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jueves, 25 de agosto de 2016

Miles ahead (2016)

El viernes, 13 de noviembre de 1987, más de siete mil personas vieron y escucharon a Miles Davis en el Palacio de los Deportes de Madrid, dentro de la 8ª edición de un Festival de Jazz que se celebra anualmente en otoño.
“Más de siete mil personas vieron y escucharon…” Tenía que haber utilizado la primera persona del plural. Porque yo estaba allí.
No sé si Davis tocó como siempre o como nunca ya que aquella fue mi primera oportunidad de presenciar una actuación suya en vivo. Y la última. Por desgracia, nos dejó cuatro años más tarde.
Recuerdo bien lo que escuché y vi. Una música espléndida, que nos invadía por completo, en la que nos instalamos y hasta flotamos, que nos mantuvo extasiados durante horas –porque aquello no acababa nunca aunque entonces no nos diéramos cuenta– y un músico arrebatado, lleno de entusiasmo, de energía, vida, inspiración prodigiosa, felicidad, tesón. El concierto duró bastante más de lo previsto, salimos de madrugada, pero así es la música en directo, el jazz sobre todo, cuando se deja llevar por la pasión.
El diario ABC habla de emotividad –en una reseña diminuta en comparación con la importancia del evento en la que se le da el apelativo de Príncipe del Silencio – y no exagero si digo que se queda corto. Emotiva la actuación y la respuesta del público pero también complicidad y fervor por ambas partes. Aquel momento único que hechizó a toda una multitud se despachó en menos de 400 palabras. Injusticias de aquella –tan idealizada y denostada–transición.
“Escuchar a Miles Davis, y además, verle es un espectáculo que, no por repetido, cansa. A su música, la plástica de su actuación, cual prolongación natural, justa y necesaria a ella, se convierte en inusitado “ballet” expresivo del alma que va esculpiendo  en cada nota al trompetista que hoy sigue sacando provecho a la elección realizada en su juventud al suprimir el “vibrato”. Por ello toca como toca y como tocaba.Su inagotable magia arrastra sus paseos sobre el tablado, no sólo los objetivos de los fotógrafos, sino las receptivas y atónitas miradas de todos los espectadores del Palacio, que asistieron a una historia con introducción, nudo y desenlace, cuyo argumento se gestó hace mucho tiempo, y que en el futuro podrá tener muchos finales, pero siempre con la misma moraleja, fruto de su providencial sabiduría.”
ABC –ESPECTÁCULOS – SÁBADO 14 11 1987

Aunque creo que queda algo confuso, con el contenido coincido en lo esencial. Precisamente, el ritmo de la película intenta reproducir todo ese vértigo, el del propio Davis y el de la trompeta jazzística, y lo hace alternando secuencias de diferentes momentos de su vida, dejando en un segundo plano el registro de lo que sucedió para resaltar el carácter y la sensibilidad del músico. Es su temperamento y su forma de tocar lo que inspira esas secuencias atropelladas, repletas de intensidad y dramatismo. Peleas amorosas, peleas en general, amor, infidelidad, esfuerzo, adicciones, violencia, virtuosismo. Y la propia música invadiéndolo todo, dando sentido al guión, implicando al espectador y alzándolo por encima de la sala, más allá del propio argumento.
Cheadle no ha pretendido elaborar una biografía exhaustiva de la estrella, se conforma con presentar unos cuantos fogonazos –salpicados de episodios que recuerdan al género negro –de dos etapas muy concretas de su vida: un momento de los inicios de su carrera y otro, crítico en lo personal y profesional, después de haber llegado a la cumbre. Gracias a la contención y al realismo con que se ha abordado el guión, los posibles objetivos del director, y a la vez guionista: dar a conocer lo que él considera la esencia del personaje mediante una historia amena y una música envolvente, se han conseguido por completo.

·         Director: Don Cheadle
·         Guión: Steven Baigelman, Don Cheadle
·         Reparto: Don Cheadle, Ewan McGregor, Michael Stuhlbarg, Emayatzy Corinealdi, Lakeith Lee Stanfield, Morgan Wolk, Austin Lyon
·         Banda Sonora: Robert Glasper
·         Ejecución musical: Herbie Hancock
·         Fotografía: Roberto Schaefer
·         País: Estados Unidos
·         Estreno: 2015
         ·         Género: Drama, Musical, Biografía
Duración: 100 minutos

