viernes, 20 de abril de 2018

La Baronesa. Capítulo IX (Novela)

Entre Catalina y yo se estableció una asimetría involuntaria. La llevé pegada a mis talones cuando nos acercábamos al taller de costura, un sótano que limitaba con el aparcamiento de la plaza. La prueba consistió en tomar medidas a la figurante que hacía las veces de clienta, inquieta ya antes de pasar al probador, manifiestamente alterada cuando la tuvo a menos de dos pasos y quejándose repetidamente de sentir el frío de sus palmas desde que aproximó a su piel la cinta métrica. No me tragué el cuento del manoseo y me presté a hacerlo en su lugar. Me ofrecieron el puesto, como no podía ser de otro modo, pero mi iniciativa solo había sido una pose. Estábamos seguras de que Henriette se negaría firmemente a que ella se ocupase de los niños.
Convertirme en la criada de la criada (nuestra patrona trabajaba de pinche en una de las desvencijadas taberna del barrio) con Catalina a mi cargo ante la imposibilidad de encontrar un trabajo para ella, no fue sencillo pero me ayudó a madurar rápidamente.
Cuando el quinto embarazo empezó a hacerse evidente conocimos a una Henriette nueva. Se sobresaltaba al menor ruido, nos despertaba ululando como una sirena y una tarde, mientras los chavales merendaban en el descampado dando patadas a un viejo neumático, descubrí que era epiléptica. Su compañero de entonces no solía servir de mucha ayuda, al contrario, disfrutaba avivando el fuego con sus berridos de borracho, pero aquel día me ayudó a estabilizarla aconsejando pacientemente sobre cada uno de los pasos a seguir. En cuanto conseguimos calmarla y acostarla, bajó a la calle y la emprendió a pedradas con los cristales de las farolas. Los vecinos se arremolinaron en los alfeizares. Antes de que se plantase allí la policía, había que salir por pies.
Joaquín Sorolla - La otra Margarita (1892)
Me di de bruces con Catalina que volvía cabizbaja de llevar el pan a los niños. En lugar de explicarle nada, le arrojé uno de los hatos de ropa y tiré de ella con todas mis fuerzas hasta que se convenció de que tenía que seguirme.
El último tren acababa de salir. Si dormíamos bajo techo, no nos quedaría gran cosa para viajar al día siguiente. En el andén había un tipo que no nos quitaba ojo, Catalina se acercó a él. Vi como la apretujaba con sus manazas y me negué a seguir vigilando. Estaba harta de hacer de ángel de la guarda. Ella sabrá donde se mete, no es la primera vez que lo hace pensé, además, ya es mayorcita, cumplió los dieciseis hace mucho tiempo.
A lo largo de esos meses, me imaginaba sacudiéndome el polvo de los zapatos minutos antes de abandonar París, una ciudad, por lo demás, tan hostil como todas con aquellos que no tienen suerte. Pero ni siquiera pude darme un gusto tan sencillo. Cuando salí, aterida, de la cabina donde me había acurrucado para dormir un par de horas, la nieve mediría más de dos palmos. Me acerqué a la taquilla contando las monedas. Odiaba con todas mis fuerzas aquella imponente blancura, toda la belleza de aquel amanecer nevado me estaba marchitando por dentro, más llevadero hubiese sido arrastrar mi precariedad –física, mental, económica – por los aledaños de lo feo, rebozarme en detritus, barrizales, escombros, muros desconchados, basura.
A Catalina no volví a verla hasta muchos años después.

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(Continuará)

miércoles, 18 de abril de 2018

Los árboles azules. Cap. 10. Intemperie (Género fantástico)

