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viernes, 24 de marzo de 2017

La Baronesa (XII)

Si te han arrebatado tres hijos sin darte tiempo a conocerlos, sin que sepas si están muertos o han desaparecido, sin que te den nunca ni una sola pista, por fuerza te tienes que sentir justificada para enredar un poco. Propagar bulos te proporciona un poder inimaginable y, casi mejor, te divierte tanto que llegas a olvidar tus tragedias. Solo hasta la noche, es verdad. En cuanto estás sola y a oscuras te agarran por el cuello y mientras la asfixia hace que se te salten las lágrimas, esperas que te lleven de una vez al otro barrio. Pero nunca acaban de matarte y, finalmente, tienes que hacerlo tú, aunque sea provisionalmente, cayendo en el sopor total de la forma más sencilla que sabes.
Veo frente a mí grúas, edificios amarillentos, nubes que los ocultan a medias y se propagan según avanza la tarde. O humareda o niebla o vapor que emborrona el aire o un velo que me tapa la visión y que, empiezo a sospechar, está en mis ojos. No soy yo quien lo ha puesto ahí, preferiría verlo todo tan claro como la aguamarina que me regaló Daniel en nuestro primer aniversario y que aún no me he quitado del cuello. Ni lo haré nunca: la exhibo, la toco, la paseo; es la pureza misma, oscura, transparente, dura y azul como mi propia alma. Tan frágil como ella.
La aguamarina. Un espíritu bueno que me acompaña y protege, no el único. Cuento también con mis talismanes secretos. Y con el tarot, los frascos, la botella, las milagrosas sustancias, un Basquiat del que no me desharé aunque me muera de hambre y, vibrando en el espacio, Warren Zevon que me susurra su maravillosa Turbulence. Son mis deidades protectoras y nunca podrán arrebatármelas.
También tú me protegiste, Rosario. Me salvaste de las garras de Alphonse ayudándome a querer huir de la banda en lugar de despreciarme por tratar de empujarte a las vías. En cambio yo te traicioné en cuanto pude, te sustituí por el primero que me miró fijamente. Lo mismo que hice con Daniel. Forma parte de mi trayectoria vital.
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 Rock Bottom Remainders
Bruno se acercó a mí en la estación, me acarició el pelo, me envolvió en su gabardina al ver que tiritaba de frío y yo le seguí sin rechistar. Era amable y distante. Vivimos juntos casi cinco años y, en aquella época, no creí que pudiese quejarme de nada. Tenía un hijo dos años más joven que yo, de cuya madre no se hablaba nunca, y desde el principio me permitió jugar con él. A veces, hasta me explicaba lo que aprendía en el colegio. Con el tiempo aprendí a cocinar, a dirigir a las cocineras y al resto de los empleados, a vestir como es debido, a comportarme en las fiestas, a disfrutar de los conciertos, a amar el teatro, a mantener conversaciones con gente instruida. Tenía a mi disposición una hermosa biblioteca donde documentarme sobre literatura, arte, historia y música. Aprendí mucho gracias a los consejos del padre, aunque el lenguaje del hijo empezó a parecerme más digerible.
El lenguaje, los besos, las caricias. Antes de darme cuenta estaba compartiendo cama con los dos. Tristan y yo nos veíamos a escondidas, pero estuvo a punto de descubrirlo todo por culpa de sus celos insensatos.
Me hubiese enamorado de no haber sido por ellos, pero eran incontrolables y estallaban a todas horas. Se volvió irascible y maleducado, insultaba a su padre, provocaba peleas con cualquier excusa, se levantaba de la mesa, daba portazos, rompía objetos. Tanta brutalidad me obligó a rechazar las exigencias de Bruno. Durante todo un verano impedí que se acercase a mi cama. Se lo dije a Tristan pero no me creyó.
Por eso, el dueño de la casa nunca dudó de que no tenía nada que ver con mi embarazo. Acababa de cumplir los veintiuno, la mayoría de edad de entonces. Me quiso echar de su casa hasta que le confesé quien era el padre. Entonces me obligó a casarme con él. 

