello, Ildefonso. No hay ni rastro de
él en los manuales. He revisado cada palmo de esos mapas tan detallados que tu
amigo me envió. No he encontrado nada en ellos, pero mirándolos he entendido
cómo puedo llegar hasta el Valle, esté donde esté, que con sólo comunicar a la
prensa una noticia de ese calibre pondrían todos los medios a mi alcance, me
proporcionarían un helicóptero... Parece que lo estoy viendo. Una caterva de
gente ansiosa que no perdería la oportunidad de husmear en la región. Allá se
concentrarían todos los periodistas y curiosos del planeta, entonces podría
enseñar a mi gente dónde está la salida, brindarles el uso del teléfono, la
televisión, de tantos adelantos que no pueden ni imaginarse.”
No sé quién la habrá enseñado a expresarse con
tanta elocuencia, ¿las compradoras con su charla, o quizá el vanidoso del
bigotito?
Mi historia acaba aquí. Adelaida ha salido esta
mañana, en el tren de las ocho, rumbo a cualquier ciudad. He de seguirla. Ayer
hablé con el abogado de la familia. Le he dado instrucciones para que venda
algunas fincas, continúe administrando el negocio familiar y me envíe algún
dinero de vez en cuando.
(Veo la cara
que estás poniendo. Carlos, pero tienes que entenderme. Temo por ella. Es más,
tengo un pálpito muy negro. Es tan ingenua, está tan desamparada, y el mundo
está tan lleno de peligros. Si, como asegura el amigo de los mapas, está loca
de remate, no puedo consentir que ande sola por esas tierras del demonio.
También podría ser lo que el carnicero llama “una farsante con carisma”. ¿Y
qué, si lo es? Hasta ahora ha tenido suerte, no se ha topado con ningún verdadero
indeseable. Pero los peligros acechan en cualquier esquina a una mujer joven y
guapa. Y ninguna vive en la inopia tanto como Adelaida, esto es así, digan lo
que digan. No se puede andar por ahí a ciegas y ella, aun suponiendo que sea
una mentirosa, una aprovechada o que no esté en sus cabales, es un hecho que no
sabe nada de nuestra manera de vivir y ser. Nadie puede fingir tanto tiempo y
tan bien. Adelaida es, y lo será siempre, una extranjera en cualquier sitio. A
no ser que... ¿Y si fuese verdad esa historia que cuenta? ¡Qué fabulosa
aventura! ¡Qué extraordinario descubrimiento le estaría reservado a la humanidad!
¡Qué orgulloso debería estar toda la vida si llegamos a coronar la hazaña y
localizamos esa extraña sociedad anchada en el tiempo!
Sé que no puede
llegar muy lejos. Aunque ahora se crea una potentada, sus bienes son escasos y
no van a durarle más de un mes. Eso si no derrocha, pero sus compañeras de piso
le han encargado una visita a París, El Cairo, Chicago, Tokio y otras muchas ciudades.
Adelaida ha tomado nota de todas.
Ahora, querido
Carlos, estoy bebiéndome el tercer whisky de la tarde, no pienso acostarme
hasta que la borrachera me impida ver lo que tengo delante. Mañana temprano iré
a buscarla a La Austriaca, una fonda barata para huéspedes de paso, de cara a
las chimeneas de las fábricas y, como no, al río. La imagino sola, caminando
por andenes y aeropuertos, exponiendo su candor de recién nacida a la vista de
todos, y apuro la copa de un trago para no pensar en las desgracias que pueden
sobrevenirle,
Hasta la vista.
Saluda a los chicos de mi parte. Te echará de menos
Ildefonso Perales)
Llamaron al timbre cuando
estábamos empezando a cenar. Era un chico con una carta y preguntaba por don
Carlos Vallejo. “¿Con b o con v?” soltó la graciosa de mi hija
pequeña. Pero yo vi el remite y me puse lívido. Tras meses de acompañarle en
silencio, de contemplar sus idas y venidas por el despacho a través de la mampara
equidistante sin que se sentase a trabajar ni una sola vez, no me cabía la menor
duda de estar siendo testigo de una crisis mortal. La verdad es que ningún
compañero, y yo menos que nadie, ignoraba su repentina tortura anímica. Cuando
di la propina al chico, hubiese jurado que tenía en la mano una nota de
suicidio. Por eso, todo lo que contaba Ildefonso lo interpreté como las
cornetas victoriosas de las buenas noticias, pues significaba que todavía no
estaba muerto.
Pero podía estarlo muy
pronto. Mejor no lanzar las campanas al vuelo y darse toda la prisa posible.