La huída empezó con Auko confiscando el móvil de Agosto. Al poco, recibió una llamada y, como esperaba, eran los secuestradores del padre. La niña, Rosana, andaba cerca. Se dio cuenta de todo, pero antes de que pudiese avisar, ella ya corría hacia la verja. Protegida por el follaje, habló en susurros con el jefe de la banda, no solo para no ser oída por cualquier policía que merodease por allí o para que no la sorprendiesen los chicos, también para enmascarar su voz porque se estaba haciendo pasar por el chaval.
Creyendo que hablaba con el hijo del secuestrado, el mafioso la citó esa misma noche dentro de un taller mecánico, en una calle de las afueras. Auko me contaría luego que decidió no acudir a la cita y que le pareció preferible espiarles. Así la encontré a la puesta del sol, cuando se me ocurrió seguir a los agentes que a su vez encontraron su rastro gracias a la señal del teléfono. Se hallaba plantada como un ficus a la puerta de una tienda de modas. Habíamos logrado dar esquinazo a los polis que, si bien me habían llevado sin querer hasta la tienda, no habían conseguido dar con Auko. De los secuestradores ni rastro, el taller parecía en ruinas y desierto. Aunque nunca se sabe, puede que nos estuviesen observando con satisfacción –igual que nosotras a los de uniforme- por no haber podido dar con ellos habiendo llegado tan cerca. Pero aquello era peligroso, podíamos rondar pero tampoco era cuestión de meter las narices allá dentro. En caso de habernos reconocido, quién sabe lo que nos tendrían reservado a las dos.
Caminaba por la acera y la vi. Supe que era Auko convertida en muñeca de cera. Pocos hubiesen podido negar que no fuese un maniquí, tal como estaba, congelada en un movimiento, vestida con ropa de la tienda, vigilando. A la cabeza llevaba un foulard violeta, el vestido era de corte hippie con muchas margaritas bordadas. Un panel de cristal la protegía pero, en caso necesario, no hubiese sido difícil escapar de un salto. Me preguntaba si el material estaría blindado, me hacía muchas otras preguntas. De dónde sacaba el valor para aparentar ser una muñeca de plástico y, exhibiendo una piel de silicona, permanecer al otro lado de un incierto vidrio sin mover un solo  músculo. ¿Y el vaho de la respiración? Tenía la boca peligrosamente cerca, pero había sido previsora y el pañuelo le tapaba parte de los labios.
Me acerqué a la terraza del bar de enfrente. Sentada ante el velador, pedí un botellín de cerveza. La luz empezaba a descender como un gato por el perfil de las fachadas y los troncos, se instalaba en las raíces y en los bordes de las alcantarillas. Me quedé una media hora. Tuve que saltar bruscamente del asiento cuando el mesero, con muy malos modos, lo levanto con un solo bíceps mientras extendía el otro reclamando el importe. Retiró hasta el último taburete en un suspiro y desapareció al fondo de la cueva cargado con ellos a la espalda, luego cerró la puerta metálica desde dentro con un estruendo de mil demonios. Auko tenía que haberlo visto todo, pero seguía sin inmutarse, tan inmóvil como una muñeca. ¿O estaría yo delirando y sería realmente un maniquí? La acera había quedado desierta, un viento repentino empezó a helarme las orejas, a arrastrar unos botes de plástico. Solo quedaba abierta la tienda de ropa con su maniquí a la puerta. No se veía otra luz en toda la calle, mi presencia resultaba sospechosa o, al menos, inexplicable. No tuve más remedio que largarme de allí.


Ahora sé que no le resultó fácil, que pasó horas tiritando de frío y se esforzó en disimularlo mediante técnicas de control mental. Aquella noche a la intemperie vio algo pero luego no fue capaz de dar muchas pistas. Los malhechores aparcaron un coche a la puerta del taller con el motor en marcha, se distinguían linternas detrás de los cristales rotos y polvorientos. El falso camarero salió con cautela de su cuchitril y miró a través del escaparate, en plena noche, como un búho, con sus gafas de culo de vaso. Pensaba Auko que yo le había puesto sobre la pista al mirar con insistencia la tienda, lo que el otro no imaginaba es que al fondo no había un alma, que en quién tenía que fijarse era en el espantapájaros con bata de cola alzado en la plataforma. Cuando se cansó de romperse la vista, se volvió con cautela y, mirando a todos lados, cruzó la calle y entró en el taller. Ahora aumentaba el movimiento, algunos habían entrado en el coche, un hombre se había puesto al volante, había dos sombras contra la fachada. No pudo distinguir nada más.
Se entretuvo pensando en la víctima. El hombre flaco que empezaba a echar carnes muy lentamente, un canoso cuyo pelo raleaba ya. Esa relativa decadencia era lo que le atraía de él, por eso lo pasaba tan bien evocándola. Le gustaba ese semblante que exudaba bonhomía, los ademanes campechanos, la sonrisa algo irónica, aquellos ojos azul celeste que iluminaban la sombrerería, y sus manos morenas y grandes.

Cuando llevé a la policía hasta allí, todos habían desaparecido, del coche no quedaba ni rastro y el local estaba desierto. Auko había encontrado un chaquetón y una bufanda en el almacén de la tienda y esperaba sentada en un banco intentando hablar por teléfono. Temblaba de pies a cabeza y su barbilla amenazaba con descoyuntarse. Había aguantado tanto tiempo los nervios y el frío que se sentía incapaz de controlarlos.
Bernardo pagaba poco a sus empleados y exigía mucho, era algo huraño y no se merecía tanto amor, ni de Auko ni de nadie; tampoco que le hicieran daño. Pero así es cómo le vería yo después.

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(Continuará)

