lunes, 6 de abril de 2020

La espera (Fábula moderna)



Fábula moderna 

Antes de que todo empezase, el Hombre del Sombrero, con el cráneo descubierto porque estaba en su casa, se parapetó tras el Telescopio que era su herramienta de trabajo y reparó en mil detalles a los que no había prestado atención hasta entonces. Vio a un muchacho recortado contra el borde del acantilado contemplando el vacío que parecía a punto de saltar, los peces del lago se perseguían formando círculos concéntricos, una familia de cinco miembros recién llegada a la ciudad se había parado en una esquina y todos observaban el tráfico con aire pensativo y perplejo, dos sombras alargadas se balanceaban al otro lado de un cristal roto, una madre caminaba con su hijo de la mano secándose las lágirimas, dos individuos de colmillo afilado. habían armado un tenderete que ofrecía grandes ganancias a cambio de una módica suma, a la puerta del mercado un campesino montado en un asno ofrecía a precio de oro verduras y conservas, una bandada de cuervos rasgaban una tela a picotazos en lo alto de una cornisa, un alud bajaba de la montaña, golpes de viento levantaban remolinos en la plaza del mercado, un ciervo se arrastraba sangrando por el borde de la carretera. Aquella era una pequeña porción de terreno, pero llena de maldad y dolor.
Desde el pueblo vecino intentaron ayudar pero la maldición no conocía fronteras. A ellos les afectó de otra forma, les dejó inmóviles, paralizados por la angustia. Su férrea voluntad se concentró en evitar esas miserias, pero se sintieron impotentes, y el mismo impulso que les había inducido a moverse acabó por paralizarles. Mujeres con los brazos agarrotados, niños con una pierna detenida en el aire; hasta los perros y las gallinas parecían figuras de barro y no seres de carne y hueso. Mi padre se quedó en el marco de la puerta con los ojos en blanco y un dedo señalando el techo. Entonces era casi un niño y aún no había conocido a mi madre.
El Hombre del Sombrero había sido hasta entonces un científico de poca monta, pero esta vez se puso a trabajar para encontrar un remedio a tanto desbarajuste. Primero recurrió al teléfono, pero estaban cortadas las líneas, Se secó el sudor frío, entró en el laboratorio, machacó unas hierbas con el almirez y le añadió unos polvos verdinegros. Luego subió a su coche lleno de aprensión porque aquel era el día de los disparates y nada parecía funcionar, pero el motor respondió con la rapidez de siempre y pudo recorrer la distancia que le separaba de la ciudad a velocidad de vértigo sin que nadie se lo impidiese. Imaginaba a los policías desmayados sobre sus escritorios, a la población entera sujetando los picaportes de sus casas, con las mandíbulas tensas y la voluntad irrefrenable de arreglar el mundo, paralizados por su propio exceso de energía. Tenia que encontrar a sus colegas, despertarlos a bofetadas si fuera necesario, repartirlos por las calles y los campos e inyectar el remedio a la gente utilizando jeringuillas enormes, expandirlo por los montes para calmar a los animales y estimular las cosechas, aventarlo para suavizar el clima y refrenar las avalanchas.
 El hombre del Sombrero se puso al frente de aquel batallón pacífico, los repartió por el territorio y entre todos dispensaron toneladas de producto. La espera, no obstante, fue larga. Los días se convirtieron en semanas y estas en meses. Bocas abiertas, dedos agarrotados, plantas a punto de germinar que no reaccionaban a la terapia. El combate fue largo y desesperante, pensaron que no lo conseguirían, solo el temple del Hombre del Sombrero les mantuvo unidos y trabajando a pleno rendimiento. Tardaron cien días justos, solo la hibernación que padecieron de forma natural consiguió que aquella multitud no muriera de hambre. Finalmente, muy poco a poco, la vida se fue reanudando hasta alcanzar la normalidad.
Pero el Hombre del Sombrero había desaparecido. Lo buscaron por todos lados y por fin lo encontraron en su casa.sentado, como siempre, detrás de su Telescopio. Al ser interrogado afirmó reiteradamente no haberse enterado de nada.