Bebí un trago de vino, di un mordisco a la tajada de queso que había en mi
plato y salí sin escuchar el crujido de mis tripas.
(Continuará)
jueves, 30 de marzo de 2017
La escapada (III) [Relato fantástico]
Como no podía ser de otro modo, me alegré. Empezaba
a arrepentirme de haber recurrido a un sabio de pacotilla que, con la excusa de
nuestra presunta amistad, pretendía reunir pruebas para ingresar a Adelaida en
una institución y, de paso, salvarme a mí de su influjo maléfico.
A veces se acercaba de puntillas y me tapaba los
ojos instándome a adivinar. Yo disfrutaba de una intimidad que siempre me
pareció paradisíaca. Me gustaba imaginar que sus manos olían a perlas, pues si
las perlas tuviesen aroma debería parecerse al suyo: sudor cristalino mezclado
con jabón de azahar. (Excúsame, Carlos,
por estas sandeces mías. No son más que delirios de solterón sin esperanza).
Cuando se detenía de repente como si se hubiese
convertido en estatua, yo revoloteaba a su alrededor procurando parecer
invisible.
Me consumía no estar enterado al detalle de unos
sucesos que Adelaida conocía a medias. Nunca le preguntó a Demetrio cómo se le
ocurrió aquella idea extraordinaria, pero de sobra conocía los motivos. El
anuncio del periódico pedía diez personas mayores de edad para realizar un
experimento apasionante. Ella se presentó en la dirección indicada a la hora
convenida. Había tres hombres esperando. Entraban de uno en uno a un pequeño
despacho, como si fuese la consulta del médico y al rato salían como hechizados
por alguna aparición. Ella conocía a
Demetrio de vista, como a todos los del pueblo. Era el tipo excéntrico que
todas las mañanas desayunaba, sin hablar con nadie, en el bar de la plaza,
ajeno a los parroquianos que le tomaban el pelo con chanzas y chirigotas.
Cuando le tocó el turno, el sabio le explicó en pocas palabras lo que se
esperaba de ella y le rogó que guardase el secreto. Después de un concienzudo
estudio del cuerpo de las mariposas, había conseguido aislar los elementos
responsables de la facultad de volar y estaba dispuesto a probarlo con aquel grupo
de voluntarios. Le estaba proponiendo que se convirtiese en mariposa humana y
traspasase aquellas obstinadas fronteras. Una vez al otro lado, ya encontraría
la forma de volver y abrir a sus convecinos nuevos horizontes.
Solo aceparon el trato ella y el anciano propietario
de un terreno en la zona más alejada del río. Familia y novio se pusieron
inmediatamente en contra, pero ella resistió estoicamente, no sirvieron gritos,
amenazas ni súplicas. Una vez tomada la decisión, nada ni nadie iba a
disuadirla.
Cada tarde al salir del taller de costura, se
reunía con el viejo en el arranque del camino que conducía a la casa de
Demetrio. Allí pasaban horas dejándose inyectar misteriosos mejunjes y sometiéndose
a agotadoras sesiones de gimnasia. Transcurridos cuatro meses y medio, clareando
apenas una madrugada de domingo, el mago les condujo a lo alto de una loma en
el lado oriental del río y les dio las instrucciones pertinentes. Adelaida
cerró los ojos, extendió los brazos en forma de aspa, tomó impulso, respiró
hondo y esperó.
No ocurrió nada. Cuando calculó que el prodigio nunca
iba a producirse, abrió los ojos y miró a su alrededor. No había nadie. Esperó
un rato. Nada. Silencio. Un perro salió de detrás de un matorral y le olisqueó
los pies. El río ahora quedaba más lejos, bajo un puente metálico que no había
visto nunca. Divisó torres, una cortina de árboles, rocas desnudas y
comprendió, alarmada, que nada de aquello estaba allí solo unos minutos antes,
cuando había cerrado los ojos. No reconocía aquel paisaje. O habían cambiado el
decorado o aquel era un escenario diferente.
Durante meses vivió al aire libre. Prefería el
campo a la ciudad. En cuanto anochecía se acercaba a las casas mendigando un
poco de comida. Conversando con vagabundos y deportistas, con pescadores que la
invitaban a comer truchas asadas, aprendió a imitar su acento. Se unió a una
mujer que caminaba sin rumbo buscando a su niña, perdida cuando según ella no
medía más de treinta centímetros. “Dime: ¿Abortaste? ¿Tu hija se fue antes de
nacer?” “No sabría decirte. Ahora tiene seis años y sé que me busca.” La
acompañaba un obeso y maloliente individuo, tocado con gorra de visera, que
parecía ejercer de protector suyo. El hombre, que se apañaba bien robando y no
le molestaba compartir, le enseñó toca clase de trucos para evitar a la policía.
