lunes, 1 de enero de 2018
lunes, 25 de diciembre de 2017
La joya de la familia (Relato enigmático) (II)
Total, no me iba a aclarar nada
esa tarde. El ambiente empezaba a oler a ceniza, la penumbra era gris y el
rostro de mi abuela terroso. Me exprimí las meninges pensando a quién podía
convencer para dar una vuelta cuando todos mis amigos habían subido a esquiar.
-Como no te has salido con la
tuya quieres irte, mira a ver si encuentras algún chalao que quiera destapar…
-… la caja de los truenos.
–Terminé yo. Esa frase estaba en un cuento que me solías leer por las noches.
Me rasqué la escayola, sabía
que no iba a aliviarme el picor del
brazo pero el simple gesto servía para tranquilizarme. Algo así pasaba
con mi abuela, no iba a sacarle nada, al menos de momento, pero no podía evitar
intentarlo.
-Mira, sí, me voy a dar una
vuelta. Tengo que comprar algunas cosas y a lo mejor me meto en el cine, pero
no puedo entender que, sabiendo como sabes, que guardas un secreto familiar
maravilloso vayas a dejar que se olvide. A mí casi me parece un delito.
-Maravilloso, un cuerno. –Las
facciones se le desencajaron un poco, ahora le temblaba la mandíbula – No todos
los secretos son una maravilla. Tú te derrites por las historias, es una manía
que tienes, pero no siempre hay que destaparlo todo, hay cosas…
Diario
de Dora
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| Edward Hopper - Casa junto a la vía del tren (1925) |
El tío Blas andaba siempre cavilando y revolviendo papeles como tú. Tenía un amigo, Ernesto Aldana, que iba con él a todas partes. Chismorreaban en sordina, todo parecía extrañarles. Llegué a pensar que los chicos mayores eran como ellos. Pero cuando tu abuelo apareció… Voy a parar aquí, me conozco y sé que estoy a punto de irme por las ramas.
Ha
pasado una semana y tú me sigues agobiando con preguntas. Intento zafarme e
insistes. Como me acorralas y no te sirve de nada, acabas de salir haciendo
temblar el dintel y hasta la pared que lo sostiene.
Querría
explicártelo, pero no ahora, espero que algún día leas esto. Sé que eran tres.
Aldana, tu tío y un muchacho francés que se hospedaba en la pensión de allá
arriba, donde se alojan a los esquiadores que vienen de Valgrama. O puede que
cuatro: a veces les acompañaba una chica. Se habían obsesionado con una quimera
pretendían conseguir lo imposible.
Intenté no exagerar el portazo.
¿Qué habría podido decirle? Imposible darle la razón: solo nos hace daño lo que
es demasiado reciente. Aunque –me daba cuenta –para ella aquello había ocurrido
ayer, y lo seguiría teniendo muy presente mientras continuase entre nosotros.
No pensaba bajar al pueblo. Me
entretuve recogiendo piedras por el camino que lleva al Cerro Chato. El sol
empezaba a ocultarse tras las siluetas pedregosas de la cumbre mientras una
bruma helada se deslizaba por mi espalda. A la abuela no se le podía sacar ni
una palabra, mi bobo interrogatorio solo serviría para ensombrecer nuestra
convivencia. ¿Qué estaba haciendo? Algo tan torpe y absurdo como llenarme los
bolsillos de piedras para ascender por terreno empinado, como emprender aquella
marcha dejando que la noche invernal me sorprendiera en medio del monte, solo,
sin olfato para orientarme y con un simple chubasquero de plástico encima.
Sospechaba que había ido allí
para descargar la rabia que sentía. Pero al volverme y ver los tejados
agrisándose a mis pies, lo que descargué fue el peso que llevaba, arrojándolo
sobre el pueblo cada vez más borroso o apuntando a los abedules que relucían
aún en el margen del río.
Se
les había metido en la cabeza encontrar un ejemplar de la colección de diez
objetos que un explorador belga habría obtenido del hechicero de una tribu
africana y que estarían ocultos en los templos más oscuros y apartados de los
cinco continentes. Repasando claves secretas insertadas en textos de la época.
con la complicidad de un amigo erudito, encontraron alguna pista. Fue eso lo
que les condujo al desastre.