(Continuará)

miércoles, 22 de marzo de 2017

La Baronesa (XI)

Me matarías, Rosario, si supieses que fui yo la que acompañó a John a Thailandia en calidad de consejera y cómplice. No sé si servirá de algo, has de saber que le siguen atrayendo las mujeres, pero no, nunca he sido su amante si es lo que estás pensando. No es que se privase de insinuarme que estaba dispuesto cada vez que se le presentaba la ocasión, pero me gustan más varoniles y, por encima de todo, está la lealtad. El hecho de que, cada cual por su lado, nos hayamos desconectado de ti, no es excusa para traicionarte.
Me chiflan los folletines, Rosario. El hombre que me embaucó el día que decidí abandonarte me surtía de fotonovelas y de novelitas románticas compradas en quioscos de prensa. Yo misma, en cuanto me veía sola en la casa, me atiborraba de seriales radiofónicos. Por eso nunca podría llevarme mal con la prensa. Les comprendo tan bien. Si la vida me hubiese permitido trabajar en le papier couché,  traería y llevaría toda clase de chismes, fisgaría en las mansiones y los antros, airearía los trapos sucios de todos, propagaría bulos por acá y por allá, sería la correveidile perfecta. Tiemblo de emoción cuando imagino la posibilidad de elevar y destruir solo con el poder de la palabra. Nunca he entendido a los que defienden la prudencia o la discreción, son tan aburridas como beber agua cuando se tiene vino a mano. Quizá ese sea el motivo de que, al poco de conocernos, Daniel me prohibiese conceder entrevistas.
Visitamos hoy el hogar de los Legard, Madame Legard, ataviada con traje estampado en tonos salmón y reineta…”
Nada. Ni siquiera después del divorcio. Tuve que firmar una cláusula renunciando a hablar de mi vida matrimonial para poder cobrar la pensión. Habría preferido seguir casada, tenía olfato para comprar arte y, cuando despedimos a los asesores tras haberme enseñado todo lo que sabían, hice ganar mucho dinero a Daniel. La verdad es que soy una yonqui de los lienzos –sí, ni siquiera ellos acaban de saciarme – compro, compro y, por mí, no vendería nada nunca. Puede que sea porque odio el dinero: en cuanto me acerco a una cuenta corriente saneada, me empeño en vaciarla lo antes posible.
Solo por el arte y la verdad merece la pena vivir: la verdad es un arte y la muerte una forma de resignarse a su pérdida. Pero decir la verdad puede ser, en ocasiones, una forma de suicidio.
Aquella aventura no la emprendimos John y yo solos, nos acompañó Serafín Vergara, tu primo venezolano tan adulador como atractivo, que tu ex nos presentó a Daniel y a mí al poco de iniciar nuestra amistad. Por entonces todavía vivíamos juntos, no me abandonó por mi drogadicción ni por mi obesidad mórbida, ni siquiera por mi alcoholismo. Lo que le impulsó a dar el portazo definitivo fue la aventura tailandesa que mantuvimos Serafín y yo con la complicidad de tu británico de apellido español, ese que, por motivos de fuerza mayor, estaba a punto de pedir el divorcio.
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Hilda Fearon - La fiesta del té (1916)
Acudimos a mister Carranza gracias a la recomendación de las Jennys, las Melissas y demás aspirantes a actrices que invadían nuestro despacho a diario. Por sus representantes, más que por ellas, supimos que era él quien sonaba en los círculos selectos como el mejor detective internacional, que muchos le hubiesen contratado de haber podido permitírselo, simplemente para fardar, aunque no tuviesen que buscar ni un alfiler, y menos aún a varios hijos desperdigados en algún rincón del mundo.
A la vuelta, los dos siguieron tratando a Daniel como si nada. Nadie habría podido sacarles ni una palabra. De haber sido preciso, se hubiesen dejado cortar la lengua. Fui yo, con mi reconocida incontinencia verbal, la que le confesó todo a los pocos días de regresar, solo porque seguía enfadado conmigo por culpa del viaje y me volvió la espalda la mañana de un 12 de enero. Una de las más depresivas y resacosas de mi vida, y juro que ha habido unas cuantas. Otros celebran los cumpleaños de sus hijos y yo me angustio cada día más. Mientras esos días continúen en el calendario, siento que me desuellan viva, me quedo mirando al ventanal –mi tentación constante y el mejor bálsamo para los nervios– y solo pienso en morirme.
Para ser un poco más feliz tendría que haber reunido la mitad de tu coraje y aún así me faltaría esa frialdad que tanto te reprochan. Suerte que tienes. Estoy segura que, de haber tenido ese carácter tuyo, aún seguiría entera, no me habría desintegrado como un balón que flota por el cosmos.

