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viernes, 30 de septiembre de 2016

La transición española con cuarenta años de retraso

En 1978, Vizcaíno Casas, autor adepto al franquismo fallecido hace años, escribió una novela –convertida pronto en película– cuyo título, Y al tercer año resucitó, revela, tal como era de esperar, la nostalgia que impulsaba su argumento. No reparó en que la fábula se funda en una falacia, pues no es factible resucitar lo que no está muerto aún.
Franco ha continuado vivo todos estos años –de una forma más real que metafórica, pues todavía quedaban innumerables francos pululando por la política y continuando ladinamente la labor de la dictadura en la sombra, con todos sus vicios concomitantes–. Puede que empezase a agonizar en 2011, que se hallase a las puertas del cementerio cada vez que el rosario de casos de corrupción se alargaba con una cuenta más, pero morir-morir, posiblemente lo haya hecho tras las penúltimas elecciones, las de diciembre de 2015. Y, ahora sí, nos hallamos en plena transición, sufriendo los mil y un traumas que quisimos evitarnos entonces y que, ilusos de nosotros, pensamos haber logrado en un santiamén.
Lo de ahora (y no lo otro) merece el nombre de transición porque, al fin, al ciudadano de a pie –ojo, solo a unos cuantos, tampoco pequemos de optimistas que todavía queda mucho por hacer– se le empieza a caer la venda de los ojos. Lo que urge es desactivar las secuelas que perduran, pero no será fácil, los herederos se resisten a abandonar sus vicios aferrándose al poder y sus prebendas como garrapatas pegajosas. Aún quedan corruptos por retratar, privilegios que abolir y mucho castigo que aplicar sin contemplaciones, con toda la contundencia que exige cada caso.
Los españoles deberíamos reconocer que desde 1975 hasta ayer mismo hemos vivido como alicias-en-el-país-de-las-maravillas, y hay que hacerlo, echar un vistazo a lo que queda al otro lado del espejo, porque sin asumir los fallos pasados no es posible rectificar. Pero sin complacernos en el derrotismo, sobreponiéndonos y adoptando una actitud constructiva, lo que supone buscar soluciones carentes de los lastres del pasado, exigir a nuestros políticos mucho más que hasta ahora, adoptar en nuestra vida cotidiana la misma actitud ética que hace falta en la pública y –algo que quizá seamos incapaces de hacer porque, según parece, no está en nuestro ADN– permanecer alerta, informados y participativos en lugar de adormecernos con cantos de sirena como suele ser nuestra costumbre.
El PP está enfangado en la corrupción, el PSOE se descompone como partido, a la nueva izquierda se le ponen palos en las ruedas para desactivarla, arrancarla de cuajo –mediante el miedo y la calumnia– antes de que llegue a prosperar. Hay que salir de una vez del atolladero en que estamos metidos. Un atolladero que, repito, no es otra cosa que esa transición que teníamos pendiente desde hace una eternidad.