Tenían
que viajar a Japón, escalar la pared norte de un templo cuyo nombre y ubicación
conocían solo de forma aproximada. En las páginas que pude leer antes de
arrojarlas al fuego, Ernesto explicaba cómo iban rastreando briznas de
información con paciencia infinita, consultando mapas, descifrando códigos a
base de operar con números para acabar convirtiéndolos en letras. Aquel objeto
tan codiciado se encontraría a solo tres palmos del tejado, detrás de un
ladrillo hueco que uno de los constructores había embadurnado con pez.
Esa noche la abuela me esperaba
con un puchero de gachas preparadas con hígado de cerdo y harina de almortas.
Mientras comíamos, con una locuacidad algo impostada, me habló de su juventud,
de las eternas tardes veraniegas bordando tras los cristales del mirador con el
resol que reverberaba sobre el cristal y se posaba en el bastidor con tanta
intensidad que podía acabar mareando. Lo curioso fue que, con cualquier excusa,
me remitía al segundo cajón de su cómoda. Según creí entender, es allí es donde
guardaba los paños bordados, las enaguas de encaje y los peinadores que durante
un tiempo ocultaron los misteriosos escritos enviados por Blas desde
Japón.
(Continuará)
lunes, 18 de diciembre de 2017
La joya de la familia (Relato enigmático) (I)
El verano pasado decidí
desempolvar una vieja historia de la que había oído hablar rara vez y siempre
en voz baja. Fue una indagación premeditada. Desde hacía meses acaricié esa
idea recreándome en las sucesivas etapas que debía recorrer, las
circunstancias, los obstáculos, las preguntas y respuestas, el recorrido
expectante por las páginas de cartas y documentos. Me trasladé hasta el pueblo manchego
donde vivía mi abuela, el único testigo, aunque indirecto, de unos sucesos que
el tiempo había ido difuminando.
Cuando le expliqué a lo que había
ido se escandalizó (o fingió que lo hacía).
Diario de Dora
Para mi nieto Julio. Querido: Empecé a escribir estas memorias cuando
solo tenías cinco años. Siempre supe que en cuanto crecieses querrías saber. En
el cuaderno que encontrarás dentro del paquete va mi testimonio, todo lo que sé
sobre el asunto. No me culpes de un silencio que solo entenderás con el tiempo
y la ayuda de estos papeles. Todavía has de comer muchas longanizas, hacerte un
hombre aunque tú creas que ya lo eres –y
eso significa esperar a que esté muerta– para que te permita husmear en los
secretos de familia. Agradece que no espere a que tengas mi edad, aunque solo
entonces podrás comprender lo incomprensible y, sobre todo, entender la
importancia de estas confidencias.
-No comprendo qué pretendes. –protestaba– ¿Por qué ahora, después de tanto tiempo, se
te ocurre escarbar en la basura? Deja al pobre Blas tranquilo, esté donde esté.
-Se me ocurre ahora, abuela,
porque cuando pasó aquello yo aún no había nacido. Inicio el camino ahora y
aquí estoy. De niño me hacía otra clase de preguntas.
-Bueno, bueno –murmuró– Pero, ¿por
qué ese interés por Blas?
-Porque nadie quiere hablar de eso.
-¿Sólo por eso? ¿Siempre llevando
la contraria?
Noté que los labios le temblaban
un poco y me ablandé.
-No es por fastidiar, en serio.
–la miraba fijamente, un truco que no solía falla–Lo que pienso es…
-No pienses.
Me sorprendió el tono chillón,
tan impropio de ella, o eso pensaba.
-¿Cómo?
-Lo que te digo. Me parece bien
que seas fantasioso, pero imaginar no sirve de nada, no puedes adivinar y la
verdad es la verdad, no hay vuelta de hoja, no hay que inventarse cosas y
pensar que son ciertas.
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| Edward Hopper - The Bistro or the Wine Shop (1909) |
-Abuela…
-Ni abuela ni gaitas –rezongó, y
se puso a buscar las gafas como hacía siempre, a tientas, palpando la mesa
camilla igual que si estuviera ciega, para que yo adivinase lo que quería y
fuese a buscarlas a su cuarto. A la abuela, mi capacidad deductiva le parecía
bien cuando le convenía, como a todo el mundo, pero resultaba extraño en
alguien tan cargado de razón como ella.
