sábado, 25 de junio de 2016

La piel de plátano (elecciones generales españolas 2016)

De niña leía muchos comics –por entonces los llamábamos tebeos, nombre adoptado, por extensión, del gran TBO del que no me perdía un número–tampoco dejaba pasar viñeta o tira cómica que apareciese en los periódicos de casa. El humor es, para un niño, una buena manera de observar el mundo, aunque entonces lo viésemos como un entretenimiento sin más. Porque cualquier diversión infantil es puro aprendizaje, y lo mejor es que no nos damos cuenta.
También leía libros, trataba de entender los artículos serios de la prensa y de rellenar por completo –jamás lo conseguía– el crucigrama de ABC. Probablemente, no saqué mucho en limpio de mis tentativas de entender a los mayores, pero el humor es otra cosa. Ese sí que no tiene fronteras, hace reír a todos y el mensaje –si bien menos universal de lo que parece, pues cada uno lo adapta hábilmente a su forma de ver el mundo– cala hondo y deja una huella difícil de borrar.
Los tebeos hablaban de familias, como la de Melitón Pérez, de abuelitos con gota que cuentan batallas, de señoras arrugadas con bastón y nariz picuda, de miopes al borde de la ceguera, de entrañables ladronzuelos como el caco Bonifacio, de un reportero peculiar, de dos hermanas solteras sin más compañía que ellas mismas (¡ah! el mito de la solterona, cuánto daño hizo a las mentes infantiles), de Carpanta y su insaciable apetito, de las diabluras de unos gemelos con un padre anacrónico llamado don Pantuflo Zapatilla, de una casa de vecinos, a cual más estrafalario, con fachada transparente. También, y al margen de personajes concretos, se bromeaba sobre los caracteres de regiones y  países, se repasaban los tópicos de la época y se aludía a la actualidad con mucha más frecuencia de lo que se quería dar a entender.
Tomado de La viñeta satírica
Un clásico indiscutible era la piel de plátano, asunto banal pero gracioso que daba mucho juego por entonces. El hombre que camina leyendo el periódico –los personajes femeninos de entonces no leían nunca– pisa la piel y da una voltereta en el aire, el ciego ¡cómo no! la mamá que empuja el carrito, el que se despide de alguien sin mirar por dónde camina, chavales que corretean. El mundo entero pisaba esas escurridizas pieles. Si, a nuestra vez, no hubiésemos pisado la calle, la imaginaríamos sembrada de pingajos amarillos. Por cierto, nunca eran de naranja o de pera, que también resbalan lo suyo, sino de plátano. Vaya usted a saber por qué los dibujantes habían cogido tanta afición a esa inocente fruta.
Me pregunto qué efecto producían esas tiras cómicas, esas historietas sobre sus pequeños lectores. Ninguno, probablemente. Las considerábamos motivo de diversión y poco más. Pero un pedagogo con excesivos escrúpulos –y lo políticamente correcto invade nuestros días mucho más que los de entonces a pesar de censuras y demás hierbas– bien podría objetar que tanto plátano suelto por la acera podría producir abundancia de niños miedosos. O de niños sádicos. O de niños que aborrecen la fruta. O bien, de niños más atentos a lo que les rodea, más responsables, más preocupados por su  prójimo, con más sentido del humor, incluso, con mayor afición a los plátanos y, por extensión, a la comida sana. Todo depende del color con que se mire. ¿Eran nocivas aquellas viñetas? Yo creo que no, pero discursos a partir de ellas y sus posibles consecuencias se pueden construir de todos los colores.