sábado, 20 de agosto de 2016

Sin despedirse

Parecía humo y sin embargo era una suave niebla que se había condensado desde el alba alrededor de troncos y ramas del bosque de Astandy, después de que los pastores hubiesen apagado sus fogatas allá abajo, en la base de la ladera, un zócalo rocoso desde el que, en los días más claros, se dominan todos los pueblos del valle. La hija de la señorita Elena se miraba los zapatos. La señorita Elena también. Estaban paradas al borde del andén mientras los castaños seguían erguidos allá arriba. Dolía saber que no se moverían de allí y que ellas no volverían a escuchar su rumor inconfundible en mucho tiempo, quizá nunca.
El suelo de la estación se había cubierto de hojas frescas. Se diría que el viento nocturno había depositado en él, precisamente, las briznas arrancadas de los árboles y arbustos que coronaban el macizo de Ambra. Las pocas bombillas que seguían enteras sorprendían con su luz de trecho en trecho sumándose a la amanecida incipiente. Un bulto con gorra de empleado paseaba con los hombros encogidos. Emboscado en un rincón, muy cerca de la entrada al vestíbulo, un amasijo de ropa olía a vino, miseria, y  mugre. La señorita Elena apartó a la niña unos pasos. Los destellos de las vías brincaron un poco más.
            La señorita Elena, cuando tuvo que excusar su marcha, había dicho que se sentía perdida en el cerro.
        ¿Perdida? ¿En esa casa tan pequeña? – Replicaron algunos.
Notó un gesto avinagrado en muchas caras, pero igual daba después de todo. Siempre, eso sí, que la niña no se diese cuenta. Sólo ella sabía lo poco que había esperado de aquella gente mientras vivió allí.
Y la mujer que solía acercarse a la tahona a diario a pedir los mendrugos de pan sobrantes había enseñado las encías, tan hostil como todos, aunque no entendiese palabra de lo que se estaba cociendo.
La hija de la señorita Elena se había vuelto más y más silenciosa a medida que los niños iban abandonando la aldea.
Pero a veces cantaba.
O decía:
        Cuéntame una historia.
La casa de la señorita Elena era, ciertamente, minúscula, pero por ella habían desfilado los personajes más variopintos. Tahúres y anacoretas, viudas que habían colgado el luto antes de estrenarlo, aparecidos, monstruos surgidos de las aguas, alpinistas, echadoras de cartas, bailarines. Los relatos de la señorita Elena no parecían muy adecuados, pero la hija vagaba por las palabras de su madre como por una selva repleta de enigmas. Observando aquella multitud virtual, aún sin comprender bien sus maniobras, sentía una euforia secreta,  intraducible.
        Mamá, cuéntame una historia.
        Te hablaré del sitio a dónde vamos. Cuando lleguemos verás ríos de gente.
        ¿Qué más?
        Encontrarás tiendas y más tiendas y un arroyo seco en medio por el que pasan coches en vez de agua. En los escaparates verás los juguetes y los muebles y los vestidos más lindos del mundo.
        No sé si me va a gustar.
        Y aviones que pasan rozándote y tiendas con mostradores que contienen cientos de libros, más aún, decenas de estantes de los que asoman lomos tersos mostrando títulos, colores. No podrías leerlo todo ni en diez vidas que vivieses.
Una vez la señorita Elena, Elenita entonces, encontró un desconocido merodeando al borde de la barranca, junto a los peñascos donde nace el río. Tenía la barba espesa y el hambre acuartelada en los huesos. Aunque sabía que la censurarían, habló con él.
        ¿Quién eres? – le preguntó.
        Uno que va de pueblo en pueblo. Vendo en un sitio lo que he comprado en otro.
        ¿Y por qué te escondes?
        ¿Es que no te asustas de verme?
“¿Por qué tendría que asustarme” pensó ella. Era un hombre alegre, la sonrisa le rebosaba por las comisuras y volaba a su alrededor.
        Al contrario, mirarte me gusta.