Diario de Dora
Siempre has sido muy novelero, Julito. Te advierto que no lo sé todo y
te prevengo: si no intentas averiguar más de la cuenta, mucho mejor para ti. El
tiempo ha envuelto los hechos con una niebla benigna, los ha convertido en
leyenda. Déjalos así, si quieres escribir sobre ello inventa lo que haga falta
e intenta no escarbar demasiado. Blas era mi primo, habíamos jugado de
pequeños, cuando sucedió aquello yo era una cría, tu abuelo no había llegado al
pueblo aún. Tú no alcanzaste a conocerlo. Vino a tomar posesión de su plaza,
nos gustamos ya en el primer baile y enseguida hablamos de boda. Con él tuve
una buena vida, rutinaria, consagrada a cuidar de él, a bordar y a leer, sin sobresaltos
que alterasen nuestra paz.
Ignoré su mueca de disgusto y me
senté para fingir que leía mientras ella movía garbosa las agujas con las
lentes resbalando por la rampa de su augusta (y afilada) nariz. Suponía que
todo ese silencio ocultaba una historia inquietante y extraña, pero su actitud
me prohibía explicárselo. La verdad es que no hacía ninguna falta: ella también
adivinaba el pensamiento. Noté sus esfuerzos por evitar que la comprometiese,
nuestra complicidad era tan grande que mis zalamerías podían soltarle la lengua
fácilmente y acabar arrepintiéndose cuando ya no tenía remedio. Enderezó la
espalda y apuntó los cristales a mis ojos.
-No te quepa duda.
Me pareció que hablaba con esa
volubilidad que se suele atribuir a los ancianos, pero cuando puso mis pensamientos
en palabras me alarmé de verdad.
-Inquietante y extraña, por
supuesto que sí. Y las cosas raras que molestan mejor dejarlas como están.
-¿Yo he dicho eso?
Esbozó una sonrisa traviesa.
Sospeché que había pensado en voz alta, pero ella agitó los brazos sin parar de
tejer.
-No has hablado pero piensas muy
fuerte y los viejos, a veces, podemos oír esas cosas.
Diario de Dora
Sí, lo confieso. Tal como imaginas, después de desaparecido llegaron a
mis manos sus memorias. Las leí, claro, como cualquier otro papel que se
cruzase en mi camino, pero de eso hace –hoy, mientras escribo– más de cuarenta
años, y tu abuelo se empeñó en que quemásemos todo. El tío Blas era un chico
delgado e inquieto, todavía más novelero que tú, Julito, (Deja que te llame así
por una vez). Por eso, porque sois parecidos, me preocupa que te metas en
berenjenales. Sé lo que estás pensando, que tú no vas a acabar como él, pero
este es el día en que todavía no sé si acabó. Sí, después de tanto tiempo, ni
siquiera puedo afirmar que haya muerto; si tengo que ser honesta, he de reconocer que no
estoy segura de nada.
(Continuará)
lunes, 4 de diciembre de 2017
Demasiado ambiciosa (Relato feminista)
-Tengo que conseguir ese ascenso.
-¿Otra vez? Siempre estás con lo mismo.
-Siempre no. Una vez al año, que es cuando
se renuevan los cargos y hay oportunidad de escalar puestos.
-Marisa, esa empresa tuya te tiene comida
la moral.
-No sé por qué ahora hacéis piña contra
mí.
Mi sobrina se había sentado encima del
mantel, pellizcaba metódicamente las migas de tarta y se chupaba los dedos
mirándonos, pero nadie tenía ánimos para reírle la gracia.
-Tu hermano, que se queda ahora en paro
con una hija, eso sí debería preocuparte.
-Me preocupa, ya sabes que he hablado con
el director general.
-Y no ha hecho más que darte largas
–intervino Diego, de una forma tan desabrida que me sorprendió. No era propio
de él.
-Tú ya has trabajado allí, te conocen,
tienes buena reputación en la empresa.
-Pero me fui, y eso no me lo perdonan.
-¿Y a mí? ¿Me perdonan algo?
-Marisa, tienes que reconocer que eres muy
arisca. Dice Diego que te apartas al menos contacto, que nunca les ríes las
gracias.
-Tampoco él le reía las gracias a nadie.
