jueves, 25 de febrero de 2016
sábado, 20 de febrero de 2016
El antiterrorismo como arma arrojadiza
En reseña
publicada hace más de diez años, cuyo recorte he guardado todo este tiempo,
Francisco Santamaría calificaba este ensayo, incluso desde el título, como un “ejercicio
de lucidez”. Nada más cierto, incluso algunos rasgos, o factores que asomaban
tímidamente en nuestro panorama social en el año 2004 –fecha de publicación de
la obra– se divisan ahora como algo nítido y tan voluminoso que incluso llega a
abrumarnos con su enorme mole negruzca. Innerarity dedica esta obra a
desentrañar los signos ocultos de las sociedades modernas, lo ambiguo, lo confuso,
lo decididamente engañoso. Pero él no se engaña, o lo hace mucho menos que la
media, por eso es capaz de adelantarse a su tiempo, en párrafos como este y
muchos otros igualmente lúcidos.
“La lógica de cierto comportamiento antiterrorista, una vez abandonada la vieja justificación ideológica que busca silogismos y demostraciones, gira en torno a la teoría de la equiparación. La estrategia consiste en repetir insistentemente que A es igual que B, hasta que eso genere un automatismo social. En un mundo confuso, atacar comienza por identificar. Y el público se siente aliviado con alguna referencia indiscutible en medio de la confusión. Así se promueve una guerra contra un país o se ilegaliza un partido político, pero también se limita el juego de cualquier adversario bajo la amenaza de ser acusado de complicidad. Son equiparaciones más o menos arbitrarias, que definen un territorio cómodo para las propias estrategias, pero que impiden una diferenciación inteligente de realidades que son complejas.”
Daniel Innerarity La sociedad invisible, Premio Espasa de Ensayo 2004,
Ed. Espasa Calpe, (Pag. 63)
Diáfano
como la luz del día. Nada que añadir al argumento, pero tras la reciente
acumulación de hechos de naturaleza idéntica a la que expone el ensayista,
recordaré el decisivo papel de los medios de comunicación como voceros con altavoz
de la demagogia; hasta la extenuación y más allá de los consumidores de mass media. Como los sucesos a los que
aludo son recientes y conocidos de sobra, ni siquiera voy a mencionarlos, ya
les han dado una importancia que no tienen, durante semanas y meses, todos esos
profesionales del periodismo.
lunes, 15 de febrero de 2016
Un plato que se sirve frío
![]() |
| Toulouse-Lautrec - La resaca (1889) |
Uno
Habían
abierto el negocio en una confluencia de calles. El local había salido barato y
tenían la esperanza de atraer a una clientela numerosa. La pareja siguió los consejos de los especialistas olvidando que en un barrio situado en el corazón de la ciudad, con el
envejecimiento de la población a causa de la subida del suelo y a las
tentadoras ofertas de urbanizaciones campestres y piscineras, no abundaban los
niños.
-Esta
gente tendrá nietos. –Suspiró Ramón cuando echaba el cierre el cuarto día sin
que hubiese entrado ni un alma.
Susana le
miró con amargura, luego le volvió la espalda y se puso el abrigo.
Dos
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Tres
El Diario de Zamora
Zamora, 5 de enero de 2015 - (Agencias)
En
la madrugada de ayer, fue hallado el cadáver de Ramón Nieto Segura, joven
empresario recientemente afincado en nuestra ciudad con el objetivo de abrir
una tienda de ropa para bebés. Según fuentes policiales, el fallecimiento fue
provocado por la ingestión de cinco frascos de somníferos.
Asimismo,
nos informan de que la causa que motivó tan triste decisión sería,
presuntamente, la incapacidad del finado de asumir la inmensa deuda contraída para llevar a
cabo su proyecto empresarial.