lunes, 20 de marzo de 2017

Comanchería [Hell or High Water] (2016)

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Adelanto que me gustó esta película pero, aparte de esto, ¿no les parece a ustedes que el cine de hoy anda algo perdido, que no arriesga y, por tanto, contenta a los espectadores, más o menos, sin llegar nunca a emocionarlos? ¿No les parece que el cine –denominado de autor para entendernos –se debate entre los esquemas de género (musical, western o el que sea) y los planteamientos éticos buscando un camino que no encuentra porque está demasiado ocupado en triunfar y no se pregunta a sí mismo qué es lo que le sale de las tripas?
Porque utilizar las tripas –es decir, la emoción del cineasta – es bastante más arriesgado que ir a lo fácil, pero también son las mejores consejeras, las únicas que conseguirán sacarnos del atolladero dando a luz productos novedosos, que nos sitúen en el aquí y ahora, que nos sorprendan y conmuevan de verdad, que hagan avanzar, una vez más, la historia del cine como lo hicieron las grandes figuras de todas las épocas. Más honestidad –con lo que conlleva de aventura, de necesidad de salvar escollos– y menos caminos trillados es lo que hace falta para que vuelva a despegar el que hasta ahora era el Séptimo Arte y que cada día que pasa se vuelve menos artístico.
Podría explicarlo así: dos hermanos llevan a cabo una serie de atracos a bancos con gran ingenio y arrojo mientras la policía les pisa los talones. Pero también de esta otra forma: una familia se ve abocada a la ruina y uno de sus miembros idea una estratagema para conseguir rápidamente el dinero que restablecerá su estatus y les librará de sobresaltos económicos. No añadiré mucho más, mejor sorpréndase.
Resultado de imagen de comancheriaComanchería pone en marcha un engranaje perfecto, unos personajes atractivos y creíbles –el dúo de hermanos con sus respectivos caracteres y su oponente: el policía veterano, tan justo que ni siquiera peca de exceso de celo–, un thriller con reminiscencias del western y el road movie, con todos los ingredientes que añaden interés a un relato: aventura, delincuencia, confrontación de caracteres, persecuciones, planteamientos éticos extraídos de la actualidad, drama, camaradería, suspense, violencia soterrada, personalidades fuertes, atractivas, polémicas y hasta cierta sorpresa final–. No se puede pedir más. O sí. Quizá necesitemos adelantar un paso o dos, toparnos con algo que no hayamos visto hasta ahora, que dejen de presentarnos el regalo perfecto encerrado en el perfecto envoltorio si envoltorio y regalo son los mismos una y otra vez, eso sí, ligeramente camuflados para dar el pego a primera vista.
Y si eso ocurre con una de las indiscutibles mejores películas del año, ¿qué podemos decir de las demás?


·         Director: David Mackenzie
·         Reparto: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin, Alma Sisneros, Martin Palmer, Danny Winn, Crystal Gonzales, Terry Dale Parks, Debrianna Mansini, John-Paul Howard
·         Guion: Taylor Sheridan
·         Música: Nick Cave, Warren Ellis
·         Fotografía: Giles Nuttgens
·         País: Estados Unidos
·         Duración: 102 minutos
·         Género: Drama

sábado, 18 de marzo de 2017

Escritor, antes de tomar la pluma piensa sobre qué vas a escribir (y II)