domingo, 25 de septiembre de 2016

La última jugada de Darwin

Creí que lo había matado, pero en la madrugada de ayer le descubrí arrastrándose fuera de la bañera y, a partir de entonces, el pánico se ha adueñado de mis horas. No encontraba la forma de librarme de él. Hace una semana lo partí en dos con un cuchillo de cocina, pero la parte correspondiente a la cabeza no tardó mucho en reproducirse y la otra anduvo dando coletazos sonoros dentro del cubo de basura durante media hora o más. El viernes creí haberlo ahogado colándolo por el sumidero y dejando el chorro correr a toda velocidad, pero tenía que haber girado hasta el tope el grifo del agua caliente, así se hubiese quemado evitándome el desagradable espectáculo. Verle arrastrarse desmañadamente me produjo escalofríos. De ira, de temor, de asco, de rabia. Di media vuelta pensando qué tipo de arma podría usar contra él y me encontré ante la caja de herramientas con un martillo en la mano, sopesando las ventajas de lanzarme sobre aquella forma repugnante con todas las consecuencias. Al fin y al cabo, parecía inofensivo, no le creí capaz de atacar. A no ser que fuera venenoso. Por si acaso, mejor eludir todo contacto directo o indirecto. Guardé de nuevo la herramienta, por precaución, pero también porque me faltaba valor para hacerlo: solo imaginar espachurrada esa viscosidad infecta me producía incontrolables tiritonas ¿Un veneno? ¿Qué podría envenenar a un ser así? ¿Insecticida? ¿Amoníaco? ¿Aspirinas machacadas? Su resistencia era tan evidente que, me temía, cualquier sustancia potencialmente mortal podía convertirle en un bicho más grande, más fuerte, más beligerante. En definitiva, en un auténtico monstruo.
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Jacek Yerka - El placer del dragón (1995)
Pero me estaba comportando como un verdadero ratón, con la colcha levantada hasta la barbilla como si el pobre animal pudiese llegar hasta mi cuarto, subirse a la cama y devorarme. Si lo pensaba bien, no tenía nada que temer. Todavía no era más que una insignificante sabandija de extremos puntiagudos y unos cinco centímetros de largo, que reptaba convulsivamente en los aledaños del inodoro. Pero cuando lo conocí, semanas antes, no medía más que el filo de una uña. No solo había demostrado su capacidad de sobrevivir a cualquiera de mis estratagemas asesinas, además se había robustecido y demostrado una inteligencia fuera de lo común en alguien de sus características.
Sobreponiéndome al asco y los temblores, me levanté y, con los pies embutidos en confortables (y protectoras) zapatillas, entré en el cuarto de baño y encendí la luz. El gusarapo me esperaba frente a la puerta y, aún careciendo de órganos de visión apreciables, parecía mirarme fijamente. Su boca, o lo que fuese, se abría y cerraba espasmódicamente, como si se hubiese puesto a hablar sin voz o tratase de respirar con avidez.
-¿Te estás ahogando? –pregunté, y enseguida caí en la cuenta de que estaba ante una forma de vida tan primitiva que ni siquiera podía comprender sonidos elementales, como hacen, por ejemplo, los perros. Pero antes de abochornarme del todo, de preguntarme si estaría enloqueciendo, Isi se me vino a la cabeza. Era la solución. No tenía más que bajar al jardín.
Lo encontré durmiendo profundamente. ¿Esa es la forma de actuar que tiene un perro guardián en plena noche? Le propiné una patada cariñosa, entreabrió un ojo y lo volvió a cerrar. “Ya sé que eres tú, no tengo de qué preocuparme” parecía darme a entender.
El pez picudo ya no estaba. Lo busqué por todo el cuarto de baño, recorrí el pasillo, encendí la luz del salón, incluso rastreé por debajo de la cama con una linterna de monte. ¿Cómo defenderse de alguien que no da la cara? Ya no me atrevía a cerrar los ojos. Agarré la linterna y salí a dar una vuelta por las apacibles veredas de mi barrio.
Hoy todo está más claro. Mi visitante ha adquirido el tamaño de una anguila –invertebrada y de color acero– y sisea enroscado en el grifo del bidet. Sé que me observa, que intenta hacerse entender. Aún no habla mi idioma pero solo es cuestión de tiempo. Por ahora, he decidido indultarle y espero ansiosamente que vayan pasando los días. Sé que va a desarrollar su inteligencia. Aún no estoy seguro de cuáles son sus intenciones, puede que no tenga nada que temer pero, hasta que podamos comunicarnos, no pienso volver a dormirme.

martes, 20 de septiembre de 2016

Una premonición

Tengo que imaginar un lóbrego túnel cada vez que rememoro aquel dormitorio inmenso. Camas a ambos lados presididas por otra, enorme, oculta tras un muro de cortinas blancas, la de la monja encargada de vigilar nuestro sueño. Yo solía aprovechas sus ronquidos, que escuchaba desde mi cama –la quinta según se entra a la derecha, frente a los ventanales del fondo–, para arrastrarme como una serpiente aunque más atemorizada que un ratón, hacia la cama de Carmela, la sobrina mayor de sor Margarita, nuestra sevillana y septuagenario profesora de español y antigua novia, o amante –según las malas lenguas– de don José María Pemán, el ínclito prócer de las letras españolas si nos atenemos al ideario del régimen.
Carmela me hablaba de su pueblo, tan blanco como si la nieve hubiese cubierto para siempre sus casitas, o así lo imaginaba yo. Ella no había visto nevar hasta que llegó a Madrid, y había que verla, boquiabierta, detrás de los cristales del ropero, siguiendo con la mirada la trayectoria de cada copo, absorta en el manto inmaculado que cubría por entero el jardín. Aquello no solía durar mucho. En cuanto notaba que sus susurros comenzaban a cerrarme los ojos, tenía que pellizcarme las mejillas si quería emprender el viaje de vuelta. Reptaba, una vez más, sobre las losetas heladas del invierno madrileño, con el vientre helándoseme bajo los techos abovedados y altísimos, de aquel recinto inclemente, y las mandíbulas entrechocándose por culpa del pánico.
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Luke Fildes - El médico (1891)
Una noche de febrero me quedé dormida antes de tiempo y no pude visitar a Carmela. Las seis mantas aplastando mi cuerpo adolescente para sustituir la inexistente calefacción fueron, quizá, el motivo de mi pesadilla.
Bajo la lámpara del comedor –con su pantalla de porcelana verde flanqueada por festones puntiagudos– el rostro de mi padre, tan pálido que, se diría, pertenecía a un espectro y no a una persona viva, me sonreía con amor infinito. Elevó la mano como gesto de despedida y, aunque alargué las mías en inútil intento de retenerle a mi lado, se levantó rígido como una tabla, y continuó levitando y desplazándose hacia atrás hasta desparecer filtrándose por los intersticios de alguna fachada cercana, como el cuerpo glorioso que era, en la negrura de la noche.
Desperté a medianoche, con toda la cara empapada y los hombros tableteando sobre el colchón debido a las sacudidas, entre desesperadas y furiosas, de Carmela.
-Perdona, Pili. Gritabas tanto… Pensé que podías despertarla.
Contuvimos la respiración unos segundos, luego nos echamos a reir. Era un alivio escuchar los silbidos de sor Matilde tan fuertes y regulares como siempre.
Pero aquella misma mañana, hacia las siete, cuando acabábamos de asearnos para asistir a la misa diaria, vimos aparecer en la galería, inesperadamente, a sor Isabel, la jefa de estudios. Tintineaba el rosario en su cintura por el galope de los andares.  
Me vi empujada hacia el vestíbulo, donde nos esperaba la superiora. Bajamos la gran escalinata. Frente a la verja, el taxista y la hermana portera entretenían la espera con insustanciales comentarios. Por fin, instaladas ya las tres en los asientos, sor Catalina se fijó en mí.
-Pili, no te asustes. Vas a pasar unos días con tu familia. Nos han avisado esta noche de que papá ha caído en coma, pero no hay que preocuparse, reza mucho a la virgen para que se ponga bien cuando te vea. ¿De acuerdo?
El hilo de voz con que asentí no lo escuché ni yo misma.