lunes, 23 de marzo de 2020

Y respiren normalmente (Andið eðlilega) - 2018


En cualquier proyecto narrativo siempre existe un momento en el que todas las posibilidades están abiertas. Sea cuando el novelista acaba de concebir la idea, o bien antes, cuando el guion no es más que eso, un montón de palabras, o cuando el casting acaba de concluir y los actores seleccionados son capaces de bordar sus respectivos papeles y están dispuestos a ello.
Esta película islandesa de bajo presupuesto tenía todas las papeletas para haber salido redonda. El ambiente desolado de extrarradio, el clima gélido, el viento huracanado, la ausencia deliberada de belleza, contribuyen a incrementar la sensación de angustia y desamparo. Dos mujeres solas luchando contra todos los obstáculos. En ese mundo desalmado la menor flaqueza es un crimen contra una misma. La indiferencia hostil en liza con la solidaridad, con la empatía hacia el débil. Algo que se produce en ambas direcciones: Lara acaba apiadándose de Adja, a ella le enternece Eldar, el hijo.  Momentos díficiles y tensos; se masca la tragedia. Todos los elementos precisos para elaborar un relato tan conmovedor como convincente. Pero...
Las piezas no acaban de encajar.Toda esa aridez escenográfica, esa sequedad gestual, ausencia de diálogo, parquedad absoluta de recursos, en lugar de resaltar las circunstancias dramáticas acaban resultando tediosos, y la acción ralentizada junto a la ambiguedad  narrativa actúan en el mismo sentido. Aún así, merece la pena ponerse frente a la pantalla sin prejuicios, mejor aún, entrar en ella y acompañar a los personajes en su periplo, aunque se intuya de antemano la derrota.

Dirección: Isold Uggadótir
Guion: Isold Uggadótir
Reparto: Kristín Þóra Haraldsdóttir, Babetida Sadjo, Patrik Nökkvi Pétursson, Þorsteinn Bachmann, Arnar Jónsson, Sveinn Geirsson, Helga Vala Helgadóttir, Guðbjörg Thoroddsen, Sólveig Guðmundsdóttir.
Música: Gisli Galdur
Fotografía: Ita Zbroniec-Zajt
Género: Drama
País: Islandia
Duración: 102 minutos

sábado, 21 de marzo de 2020

21 de marzo DÍA DE LA POESÍA


DE "NATURALEZA VIVA CON SOMBRERO HONGO" - 2ª PARTE EDICIONES ATENAS, 2007 - BARCELONA

SER TRANSEUNTE

Y ellos, en lo antiguo,
al andar, encendían mechas de sangre intensa,
azules y esmeraldas hebras en el corpiño
de carne terrenal. Eran hombres de rafia,
la seda en las mujeres. Vivir pausado y árido
de vértigos oblicuos.
  
Las órbitas angélicas han quedado a trasmano.
Cada vuelo espacial
nos aleja del cosmos. Pinchamos y ese líquido
tan reacio a mostrarse, estancado en las venas,
sin fuerza, vengativo, en su ser, claudicando de todo movimiento
se tiñe de gris pálido, próximo a lo incoloro.

Más que creaturas de un dios hipotecado,
antes que siervos que cumplen un destino, ciudadanos
repletos de impuestos, santos, reyes, sombra de cañón, perplejos
o terrícolas, hoy se es transeúnte.

Pasea el transeúnte por los cables eléctricos,
se instala en la pared de ladrillo del planeta,
come plancton, arena de Saturno, bosteza, se resigna,
un topo viene a roer sus talones sombríos,
puntual como engranaje que oculta el universo,
los jueves a las doce.

ENDOSFERA

 Ronco de oro, fugaz metal. El exceso. La tierra lo arroja
y se recoge.
Profusión de sones que el aire desparrama.
Bruñido de cobre, expuesto en la empalizada de los astros.
Procesión de mil escorpiones en hilera. No duerme la luz que el ojo adora.
Van sucediéndose las estaciones
del año, del metro, de nuestros vía crucis.
En cada gota el día se refleja, refulge.
Flor de fulgores.
Esencia que genera conchas de tortuga.
Un campo de arroz reposando bajo el amanecer de madera labrada.
Plata visceral, cuna de la carne.
Vértigo abismado en las tormentas.
Un horizonte alarga la mano del ánima que purga
su culpa imaginaria.
Nace del magma interno y se sumerge
sin más que la avaricia de inquietarnos.