El ejercicio afina la mente: cuantas más historias inventes más acudirán a ti pues se produce una percepción especial, un afinamiento de la sensibilidad que nos lleva a toparnos con ellas cada vez con más frecuencia.
Una vez elegido asunto, tienes que seleccionar sus elementos. El relato no debe contarlo todo, debe ser como la vida, mostrar solo una parte, iluminar determinados aspectos, sugerir, y dejar que la inteligencia del lector haga el resto. Todavía no tienes más que el embrión. Antes de continuar, distingamos entre idea, argumento y relato propiamente dicho.
La idea no es más que un breve esbozo, que no ocupará más que una frase, de aquello que vas a contar.
El argumento es la historia a grandes rasgos, la exposición de sus etapas fundamentales eliminando todo lo superfluo. Es el esqueleto de la historia, aquello que la consolida unificando cada una de sus partes,
Al desarrollarlo obtendrás el relato. Pero haber ideado un argumento no garantiza que el proyecto llegue a término. A veces, sin embargo, una simple impresión, el detalle más insignificante, puede conducirte hasta el desenlace narrativo sin que tuvieses ese propósito al empezar. Por otra parte, la misma idea, incluso el mismo argumento, puede dar lugar a dos relatos que no tengan absolutamente nada en común.
Tienes que eliminar las digresiones: todos los elementos de tu relato han de estar al servicio del argumento, cooperando entre ellos en el alcance de la conclusión final.

LA HISTORIA INTERESANTE
Vladimir Kush - Atlas
Algunos días te sentirás realmente inspirado, estarás deseando que llegue el momento de ponerte ante la hoja en blanco y es muy probable que lo que finalmente surja sea sorprendente y alentador. Entonces pensarás que atraviesas una racha fértil. Pero no siempre ocurre así, en ocasiones el miedo asoma y paraliza al escritor. Cuando esto ocurre, cada vez le cuesta más enfrentarse al hecho de escribir, lo aplaza y lo aplaza por temor a descubrir que no sabe sacar adelante un proyecto o, lo que es peor, que, a pesar de su vocación, la capacidad de escribir novelas y relatos se ha perdido o simplemente no existe.
Existen métodos de desbloqueo narrativo, por ejemplo, ponerte a escribir cualquier cosa sobre la marcha –sin propósito previo ni grandes expectativas–para descubrir qué es lo que quieres contar, cual es el tema sobre el que verdaderamente te interesa escribir. Es probable que no obtengas una obra de arte pero puede que acabes encontrando el caudal de las historias futuras y aprenderás si lo que te interesa es real o imaginario, concreto o abstracto, externo o interno, ajeno o personal; cuáles son tus temas recurrentes, o cual es ese tema que necesitas sacar afuera porque te está impidiendo la formación de otras historias. De cualquier forma, siempre servirá de calentamiento y dará como resultado un material en el que encontrarás, con toda seguridad, hallazgos aprovechables.
Para que puedas llevar una idea a buen término primero tiene que apasionarte. En segundo lugar, tienes que ser capaz de darle vida: no todo lo que nos interesa es apto para ser escrito, hay historias que estaríamos encantados de leer o ver en una película, pero que nacerían muertas si intentásemos desarrollarlas pues realmente nos resultan ajenas. Se trata de argumentos exóticos que se eligen buscando originalidad pero cuyo brillo es artificial y vacuo.
Finalmente, tras muchos intentos, aparece el argumento que buscabas, y entonces surge un nuevo problema, ¿cómo sacarlo adelante? Para tal contenido, ¿cuál es la forma ideal?

jueves, 16 de marzo de 2017

Escritor, antes de tomar la pluma piensa sobre qué vas a escribir (I)