sábado, 10 de septiembre de 2016

El clamor de la trompeta (Relato cínico)


El trompetista no dejaba de tocar. En mi oreja. Siempre. Donde iba mi oreja iba él. Se creía Miles Davis y no era más que un chaval sacando ruido de un cacharro herrumbroso de la época de Maricastaña. 
-¡Qué lindo! - suspiraba Mari Ví, que lo había contratado para la fiesta y no cabía en sí de orgullo.
-¿Te ha costado muy caro?
-¿El qué?
-¿Qué va a ser, hija mía? El de la trompeta.
Estiró todavía más su cuello de jirafa (que ella consideraba de cisne).
-No está en venta. Si tenías intención de alquilarlo para algún evento de los tuyos ya estás buscándote a otro. Raul es un amigo y está aquí para hacerme un favor.
Un favor, dice. A ella quizá, con ese mal gusto congénito que tiene, pero a la gente normal nos estaba perforando los tímpanos. Me levanté, con la excusa de servirme más hielo, y al rato lo tenía otra vez junto a mi hombro.
-Ahora sé lo que es sufrir -le susurré a mi vecino de butaca, un calvo rechoncho y sonriente que se inclinó hacia mí sujetándose el pabellón auditivo como si estuviera a punto de despegarse.
Comprendí que estaba sordo. Me desesperé. Si el resto de los asistentes era como este, la única condenada era yo. Me esperaba una noche infernal. Miré a mi alrededor, unos atendían con media sonrisa beatífica, la del resto era más bien siniestra. ¿Estarían planeando cargarse al músico?
Decir músico es una mentira piadosa. Aquellas uñas, largas y negrísimas, su aspecto desharrapado lo decían todo de él.
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Juan Gris - El violín (1916)
Tenía que ocurrírseme algo. Pegué la barbilla al hombro y ahí estaba, soplando sin descanso con los ojos clavados en mi nuca. Quizá se tratase de otra alma herida, hipnotizada por mis encantos, capaz de cualquier cosa con tal de hacerme feliz. Decidí probar suerte, le guiñé un ojo, me levanté de un salto, miré por el rabillo y comprobé que me seguía con el tubo separado ya de la boca. La cosa empezaba a funcionar.
En dos saltos, nos plantamos en el recibidor donde, mirándole de frente, saqué el monedero del bolso.
-¿Cuánto quieres por irte ahora mismo?
No pestañeó.
-Cincuenta euros y los pendientes.
(Mis corazonadas nunca fallan: estaba enamoradísimo).
Puse cara de lástima, le expliqué que tenían un gran valor sentimental insinuando con ello que se trataba de un par de joyas valiosísimas de las que me era imposible desprenderme. Bisutería pura. Los encontré en el jardín jugando con el gato, digo, al gato jugando con ellos, y me parecieron vistosos, originales más que nada, para llevarlos esa noche después de frotarlos con alcohol. Pero no podía subestimar su papel como responsables de aquella pasión repentina.
-Bueno, toma, pero prométeme...
-Seré una tumba, no se preocupe.
Torcía tanto los labios que, de haberlo hecho con los dos lados de la boca, pensaría que estaba sonriendo.
Cuando entré en la sala, todos charlaban sin echarle de menos. Todos menos Mari Vi, que algo debía barruntar porque la encontré acariciando el piano con cara de nostalgia.
-Se encontraba mal, una lipotimia, creo. 
-¿Ya se ha ido? ¡Qué pena! Ahora que lo estábamos pasando tan bien.