Cuatro
Julia Barrero Hernández saboreaba su whisky aquella noche,
sola, ante la pantalla del televisor, con todas las luces apagadas,
regodeándose. Había conseguido su propósito. A ella no la dejaba impunemente en
las puertas del altar ni Ramón ni ningún otro. Y si, para más recochineo, se
casaba con la primera mema que se le había cruzado por delante, su vida no
valía ni un pirulí.
Nada sabe más dulce –canturreó– que ver pasar el cadáver
de tu enemigo por delante de la puerta.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Aprenderás con el sudor de tu frente
"Había una vez un niño en una clase de matemáticas. De repente un pajarito se posó en el alfeizar de la ventana y comenzó a cantar. El profesor siguió llenando de números y letras la pizarra, insensible a la belleza de su canto. El pajarito mostraba al alumno la belleza de la vida mientras que el profesor seguía con sus ecuaciones. El alumno, que era sensible y emotivo, permitió que su conciencia fluyera hasta sintonizar con el canto del pájaro. Su corazón estaba en el alfeizar, no en la pizarra y durante unos minutos fue intensamente feliz.
De este cuento se pueden extraer varias conclusiones interesantes sobre la mentalidad de algunos pedagogos:
1. No solo son insensibles a la belleza de las matemáticas, sino que no tienen ningún pudor en confesarlo, sin comprender que hay profesores de matemáticas capaces de mostrar la belleza de su asignatura.
2. Sospechan que los profesores de matemáticas son sordos.
3. Creen que es más educador atender al canto de un pájaro que a las explicaciones de un profesor.
4. No les importa que el alumno suspenda el próximo examen de matemáticas sin aprobar por ello el de ornitología"
Estos párrafos pertenecen a un artículo, tan esclarecedor como irónico, que en apenas un folio aclara muchos malentendidos y, de ser leído atentamente por quienes especulan sobre la realidad educativa sin conocerla por dentro, pondría fin a un buen números de conclusiones erróneas. Cada cierto tiempo se escuchan cantos de sirena recomendando unos pretendidos revolucionarios métodos educativos que, en teoría respetan la libertad de los chicos a la vez que consiguen transmitir los conocimientos sin que los educandos tengan que esforzarse o muy poco. Pero los métodos de Montessori, Piaget, etc., ni son nuevos ni pueden aplicarse a cualquier tipo de enseñanza. En primer lugar, esos pedagogos estadounidenses, italianos, franceses etc. predicaban sus teorías a principios del siglo XX y, al menos, en los manuales pedagógicos españoles de hace cuarenta y cinco años ya se ilustraba sobre la forma de ponerlas en práctica. En segundo y más importante, el aprendizaje intuitivo y basado en la espontáneidad y curiosidad natural de los alumnos -excepto en ocasiones muy específicas- solo son recomendables en edades muy tempranas. En cuanto hace su aparición el pensamiento abstracto, el esfuerzo y la disciplina resultan imprescindibles.
Merece la pena utilizar el enlace y leer el artículo completo. Es ameno, dice verdades como puños y no les hará perder más que un par de minutos de su tiempo.
viernes, 5 de febrero de 2016
Don Rufo bufa: La guerra fría de los medios
En la primera mitad del siglo pasado tuvo lugar la guerra civil española. Nos lo han contado nuestros mayores y lo hemos leído en los libros de texto. Conocemos el proceso con más o menos detalle. Durante la segunda república, tuvo lugar un proceso electoral en el que ganó una alianza de inquierdas denominado Frente Popular y constituido por socialistas, comunistas y anarquistas. La derecha no podía consentir que el poder se le fuese de las manos aunque esto hubiese sucedido como consecuencia de un proceso democrático. Ellos solo aceptan el resultado de las urnas cuando le favorece directamente, a no ser que la formación ganadora no está demasiado alejada de sus esquemas garantizándole que sus fuerzas vivas seguirán pudiendo hacer y deshacer a su antojo, cometer las tropelías que se les antojen, colocar a los suyos al frente de las instituciones estratégicas y enriquecerse (todavía más) por cualquier medio a su alcance independientemente de su legalidad.
