jueves, 5 de mayo de 2016

La Baronesa (IV)

La linterna de un ferroviario con visera barría el andén arriba y abajo. Me acuclillé en el mismo borde intentando hacerme pasar por un bulto y, en cuanto el tren se retiró y tuve espacio para hacerlo, me deslicé por las baldosas mojadas, salté a las vías y me mantuve pegada al hueco del resalte sin perder de vista lo que ocurría por encima de mi cabeza, hasta que me pareció que no había peligro. Al rato, me acerqué al cristal de la oficina donde la luz del farol más cercano me desveló un bulto oscuro adormilado sobre el jergón del fondo. Aún así no las tenía todas conmigo. Caminé con la espalda en la pared hasta llegar a la sala de espera, luego empujé un portalón y salí a una explanada solitaria. O no tanto. Me inquietaba que alguno de los cuatro o cinco coches dispersos por el recinto ocultasen a Dios sabe quién.
Notaba la piel pringosa. Debía oler tan mal como los cubos de basura arrinconados contra la tapia de la derecha. Me pareció nauseabundo aquel sitio, pero como era el refugio más seguro que podía encontrar por el momento, me abrí paso entre recipientes de zinc que me llegaban al hombro y aparecí en el callejón, empedrado y rodeado por tres o cuatro puertas tapiadas, donde me pareció estar a salvo por fin. Pasé toda la noche tiritando de frío y aguantando un asco feroz, pero conseguí apartar el miedo y hasta echar algún sueño de más de diez minutos.
Resultado de imagen de monet gare
No dormir es bueno, proporciona tiempo extra para pensar en lo que importa. Y en aquel momento solo podía pensar en comida, o en hambre, que para el caso es lo mismo. Siempre creí que era el hambre lo que me había expulsado de mi pueblo, pero hambre, lo que se dice hambre –ahora lo sabía– no había pasado nunca. Era escasez, no hambre, lo que me transformó, de la niña dócil que había sido, en la muchacha resentida, malhablada y soberbia que salió de allí sin mirar atrás, hambre lo que me provocaba un continuo estado de nervios y me impulsó a hacer lo que fuera para que cambiase algo. Confieso que en algún momento de furia, influenciada por las películas de gánsteres que veía de gorra en el casino del pueblo, llegué a considerar el asesinato, un crimen perfecto que me proporcionase una vida digna. Pero no conseguía encontrar la relación entre eliminar a alguien –el dueño de las fincas que cultivaba mi padre, el casero, algún director de banco que imaginaba con puro y chistera– y la consecución de un bienestar que creía merecer más que mis convecinos y, por supuesto, más que el resto de mi familia.
El hambre es un ratón que primero se acurruca en tu estómago, hace chillar a tus tripas y luego se revuelve provocando dolor y rabia. Pero eso no es nada: el tiempo va pasando y empiezas a sentir debilidad, te duele la cabeza, los hombros, se te aflojan las piernas, sueñas con manjares de aromas exquisitos que humean sobre fuentes enormes. Y esa fase todavía es tolerable, lo malo viene horas más tarde, cuando dejas de soñar, no sientes la cabeza y las extremidades se han convertido en unos trapos lacios que no te responderían suponiendo que quisieras moverte. Pero tu voluntad se evaporado, ahora todo se reduce a un sopor continuo unido a una fuerte punzada en la boca del estómago, como si el ratón se entretuviese en arrancarte las tripas.
Me encontraron así, casi inconsciente, al alba, cuando los barrenderos entraron a llevarse los desperdicios del día anterior.
(Continuará)

sábado, 30 de abril de 2016

La Baronesa (III)