Martita había encontrado un amigo. Jugaban
a subirse encima de un perro enorme de cartón piedra que ocupaba media terraza.
Mi hermano se repantingó un poco más en la butaca, entrecerró los ojos y asumió
el mando.
-Mira a tu hija. Está en la espalda de
Paquito, como resbale se mata.
Feli dejó la taza, se pasó la servilleta
por los labios y salió a escape hacia la puerta con los brazos extendidos.
-Esta vez no tienes razón, Marisa.
Reconoce que no puedes quejarte: tienes un trabajo fijo, un sueldo para ti sola,
nada de compromisos familiares, el futuro asegurado, vives bien, puedes viajar…
-Sí. ¡Qué suerte! Tengo una licenciatura,
dos másteres que la empresa nunca se molestó en abonarme, y ¿qué hago? Recortar
cupones y archivar.
-Pero ¿qué te cuesta sonreír un poco? Solo
tienes que tener mano izquierda, seguirles la corriente de vez en cuando.
-Tú tampoco lo hacías cuando trabajábamos
juntos.
-Pero es que yo…
-Tú ¿qué? ¿Me aconsejas que pierda la
dignidad solo por ser mujer? La verdad, no esperaba eso de ti.
-Perder la dignidad no, Marisa. Solo
tienes que hacer lo que hacen todas.
Miré hacia la barandilla, las primeras
luces de la noche iban brotando allá abajo. Junto al toldo, Feli también miraba el horizonte sujetando a
Marta por los hombros mientras charlaba con la madre de Paquito. Hacía lo que
hacen todas, ocuparse de sus hijos mientras el marido apura el último chupito y
añade unos gramos a su más que regular barriga.
-¿Qué es lo que hacen todas? ¿Dejar que el
rijoso del jefe se pegue al respaldo de la silla y les sobe el pelo lo que le
dé la gana? ¿Aplaudir las tonterías de Agustín? No me puedo creer que digas
eso.
-Y yo no me podía creer que pegases esos
respingos cada vez que se acercaba un compañero. Si lo sigues haciendo, no me
extraña…
-¿Qué insinúas?
-Tú siempre has sido cariñosa, no
entiendo…
-Contigo que eres mi hermano, no te
fastidia.
Feli volvía con la niña en brazos. Noté entre
sus hombros una curva suave, su sonrisa tenía un rictus de cansancio.
-¿Ya estáis discutiendo otra vez? ¿Es que
no os puedo dejar solos?
-Tu marido, que me quiere convertir en el
juguete oficial de la empresa.
-Venga, no exageres, Diego quiere lo mejor
para ti. Pero ya se sabe, si somos mujeres y queremos llegar a algo…
Entonces comprendí por qué Diego se
enfurece cuando Feli habla de buscar trabajo, por qué se ha resignado a que desde el martes en su casa no vuelva a entrar un céntimo, más aún, por qué están tan dispuestos
a ser mantenidos por mis padres en caso de que les cierren todas las puertas.lunes, 27 de noviembre de 2017
El enemigo está en el viento (Relato contra la violencia de género)
Cuando Alicia era niña nadie podía llevar la contraria a los padres, los chavales tenían que ser sumisos, soportar lo que fuese porque había que tener en cuenta el enorme sacrificio que suponía haberlos traído a este mundo. Por entonces, no se ponía en tela de juicio lo que hacían y decían los mayores, ellos lo sabían todo, acertaban siempre, tenían hasta la facultad de adivinar el porvenir.
Con el tiempo, acabaría preguntándose por qué se había casado tan joven. Era incómodo vivir en aquellas familias, convertirse en una adolescente asediada por unos padres –más o menos bienintencionados– que debían ejercer el autoritarismo más severo con sus hijas, lo quisieran o no, porque así se lo imponía la sociedad de la época.
Con apenas veinte años, recién salida del colegio de monjas, sin saber nada de la vida y sus argucias, convencida de que iba a ser tratada con equidad sin tener en cuenta su género, se encontró, sin comerlo ni beberlo, girando en una espiral de violencia difícil de entender. Eran otros tiempos, aquello no se podía contar ni a la familia, denunciarlo era impensable a no ser que se mostraran marcas bien evidentes en el cuerpo. Y, aún así, siempre quedaba la sospecha. Pero el terror no deja huellas, imposible probar que has sido amenazada con un cigarro encendido mientras te sujetaban los brazos a la espalda. Si hasta los moretones merecían el sarcasmo del policía de turno, una mirada condescendiente y la advertencia que zanjaba la cuestión: “Los trapos sucios se lavan en casa, señora.”
