jueves, 24 de agosto de 2017

Mi nombre era una ruina (Relato jocoso)

Mucho antes de encargarme, mi madre ya tenía claro que tenía que nacer una niña. Lo más natural, pensaba ella, es que dentro de una crezca aquello en lo que piensa, que espera con ansia y necesita más que el aire. Por entonces no se estilaba aquello de visualizar los  deseos, pero lo que ella puso en práctica era una versión muy personal de lo mismo. A fuerza de comprar mantillas rosas, gorros repletos de lazos y botitas bordadas con mimosas, de decorar la habitación en tonos malva y saturar las paredes de Alicias, Reinas de Corazones y Conejos presurosos, fue una clara precursora del pensamiento positivo, aunque ella jamás llegue a sospecharlo.
Imagínense el berrinche la primera vez que me puso un pañal. Hasta ese momento ni se le había ocurrido preguntar por mi sexo, mientras no se demostró lo contrario -día y medio después de mi nacimiento- yo fui para ella la hija que siempre había querido. Tenía muy claro que no se había embarazado para que le pusieran en los brazos a un chico, y desde que se convenció de que el próximo intento también podía frustrarse ni siquiera le pasó por la cabeza tener otro.
Lo peor del caso es que ya tenía pensado el nombre y, tozuda como es, se mantuvo en sus trece por encima de burlas y advertencias. Mamá había pensado poner a su hija, a esa niña que no quiso nacer, el bello nombre de Ana. Ustedes cámbienle el género y observen en qué se convierte.
El primero en negarse fue el funcionario del registro. A ese le convenció el guasón de mi tío materno cursando una petición en la que afirmaba tener un antepasado finlandés cuya sustanciosa herencia quedaría sin efecto si yo no llevaba su nombre. Parece que coló y, tres meses más tarde, lo que no era más que un apelativo familiar se convirtió en mi nombre oficial y con él se me identificó en todos los documentos.
Mi padre jamás se enteró de los motivos para que un nombre como Ano fuese admitido como patronímico por las muy competentes autoridades civiles. Mi padre tenía a nuestros representantes en muy alto concepto.
También hubo problemas para inscribirme en el colegio, en el club deportivo y hasta en las listas de invitados a los cumpleaños de mis compañeros de clase.
Todos querían pegarme por llevar el nombre de Ano. 
Para complicar más la cosa, ellos me llamaban Cara-Culo.
Imagen relacionada
Joan Miró
Los profesores decidieron referirse a mí como Anito cada que vez que pasaban lista, y castigaban al que hicise eco (-ito, -ito) bajándole un punto en el examen.
Mamá nunca se enteró de nada de esto, pero tampoco lo hubiese creído. ¿Para qué molestarse en convencerla de algo que, ya de antemano, no le cabía en la cabeza?
Entonces, y sin previo aviso, me hice mayor.
Tras la fiesta de graduación, en la que fui encargado del discurso de despedida (“Cara-Culo rebota, pelota Cara-Culo”), pasé el verano practicando navegación a vela. Allí fue donde se produjo el gran estirón, ni yo me reconocía cuando entré en la universidad dos meses más tarde. Las chicas de mi clase parecían casi adultas, eran a cual más guapa y me sonreían sin intención de burlarse. Antes, tuve la precaución de inscribirme como Anetto (“familia italiana”, alegué) y a nadie pareció sorprenderle.
Pero los documentos seguían acusándome, y si no le ponía remedio lo harían por siempre jamás. Desde luego, nada de echarse novia, ¿cómo explicarle una cosa así a una de aquellas bellezas?
Fue entonces cuando se me ocurrió cambiar de sexo. Pero tenía que hacerlo a mi modo. Nada de operarse. Estoy contento con mi cuerpo. (¡Cuidado, Anito! Te delata la desinencia masculina. Tienes que estar contenta. Tu cerebro es de mujer, pero no quieres dar el paso. Por ahora, siempre por ahora, tú no te mojes. Así que has decidido llamarte Ana). Naturalmente, soy lesbiana, estaría bueno renunciar a las mujeres, ¡si todo lo que estoy haciendo es por ellas! (Bien sabes que no te sobra ni falta nada, que estás muy bien cómo estás. Repásalo otra vez, debes ir muy seguro: tengo un cerebro femenino, soy lesbiana, por ahora no pienso operarme).
Y todo esto en secreto (que no se entere mi madre). Dicho así, parece enrevesado pero yo lo encontraba sencillísimo.
Aún así, antes de meterme en ese embrollo decidí solicitarlo sin más. El tipo de la ventanilla no esbozó ni una mueca, desde que tenía cuerpo de hombre nadie se burlaba de mí. Me miró con sorpresa y algo de lástima, hizo un par de anotaciones e indicó que volviese a la semana.
-¿Para qué?
-Hasta entonces los documentos no estarán listos, pásese por aquí el próximo martes.
-Así que ¿van a atender mi petición?
-Naturalmente. Cuando un nombre tiene carácter denigrante u ofensivo se modifica automáticamente. Tiene que anotar en este recuadro cómo se quiere llamar a partir de ahora.
Quiero llamarme Alfonso.
Pensándolo mejor, ¿para qué cambiar el nombre que tuvo tan ilusionada a mamá? Acabará enterándose tarde o temprano y no la quiero matar del disgusto. Mi novia… que se acostumbre, puede que tampoco a mí me guste el suyo y no tendré más remedio que aguantarme.
Ya no quiero cambiar nada. La verdad es que me he sentido especial toda la vida. Nadie, nunca, tendrá la suerte de llamarse como yo.
-Espere –le digo al funcionario- ¿y si renuncio al cambio?
-No creo que se lo permitan, un nombre así suele ser fuente de conflictos.
-Pues llevamos veinte años juntos y todavía no he tenido ninguno.
-¿Está seguro? Si es así, ¿por qué había pensado en cambiárselo?
Ahora estoy empeñado en seguir llamándome Ano. Pediré ayuda al Defensor del Pueblo, al Tribunal de la Haya o adónde sea necesario, y si deniegan mi petición recurriré las veces que haga falta. El secreto está en no rendirse: tarde o temprano encontraré a alguien que me entienda, tampoco es tan difícil ponerse en mi lugar.