lunes, 16 de abril de 2018

Patriarcado y caldo de cocido

La sociedad es un cocido compuesto por un montón de ingredientes

¿Han probado ustedes un buen cocido madrileño, con su morcillo, su pechuga, su choricito, su col, su zanahoria...? Los que vivan en España, supongo, llevarán toda la vida comiéndolo, sobre todo en los meses fríos. 
Bien. Imaginen que tienen un buen plato delante. ¿A qué les saben los fideos, los garbanzos, la patata? Hasta en la morcilla, que predomina sobre el resto de sabores, ¿no encuentran como un regusto a berza?
La sociedad es un cocido compuesto de un montón de ingredientes, todos se contagian del sabor de los otros, sobre todo de los más contundentes, como el tocino y la morcilla. Esa grasa, ese sabor a carne, ese gusto salado es el patriarcado que lo impregna todo, que produce un chiste de mal gusto, un “aquí mando yo”, que nos hace comulgar con el mito de la virilidad, que ha dado lugar a que el vocablo “niña” se considere una ofensa, que disculpa el comportamiento de los varones, los consagra como dueños del otro sector (léase mujeres), provocando numerosos y desproporcionados ataques de ira cuando la situación se les escapa de las manos. Pero este “escapárseles de las manos” puede ocurrir en cualquier momento: en el trance de una separación, ante una colega particularmente brillante o en cualquier situación cotidiana en la que ellos no sientan que tienen las riendas bien sujetas. Algo muy frecuente, porque el machito es particularmente vulnerable a este sentimiento y suele reaccionar montando en cólera. Y si lo hace es porque la experiencia demuestra a diario su eficacia y porque está convencido de que se trata de una respuesta perfectamente legítima. 
Convénzanse. En este caldo de cultivo, que a cualquier ciudadano de bien se le vaya esa cólera de las manos y acabe cometiendo una acción terrible es mucho más fácil de lo que parece. El caldo del dominio patriarcal domina todas las cabezas, unas se resignan a la sumisión, los otros defienden su supuesto derecho al poder con los mecanismos que encuentra a mano, y si con insultos, halagos, manipulación etc. no consiguen todo lo que quieren –que vuelva la que se fue, que su pareja se vista como él quiere, que no la mire ningún hombre etc.– la única solución que se le ocurre es hacer que desaparezca del mapa.

Micromachismos

Y es que, en el contexto de nuestras sociedades patriarcales –y a pesar de los viejos ajustes, que se siguen invocando aunque hayan tenido lugar hace décadas, como si no hubiese nada que modificar desde que conseguimos poco más que el derecho al voto, a la universidad y la despenalización del adulterio femenino– la violencia más evidente se alimenta de todas las demás violencias que se concretan en intolerancia, faltas de respeto y desprecios constantes y que tan bien hemos tolerado hasta ahora, y seguimos tolerando por la fuerza de la costumbre, tanto las mujeres que los sufrimos como los varones, sean consentidores o causantes. Actitudes que se han dado en llamar micromachismos porque un piropo en plena calle, comparado con un asesinato parece muy poca cosa, pero también porque nosotras, al haberlos padecido desde siempre, hemos acabado por normalizarlas y transitamos por ellas como entre escollos que preferimos no mirar. Hasta que abrimos los ojos y empezamos a prestar atención. Entonces nos sorprendemos de nuestra pasividad, de nuestra ceguera incluso. Si de verdad llamásemos a las cosas por su nombre, negar un puesto de trabajo a una mujer en edad fértil o cualquier actitud violenta aunque sea de carácter verbal debería considerarse plenamente machista. Son los homicidios, violaciones, así como el maltrato físico y psíquico lo que se debería denominar macromachismo.

Nociones de feminismo básico

Para demostrar que esos micromachismos de micro tienen bien poco, solo hay que cambiar el género ante cualquier situación concreta. ¿Algún varón –educado como tal y, por tanto, poco o nada preparado para tolerar esos mamoneos– consideraría micro-discriminatorio que la empresa pagase a las mujeres de su misma categoría laboral un 10% más que a ellos? ¿Imaginan cómo reaccionaría, cuánta agresividad desarrollaría sobre el/los responsable/s de tamaña injusticia, cómo se sentiría de molesto? 
Pero, si no bastase con eso, consideremos la frecuencia. Se trata de situaciones que venimos padeciendo día sí y día también, y una gota aislada no cala, pero unos cuantos miles acaban perforando la roca más resistente.
Hay que echar otros condimentos a ese caldo, rectificar ya de una buena vez, que la dignidad y los derechos se distribuyan equitativamente, que el caldo saludable se extienda por todas las cabezas, también por las de las víctimas, que estas comprendan que su intimidad es suya, que cualquier desconocido no puede opinar sobre su físico cada vez que le dé la gana aunque unos cuantos señores defiendan en la tele pública esas conductas prehistóricas. Cuanto más lo pienso más me sorprende nuestra ancestral pasividad, que solo puede explicarse por una educación que desde bebés convence a las mujeres de que deben (debemos) aceptar cualquier cosa que nos suceda, sin quejarnos, simplemente porque así es la vida y así tenemos que aceptarla. Y eso se llama sometimiento.

Hay que ponerse las gafas (y las pilas)

Para acabar con un estado de cosas discriminatorio e injusto solo tenemos que abrir los ojos. A esto le llamamos ponerse las gafas violetas. Y nada más exacto, porque una vez que se enfoca la realidad con perspectiva igualitaria, empezamos a habitar otro mundo, mil veces más agradable.