Pero lo logró. Aunque le costó lo suyo, consiguió huir de aquello, salvarse, no ser anulada, escapar a un destino seguro de sumisión y maltrato. Por fortuna tenía una profesión. Es verdad que, desorientada como estaba, le costó no entregar su sueldo al que todavía era su marido, y eso que no le veía el pelo en semanas.
Por fin, se atrevió a enfrentarse a sus exigencias, conservar su propio dinero que, además, necesitaba para mantener a su hija, hacer frente a los gastos de la casa y pagar los del divorcio. Pero la cosa no acababa ahí, fue quedarse sola y enfrentarse a la noticia de que lo debía todo: la luz, el gas, el recibo de la contribución urbana, el agua y hasta un pufo en las cuentas de la comunidad de vecinos. Aquel santo cabeza de familia no había pagado a nadie y, por si esto fuera poco, afanó lo que pudo aprovechándose de su condición de presidente del bloque.
Con la ayuda de su familia, Alicia consiguió salir también de aquel atolladero. Ahora entiende que ella sí pudo salvarse, que su mente y su vida entera no fueron anulados por años de maltrato y sumisión, y que ocurrió así porque pudo ser rápida. Entonces no lo sabía, pero sacó ventaja a la fatalidad pidiendo ayuda a su entorno y ejerciendo esa profesión que le permitió independizarse. Esto, teóricamente, es fácil de asumir, pero en la práctica no tanto. Llevar la contraria a ese hombre había sido impensable para ella, aunque le pegara, no le dirigiese la palabra, aprovechase la menor oportunidad para dejarla en ridículo y no apareciese por la casa más que los fines de semana, aprovechando que Alicia se refugiaba esos días en el hogar paterno para invitar a sus conquistas dejando huellas por todas partes; aunque desde el día de la boda jamás hubiese mantenido una conversación con ella de igual a igual ni sobre el asunto más intrascendente.
Tras un enfrentamiento terrible que la dejó con los nervios destrozados, su legítimo salario no volvió a cambiar de bolsillo.
Era hora de buscarse un abogado –peregrinación larga y angustiosa por los despachos más machistas de la ciudad– y, tras comprobar que el coche familiar estaba solo a nombre de él, que los ahorros se habían repartido por varias cuentas y que ninguna estaba a su alcance, se enfrentó a la separación, única alternativa por entonces pues el divorcio todavía no había llegado a España.
***
En cambio ahora los amos del cotarro son los hijos de ambos sexos. Ninguno es culpable de nada, ellos son quienes creen detentar el poder legítimo, quienes consideran a los padres sus sirvientes, esos que no tienen defectos destacables y, si acaso presentan alguna imperfección, la culpa es siempre de los progenitores, sobre todo de las madres, ellos siguen estando por encima de esas bagatelas, son los triunfadores, los que se arrastran por las trincheras del mundo exterior (aunque nosotras trabajemos el mismo número de horas) y por tanto seres superiores a quienes no compete lo que ocurre de puertas para adentro.
Los hijos, esos seres inefables a quienes hay que permitírselo todo. Y ay de ti si no lo haces. Serás inmediatamente comparada con los padres de otros hijos e hijas, con las madres de los amigos y compañeros. Comparada y denigrada, porque esas madres sí son comprensivas, no como tú, Alicia, que intentas poner límites y te sientes impotente ante tanta permisividad. Sigues siendo la rara, Alicia, fuiste hija cuando los hijos eran el último mono y ahora eres madre, menos que un cero a la izquierda en medio de este maremágnum.
Un hijo tiene todos los derechos, aunque sea mayor de edad, aunque tenga ya hijos propios. Alicia se pregunta qué pasará con la generación de sus nietos, ella no va a poder verlo, tiene demasiadas ganas de ser abuela y nunca las ha disimulado. Esa ilusión no se perdona, es una oportunidad para atacar, para frustrarla, para no darle el gusto de conocer a esos niños. Por eso nunca podrá saber si la situación se invertirá de nuevo a favor de los padres o los que nacen serán las nuevas víctimas de una generación inmisericorde. Afortunadamente, todos los hijos no son como Cecilia ni todos los maridos como el padre de esta, ella sabe que tuvo mala suerte, una mala suerte demasiado frecuente. Por desgracia.
