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viernes, 25 de noviembre de 2016

¡NI UNA MENOS! (Día Mundial contra la Violencia de Género)



Pregunta: ¿De dónde viene tanta violencia?
Respuesta: De la prepotencia machista, de la costumbre ancestral de tratar a las mujeres como objetos. Y a los objetos se les usa: para asegurar la comodidad del déspota, como recipiente de sus deseos sexuales, para dar rienda suelta a su ira, para satisfacer su afán de dominio… (PUNTOS SUSPENSIVOS QUE ADMITEN MÚLTIPLES OPCIONES)
 P: ¿Hasta tal punto llega ese afán de dominar que llega a aniquilar la vida?
R: La vida, la autoestima, la salud, la tranquilidad, y todo lo que se ponga por delante. Es como una borrachera de poder, no conoce límites, derriba lo que tiene delante (es decir, a la mujer que ha caído en sus redes) para convencerse a sí mismo de su propia valía.
P: En el fondo no son más que pobres cobardes, alfeñiques sin más valor que unos puños o un arma y mucha, mucha furia. ¿No te parece?
R: Por supuesto. Pero no te confundas. Estos vándalos, que empiezan por erosionar las defensas psíquicas de su pareja, apartándola de su entorno, moldeándola a su antojo y convirtiéndola en insegura y frágil, pertenecen a todas las clases sociales y culturales. Son unos pobres de espíritu, cierto, pero, la mayor parte de las veces, cuentan con el respeto de su círculo social, que no llega a sospechar lo que ocurre hasta que es demasiado tarde.
P: ¿No lo sospecha o lo justifica cuando alcanza a verlo?
R: Cuando creen que van a ser censurados lo ocultan, solo lo dejan entrever si tienen la certeza de que van a ser aplaudidos.
P: ¡Cómo puede ser que alguien justifique tanta ruindad, tanta cobardía, como pueden contemplar las agresiones físicas y psíquicas a las que algunos someten a sus parejas llegando incluso a quitarles la vida y quedarse de brazos cruzados! ¿Por qué las agresiones de género no producen la misma indignación y repulsa que cualquier otra?
R: Precisamente, los agresores se aprovechan de esta atonía social. Existe cierta inercia en la opinión pública: como es algo que ha existido siempre parece que hay que seguir tolerándolo. Ahí va una muestra de cómo funcionaba el pensamiento hasta hace no mucho; parece que hemos recorrido un gran trecho pero insensateces parecidas siguen aún muy arraigadas, mucho más de lo que imaginamos.
“.... Continuando con el análisis del lenguaje llegamos a la expresión ESTADO HONESTO, verdadera perla de nuestra lengua sexista, que significa: “el de soltera”. Hay aquí dos fenómenos que resaltar. En primer lugar, la identificación de honestidad con soltería, lo cual insinúa por transparencia la idea de identificar deshonestidad con matrimonio. Una vez más, la ligadura obsesiva entre pecado y relación sexual. En segundo lugar, obsérvese que el estado honesto no se define como “el de soltería”, como parecería lógico, sino como “el de soltera”. La cosa es clara: en las mujeres, la honestidad y la soltería se identifican, es decir, se establece (o al menos, se insinúa) que la no soltería es deshonesta. A los varones, en cambio, este razonamiento no se aplica. Una huella más en nuestro lenguaje de la asociación mental mujer-sexo-pecado tan común en nuestros antecesores.”
Álvaro García Meseguer – Lenguaje y discriminación sexual – Ed. Montesinos – 3º edición, 1984
(Pg, 103)
P: ¡Lamentable! Pero esta manera de pensar, ¿no revela una gran miseria de espíritu?
R: Naturalmente. Que cierta forma de ver las cosas se encuentre arraigada en un amplio sector de la población no la hace menos despreciable.
P: ¿Queda alguna esperanza?
R: Hay que modificar mentalidades y eso lleva tiempo.
P: Pero no lo tenemos. ¡Las mujeres se están muriendo a chorros!
R: Por eso hay que ponerse a divulgar con todos los recursos a nuestro alcance tratando de llegar al mayor número de gente posible.
P: ¿Brindamos para que se resuelva rápidamente?
R: Con champagne francés, a ser posible.
P: ¡Chin chin!
R: ¡Chin chin!

martes, 15 de noviembre de 2016

Escritor, ¿quién quieres que cuente tu historia?