Luego había vuelto casi todos los años en época de ferias. Una noche, incluso, la sacó a bailar.
        Sigues sin darme miedo- – dijo ella – ¿Ahora me crees?
Él paró en seco para verla.
        Me cuesta creer que seas la misma. ¡Si entonces no podías tener más de ocho años!
        Catorce tenía, listo. Y ahora tengo ya veinte.
No se le apeaba el gesto incrédulo.
        Pues frena de una vez, si sigues creciendo así de rápido, pronto tendrás más años que yo.
        Ja, ja.
Se llamaba Juan Garrido y tenía talento para adivinar qué hacía falta y a quién. El comercio era, por tanto, su lugar natural en la tierra. No le hubiera costado gran cosa ser rico, es más, había estado a un paso de conseguirlo una docena de veces. A Elena le ofreció la luna y ella la aceptó.
            Un mes más tarde, a finales de octubre, cargaron unos pocos enseres en la destartalada furgoneta que sustituía al camión de antaño, junto a alfombras rústicas, flautas talladas en madera, una espuerta llena de quesos de cabra, tarros de miel de colmena y silbatos fabricados con vidrio. En el quicio de todas las puertas había algún gesto hosco mirándoles marchar. No les despidió nadie. El padre viudo vio el cielo abierto, la ocasión que esperaba para casarse había llegado por fin.
            Viajaban constantemente. En poco tiempo Juan logró reunir una pequeña fortuna. Atraer el dinero a sus bolsillos no le costaba ningún trabajo, fluía hacia él como el agua por su cauce. Y con la misma facilidad que entraba volvía a salir. Él no quería nada para sí mismo, era feliz poniendo el mundo a los pies de su mujer.
        Qué quieres que te compre – solía preguntarle.
Al principio eran joyas, ropa cara, pieles. Era vivir sin escatimar gastos, alojarse en los mejores hoteles y alquilar modelos de primeras marcas sólo por divertirse, aunque la furgoneta estuviese más desvencijada que nunca. Para sus mercancías no precisaba mucho espacio, era ligero lo que transportaba entonces.
Hasta el día que compró aquel libro. Elena lo hojeó por mero aburrimiento, eran muchas las horas de tedio que pasaba encerrada en el cuarto más lujoso del hotel esperando a que Juan volviese. Lo devoró. Desde entonces cada nueva incursión por los pueblos suponía para ella horas de lectura por delante. Por fin estaba tranquila y él creyó que habían llegado a un acuerdo, pero al poco tiempo se volvió a quejar.
        ¿Para qué tanto libro si tengo que dejarlos cada vez que me obligas a mudarme?
        Pero ¿los lees o no?
        De cabo a rabo. Por eso me duele que se queden. Es como ir perdiendo amigos por todos los rincones del mundo y no volver a verlos nunca. ¿Por qué no abrimos una tienda y nos estamos quietos de una vez?
        Tienes razón, Elena; es lo que he querido hacer siempre. Aunque aún no ha llegado el momento. Espera a que ahorre un poco más.
            Pero el ahorro no estaba impreso en su carácter. La mala racha, que les esperaba a la vuelta de la esquina se llevó lo que tenían dejándoles fundidos a deudas.
            Y si la prosperidad les había animado a traer un hijo al mundo la pobreza repentina les hacía temer por su suerte. Según Elena, había que olvidar los delirios de grandeza, pedir un préstamo, poner un bar en su pueblo y sacar al niño adelante. Ahora que sabía lo que eran los negocios no la iba a arredrar ningún obstáculo.
            No hubo más que decir, vendieron lo que tenían y se pusieron en camino. La pareja se emocionó al divisar a lo lejos la aldea, el contorno peculiar de cada cima, los rebaños varados en las rocas, el vaho enganchado a las laderas. El autobús les dejó en un recodo, se cogieron de la mano y fueron saltando entre los árboles. Con cuidado, evitando sacudidas para que el vientre de Elena no se bambolease más de la cuenta. Cuando la pendiente se volvió abrupta, se deslizaron hacia abajo como dos cachorros llenos de júbilo.
            Y entonces, en mitad de una carcajada, Elena escuchó un golpe seco a su izquierda y vio el cuerpo de Juan tendido en la broza del bosque. Un chorro negruzco le manaba del cuello.
            Fue un tiro perdido, dijeron. Habían visto cazadores allí cerca. El asunto se enterró. Elena supo al fin lo que era el odio, palpó la cruel hostilidad de la gente, sin ningún motivo concreto, porque eran distintos de ellos, porque sí. Decidió abrir una escuelita y enseñar a leer a quien quisiera, niños o grandes, pero no les dio el gusto de verla llorar.
La señorita Elena nunca había contado esta historia a su hija. No le había dicho:
        Cuando me muera, si tengo los ojos abiertos, querría que él viniese a cerrármelos.
Pero de haberlo hecho, hubiera añadido:
        Tú fíjate cuánto amor.
Bajaba de las cumbres el relente. La señorita Elena tiritó un poco, apretó aún más la mano de la niña pero no se movió de su sitio. Aún faltaba más de media hora para que llegase el tren.

lunes, 15 de agosto de 2016

Perderse (Poema)

Perderse en el rastro infinito del océano.
Aspirar la húmeda arena.
Dejarse enceguecer por el sol de mediodía,
 conmover por llantinas y ladridos
y gritos de triunfo entre las olas.
Pero la tarde es ya gris tras la ventana.
El aire se ha impregnado de  otoño,
la llovizna está empapando el césped
y no encuentras ni un  destello amarillo
derramado en el cristal de media tarde.

Vasili Kandinski - El jinete azul (1903)
Escuchar al guacamayo parloteando
en la fluidez de las palmeras
más acá de ese asfalto
dónde el vértigo es dogma
y la velocidad emblema temerario.
Pero el carámbano ya cuelga en el 
alfeizar
Y vuelves a cargar sobre los hombros
el blanco lienzo de tu calle,
su atmósfera de hielo,
la lentitud. El silencio como agujas.

Intuir una barbilla chorreante
de jugo frutal multicolor,
e infinitos horizontes entoldados,
con el torso chamuscado por horas de 
canícula
entre chorros de grasa goteante 
rebosando del borde de las fuentes.
Pero te ciegan las cortinas del diluvio
que anega los arriates.
Un barrizal atasca los neumáticos
en la explanada que colinda con el parque
produciendo una catástrofe en cadena
que se disolverá a la vuelta de dos siglos.

miércoles, 10 de agosto de 2016

La Baronesa (VII)