El programa de Herrera y Sostres (febrero 2018)


Ahora escuchen uno de los ejemplos más groseros que produce el moderno machirulado con el fin de vengarse debido a nuestra pretensión de igualar derechos y, de paso, desacreditarnos de la forma más burda. La perla aparece al final de la conversación ¡ATENTOS!

viernes, 13 de abril de 2018

La Baronesa. Capítulo VIII (Novela)

Nunca llegamos a París si por París se entiende la que conocemos como Ciudad de la Luz. Esa que aparece en los folletos turísticos mostrando orgullosamente su esplendor, sus vicios y hasta sus vergüenzas, la de la Tour Eiffel, le Moulin Rouge, la Bastille, le Quai d’Orsai o les Champs Elysees, me sería mostrada por John, mi marido de nombre inglés y sangre española, casi una década más tarde. Un comisionista cualquiera nos señaló el andén de más abajo, donde aguardamos el atestado y decrépito tren de cercanías que debía trasladarnos a la casa de huéspedes sita en un suburbio roto, opaco y amarillento; quizá igual de pobre, pero incomparablemente más feo que mi pueblo, el humilde enclave de la sierra extremeña que seguía aferrado a mi espalda como un fardo de mil toneladas, y de cuya huída no sabía si empezar a arrepentirme.
La casa estaba llena de niños, no había más cuarto que el dormitorio familiar; lo que alquilaban era el sofá cama del comedor, a un precio abusivo por cierto, pero no nos importó demasiado pues, ni entendíamos de negocios ni habíamos tenido cuarto propio nunca. Cuando la patulea en pleno se retiró a sus aposentos y nos vimos solas, nos entró la juerga a las dos. Sin saber por qué, no podíamos aguantar las carcajadas. Ni eso ni el hambre. Nadie se había ocupado de darnos de cenar. Por suerte había un patio y, al otro extremo, una cocina con su fresquera repleta de fiambre y, sobre la mesa, un atadijo de arpillera que guardaba dos o tres hogazas no demasiado resecas. Lo sacamos todo afuera y, sentadas sobre el empedrado, entre geranios y aspidistras, nos miramos por primera vez cara a cara.

Casi atragantándose con los enormes trozos de salchichón que tragaba sin masticar, Catalina me contaba cómo huyó en cuanto pudo porque estaba más que harta de golpes. ¿Quién la pegaba? Todos. ¿Qué hacía?
-Lo normal. Yo era su sirvienta.
-¿Cómo que lo normal? ¿Guisabas?
-Sí.
-¿Limpiabas?
-También.
Incapaz de distinguir, creyó que debía cumplir todas las órdenes y había pasado, de ser solo la chacha, a convertirse en el saco que recibía todos los golpes y, por si eso no fuera bastante, en la puta de todos.
-¿Cuánto cobrabas por todo eso, Cati?
-¿Cobrar? ¿Palizas?
-Palizas no, dinero. ¿Cuánto te pagaban a la semana? Hacías muchos trabajos distintos.
-Cobrar no cobraba, tenía comida y techo, ese era mi pago.
-Te violaban entonces.
-No. Ellos decían que era lo justo.
-Pero ¿a ti te gustaba?
Me miraba como si le hablase en Morse. Días después me explicó que cerraba los ojos y se apretaba las orejas mientras cantaba por dentro una tonada bonita para hacer más llevadero el peso del que le tocase esa vez en suerte.
-Decían que necesitaban más chicas para el sexo, pero yo nunca vi a ninguna.
-¿No te das cuenta de que has sido su juguete?
-¿Qué quieres decir?
No estaba muy segura. Repetía frases que había escuchado no sabía dónde, tenía una vaga idea de que aquello estaba mal pero no habría sabido explicárselo.
-Alphonse estaba buscándote una compañera; si me descuido, habría acabado como tú.
-También yo quería que te atrapase, estaba harta de estar sola y cargármelo todo encima.
El miedo era un manto tan amplio como el cielo y tan cercano que en cualquier momento se podía desplomar sobre nosotras, la sospecha, algo absurda, de que Alphonse nos había seguido e intentaba capturarnos de nuevo me obligaba a pedir un vaso de agua, cada día en un bar diferente, para hojear la prensa en busca de pistas. No recuerdo qué esperaba encontrar, posiblemente una foto suya, detenido, esposado y rodeado de policías para quedarme tranquila al fin.
Nos dormimos allí mismo. Sobre guijarros puntiagudos, pero al aire libre, rodeadas de gatos y flores, respirando el fresco de la noche y con el estómago lleno a rebosar.
Los niños eran cuatro y otro que venía en camino, la mujer era gritona pero nos daba bien de comer. A la siguiente semana cambiamos el estatus. De huéspedes a sirvientas. Fui la elegida para sacar al parque a la tropa cuando el taller obligaba a prolongar el horario a Henriette. Ella pagaba cuando podía y nos proporcionaba alojamiento.
-He recortado esta hoja para que mires los anuncios por palabras. ¿Adónde vas? ¿Pero tú no sabías francés?
Catalina era dócil, puede que demasiado, pero hacerla entrar en razón cuando se le metía algo en la cabeza era como apartar a un ternero de madre. Me costó darme cuenta de que no sabía leer, como intérprete oral no tenía precio pero eso no servía para buscar trabajo en una ciudad tan grande. Le propuse ir de bar en bar preguntando si necesitaban una camarera, pero no parecía tener gran confianza en sí misma, tal vez por su aspecto aniñado, su color, su condición de extranjera. Y lo peor es que me estaba empezando a contagiar de sus prejuicios.
-¿Tú crees que aquí, si se cobra barato, aceptarán hacerlo en la calle?
-¿Es que piensas meterte a puta?
-¿Qué quieres que haga, dejar que me sigas manteniendo?
Miedo a que la policía descubriese a Catalina merodeando por el barrio con intención de golfear y nos metieran a las dos en chirona, miedo a perder la poca estabilidad que habíamos conseguido, a que mi padre me encontrase y tuviera que volver al pueblo, miedo a ser robada, violada, acuchillada, agredida, muerta de inanición, abandonada a mi suerte. A que Henriette nos echase a la calle por indocumentadas y vagabundas. A perder a Catalina. Terror al propio miedo. Miedo al propio terror.