***

Mañana será el día de la piel de plátano. Como cada vez que hay elecciones en España, sean generales, locales o autonómicas, todo el mundo va a interpretar los resultados a su conveniencia. Cada uno arrimará el ascua a su sardina y se quedará tan pancho. ¡Perdón! Eso es lo que ocurría antes. Desde diciembre, la sardina y el ascua siguen juntas, la piel de plátano funciona todavía a gusto del consumidor (en este caso, a gusto del partido político de turno), pero ya nadie puede quedarse tan pancho, los límites entre unos resultados y otros son demasiado frágiles, no es fácil que nadie se alce con la victoria absoluta, el miedo, el resquemor, la envidia, la antipatía se están adueñando del patio político y contagiando a los votantes. Y eso nunca es bueno. ¿No soñábamos con el fin del bipartidismo? Pues ahí tienes la polca, ahora báilala, ¡anda! 

viernes, 10 de junio de 2016

Buscando a Susana desesperadamente

Apoyado en la barandilla, Calixto contempla la plaza recién regada y el frescor procedente de las baldosas le expande y aligera. Piensa que pocas veces se ha sentido tan lúcido como en este momento y eso le anima a extraer, una vez más, la carta de su sobre. Alguien que responde por Susana, con fecha del viernes pasado, afirma conocerlo desde siempre, haberle estudiado con detenimiento y haber hallado, gracias a este curioso análisis,  el auténtico sentido de la vida. Se despide con la promesa de esperarle todos los jueves de los próximos 365 días en la mesa del café Goya que cae justo debajo del espejo del fondo, frente a los dos candelabros de bronce, con alguna prenda verde en su atuendo. Falta un detalle fundamental: la hora.
Se alarma cuando piensa que puede estar siendo espiado. En la plaza, gente desperdigada aquí y allá. Pasan dos chavales desenrollando una pancarta. Ojo, la primera silaba es “Su”. Está a punto de convertirse en estatua de sal pero el rótulo se expande ante sus ojos y… ¡falsa alarma! “Su bienestar es nuestra alegría” Y más abajo, a la derecha: “Dónalos cuando no los necesites” junto a un logo que distingue  apenas.
Pasa un pizzero portando su caja de cartón como si fuese una bandeja de pasteles. Pasa otro hombre pilotando su velocísimo carro de ruedas. Pasa…
Olvida eso. Tienes que concentrarte en las mujeres. Pasan tres rubias agarradas del brazo. Esas no. Pasa una mujer con bastón y un vestido de lunares, levanta la vista y saluda. El corazón le da un vuelco, pero en el alfeizar de la derecha, su vecino, apoyado en su propio bastón, agita alegremente su mano libre.
Pasa un perro persiguiendo una paloma.
***
El primer jueves se presentó a las ocho de la tarde. Cada semana iba retrasándose una hora hasta la noche que llegó a las doce en punto y encontró un local oscuro y silencioso, sellado por una burlona tela metálica. Decidió entonces adelantarse una hora cada vez hasta dar con la correcta. Las siete de la tarde, las seis, las cinco… Tras dos meses de puntual sometimiento descubrió que abrían a las diez de la mañana. Por cierto, de la tal Susana, ni rastro.
A menudo, se entretenía imaginando cómo sería su escurridiza corresponsal. ¿Joven y bella? ¿Inteligente? ¿Todo lo contrario? La imaginación parecía sobrarle, eso sí. Con aquella sencilla estratagema había conseguido mantenerle en tensión un puñado de semanas, a él que se tenía por imperturbable. Se preguntaba por qué no aparecía ya, ¿le habría pasado algo? ¿En qué consistiría esa revelación trascendental que había decidido transmitirle? ¿Qué sabía de él? ¿Cómo se las arregló para  acercársele tanto?
Observó otra vez el suelo húmedo y, como siempre, le pareció atisbar hilachas de vapor escapándose por entre las losetas. Cerró a medias los párpados para ver vibrar el aire entre el revoloteo de las palomas. Precisamente esa trayectoria, la forma en que se movían,  siempre en circulos, desvelaba el enigma del cosmos.

martes, 10 de mayo de 2016

Spotlight (2015)