No podía sospechar lo que me había caído encima, para bien y para mal, todo hay que decirlo. Teníamos una conversación pendiente y a continuación otras muchas. Aún no sabía ni cómo se llamaba, aunque me importaba un pito, la verdad, no así la razón que la había llevado hasta el tren. Si el tal Alphonse había decidido usarla como espía, estábamos perdidas las dos. Aunque a alguien con esa pinta, desvalida y hambrienta, ni yo le encargaría algo como eso. Lo que provocaba, en todo caso, eran ganas de invitarla a un bocadillo, arrojarle unas monedas o una mirada de lástima. Y muy despistada tenía que estar en caso de que fuese una ladrona; desde luego, si lo que pretendía era robar algo, conmigo iba lista.
Me volví y allí estaba, enmarcada por el dintel, sin atreverse a entrar en aquel tugurio asfixiante con olor a pies y a picadura, borroso por el humo, donde no había ni un solo asiento libre. Pero estábamos delgadas: en el mío, estrechándonos un poco, podíamos caber las dos. Fue entonces cuando, detrás de ella, abriéndose paso entre el gentío del pasillo, una avalancha de risas, colorines, pelos rubios y largas piernas se abalanzó sobre Catalina y se la llevó por delante como un trofeo. Me apetecía tanto como ametrallarme una teta, aún así me levanté para ir en su busca porque, y hasta años después no pude explicármelo, acababa de convertirme en su mentora.
Alguien se la echó a los hombros evitando así que la arrollasen las decenas de pies que iban y venían buscando espacio donde asentar las posaderas. Veía la coronilla negra y rizada de Catalina dando tumbos en zigzag hasta que llegó al compartimentos 26, el penúltimo. En cuanto asomé la cabeza, me acogió un coro de voces dulcemente desabridas que nosotras bautizaríamos después como Les blondes. De hecho, así es como mi compañera se refería al grupo y esa fue la primera palabra francesa que aprendí.
Ils sont arrivés./ Se tenant par la main,/ l’air émerveillé/ de deux chérubins/ portant le soleil./ Ils ont demandé/ d’une voix tranquille/ un toit pour s’aimer/ au cour de la ville,/ et je me rappelle/ qu’ils sont regardé/ d’un air attendri/ la chambre d’hôtel,/ au papier jauni/ et quand j’ai fermé/ la porte sur eux/ y avait tant de soleil/ au fond de leurs yeux/ que ça m’a fait mal.
Dos tocaban la guitarra y todas cantaban a grito pelado. Me extrañó la sonrisa cómplice de Catalina cuando me senté a los pies de las chicas junto a ella. Resultó que comprendía la letra. “Es una canción pecaminosa, cuenta la historia de dos amantes que se acuestan juntos y el sol les castiga dejándolos ciegos.” Todavía no he podido entenderlo, pero después tuve  que escuchar la canción cientos de veces hasta caer en la cuenta de que lo que decía era otra cosa. Claro que en aquel instante, atónita como estaba yendo de sorpresa en sorpresa, me traía al fresco lo que podía significar.
-¿Sabes francés?
-Claro, soy de Guinea.
-¿Y dónde está eso?
-En España, creo que cae por el sur.
-¡Ah!
Jamás habíamos visto aquellos pelos tan rubios. Todavía no aparecían más que en el cine y al cine habíamos ido más bien poco. Catalina nunca, yo solo a ver producto nacional, que era el que traían a mi pueblo, en blanco y negro y rebanado por la censura.
-¿Cómo os llamáis? –La que preguntaba era madrileña. Había otra española, del norte, asturiana o santanderina si no recuerdo mal.
-¿Os gusta la música española?
-A mí sí, el flamenco.
-Nosotras la odiamos, es más chic la chanson française.
 -No pensamos volver nunca, allí nos aburrimos como ostras.
-¿Dónde vivís? ¿Conoces la calle Goya, cerca del Retiro? Allí están mis padres, en París aún no tengo casa fija.
Catalina bajó la cabeza. Dije que no había pisado Madrid, tampoco había visto el mar.
-Pues no sabéis lo que os perdéis.
Eso sí lo sabíamos. Ser como ellas, rubias, desenvueltas, elegantes, viajar por placer, reírse con el estómago lleno, haber aprendido a cantar…
Les acompañábamos como podíamos, yo trataba de imitar a Catalina, que berreaba más que cantaba: «Quand on n’a que l’amour/ pour vivre nos promesses/ sans nulle autre richesse/ que d’y croire toujours./ Quand on n’a que l’amour/ pour meubler de merveilles/ et couvrir de soleil/ la laideur des faubourgs...»
Nos invitaron a sardinas en lata y, de postre, chocolate Chobil con galletas María. Todo un festín para ambas. Ellas se reían todo el rato mirándonos, no sé si por burla o porque les hacíamos gracia. Daba igual. Aquel era el rato más alegre que había pasado en mucho tiempo. Bebimos cerveza –tenía que pegar la boca al gollete de la botella de litro para que pasase aquella masa pastosa–, nos mareamos, intentamos cantar y nos reímos con ellas como locas. Catalina hablaba por las dos, con tanto desparpajo que parecía conocerme de siempre, traducía las frases que podía y así descubrí su incalculable valor como intérprete.
Aunque allí no hacía falta entender el idioma, entre la niebla cervecera sentía las vibrantes cuerdas de la guitarra y me veía envuelta en un halo feliz. Como si vivir consistiese en escuchar esos rasgueos y esas notas, emocionarse entre el humo y las canciones, como si el corazón se pusiese al rojo vivo y el pulso se acelerase con el empuje de las cuerdas invitándonos a empezar una nueva ronda. Otro trago, un pitillo más, el penúltimo.
Al despedirse, la más alta me regaló un pañuelo empapado en perfume. Caminamos hasta el compartimento sorteando rodillas y espaldas; nos sentamos a duras penas, pues los vecinos se habían repantingado a su gusto, y dormimos, por fin, la borrachera, entrelazadas una con otra para no ocupar más que una plaza, la mía, agitadas por nuestras respiraciones, las patadas y codazos mutuos, y los destellos ocasionales que atravesaban el sueño más accidentado y lleno de sobresaltos que he vivido nunca hasta que di a luz.