martes, 22 de agosto de 2017

Una piedra ha caído (Poema)

Una piedra ha caído en el lago,
Piedra sin ojos.
Cuerpo inerte
que no produce círculos concéntricos.
Cuerpo que zozobra.
A quien el cieno aguarda desde anoche
para atraparlo y modelarlo a su capricho.
El ser humano en la encrucijada de su vida
Piedra que no será luz hoy ni mañana
Inerte y sin conciencia.
Ciega y sorda.
Ajena a corrientes submarinas.
Cintas plateadas que oscilan
y siembran risas en lo hondo.

Cantos rodantes y cantos de sirena
custodiados por el  centinela del tiempo
y a merced de la astucia del
agua.

viernes, 18 de agosto de 2017

Túnel de lavado (de cerebros) y atentados no yihadistas

Por si algún extraterrestre tuviese la ocurrencia de leer esto, o algún lector de este mundo nuestro pasara por aquí dentro de algún tiempo, empezaré explicando que ayer 17 de agosto –el ayer del día en que me dispongo a escribir este artículo– se produjo un atentado en Barcelona, ciudad culta y cosmopolita que todos los españoles admiramos. En realidad, hubo dos atentados yihadistas en Cataluña en un plazo muy corto. El atropello múltiple, que se produjo a las cinco de la tarde y dejó un saldo de trece muertos (por ahora) y más de un centenar de heridos, en pleno paseo de las Ramblas atestado de turistas y autóctonos que disfrutaban de la tarde veraniega y se vieron perseguidos por una furgoneta durante unos seiscientos metros, en zigzag y a velocidad vertiginosa, con premeditación y alevosía evidentes; y la escaramuza que tuvo lugar unas ocho horas más tarde en Cambrils –bella ciudad costera de la provincia de Tarragona– entre la policía y cinco presuntos terroristas armados, a quienes se abatió para evitar males mayores. Pueden leer una relación de hechos –esquemática pero clara y completa– en este reportaje de La Vanguardia.



No creo en las señales. Si creyera las vería por todas partes, pero mi testarudo raciocinio me indica que se trata de meras casualidades, sin más significado específico que el que tenga a bien ponerle la mente que las observa. Pues bien, en este preciso momento tengo dos libros a medias, una novela de SalmanRushdie y una recopilación de conferencias del escritor israelí Amos Oz titulada Contra el fanatismo. Conocemos la atracción de  Rushdie por los mitos, su defensa de la razón en detrimento de la fe, su adscripción a ideales que impliquen tolerancia, civilización y diálogo, su condena del oscurantismo pero, sobre todo, su afán por convertir en arte los demonios heredados de sus ancestros.