El compartimento del amo estaba en primera clase. La mulata entró con él pavoneándose y yo me quedé en el pasillo con mi billete en la mano sujetando el neceser recién comprado, que habían llenado con un perfumador repleto de agua de colonia, maquillaje, jabón de olor y un peine nuevecito. (Nadie creyó necesario comprarme un cepillo de dientes y tampoco yo lo eché en falta, en aquellos años el aseo dental  era considerado un lujo hasta en las mejores familias).
No fui capaz de relacionar el número que me habían asignado con el lugar donde tenía que sentarme. Busqué al revisor por dos o tres vagones pero me cansé pronto y volví al punto de partida. Se escuchaba el tartamudeo de la mulata al otro lado de la puerta y una negación repetida, susurrante, sobrecogedora. Escapé hacia la zona de literas, yo tenía el número 14 y todos, hasta el cien, comenzaban por cero. Desalentada, me acerqué al estribo con la idea de esperar a que aminorase la marcha para tirarme, pero alguien me agarró del pelo con fuerza. Era una mulata diferente, con la cara sucia de lágrimas, las mejillas arañadas y los brazos señalados con marcas de dientes. Había perdido su gesto burlón y me miraba con ferocidad.
Cuando abrí la boca y me apretó el cuello para abortar mis gritos, supe que era mi turno en el cuarto del hombre y que una de las dos sobraba. Me pegué a su cuerpo todo lo posible con la intención de propinarle un rodillazo en el vientre, entonces se abrió una puerta y el revisor nos separó de dos bofetones. Nunca me ha gustado más que me pegasen, le enseñé mi billete y nos dirigimos al compartimento. Me volvía constantemente temiendo que apareciese el amo, pero en cuanto pisé la escalerilla noté que el tren se iba parando poco a poco y decidí retroceder. Aquello estaba muy oscuro, olía a pies y a cuero, alguien gemía allá abajo. Caminaba con tiento evitando alertar a algún testigo. Con el neceser bien sujeto bajo el brazo, me asomé al pasillo y, a la mortecina luz de los apliques, me pareció que estaba desierto. No agucé más la vista porque el resplandor de la estación me reclamaba unos diez pasos a mi izquierda. De cuclillas en el escalón de abajo, aferrando desesperadamente la manilla, esperé a que avanzásemos a paso de hombre. Entonces, tiré de ella con brusquedad y di el salto.
(Continuará)

sábado, 20 de febrero de 2016

El antiterrorismo como arma arrojadiza

Resultado de imagen de ejercicio de lucidez innerarity
En reseña publicada hace más de diez años, cuyo recorte he guardado todo este tiempo, Francisco Santamaría calificaba este ensayo, incluso desde el título, como un “ejercicio de lucidez”. Nada más cierto, incluso algunos rasgos, o factores que asomaban tímidamente en nuestro panorama social en el año 2004 –fecha de publicación de la obra– se divisan ahora como algo nítido y tan voluminoso que incluso llega a abrumarnos con su enorme mole negruzca. Innerarity dedica esta obra a desentrañar los signos ocultos de las sociedades modernas, lo ambiguo, lo confuso, lo decididamente engañoso. Pero él no se engaña, o lo hace mucho menos que la media, por eso es capaz de adelantarse a su tiempo, en párrafos como este y muchos otros igualmente lúcidos.

“La lógica de cierto comportamiento antiterrorista, una vez abandonada la vieja justificación ideológica que busca silogismos y demostraciones, gira en torno a la teoría de la equiparación. La estrategia consiste en repetir insistentemente que A es igual que B, hasta que eso genere un automatismo social. En un mundo confuso, atacar comienza por identificar. Y el público se siente aliviado con alguna referencia indiscutible en medio de la confusión. Así se promueve una guerra contra un país o se ilegaliza un partido político, pero también se limita el juego de cualquier adversario bajo la amenaza de ser acusado de complicidad. Son equiparaciones más o menos arbitrarias, que definen un territorio cómodo para las propias estrategias, pero que impiden una diferenciación inteligente de realidades que son complejas.”
Daniel Innerarity La sociedad invisible, Premio Espasa de Ensayo 2004,
Ed. Espasa Calpe, (Pag. 63)

Diáfano como la luz del día. Nada que añadir al argumento, pero tras la reciente acumulación de hechos de naturaleza idéntica a la que expone el ensayista, recordaré el decisivo papel de los medios de comunicación como voceros con altavoz de la demagogia; hasta la extenuación y más allá de los consumidores de mass media. Como los sucesos a los que aludo son recientes y conocidos de sobra, ni siquiera voy a mencionarlos, ya les han dado una importancia que no tienen, durante semanas y meses, todos esos profesionales del periodismo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Un plato que se sirve frío

Toulouse-Lautrec -  La resaca (1889)
Uno
Habían abierto el negocio en una confluencia de calles. El local había salido barato y tenían la esperanza de atraer a una clientela numerosa. La pareja siguió los consejos de los especialistas olvidando que en un barrio situado en el corazón de la ciudad, con el envejecimiento de la población a causa de la subida del suelo y a las tentadoras ofertas de urbanizaciones campestres y piscineras, no abundaban los niños.
-Esta gente tendrá nietos. –Suspiró Ramón cuando echaba el cierre el cuarto día sin que hubiese entrado ni un alma.
Susana le miró con amargura, luego le volvió la espalda y se puso el abrigo.