lunes, 5 de septiembre de 2016

El arte de narrar 1: Inspírate

Esta es la segunda entrega de unas recomendaciones para autores novatos que abordará conceptos básicos unas veces olvidados y otras no tenidos en cuenta. Por tanto, le pueden servir a todo el mundo. Obviamente, el arte de contar historias (o contar historias con arte) no es un universo cerrado ni un problema de matemáticas cuyo resultado ha de ser 536,8 y, lo mires por donde lo mires, no hay más. Aquí no, el objetivo de esto no es solo construir un maravilloso argumento ni ser más ingenioso que nadie, como parecen creer algunos autores (muy) modernos, sino rozar con los dedos algo tan etéreo e indefinido como la perfección literaria. Es lo que tenemos que intentar –nunca llegaremos muy lejos si no nos proponemos las metas más altas– primero, poco a poco, con argumentos sencillos y formatos de extensión reducida, más tarde, y según vayamos adquiriendo pericia, podremos ser más ambiciosos. Pero si has escrito ya diez novelas y lo que vas a leer no es nuevo para ti tampoco te hará daño reflexionar otra vez sobre ello. Incluso a los lectores puros, a esos que jamás han emborronado una cuartilla, visitar alguna vez la cocina literaria, con su aparataje, ingredientes y utensilios, les puede resultar de lo más curioso.
Desde que existe, la especie humana ha sentido la necesidad de narrar. Lo hacemos constantemente, y casi sin darnos cuenta: refiriendo lo ocurrido, lo que, suponemos, va a ocurrir, manifestando deseos y hasta dejando volar la fantasía. Me refiero al lenguaje oral y cotidiano, pero ¿qué es narrar con arte? ¿dónde reside el secreto de la belleza?
Nicolas Poussin - La inspiración del poeta (Louvre)
La respuesta es: en ningún sitio y en todos. Igual que una flor natural no se construye pétalo a pétalo, o que a base de combinar brazos, cabeza, venas e hígado, nadie ha podido dar vida a ningún frankestein, la buena obra literaria no consiste en la suma de sus partes. Necesita algo más, un poderoso aliento de vida, cuya presencia le infunde ese poder, un hálito misterioso, desconocido, que es donde reside la auténtica excelencia. Queda claro, pues, que es imposible elaborar un recetario con fórmulas mágicas que nos conviertan en genios de la literatura, pero sí desvelaré el que, para mí, es componente imprescindible, el que no puede faltar en el conciencia del que escribe ni en el fondo y forma de cualquier obra que merezca la pena y, sin embargo, no encontrareis en ningún manual: la pasión. Por la vida, por el arte y, sobre todo, por las historias.
Damos esta pasión por supuesta. Ahora es preciso encontrar, dentro de nosotros, los  otros dos factores que cimentarán nuestra futura obra maestra: inspiración y trabajo. El segundo todo el mundo sabe en qué consiste, pero ¿qué es eso de la inspiración? ¿ de verdad existe o no es más que un invento de los artistas?
Personalmente ¡cómo no! apuesto por su existencia. Todo creador la siente de vez en cuando, de ahí que el término no nos haya abandonado desde el inicio de las civilizaciones o cuando el arte encontró su lugar en el mundo. La tradición ha atribuido a los dioses el poder de otorgarla a unos cuantos elegidos y no la ha cuestionado jamás, pero desde  1850, con Freud y el descubrimiento del subconsciente –o sea, desde anteayer– existe un gran escepticismo al respecto. Nadie ha conseguido todavía demostrar su presencia, averiguar su naturaleza o establecer sus límites.
Pero, la experiencia, como el algodón, no engaña y ¿quién no ha sentido su chispazo alguna vez? Estoy convencida de que hasta el individuo más prosaico ha tenido una idea genial, sin pretenderlo, en algún momento de su vida. Suele tratarse de un material breve y efímero: una frase, una visión, un recuerdo. Se ha dicho que si se hubieran conservado solo los primeros versos de la lírica, la historia de la poesía se habría ahorrado mucha palabrería gratuita. La inspiración es, pues, un instrumento escaso que cada autor debe analizar, elaborar, dar forma, y que suele presentarse, más que como solución, como generadora de diversos problemas. A partir de ahí, las facultades humanas –voluntad, razón, fantasía etc.– se aliarán para sacar adelante el proyecto artístico.
El escritor novel confía en esas iluminaciones ocasionales, descubrimientos que propicia la fortuna, hasta que comprende que son bienes escasísimos. Es un error pensar que la labor artesanal no puede mejorar los frutos de la inspiración. Una vez aparecido el soplo inspirador, el artista debe reelaborar lo que sea necesario, adaptarlo a sus objetivos y a las características del conjunto de su obra. Y ahí es donde introduciremos el factor trabajo del que hablaba más arriba: a  partir de entonces, nos dedicaremos forzosamente a adquirir una técnica si queremos continuar escribiendo. Me consta que el manejo de un material tan delicado puede provocar temor pero debemos tener claro que solo aquél que consigue moldear lo que ha surgido espontáneamente conseguirá, mediante el dominio de su técnica, elaborar valiosos productos. El pulimento de la prosa, la consecución de un estilo propio, entre otros, son valores mucho más estables que la espera eterna de un azaroso hallazgo ocasional. La búsqueda de originalidad dará paso a una permanente escucha de la propia voz; la maestría por sí misma será, en adelante, capaz de realizar obras de mérito y esto produce en el escritor que ha alcanzado la madurez en su oficio una impagable tranquilidad.