“… le enseñó que el jardín era la expresión exterior de una verdad interior, el lugar donde los sueños de nuestras infancias colisionaban con los arquetipos de nuestras culturas y creaban belleza.” (Dos años, ocho meses y veintiocho noches, S.R.)

El mundo sería más habitable si abandonásemos la perversa costumbre de hacer un dogma de fe de cada historia inventada en un pasado remoto y las valorásemos como lo que son: los balbuceos poéticos del género humano, fábulas para soñar despiertos, hermosos cuentos para niños de todas las edades.
Oz, por su parte, disertando sobre la cuestión que nos ocupa, va directamente a la raíz:

“Se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos.” (Contra el fanatismo, A.O.)

Estoy de acuerdo con él en que lo prioritario es conservar la vida –la de todos– pero encuentro cierto maniqueísmo en la dualidad fanático-no fanático. A ese respecto, pienso que todos deberíamos hacer examen de conciencia, y cuando digo todos no estoy pensando en el sufrido ciudadano que trata de vivir lo más dignamente que puede con los recursos y circunstancias que le han tocado en suerte, sino a los que tienen alguna responsabilidad en el reparto de la violencia que se está produciendo en el planeta. Estoy hablando de bloques. No solo en Barcelona, ayer, a las cinco de la tarde, sino continuamente y en cualquier latitud se atenta contra la vida de inocentes. El hambre, las desigualdades sociales, las guerras y todos los desastres producidos por seres humanos proceden también del fanatismo –fanático y soberbio es el poder que se impone por la fuerza disfrazado de verdad objetiva– y también tiene en su haber millones de muertos. Occidente debería evitar su exceso de auto-indulgencia y contemplar la idea de fanatismo en su sentido más amplio. Además del fanatismo religioso, existe el de la codicia, la adoración por el dinero, el culto a la dominación, la fe en la manipulación de las mentes por medio de propagandas sibilinas. Creemos desear la paz, pero mientras se nos induzca a contemplar al otro como enemigo, mientras nadie intente acercar posiciones, comprender qué es lo que provoca el enfado y la desconfianza mutuos, mientras el poder no manifieste la menor intención de remediarlo, continuaremos en guerra permanente por mucho que cerremos los ojos.

lunes, 26 de junio de 2017

Quemar la cucaracha (Relato inquietante)

Lo abstracto inquieta, lo figurativo tranquiliza
No sabría decir para qué entró en la cocina. Se lo dijo a Petra al llegar:
-Venía a algo que ya no recuerdo.
La mujer estaba subida a una escalera con los brazos dentro de la alacena, empujando una torre de platos sin mirar lo que hacía, con la vista fija en la placa.
Fuegos del solsticioElla se volvió y vio la llama, recta, elevándose y encogiéndose, sin ningún cacharro encima y la interrogó con la mirada.
-La encendí para matarla, pero se ha perdido. Ahora. Mírela. Vuela.
Una cucaracha, negrísima y enorme, se balanceaba verticalmente entre las franjas rosadas, blancas y amarillas que salían del quemador. Por momentos parecía elevarse pero nunca llegaba muy arriba, más bien se trataba de piruetas, como volatines de un circo macabro. La escena erizaba la piel, las mantenía hipnotizadas e inmóviles, con la noción del tiempo perdida.
La llama que perduraCuando llama y bicho se disolvieron en la nada, el gas se extendió por el recinto y entraron en una especie de estupor que habría acabado con ellas de no ser por el teléfono. Un sonido estridente que invadió la casa sacó a Elena de su letargo, la forzó a arrastrarse hasta la pared de enfrente, abrir la ventana, cerrar la llave, levantar a Petra del suelo, llenar un vaso, echárselo a la cara y abofetearla hasta hacerla chillar.
Al separarse descubrieron que ambas se habían clavado las uñas en brazos y cuello. Del insecto no quedaba ni rastro. Pequeños regueros de sangre manaban de sus cuerpos salpicando el suelo recién fregado.
Y allá se quedaron, quietas, atónitas, escuchando unos pitidos que no callaban nunca.

domingo, 30 de abril de 2017

Don Rufo bufa: ¿Para qué queremos la tradición en España?