Ya no tiene derecho a nada, y eso que tuvo que aceptarlo todo. Aquello por lo que no transigió cuando el déspota era su marido tuvo que soportarlo como madre. Con esa hija, que ¿para qué negarlo? tuvo un buen maestro, que apenas se preocupó de ella pero que le enseñó todos los resortes patriarcales que ella recogió encantada sin tener en cuenta que era mujer o, más bien, utilizando las armas feministas que la propia Alicia le había proporcionado.
Hubo de transigir con el desprecio, la humillación, los insultos, el abandono cuando llegó la enfermedad que se instalaría para siempre en su vida. ¿Qué otra cosa podía hacer? Hay que disimular, no rebelarse para no parecer una mala madre, aunque Alicia sabe que ejerció su doble tarea de padre y madre con toda dignidad y resultados más que brillantes. Se lo pusieron difícil pero lo consiguió, lanzó al mundo un ser con todas las herramientas para triunfar: personalidad, cultura, belleza, don de gentes. La única opción hubiera sido el rechazo, pero ¿cómo se puede rechazar a una hija? Esperaba que cambiase algún día, no se le ocurrió nada mejor. Es posible que alguna vez ella madure y, si no, que aparezca un buen chico que le haga recapacitar. Pero el muchacho en cuestión hablaba otro idioma, venía de otras latitudes y, para colmo, era demasiado ingenuo. Hasta en esto tuvo suerte Cecilia. Mejor dicho, supo escoger. Y el abandono se produjo. Sí, fue ella quien abandonó a su madre inválida y, por tanto, inservible, como se arroja al cubo de basura una escoba vieja o un aparato que ya no funciona.
¡Vaya negocio de vida, Alicia! Si lo llegas a saber. Más vale estar sola que mal acompañada, tú lo sabes bien, haces buenas migas con la soledad, tienes un sinfín de aficiones, presumes de sociable, de que jamás te ha faltado alguien con quien tomarte un café. Pero has de reconocer que has vivido en la orilla equivocada. Que nunca fuiste la cara de la moneda, la figurita de la baraja, la parte de arriba del plato, que permaneciste en la parte de atrás, la que sostenía todo el tinglado y no se dejaba ver por nadie.
Por suerte, reconoce, pertenezco a una generación que se preparó para tomar las riendas de su vida, que sabe disfrutar de los buenos momentos, tomar lo que la suerte le ofrece, que nunca se creyó el cuento del príncipe azul y ha sabido ganarse el sustento, que siempre vio una oportunidad en la derrota y ha aprovechado su soledad aparente para seguir cultivándose hasta hoy. Alicia, por fortuna y a diferencia de otras muchas mujeres, tiene muy claro quién es quién en su historia. No se hace responsable de que la suegra se adueñase de su casa aprovechando su extrema juventud, de que su cuñada la tomase por el pito del sereno, de que su marido se convirtiese en un tirano en cuanto el cura les dio las bendiciones, de que su hija haya asumido el rol de ese padre con el que solo convivió cuando aún no se sostenía en el suelo, que nunca la ha querido y del que nunca ha obtenido un céntimo. A veces piensa que está pagando sus culpas, que Cecilia se ha vengado en su persona cobrándose, o eso debe pensar, la inmensa deuda afectiva que dejó el padre ausente.
Afortunadamente, hay familia, amistades, un sol que aparece en el horizonte todas las mañanas, oxígeno para respirar, árboles, pájaros. Y su gran obra, la que llevó a cabo porque debía y quería, esa mujer llamada Cecilia a quien entregó las herramientas necesarias para ser razonablemente feliz. Una obra que la llena de regocijo porque comprende que el triunfo es solo suyo, aunque esa mujer feliz haya terminado dándole la espalda.