Es inevitable, y hasta encomiable, que una serie de actos delictivos, además de denigrantes para la especie, protagonizados –para más inri– por los autodenominados modelos de moral y justicia en nuestra sociedad judeocristiana, sean aireados y denunciados por el arte para suscitar la reflexión y repulsa del público. No obstante, en este caso concreto, tan repulsivo como delicado de abordar, además de atroz, inhumano y monstruoso, me surgen las dudas. Me molesta, incluso, que se informe de ello en los medios con toda naturalidad, como si fuese una noticia más entre otras. Pero nada –ni siquiera el homicidio– repugna tanto a nuestra dignidad de seres humanos y, por tanto, nada merece tanto nuestro silencio como esos atentados vergonzosos. Porque guionizar y representar algo dejando que forme parte de la lista de argumentos posibles y, de ahí, pase a integrar, quizá, la nómina de subgéneros dramáticos del cine o la literatura, supone normalizar su existencia, banalizarlo de algún modo, olvidar el respeto debido a los derechos inalienables de nuestros menores de edad.
Castigar, juzgar, condenar y encarcelar es un cosa, propagar lo ocurrido a diestro y siniestro, otra muy diferente. Por eso, no tengo más remedio que aplaudir el enfoque de esta película que da a conocer un conjunto de episodios de forma puramente enunciativa, sin entrar en detalles ni otorgar al morbo ningún protagonismo. Esto es así porque, al centrarse en la investigación periodística, aparta del primer plano los hechos en sí mismos focalizando la atención en los culpables, en la necesidad urgente de que sus delitos no queden impunes, en la radical inmoralidad de los hechos, así como en las consecuencias traumáticas producidas en las víctimas.
No podría decir si fue esa delicadeza lo que vio en Spotlight el jurado de los Oscar, y el público que ha acudido masivamente a verla, o si fue la fidelidad a la historia, la magnífica interpretación actoral, el guión impecable, la fotografía o la puesta en escena. Probablemente, todo en uno. Aunque, he de decir, ejemplos de buen cine los ha habido a toneladas a lo largo de su historia, mucho menos, películas que salgan airosas tras internarse en terrenos tan escurridizos como el que trata, que nos indignen, que estimulen nuestro espíritu crítico sin decir una sílaba ni añadir un fotograma más de lo conveniente. Esto es, de verdad, oro puro, algo muy difícil de encontrar en la ficción de todo tipo que conforma nuestro acervo hasta hoy.
Todavía va más allá, ya que no se trata de un relato maniqueo. Aunque de forma algo idealizada, se ciñe a lo que recogen las crónicas y eso supone poner en tela de juicio a los propios paladines de la justicia, señalar que alguno de esos periodistas –que se dejan la piel luchando contra el viento y marea del secretismo, poniendo en peligro trabajo, prestigio y todo lo que han conseguido tras tantos años de bregar con la actualidad diaria– no lo hizo siempre así de bien, que traspapeló la información años antes, probablemente por cobardía y desidia, desperdiciando la oportunidad de que se hiciese justicia en su momento.
(Con el apelativo de Spotlight se denominó en su día a un grupo de periodistas de élite de la plantilla del Boston Globe que en 2002 decide investigar un número inaudito de casos de pederastia ocurridos en la ciudad y protagonizados por sacerdotes obteniendo por ello el Premio Pulitzer un año más tarde).

·         Director: Thomas McCarthy
·         Reparto: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Stanley Tucci, Brian d’Arcy James, Gene Amoroso, Billy Crudup, Elena, Wohl, Doug Murray, Sharon McFarlane, Jamey Sheridan, Neal Huff, Robert B. Kennedy, Duane Murray, Brian Chamberlain, Michael Cyril Creighton, Paul Guilfoyle, Michael Countryman
·         País: Estados Unidos
·         Duración: 121 minutos
·         Guión: Thomas McCarthy, Josh Singer
·         Música: Howard Shore
·         Fotografía: Masanobu Takayanagi
·         Género: Drama

jueves, 5 de mayo de 2016

La Baronesa (IV)