A poco que
nos descuidemos, se acabarán saliendo con la suya. Sigamos escuchando los
cantos de sirena de todos esos supuestos periodistas –en realidad
propagandistas a sueldo del poder– y naufragaremos en el más proceloso de los
océanos. Un día se nos encenderá la luz y comprenderemos el juego que se traen,
entonces recordaremos todas y cada una de las fases –batallas, victorias,
nuevas escaramuzas– de la guerra que estamos soportando en este preciso momento,
pero será demasiado tarde porque estaremos todos lívidos e inertes, sumergidos
bajo el agua.
sábado, 30 de enero de 2016
Escalera de vecindad (y IV)
“En
el arte solo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a
los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e
inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”
Cesare
Pavese
Sentada en
el avión, junto a su ex haciéndose el dormido para evitar la incomodidad del
momento, continuó con sus divagaciones. Sabía que él depondría su actitud, como
siempre, en cuanto pisasen el aeropuerto de Barajas: le juraría otra vez fidelidad
eterna, reanudarían sin remedio su eterno diálogo de sordos y aquellos
preciosos silencios se interrumpirían por una buena temporada.
Tomás era
un buen técnico, pero no tenía imaginación ni para poner excusas cuando le daba
por ausentarse. Era comprensible. Cuando le preguntaba por sus recuerdos
infantiles se quedaba en blanco, algo perplejo incluso. No había nada que
recordar. Padres, hermanos, una ciudad y la escuela. ¿Gente extraña a mi
alrededor? Pues no sabría decirte.
No era su
caso. Había nacido sobre un polvorín, un filón de maravillas, y había sabido
aprovecharlo.
¿Qué niño
era capaz de atesorar esos recuerdos? Ella. Y los había agitado en su coctelera
interior para crear decenas, cientos de desvaríos. Alucinados, obsesivos, desquiciantes,
de factura reconocible y personalísima.
De noche
les custodiaba un ladrón. Según las malas lenguas, el sereno se introducía en
las casas cuando las familias estaban de viaje para robarles joyas y pieles.
Escuchando la punta de su chuzo y el tintineo de aquel llavero inabarcable, una
se dormía figurándose como se deslizaba por los pasillos, desvalijaba armarios,
raptaba al perro, al gato o a los niños de la casa. La portería nunca había
sido el lugar acogedor que cabría suponer sino un cubículo inmundo que hubo de
cerrarse a cal y canto para sustituirlo por un mostrador en la planta baja,
bien despejado para que ninguna pareja furtiva sintiese la tentación de hacer
cochinadas allá dentro.
Alusiones
de adultos tal vez mal interpretadas por la niña de la casa. Pero lo
emocionante no eran las certezas sino dejarse arrullar por el tropel de
fantasías que la asediaban a todas horas. ¿Quién podía negar que entre el 2º C,
su casa, y el 2º A –habitada por la viuda (o repudiada) de un militar ario cuya
hija había sido concebida mientras él luchaba en las estepas– se encontraba el 2º
B, un nido de mujeres solas que recibían visitas a horas discretas hasta que la
policía lo clausuró?
¿Habladurías?
En el 2º D había una soltera entrada en años, con férreas convicciones
cristianas, cuya única expansión consistía en jugar al tute con la peña los
jueves por la tarde. Pero a su lado, en el 2º E, una pareja de bailarines –cincuentones
por entonces– habían vivido en pecado durante la década de posguerra, enclaustrada
ella a la fuerza, a pesar de su aire garboso y el cuerpo cimbreante, para
evitar ser denunciados. Águeda hubiese dado cualquier cosa por conservar a
perpetuidad la figura frágil y esbelta de aquella mujer.