El narrador
Los elementos que intervienen en cualquier relato o novela se corresponden con los de la lengua oral: emisor/autor, destinatario/lector, mensaje/narración. Pero el concepto de autor es ambiguo, con él podemos referirnos a la persona, con nombre y apellidos, que en un punto concreto de su vida escribió algo, pero, habitualmente, el que nos habla en el texto es un individuo diferente a aquel que firmaba en la portada, alguien que no tiene más biografía que la establecida en el relato que estamos leyendo, y es en ese contexto y solo en él donde podemos situarlo.
Distinguimos, pues, al autor real de la historia del autor ficcionalizado, a quien conocemos exclusivamente a través de la lectura. Cada autor se desdobla en tantos ficticios como obras escribe, el autor de ficción resultante tendrá los rasgos que precise la historia que se cuenta. El ficticio es el vehículo para que el real se exprese. La distancia que les separa varía dependiendo de la naturaleza del texto. Cuando el texto está escrito en tercera persona, salvo por rasgos psicológicos, estilísticos y estructurales, resulta difícil distinguirlos.
El punto de vista
Desde la primera vez que alguien decidió escribir una historia esta cuestión se tuvo que poner sobre el tablero y continúa vigente hasta hoy. El escritor necesita hacerse unas cuantas preguntas básicas:
 ¿Quién es la persona que le habla al lector?
¿Qué posición ocupa en la historia que cuenta?
 ¿A quién se la cuenta?
 ¿Qué tipo de personalidad se refleja en lo que está narrando?
¿A qué distancia se coloca del lector?
Y otras por el estilo.
El narrador es, fundamentalmente, un punto de vista, una perspectiva concreta en cuanto a ideología, tiempo, espacio etc. acerca de lo que está contando. Desde principios del siglo XX hasta ahora mismo, esta perspectiva es mucho más importante que en las obras de ficción anteriores pues consideramos que la realidad mostrada es aceptable siempre que el enfoque adoptado por el narrador resulte convincente a los lectores.
Una vez diseñado ese narrador concreto y creíble, el autor tiene que procurar no dejarse ver, esconderse tras él por completo, de lo contrario destruiría la coherencia y verosimilitud del relato. Desde ese momento, estructura, ideas, escenario, hechos que se conocen o ignoran, todo debe girar en torno al punto de vista.
Los hechos pueden relatarse en cualquiera de las tres personas verbales. La primera –utilizada en el flujo de conciencia y el monólogo interior– tiene la ventaja de la familiaridad que se establece con el lector, la facilidad con que será comprendido y la confianza con que este dará por verdaderas sus afirmaciones. Pero si los sentimientos propios resultan más verosímiles, la subjetividad de los demás personajes estará fuera de su alcance en principio. Eso significa que el escritor deberá utilizar todo su ingenio para que las afirmaciones del narrador parezcan verdaderas. La segunda sugiere la dualidad del ser humano, su desdoblamiento en varios “yos” que entran a menudo en conflicto. Puede ser que el narrador establezca lo que Unamuno denominó monodiálogo, es decir, el debate interior del que narra. Cualquier obra que adopte esta perspectiva es necesariamente intimista. La tercera es el enfoque de la omnisciencia, pero también de otras técnicas más modernas. Con cualquiera de ellas da la impresión de que la novela se cuenta sola.
Unas veces el narrador estará dentro, es decir, formará parte de la trama; otras estará fuera. También puede emplearse una técnica mixta. A veces es un semidiós que lo ve todo, en cambio otras confesará sus limitaciones y no tiene más remedio que callarse todo lo que debe ignorar. También el tono de la historia (dramático, irónico, sentimental etc.) dependerá directamente de quien la esté relatando.
Este personaje podrá presentarse bruscamente, haciendo declaración de principios, permitiendo, y hasta exigiendo, que se conozca su personalidad enseguida. O al contrario, puede dosificar las pistas para que se le conozca de forma paulatina. Incluso puede ocultar su identidad durante muchas páginas o, como ocurre en algunos relatos cortos, no desvelarla hasta la última frase. Por otra parte, puede estar perfectamente diseñado o desdibujado de principio a fin.
Lo habitual es que lo que cuenta, cómo lo cuenta, lo que calla, la lentitud o rapidez con que aborda determinados pasajes, revele gran parte de su forma de ser por mucho que se esfuerce en ocultarla. Por su actitud respecto a lo narrado, podríamos convertirlo en: observador (impasible, interesado o apasionado), imaginativo, mitómano, didáctico, moralizante o cualquier otro que se nos ocurra.
Los puntos de vista que podemos utilizar van del narrador omnisciente –cuya perspicacia no tiene límites: puede adivinar pensamientos, intenciones, el pasado, el presente y el futuro: suele introducirse en el hilo narrativo para anticipar, matizar o expresar su opinión, incluso en la mente de los personajes mediante el estilo indirecto libre y que tiene ventajas evidentes, como dinamismo, economía narrativa, y el inconveniente de resultar escasamente verosímil–, al yo-testigo, un personaje de la acción que desvela, en primera persona, sucesos en los que juega un rol secundario o al yo-protagonista, que es como el anterior pero representando el papel estelar en la historia. Existe una omnisciencia neutral, cuando el personaje, en tercera persona, conoce todos los detalles pero no se dirige directamente al lector; una omnisciencia selectiva, cuando uno solo de los personajes controla toda la situación, y una omnisciencia multiselectiva si se cuenta lo vivido por los personajes según el criterio de cada cual y a medida que va sucediendo.
Hay dos técnicas en las que el narrador está ausente. La cámara, que proyecta la historia como si se viera reflejada en una pantalla y es tan objetiva como poco selectiva y organizada; y el modo dramático, donde el autor se esconde detrás de los personajes cuyo diálogo se presenta directamente y es lo que hace avanzar la trama. Según el tipo de historia y el objetivo que persigamos elegiremos una técnica u otra.
En cuanto a la relación con el lector, unas obras están dirigidas a un público concreto y otras no. En las novelas del siglo XX, el burgués era su único destinatario; a partir de entonces lo habitual es que no estén pensadas para nadie en particular, los autores solo pretenden expresarse y son los lectores quienes toman la decisión.
Antes de empezar un relato o novela, tienes que elegir el punto de vista y determinar las características que tendrá tu narrador. No olvides que será la voz que hable por ti y que ha de resultar creíble, parecer alguien de carne y hueso y no una marioneta que manejas a tu antojo.
¡Suerte!

jueves, 10 de noviembre de 2016

La Baronesa (IX)