La linterna de un ferroviario con visera barría el andén arriba y abajo. Me acuclillé en el mismo borde intentando hacerme pasar por un bulto y, en cuanto el tren se retiró y tuve espacio para hacerlo, me deslicé por las baldosas mojadas, salté a las vías y me mantuve pegada al hueco del resalte sin perder de vista lo que ocurría por encima de mi cabeza, hasta que me pareció que no había peligro. Al rato, me acerqué al cristal de la oficina donde la luz del farol más cercano me desveló un bulto oscuro adormilado sobre el jergón del fondo. Aún así no las tenía todas conmigo. Caminé con la espalda en la pared hasta llegar a la sala de espera, luego empujé un portalón y salí a una explanada solitaria. O no tanto. Me inquietaba que alguno de los cuatro o cinco coches dispersos por el recinto ocultasen a Dios sabe quién.
Notaba la piel pringosa. Debía oler tan mal como los cubos de basura arrinconados contra la tapia de la derecha. Me pareció nauseabundo aquel sitio, pero como era el refugio más seguro que podía encontrar por el momento, me abrí paso entre recipientes de zinc que me llegaban al hombro y aparecí en el callejón, empedrado y rodeado por tres o cuatro puertas tapiadas, donde me pareció estar a salvo por fin. Pasé toda la noche tiritando de frío y aguantando un asco feroz, pero conseguí apartar el miedo y hasta echar algún sueño de más de diez minutos.
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No dormir es bueno, proporciona tiempo extra para pensar en lo que importa. Y en aquel momento solo podía pensar en comida, o en hambre, que para el caso es lo mismo. Siempre creí que era el hambre lo que me había expulsado de mi pueblo, pero hambre, lo que se dice hambre –ahora lo sabía– no había pasado nunca. Era escasez, no hambre, lo que me transformó, de la niña dócil que había sido, en la muchacha resentida, malhablada y soberbia que salió de allí sin mirar atrás, hambre lo que me provocaba un continuo estado de nervios y me impulsó a hacer lo que fuera para que cambiase algo. Confieso que en algún momento de furia, influenciada por las películas de gánsteres que veía de gorra en el casino del pueblo, llegué a considerar el asesinato, un crimen perfecto que me proporcionase una vida digna. Pero no conseguía encontrar la relación entre eliminar a alguien –el dueño de las fincas que cultivaba mi padre, el casero, algún director de banco que imaginaba con puro y chistera– y la consecución de un bienestar que creía merecer más que mis convecinos y, por supuesto, más que el resto de mi familia.
El hambre es un ratón que primero se acurruca en tu estómago, hace chillar a tus tripas y luego se revuelve provocando dolor y rabia. Pero eso no es nada: el tiempo va pasando y empiezas a sentir debilidad, te duele la cabeza, los hombros, se te aflojan las piernas, sueñas con manjares de aromas exquisitos que humean sobre fuentes enormes. Y esa fase todavía es tolerable, lo malo viene horas más tarde, cuando dejas de soñar, no sientes la cabeza y las extremidades se han convertido en unos trapos lacios que no te responderían suponiendo que quisieras moverte. Pero tu voluntad se evaporado, ahora todo se reduce a un sopor continuo unido a una fuerte punzada en la boca del estómago, como si el ratón se entretuviese en arrancarte las tripas.
Me encontraron así, casi inconsciente, al alba, cuando los barrenderos entraron a llevarse los desperdicios del día anterior.
(Continuará)

sábado, 30 de abril de 2016

La Baronesa (III)