Esto parece obvio, pero no es tan raro que el escritor en ciernes acuda a la hoja en blanco en busca de inspiración, sin tener ni la más ligera idea del argumento, y puede que ni siquiera del tema, que va a trasladar a sus lectores. A a veces –muy pocas– puede funcionar, pero en general es un error. Nunca tienes que pensar que estás en período de sequía porque no te salga bien una treta como esta, piensa que te has puesto a pintar un cuadro sin óleo ni pinceles y, como puedes imaginar, un pintor necesita algo más que un simple lienzo. Por eso, la primera pregunta que has de hacerte antes de enfrentarte a la hoja en blanco es básica: “¿Sobre qué escribo?” “¿En qué tema, argumento, historia concreta puedo involucrarme lo suficiente, cuál me dará la oportunidad de demostrar que soy capaz de hacerlo y, – aún más importante – qué es lo que puede interesar a mis lectores en potencia?”
La elección del tema es fundamental, pero no lo valores por su posible espectacularidad o porque creas que está de moda, lo que has de plantearte es el interés que ese tema despierta en ti mismo como escritor. Si una historia te apasiona de verdad, no importa que parezca banal a primera vista, serás capaz de presentarla de forma atractiva y acabará pareciendo emocionante, porque lo que interesa realmente no es qué se cuenta sino cómo se cuenta. Todos necesitamos contar historias y, aunque no seamos muy conscientes de ello, lo hacemos continuamente. El punto de partida es convencerte de que tienes una buena historia que algún día alguien querrá leer.
El mundo está lleno de historias: la nuestra, la de la gente que conocemos, las que hemos leído o visto en el cine, las que aparecen en los sueños, las que imaginamos cuando vemos a alguien pasar y suponemos adónde va y cómo es. Solo tienes que diseñar unos personajes, unas situaciones y dejar que ellos actúen por sí mismos. Cuando pongas punto final, aquello que existía al principio   – ya sea en el interior de los personajes o fuera de ellos – habrá sufrido una transformación.
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Francisco de Goya - El sueño de la razón produce monstruos (Caprichos) 1799
Dicho esto, tampoco has de preocuparte si acabas contando algo ligeramente distinto, o incluso muy alejado, de aquello que te habías propuesto. Esto es porque las historias tienen vida propia y a veces nos llevan donde ellas quieren. Cuando ocurre esto, suele significar que lo que está surgiendo de tu pluma está más vivo que aquello que habías planeado. Entonces, tienes que dejar al relato seguir su curso, procurando, eso sí, que no te vaya de las manos del todo.
No cometas el error de pensar que en el panorama literario está todo dicho. Esto no es así exactamente y solo servirá para bloquear tu creatividad. Es verdad que se ha hablado largo y tendido sobre cualquier asunto que podamos imaginarnos, pero lo que se ha dicho lo han dicho otros y nadie puede hacerlo de la misma forma que uno mismo si verdaderamente escucha a su interior, porque el ser humano es irrepetible.