(Continuará)

viernes, 5 de agosto de 2016

La Baronesa (VI)

Viajar no siempre es bonito. Se disfruta, claro, pero solo si te puedes sentar cómodamente en la butaca frontera a la ventanilla y ver cómo pasan los raíles, la mancha borrosa de los pueblos, picos, riachuelos, nubes, árboles; solo si puedes permitir que el traqueteo te adormezca porque sabes que no hay peligro de que el revisor te sorprenda, abofetee, agarre del pescuezo y arroje a la vía por polizona. No negaré que levantarse del asiento siempre fue un ejercicio doloroso por el poli-piel que se pegaba a mis muslos, que la carbonilla y el humo de los andenes solían provocarme lágrimas, pero en aquel tiempo no sentía nada de eso. No podía verlo, sencillamente. Comparadas con mis vivencias anteriores, esas molestias debían parecerme insignificantes. Es ahora, que sé lo que es llevar una vida confortable,  cuando me doy cuenta de la miseria que suponía viajar de aquel modo, rodeada de papeles grasientos con restos de tortilla de patatas –y envidiando esa tortilla, esa fruta, esas ristras de embutido que transportaban mis convecinos–, con pollos vivos, conejos y hasta algún cordero camuflado en un cesto de mimbre, y las inevitables pulgas, chinches, moscas procedentes de esos bultos. Nada de esto me importaba aquel día. Me acurruqué mirando a la lejanía (y a mi propio horizonte) de frente, dispuesta a aceptar cualquier pirueta que el destino tuviera a bien brindarme, presintiendo que había puesto rumbo a una juventud, la mía, que parecía aguardarme en París. Un pedazo de carbón tibio, como los que alimentaban el tren o sacaba mi madre del hogar antes de ponerse al rojo, empezaba a calentarme el pecho. El futuro, la vida, tenían que ser bellos ahora, pues a mí me temblaban los párpados y el corazón se me encogía mirando aquellas briznas de algodón rojizo agitarse sobre el azul de las cordilleras o las motas blancas sobre un tapiz verdoso que, entornando los párpados, igual podían ser flores en el césped que ovejas pastando al fondo del paisaje.
Los del diván de enfrente eran tres hombres con boina, enormes orejas y un indudable aire de familia. ¿Padre, hijo y abuelo? Del zurrón del más viejo sobresalía una cresta. Roja pero inmóvil. Imaginé ahí dentro al gallo dormido. Los tres me observaban con fijeza excesiva. Me levanté. Había una fila enorme delante del cuarto de baño, muchos abandonaban y se iban al vagón contiguo, se rumoreaba que había una chica escondida allí. Noté un calambre extraño resbalando por mi espalda. Yo era la chica que se escondía dentro de los váteres, aquella intrusa no tenía derecho… Lo peor es que presentía algo raro, el malestar me llegaba hasta las piernas y amenazaba con explotar dentro como un globo que se pincha. Decidí quedarme el tiempo que hiciera falta y cuando todos se fueron llamé:
-Hola. ¿Eres una chica? ¿Te puedo ayudar?
Silencio.
-Ya se han ido todos, estoy sola. No te preocupes.
Escuché un crujido, luego una especie de arcada.
-Pero van a volver enseguida. ¿Qué te pasa? ¿Necesitas algo?
Una voz, como de bebé afónico, dijo:
-¿Quién eres?
-Pues… Me llamo Rosario.
Se produjo un alboroto suave: el grifo chorreante, chasquidos metálicos, algún golpe en la pared; luego el crujir del cerrojo, un lento avance de la puerta hacia dentro y el rostro de la mulata enmarcada por la rendija minúscula.
-¿Tú? ¿Me has seguido?
Paul Gauguin - Arearea
-Iba detrás de Alphonse para buscarte. No quiero volver allí.
Di media vuelta (y tropecé con un cordón suelto) para escapar de una muerte segura. Si la había enviado el tal Alphonse –de cuyo prenom me enteraba entonces–, cumpliría su encargo sin titubeos. Me preguntaba qué espíritu maligno había conseguido empujarme hasta esa puerta, recordaba el gesto de odio de la chica, sus dientes rechinando y reluciendo, las manos aferrándose a mis hombros para arrojarme de aquel otro tren en marcha. Todo sucedía mucho más rápido de lo que tarda en contarse. Cuando vi a la gente avanzando por el pasillo y, en milésimas de segundo, sentí el discreto resbalar del quicio encajándose de nuevo, empecé a comprender que la otra, atrapada y vulnerable, estaba en mis manos y no al revés.
-Necesito hablar con el revisor, mi amiga…
Pero el hombre ya venía hacia mí, tan furioso como era de esperar, rezongando y agitando en mis narices la máquina de picar billetes. Recordé que aún me quedaba dinero, ya más bien poco, y caí en la cuenta de que aquel podía ser el talismán que limaría resquemores y, quizá, hasta abriría alguna puerta. La del váter, en este caso. En un momento, la fiera inventó un cólico inoportuno y yo ¡cómo no! acabé pagando su billete, el recargo y la multa.
Cuando entré en el compartimento, seguida por cinco pares de ojos, ya no era la misma, ese intervalo me había convertido en madre sin comerlo ni beberlo. Y no eran palabras vacías: en lugar de una boca a mi cargo, ahora tenía dos.