RECUPERACIÓN DE LA NOVELA POR ENTREGAS LA BARONESA, PUBLICADA INICIALMENTE EN LA PRIMERA ETAPA DE ESTE BLOG


(Continuará)

miércoles, 4 de abril de 2018

Los árboles azules. Cap. 9. Como una anguila que se escurre (Género fantástico).

Auko volvió a desaparecer.
Antes de eso estuvimos reunidos en el parque. Los padres de Bernardo se alborotaban por momentos relatando las incidencias del día anterior, dónde estaban, cómo se enteraron, y toda suerte de detalles, como que su hijo había sido obligado a abrir la verja a punta de pistola. Pero ¿cómo podían saberlo? Se había encontrado un reloj con la correa rota, eso sí podía ser una prueba, quizá uno de aquellos individuos lo enganchó a un arbusto sin querer en el momento de abrir la portezuela y tuvo que apartar el brazo bruscamente, sin tiempo para agacharse a recogerlo. Mientras tanto anochecía. Disfrutábamos del aroma que lo impregnaba todo. Las hamacas del cenador disponían de cojines mullidos, los cócteles nos embrujaban con su endiablada mezcla de especias y frutas exóticas. A nuestro alrededor, decenas de árboles, desde su turbio cobijo, parecían dedicarse a espiar. Formas achaparradas y esbeltas, matorral y copas centenarias, hojas como anchas y finas palmas, extensos abanicos o extendidas orejas paquidermas coexistían con finísimas agujas exhibiendo un colorido digno de la paleta más sutil, del cuarzo rosa o el granate al verde negruzco de la obsidiana. Y a nuestra espalda, la gran mole de la casa, alentándonos y protegiéndonos.
 
Jacek Yerka - Strawberry garden
 A las diez en punto sonó la campana de una torre y, sin previo aviso, un bruñido último modelo estacionó en la explanada con la intención de recogerme. No tenía nada previsto, tampoco estaba en mis planes abandonar aquel paraíso tan pronto. Allí quedaron los hermanos, mi apenada amiga, los abuelos y la pareja de polis, cuyo ademán de despedida no ocultaba una sonrisa sardónica. Me lo estaban dejando bien claro: esta vez la intrusa era yo.
Me instalé en la azotea con la melancolía derramándose por mis hombros. Aquellos chicos no podrían salir de su jaula de oro hasta que apareciese su padre. Hasta Auko estaba arrestada con la excusa de que corría peligro. No niego la sensatez de la medida, pero aquella sensación de amenaza no cesaba de rondarme. Me parecía que limitaban sus movimientos pero que eso no les protegía en realidad, que al menos conmigo allá dentro hubiesen estado algo más seguros, no podía precisar por qué. Sin embargo, ¿cómo era posible vigilar toda aquella enorme extensión con solo dos agentes? La línea de la playa se había convertido una vez más en negra boca de lobo frente a mí. Cabizbaja, dejé de mirar a una balaustrada invisible sumida en oscuros presagios. No podía evitar sentirme culpable.
Mark Ryden . The meat train (2000)
Un cansancio insidioso puso plomo en mis brazos, me invadió un sopor repentino, olvidé que me había quedado sentada sobre las frías baldosas, rodeada de macetas, con Mancha reptando por mi cuello. Con la mayor de las alevosías, el teléfono volvió a aullar. Esta vez no tuve necesidad de descolgar: lo supe. Una voz, malhumorada hasta la impertinencia, preguntó si Auko estaba conmigo. “Acabo de dejarla bajo su protección, –repliqué– ¿qué clase de vigilantes son ustedes permitiendo que la secuestren delante de sus narices en menos de dos horas?”
Pero sabía que se había ido ella, no la imaginaba dejándose agarrar.