Don Rufo bufa
A veces, un artículo de prensa te deja con un come-come que, instalado en algún lugar privilegiado del cerebro, se alía con tus vísceras y no te deja vivir hasta que no lo expulsas. Así que voy a hacerlo. Con cariño, con delicadeza, sin groserías ni malos modos, pero expresando toda la indignación que me produce.

Llevamos ya muchos años contemplando el enfangamiento en el que se halla sumergido un amplio sector de nuestra clase política. Al principio, nos congratulábamos de que se hubiera descubierto un caso, luego dos o tres, más tarde pensábamos que con cinco o seis había más que suficiente, que ya había salido todo a la luz, que no podía quedar nada más salvo alguna historia de poca monta. Ahora asistimos con estupor a un espectáculo que no tiene visos de concluir, porque se va renovando con el tiempo, porque todavía existen los anclajes suficientes para que muchos de estos sujetos se sigan creyendo invulnerables. En el fondo de todo encontramos, claro está, una codicia desmedida y una absoluta falta de escrúpulos. Pero existe otro factor que, quizá, pase algo más desapercibido y que es condición sine qua non para la existencia y persistencia de este aborrecible estado de cosas: le pese a quien le pese, nos toman por tontos.

Pero ¿lo somos? ¿Somos tan tontos como se piensan esos corruptos que nos han gobernado tanto tiempo? Pues, según yo lo veo, sí y no. En principio, confiábamos en ellos, se nos puede tachar, por tanto, de confiados, y eso está bien, si no establecemos vínculos en los que previamente se dé por hecho que alguien no nos va a fallar, no tendría sentido ni cuerpo de policía, ni socorristas, ni médicos, pero tampoco arquitectos ni albañiles. Un conjunto de personas donde nadie se fíe de nadie no podría llevar el nombre de tejido social. Pero, según pasaba el tiempo, algunos comprobábamos que la simple confianza comenzaba a convertirse en credulidad algo bobalicona y, de golpe, dejamos de ser ingenuos y empezamos a darle la vuelta a todo para averiguar si el forro de la chaqueta estaba podrido o no.
Gregorio Fernández fue uno de los escultores del Barroco que más contribuyó a crear la imaginería propia de la Semana Santa española.
Gregorio Fernández - La Piedad (Detalle de grupo escultórico) - 1616
Museo Nacional de Escultura - Valladolid

Y lo que vemos, mirando un poco más allá de lo aparente, es que quienes protagonizaban esas corruptelas, esos que se molestan cuando los investigan, que reclaman objetividad y racionalidad mientras esconden las pruebas del delito, esos que nos ha ido expoliando poco a poco o mucho a mucho, son los mismos que reclaman respeto por las creencias, los mismos que defienden lo irracional, las tradiciones, lo antediluviano, el sinsentido, la falta de espíritu crítico, la sinrazón en suma. Tanta procesión, jaculatoria, golpe de pecho, capelo cadenalicio, llagas supurantes en el pecho de las estatuas ¿adónde conducen? Tras la excusa del respeto a las creencias ¿no se intentarán perpetuar las adhesiones incondicionales, el asentimiento acrítico y una aberrante falta de lógica? No se engañen, tanta tradición sin sentido, tanta creencia sin cotejar con la realidad científica -como yo misma apuntaba hace poco- es la forma más certera de mantener a la gente en la inopia. Y si muchos parados, contratados temporales, personas con una economía precaria siguen votando a los que trasladan a los bolsillos propios lo ganado con el sudor ajeno es porque la treta les funciona como un reloj.