Volvamos ahora a la cuestión del principio: ¿qué contar? ¿sobre qué hablar? Pues sobre la vida tal como la ves. No es necesario acumular detalles extraordinarios o crear un mundo que parezca el producto de una alucinación. Tu relato puede ser fantástico o realista, puede estar repleto de sucesos o no ocurrir en él apenas nada, ninguna de las opciones escogidas alterará su valor. Lo que no te conviene es querer abarcarlo todo, pretender escribir una gran obra donde se hable de lo divino y lo humano, que incluya las cuestiones fundamentales de la vida y que dé respuesta a los mayores interrogantes. Esta desmesura es difícil de manejar, además puede resultar pedante o trivial o inverosímil. Lo que importa es sacar partido de tu capacidad de observación, creer que sabes lo bastante de la vida como para poder extraer su jugo y, por otra parte, darte cuenta de que eso que ves tienes que mirarlo en profundidad, descubrir su significado, presentar al lector el aspecto o la zona que, por relevante, te interesa darle a conocer.
Para llegar hasta ese punto tendrás que convencerte de que el germen de una historia está en todas partes, solo hace falta verlo, comprender el interés que puede suscitar, tratar de darle verosimilitud y encontrar el hilo narrativo que le otorgue un alma. Es más, cuando seas capaz de localizar la historia allá donde los demás no ven más que hechos triviales y de contarla de forma amena y entretenida, podrás decir que dentro de ti ha nacido un escritor. Pero tienes que estar atento, porque el fogonazo, la chispa, surge de pronto, en el momento que menos piensas y. además, es efímero. Al segundo desaparece sin dejar rastro. Esto es un hecho y debes estar prevenido si quieres empezar a escribir. Si lo haces, te sorprenderás anotando febrilmente, forjando un párrafo tras otro, cuando estabas convencido de que aquello se reduciría a un renglón o dos. Por supuesto, siempre tienes que estar preparado. Lo mismo que el agricultor o el albañil precisan de diversos utensilios, el escritor debe ir armado de los suyos, la diferencia está en que ellos empiezan a usarlos cuando se lo proponen y el artista no: debe llevar encima lápiz y cuadernillo, porque no sospecha en qué momento  los va a necesitar.
Pero también puede ocurrir lo contrario: historias que en un principio prometían tienen que ser abandonadas a medias por carecer del mínimo interés. Solo el tiempo logrará proporcionarte el olfato necesario para distinguirlas.
Un buen punto de partida puede ser  hablar de lo más cercano, de aquello que conoces bien. Cuando hayas conseguido arrancar, solo tienes que repetir lo que has hecho, y eso es mucho más sencillo. Puedes comenzar por describir tu calle, el colegio adónde ibas de niño, la cocina de casa… Si a partir de ahí, lo que es más que probable, van surgiendo personajes y anécdotas, la historia estará servida. Lo que es un hecho que no debe desanimar al principiante, – ya que todos los grandes genios han pasado por ello – es que hay emborronar muchas cuartillas y llenar muchas papeleras antes de conseguir algo que pueda considerarse decente. Como apunta García Márquez, solo superará esta prueba quien lleve a un auténtico escritor dentro de sí. Hay que saber que la escritura exige mucho trabajo y dedicación, y que escribiendo la primera frase ingeniosa que a uno se le ocurre no se llega a aprender el oficio.