(Continuará)

sábado, 30 de julio de 2016

La Baronesa (V)

Tardé en darme cuenta de que estaba detenida. Me empujaron al fondo de un cuarto donde no había más que una colchoneta sucia. No sabía si alegrarme de no tener compañeros. En el fondo era mejor estar allí sola, pensé, pero el caso que me hicieron duró el tiempo que tardaron en encerrarme. La pared contigua a la ventana daba a una oficina que había entrevisto al pasar donde todo el mundo hablaba a gritos por teléfono. Me había sido imposible entenderme con ellos pues no sabía ni palabra de francés pero estaba convencida de que llamarían a un intérprete. Pasaban las horas y, por muchas patadas que diese a la puerta, nadie se acordaba de darme de comer. Entonces no lo sabía, pero si me consideraban tan insignificante que les daba igual matarme de inanición, les importaba menos que nada cualquier cosa que tuviese que decirles.
Creyeron que estaba dormida, pero yo sé que me había desmayado. Me despertaron a bofetones. alguien me dijo en español que habían llamado a mi familia y yo les creí como me hubiese creído cualquier cosa. Estaba amaneciendo y ni siquiera había visto anochecer. Miré fijamente a la puerta. Temblaba, no sé si de temor o de alivio, esperando ver entrar a mi padre. Pero quien apareció en el marco, con sonrisa desafiante, fue el tirano que me había secuestrado días atrás. Lloré, pataleé, me resistí lo que pude aguantando tirones de brazos y escuchando las risotadas de todos. Luego volví a desmayarme. Lo que vi una semana después fue una habitación muy blanca, un bote de suero sobre mi cabeza y los barrotes de una cama de niquel. Por fin, me habían llevado al hospital.
Tardé varios días en poder tragar algo, pero cuando lo conseguí me atiborré de pollo como una desesperada. El pollo era un artículo de lujo en la España de entonces y yo no lo había probado jamás. La telefonista de aquella institución era hija de inmigrantes españoles. Todas las tardes, cuando acababa su turno, pasaba por allí para asegurarse de que todo iba bien. Por ella supe que habían detenido a mi verdugo, un indeseable al que la policía llevaba tiempo siguiendo la pista. Por lo visto, todo lo escurridizo que había sido hasta entonces se evaporó cuando prestó declaración asegurando que era mi padre. Sus numerosas contradicciones levantaron sospechas y, ante la insistencia de los polis, acabó delatándose solo.
- Tienes que largarte de aquí. Ha asegurado que como te encuentre te mata.
- ¿No está en la cárcel?
- Esa gente tiene amigos en todos los sitios, seguro que le sueltan cualquier día de estos, si no, algún compinche suyo puede hacer lo que le ordene. Y como nadie te va a reclamar, de momento...
Bajó la voz. Se avergonzaba un poco de lo que había dicho, pero yo no echaba de menos a nadie. Le pregunté si era posible que entrasen allá dentro a por mí. Pensaba que no, pero que, una vez en la calle, no debía perder ni un minuto.
- ¿Y adónde voy?
- Dónde quieras, lo más lejos posible.
- ¿A París?
- París sería perfecto. A mí me encantaría vivir allí ,ya ves.
- Pero no conozco a nadie.
- Aquí tampoco. Y los pocos que te conocen mejor que no te vean.
- ¿A que no te atreves a acompañarme?
Me miró como si fuese un bebé.
- ¡Criatura! Yo aquí tengo una vida. 
Con eso lo había dicho todo: ella tenía vida y yo una muerte más que probable. Antes de que me invadiese la angustia intenté convencerme de que sentirse fugitiva con el estómago lleno era un poco mejor que todo lo contrario.
Una semana después, estaba en la calle vestida con la ropa de ella, cargando una mochila llena de todo lo necesario y hasta con algo de dinero en el bolsillo. Me venía grande lo que llevaba puesto pero estaba bastante nuevo, muy limpio y, sobre todo, con aquello no parecía la misma.