Kilómetros más adelante, conoció a tres jóvenes nómadas, una chica y dos
muchachos, que al principio se burlaron de su forma de hablar. Con ellos
aprendió chistes, términos vulgares que no había escuchado nunca y, lo mejor de
todo, recordó lo que era la risa. Más tarde, anduvo algún tiempo en compañía de
unos vendedores ambulantes, pero en cuanto comprendió que la regla del juego consistía
en que ella sirviese de reclamo para colocar la mercancía y ellos se quedasen
con las ganancias tuvo que poner tierra por medio. En una minúscula aldea, hizo
amistad con dos hermanas que se impusieron la tarea de alimentarla. Metían en una
tartera porciones del guiso a medida que su madre lo iba sacando del fuego, lo
trasladaban a hurtadillas descolgándose por las peñas hasta plantarse en la
orilla del río, con los zurrones colgados de la cintura y la contemplaban
fascinadas comer. Era cuestión de tiempo que la autoridad se pusiese sobre
aviso y la metiese en la cárcel, así que desapareció una noche, con alevosía,
nocturnidad y un gran dolor de corazón.
Su táctica era tan simple como recorrer el curso de los ríos. Las corrientes de agua alimentan la vida y reflejan su flujo constante. No hubiese sido nada fácil sobrevivir en terreno seco.
Su táctica era tan simple como recorrer el curso de los ríos. Las corrientes de agua alimentan la vida y reflejan su flujo constante. No hubiese sido nada fácil sobrevivir en terreno seco.
Todo cambió al llegar el frío. Adelaida no conocía
nuestro clima, en su Valle el tiempo permanecía invariable todo el año. Los
ríos la empujaban con violencia lo más lejos posible. Tuvo que buscar refugio
en las poblaciones, ampararse en los muros de las calles, dar tumbos de un lado
a otro, sin un techo bajo el que refugiarse, recibiendo miradas de
desconfianza, insultos, palabras feas, alguna denuncia. Más de una noche durmió
en la comisaría. La mañana que me obligó a darle cobijo había llegado a tocar
fondo y estaba empezando a comprenderlo.
Encargué carne de avestruz en la granja de mis
paisanos para comerla con ella en Navidad. De regreso, conduje durante doce
horas seguidas para que nos diese tiempo a cocinarla. Adelaida la rellenó de
guindas y la embadurnó de licor y cardamomo. Sirvió aquel plato junto a un sabroso mejunje a base de hierbas machacadas,
–cultivadas por ella en los tiestos del
balcón– guindillas y un bastón de canela. Apetecía viajar a Astro, dondequiera
que estuviese, solo para gozar de su gastronomía. En cuanto la cocinera se
quitó los delantales, se enfundó un vestido color cereza de escote recto y alto
por delante que formaba en la espalda un pico afilado. Ella misma se lo había
hecho con un retal barato que encontró. Aprendí algunas canciones de su tierra,
que cantamos y bailamos hasta el amanecer sin necesidad de ningún instrumento. Segundos
antes de encerrarse en su cuarto, anunció que se mudaba al día siguiente.
(Continuará)
martes, 28 de marzo de 2017
La escapada (II) [Relato fantástico]
Me vi sobrepasado por la situación. Viví la semana
siguiente inmerso en un frenesí poco común, me había impuesto remediar aquel
desastre cuanto antes y eso implicaba actuar con rapidez. La idea de que un ser
humano dependía de mis decisiones para continuar en este mundo me llenaba de
inquietud, pero también de una satisfacción nunca sentida ni sospechada. Si
hasta entonces vivía instalado en el confort de la rutina, en un vegetar
trivial e insignificante por culpa de mi inveterado egoísmo, al fin la
precariedad y yo nos habíamos cruzado y debía recoger el guante sin la menor
vacilación. Ni un solo instante se me ocurrió ignorar el reto que la más feliz
de las casualidades había arrojado a mis pies..
Mi protegida hablaba poco y nunca me llevaba la
contraria. Compramos ropa juntos. Calzado. Un bolso de tela gris y rosada. Nos
reíamos. Le enseñaba palabras y frases. Ella me miraba con sus grandes ojos
miopes que no acababan de fijarse en ningún sitio. Comprendí que en su tierra
no se habían inventado las gafas. Cuando le propuse llevarla a una óptica,
aseguró que disfrutaba más mirándolo todo tal como lo había visto siempre, que así
el mundo parecía un poco más bello. Nunca se explayó de forma espontanea pero contestaba
a todas mis preguntas. Y lo que me contó fue realmente asombroso. Juzga tú
mismo.