Entre Catalina y yo se estableció una asimetría involuntaria. La llevé pegada a mis talones cuando nos acercábamos al taller de costura, un sótano que limitaba con el aparcamiento de la plaza. La prueba consistió en tomar medidas a la figurante que hacía las veces de clienta, inquieta ya antes de pasar al probador, manifiestamente alterada cuando la tuvo a menos de dos pasos y quejándose repetidamente de sentir el frío de sus palmas desde que aproximó a su piel la cinta métrica. No me tragué el cuento del manoseo y me presté a hacerlo en su lugar. Me ofrecieron el puesto, como no podía ser de otro modo, pero mi iniciativa solo había sido una pose. Estábamos seguras de que Henriette se negaría firmemente a que ella se ocupase de los niños.
Convertirme en la criada de la criada (nuestra patrona trabajaba de pinche en una de las desvencijadas taberna del barrio) con Catalina a mi cargo ante la imposibilidad de encontrar un trabajo para ella, no fue sencillo pero me ayudó a madurar rápidamente.
Cuando el quinto embarazo empezó a hacerse evidente conocimos a una Henriette nueva. Se sobresaltaba al menor ruido, nos despertaba ululando como una sirena y una tarde, mientras los chavales merendaban en el descampado dando patadas a un viejo neumático, descubrí que era epiléptica. Su compañero de entonces no solía servir de mucha ayuda, al contrario, disfrutaba avivando el fuego con sus berridos de borracho, pero aquel día me ayudó a estabilizarla aconsejando pacientemente sobre cada uno de los pasos a seguir. En cuanto conseguimos calmarla y acostarla, bajó a la calle y la emprendió a pedradas con los cristales de las farolas. Los vecinos se arremolinaron en los alfeizares. Antes de que se plantase allí la policía, había que salir por pies.
Joaquín Sorolla - La otra Margarita (1892)
Me di de bruces con Catalina que volvía cabizbaja de llevar el pan a los niños. En lugar de explicarle nada, le arrojé uno de los hatos de ropa y tiré de ella con todas mis fuerzas hasta que se convenció de que tenía que seguirme.
El último tren acababa de salir. Si dormíamos bajo techo, no nos quedaría gran cosa para viajar al día siguiente. En el andén había un tipo que no nos quitaba ojo, Catalina se acercó a él. Vi como la apretujaba con sus manazas y me negué a seguir vigilando. Estaba harta de hacer de ángel de la guarda. Ella sabrá donde se mete, no es la primera vez que lo hace pensé, además, ya es mayorcita, cumplió los dieciseis hace mucho tiempo.
A lo largo de esos meses, me imaginaba sacudiéndome el polvo de los zapatos minutos antes de abandonar París, una ciudad, por lo demás, tan hostil como todas con aquellos que no tienen suerte. Pero ni siquiera pude darme un gusto tan sencillo. Cuando salí, aterida, de la cabina donde me había acurrucado para dormir un par de horas, la nieve mediría más de dos palmos. Me acerqué a la taquilla contando las monedas. Odiaba con todas mis fuerzas aquella imponente blancura, toda la belleza de aquel amanecer nevado me estaba marchitando por dentro, más llevadero hubiese sido arrastrar mi precariedad –física, mental, económica – por los aledaños de lo feo, rebozarme en detritus, barrizales, escombros, muros desconchados, basura.
A Catalina no volví a verla hasta muchos años después.

(PUEDES LEER EL RESTO DE LOS EPISODIOS DE LA BARONESA, AQUÍ)
(Continuará)

domingo, 30 de octubre de 2016

Cita a ciegas

PRIMER ACTO

“Los mayores progresos de la humanidad se han obtenido a golpe de talonario. Nada es ajeno a la economía, hasta la propagación de la especie se consigue dotando al sexo débil de regalías materiales para que se avenga a reproducirse.”

-Frase polémica donde las haya, y la firma un tal Bledo. ¿Qué significa “bledo”? Objeto insignificante, ¿no? Algo que no importa nada en absoluto, nunca lo he oído en otro contexto. Eso da a entender que solo quiere polemizar, que no nada es sincero y…
-O sincera.
-¿Cómo? ¿Supones que algo así se le puede haber pasado por la cabeza a alguien del sexo femenino?
-A estas alturas, Angélica, me puedo creer cualquier cosa.
-Ya salió el pedante. Que me lleves ocho años no significa que…
-Admito que es más que probable que lo haya escrito un hombre, lo que quiero decir es que no hay que descartar nada.
Era un buen arranque para lo que, según proyectaban, sería un magnífico trabajo de campo
-¿Le harías una entrevista?
-¿Y que conseguiría con eso? Creo que, en este caso, la más indicada eres tú.
-A ver… “Bledo”. Aquí está. ¡Anda! Si es una planta, mira.
-“De tallos rastreros”. Algo rastrero sí parece el tío.
-Dijiste que era una tía.
-Para nada. Lo que dije es...