EL VIAJE
Por un murciélago de uñas carnicera arrebatados, surgiendo del vacío.
Perdida la brújula estelar, igual que sombras blancas.
No hay destino que acucie si la revancha no se vanagloria.
Ir para volver con o sin objeto.
Instalarse en esas olas, a lomos del salvaje asombro. Oscilando
a lo largo de un túnel vacío de túneles: venas secas de un ser majestuoso.
O suspendidos de briznas de hidrógeno con todos los dedos derramados a un
                        lado y otro del vértigo de siembra en las provincias terrestres.

Apartan la niebla húmeda y un aroma a flor quemada y seca
palpita junto a ellos. Siempre más allá. Una barrera
lírica. Al otro lado
la perezosa inminencia del desastre.
  
LA OTRA PROFECÍA

       A aquellos que buscamos el diamante escondido
y las algas del mar nos parecen de plata,
a todos los que alumbráis, como yo,
con antorchas,
y no dejáis al fuego apagarse en la noche
ni abrasarse las sábanas o parar de encenderse,
volviéndose apagado, opaco, incierto, oscuro.
       Todo aquél que camine de espaldas al final,
que le pida al destino dos ojos de repuesto
para ver por la nuca,
aquellos que no pueden
perder de vista el punto desde el cual partirían
la mañana primera.
       Aquél o aquella que hablan en la palestra pública
erguidos bajo el toldo,
encaramados siempre a alguna plataforma
para escupir o ahogarse
en su vaho de suspiros.
Toda campana muda, ausente de badajo,
impedida de música,
llorando por sus sones;
o el animal perdido por los campos resecos
que chasquea la lengua durante todo el día
esperando ese rayo, la chispa que provoque
la tormenta esperada
que remoje el gaznate
y aleje, por un tiempo, la sombra de la muerte que sobre él se cernía.
       No os prometo lo que nadie a mí me ha prometido.
Ni dioses, paraísos o vidas eternales.
No os descubro un paraje
si os digo que no hay más,
que lo habéis visto todo.
No esperéis que cambie la materia,
que otra luz alumbre seres de otra calaña,
que os invada la dicha después de haber vivido.
       Ya visteis lo que hay,
pero os falta, seguro, contemplarlo por dentro,
desde todos los lados,
porque cada elemento de este mundo terrestre
puede transformarse, mostrar nueva apariencia,
conforme el ojo mire,
según la perspectiva.

HASTA EL LÍMITE

Aparecieron mar adentro
innumerables, oscilantes peces blancos,
animales de plata, seres deformes, caños grises de culebrear arduo
dejándose llevar por la corriente.

Bajo un inhóspito arroyo de cieno espeso
de más de mil kilómetros de largo
aparecían abatidos
en su metalizado encanto gris,
queriendo surgir de las aguas, ver el cielo,
atrapados bajo el manto pestífero
que, entre dos aguas, corría y corría y corría, rumbo a oriente,
como el astro que anuncia el nacimiento del dios muerte.
Naciente el año cero
la era de las nocturnidades ahora se anunciaba.

El ángel vagabundo decía profetizar
la caída de estalactitas de nitrógeno fatal
sobre Estocolmo.
Un ciego usaba la bufanda de sus ojos
para estrangularse con ella acuclillado junto a un cubo de basura.

No venía nadie.
La calle era una bañera vacía
donde los peces muertos se habían refugiado
buscando sosiego inútilmente
y las gentes habían huido a otro lugar,
al lado opuesto de todas las fronteras.
La gran peste amenazaba ya.

El siglo del hambre de los peces comenzaba.
Un pez comiéndose a otro, devorado a su vez
por el esperma inmenso que asola los océanos.
El dolor cabalga a lomos de las aguas
y los gritos no cesan de sonar
aunque callen las gargantas, ya muertas para siempre.

Alguien quiere penetrar en las fauces abiertas
de un monstruo vegetal
y quedar atrapado entre sus dientes,
horadado por garfios gigantescos,
ausentes de piedad, antes que perecer atrapado
entre miasmas de órganos podridos,
cadáveres pulverizados
que entran en las gargantas de los peces,
asfixian a los peces
y siembran un desierto de espinas
en medio de la calle.