Había nacido en un Valle profundísimo, un cañón
verde y sombrío al pie de un círculo de montañas escarpadas. El lugar estaba
plagado de grandes mariposas blancas. Sus habitantes le conocían como el Valle
de las Mariposas y la localidad se llamaba literalmente Astro que en
su lengua significa “crisálida”. La primitiva comunidad colonizó el terreno
allá por el siglo XVIII de nuestra era si los recuerdos de Adelaida no mienten.
Pero los datos que aportaba eran tan vagos que no iban a resultar de utilidad.
En la escuela le explicaron que los siglos comprendían en la actualidad cien
años, igual que los nuestros, pero que en una época anterior habían sido mucho
más cortos. Nunca hasta entonces habían mantenido contacto con el mundo exterior,
carecían de los conocimientos técnicos imprescindibles para horadar montañas y
el hueco que, según creían, habían atravesado sus antecesores fue obstruido por
un derrumbe hace muchísimo mucho tiempo. Por supuesto, ni siquiera conocían los
aviones ni ningún otro medio de transporte mecánico. Pero disponían, al
parecer, de una rudimentaria metalurgia, máquinas de vapor y una industria
incipiente. Astro era una población compuesta por cerca de 7.000 habitantes
censados y contaba con cuerpo de policía, jueces, un único periódico sostenido
con fondos públicos y junta de gobierno local. La gente se movía a caballo, las
mercancías eran cargadas en carretas arrastradas por diversos animales. Poseían
una ganadería floreciente y una fauna variadísima. Practicaban asiduamente la
caza con arco o escopeta.
Aunque todo
esto traza un panorama de autosuficiencia, puedo afirmar que Adelaida estaba
retratando una sociedad marcada por la nostalgia y no caía en la tentación de
ocultárselo.
En la frente llevaba esa señal grabada. Parecía
predestinada a perseguir las huellas de un pasado brumoso, una deuda que ella,
o su pueblo, se veían obligados a pagar. Cuando, sentada bajo la ventana del
comedor, se abrazaba las rodillas y daba rienda suelta a los recuerdos, hilos
de melancolía aleteaban por encima nublando una mirada revestida en sí misma de
sombra. En aquellos lapsos, inclinaba hacia atrás la cabeza y yo me esfumaba
sin ruido.
![]() |
| John Brett - Val d'Aosta (1858) |
En secreto, y tras darle muchas vueltas, decidí consultar
con un viejo compañero de instituto, arqueólogo aficionado en sus ratos libres.
Consumido por la idea de que Adelaida no estuviese en sus cabales, necesitaba
aferrarme a la posibilidad, más que remota, de que existiese un lugar semejante
en algún punto del planeta aún sin explorar. Félix confirmo mis sospechas
asegurando que una historia como aquella tenía que haber sido forjada por la
mente de un desequilibrado, o bien de un novelista. Me resistí a creer una
opinión tan tajante.
Por entonces ya le había conseguido un trabajo. El
charcutero de mi barrio se avino a contratar una indocumentada a cambio de un
sueldo simbólico. “¿Ni siquiera tiene pasaporte?”. Miré a un lado y otro
apretando la mano de Adelaida. Él nos miró como si acabase de entender y solo
dijo: “¡Ah!”.
Ella no dejaba de responder a mis preguntas. Los
habitantes del Valle perdido soñaban con salir de allí. Si en tiempos remotos
el enclave llegó a considerarse un paraíso cuyo aislamiento constituía una
bendición, ya nadie opinaba así. El minúsculo país progresaba, como todos, a
base de inventos, Pero aquellos me parecían de lo más rudimentario, tal como
avalaba el hecho de que ni los cerebros más aventajados encontraban la manera
de rebasar sus escarpadas paredes. Aún no habían conseguido fabricar un
vehículo ni aéreo ni terrestre pero sí máquinas repelentes de polvo, de lavar,
de eliminar malos olores, vagones a raíles que transportaban el material en las
fábricas... Adelaida estaba convencida de que en todos los pueblos vive un
científico loco. El de Astro se llamaba Dome-etccio (yo le conocía como
Demetrio) y soñaba con hacerse inmensamente rico en cuanto su fama hubiese
traspasado aquellas estrechas fronteras que, a él más que a nadie, amenazaban
con oprimirle hasta la asfixia.