Continuará 

domingo, 10 de julio de 2016

La mascota

Pocos de mi especie han vivido una noche como esta. El resplandor, salpicado de motas de polvo,  que se cuela por la puerta de la carpintería amenaza con quebrar, no solo la paz del momento, incluso este plano de la realidad, partirlo en dos como si fuese un serrucho y dejarme fuera, aferrado al borde del tiempo con las patas balanceantes, suplicando al azar que no me abandone en el vacío astral, en el limbo de los nonatos, en cualquier esfera de una realidad paralela o, aún peor, en la nada más absoluta, donde no existe presente ni pasado.
Solo el ulular de la ambulancia consigue tranquilizarme; escucho los plácidos ronquidos de Fátima y llego a creer que seré capaz de dormir.
Sigo sin moverme del saco. La inquietud va y viene, a sacudidas, como si la luz anaranjada y los sonidos de la noche se turnasen para alterarme el ánimo. Barrunto algo. Con piel, ventanas nasales, orejas, ojos. Huele a ropas percudidas por el sudor, a vino rancio, a mugre indefinida y a miedo. Es el olor que más conozco, puedo rastrearlo a kilómetros, aislarlo de cualquier otro, clasificarlo, determinarlo y luego, ¡zas! atraparlo entre mis fauces convertido en algo tan sólido como un fémur de liebre. No se escuchan pasos pero detecto una vibración en el aire y, en seguida, también en el suelo de tarima. ¡Peligro! Algo se arrastra hacia nosotros en plena oscuridad, al otro lado de la cuchilla luminosa, que deja de ser solo amenaza para convertirse en faro ante cualquier fuente de mal que sobrevenga.
Escudriño la oscuridad buscando el bulto del hombre y me fijo en que no tiene forma humana. Es pequeño, redondo, como una ardilla enroscada o un grueso ratón de campo. Fátima, ajena a todo, gruñe y se remueve arrancando crujidos a los muelles. No puedo evitar que indique así su posición proporcionando al atacante una brújula sonora que le guiará hacia ella inexorablemente. Si me deslizo ahora hacia la cama indicaré al extraño mi presencia. Sin contar que el contacto de mi hocico húmedo contra su piel o un empellón de mis patas pueden provocar que no despierte, que caiga fulminada con los ojos abiertos.
Ahora lo entiendo. Eso que se acerca no es un animal vivo, husmeo una sanguinolenta red de vísceras. Acres, asfixiantes, putrefactas. El rastro encarnado que puedo adivinar en la madera lleva la firma de Ricardo y es la secuela siniestra de la última trifulca.
Tengo que zampármelo enseguida. Una inmundicia como esa puede impresionarla hasta el infarto y estoy obligado a impedirlo, aunque por culpa de ese asno me exponga a convertirme en caníbal.

martes, 5 de julio de 2016

Incultura política y justicia poética

El que no se consuela es porque no quiere. Si alguna ventaja ha tenido esta última campaña electoral (y alguna tenía que tener, no todo va a ser negativo) es la ausencia de carteles electorales. Y es que, desde hace ya años, tengo comprobado que para algunos electores –afortunadamente, cada vez menos– resulta determinante la famosa foto del candidato que aparece colgada en las farolas. Parece cosa de risa que algo tan decisivo para nuestra forma de vida se decida de forma tan arbitraria. Lo parece, pero no tiene ni pizca de gracia, al contrario, es un hecho preocupante y revela una gran irresponsabilidad por parte de quien tiene en sus manos un grano de arena que se unirá a otros muchos para decidir el destino de un país durante los próximos cuatro años. Afortunadamente, esto parece estar cambiando, la gente empieza a preocuparse por cuestiones sustanciales, se informa más y –quiero creer– ha pasado de moda presumir de que “yo no entiendo nada de política”.  Esa ha sido la única consecuencia no-nefasta de la crisis: al ser tan larga y tan dañina, ha acabado por concienciar, o al menos hacer pensar un poco, a todos esos que llevaban toda una vida resistiéndose. Pensar es molesto, guiarse por la foto garantiza comodidad y rapidez. Pero hasta eso tiene sus peligros, ya que algunos, con tal de no poner en marcha las neuronas, han cambiado la foto por el consejo del periodista demagogo de turno en las tertulias políticas de la tele.
Fuente: Internet
Habría que fabricar una democracia más fundamentada en hechos objetivos que en artimañas publicitarias. Sé que no es fácil pero algún mecanismo tiene que haber. Los procedimientos actuales comienzan a provocar situaciones absurdas como lo del Brexit británico, que a pesar de haber triunfado no convence a casi nadie, o ese empantanamiento gubernamental en el que los españoles estamos sumidos y que, de tan tedioso, empieza a darnos igual.
No tiene buena prensa en España criticar la incultura política, parece que restamos libertad a los votantes. Pero el que vota en contra de sus propio intereses por pura vagancia mental es como el kamikaze de las carreteras: da igual que se acabe pegando la torta, lo malo es que pone en peligro a los demás automovilistas. Vivimos en sociedad. Ignoro si la mariposa de Nueva York provocará un huracán en Tokio, pero no me cabe duda de que, en asuntos electorales, cualquier gesto, movimiento, palabra, voto o ausencia de ellos produce un imparable efecto dominó. Y eso, por ahí fuera, lo entienden perfectamente.
“Sin embargo, hasta los que toleran la duda tienen su límite. La opinión pública podría haberse mostrado dividida con George Bush y John Kerry en 2004 y con John McCain y Barack Obama en 2008, pero en una cuestión al menos hubo casi completa unanimidad: todos despreciamos al votante indeciso. Incluso el tratamiento que la extrema izquierda y la extrema derecha dispensaron a sus respectivas némesis pareció positivamente respetuoso en comparación con el odio, desdén y mofa dirigidos contra los indecisos. Dos ejemplos, seleccionados ambos de las elecciones de 2008, bastarán para ilustrar este aspecto. En el Daily Show, Jon Stewart presentó un gráfico que dividía a los votantes indecisos en cuatro categorías igualmente poco halagadoras: “Los que tratan de llamar la atención, los demócratas racistas, los inseguros crónicos y los estúpidos”. Unas semanas después, el humorista David Sedaris escribió un artículo en el New Yorker que se hizo famoso de inmediato; en él imaginaba que se producía en un avión la siguiente situación: “La azafata se acerca por el pasillo con el carrito de la comida y al final se detiene junto a mi asiento. “¿Puedo sugerirle el pollo?”, me pregunta, ¿o prefiere el surtido de mierda con cristales rotos?” Ser indeciso en esta elección”, escribía Sedaris, “es detenerse un instante y luego preguntar cómo está guisado el pollo”.