El compartimento del amo estaba en primera clase. La mulata entró con él pavoneándose y yo me quedé en el pasillo con mi billete en la mano sujetando el neceser recién comprado, que habían llenado con un perfumador repleto de agua de colonia, maquillaje, jabón de olor y un peine nuevecito. (Nadie creyó necesario comprarme un cepillo de dientes y tampoco yo lo eché en falta, en aquellos años el aseo dental  era considerado un lujo hasta en las mejores familias).
No fui capaz de relacionar el número que me habían asignado con el lugar donde tenía que sentarme. Busqué al revisor por dos o tres vagones pero me cansé pronto y volví al punto de partida. Se escuchaba el tartamudeo de la mulata al otro lado de la puerta y una negación repetida, susurrante, sobrecogedora. Escapé hacia la zona de literas, yo tenía el número 14 y todos, hasta el cien, comenzaban por cero. Desalentada, me acerqué al estribo con la idea de esperar a que aminorase la marcha para tirarme, pero alguien me agarró del pelo con fuerza. Era una mulata diferente, con la cara sucia de lágrimas, las mejillas arañadas y los brazos señalados con marcas de dientes. Había perdido su gesto burlón y me miraba con ferocidad.
Cuando abrí la boca y me apretó el cuello para abortar mis gritos, supe que era mi turno en el cuarto del hombre y que una de las dos sobraba. Me pegué a su cuerpo todo lo posible con la intención de propinarle un rodillazo en el vientre, entonces se abrió una puerta y el revisor nos separó de dos bofetones. Nunca me ha gustado más que me pegasen, le enseñé mi billete y nos dirigimos al compartimento. Me volvía constantemente temiendo que apareciese el amo, pero en cuanto pisé la escalerilla noté que el tren se iba parando poco a poco y decidí retroceder. Aquello estaba muy oscuro, olía a pies y a cuero, alguien gemía allá abajo. Caminaba con tiento evitando alertar a algún testigo. Con el neceser bien sujeto bajo el brazo, me asomé al pasillo y, a la mortecina luz de los apliques, me pareció que estaba desierto. No agucé más la vista porque el resplandor de la estación me reclamaba unos diez pasos a mi izquierda. De cuclillas en el escalón de abajo, aferrando desesperadamente la manilla, esperé a que avanzásemos a paso de hombre. Entonces, tiré de ella con brusquedad y di el salto.
(Continuará)

sábado, 20 de febrero de 2016

El antiterrorismo como arma arrojadiza

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En reseña publicada hace más de diez años, cuyo recorte he guardado todo este tiempo, Francisco Santamaría calificaba este ensayo, incluso desde el título, como un “ejercicio de lucidez”. Nada más cierto, incluso algunos rasgos, o factores que asomaban tímidamente en nuestro panorama social en el año 2004 –fecha de publicación de la obra– se divisan ahora como algo nítido y tan voluminoso que incluso llega a abrumarnos con su enorme mole negruzca. Innerarity dedica esta obra a desentrañar los signos ocultos de las sociedades modernas, lo ambiguo, lo confuso, lo decididamente engañoso. Pero él no se engaña, o lo hace mucho menos que la media, por eso es capaz de adelantarse a su tiempo, en párrafos como este y muchos otros igualmente lúcidos.

“La lógica de cierto comportamiento antiterrorista, una vez abandonada la vieja justificación ideológica que busca silogismos y demostraciones, gira en torno a la teoría de la equiparación. La estrategia consiste en repetir insistentemente que A es igual que B, hasta que eso genere un automatismo social. En un mundo confuso, atacar comienza por identificar. Y el público se siente aliviado con alguna referencia indiscutible en medio de la confusión. Así se promueve una guerra contra un país o se ilegaliza un partido político, pero también se limita el juego de cualquier adversario bajo la amenaza de ser acusado de complicidad. Son equiparaciones más o menos arbitrarias, que definen un territorio cómodo para las propias estrategias, pero que impiden una diferenciación inteligente de realidades que son complejas.”
Daniel Innerarity La sociedad invisible, Premio Espasa de Ensayo 2004,
Ed. Espasa Calpe, (Pag. 63)

Diáfano como la luz del día. Nada que añadir al argumento, pero tras la reciente acumulación de hechos de naturaleza idéntica a la que expone el ensayista, recordaré el decisivo papel de los medios de comunicación como voceros con altavoz de la demagogia; hasta la extenuación y más allá de los consumidores de mass media. Como los sucesos a los que aludo son recientes y conocidos de sobra, ni siquiera voy a mencionarlos, ya les han dado una importancia que no tienen, durante semanas y meses, todos esos profesionales del periodismo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Un plato que se sirve frío

Toulouse-Lautrec -  La resaca (1889)
Uno
Habían abierto el negocio en una confluencia de calles. El local había salido barato y tenían la esperanza de atraer a una clientela numerosa. La pareja siguió los consejos de los especialistas olvidando que en un barrio situado en el corazón de la ciudad, con el envejecimiento de la población a causa de la subida del suelo y a las tentadoras ofertas de urbanizaciones campestres y piscineras, no abundaban los niños.
-Esta gente tendrá nietos. –Suspiró Ramón cuando echaba el cierre el cuarto día sin que hubiese entrado ni un alma.
Susana le miró con amargura, luego le volvió la espalda y se puso el abrigo.