Dos
vendifer, s.l.
INVESTIGACIÓN Y ESTUDIOS DE MERCADO

-Investigaciones de mercado -Estudios sociológicos 
-Recogida y tratamiento estadístico de datos -Proyectos de inversión -Viabilidad contable -Creación de empresas -Rentabilidad empresarial -Contactos

LE ASESORAMOS MEDIANTE:
* Sondeos de opinión e investigación social
* Estudios de mercado y planificación de marketing
* Recogida y tratamiento de encuestas. Trabajos de campo
* Estudios on line

Somos un equipo profesional con experiencia, especialistas del ramo. Ofrecemos profesionalidad y compromiso.                                                 

Tras haber constatado la viabilidad de su proyecto empresarial, adjuntamos estudio financiero, localización recomendada, consejos publicitarios, nicho de mercado y plan de actuación encaminado a fidelizar a la clientela.
Atentamente
J. B. H.
 Director general

Tres
El Diario de Zamora
Zamora, 5 de enero de 2015 - (Agencias)


En la madrugada de ayer, fue hallado el cadáver de Ramón Nieto Segura, joven empresario recientemente afincado en nuestra ciudad con el objetivo de abrir una tienda de ropa para bebés. Según fuentes policiales, el fallecimiento fue provocado por la ingestión de cinco frascos de somníferos.
Asimismo, nos informan de que la causa que motivó tan triste decisión sería, presuntamente, la incapacidad del finado de asumir la inmensa deuda contraída para llevar a cabo su proyecto empresarial.



Cuatro
Julia Barrero Hernández saboreaba su whisky aquella noche, sola, ante la pantalla del televisor, con todas las luces apagadas, regodeándose. Había conseguido su propósito. A ella no la dejaba impunemente en las puertas del altar ni Ramón ni ningún otro. Y si, para más recochineo, se casaba con la primera mema que se le había cruzado por delante, su vida no valía ni un pirulí.
Nada sabe más dulce –canturreó– que ver pasar el cadáver de tu enemigo por delante de la puerta.                                

miércoles, 10 de febrero de 2016

Aprenderás con el sudor de tu frente


"Había una vez un niño en una clase de matemáticas. De repente un pajarito se posó en el alfeizar de la ventana y comenzó a cantar. El profesor siguió llenando de números y letras la pizarra, insensible a la belleza de su canto. El pajarito mostraba al alumno la belleza de la vida mientras que el profesor seguía con sus ecuaciones. El alumno, que era sensible y emotivo, permitió que su conciencia fluyera hasta sintonizar con el canto del pájaro. Su corazón estaba en el alfeizar, no en la pizarra y durante unos minutos fue intensamente feliz.
De este cuento se pueden extraer varias conclusiones interesantes sobre la mentalidad de algunos pedagogos:
1. No solo son insensibles a la belleza de las matemáticas, sino que no tienen ningún pudor en confesarlo, sin comprender que hay profesores de matemáticas capaces de mostrar la belleza de su asignatura.
2. Sospechan que los profesores de matemáticas son sordos.
3. Creen que es más educador atender al canto de un pájaro que a las explicaciones de un profesor.
4. No les importa que el alumno suspenda el próximo examen de matemáticas sin aprobar por ello el de ornitología"
                                                                                           El valor del magisterio (Fragmento) Gregorio Luri - Revista Mercurio nº 177, Enero 2016  