 EL SIGLO ACABA YA, Y SIN EMBARGO ...

Sueño interminable.
En la luz lechosa del amanecer empapado de lluvia,
impregnado de “smog”.
Esqueletos tendidos a secar a la luna.
Sin desgranar letanías, (arrodillados, con los brazos en cruz)
a los aviones.
Ves en el sueño a un albañil.
En Bolivia lo ves.
Pero soñoliento, desperezándose
Aunque no haya zanja que asegurar con cadáveres de hombre.
Fetos momificados de llama, no más.
Y así estamos. Nunca a salvo.
Haciendo guiños a todos los focos que sujetan las noches
En la hora que apaga el vagabundo la linterna,
apurando el último resto del borde de una consumida colilla,
y da un traspiés.
No se oirá hip, ca, zu.
Tras una sucesión de sonidos blancos se estrecha
la espiral. Un lienzo sin color oprime cada ojo.
Con dolor, con fuerza.
Dice “Horr...”, “Ag”. Dice: “Fuego”
Mas el asesino de los siete funámbulos gemelos no arde.
Es de esos que sollozan un mes y otro
encima del vientre de una llama grávida.

No salvaré a tus hijos.
Para cada sueño existe un antídoto común.
Y eso es todo.

VASOS COMUNICÁNDOSE
Asomarse al último punto de la tierra.
Un mar bravío espumea abajo.
Tanto podría ser  féretro como lecho acogedor:  un vaso.
Sabido es que lo vasos que así se comunican con otros
océanos terrestres
se igualan en altura y contenido.
Lleno está éste de guerra.
Plagas. Dolor.
¿Qué contendrá el que ve ese hombre ahora?.
Sí, aquél que se acobarda con el viento.
Hace días que está observando el líquido.
Ese turbio, oscilante licor
que se derrama.

martes, 17 de marzo de 2020

Paradise Hills (2019)



 Esta película tenía todas las papeletas para parecerme un bodrio: internado femenino, adolescentes rebeldes, ambiente remilgado y represivo, escenografía kitsch, vestuario retro con toques futuristas, mucho color blanco, mucho jardín florido, elementos art decó por doquier, todo ello concebido para desarrollar un argumento de ciencia-ficción, con lo delicado que es ese género y lo sencillo que es desbarrar a poco que el guionista se salga de madre. Añado que se trata de una producción española, y ahí mis prejuicios alcanzan el punto máximo, pues si detesto el cine juvenil estadounidense, no quiero ni imaginarme hasta qué punto podemos sobrepasar su tontería en este bendito país llamado España.
Paradise Hills es el nombre de la institución para señoritas –una expresión que suena excesivamente anacrónica, incluso más allá de lo vintage, pero es eso precisamente lo que quiero transmitirles– todo lo exclusiva que podamos imaginar, tal como nos muestran las imágenes, ya que desde la primera ojeada no hay duda de que allí se mueven montones de billetes. Alumnas jóvenes, pues, de familias opulentas y naturaleza rebelde a quienes sus respectivas familias pretenden bajar los humos. Ese misterioso lugar dice poseer un método infalible para lograr en dos meses la completa sumisión de sus pupilas, y es el gancho con el que cuenta para atraer a potenciales clientes. Todo esto lo sabremos más adelante, pues el espectador se lo encuentra, a pleno rendimiento, en el momento de la incorporación de Uma (Emma Roberts) la nueva candidata a convertirse en la esperanza de sus papás y en la esposa del prometido que estos le han destinado y que ella, naturalmente, rechaza. A través de las andanzas de Uma, descubrimos los entresijos de ese peculiar reformatorio y acabaremos conociendo el método supuestamente milagroso bajo el que se oculta un plan siniestro e inconfesable. Con este descubrimiento por parte de los espectadores, entra en juego la ciencia-ficción y el argumento se convierte en distópico.
Desde el minuto uno, se nos enfrenta a una escenografía y un vestuario absolutamente intachables, así como un casting en el que encontramos, no solo las fisonomías más adecuadas a cada papel sino una impecable interpretación por parte de todo el elenco. De ahí que olvidar nuestras pautas realistas y sumergirnos en ese clima demencial y pesadillesco no resulte complicado en absoluto.
La trama se desarrolla según el esquema clásico de aventuras. Como pueden ver, se van sumando géneros y más géneros a medida que avanza la acción, pero este hibridismo no es en absoluto una rémora, al contrario, se ve apuntalado y dotado de coherencia por un elemento unificador: la crítica social y feminista. Finalmente, todo ese universo de esplendor va mutando en lobreguez y oscuridad a medida que conocemos los enrevesados procedimientos que rigen en aquel paraíso de pacotilla, pues lo que finalmente importa y conduce al ansiado desenlace es la complicidad de un puñado de chicas enfrentadas al sistema con tesón y toneladas de ingenio. El planteamiento ético es claro, su conclusión quizá demasiado complaciente, aunque no exenta de dramatismo, no solo por lo que muestra sino por la realidad objetiva a la que alude. En realidad se trata de una fábula moderna que disfrutaremos solo si somos capaces de captar su esencia y, por supuesto, de dejar en casa los prejuicios.