25 DE NOVIEMBRE
DÍA INTERNACIONAL CONTRA
LA VIOLENCIA DE GÉNERO
jueves, 24 de agosto de 2017
Mi nombre era una ruina (Relato jocoso)
Mucho antes de encargarme, mi madre ya
tenía claro que debía nacer una niña. Lo más natural, pensaba ella, es que
dentro de una crezca aquello en lo que piensa, que espera con ansia y necesita
más que el aire. Por entonces no se estilaba aquello de visualizar los
deseos, pero lo que ella puso en práctica era una versión muy personal de
lo mismo. A fuerza de comprar mantillas rosas, gorros repletos de lazos y
botitas bordadas con mimosas, de decorar la habitación en tonos malva y saturar
las paredes de Alicias, Reinas de Corazones y Conejos presurosos, fue una clara
precursora del pensamiento positivo, aunque ella jamás llegue a sospecharlo.
Imagínense el berrinche la primera vez que
me puso un pañal. Hasta ese momento ni se le había ocurrido preguntar por mi
sexo, mientras no se demostró lo contrario -día y medio después de mi
nacimiento- yo fui para ella la hija que siempre había querido. Tenía muy claro
que no se había embarazado para que le pusieran en los brazos a un chico, y
desde que se convenció de que el próximo intento también podía frustrarse ni
siquiera le pasó por la cabeza tener otro.
Lo peor del caso es que ya tenía pensado
el nombre y, tozuda como es, se mantuvo en sus trece por encima de burlas y advertencias.
Mamá había pensado poner a su hija, a esa niña que no quiso nacer, el bello
nombre de Ana. Ustedes cámbienle el género y observen en qué se convierte.
El primero en negarse fue el funcionario
del registro. A ese le convenció el guasón de mi tío materno cursando una
petición en la que afirmaba tener un antepasado finlandés cuya sustanciosa herencia
quedaría sin efecto si yo no llevaba su nombre. Parece que coló y, tres meses
más tarde, lo que no era más que un apelativo familiar se convirtió en mi
nombre oficial y con él se me identificó en todos los documentos.
Mi padre jamás se enteró de los motivos
para que un nombre como Ano fuese admitido como patronímico por las muy
competentes autoridades civiles. Mi padre tenía a nuestros representantes en muy alto concepto.
También hubo problemas para inscribirme en
el colegio, en el club deportivo y hasta en las listas de invitados a los
cumpleaños de mis compañeros de clase.
Todos querían pegarme por llevar el nombre
de Ano.
Para complicar más la cosa, ellos me
llamaban Cara-Culo.
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| Joan Miró |
Los profesores decidieron referirse a mí
como Anito cada que vez que pasaban lista, y castigaban al que hicise eco
(-ito, -ito) bajándole un punto en el examen.
Mamá nunca se enteró de nada de esto, pero
tampoco lo hubiese creído. ¿Para qué molestarse en convencerla de algo que, ya
de antemano, no le cabía en la cabeza?
Entonces, y sin previo aviso, me hice
mayor.
Tras la fiesta de graduación, en la que
fui encargado del discurso de despedida (“Cara-Culo rebota, pelota Cara-Culo”), pasé
el verano practicando navegación a vela. Allí fue donde se produjo el gran
estirón, ni yo me reconocía cuando entré en la universidad dos meses más tarde.
Las chicas de mi clase parecían casi adultas, eran a cual más guapa y me
sonreían sin intención de burlarse. Antes, tuve la precaución de inscribirme
como Anetto (“familia italiana”, alegué) y a nadie pareció sorprenderle.
Pero los documentos seguían acusándome, y
si no le ponía remedio lo harían por siempre jamás. Desde luego, nada de
echarse novia, ¿cómo explicarle una cosa así a una de aquellas bellezas?
Fue entonces cuando se me ocurrió cambiar
de sexo. Pero tenía que hacerlo a mi modo. Nada de operarse. Estoy contento con
mi cuerpo. (¡Cuidado, Anito! Te delata la desinencia masculina. Tienes que
estar contenta. Tu cerebro es de
mujer, pero no quieres dar el paso. Por ahora, siempre por ahora, tú no te
mojes. Así que has decidido llamarte Ana). Naturalmente, soy lesbiana, estaría
bueno renunciar a las mujeres, ¡si todo lo que estoy haciendo es por ellas! (Bien sabes que no te sobra ni falta nada, que estás muy bien cómo estás. Repásalo otra vez, debes ir muy seguro: tengo
un cerebro femenino, soy lesbiana, por ahora no pienso operarme).