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(Continuará)

lunes, 2 de abril de 2018

Tú, yo y el cosmos (Poema)


Se percibe un secreto en las presencias
minerales, en objetos cotidianos, en el fuego y el humo,
en el agua. Especie de temblor,
pálpito de la materia 
-tan turgente como acogedora y límpida-
que nos frena el paso ante un matorral poco frondoso
o ante una hilera de columnas
de un viejo templo, allá en Roma.
Ignoramos que el delfín y la isla, con su esencial solidez, nos alimentan, 
que solos no seríamos más que fluidos
disgregándose
por los mil resquicios del planeta,
subrepticiamente.
Que si llegan a abandonarnos,
acabaremos impregnados de esa ambigüedad tan propia de los seres
incorpóreos
y nos esfumaremos tras el vidrio de lo inexistente.
Desengañémonos:
sin universo que se avenga a contemplarnos
nunca llegaríamos a ser.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Los árboles azules. Cap. 8. El secuestro (Género fantástico)

Eché a andar parque adelante. El enfado me impedía calibrar la distancia que me separaba de la entrada a la finca. Iba por una avenida que parecía no tener fin flanqueada a ambos lados por una selva ajardinada en cuyo interior sería agradable perderse. Pero de momento tenía que salir de allí, no tenía ni idea de cuántos kilómetros había que recorrer hasta llegar a la verja. Tampoco sabía lo que me esperaba al otro lado, me parecía recordar que aquello se levantaba en pleno campo, quizá no apareciese ningún taxi en aquel sitio, me imaginaba perdida en medio de la nada sin ninguna referencia para orientarme. Entonces escuché las botas de Auko golpeteando tras de mí a toda velocidad. No me cabía duda de que era ella.
–Que esperes te digo. Que esperes.
Me volví de mala gana. Auko venía jadeando, tenía la cara llena de ronchas carmesí y los ojos brillantes. Tardó un poco en recuperar el aliento, se acercó a un árbol cercano y se dejó caer contra el tronco. La seguí.
–Perdona, es que soy así de bestia. No quería contarte nada para que no dijeses que he metido la pata, pero tampoco podía hacer otra cosa. Estoy echa un lío, no sé qué va a pasar.
Decidí sentarme a su lado sin perder la cara de palo que se me había puesto.
–No sé qué decirte, estoy más perdida que tú.
–Ya.
Volví a ponerme furiosa. 
–¿Me vas a contar algo o no? ¿Qué haces en esa casa? ¿Qué pinta la policía en esto? – Antes me había parecido ver un punto oscuro a lo lejos, detrás de Auko, pero ahora estaba segura. Aunque avanzaba despacio, oculto a medias por los árboles, podía distinguirlo claramente, era uno de los hombres que había visto allá dentro.
–Se han llevado a Bernardo. Me había contratado para cuidar de Rosana que tiene gastroenteritis, por eso estoy aquí.
El policía se había detenido a unos veinte metros. No podía perderlo de vista pero Auko parecía ajena a todo, seguía tan tranquila en su nube, a pesar de los nervios. Preferí no hacer preguntas, que hablase ella. No hubiera sabido cómo empezar.
–Vimos cómo lo raptaban unos hombres. Pero cuando llegó la policía ya no hacía falta, los secuestradores acababan de hablar con Agosto.
–¿No será que has visto muchas pelis? ¿Cómo sabéis que lo han secuestrado?
–Lo hicieron delante de todos, a plena luz del día. Y ellos también lo dicen, están protegiéndonos, por eso no nos dejan salir.
–O sea, ¿os han dicho que os estéis quietos y vosotros os largáis a dar una vuelta?
–Ya te he dicho que han llamado al chico. Pensábamos ir a buscarle.
–¿Vosotros? ¿Por vuestra cuenta? –No daba crédito, estaba tan perpleja que casi no podía hablar? –¿Es que te has vuelto loca?
Puso los codos en las rodillas y se sujetó la frente con fuerza. De vez en cuando, como sin querer, ladeaba la cabeza un poco. Sabía tan bien como yo que nos estaban vigilando. Suspiró.
–Creíamos que le habían dicho dónde estaba pero nos han engañado. El kilómetro 230 está en plena autopista. Además, esa gente nos ha seguido hasta allí.
No podía creérmelo.
-Pero, aunque os hubiesen dado las señas... ¿No has pensado en lo peligroso que es? Y, encima, te  llevas a Julio.
–Agosto. Nació en agosto y es cómo quiere que le llamen.
¡Menuda estupidez! Esa chica no tenía remedio. Al principio sus chifladuras me hacían gracia, pero todo tiene un límite.
Echamos a andar hacia la casa. Aún quedaba mucho por hablar. Se oía un alboroto de pájaros. Ahora que no tenía que pensar en el transporte me puse a disfrutar del paisaje. Sin pensarlo, frené en seco.
–¿Has pensado que se lo pueden cargar?
Me miró con ojos desesperados, agarró mi muñeca con fuerza.
–Por favor no digas eso, –chilló– ¡no lo digas!

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(Continuará)

lunes, 12 de marzo de 2018

Rodaballos salvajes (Marzo, mes de la mujer)

¿Pagafantas? ¿De dónde habéis sacado ese palabro?