La del 4º
H, doña Emérita (monja durante la guerra, casada más tarde y viuda prematura
por un ajuste de cuentas de un paisano que le descerrajó al marido un tiro en
la nuca mientras andaban cazando los dos) autorizada a llegar, jeringa en mano,
hasta el fondo de las alcobas con permiso de los médicos, amenizaba la tarde
con jugosas anécdotas en cuanto acababan de rezar el rosario. Según ella, sarna,
pulgas y demás tropa infecciosa traspasaría pronto las paredes de sus vecinos
del I –donde convivían tres perros, cinco gatos, una decena de pájaros, un par
de cobayas y que solo se limpiaba con serrín– para abalanzarse sobre ella y el
huraño, calvo y esquelético individuo al que durante más de treinta años
arrendaba un cuarto sin derecho a cocina.
El flanco
derecho se inclinaba. Tenía a Tomás ligeramente encima, aparentando que estaba dormido mientras apretaba puños y párpados. Si se cayesen ahora, se haría papilla al
instante tras solo unos segundos de vértigo. Desintegrarse, el final perfecto. Se
ahorraría los malos tragos que ya veía venir: ceremonias, galardones, falsos
elogios, chismorreo a raudales, zancadillas. El amargor de un triunfo que no le
correspondía, pura chiripa inmerecida tras lustros tragando sapos a la espera
de una recompensa que nunca llegó.
Al amanecer, la calle se inundaba de olor a pan recién cocido; como cada mañana, el
carpintero elevaría su persiana metálica de golpe; comenzaría el trinar en las
acacias; las primeras luces, filtradas por el ramaje, alcanzarían la acera. Faltaba
que saliese el enano del primero a sentarse allá enfrente con su cesto de pipas;
su vecina, la niña cuarentona, rebasaría la esquina a pasos cortos sujetándose
el velo del brazo de su madre; les seguirían las hermanas de labios frambuesa,
tan apergaminadamente maquilladas que ya no parecían de este mundo. La corpulenta
y veinteañera sobrina se habría fugado la noche pasada con su insignificante
novio de casi diecisiete para escapar, antes que a la mofa y el desprecio del
vecindario, de su trasnochada y tiránica tutora.
Más
historias en la recámara. Cuando empezaban a alcanzar la península, les despertaron
las turbulencias.
lunes, 25 de enero de 2016
Escalera de vecindad (III)
Águeda
Frutos ajustó las persianas metálicas, por precaución sí, pero sobre todo para
no tener que contemplar a esa hora la cotidiana imagen de los nativos instalada
en las entrañas de la más refinada opulencia (una desazón que, sin duda, la
perseguiría hasta su fin), introdujo en la ranura del reproductor una película
cualquiera y se sirvió el primer licor que le vino a la mano. Solo por una noche
desoiría los requerimientos del skype: le faltaba ánimo para reunirse
virtualmente con el resto del equipo. Tenía que paladear completamente sola el
sabor amargo del éxito. Tras veinticinco años de probarse a sí misma sus
facultades, de ceder al decadente guionista principal todos y cada uno de sus
hallazgos, de conformarse con aparecer como simple ayudante en todos los
títulos de crédito, había acabado aquí, en la otra punta del mundo, brillando
en un proyecto para el que nunca la había preparado nadie. La imaginativa
Águeda, la genial, la que recibía palmaditas en la espalda como compensación
por la falta de reconocimiento público, había pasado de guionista de tercera
oficial a rodar un magnífico documental sobre aborígenes. El destino no era –como
había creído siempre– un irónico duendecillo que se troncha bajo su gorro verde
encaramado en el más alto pináculo de la torre sino un enorme hijo de puta que
hinca la daga en los corazones refocilándose con el dolor de sus víctimas. Las
imágenes del video enmudecido confirmaban el desatino que suponía seguir viva
en aquellas circunstancias, el portátil emitió dos o tres señales más y calló
por fin.