SEGUNDO ACTO

Angélica y Julio, que además de ser pareja trabajaban en el mismo periódico, habían pasado semanas buscando un tesoro oculto para utilizarlo en una investigación sociológica. Convencidos de que derribarían tópicos con su genial idea, habían llegado a planear, solo en el caso de que el reportaje llegase a tener éxito, publicarlo por extenso en forma de libro. Pero ninguno de los foros consultados (sociológicos, políticos, de género, BDSM, LGTB etc.), había producido una perla lo suficientemente polémica. Por eso ahora, tras dejarse las pestañas delante de la pantalla durante horas, echaban espuma por la boca de puro deleite. Él exhibía su trofeo, encontrado en un oscuro rincón dedicado a movimientos artísticos recientes, con el mismo orgullo que si hubiese ganado un óscar.
Ella consiguió, por fin, arrastrar al susodicho a un privado donde habían podido hablar a solas de asuntos más o menos personales. Naturalmente, le había dado un nombre supuesto, ocultaba profesión y estado civil y se había visto obligada a iniciar un discreto coqueteo. Por su parte, el tal Bledo seguía en sus trece, aferrándose a aquel absurdo apelativo y no facilitando ninguna pista sobre su verdadera identidad. Pero intercambiaron teléfonos y llegaron a hablar cinco minutos. Definitivamente, era varón.
Lo reconoció entre montones de viandantes porque, entre todos ellos, parecía el único digno de lástima: a unos diez metros del célebre Monumento a las Musas, se había encasquillado en la aglomeración de una parada de taxis sufriendo estoicamente los empujones de unos y otros sin lograr avanzar un solo paso.
Le llamó.
-Te estoy viendo. Te espero delante de la estatua. Esa acera está imposible, no pretenderás que me acerque.
-No sé qué estatua dices.
¿El monumento más aclamado de la localidad y no era capaz de dar con él? ¿De verdad era un experto en arte aquel hombre? Recordó las palabras de Julio: “No te fíes un pelo de él, hazme caso, que tú eres muy confiada.”
-La estatua a las Musas, Bledo. Conocidísima. Además, la tienes al lado, menos mal que no es un tigre.
-¿Ya me has reconocido? ¿Tan pronto? ¿Qué quieres decir con lo del tigre?


TERCER ACTO

Tras comprobar que todo un doctor en Historia del Arte era incapaz de reconocer los edificios más señeros del centro histórico, Angélica se había dejado conducir a las tascas más cochambrosas que haber puede. Había que reconocer que, de garitos, el fulano entendía, ¡vaya que sí!
Acabaron sentados en un mesón que preparaba unas raciones estupendas.
-Te recomiendo la de ensaladilla. Muy buena. Podemos compartir, si quieres.
Julio, ella, los compañeros, también eran asiduos de aquel sitio, el único recomendable de todos los que habían visitado
-No sé. A mí, lo que me gusta de aquí es la tosta de morcilla con manzana.
A Bledo le quedaban solo unas greñas que se había teñido de rubio, tenía ojos saltones y muchas venitas coloradas transparentándose en sus mejillas. Se preguntó cuántos  chatos de vino habrían caído ese día aparte de los que habían tomado juntos.
Modigliani - Jacques and Berthe Lipchitz

CUARTO ACTO

Decidió pasar al ataque. Si no preguntaba cuanto antes por el significado de la frase de marras, corría el riesgo de resbalar entre una voz cada vez más estropajosa y un estado mental mucho menos claro de lo que el otro intentaba aparentar. O lo que es lo mismo, como no espabilase no iba a sacar nada en limpio de aquello.
Su teléfono vibró, Julio le mandaba un mensaje preguntando si todo iba bien.
-Ok, ok.
Un momento poco oportuno para interrupciones. No había tiempo que perder, se daba cuenta.
-Sobre lo que comentabas en aquel foro…
-¿En el foro dices?
-Sí. Escribiste que absolutamente todos nuestros actos tienen un fundamento económico y que nosotras…
-Para, chica. ¿Te vas a poner filosófica ahora? ¡Venga ya! ¿No ves que no es el momento?
-Ya. ¿Y quién decide cuándo es el momento para algo? ¿Tú, yo, el camarero, los clientes, el limpiabotas, la mujer de los servicios?
Él masticaba ávidamente. Cuando acabó con la ensaladilla, la emprendió con la tosta, no paró hasta dejar el plato reluciente. Angélica casi se había resignado, si buscaba teorías demenciales iba a tener que inventárselas. Empezaba a plantearse si no sería buena idea acordar una retribución, aunque fuese simbólica. ¿Cuánto podría cobrar un individuo como ese por manifestar sus pensamientos más peregrinos? Sería cuestión de planteárselo, por lo que llevaba visto no le parecía que fuese a pedir un dineral.
-Ahora vengo– dijo.
Y se encaminó hacia la puerta.
Angélica creía no haber visto nunca un WC en aquella dirección. Habría jurado que en todo el local solo tenían dos, uno en el lado opuesto y otro en la planta de arriba.