Ayer mismo (29-4-2017), Antonio Muñoz Molina manifestaba en Babelia un sentimiento de desolada impotencia , -que comparto-, al comprobar que la evolución esperada al inicio de la Transición española se ha convertido en lo contrario. Nos movemos, como los cangrejos, para atrás. Cada vez, triunfa más el fanatismo y la intolerancia, la superstición y la hipocresía. Y lo hace, no se engañen, para que cuatro espabilados se llenen los bolsillos. Esto no lo dice el artículo, lo digo yo, lo dicen muchos otros y, sobre todo, lo grita la realidad a los cuatro vientos. Solo tienen que leer las noticias. Con los ojos abiertos, si es posible.

viernes, 28 de abril de 2017

Escritor, búscale un buen asiento a tu historia

Una buena ambientación es requisito fundamental para hacer verosímil cualquier cosa que cuentes

Ambientar un relato significa transmitir referencias al lector, recrear un contexto eliminando de él cualquier asomo de vaguedad: el secreto está en parecer sincero, y para conseguirlo tienes que combinar varias técnicas.
  • Del ambiente local ya hemos hablado. Es el espacio o escenografía en el que vas a situar tu acción. Una vez elegido, tienes que intentar darle vida y movimiento para que el lector se introduzca en él sin dificultad haciendo suya la escena que tratas de mostrarle. Empieza haciéndote un croquis mental de las peculiaridades espaciales de tu narración, desde la ciudad o país donde vas a situar los hechos hasta cada uno de los lugares, grandes o pequeños, en que transcurrirá cada episodio. Se trata de que conozcas mucho más ampliamente que el lector la escenografía completa pues ese conocimiento, aunque no se haga nunca explícito, se reflejará en la seguridad con que vas a manejar datos y situaciones y esto te proporcionará credibilidad. Si el sitio existe realmente y no lo conoces, un buen recurso es manejar fotografías, también puedes consultar planos, esquemas y mapas. Este material quedará para tu uso exclusivo a no ser que, una vez acabada tu obra, consideres conveniente que tus lectores se sirvan de él debido a la complejidad espacial de esta o a lo insólito del espacio que ha creado tu fantasía, tal como sucede, entre otras, en la novela El Señor de los Anillos,
  •  La ambientación histórica o costumbrista requerirá un esfuerzo extra si el tiempo de tu novela no coincide con el que te ha tocado vivir. Realizar un acopio exhaustivo de documentación es lo primero que te hará falta. A través de ella, conocerás a fondo los hechos históricos propiamente dichos, pero también el espíritu de la época con todo lo que esto conlleva: lenguaje y estética general del momento elegido así como material de atrezo (objetos de uso doméstico, ropa, arquitectura, cocina, arte, medios de transporte etc.).
    Fotograma de The Hobbit
  • Si lo que deseas es recrear un ambiente fantástico tendrás que inspirarte en circunstancias reales y añadir caracteres poco comunes o hacer que ocurran hechos extraordinarios. Es aquí, sobre todo, donde tienes que poner un cuidado exquisito para no caer en incoherencias, pero si te ciñes por completo al marco que has establecido previamente, este podrá ser todo lo prodigioso que quieras.
  • Para sacar adelante un buen argumento de aventuras has de combinar  acción y descripción de lugares con las reacciones o efectos que producen las hazañas de tus personajes. La ambientación es aquí determinante y admite infinitas variaciones.
  • Si escribes un relato de misterio tienes que hacer hincapié en los momentos cruciales, crear intriga en cada uno de ellos mediante golpes de efecto. Para ello tendrás que servirte de recursos como la sorpresa, la oscuridad, las escenas tormentosas, la ocultación de datos etc.

Recuerda que el lector ha de visualizar lo que lee y que sólo conoce lo que hay en el texto, no lo que al escritor le pasa por la cabeza. Por tanto, tienes que encontrar el detalle significativo, familiar y verosímil, que concuerde con los rasgos genéricos de lugar, época y subgénero. El lenguaje también tiene que ir en consonancia (arcaico si situas el relato en la antigüedad, trepidante para el de aventuras, poético para la anécdota sentimental…) En palabras de Juan Rulfo: “lo importante es crear imágenes que permitan evocar la realidad”. Otros autores hablan de presentismo o posibilidad de hacer presente lo que contamos, aportando detalles o bien simulando cierta confidencialidad y cercanía con el lector.