Estos párrafos pertenecen a un artículo, tan esclarecedor como irónico, que en apenas un folio aclara muchos malentendidos y, de ser leído atentamente por quienes especulan sobre la realidad educativa sin conocerla por dentro, pondría fin a un buen números de conclusiones erróneas. Cada cierto tiempo se escuchan cantos de sirena recomendando unos pretendidos revolucionarios métodos educativos que, en teoría respetan la libertad de los chicos a la vez que consiguen transmitir los conocimientos sin que los educandos tengan que esforzarse o muy poco. Pero los métodos  de Montessori, Piaget, etc., ni son nuevos ni pueden aplicarse a cualquier tipo de enseñanza. En primer lugar, esos pedagogos estadounidenses, italianos, franceses etc. predicaban sus teorías a principios del siglo XX y, al menos, en los manuales pedagógicos españoles de hace cuarenta y cinco años ya se ilustraba sobre la forma de ponerlas en práctica. En segundo y más importante, el aprendizaje intuitivo y basado en la espontáneidad y curiosidad natural de los alumnos -excepto en ocasiones muy específicas- solo son recomendables en edades muy tempranas. En cuanto hace su aparición el pensamiento abstracto, el esfuerzo y la disciplina resultan imprescindibles.
Merece la pena utilizar el enlace y leer el artículo completo. Es ameno, dice verdades como puños y no les hará perder más que un par de minutos de su tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2016

Don Rufo bufa: La guerra fría de los medios






En la primera mitad del siglo pasado tuvo lugar la guerra civil española. Nos lo han contado nuestros mayores y lo hemos leído en los libros de texto. Conocemos el proceso con más o menos detalle. Durante la segunda república, tuvo lugar un proceso electoral en el que ganó una alianza de inquierdas denominado Frente Popular y constituido por socialistas, comunistas y anarquistas. La derecha no podía consentir que el poder se le fuese de las manos aunque esto hubiese sucedido como consecuencia de un proceso democrático. Ellos solo aceptan el resultado de las urnas cuando le favorece directamente, a no ser que la formación ganadora no está demasiado alejada de sus esquemas garantizándole que sus fuerzas vivas seguirán pudiendo hacer y deshacer a su antojo, cometer las tropelías que se les antojen, colocar a los suyos al frente de las instituciones estratégicas y enriquecerse (todavía más) por cualquier medio a su alcance independientemente de su legalidad.Hoy día, existe otra coalición con posibilidades de repetir el mismo esquema. Y la respuesta es exactamente la misma. Pero el peligro de ahora no son las armas de fuego, las trincheras o las bombas. La historia se repite pero nunca de forma literal. Las armas de ahora son publicitarias tal como marcan los tiempos, se trata de un conflicto bélico que tiene a los medios de comunicación como escenario. Televisión, prensa, redes sociales compiten en el descrédito, el insulto, la desinformación, la demagogia de la forma más soez y vocinglera. La lucha es sin cuartel, sea en sus formas más burdas o más refinadas, su principal arsenal es la mentira. Hay que convencer al espectador – que, casualmente, es quien depositará su voto en la urna– de que el horizonte amenaza tormenta, de que la izquierda es un demonio devastador que destruirá la tranquilidad y la libertad de las buenas gentes, de los honrados trabajadores que intentan sobrevivir a esta crisis, programada y aprovechada por las grandes fortunas como cualquiera medianamente informado habrá deducido hace tiempo.

Resultado de imagen de debate inda marhuenda
A poco que nos descuidemos, se acabarán saliendo con la suya. Sigamos escuchando los cantos de sirena de todos esos supuestos periodistas –en realidad propagandistas a sueldo del poder– y naufragaremos en el más proceloso de los océanos. Un día se nos encenderá la luz y comprenderemos el juego que se traen, entonces recordaremos todas y cada una de las fases –batallas, victorias, nuevas escaramuzas– de la guerra que estamos soportando en este preciso momento, pero será demasiado tarde porque estaremos todos lívidos e inertes, sumergidos bajo el agua.

sábado, 30 de enero de 2016

Escalera de vecindad (y IV)

“En el arte solo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”
Cesare Pavese