martes, 30 de agosto de 2016

La Baronesa (VIII)

Nunca llegamos a París si por París se entiende la que conocemos como Ciudad de la Luz. Esa que aparece en los folletos turísticos mostrando orgullosamente su esplendor, sus vicios y hasta sus vergüenzas, la de la Tour Eiffel, le Moulin Rouge, la Bastille, le Quai d’Orsai o les Champs Elysees, me sería mostrada por John, mi marido de nombre inglés y sangre española, casi una década más tarde. Un comisionista cualquiera nos señaló el andén de más abajo, donde aguardamos el atestado y decrépito tren de cercanías que debía trasladarnos a la casa de huéspedes sita en un suburbio roto, opaco y amarillento; quizá igual de pobre, pero incomparablemente más feo que mi pueblo, el humilde enclave de la sierra extremeña que seguía aferrado a mi espalda como un fardo de mil toneladas, y de cuya huída no sabía si empezar a arrepentirme.
La casa estaba llena de niños, no había más cuarto que el dormitorio familiar; lo que alquilaban era el sofá cama del comedor, a un precio abusivo por cierto, pero no nos importó demasiado pues, ni entendíamos de negocios ni habíamos tenido cuarto propio nunca. Cuando la patulea en pleno se retiró a sus aposentos y nos vimos solas, nos entró la juerga a las dos. Sin saber por qué, no podíamos aguantar las carcajadas. Ni eso ni el hambre. Nadie se había ocupado de darnos de cenar. Por suerte había un patio y, al otro extremo, una cocina con su fresquera repleta de fiambre y, sobre la mesa, un atadijo de arpillera que guardaba dos o tres hogazas no demasiado resecas. Lo sacamos todo afuera y, sentadas sobre el empedrado, entre geranios y aspidistras, nos miramos por primera vez cara a cara.

Casi atragantándose con los enormes trozos de salchichón que tragaba sin masticar, Catalina me contaba cómo huyó en cuanto pudo porque estaba más que harta de golpes. ¿Quién la pegaba? Todos. ¿Qué hacía?
-Lo normal. Yo era su sirvienta.
-¿Cómo que lo normal? ¿Guisabas?
-Sí.
-¿Limpiabas?
-También.
Incapaz de distinguir, creyó que debía cumplir todas las órdenes y había pasado, de ser solo la chacha, a convertirse en el saco que recibía todos los golpes y, por si eso no fuera bastante, en la puta de todos.
-¿Cuánto cobrabas por todo eso, Cati?
-¿Cobrar? ¿Palizas?
-Palizas no, dinero. ¿Cuánto te pagaban a la semana? Hacías muchos trabajos distintos.
-Cobrar no cobraba, tenía comida y techo, ese era mi pago.
-Te violaban entonces.
-No. Ellos decían que era lo justo.
-Pero ¿a ti te gustaba?
Me miraba como si le hablase en Morse. Días después me explicó que cerraba los ojos y se apretaba las orejas mientras cantaba por dentro una tonada bonita para hacer más llevadero el peso del que le tocase esa vez en suerte.
-Decían que necesitaban más chicas para el sexo, pero yo nunca vi a ninguna.
-¿No te das cuenta de que has sido su juguete?
-¿Qué quieres decir?
No estaba muy segura. Repetía frases que había escuchado no sabía dónde, tenía una vaga idea de que aquello estaba mal pero no habría sabido explicárselo.
-Alphonse estaba buscándote una compañera; si me descuido, habría acabado como tú.
-También yo quería que te atrapase, estaba harta de estar sola y cargármelo todo encima.
El miedo era un manto tan amplio como el cielo y tan cercano que en cualquier momento se podía desplomar sobre nosotras, la sospecha, algo absurda, de que Alphonse nos había seguido e intentaba capturarnos de nuevo me obligaba a pedir un vaso de agua, cada día en un bar diferente, para hojear la prensa en busca de pistas. No recuerdo qué esperaba encontrar, posiblemente una foto suya, detenido, esposado y rodeado de policías para quedarme tranquila al fin.
Nos dormimos allí mismo. Sobre guijarros puntiagudos, pero al aire libre, rodeadas de gatos y flores, respirando el fresco de la noche y con el estómago lleno a rebosar.
Los niños eran cuatro y otro que venía en camino, la mujer era gritona pero nos daba bien de comer. A la siguiente semana cambiamos el estatus. De huéspedes a sirvientas. Fui la elegida para sacar al parque a la tropa cuando el taller obligaba a prolongar el horario a Henriette. Ella pagaba cuando podía y nos proporcionaba alojamiento.
-He recortado esta hoja para que mires los anuncios por palabras. ¿Adónde vas? ¿Pero tú no sabías francés?
Catalina era dócil, puede que demasiado, pero hacerla entrar en razón cuando se le metía algo en la cabeza era como apartar a un ternero de madre. Me costó darme cuenta de que no sabía leer, como intérprete oral no tenía precio pero eso no servía para buscar trabajo en una ciudad tan grande. Le propuse ir de bar en bar preguntando si necesitaban una camarera, pero no parecía tener gran confianza en sí misma, tal vez por su aspecto aniñado, su color, su condición de extranjera. Y lo peor es que me estaba empezando a contagiar de sus prejuicios.
-¿Tú crees que aquí, si se cobra barato, aceptarán hacerlo en la calle?
-¿Es que piensas meterte a puta?
-¿Qué quieres que haga, dejar que me sigas manteniendo?
Miedo a que la policía descubriese a Catalina merodeando por el barrio con intención de golfear y nos metieran a las dos en chirona, miedo a perder la poca estabilidad que habíamos conseguido, a que mi padre me encontrase y tuviera que volver al pueblo, miedo a ser robada, violada, acuchillada, agredida, muerta de inanición, abandonada a mi suerte. A que Henriette nos echase a la calle por indocumentadas y vagabundas. A perder a Catalina. Terror al propio miedo. Miedo al propio terror.