(Continuará)

viernes, 30 de diciembre de 2016

La Baronesa (X) - SEGUNDA PARTE

Un nuevo bofetón de la vida. Rosario ha vuelto a aparecer, no en persona sino su presencia virtual en forma de fotos e información de primera mano, después de tantos años sin pensar en ella y mucho menos indagar sobre su paradero. Cuidado con revolver cajones buscando algo –me decían en el albergue donde me crié– porque encontrarás lo que menos te esperas. ¡Qué gran verdad! Éramos unas crías entonces. Ella me escandalizaba, aunque no tanto como yo a ella, y me aterraba con aquellas ideas suyas que tan insólitas me parecían en esa época y que he ido incorporando a mi vida a medida que iba viviéndola. Arrinconé sus consejos en lo más hondo de la memoria y quedaron allí, como un sedimento que ha servido de faro cuando me sentía más perdida.
¡Bendita y maldita Rosario! No sé cómo pudiste enseñarme tanto en tan poco tiempo con todo lo que me odiabas, con esa superioridad que creías tener sobre mí, no porque fuera negra –aunque por entonces no hubieses visto ninguna– sino por lo pequeña e ignorante que te parecí desde el principio. En lo segundo acertabas de pleno; y mi aspecto, siendo casi dos años mayor que tú, era el de una niña, demacrada y escuálida, tan inquieta como si bailase sobre brasas, toda yo ojos y labios, con la cabeza cuajada de liendres.
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George Bellows - New York (1911)
Te evoco ahora, desde mi modesto apartamento neoyorquino adónde llegamos en busca de algo inmensamente más valioso para mí y que, por desgracia, no he encontrado ni encontraré en lo que me queda de vida. Sí, me casé. Y luego volví a casarme, esta vez con un canadiense, Daniel. Daniel Legard, (¿recuerdas lo bien que hablaba francés?), y ahora estoy, como tú, tramitando el divorcio aunque las causas sean bien distintas. No creo que volvamos a vernos, tú volviste a España hace tiempo y yo me he quedado varada en este diván –espléndido, pese a haber sido rescatado de un contenedor–  frente al enorme ventanal de un piso 38 con vistas a la bahía y a un paso elevado y que escogimos, aunque no es más que una cajonera de apenas treinta metros,  por nuestra precariedad de entonces y porque el vértigo producido por tanta inmensidad consiguió elevarme el ánimo un poco.Me zarandearon los recuerdos la primera vez que John me habló de ti. Incluso antes, cuando vi tu foto en el despacho con él y tus hijas. Un monumento al convencionalismo y un icono a la respetabilidad, a pesar de los pesares, pues es precisamente en esos trances de la vida cuando de verdad hay que guardar las apariencias.
Sin pretenderlo, lo sé todo de ti, Rosario. Ambas tuvimos muy buena y muy mala suerte. La tuya seguramente mejor que la mía, pero no sabrás apreciarla en lo que vale porque siempre has sido bastante ambiciosa, no te conformas con nada y eso, digas tú lo que digas, te impide disfrutar de lo que tienes.
Desenvuelvo otra chocolatina. Ya hace diez minutos que no como, pero tengo la mesita de té a mi lado bien surtida de dulces. ¿Sabes cuantos quilos peso ahora? Nada menos que ciento catorce, si me tuvieses delante no podrías reconocerme. En cambio tú estás igual que en mis recuerdos. Más vieja, claro, y con un tinte rubio que, aunque esté mal decirlo, te sienta fatal, pero con la misma chispa en la mirada y con ese mentón voluntarioso que se ha convertido en tu sello. Desde que viajamos a Francia en aquel tren que se caía a pedazos el mundo ha cambiado tanto que nos ha vuelto del revés a las dos;  no sé muy bien quienes somos ahora pero me cuesta muy poco comprender a las que fuimos entonces.
Joaquín Torres García - La feria  (1917)
Si John y tú pudieseis hablar alguna vez –pero es imposible porque él ya no existe, hace tres meses que se esfumó en el aire y lo peor es que nunca vas a aceptarlo– te mostraría entusiasmado la voluptuosa hembra en que me convertí años atrás, gruesa pero espléndida y mucho menos cascada que ahora, elegante en su caftán de raso, la mirada retadora desde la portada de Fruits, aquella efímera revista que tuvo a bien promocionarnos. Una negra decorativa es el mejor emblema para un decorador de éxito, pero yo soy una mujer angustiada y no puedo cuidar mi imagen con el afán que se espera de mí. La imagen y el matrimonio siguen siendo la tabla de salvación de las mujeres en esta sociedad, eso y los hijos. A mí ya no me queda ninguna de esas cosas. Soy una adicta que renunció a sentarse en círculos bienintencionados y reconocer lo bajo que ha caído. Fumaré, me pincharé, beberé y comeré todo lo que quiera, nadie podrá arrebatarme ese consuelo, ni Daniel, por mucho que me pese. No soy una buena compañía ni una buena influencia ni siquiera he podido ser madre. Pero vivo en un piso 38 con solo tres paredes, y si un día resbalase en el alfeizar tendría garantizado el fin.
Continuará