La excusa de los hombres machistas para menospreciar a las mujeres es que les hacemos de menos por querer tenerlos como amigos, y es que, no solo no aceptan un no por respuesta, tampoco pueden imaginar una amistad con una mujer sin sentirse algo así como menos hombres. No piensan que tengamos algo, o mucho, que aportarles, que pueden salir enriquecidos, que ambos podemos aprender mucho y disfrutar de la mutua compañía. Por eso han inventado esa odiosa palabra: pagafantas. Perdona, no hace falta que me pagues la fanta ni el nestee, no estoy a tu lado para que me pagues nada sino para compartir cosas. Sí, créetelo, por muy macho que seas, con una mujer puedes compartir muchas cosas que no sean sexo. En cuanto a esos hombres se les meta esto en la cabeza, automáticamente, se reducirá el abismo entre los géneros, nos entenderemos mejor, nos enriqueceremos mutuamente y hasta comprenderemos con más facilidad a nuestras parejas. Es dcir, la vida sería mucho más fácil si no nos la complicásemos tanto.
8 de marzo de 2018: Día de la Mujer

Yo me pago las fantas, los cubatas y el pincho de tortilla

Toda esa memez del pagafantas viene porque algunos:
  1. Se sienten ofendidos ante cualquier negativa nuestra a sus proposiciones afectivo-sexuales, juntas o por separado. Ellos pueden elegir, nosotras tenemos la obligación de sentirnos halagadas.
  2. Una mujer es un ente de segunda categoría y, por tanto, no es digna de disfrutar de la amistad de un varón. Nuestro mundo es estrecho y mezquino, el suyo amplio y fascinante. Aunque tengamos más estudios, un cargo de mayor responsabilidad que el suyo, más viajes, más experiencias, más de todo, nuestro mundo es femenino porque somos mujeres y por tanto nuestro cerebro se supone de nivel inferior al suyo.
  3. Y si, por casualidad, les demostramos que tenemos curiosidad por la vida, estamos informadas, nos interesa la ciencia, la sociedad que nos rodea, tenemos opiniones consolidadas etc. entonces ven amenazada su hombría, ponen cara de pánico y salen corriendo. Es cuando se enteran de que no tienen que pagar ninguna fanta, y eso es lo que les aterra en realidad. Pero ni la hombría consiste en situarse en un nivel superior ni es tan frágil como para verse amenazada cada vez que una mujer aporta un dato que ignoran. La hombría es algo biológico: una simple combinación de hormonas, cromosomas y órganos sexuales. Si nosotras no hemos visto amenazada nuestra feminidad por estudiar una carrera o triunfar en los negocios, si al mirarnos al espejo no apreciamos ningún cambio físico, si nos encontramos igual de femeninas que antes, es de suponer que el cromosoma Y no se va a sustituir por una X cada vez que una chica demuestre que conoce la tabla periódica.

Se avecinan grandes cambios

Esto no puede seguir como hasta ahora. Cueste lo que cueste, hay que luchar para cambiar esa mentalidad absurda y alienante. Si hacemos caso a esos remoquetes, si nos influyen los esquemas con que pretenden imponer su santa voluntad, si consiguen que nos sintamos acomplejadas, que nos menospreciemos a nosotras mismas, que hagamos lo que hagamos seamos las culpables de todo [si te gusta el sexo eres una fresca, si no te gusta alguien, una estrecha, si decides no continuar lo empezado, una calientabraguetas, si te resistes, carne de cañón, si denuncias, una mentirosa], seguiremos siendo pez de piscifactoría. Y de eso nada, nacimos rodaballos salvajes y lo seguiremos siendo a toda costa, pese a quien pese. Ya no hay quien nos pare: lo mejor es que os unáis a nosotras en vez de seguir compitiendo.

viernes, 9 de marzo de 2018

La Baronesa. Capítulo VII (Novela)