La culpa
de ser como era, de su fantasía desbocada, de esa imaginación que se desataba
con el mínimo estímulo la tenía el edificio donde nació, a caballo entre la
zona de más rancio abolengo de la villa y una barriada algo menos próspera. La
tenía una familia atípica en su vetustez, tan anacrónicamente arcaica que casi
resultaba moderna. La tenía un entorno tan estrecho, tan apartado de la
realidad para los niños de entonces, que debían buscar mundos alternativos por
su cuenta y riesgo. La tenía no haber visto nunca un caballo ni una vaca. Ni montañas.
Ni haberse subido a un árbol cuando aún estaba a tiempo ni haberse asomado a la
costa hasta después de cumplir los siete.
Soñar
despierta con los ojos cerrados era, pesara a quien pesase, lo que de verdad
dominaba. Se mojó los labios con el whisky, no pasó a mayores porque la maniobra
le exigía una total lucidez. El edificio era gris, con un encalado como costra
reseca, la balaustrada de mármol donde ella flexionaba la cintura, con la
cabeza colgando peligrosamente en el vacío, se encontraba en el primer piso,
justo encima de la puerta principal, un lugar privilegiado para vigilar idas y
venidas, escuchar conversaciones y mantener bien sujeto el pulso de aquel tramo
de su calle, vital por ser nexo de unión de otras dos mucho más importantes: la
castiza y una de las prósperas.
(Continuará)
miércoles, 20 de enero de 2016
Escalera de vecindad (II)
Se
despertó en su bungaló con la primera claridad del alba. Recordaba el último
brindis como una sucesión de manchas borrosas. La envolvía un círculo de gente,
después alguien la sentó y todo se volvió oscuro. No podía haber vuelto a casa
por sus propios medios y el que la había llevado quizá seguía allí, husmeando
en su vida o durmiendo. Alarmada, se asomó al porche, al cuarto común, a las
instalaciones prefabricadas, multifuncionales y asépticas, ahora tan desiertas
como de costumbre. Quienquiera que se hubiese tomado la molestia se había asegurado
de dejar la cerradura encajada. Falsa alarma, pues, pero seguía molestándole
haber perdido la noción del tiempo, no saber calcular cuánto había dormido. Empezó
a llenar la bañera y puso agua en el microondas. Esas infusiones que vendían
dentro de bolsas de tela en el chamizo compuesto por un mostrador de cuatro
tablas y un toldo hecho jirones hacían más efecto que el café.
Se había adelantado la temporada de lluvias, solo por unas cuantas horas no había interferido en el rodaje. Escuchando el golpeteo sobre el tejado de uralita empezó a compensarle tanto andamiaje artificial. Hasta entonces, con la ingenuidad del que no imagina cuántas calamidades pasaban los autóctonos, había lamentado la inautenticidad que significaba no ser acogida por paredes de tablas ni dormir bajo mosquitero ni sufrir la caldosa calorina nocturna. Estaba claro que el pretendido encanto de la miseria no podía competir con el confort y la higiene que habían constituido su paisaje.
| Edward Hopper |
Se había adelantado la temporada de lluvias, solo por unas cuantas horas no había interferido en el rodaje. Escuchando el golpeteo sobre el tejado de uralita empezó a compensarle tanto andamiaje artificial. Hasta entonces, con la ingenuidad del que no imagina cuántas calamidades pasaban los autóctonos, había lamentado la inautenticidad que significaba no ser acogida por paredes de tablas ni dormir bajo mosquitero ni sufrir la caldosa calorina nocturna. Estaba claro que el pretendido encanto de la miseria no podía competir con el confort y la higiene que habían constituido su paisaje.
Soñó
despierta hasta que el agua se enfrió tanto que se sintió expulsada de golpe.
Imaginar escenas, tras semanas de no haber hecho otra cosa, se había vuelto lo
más sencillo del mundo. Una triunfadora vestida de diseño. Flashes, micrófonos
rodeándola, demoradas entrevistas para revisar una vida tan anodina como todas.
¿Qué circunstancia vital le ha conducido a ser la que es? Celebro que me haga
esa pregunta. Tópico tras tópico. Todo estaba sobado y resobado, nada que no
hubiese presenciado mil veces. Pensó que le hastiaría cualquier episodio que
protagonizase a partir de ese momento, ni siquiera el éxito iba ser capaz de
saciarla.