En defensa del error. Un ensayo sobre el arte de equivocarse, Kathryn Schulz,            
Siruela 2015 (pag. 169)

jueves, 30 de junio de 2016

Cuando crees que el mundo necesita una obra tuya (instrucciones para autores novatos)

PRIMERO (y fundamental):
Asegúrate de que la obra (u obras) que guardas en tu archivo secreto aportará algo valioso al panorama literario mundial.
Advertencia: No podrás estar seguro si antes no has leído a los grandes maestros. Hasta entonces no sabrás que todo está más visto que el tebeo y pensarás que has puesto una pica en Flandes. Por tanto, debes:
Pasar unos cuantos años disfrutando de lo mejor que la literatura puede ofrecerte.
Buscar tu camino como escritor.
Acabar una obra, revisarla y darla a leer a quienes disfruten de tu confianza lectora.
Releer este texto desde la primera línea.

SEGUNDO:
Imprime tu obra y llévala al Registro de la Propiedad Intelectual de tu provincia. Supone un pequeño desembolso pero merece la pena.
Dentro de unos meses, cuando recibas la confirmación del registro, guárdala como oro en paño. Si detectas que alguien te ha plagiado, te será más fácil reclamar.

TERCERO:
Selecciona la editorial más adecuada o, si lo prefieres, el agente literario que te convenga.
Advertencia: El camino es largo y complicado, cuenta con ello y, pase lo que pase, no te desanimes. Piensa que:
El editor que no arriesga su dinero, por mucho que te prometa, tiene su ganancia asegurada sin apenas esfuerzo y, como le importan un bledo tus ventas, no va a distribuir ni promocionar ni nada. Tendrás que hacerlo todo tú para que al final te la compren cuatro amigos y, por supuesto, tu familia.
Tu obra tiene que coincidir con su línea editorial. En el género, en la política de publicación (preferencia por superventas o productos para minorías), en asuntos y destinatarios favoritos, nacionalidad de los autores, aceptación o no de autores noveles etc. Recuerda que las grandes suelen rechazar las firmas de desconocidos sin molestarse en leer el texto. Para orientarte, consulta atentamente sus catálogos.

CUARTO:
Una vez seleccionada una o varias empresas, envía carta de presentación en la que incluirás tus datos, forma de contacto, personalidad literaria, argumento o asunto de la obra y propuesta editorial adjunta.
Advertencias:
Reserva tu manuscrito para más adelante.
En el apartado Asunto pondrás “propuesta editorial”.
Envía un solo correo por empresa. Personaliza, pues, la dirección y, a ser posible, el destinatario; si conoces nombre y apellido del editor jefe tendrás un punto a tu favor.
Cuida redacción, puntuación y tono (que ha de ser sobrio y correcto).
En ningún caso, debe rebasar la página.

QUINTO:
Esmérate en la propuesta editorial, que constará de los apartados siguientes:
Título y nombre del autor.
Sinopsis de una o dos páginas e índice.
Breve extracto de la obra (alrededor de dos capítulos o una decena de páginas)
Currículum literario que incluya publicaciones previas, contactos relevantes, actividad exitosa en redes y todo lo que contribuya a incrementar tu prestigio.

SEXTO:
Si solicitasen el original, acuérdate de revisarlo.
Advertencia: No te hagas ilusiones, todavía no te han dicho que lo van a publicar.

SÉPTIMO:
En caso de respuesta afirmativa, aún tienes que negociar las condiciones.
Advertencias:
Lo mejor es que te procures asistencia legal.
Recuerda que los derechos para una primera obra oscilan en torno al diez por ciento.