El taller de Demetrio me trasladaba a esas
películas de Disney en las que los personajes bailaban entonando una balada,
siempre cogidos de la mano y se desplazaban volando por encima de amplias praderas
semejantes a lechos gigantescos. Inventores que nos introducían en estrechos
paraísos forrados de paneles de madera bruñida, repletos de cajones misteriosos,
hierros oxidados con fabulosas formas, multitud de relojes de todos las clases
y tamaños, y artilugios sorprendentes. Aquellas imágenes con sabor a rancio
ofrecían a los niños de mi edad la certeza de un futuro maravilloso en la que
excéntricos y divertidos personajes, –inventores de chaleco, tirantes y visera–
levantaban la tapa del puchero donde hervía la col tirando de una cadenita que
colgaba del marco de la puerta.
Me interesé por su escritura, solía curiosear sobre
su hombro cuando se sentaba a rellenar cuartillas. Casi siempre cartas dirigidas
a amigos que había dejado en Astro. Pero aquello duraba unos instantes: en
cuanto sospechaba que yo andaba detrás, se revolvía inquieta y, sin mirarme y
evitando darse por aludida, ocultaba las hojas con las palmas abiertas. Usaba
un alfabeto latino con caracteres tan irregulares que se reconocían muy
difícilmente. Igual ocurría con las palabras, tan saturadas de vocales que te
perdías entre ellas como en un bosque espeso. Una extraña e interesante
evolución fonética según el arqueólogo. A petición suya, Adelaida escribió
varias frases. “Este es un poema que compuse hace tiempo, habla de la lluvia
cuando cae en los sembrados”. ¿Me lo regalas” Sus ojos desconfiados se cruzaron
con los míos y fui incapaz de mentirle, pero él lo hizo por los dos. “Si me lo
permites, se lo llevaré a un colega mío que estudia la evolución de los idiomas.
Quizá él pueda ayudarte a encontrar el camino de regreso estudiando los rasgos
de tu escritura”. Entonces su cara se volvió una armadura y su “no” fue tan categórico que no admitía
réplica.
(Continuará)
domingo, 26 de marzo de 2017
La escapada (I) [Relato fantástico]
Señor Director. (Rectifico. Me parece una payasada tratarte así. Cierto que se trata de
una ocasión excepcional y que te estoy presentando mi dimisión, pero acabo de
tomar tres vinos contigo en la tasca de Arcadio –ellos me han dado valor para ponerme
delante de la tecla– y ahora nos vamos a separar para siempre después de tanto
tiempo trabajando en lo mismo. Creo que voy a empezar otra vez)
Querido Carlos. (Este es el comienzo adecuado. Si quieres una carta más formal para
enviársela al presidente, no tienes más que pedirla. Isabel, o cualquiera de
las secretarias, la redactará según las fórmulas al uso. Como debe ser)
Perdona que no pueda aguantarme la risa. Te estoy
viendo con el papel en la mano, cada vez más indignado porque, según mi
costumbre, me estoy yendo por las ramas. Sé que estás pensando: “Al grano, Ildefonso, deja de calentarme el
caletre y suelta de una vez lo que tengas que decir.” Para ti es sencillo
porque eres un hombre sensato y de costumbres ordenadas pero a algunos nos
hicieron de otra forma. Tanto en las palabras como en la vida, lo mío es
divagar. Por eso, seguramente, he entrado en este estado de incertidumbre que
me obliga a abandonarlo todo y escapar a cualquier lugar del mundo que no sea
éste. ¿Otra locura de las mías? Es posible. Pero no me juzgues hasta que no
hayas oído mi historia, punto por punto y desde el principio.
¿Recuerdas el día que cerré mi despacho por dentro
y ordené que nadie me molestase? Ya hace un año de aquello. No abrí hasta estar
seguro de que la oficina había quedado completamente vacía. Como todos
sospechasteis, estaba acompañado. Aunque no por el motivo que imaginabais,
efectivamente ocultaba a una mujer. Una visitante muy particular.
Aquella mañana llegué a trabajar antes que nadie.