Dirección: Alice Waddington
Reparto: Emma Roberts, Danielle Macdonald, Awkwafina, Milla Jovovich, Eiza González, Jeremy Irvine, Arnaud Valois, Hunter Tremayne, Liliana Cabal, Daniel Horvath, Gary Anthony Stennette, Jonny Melville, Julius Cotter, James Giblin, Eric Goode, Gaile Butvilayte, Cooper Crafar. Ricardo Mena, Sarah Ann Shaw, Karina Kolokolchykova
Guion: Brian DeLeeuw, Nacho Vigalondo (Historia: Alice Waddington)
Música: Lucas Vidal
Fotografía: Josu Inchaustegui
País: España
Duración: 95 minutos
Género: Ciencia ficción, Juvenil, Terror, Aventuras, Crítica social
Estreno: 11/10/2019

domingo, 15 de marzo de 2020

No amanecerá si no lo esperas (Poema)

Si me arrebujo en su encaje
los visillos tiemblan.
Mi piel
se eriza en el alfeizar húmedo
y temo resbalar.

Enfente, el horizonte adusto
salpicado de grúas negrísimas, vientres de barco, grumos de alquitrán,
sirenas lúgubres,
renegrido hormigón formando bloques.
Espasmos de vapor que aparto
con la mano,
bocanadas
de pánico
reventadas por rachas de viento.
Salobres amaneceres
cuyo rosa-rojizo
dirige el concierto de las ninfas.

Sobre el asfalto enlodado
oigo rodar las llantas
de vehículos sin dueño,
adormecidos autómatas con instintos mortíferos.
Es el tiempo renovado,
la fuerza de los días.

martes, 10 de marzo de 2020

Te escribo esta noche (Relato equívoco)


Va a hacer tres meses que nos conocimos. En realidad, fui yo la que reparé en ti, la que te inventé por así decirlo, pues tú no eres más que un proyecto y no puedes conocerme. Ni siquiera yo puedo afirmarlo, solo sé que estás ahí y que aparecerás a su debido tiempo, aunque también puedes malograrte. Crecerás a mis expensas siempre que yo te lo permita, ya estás creciendo a cada día que pasa, incluso si no soy consciente de ello, y quiero que entiendas que hasta eso supone un esfuerzo por mi parte. No sé cómo serás, pero mi imaginación está empezando a darte forma. Sé que en parte tendrás el aspecto que he soñado y que, aun así, no podré evitar que me sorprendas. Me gustaría que tuvieses mi impronta y no te parecieses a nadie más.


Confieso que según van pasando los días se me va olvidando tu existencia, la de ese embriòn que habré de alumbrar con tanto esfuerzo. Prefiero que seas pequeño porque me darás muchos menos quebraderos de cabeza, que tu lenguaje sea certero con un punto de poesía, que encierres algún misterio y cierta mordacidad pues así podrás presumir de inteligente. Si llegas a ser bello o no, tendrán que decirlo otros.