(Continuará)

jueves, 25 de agosto de 2016

Miles ahead (2016)

El viernes, 13 de noviembre de 1987, más de siete mil personas vieron y escucharon a Miles Davis en el Palacio de los Deportes de Madrid, dentro de la 8ª edición de un Festival de Jazz que se celebra anualmente en otoño.
“Más de siete mil personas vieron y escucharon…” Tenía que haber utilizado la primera persona del plural. Porque yo estaba allí.
No sé si Davis tocó como siempre o como nunca ya que aquella fue mi primera oportunidad de presenciar una actuación suya en vivo. Y la última. Por desgracia, nos dejó cuatro años más tarde.
Recuerdo bien lo que escuché y vi. Una música espléndida, que nos invadía por completo, en la que nos instalamos y hasta flotamos, que nos mantuvo extasiados durante horas –porque aquello no acababa nunca aunque entonces no nos diéramos cuenta– y un músico arrebatado, lleno de entusiasmo, de energía, vida, inspiración prodigiosa, felicidad, tesón. El concierto duró bastante más de lo previsto, salimos de madrugada, pero así es la música en directo, el jazz sobre todo, cuando se deja llevar por la pasión.
El diario ABC habla de emotividad –en una reseña diminuta en comparación con la importancia del evento en la que se le da el apelativo de Príncipe del Silencio – y no exagero si digo que se queda corto. Emotiva la actuación y la respuesta del público pero también complicidad y fervor por ambas partes. Aquel momento único que hechizó a toda una multitud se despachó en menos de 400 palabras. Injusticias de aquella –tan idealizada y denostada–transición.
“Escuchar a Miles Davis, y además, verle es un espectáculo que, no por repetido, cansa. A su música, la plástica de su actuación, cual prolongación natural, justa y necesaria a ella, se convierte en inusitado “ballet” expresivo del alma que va esculpiendo  en cada nota al trompetista que hoy sigue sacando provecho a la elección realizada en su juventud al suprimir el “vibrato”. Por ello toca como toca y como tocaba.Su inagotable magia arrastra sus paseos sobre el tablado, no sólo los objetivos de los fotógrafos, sino las receptivas y atónitas miradas de todos los espectadores del Palacio, que asistieron a una historia con introducción, nudo y desenlace, cuyo argumento se gestó hace mucho tiempo, y que en el futuro podrá tener muchos finales, pero siempre con la misma moraleja, fruto de su providencial sabiduría.”
ABC –ESPECTÁCULOS – SÁBADO 14 11 1987

Aunque creo que queda algo confuso, con el contenido coincido en lo esencial. Precisamente, el ritmo de la película intenta reproducir todo ese vértigo, el del propio Davis y el de la trompeta jazzística, y lo hace alternando secuencias de diferentes momentos de su vida, dejando en un segundo plano el registro de lo que sucedió para resaltar el carácter y la sensibilidad del músico. Es su temperamento y su forma de tocar lo que inspira esas secuencias atropelladas, repletas de intensidad y dramatismo. Peleas amorosas, peleas en general, amor, infidelidad, esfuerzo, adicciones, violencia, virtuosismo. Y la propia música invadiéndolo todo, dando sentido al guión, implicando al espectador y alzándolo por encima de la sala, más allá del propio argumento.
Cheadle no ha pretendido elaborar una biografía exhaustiva de la estrella, se conforma con presentar unos cuantos fogonazos –salpicados de episodios que recuerdan al género negro –de dos etapas muy concretas de su vida: un momento de los inicios de su carrera y otro, crítico en lo personal y profesional, después de haber llegado a la cumbre. Gracias a la contención y al realismo con que se ha abordado el guión, los posibles objetivos del director, y a la vez guionista: dar a conocer lo que él considera la esencia del personaje mediante una historia amena y una música envolvente, se han conseguido por completo.