Todavía era noche cerrada y hacía frío; el invierno se había adelantado y nos
había pillado por sorpresa. Mientras abría la verja, todavía con la llave
escarbando en la cerradura, reparé en un bulto sobre el escalón, informe, casi
invisible, confundido con el color de las sombras. Al empujar la puerta el
bulto se movió, quedó sentado y, antes de que pudiese impedirlo, intento
escurrirse entre mis piernas y entrar a gatas en el vestíbulo. Al principio me
asusté, supuse que me atacaba un delincuente. Pero ella, que me había tomado la
delantera, se irguió a medias delante de mí y pude verla con claridad. Era una
mendiga, joven, demacrada, harapienta, que tiritaba de frío e imploraba un
hueco entre aquellas paredes: “nada más
que un rato, hasta que consiga entrar en calor”. Aunque ésas no fueron sus
palabras, es lo que entendí. Hablaba, con acento áspero una especie de dialecto
primitivo que acompañaba con gestos vehementes. Me apiadé de su aspecto y
permití que subiera al primer piso.
| Edgar Degas - Oficina de la lonja del algodón en Nueva Orleans (1873) |
No sé por qué hice aquello. Supongo que me conmovió
su aspecto vulnerable y la consideré totalmente inofensiva. Sé que mi
comportamiento de ese día contradice las normas de la casa, pero no creas que
actué a la ligera. Desde que me enfrenté a sus ojos supe que no traicionaría mi
confianza y puedo asegurar que no lo hizo..
Te preguntarás qué es lo que vi en ellos. Recuerdo
que me parecieron dos charcos de agua turbia. Llevaba incorporada una sombra
que parecía duplicar cada uno de sus rasgos: en particular su boca, parecida a
un gajo de mandarina así como la piel y el pelo, albos, casi transparentes, un
abismo cuajado de secretos.
Sé lo que estás pensando. Si sospechas que me dejé
deslumbrar por su encanto, te equivocas. Aquella mañana no se diferenciaba gran
cosa de un perro callejero con la piel carcomida e infestada de pulgas.
La empujé hasta el archivo anexo a mi despacho.
Hace tiempo que nadie lo usa y está cubierto por un grueso manto de polvo, pero
no pareció importarle. Enseguida se durmió en el suelo, junto al radiador. Fue
entonces cuando pude contemplarla a mis anchas. Llevaba una falda de color lila
que le llegaba hasta los pies. Ninguna de las mujeres que he conocido se cubre
con un tejido tan tosco. Mejor dicho, jamás he visto una tela como esa envolviendo
el cuerpo de nadie ni en ningún otro sitio. Parecía... Sí, parecía ropa de otra
época. De una etapa muy lejana. Diría
incluso que a una distancia de siglos.
Calzaba zapatillas de deporte y se cubría con una
blusa a topos de esas que hicieron furor entre las chicas hace cuatro o cinco
años, abrochada por detrás con botones invisibles. Se notaba que la prenda
había sido linda alguna vez, pero estaba tan sucia y rota que apenas podía
sostenerse. La mugre se acumulaba en los pliegues del tejido, en las uñas, el
pelo, y las mejillas, hundidas más allá de lo soportable a la vista.
Me puse tan nervioso que no pude
dar palo al agua. Constantemente, cedía a mis impulsos y me quedaba en el umbral
de ese cuchitril con estanterías que tan bien conocemos y que, a juzgar por lo
profundo de su sueño, más bien parecía una suite regia. Estaba perplejo,
abrumado por la culpa. Aunque no me parecía saludable, permití que me invadiese
su aroma, dulzón y pegajoso, como si hubiese invadido una colmena de
dimensiones catedralicias.
Obligarme a regresar al despacho
resultó un esfuerzo inútil, no logré concentrarme en todo el día. Por algún
motivo que sólo ahora comprendo, mantuve mi propósito de mantenerla oculta. Ya
se había ido todo el mundo, ella seguía instalada en su letargo y yo velándola,
como un pánfilo, con el cerrojo bien encajado por si las moscas, preguntándome
qué iba a hacer a partir de entonces. En el bolsillo de mi chaqueta seguía casi
entero el bocata de jamón que
había sido incapaz de tragarme, se me ocurrió acercárselo a la nariz y, antes
de que pudiese darme cuenta, lo estaba devorando a mordiscos.
Su nombre sonaba como Aldea-ia-ia.
Decidí llamarla Adelaida.
Tú, Carlos, conoces bien mi piso.
Sabes que no es pequeño. Una vivienda probablemente diseñada para una familia
numerosa que ha servido de casa de acogida para jóvenes poco antes de que yo lo
comprase. Se entra por la cocina y acaba en el retrete. A un lado del largo
pasillo tres dormitorios, al otro dos. Todos con su cama y su armario, sin más
ornamento. Te habrás preguntado por qué nunca se me ha ocurrido cambiar nada.
Soy austero. Vivo solo. Llevo una existencia monacal. ¿Para qué gastar dinero,
en sillones, televisor, cortinas? Tengo lo que necesito y me sobra.