Me gustaría llevarte a algún sitio donde todo el mundo te admire, donde me hagas sentir importante, pero todavía hay mucho por hacer. Esta misma noche abro el cuaderno y doy forma a todo lo que tengo pensado. Solo tendrás cincuenta páginas, así que de madrugada estarás listo y mañana temprano, antes de irme a dormir, te entregaré personalmente en una editorial de renombre. Vas a ser mi pasaporte a la fama, si no te sientes orgulloso de tu autora es porque todavía no eres nadie.

domingo, 8 de marzo de 2020

8 de Marzo. Día Internacional de la Mujer

Está costando, muchísimo. Varios siglos de avances y retrocesos -y  no exagero, desde el S. XVII no hacen más que ponernos la zancadilla-- pero no hay más remedio que seguir. 

sábado, 7 de marzo de 2020

Vida y milagros de Silverio G. (Relato claustrofóbico)

-¿Puedo sentarme aquí contigo?
-Claro, te acerco un taburete. Hasta las cinco no vendrá nadie, podemos hablar.
-¿Siempre estás aquí?
-Siempre
-¿Dónde vives?
-En esta casa.
-Esto no es una casa, es un puesto del mercado, aquí no puedes dormir.
-¿Qué no? Allí, detrás de ese biombo.
-Ni ducharte.
-Pero tengo un lavabo y toallas, y un hornillo y la comida que me trae el jefe.
-¿Has visto el mar?
-Nunca.
-¿Dónde naciste?
-No lo sé.
-Me gustaría pasear contigo.
-¿Pasear?
-Sí, por la calle.
-¿Dónde está eso?
-Me estás tomando el pelo. ¿Te prohiben salir de este tugurio?
-Prohibir no, es aquí donde estoy siempre.
-Así que no conoces otra cosa. ¿No sabes donde naciste? ¿No tienes padres?
-No lo recuerdo.
-Eres muy guapo. ¿Te enseñaron a leer?
-Mi jefe me enseñó, y a hacer las cuentas.
-¿Te gustaría tener una aventura?
-Si me la das me gustará mucho tenerla.
-Las aventuras no se dan, se viven. A mí me gustan, soy muy aventurera, tú en cambio no has vivido nada. Y tenemos la misma edad.
-Si te gusta a ti, me gustará a mi también.
-Deja que te coja de la mano, vamos a salir de aquí, a pasear por el parque, verás los coches, las tiendas.
-Mejor tráeme aquí la aventura. No puedo dejar las verduras solas, ni el dinero.
-Entonces es que eres feliz aquí, no necesitas nada.
-No te entiendo.
-Ahora tengo que irme, a las cinco entro en la academia. Pero vendré mañana a hacerte compañía, o mejor el domingo, que no trabajas y podrás acompañarme a ver mundo.
-Tráeme aquí el mundo, no puedo abandonar la mercancía.
-Yo pondría el mundo a tus pies si me acompañaras ahí fuera, pero juro que no puedo meterlo en el mercado, es demasiado grande.
-Entonces es que no te gusto tanto.
.-Me gustas mucho Silverio, pero no puedo estar siempre aquí dentro, yo tengo una vida y tú podrías tenerla. Si ni siquiera te pagan.
-¿Para qué? Tengo lo que necesito.
-Eso es lo que tú crees. Voy a darte un beso largo, largo y luego repites lo que has dicho.
-Por allí viene el jefe, María. ¿Vendrás mañana a la misma hora?
-Vendré el día que pueda coger la nieve, los árboles, el río y ponerlos aquí, entre las naranjas.

martes, 2 de octubre de 2018

Mujer de fresa y nata (Relato melancólico)

No quiso encender la luz cuando entró en el dormitorio de su madre. Arrimó a la mesa camilla una de las sillas de enea que habían arrinconado para dejar espacio al féretro y se sentó con los codos sobre el tapete. Dos horas antes, aquello había estado repleto de plañideras que aliviaban su desconsuelo con Anís del Mono y rosquillas del santo. Se sentía en paz allí, rodeado de negrura, con un solo punto de luz: la lamparita que iluminaba el cuadro de la primera comunión de la difunta. Siete u ocho años, largas y gruesas trenzas, flequillo, grandes ojos y enormes pestañas, manos enguantadas y unidas sobre el misal, el rosario colgando entre los dedos.