Sentada en el avión, junto a su ex haciéndose el dormido para evitar la incomodidad del momento, continuó con sus divagaciones. Sabía que él depondría su actitud, como siempre, en cuanto pisasen el aeropuerto de Barajas: le juraría otra vez fidelidad eterna, reanudarían sin remedio su eterno diálogo de sordos y aquellos preciosos silencios se interrumpirían por una buena temporada.
Tomás era un buen técnico, pero no tenía imaginación ni para poner excusas cuando le daba por ausentarse. Era comprensible. Cuando le preguntaba por sus recuerdos infantiles se quedaba en blanco, algo perplejo incluso. No había nada que recordar. Padres, hermanos, una ciudad y la escuela. ¿Gente extraña a mi alrededor? Pues no sabría decirte.
No era su caso. Había nacido sobre un polvorín, un filón de maravillas, y había sabido aprovecharlo.
Resultado de imagen de historia de una escalera
¿Qué niño era capaz de atesorar esos recuerdos? Ella. Y los había agitado en su coctelera interior para crear decenas, cientos de desvaríos. Alucinados, obsesivos, desquiciantes, de factura reconocible y personalísima.
De noche les custodiaba un ladrón. Según las malas lenguas, el sereno se introducía en las casas cuando las familias estaban de viaje para robarles joyas y pieles. Escuchando la punta de su chuzo y el tintineo de aquel llavero inabarcable, una se dormía figurándose como se deslizaba por los pasillos, desvalijaba armarios, raptaba al perro, al gato o a los niños de la casa. La portería nunca había sido el lugar acogedor que cabría suponer sino un cubículo inmundo que hubo de cerrarse a cal y canto para sustituirlo por un mostrador en la planta baja, bien despejado para que ninguna pareja furtiva sintiese la tentación de hacer cochinadas allá dentro.
Alusiones de adultos tal vez mal interpretadas por la niña de la casa. Pero lo emocionante no eran las certezas sino dejarse arrullar por el tropel de fantasías que la asediaban a todas horas. ¿Quién podía negar que entre el 2º C, su casa, y el 2º A –habitada por la viuda (o repudiada) de un militar ario cuya hija había sido concebida mientras él luchaba en las estepas– se encontraba el 2º B, un nido de mujeres solas que recibían visitas a horas discretas hasta que la policía lo clausuró?
¿Habladurías? En el 2º D había una soltera entrada en años, con férreas convicciones cristianas, cuya única expansión consistía en jugar al tute con la peña los jueves por la tarde. Pero a su lado, en el 2º E, una pareja de bailarines –cincuentones por entonces– habían vivido en pecado durante la década de posguerra, enclaustrada ella a la fuerza, a pesar de su aire garboso y el cuerpo cimbreante, para evitar ser denunciados. Águeda hubiese dado cualquier cosa por conservar a perpetuidad la figura frágil y esbelta de aquella mujer.
Justo encima de ellos, el lisiado del tercero era el que más pena daba. Los domingos recorría, apoyado en su madre y el pizpireto hijo mayor –y aún así a paso de tortuga– los escasos cincuenta metros que les separaban de la parroquia. A la tarde, se entretenían viendo pasar gente tras los cristales del café Soria a no ser que hubiese toros. Parece ser que la madre, además de cuidar en el domicilio matrimonial a los otros cinco niños, ejercía de taqui-meca en algún oscuro despacho por cuatro perras mal contadas. El mundo al revés: mujeres que mantienen a sus hombres. Se aproximaba el juicio final, de ahí que la primogénita del 5º F tuviese el pelo cuajado de canas con tan solo nueve años.
La del 4º H, doña Emérita (monja durante la guerra, casada más tarde y viuda prematura por un ajuste de cuentas de un paisano que le descerrajó al marido un tiro en la nuca mientras andaban cazando los dos) autorizada a llegar, jeringa en mano, hasta el fondo de las alcobas con permiso de los médicos, amenizaba la tarde con jugosas anécdotas en cuanto acababan de rezar el rosario. Según ella, sarna, pulgas y demás tropa infecciosa traspasaría pronto las paredes de sus vecinos del I –donde convivían tres perros, cinco gatos, una decena de pájaros, un par de cobayas y que solo se limpiaba con serrín– para abalanzarse sobre ella y el huraño, calvo y esquelético individuo al que durante más de treinta años arrendaba un cuarto sin derecho a cocina.
El flanco derecho se inclinaba. Tenía a Tomás ligeramente encima, aparentando que estaba dormido mientras apretaba puños y párpados. Si se cayesen ahora, se haría papilla al instante tras solo unos segundos de vértigo. Desintegrarse, el final perfecto. Se ahorraría los malos tragos que ya veía venir: ceremonias, galardones, falsos elogios, chismorreo a raudales, zancadillas. El amargor de un triunfo que no le correspondía, pura chiripa inmerecida tras lustros tragando sapos a la espera de una recompensa que nunca llegó.
Al amanecer, la calle se inundaba de olor a pan recién cocido; como cada mañana, el carpintero elevaría su persiana metálica de golpe; comenzaría el trinar en las acacias; las primeras luces, filtradas por el ramaje, alcanzarían la acera. Faltaba que saliese el enano del primero a sentarse allá enfrente con su cesto de pipas; su vecina, la niña cuarentona, rebasaría la esquina a pasos cortos sujetándose el velo del brazo de su madre; les seguirían las hermanas de labios frambuesa, tan apergaminadamente maquilladas que ya no parecían de este mundo. La corpulenta y veinteañera sobrina se habría fugado la noche pasada con su insignificante novio de casi diecisiete para escapar, antes que a la mofa y el desprecio del vecindario, de su trasnochada y tiránica tutora.
Más historias en la recámara. Cuando empezaban a alcanzar la península, les despertaron las turbulencias.