Así que la instalé en mi mejor habitación. Pensé
que era lo mínimo que podía hacer por ella. Por su parte, ni se opuso ni hizo
preguntas. En ese momento no era más que una pobre chica desamparada, y
salvarle la vida me costaba tan poco.
(Continuará)
viernes, 24 de marzo de 2017
La Baronesa (XII)
Si te han arrebatado tres hijos sin darte tiempo a conocerlos, sin que sepas si están muertos o han desaparecido, sin que te den nunca ni una sola pista, por fuerza te tienes que sentir justificada para enredar un poco. Propagar bulos te proporciona un poder inimaginable y, casi mejor, te divierte tanto que llegas a olvidar tus tragedias. Solo hasta la noche, es verdad. En cuanto estás sola y a oscuras te agarran por el cuello y mientras la asfixia hace que se te salten las lágrimas, esperas que te lleven de una vez al otro barrio. Pero nunca acaban de matarte y, finalmente, tienes que hacerlo tú, aunque sea provisionalmente, cayendo en el sopor total de la forma más sencilla que sabes.
Veo frente a mí grúas, edificios amarillentos, nubes que los ocultan a medias y se propagan según avanza la tarde. O humareda o niebla o vapor que emborrona el aire o un velo que me tapa la visión y que, empiezo a sospechar, está en mis ojos. No soy yo quien lo ha puesto ahí, preferiría verlo todo tan claro como la aguamarina que me regaló Daniel en nuestro primer aniversario y que aún no me he quitado del cuello. Ni lo haré nunca: la exhibo, la toco, la paseo; es la pureza misma, oscura, transparente, dura y azul como mi propia alma. Tan frágil como ella.
La aguamarina. Un espíritu bueno que me acompaña y protege, no el único. Cuento también con mis talismanes secretos. Y con el tarot, los frascos, la botella, las milagrosas sustancias, un Basquiat del que no me desharé aunque me muera de hambre y, vibrando en el espacio, Warren Zevon que me susurra su maravillosa Turbulence. Son mis deidades protectoras y nunca podrán arrebatármelas.
También tú me protegiste, Rosario. Me salvaste de las garras de Alphonse ayudándome a querer huir de la banda en lugar de despreciarme por tratar de empujarte a las vías. En cambio yo te traicioné en cuanto pude, te sustituí por el primero que me miró fijamente. Lo mismo que hice con Daniel. Forma parte de mi trayectoria vital.
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| Rock Bottom Remainders |
Bruno se acercó a mí en la estación, me acarició el pelo, me envolvió en su gabardina al ver que tiritaba de frío y yo le seguí sin rechistar. Era amable y distante. Vivimos juntos casi cinco años y, en aquella época, no creí que pudiese quejarme de nada. Tenía un hijo dos años más joven que yo, de cuya madre no se hablaba nunca, y desde el principio me permitió jugar con él. A veces, hasta me explicaba lo que aprendía en el colegio. Con el tiempo aprendí a cocinar, a dirigir a las cocineras y al resto de los empleados, a vestir como es debido, a comportarme en las fiestas, a disfrutar de los conciertos, a amar el teatro, a mantener conversaciones con gente instruida. Tenía a mi disposición una hermosa biblioteca donde documentarme sobre literatura, arte, historia y música. Aprendí mucho gracias a los consejos del padre, aunque el lenguaje del hijo empezó a parecerme más digerible.
El lenguaje, los besos, las caricias. Antes de darme cuenta estaba compartiendo cama con los dos. Tristan y yo nos veíamos a escondidas, pero estuvo a punto de descubrirlo todo por culpa de sus celos insensatos.
Me hubiese enamorado de no haber sido por ellos, pero eran incontrolables y estallaban a todas horas. Se volvió irascible y maleducado, insultaba a su padre, provocaba peleas con cualquier excusa, se levantaba de la mesa, daba portazos, rompía objetos. Tanta brutalidad me obligó a rechazar las exigencias de Bruno. Durante todo un verano impedí que se acercase a mi cama. Se lo dije a Tristan pero no me creyó.
Por eso, el dueño de la casa nunca dudó de que no tenía nada que ver con mi embarazo. Acababa de cumplir los veintiuno, la mayoría de edad de entonces. Me quiso echar de su casa hasta que le confesé quien era el padre. Entonces me obligó a casarme con él.