QUINTO ACTO

A los tres minutos, cuando la sospecha de que el fulano la había dejado plantada comenzaba a convertirse en certeza, sonó el teléfono.
-Hola. Soy yo. Bledo.
-Lo sé. Dime.
-Mira... Es que he visto a mi ex, ¿sabes? Y me resulta muy violento volver a la mesa, no me gustaría tropezármela. En la puerta te espero. Haz el favor de pagar lo que hemos tomado y ahora mismo te lo doy ¿De acuerdo? Oye… y recoge el chubasquero que he dejado en la percha.
¿Todo tiene un fundamento económico? ¿Quedas con una contertulia de la red solo para que te invite a cenar? Bah! Angélica, aparta telarañas mentales, seguro que el pobre hombre te espera como un clavo a la salida.
Pero no estaba allí, ni en ningún otro lugar de la terraza, ni fuera, en la calle, ni en los alrededores del bar.
Se había hecho de noche. Ahora sí que tenía mala pinta aquello. Comenzó a alejarse rápidamente, casi corriendo entró en una calle lateral sin dejar de mirar a su espalda. De repente se fijó en que llevaba una parka en la mano, la más barata del mercado pero completamente nueva, y casi le da un patatús. Mientras buscaba una papelera, palpó a conciencia por todos los lados. Solo un paraguas, también recién comprado por cuatro perras, en el bolsillo derecho. Ninguna cartera, afortunadamente. Nada personal.
El teléfono vibraba en su bolsillo. Ojalá fuese Julio, se dijo, pero no iba a tener esa suerte. El tal Bledo dejó sonar el timbre hasta que se cortó solo, envió un mensaje: “Palmira, ¿por qué no sales? te estoy esperando”, luego volvió a telefonear.
Pero ella ya no era Palmira, había recuperado su personalidad y, sintiéndolo mucho, aquel era un hecho irreversible. Nunca debía haber venido, Julio lo hubiese hecho mucho mejor, al menos no tenía motivos para temer nada. ¿A cuál de los dos se le había ocurrido semejante estupidez?
Cuando se disponía a atravesar el puente atisbó, a la luz de las farolas, una figura muy parecida a Bledo. Creyó ver que trastabillaba, al borde de la barandilla, con una botella en la mano. ¿Es que a partir de ahora cualquier sombra que se me cruce me va a recordar a ese infeliz? Dio la vuelta y, sin pensarlo dos veces, se escabulló por un callejón contiguo. Le picaba la curiosidad, ¡cómo no! pero la tentación está para hacerle frente. Hay muchos motivos para hacer lo que hacemos –pensó mientras se subía las solapas–uno es el dinero, sí, otro el miedo, y por supuesto, la ambición profesional que es lo que me ha traído hasta aquí. Seguro que se me ocurren muchos otros, pero mejor seguir cavilando más tarde, cuando haya llegado a la avenida.

jueves, 20 de octubre de 2016

Arriesgarse o morir

7 : AM

Aquí sigo. Tumbada donde Gonzalo me dejó anoche después de manosearme a conciencia, con el espíritu alborotado y los nervios a flor de piel provocados por la ansiedad de estar a punto de embarcarse en la aventura de su vida, por decirlo como yo lo veo, o de abandonarse en manos de un destino incierto y traidor según sus propias palabras. No sentir la necesidad de dormir es una ventaja, no cabe duda, las ideas surgen, se complican y adensan, mi capacidad de observación carece por completo de límites, no hay periodos de modorra ni descensos de atención, puedo estar siempre alerta y no perderme ni un detalle de lo que me sea dado presenciar.
Los humanos duermen. No sé si por costumbre, afición o necesidad. Horas y horas, que paso reflexionando en la oscuridad, algo aburrida, hasta que él, Gonzalo, enciende la luz del cuarto de baño y se arrastra como un sonámbulo en dirección a la ducha mientras yo me recreo contemplando en el espejo mi imagen pizpireta. Soy verde, contundente, suave, resbaladiza y espumosa. Huelo de maravilla, además. El mayor de mis placeres consiste en deshacerme en manos de ese gigante que duda entre abandonarme para siempre o dejarme atravesar con él un océano que, por desgracia, ha perdido su carácter misterioso.
La culpa, naturalmente, es de la ciencia. No niego que sea útil pero, de una forma u otra, termina aniquilando la magia.
Saldré de dudas muy pronto, la decisión está al caer. En Méjico le espera el amor y la posibilidad de rodar su primera película. Un panorama demasiado tentador para escabullirse como es su costumbre. Nadie se lo pensaría dos veces, pero este hombre es tan pusilánime. No sé qué más tiene que ocurrir para que se convenza. El mundo es tuyo, le susurro cada vez que rozo sus orejas, pero le conozco bien, sé que el miedo a lo desconocido le atenaza, que a veces queda paralizado por el pánico, las piernas agarrotadas y las pupilas fijas en la lamparita que ilumina el espejo. Esta batalla se libra entre el miedo y él, nadie más puede intervenir. Veremos quién vence. Hace tiempo que hice mi apuesta.
Ella, Guadalupe, al contrario que su amado, es menuda, temeraria y morena. Con su metro y medio escaso y la melena al viento ha conquistado Centroamérica, Europa y un pedazo de Estados Unidos. Su productora comienza a estar en boca de los directores de peso, su chequera se abulta cada día que pasa, los contratos millonarios y las grandes figuras dan paso a más personalidades, nuevos proyectos, cada vez de mayor envergadura, a contratos con cifras aún más vertiginosas. Un círculo virtuoso que amenaza con engullir el mundo del celuloide. Y Gonzalo puede situarse en su centro, convertirse en su eje, amar y ser amado. Un caramelo al que solo haría ascos alguien que hubiese perdido el juicio.
Ya estoy viendo los titulares: “El gran actor, Gonzalo Burgos, ha obtenido un enorme éxito en el estreno de…” Reconozco que soy algo fantasiosa, que me falta experiencia de la vida. Mi mundo se reduce a estas cuatro paredes, mi horizonte es Gonzalo, mi futuro consiste en esperar.
Pero ¡calla! Ahí viene. Más pálido y taciturno que nunca. Sueña bajo el chorro con los ojos cerrados, me aprieta contra su pecho como si yo, pobre de mí, fuese esa tabla de salvación a la que necesita agarrarse con urgencia.