Dos
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Tres
El Diario de Zamora
Zamora, 5 de enero de 2015 - (Agencias)


En la madrugada de ayer, fue hallado el cadáver de Ramón Nieto Segura, joven empresario recientemente afincado en nuestra ciudad con el objetivo de abrir una tienda de ropa para bebés. Según fuentes policiales, el fallecimiento fue provocado por la ingestión de cinco frascos de somníferos.
Asimismo, nos informan de que la causa que motivó tan triste decisión sería, presuntamente, la incapacidad del finado de asumir la inmensa deuda contraída para llevar a cabo su proyecto empresarial.



Cuatro
Julia Barrero Hernández saboreaba su whisky aquella noche, sola, ante la pantalla del televisor, con todas las luces apagadas, regodeándose. Había conseguido su propósito. A ella no la dejaba impunemente en las puertas del altar ni Ramón ni ningún otro. Y si, para más recochineo, se casaba con la primera mema que se le había cruzado por delante, su vida no valía ni un pirulí.
Nada sabe más dulce –canturreó– que ver pasar el cadáver de tu enemigo por delante de la puerta.                                

miércoles, 10 de febrero de 2016

Aprenderás con el sudor de tu frente


"Había una vez un niño en una clase de matemáticas. De repente un pajarito se posó en el alfeizar de la ventana y comenzó a cantar. El profesor siguió llenando de números y letras la pizarra, insensible a la belleza de su canto. El pajarito mostraba al alumno la belleza de la vida mientras que el profesor seguía con sus ecuaciones. El alumno, que era sensible y emotivo, permitió que su conciencia fluyera hasta sintonizar con el canto del pájaro. Su corazón estaba en el alfeizar, no en la pizarra y durante unos minutos fue intensamente feliz.
De este cuento se pueden extraer varias conclusiones interesantes sobre la mentalidad de algunos pedagogos:
1. No solo son insensibles a la belleza de las matemáticas, sino que no tienen ningún pudor en confesarlo, sin comprender que hay profesores de matemáticas capaces de mostrar la belleza de su asignatura.
2. Sospechan que los profesores de matemáticas son sordos.
3. Creen que es más educador atender al canto de un pájaro que a las explicaciones de un profesor.
4. No les importa que el alumno suspenda el próximo examen de matemáticas sin aprobar por ello el de ornitología"
                                                                                           El valor del magisterio (Fragmento) Gregorio Luri - Revista Mercurio nº 177, Enero 2016  

Estos párrafos pertenecen a un artículo, tan esclarecedor como irónico, que en apenas un folio aclara muchos malentendidos y, de ser leído atentamente por quienes especulan sobre la realidad educativa sin conocerla por dentro, pondría fin a un buen números de conclusiones erróneas. Cada cierto tiempo se escuchan cantos de sirena recomendando unos pretendidos revolucionarios métodos educativos que, en teoría respetan la libertad de los chicos a la vez que consiguen transmitir los conocimientos sin que los educandos tengan que esforzarse o muy poco. Pero los métodos  de Montessori, Piaget, etc., ni son nuevos ni pueden aplicarse a cualquier tipo de enseñanza. En primer lugar, esos pedagogos estadounidenses, italianos, franceses etc. predicaban sus teorías a principios del siglo XX y, al menos, en los manuales pedagógicos españoles de hace cuarenta y cinco años ya se ilustraba sobre la forma de ponerlas en práctica. En segundo y más importante, el aprendizaje intuitivo y basado en la espontáneidad y curiosidad natural de los alumnos -excepto en ocasiones muy específicas- solo son recomendables en edades muy tempranas. En cuanto hace su aparición el pensamiento abstracto, el esfuerzo y la disciplina resultan imprescindibles.
Merece la pena utilizar el enlace y leer el artículo completo. Es ameno, dice verdades como puños y no les hará perder más que un par de minutos de su tiempo.