domingo, 25 de diciembre de 2016

La llegada - Arrival (2016)

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La ciencia ficción, como el género negro, cuando no se queda en la superficie nos cuenta algo (o mucho) de nosotros. Personalmente me aburre la acción pura, pero también empiezan a cansarme un poco todas esas películas de autor, perfectamente narradas y con una fotografía maravillosa que plantean cuestiones éticas de actualidad; aunque siga disfrutando con ellas, últimamente salgo del cine con la sensación –cada vez más insidiosa– de haber visto lo mismo que la semana pasada, la anterior, la otra y la otra. En este momento lo que necesito son films que, contando una historia coherente y haciéndose preguntas, asuman más riesgos conceptuales y formales, contengan más dinamismo y sus planteamientos no sean necesariamente de índole moral
En este caso, la investigación científica se alía con la ciencia ficción, sin olvidar la humanidad de los personajes (humanidad que se hace extensiva a los extraterrestres) para situarnos en una encrucijada que nos mantiene en vilo durante gran parte del tiempo, pero que se resuelve a base de topicazos, simplicidad y sensiblería sin llegar a conseguir un desenlace convincente. Y esa ha sido mi mayor decepción.
Resultado de imagen de la llegada criticaEl punto de partida deriva de las teorías lingüísticas de Sapir y Whorf concebidas en la primera mitad del siglo XX, que han sido bastante malinterpretadas y que, en definitiva, vienen a señalar que las características de una lengua configuran la visión del mundo de los hablantes. Idea más que brillante para emprender una aventura cinematográfica, y que, por otra parte, supone un gran reto, porque no era nada fácil conseguir que desarrollo y desenlace estén a su altura. Y ahí es donde se ha perdido la oportunidad de llevar a cabo una aventura tan memorable como la que se contempla en la pantalla, la rara oportunidad de ejecutar una gran obra de arte que perdure en la historia del cine. Una lástima que tantas potencialidades se hayan quedado a mitad de camino por haber perseguido un sensacionalismo tan estéril como absurdo.
A los espectadores se nos sitúa en un escenario algo apocalíptico y, ciertamente, hipnótico, una gran puesta en escena para mostrar el encuentro entre un puñado de seres humanos con dos de habitantes de otra galaxia que han llegado, aparentemente, en son de paz a la tierra. A mí esto me interesa porque me da igual quien de ellos es, supuestamente, capaz de fabricar las armas más potentes, las más rápidas, las que sean capaces de desintegrar primero al otro, lo que me importa es algo mucho más sutil, constructivo y complejo: cómo pueden llegar a entenderse dos tipos de organismos biológicos tan alejados y, por tanto, dos sistemas lingüísticos absolutamente independientes.
La grafía de los extraterrestres, así como su forma de materializarla me han parecido ingeniosos y esperanzadores: en ese momento, todavía estábamos a tiempo de asistir a  una convincente puesta en escena.
Me interesé por esta película tras haber leído por ahí que en caso de descubrir alguna vez esa inteligencia interestelar que tanto se nos resiste, resulta prácticamente imposible que exista comunicación entre ambos sistemas mentales. Se argumentaba que no hay más que fijarse en los órganos de fonación de otras especies que habitan nuestro planeta –es decir, cuyas condiciones ambientales son más o menos las mismas, al menos en aquellas que se desenvuelven en un medio terrestre. Cualquiera de ellos –y otros muy diferentes al haber nacido en condiciones tan distintas, mucho más que la de un ornitorrinco o un gusano por ejemplo– podrían caracterizar a los eventuales alienígenas. Y si dejamos los rasgos físicos y nos fijamos en estructuras del pensamiento que dan lugar a un lenguaje, articulado o no, una sintaxis, semántica etc, concluiremos que, aunque llegásemos a encontrarnos con ellos, adentrarnos en su pensamiento no parece nada realista. En cierto modo, esto es lo que sucede en la película, donde la elipsis absoluta de los métodos de transcripción y traslación eluden el espinoso asunto de los métodos.
Resultado de imagen de la llegada criticaPero una hipótesis atrayente,  por muy inverosímil que parezca, nunca invalida un argumento, al contrario, lo dota de un encanto del que carecen la mayor parte de los relatos anclados firmemente en el territorio conocido (y trillado) de la vida real.
No voy a desvelar los elementos que han servido de pauta a los guionistas para sacar adelante un esquema argumental tan ambicioso. Solo diré que son de dos tipos y que ninguno de los dos me parece afortunado.
El primero lleva los postulados científicos a un punto tan inverosímil que desmiente cualquier razonamiento. Esto sería aceptable si la trama se hubiese construido con materiales exclusivamente fantásticos, pero su fundamento eminentemente racional le obligarían a mantener una coherencia que se pierde por completo cuando se nos conduce por los caprichosos y facilones derroteros que acaban enfrentándonos a un desenlace increíble.
Pero aún me molesta más el que sirve de base al desenlace. Un pegote sentimentaloide que coloca dos valores en el mismo contexto: el factor-hijos y el factor-enfermedad incurable. Valores seguros desde el punto de vista comercial que, desde un enfoque exclusivamente narrativo, constituyen un chantaje emocional, una trampa tan obvia que resultará cargante y hasta antiestética a cualquier espectador con un mínimo de capacidad crítica.


·         Director: Denis Villeneuve
·         Reparto: Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg, Mark O’Brien, Tzi Ma, Nathaly Thibault, Pat Kiely, Joe Cobden, Julian Casey, Larry Day, Rusell Yuen, Abigail Pniowsky, Philippe Hartmann, Andrew Shaver
·         Guión: Eric Heisserer (Relato: Ted Chiang)
·         Música: Jóhann Jóhannsson
·         Fotografía: Bradford Young
·         Género: Ciencia Ficción
·         Duración: 116 min.
·         Año: 2016