·         Director: Don Cheadle
·         Guión: Steven Baigelman, Don Cheadle
·         Reparto: Don Cheadle, Ewan McGregor, Michael Stuhlbarg, Emayatzy Corinealdi, Lakeith Lee Stanfield, Morgan Wolk, Austin Lyon
·         Banda Sonora: Robert Glasper
·         Ejecución musical: Herbie Hancock
·         Fotografía: Roberto Schaefer
·         País: Estados Unidos
·         Estreno: 2015
         ·         Género: Drama, Musical, Biografía
Duración: 100 minutos

sábado, 20 de agosto de 2016

Sin despedirse

Parecía humo y sin embargo era una suave niebla que se había condensado desde el alba alrededor de troncos y ramas del bosque de Astandy, después de que los pastores hubiesen apagado sus fogatas allá abajo, en la base de la ladera, un zócalo rocoso desde el que, en los días más claros, se dominan todos los pueblos del valle. La hija de la señorita Elena se miraba los zapatos. La señorita Elena también. Estaban paradas al borde del andén mientras los castaños seguían erguidos allá arriba. Dolía saber que no se moverían de allí y que ellas no volverían a escuchar su rumor inconfundible en mucho tiempo, quizá nunca.
El suelo de la estación se había cubierto de hojas frescas. Se diría que el viento nocturno había depositado en él, precisamente, las briznas arrancadas de los árboles y arbustos que coronaban el macizo de Ambra. Las pocas bombillas que seguían enteras sorprendían con su luz de trecho en trecho sumándose a la amanecida incipiente. Un bulto con gorra de empleado paseaba con los hombros encogidos. Emboscado en un rincón, muy cerca de la entrada al vestíbulo, un amasijo de ropa olía a vino, miseria, y  mugre. La señorita Elena apartó a la niña unos pasos. Los destellos de las vías brincaron un poco más.
            La señorita Elena, cuando tuvo que excusar su marcha, había dicho que se sentía perdida en el cerro.
        ¿Perdida? ¿En esa casa tan pequeña? – Replicaron algunos.
Notó un gesto avinagrado en muchas caras, pero igual daba después de todo. Siempre, eso sí, que la niña no se diese cuenta. Sólo ella sabía lo poco que había esperado de aquella gente mientras vivió allí.
Y la mujer que solía acercarse a la tahona a diario a pedir los mendrugos de pan sobrantes había enseñado las encías, tan hostil como todos, aunque no entendiese palabra de lo que se estaba cociendo.
La hija de la señorita Elena se había vuelto más y más silenciosa a medida que los niños iban abandonando la aldea.
Pero a veces cantaba.
O decía:
        Cuéntame una historia.
La casa de la señorita Elena era, ciertamente, minúscula, pero por ella habían desfilado los personajes más variopintos. Tahúres y anacoretas, viudas que habían colgado el luto antes de estrenarlo, aparecidos, monstruos surgidos de las aguas, alpinistas, echadoras de cartas, bailarines. Los relatos de la señorita Elena no parecían muy adecuados, pero la hija vagaba por las palabras de su madre como por una selva repleta de enigmas. Observando aquella multitud virtual, aún sin comprender bien sus maniobras, sentía una euforia secreta,  intraducible.
        Mamá, cuéntame una historia.
        Te hablaré del sitio a dónde vamos. Cuando lleguemos verás ríos de gente.
        ¿Qué más?
        Encontrarás tiendas y más tiendas y un arroyo seco en medio por el que pasan coches en vez de agua. En los escaparates verás los juguetes y los muebles y los vestidos más lindos del mundo.
        No sé si me va a gustar.
        Y aviones que pasan rozándote y tiendas con mostradores que contienen cientos de libros, más aún, decenas de estantes de los que asoman lomos tersos mostrando títulos, colores. No podrías leerlo todo ni en diez vidas que vivieses.
Una vez la señorita Elena, Elenita entonces, encontró un desconocido merodeando al borde de la barranca, junto a los peñascos donde nace el río. Tenía la barba espesa y el hambre acuartelada en los huesos. Aunque sabía que la censurarían, habló con él.
        ¿Quién eres? – le preguntó.
        Uno que va de pueblo en pueblo. Vendo en un sitio lo que he comprado en otro.
        ¿Y por qué te escondes?
        ¿Es que no te asustas de verme?
“¿Por qué tendría que asustarme” pensó ella. Era un hombre alegre, la sonrisa le rebosaba por las comisuras y volaba a su alrededor.
        Al contrario, mirarte me gusta.