«Rosa Mari, entonces no podías sospecharlo, pero estabas predestinada a ser una niña hasta tu muerte. Sí, mamá, a pesar de esos ojos avispados y de la mandíbula tan firme, no estabas destinada a crecer. Desde muy pequeño tuve que cogerte de la mano para guiarte por los senderos de la vida. No sé si eras así ya cuando te pintaron o algo se diluyó más tarde en tu mente. Como tu madre y tus hermanas, como todas las mujeres de tu época. Bebés eternos a los que hay que proteger y cuidar. Mamá, ¡cuánto me alegro de que no hayas tenido una hija! Temo que la hubieras convertido en la muñeca de organdí que tú misma has sido. Aunque supongo que no te hubiera sido fácil, que el empuje de los tiempos te habría ganado la batalla. Palpo el tapete de ganchillo e imagino el gesto de desdén que haría cualquier chica de mi edad al verlo. Nunca llegaste a entenderlas. Lidia y tú habláis idiomas tan distintos que tú voz sonaba a tartamudeo cada vez que conversabais. La suya era mucho más potente, sus gestos más seguros a pesar de que le doblabas la edad. Conservabas la voz de pito que, probablemente, tenías cuando te vistieron por primera vez de blanco, pero habías adoptado un tono meloso, servil, que todos tolerábamos aunque nos diese un poco de vergüenza. Nadie tuvo el valor de decirte que tenías permiso para mostrar ese yo que secuestraste desde el principio para que no sospechásemos que tenías personalidad propia. Nunca sabré si querías a mi padre. Siempre le obedeciste, desde que te lo impusieron como marido hasta que te dejó para irse con una de sus alumnas. Mi abuelo te convenció de que estabas obligada a casarte con el hombre que a él se le antojara y a ser sumisa hasta el fin de los tiempos. Lo que hizo mi padre fue cambiar a una niña por otra. Luego tuvo que mantener a las dos y no le hacía ninguna gracia. “Por eso te casaste con ella, –le dije.– querías una mujer que no supiera hacer otra cosa que las tareas del hogar, y ahí la tienes. No pensarás dejarla morir de hambre”- “Pues que se ponga a fregar suelos, joder, o que estudie algo, no quiero una lapa pegada a mí toda la vida”. “¿Una lapa, papá? ¿Una lapa? Tú la hiciste una lapa. Tú y el abuelo. Fue lo que le mandasteis que fuese, ¿y ahora te quejas?” “Mira nene, deja de hablar tanto y búscale un trabajo de asistenta”. “Eso es, ahora ponla a fregar, a sus cuarenta y nueve años, cuando no ha hecho otra cosa que servirte. ¿Te parece justo? Ha sido tu criada. Ahora que la has despedido tendrás que darle un finiquito decente”. “Pero ¿qué dices, chaval. Anda, vete por ahí.” “No soy ningún chaval, señor Bermúdez, recuerda que he cumplido treinta años y mi mujer y yo acabamos de tener gemelas. Puedes renegar de mí, pero nunca conseguirás que piense como tú”.
La niña del cuadro está más pensativa que antes. Te pintó al óleo un artista amigo del abuelo y tú posaste quieta, con la mirada fija en la pared de enfrente, tal como te habían indicado. El retrato se hizo en solo tres sesiones, pues no le costó nada mantenerte horas y horas a pie firme sin mover ni una pestaña. A veces pedías un poco de agua, pero pronto volvías a convertirte en estatua de sal. Prefiero hablar con esa niña, la imagino más adulta que la mujer que me crió. Te infantilizaron, madre. Te anularon la voluntad. Sigo acariciando esa textura de ganchillo que tanto apreciabas y que para mí simboliza lo más vulgar, anacrónico y hortera que he conocido nunca, Su tacto áspero y blando me recuerda un poco a ti. Aún así, permíteme que lo arranque de su sitio y lo arroje al cubo de la basura. No quiero que tu recuerdo siga unido a ese tapete, tú eras mucho más que eso, aunque nunca te decidieses a mostrarlo.»
Se le ocurrió que, de estar todavía a tiempo, le compraría una mesa moderna con un bonito tablero para que no la tuviese que cubrir.