(Continuará)
miércoles, 22 de marzo de 2017
La Baronesa (XI)
Me matarías, Rosario, si supieses que fui yo la que acompañó a John a Thailandia en calidad de consejera y cómplice. No sé si servirá de algo, has de saber que le siguen atrayendo las mujeres, pero no, nunca he sido su amante si es lo que estás pensando. No es que se privase de insinuarme que estaba dispuesto cada vez que se le presentaba la ocasión, pero me gustan más varoniles y, por encima de todo, está la lealtad. El hecho de que, cada cual por su lado, nos hayamos desconectado de ti, no es excusa para traicionarte.
Me chiflan los folletines, Rosario. El hombre que me embaucó el día que decidí abandonarte me surtía de fotonovelas y de novelitas románticas compradas en quioscos de prensa. Yo misma, en cuanto me veía sola en la casa, me atiborraba de seriales radiofónicos. Por eso nunca podría llevarme mal con la prensa. Les comprendo tan bien. Si la vida me hubiese permitido trabajar en le papier couché, traería y llevaría toda clase de chismes, fisgaría en las mansiones y los antros, airearía los trapos sucios de todos, propagaría bulos por acá y por allá, sería la correveidile perfecta. Tiemblo de emoción cuando imagino la posibilidad de elevar y destruir solo con el poder de la palabra. Nunca he entendido a los que defienden la prudencia o la discreción, son tan aburridas como beber agua cuando se tiene vino a mano. Quizá ese sea el motivo de que, al poco de conocernos, Daniel me prohibiese conceder entrevistas.
“Visitamos hoy el hogar de los Legard, Madame Legard, ataviada con traje estampado en tonos salmón y reineta…”
Nada. Ni siquiera después del divorcio. Tuve que firmar una cláusula renunciando a hablar de mi vida matrimonial para poder cobrar la pensión. Habría preferido seguir casada, tenía olfato para comprar arte y, cuando despedimos a los asesores tras haberme enseñado todo lo que sabían, hice ganar mucho dinero a Daniel. La verdad es que soy una yonqui de los lienzos –sí, ni siquiera ellos acaban de saciarme – compro, compro y, por mí, no vendería nada nunca. Puede que sea porque odio el dinero: en cuanto me acerco a una cuenta corriente saneada, me empeño en vaciarla lo antes posible.
Solo por el arte y la verdad merece la pena vivir: la verdad es un arte y la muerte una forma de resignarse a su pérdida. Pero decir la verdad puede ser, en ocasiones, una forma de suicidio.
Aquella aventura no la emprendimos John y yo solos, nos acompañó Serafín Vergara, tu primo venezolano tan adulador como atractivo, que tu ex nos presentó a Daniel y a mí al poco de iniciar nuestra amistad. Por entonces todavía vivíamos juntos, no me abandonó por mi drogadicción ni por mi obesidad mórbida, ni siquiera por mi alcoholismo. Lo que le impulsó a dar el portazo definitivo fue la aventura tailandesa que mantuvimos Serafín y yo con la complicidad de tu británico de apellido español, ese que, por motivos de fuerza mayor, estaba a punto de pedir el divorcio.
| Hilda Fearon - La fiesta del té (1916) |
Acudimos a mister Carranza gracias a la recomendación de las Jennys, las Melissas y demás aspirantes a actrices que invadían nuestro despacho a diario. Por sus representantes, más que por ellas, supimos que era él quien sonaba en los círculos selectos como el mejor detective internacional, que muchos le hubiesen contratado de haber podido permitírselo, simplemente para fardar, aunque no tuviesen que buscar ni un alfiler, y menos aún a varios hijos desperdigados en algún rincón del mundo.
A la vuelta, los dos siguieron tratando a Daniel como si nada. Nadie habría podido sacarles ni una palabra. De haber sido preciso, se hubiesen dejado cortar la lengua. Fui yo, con mi reconocida incontinencia verbal, la que le confesó todo a los pocos días de regresar, solo porque seguía enfadado conmigo por culpa del viaje y me volvió la espalda la mañana de un 12 de enero. Una de las más depresivas y resacosas de mi vida, y juro que ha habido unas cuantas. Otros celebran los cumpleaños de sus hijos y yo me angustio cada día más. Mientras esos días continúen en el calendario, siento que me desuellan viva, me quedo mirando al ventanal –mi tentación constante y el mejor bálsamo para los nervios– y solo pienso en morirme.
Para ser un poco más feliz tendría que haber reunido la mitad de tu coraje y aún así me faltaría esa frialdad que tanto te reprochan. Suerte que tienes. Estoy segura que, de haber tenido ese carácter tuyo, aún seguiría entera, no me habría desintegrado como un balón que flota por el cosmos.
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