No podía sospechar lo que me había caído encima, para bien y para mal, todo hay que decirlo. Teníamos una conversación pendiente y a continuación otras muchas. Aún no sabía ni cómo se llamaba, aunque me importaba un pito, la verdad, no así la razón que la había llevado hasta el tren. Si el tal Alphonse había decidido usarla como espía, estábamos perdidas las dos. Aunque a alguien con esa pinta, desvalida y hambrienta, ni yo le encargaría algo como eso. Lo que provocaba, en todo caso, eran ganas de invitarla a un bocadillo, arrojarle unas monedas o una mirada de lástima. Y muy despistada tenía que estar en caso de que fuese una ladrona; desde luego, si lo que pretendía era robar algo, conmigo iba lista.
Me volví y allí estaba, enmarcada por el dintel, sin atreverse a entrar en aquel tugurio asfixiante con olor a pies y a picadura, borroso por el humo, donde no había ni un solo asiento libre. Pero estábamos delgadas: en el mío, estrechándonos un poco, podíamos caber las dos. Fue entonces cuando, detrás de ella, abriéndose paso entre el gentío del pasillo, una avalancha de risas, colorines, pelos rubios y largas piernas se abalanzó sobre Catalina y se la llevó por delante como un trofeo. Me apetecía tanto como ametrallarme una teta, aún así me levanté para ir en su busca porque, y hasta años después no pude explicármelo, acababa de convertirme en su mentora.
Alguien se la echó a los hombros evitando así que la arrollasen las decenas de pies que iban y venían buscando espacio donde asentar las posaderas. Veía la coronilla negra y rizada de Catalina dando tumbos en zigzag hasta que llegó al compartimentos 26, el penúltimo. En cuanto asomé la cabeza, me acogió un coro de voces dulcemente desabridas que nosotras bautizaríamos después como Les blondes. De hecho, así es como mi compañera se refería al grupo y esa fue la primera palabra francesa que aprendí.
Ils sont arrivés./ Se tenant par la main,/ l’air émerveillé/ de deux chérubins/ portant le soleil./ Ils ont demandé/ d’une voix tranquille/ un toit pour s’aimer/ au cour de la ville,/ et je me rappelle/ qu’ils sont regardé/ d’un air attendri/ la chambre d’hôtel,/ au papier jauni/ et quand j’ai fermé/ la porte sur eux/ y avait tant de soleil/ au fond de leurs yeux/ que ça m’a fait mal.
Dos tocaban la guitarra y todas cantaban a grito pelado. Me extrañó la sonrisa cómplice de Catalina cuando me senté a los pies de las chicas junto a ella. Resultó que comprendía la letra. “Es una canción pecaminosa, cuenta la historia de dos amantes que se acuestan juntos y el sol les castiga dejándolos ciegos.” Todavía no he podido entenderlo, pero después tuve  que escuchar la canción cientos de veces hasta caer en la cuenta de que lo que decía era otra cosa. Claro que en aquel instante, atónita como estaba yendo de sorpresa en sorpresa, me traía al fresco lo que podía significar.
-¿Sabes francés?
-Claro, soy de Guinea.
-¿Y dónde está eso?
-En España, creo que cae por el sur.
-¡Ah!
Jamás habíamos visto aquellos pelos tan rubios. Todavía no aparecían más que en el cine y al cine habíamos ido más bien poco. Catalina nunca, yo solo a ver producto nacional, que era el que traían a mi pueblo, en blanco y negro y rebanado por la censura.
-¿Cómo os llamáis? –La que preguntaba era madrileña. Había otra española, del norte, asturiana o santanderina si no recuerdo mal.
-¿Os gusta la música española?
-A mí sí, el flamenco.
-Nosotras la odiamos, es más chic la chanson française.
 -No pensamos volver nunca, allí nos aburrimos como ostras.
-¿Dónde vivís? ¿Conoces la calle Goya, cerca del Retiro? Allí están mis padres, en París aún no tengo casa fija.
Catalina bajó la cabeza. Dije que no había pisado Madrid, tampoco había visto el mar.
-Pues no sabéis lo que os perdéis.
Eso sí lo sabíamos. Ser como ellas, rubias, desenvueltas, elegantes, viajar por placer, reírse con el estómago lleno, haber aprendido a cantar…
Les acompañábamos como podíamos, yo trataba de imitar a Catalina, que berreaba más que cantaba: «Quand on n’a que l’amour/ pour vivre nos promesses/ sans nulle autre richesse/ que d’y croire toujours./ Quand on n’a que l’amour/ pour meubler de merveilles/ et couvrir de soleil/ la laideur des faubourgs...»
Nos invitaron a sardinas en lata y, de postre, chocolate Chobil con galletas María. Todo un festín para ambas. Ellas se reían todo el rato mirándonos, no sé si por burla o porque les hacíamos gracia. Daba igual. Aquel era el rato más alegre que había pasado en mucho tiempo. Bebimos cerveza –tenía que pegar la boca al gollete de la botella de litro para que pasase aquella masa pastosa–, nos mareamos, intentamos cantar y nos reímos con ellas como locas. Catalina hablaba por las dos, con tanto desparpajo que parecía conocerme de siempre, traducía las frases que podía y así descubrí su incalculable valor como intérprete.
Aunque allí no hacía falta entender el idioma, entre la niebla cervecera sentía las vibrantes cuerdas de la guitarra y me veía envuelta en un halo feliz. Como si vivir consistiese en escuchar esos rasgueos y esas notas, emocionarse entre el humo y las canciones, como si el corazón se pusiese al rojo vivo y el pulso se acelerase con el empuje de las cuerdas invitándonos a empezar una nueva ronda. Otro trago, un pitillo más, el penúltimo.
Al despedirse, la más alta me regaló un pañuelo empapado en perfume. Caminamos hasta el compartimento sorteando rodillas y espaldas; nos sentamos a duras penas, pues los vecinos se habían repantingado a su gusto, y dormimos, por fin, la borrachera, entrelazadas una con otra para no ocupar más que una plaza, la mía, agitadas por nuestras respiraciones, las patadas y codazos mutuos, y los destellos ocasionales que atravesaban el sueño más accidentado y lleno de sobresaltos que he vivido nunca hasta que di a luz.


RECUPERACIÓN DE LA NOVELA POR ENTREGAS LA BARONESA, PUBLICADA INICIALMENTE EN LA PRIMERA ETAPA DE ESTE BLOG

(Continuará)