(Continuará)
viernes, 15 de enero de 2016
Escalera de vecindad (I)
| También la lluvia - Itziar Bollaín (2010) |
El equipo
entero se había reunido en la taberna local para celebrar que aquello se
acababa. Habían alquilado el negocio –apenas una choza de cañas cubierta de
estantes con botellas de licor casero, conservas en lata y Coca-Cola– a la vez que el resto del poblado, en una operación
única. La mayor bicoca de la historia, en opinión del productor, disponer de un
plató viviente, con figurantes inmersos en su vida cotidiana, es decir, actuando
a pleno rendimiento sin pedir un solo dólar por interpretarse a sí mismos a lo
largo de jornadas enteras. El documental tuvo un carácter divulgativo, en su
faceta más solidaria, hasta que rebasó la etapa de proyecto. Se pretendía
llamar la atención sobre las carencias de aquel rincón del mundo dejado de la
mano de los hombres, sin apenas medios de subsistencia fuera de cuatro frutos
resecos por la sequía y de unas cuantas aves famélicas, sin instrucción ni
capacidad de intervenir políticamente, atentos solo a la ira de sus tótems, inmerso
en sus ritos defensivos, más inermes y míseros de lo que alcanza la imaginación,
con una juventud migrante que, antes de rebasar la pubertad, se instalaba en
una de las urbes más populosas del planeta para trabajar de sol a sol en
fábricas irrespirables por un minúsculo cazo de comida hasta derrumbarse al
caer la noche en el canal de ventilación de cualquier rascacielos, inhabitable
y carísimo, que, a falta de algo mejor, se veían obligados a alquilar.
![]() |
| La vorágine (Serie) - 1990 |
Jaleaban a
la flamante directora haciendo chocar las copas por encima de sus cabezas,
arrojando luego su contenido descuidadamente en sus estómagos, berreando
canciones que habían estado de moda mucho antes de que la homenajeada fuese
concebida por sus padres. Aunque vislumbraba aquel tugurio como un
caleidoscopio borroso y mareante, Águeda Frutos no podía ignorar que había
triunfado. Al margen de los hermosos propósitos que les habían encaminado hasta
allí, acababa de demostrarse a sí misma su capacidad para combinar miríadas de
factores hasta llegar a alumbrar un producto que, además de generar una fortuna,
no iba a dejar a nadie indiferente. Dio una calada al cartucho que alguien
había puesto en su mano y lo pasó al bulto de su izquierda. Aunque de forma
nebulosa, barruntaba que, si bien no habían logrado su propósito altruista,
aquel había sido un decidido y generoso primer paso para colocar a aquella
buena gente en el mapa exponiéndola a las miradas compasivas de la comunidad
internacional.
![]() |
| El corazón de las tinieblas - Román Chalbaud (1990) |
Hacía más
de tres décadas que soñaba con ello. Ya no era ninguna jovencita, y esto añadía
algo de valor al hecho de haber aprovechado a conciencia el último (y único) tren
que tuvo la deferencia de pasar por su estación. Durante las últimas semanas,
inmersa en una actividad atropellada y en un escenario de espanto, se había
confesado que su pretendida genialidad no era tal, que la receta de lo que –se preveía–
iba a ser el bombazo de la década contenía cierta capacidad organizativa
demasiado común para enorgullecerla y, por encima de todo, esa fantasía
congénita que, al rozar lo enfermizo, había mantenido latente a lo largo de su
vida adulta. Pero era ahora, todavía nadando entre algodones, cuando empezó a convencerse
de que su alocada necesidad de inventar sin límite, que amaba tanto como
aborrecía, era la única responsable de toda esa sucesión alucinada de imágenes, abigarradas, imprevisibles, rescatadas de algún rincón de la ultratumba.
Continuará
Continuará
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