Luego había vuelto casi todos los años en época de ferias. Una noche, incluso, la sacó a bailar.
        Sigues sin darme miedo- – dijo ella – ¿Ahora me crees?
Él paró en seco para verla.
        Me cuesta creer que seas la misma. ¡Si entonces no podías tener más de ocho años!
        Catorce tenía, listo. Y ahora tengo ya veinte.
No se le apeaba el gesto incrédulo.
        Pues frena de una vez, si sigues creciendo así de rápido, pronto tendrás más años que yo.
        Ja, ja.
Se llamaba Juan Garrido y tenía talento para adivinar qué hacía falta y a quién. El comercio era, por tanto, su lugar natural en la tierra. No le hubiera costado gran cosa ser rico, es más, había estado a un paso de conseguirlo una docena de veces. A Elena le ofreció la luna y ella la aceptó.
            Un mes más tarde, a finales de octubre, cargaron unos pocos enseres en la destartalada furgoneta que sustituía al camión de antaño, junto a alfombras rústicas, flautas talladas en madera, una espuerta llena de quesos de cabra, tarros de miel de colmena y silbatos fabricados con vidrio. En el quicio de todas las puertas había algún gesto hosco mirándoles marchar. No les despidió nadie. El padre viudo vio el cielo abierto, la ocasión que esperaba para casarse había llegado por fin.
            Viajaban constantemente. En poco tiempo Juan logró reunir una pequeña fortuna. Atraer el dinero a sus bolsillos no le costaba ningún trabajo, fluía hacia él como el agua por su cauce. Y con la misma facilidad que entraba volvía a salir. Él no quería nada para sí mismo, era feliz poniendo el mundo a los pies de su mujer.
        Qué quieres que te compre – solía preguntarle.
Al principio eran joyas, ropa cara, pieles. Era vivir sin escatimar gastos, alojarse en los mejores hoteles y alquilar modelos de primeras marcas sólo por divertirse, aunque la furgoneta estuviese más desvencijada que nunca. Para sus mercancías no precisaba mucho espacio, era ligero lo que transportaba entonces.
Hasta el día que compró aquel libro. Elena lo hojeó por mero aburrimiento, eran muchas las horas de tedio que pasaba encerrada en el cuarto más lujoso del hotel esperando a que Juan volviese. Lo devoró. Desde entonces cada nueva incursión por los pueblos suponía para ella horas de lectura por delante. Por fin estaba tranquila y él creyó que habían llegado a un acuerdo, pero al poco tiempo se volvió a quejar.
        ¿Para qué tanto libro si tengo que dejarlos cada vez que me obligas a mudarme?
        Pero ¿los lees o no?
        De cabo a rabo. Por eso me duele que se queden. Es como ir perdiendo amigos por todos los rincones del mundo y no volver a verlos nunca. ¿Por qué no abrimos una tienda y nos estamos quietos de una vez?
        Tienes razón, Elena; es lo que he querido hacer siempre. Aunque aún no ha llegado el momento. Espera a que ahorre un poco más.
            Pero el ahorro no estaba impreso en su carácter. La mala racha, que les esperaba a la vuelta de la esquina se llevó lo que tenían dejándoles fundidos a deudas.
            Y si la prosperidad les había animado a traer un hijo al mundo la pobreza repentina les hacía temer por su suerte. Según Elena, había que olvidar los delirios de grandeza, pedir un préstamo, poner un bar en su pueblo y sacar al niño adelante. Ahora que sabía lo que eran los negocios no la iba a arredrar ningún obstáculo.
            No hubo más que decir, vendieron lo que tenían y se pusieron en camino. La pareja se emocionó al divisar a lo lejos la aldea, el contorno peculiar de cada cima, los rebaños varados en las rocas, el vaho enganchado a las laderas. El autobús les dejó en un recodo, se cogieron de la mano y fueron saltando entre los árboles. Con cuidado, evitando sacudidas para que el vientre de Elena no se bambolease más de la cuenta. Cuando la pendiente se volvió abrupta, se deslizaron hacia abajo como dos cachorros llenos de júbilo.
            Y entonces, en mitad de una carcajada, Elena escuchó un golpe seco a su izquierda y vio el cuerpo de Juan tendido en la broza del bosque. Un chorro negruzco le manaba del cuello.
            Fue un tiro perdido, dijeron. Habían visto cazadores allí cerca. El asunto se enterró. Elena supo al fin lo que era el odio, palpó la cruel hostilidad de la gente, sin ningún motivo concreto, porque eran distintos de ellos, porque sí. Decidió abrir una escuelita y enseñar a leer a quien quisiera, niños o grandes, pero no les dio el gusto de verla llorar.
La señorita Elena nunca había contado esta historia a su hija. No le había dicho:
        Cuando me muera, si tengo los ojos abiertos, querría que él viniese a cerrármelos.
Pero de haberlo hecho, hubiera añadido:
        Tú fíjate cuánto amor.
Bajaba de las cumbres el relente. La señorita Elena tiritó un poco, apretó aún más la mano de la niña pero no se movió de su sitio. Aún faltaba más de media hora para que llegase el tren.