10 : PM

No me ha permitido acompañarle. He visto cómo atravesaba el pasillo arrastrando la maleta sin ni siquiera acordarse de mí.
Me iré consumiendo poco a poco, de pena, aburrimiento, soledad.
¡Qué no daría por presenciar sus éxitos, contemplar aquellos parajes, ser testigo de su historia de amor!
¿Quién será el intruso que viene a molestar a estas horas? Una llave que araña la cerradura, pasos…
Es él. Sin equipaje, con la mirada vidriosa y apestando a ginebra de garrafa.
Moriría por consolarle pero me es imposible: no soy más que una humilde pastilla de jabón.

sábado, 15 de octubre de 2016

Sed (Relato introspectivo)


La tengo ante mí, tan esbelta y transparente. Con ese cuello airoso, ese garbo. Desde donde estoy no alcanzo a tocarla, me siento incapaz de explicar el ansia que despierta en mí. 
Intuyo su frialdad a esta distancia, su hermetismo, esa fragilidad rígida que la vuelve tan elegante. 
Soy el náufrago sediento que se arrastra por la arena abrasadora de un desierto interminable para saciar su sed en ella, para beber gota a gota el líquido que atesora y que presiente refrescante y delicioso, para convertirse en el recipiente donde se vuelca, para dejarse inundar por el río que se deslizará a partir de la garganta y saborearlo, sentir cómo se derrama sobre el pelo, cómo su chorro le empapa la barba y el mentón, cómo el cuerpo entero se emborracha con su espuma dorada, embriagadora, juguetona, zalamera, cosquilleante.
Ella es la bailarina que destruye cualquier amago de arrogancia. Postrado ante tu cuerpo me rindo, depongo fuerzas, soy tu esclavo.
Ante ti, he perdido la voz y el movimiento, espléndida botella de champagne.

lunes, 10 de octubre de 2016

El arte de narrar 2: Imagina



Lo primero que hay que saber es que imaginación tenemos todos. Unos más y otros menos, pero se trata de una facultad humana que, como todas, puede desarrollarse practicando. Consiste en inventar contenidos nuevos a partir de esos materiales conocidos que nos suministra la experiencia directa, la formación académica, los productos culturales y artísticos que consumimos o los medios de comunicación. Ningún producto artístico o literario procede de la nada, hasta lo que nos parece más irreal y fabuloso está tomado, conscientemente o no, de algún sitio. Incluso si partimos de lo que hemos soñado, porque los sueños ya son, en sí mismos, la reelaboración previa de nuestra experiencia diurna. Eso significa que todo lo que nos rodea es susceptible de reciclarse transformándose en otra cosa, completamente distinta y por tanto irreconocible. El proceso puede ser inmediato o más o menos lento, sencillo o laborioso, pero ¿por qué escatimar esfuerzos cuando el resultado merece la pena?
¿Cómo ocurre esto? Pues, aunque unas veces se produzca de forma consciente, incluso voluntaria, y otras más misteriosamente, el mecanismo es siempre el mismo. Una realidad visible hace surgir una imagen, invisible claro, en nuestro cerebro mediante una elaboración personal, y el nexo que establecemos entre ambas da lugar a un nuevo significado. Que este sea más o menos parecido al modelo dependerá de lo que quiera conseguir cadaartista, pero también de su talento, de lo inspirado que se encuentre y del esfuerzo que ponga. Entendiendo que un mayor grado de fantasía no es sinónimo de calidad: unas veces pretenderemos que nuestro texto se ajuste fielmente a las circunstancias de la vida, otras, nos interesará crear un mundo de fábula. Dependerá de factores como nuestra propia motivación y objetivos, de quienes sean los destinatarios, de la oportunidad de nuestro producto etc.
Como digo, la imaginación nos llega de fábrica, eso significa que no podemos utilizar su carencia como excusa. Pero, y esto es lo malo, en estado puro es involuntaria, caprichosa y un tanto ingobernable. Al malinterpretar, idealizar, presuponer etc. también la ponemos en juego, pero son actos que de creativos tienen muy poco. La naturaleza nos ha otorgado un gran tesoro, una herramienta valiosísima, es verdad, pero antes de ponernos manos a la obra hemos de aprender a encauzarla. ¿Y esto cómo se hace? Usando la razón, otro recurso cognitivo innato que no puede faltar ni en el proyecto aparentemente más disparatado y delirante que se nos pueda pasar por la cabeza.   
Ante todo, hay que pulirla, afianzando nuestros puntos fuertes y fortaleciendo los débiles de nuestro imaginario particular. A partir de ahí, reelaboraremos nuestra experiencia convirtiendo los conceptos en imágenes artísticas concretas y sensoriales (visibles, auditivas, táctiles…). Es decir, no explicar sino mostrar, no contar lo que pasó sino hacer que pase ante los ojos de nuestros lectores. El cine, la publicidad y demás medios audiovisuales nos impregnan de un sinfín de imágenes facilitándonos la tarea. Eso sí, hay que seleccionar, priorizar y dejar que sean ellas quienes hablen por sí mismas, individualizándolas y dotándolas de rasgos concretos. Lo que reflejamos tendrá poco valor si no logramos que el lector lo visualice. Y, recordemos, el lector actual no se parece al de hace unas décadas: está familiarizado con un bombardeo continuo a cual más impactante, a echar un vistazo a impulsos antes que a leer de forma continuada, es decir, su lectura será dispersa la mayor parte de las veces. Por eso, hoy más que nunca y por mucho que le atraiga la temática, no soportará ninguna clase de ladrillo. Huyamos, pues, de las imágenes vulgares y tópicas, de lo que es redundante, de las trivialidades y las frases hechas. La realidad que presentemos al lector ha de tener garra, ser original y, sobre todo, estar viva. Contamos para ello con recursos como la visualización, la comparación y la metáfora. Ahí va un ejemplo:

"La librería de viejo de Aurelio Roncali se llamaba Books Kingdom, o sea El Reino de los Libros, y la marca, estampada sobre la primera hoja de cada uno, representaba una corona de rey encima de un libro abierto. Sara tenía muchas ganas de ir a aquella tienda, pero nunca la llevaban porque decían que estaba muy lejos. Se la imaginaba como un país chiquito, lleno de escaleras, de  recodos y de casas enanas, escondidas entre estantes de colores, y habitadas por unos seres minúsculos y alados con gorro en punta. El señor Aurelio sabía que vivían allí, aunque sabía también que sólo salían de noche, cuando no él ya se había ido y apagado todas las luces. Pero a ellos no les importaba eso, porque eran fosforescentes en la oscuridad, como los gusanos de luz. Segregaban una especie de tela de araña, también luminosa, y se descolgaban por los hilos brillantes para trasladarse de un estante a otro, de un barrio del reino a otro. Se metían entre las páginas de los libros y contaban historias que se quedaban dibujadas y escritas allí. Su lenguaje era un zumbido como de música de jazz, pero en susurro. Para vivir en Books Kingdom la única condición era que había que saber contar historias."
 CARMEN MARTÍN GAITE. Caperucita en Manhattan
La clase de imágenes que plasmamos en un texto depende, como es lógico, de la cámara que enfoca, es decir, de nuestra propia mirada de escritores. Pueden ser más nítidas, más borrosas, verse desde un rincón o desde arriba. Por eso hemos de elegir el punto de vista que más nos convenga y presentar de forma clara, expresiva y precisa lo seleccionado previamente.
Y es que en la selección, como decía, reside gran parte del secreto. Un requisito imprescindible para encontrar un buen material es afinar nuestra sensibilidad, entendida esta como capacidad de enriquecer el mundo propio con otras posturas y experiencias, A una persona con verdadera sensibilidad creadora ninguna realidad le es ajena pues esta le hace tan flexible que puede ponerse en el lugar de cualquiera y consigue que nada le sea indiferente. Debemos estar convencidos de que todo lo humano, por banal que nos parezca, puede convertirse en asunto de interés si atinamos a reflejarlo convenientemente. Así conseguiremos llamar la atención del lector sobre hechos, detalles y objetos que, por considerarse insignificantes, suelen pasarse por alto. La sensibilidad captará fácilmente el matiz, la sutileza; nos enseñará a sugerir más que a decir, a transmitir la complejidad contenida en sujetos y situaciones, a empujar al lector a que piense por sí mismo, a que complete eso que nosotros solo dejamos entrever. Incluso a captar las emociones más profundas que sólo los verdaderos maestros han logrado describir. Movidos por esa sensibilidad le conduciremos al desenlace de la historia.
Es obvio que hay tantos tipos de sensibilidad como personas, que, ante una realidad cualquiera, cada uno de nosotros resaltará un aspecto distinto, de forma diferente y con intensidad variable. Esto no es malo, al contrario, significa que el escritor ha encontrado su propia personalidad, irrepetible y única.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La transición española con cuarenta años de retraso

En 1978, Vizcaíno Casas, autor adepto al franquismo fallecido hace años, escribió una novela –convertida pronto en película– cuyo título, Y al tercer año resucitó, revela, tal como era de esperar, la nostalgia que impulsaba su argumento. No reparó en que la fábula se funda en una falacia, pues no es factible resucitar lo que no está muerto aún.
Franco ha continuado vivo todos estos años –de una forma más real que metafórica, pues todavía quedaban innumerables francos pululando por la política y continuando ladinamente la labor de la dictadura en la sombra, con todos sus vicios concomitantes–. Puede que empezase a agonizar en 2011, que se hallase a las puertas del cementerio cada vez que el rosario de casos de corrupción se alargaba con una cuenta más, pero morir-morir, posiblemente lo haya hecho tras las penúltimas elecciones, las de diciembre de 2015. Y, ahora sí, nos hallamos en plena transición, sufriendo los mil y un traumas que quisimos evitarnos entonces y que, ilusos de nosotros, pensamos haber logrado en un santiamén.
Lo de ahora (y no lo otro) merece el nombre de transición porque, al fin, al ciudadano de a pie –ojo, solo a unos cuantos, tampoco pequemos de optimistas que todavía queda mucho por hacer– se le empieza a caer la venda de los ojos. Lo que urge es desactivar las secuelas que perduran, pero no será fácil, los herederos se resisten a abandonar sus vicios aferrándose al poder y sus prebendas como garrapatas pegajosas. Aún quedan corruptos por retratar, privilegios que abolir y mucho castigo que aplicar sin contemplaciones, con toda la contundencia que exige cada caso.
Los españoles deberíamos reconocer que desde 1975 hasta ayer mismo hemos vivido como alicias-en-el-país-de-las-maravillas, y hay que hacerlo, echar un vistazo a lo que queda al otro lado del espejo, porque sin asumir los fallos pasados no es posible rectificar. Pero sin complacernos en el derrotismo, sobreponiéndonos y adoptando una actitud constructiva, lo que supone buscar soluciones carentes de los lastres del pasado, exigir a nuestros políticos mucho más que hasta ahora, adoptar en nuestra vida cotidiana la misma actitud ética que hace falta en la pública y –algo que quizá seamos incapaces de hacer porque, según parece, no está en nuestro ADN– permanecer alerta, informados y participativos en lugar de adormecernos con cantos de sirena como suele ser nuestra costumbre.
El PP está enfangado en la corrupción, el PSOE se descompone como partido, a la nueva izquierda se le ponen palos en las ruedas para desactivarla, arrancarla de cuajo –mediante el miedo y la calumnia– antes de que llegue a prosperar. Hay que salir de una vez del atolladero en que estamos metidos. Un atolladero que, repito, no es otra cosa que esa transición que teníamos pendiente desde hace una eternidad.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La última jugada de Darwin