lunes, 25 de enero de 2016

Escalera de vecindad (III)

Águeda Frutos ajustó las persianas metálicas, por precaución sí, pero sobre todo para no tener que contemplar a esa hora la cotidiana imagen de los nativos instalada en las entrañas de la más refinada opulencia (una desazón que, sin duda, la perseguiría hasta su fin), introdujo en la ranura del reproductor una película cualquiera y se sirvió el primer licor que le vino a la mano. Solo por una noche desoiría los requerimientos del skype: le faltaba ánimo para reunirse virtualmente con el resto del equipo. Tenía que paladear completamente sola el sabor amargo del éxito. Tras veinticinco años de probarse a sí misma sus facultades, de ceder al decadente guionista principal todos y cada uno de sus hallazgos, de conformarse con aparecer como simple ayudante en todos los títulos de crédito, había acabado aquí, en la otra punta del mundo, brillando en un proyecto para el que nunca la había preparado nadie. La imaginativa Águeda, la genial, la que recibía palmaditas en la espalda como compensación por la falta de reconocimiento público, había pasado de guionista de tercera oficial a rodar un magnífico documental sobre aborígenes. El destino no era –como había creído siempre– un irónico duendecillo que se troncha bajo su gorro verde encaramado en el más alto pináculo de la torre sino un enorme hijo de puta que hinca la daga en los corazones refocilándose con el dolor de sus víctimas. Las imágenes del video enmudecido confirmaban el desatino que suponía seguir viva en aquellas circunstancias, el portátil emitió dos o tres señales más y calló por fin.
Resultado de imagen de peter pan
La culpa de ser como era, de su fantasía desbocada, de esa imaginación que se desataba con el mínimo estímulo la tenía el edificio donde nació, a caballo entre la zona de más rancio abolengo de la villa y una barriada algo menos próspera. La tenía una familia atípica en su vetustez, tan anacrónicamente arcaica que casi resultaba moderna. La tenía un entorno tan estrecho, tan apartado de la realidad para los niños de entonces, que debían buscar mundos alternativos por su cuenta y riesgo. La tenía no haber visto nunca un caballo ni una vaca. Ni montañas. Ni haberse subido a un árbol cuando aún estaba a tiempo ni haberse asomado a la costa hasta después de cumplir los siete.

Soñar despierta con los ojos cerrados era, pesara a quien pesase, lo que de verdad dominaba. Se mojó los labios con el whisky, no pasó a mayores porque la maniobra le exigía una total lucidez. El edificio era gris, con un encalado como costra reseca, la balaustrada de mármol donde ella flexionaba la cintura, con la cabeza colgando peligrosamente en el vacío, se encontraba en el primer piso, justo encima de la puerta principal, un lugar privilegiado para vigilar idas y venidas, escuchar conversaciones y mantener bien sujeto el pulso de aquel tramo de su calle, vital por ser nexo de unión de otras dos mucho más importantes: la castiza y una de las prósperas.
(Continuará)