Además, tienes que esmerarte en no incluir términos poco adecuados al contexto, como anacronismos o registros lingüísticos que estén fuera de lugar. Lo que necesitas, en definitiva, es reconstruir la realidad que rodea a una historia y, como sabes, la realidad es muy compleja, posee aspectos infinitos, no es uniforme, no tiene una única dimensión, la componen planos superpuestos. Para que te hagas una idea, puedes compararla a una constelación: si eres capaz de crear la tuya propia, tu relato resultará convincente.

miércoles, 26 de abril de 2017

Escritor, elige bien adónde quieres llevarnos

Las coordenadas espaciales

Antes de introducir a tus personajes, piensa que estos se tendrán que mover en un espacio concreto y que ese espacio se lo tiene que imaginar el lector. El lugar, no lo olvides, es un componente esencial en cualquier artefacto narrativo y, como el resto de elementos literarios, ha de ser: creíble, coherente con los demás elementos, necesario y, por supuesto, significativo, es decir, ha de tener entidad propia, que no recuerden a ningún tópico, por mucho que estén de moda o por grande que sea su prestigio literario. Da igual que sitúes la acción en Madrid, Barcelona, una playa de Cádiz, el pueblo más perdido de los Pirineos, la casa de la Bruja Piruja o el país de Irás y No volverás, el secreto para no refugiarte en modelos establecidos es echar mano de tu propia experiencia. Fíjate en este ejemplo:
En los  atardeceres calurosos del verano, cuando la carretera y los campos están envueltos en una polvareda, ciérnese sobre la llana superficie de aquel mar terrestre una neblina oscura. En la primavera, cuando el campo está verde, el efecto es algo distinto. La llanura semeja una enorme mesa de billar, en la que se mueven, trabajando, pequeños insectos humanos.
(...)

Pensaba en cosas pequeñas: en Turk Smallet acarreando tablas en su carretilla por la calle mayor del pueblo, en las horas de la mañana;  en una mujer alta y elegantemente vestida que había pasado una noche en el hotel de su padre; en Butch Weeler, el hombre que encendía las luces de Winesburgo, corriendo por las calles en una noche de verano con la antorcha encendida en lo alto; en Helen White, a la que vio un día de pie junto a una ventana de la casa de correos de Winesburgo y pegando un sello en un sobre.
SHERWOOD ANDERSON. (Del volumen Winesburg, Ohio)
La experiencia y la imaginación son intrasferibles, este texto en su época era original, si tú hicieses lo mismo no sería más que una mala copia. Tu elección dependerá, fundamentalmente, de lo que vayas a contar, de la época en que sitúes los hechos y de los personajes que vayan a intervenir. Tienes que describirlo equilibradamente y con orden, incluyendo todo lo que afecte al desarrollo del relato sin abusar de detalles irrelevantes que desvíen la atención de los hechos y ralenticen la acción desperdiciando así parte de su potencial. Para ello tienes que eliminar ambigüedades, dibujando con la mayor precisión posible aquello que has decidido describir. El objetivo es que el lector vea lo que muestras con toda claridad, sin ningún género de dudas, ya que solo así podrá creerte. Ten en cuenta que la verosimilitud de tu relato dependerá en gran parte del marco que elijas.

Aspectos subjetivos

El lugar también puede servir de símbolo, añadiendo rasgos nuevos al tono general. Los autores de misterio, como Poe o el Becquer de las Leyendas, utilizan la noche, las atmósferas brumosas, los cementerios, los castillos o las ruinas para introducir en las escenas el efecto estremecedor propio del género. A veces, incluso, se provocan determinados sentimientos o se anticipan acciones futuras preparando al lector para lo que va a ocurrir más adelante. En cualquier caso, el que nos lee ha de tener la impresión de que eso que le estás contando solo pudo ocurrir en ese espacio, que ese y no otro es el idóneo para situar los hechos que has imaginado: cada lugar –pero también cada época, como te explicaré dentro de poco– tiene que ser único, dar la impresión de que no se puede intercambiar con ningún otro, pues en ese caso estaría ahí como un simple adorno que no afectaría a la narración para nada.
Turner fue un maestro en provocar emociones a través de sus pinturas
J. M. W. Turner (1844)

Su relación con el tiempo


El lugar y el tiempo también tienen en común su ambivalencia. Si nos interesa describir con total objetividad un espacio, solo escogeremos rasgos realistas, si, por el contrario, lo que pretendemos es atribuirle un sesgo emotivo, lo presentaremos a través de la mirada del narrador o de alguno de los personajes (un niño verá muy grande su casa, el que acaba de sufrir una pérdida la encontrará oscura y lúgubre); pero si, además, consiguiésemos combinar ambos puntos de vista, obtendremos un escenario tan convincente que al lector le parecerá que lo está viendo produciéndose en él las emociones que habíamos previsto.