Creí que lo había matado, pero en la madrugada de ayer le descubrí arrastrándose fuera de la bañera y, a partir de entonces, el pánico se ha adueñado de mis horas. No encontraba la forma de librarme de él. Hace una semana lo partí en dos con un cuchillo de cocina, pero la parte correspondiente a la cabeza no tardó mucho en reproducirse y la otra anduvo dando coletazos sonoros dentro del cubo de basura durante media hora o más. El viernes creí haberlo ahogado colándolo por el sumidero y dejando el chorro correr a toda velocidad, pero tenía que haber girado hasta el tope el grifo del agua caliente, así se hubiese quemado evitándome el desagradable espectáculo. Verle arrastrarse desmañadamente me produjo escalofríos. De ira, de temor, de asco, de rabia. Di media vuelta pensando qué tipo de arma podría usar contra él y me encontré ante la caja de herramientas con un martillo en la mano, sopesando las ventajas de lanzarme sobre aquella forma repugnante con todas las consecuencias. Al fin y al cabo, parecía inofensivo, no le creí capaz de atacar. A no ser que fuera venenoso. Por si acaso, mejor eludir todo contacto directo o indirecto. Guardé de nuevo la herramienta, por precaución, pero también porque me faltaba valor para hacerlo: solo imaginar espachurrada esa viscosidad infecta me producía incontrolables tiritonas ¿Un veneno? ¿Qué podría envenenar a un ser así? ¿Insecticida? ¿Amoníaco? ¿Aspirinas machacadas? Su resistencia era tan evidente que, me temía, cualquier sustancia potencialmente mortal podía convertirle en un bicho más grande, más fuerte, más beligerante. En definitiva, en un auténtico monstruo.
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Jacek Yerka - El placer del dragón (1995)
Pero me estaba comportando como un verdadero ratón, con la colcha levantada hasta la barbilla como si el pobre animal pudiese llegar hasta mi cuarto, subirse a la cama y devorarme. Si lo pensaba bien, no tenía nada que temer. Todavía no era más que una insignificante sabandija de extremos puntiagudos y unos cinco centímetros de largo, que reptaba convulsivamente en los aledaños del inodoro. Pero cuando lo conocí, semanas antes, no medía más que el filo de una uña. No solo había demostrado su capacidad de sobrevivir a cualquiera de mis estratagemas asesinas, además se había robustecido y demostrado una inteligencia fuera de lo común en alguien de sus características.
Sobreponiéndome al asco y los temblores, me levanté y, con los pies embutidos en confortables (y protectoras) zapatillas, entré en el cuarto de baño y encendí la luz. El gusarapo me esperaba frente a la puerta y, aún careciendo de órganos de visión apreciables, parecía mirarme fijamente. Su boca, o lo que fuese, se abría y cerraba espasmódicamente, como si se hubiese puesto a hablar sin voz o tratase de respirar con avidez.
-¿Te estás ahogando? –pregunté, y enseguida caí en la cuenta de que estaba ante una forma de vida tan primitiva que ni siquiera podía comprender sonidos elementales, como hacen, por ejemplo, los perros. Pero antes de abochornarme del todo, de preguntarme si estaría enloqueciendo, Isi se me vino a la cabeza. Era la solución. No tenía más que bajar al jardín.
Lo encontré durmiendo profundamente. ¿Esa es la forma de actuar que tiene un perro guardián en plena noche? Le propiné una patada cariñosa, entreabrió un ojo y lo volvió a cerrar. “Ya sé que eres tú, no tengo de qué preocuparme” parecía darme a entender.
El pez picudo ya no estaba. Lo busqué por todo el cuarto de baño, recorrí el pasillo, encendí la luz del salón, incluso rastreé por debajo de la cama con una linterna de monte. ¿Cómo defenderse de alguien que no da la cara? Ya no me atrevía a cerrar los ojos. Agarré la linterna y salí a dar una vuelta por las apacibles veredas de mi barrio.
Hoy todo está más claro. Mi visitante ha adquirido el tamaño de una anguila –invertebrada y de color acero– y sisea enroscado en el grifo del bidet. Sé que me observa, que intenta hacerse entender. Aún no habla mi idioma pero solo es cuestión de tiempo. Por ahora, he decidido indultarle y espero ansiosamente que vayan pasando los días. Sé que va a desarrollar su inteligencia. Aún no estoy seguro de cuáles son sus intenciones, puede que no tenga nada que temer pero, hasta que podamos comunicarnos, no pienso volver a dormirme.