Y todo esto en secreto (que no se entere
mi madre). Dicho así, parece enrevesado pero yo lo encontraba sencillísimo.
De todas formas, antes de meterme en ese embrollo decidí solicitarlo sin más. El tipo de la ventanilla no esbozó ni una
mueca, desde que tenía cuerpo de hombre nadie se burlaba de mí. Me miró con
sorpresa y algo de lástima, hizo un par de anotaciones e indicó que volviese a
la semana.
-¿Para qué?
-Hasta entonces los documentos no estarán
listos, pásese por aquí el próximo martes.
-Así que ¿van a atender mi petición?
-Naturalmente. Cuando un nombre tiene
carácter denigrante u ofensivo se modifica automáticamente. Tiene que anotar en
este recuadro cómo se quiere llamar a partir de ahora.
Quiero llamarme Alfonso.
Pensándolo mejor, ¿para qué cambiar el nombre
que tuvo tan ilusionada a mamá? Acabará enterándose tarde o temprano y no la
quiero matar del disgusto. Mi novia… que se acostumbre, puede que tampoco a mí
me guste el suyo y no tendré más remedio que aguantarme.
Ya no quiero cambiar nada. La verdad es
que me he sentido especial toda la vida. Nadie, nunca, tendrá la suerte de
llamarse como yo.
-Espere –le digo al funcionario- ¿y si
renuncio al cambio?
-No creo que se lo permitan, un nombre así
suele ser fuente de conflictos.
-Pues llevamos veinte años juntos y todavía
no he tenido ninguno.
-¿Está seguro? Si es así, ¿por qué había
pensado en cambiárselo?
Ahora estoy empeñado en seguir llamándome
Ano. Pediré ayuda al Defensor del Pueblo, al Tribunal de la Haya o adónde sea
necesario, y si deniegan mi petición recurriré las veces que haga falta. El
secreto está en no rendirse: tarde o temprano encontraré a alguien que me
entienda, tampoco es tan difícil ponerse en mi lugar.
martes, 22 de agosto de 2017
Una piedra ha caído (Poema)
Una piedra ha caído en el lago,
Piedra sin ojos.
Cuerpo inerte
que no produce círculos concéntricos.
Cuerpo que zozobra.
A quien el cieno aguarda desde anoche
para atraparlo y modelarlo a su capricho.
Piedra que no será luz hoy ni mañana
Inerte y sin conciencia.
Ciega y sorda.
Ajena a corrientes submarinas.
Cintas plateadas que oscilan
y siembran risas en lo hondo.
Cantos rodantes y cantos de sirena
custodiados por el centinela del tiempo
y a merced de la astucia del
agua.
domingo, 20 de agosto de 2017
viernes, 18 de agosto de 2017
Túnel de lavado (de cerebros) y atentados no yihadistas
Por si algún extraterrestre tuviese la
ocurrencia de leer esto, o algún lector de este mundo nuestro pasara por aquí
dentro de algún tiempo, empezaré explicando que ayer 17 de agosto –el ayer del
día en que me dispongo a escribir este artículo– se produjo un atentado en
Barcelona, ciudad culta y cosmopolita que todos los españoles admiramos. En
realidad, hubo dos atentados yihadistas
en Cataluña en un plazo muy corto. El
atropello múltiple, que se produjo a las cinco de la tarde y dejó un saldo
de trece muertos (por ahora) y más de un centenar de heridos, en pleno paseo de las Ramblas atestado
de turistas y autóctonos que disfrutaban de la tarde veraniega y se vieron
perseguidos por una furgoneta durante unos seiscientos metros, en zigzag y a
velocidad vertiginosa, con premeditación y alevosía evidentes; y la escaramuza que tuvo lugar unas ocho
horas más tarde en Cambrils –bella ciudad
costera de la provincia de Tarragona– entre
la policía y cinco presuntos terroristas armados, a quienes se abatió para
evitar males mayores. Pueden leer una relación de hechos –esquemática pero
clara y completa– en este reportaje de La Vanguardia.
No creo en las señales. Si creyera las
vería por todas partes, pero mi testarudo raciocinio me indica que se trata de
meras casualidades, sin más significado específico que el que tenga a bien
ponerle la mente que las observa. Pues bien, en este preciso momento tengo dos
libros a medias, una novela de SalmanRushdie y una recopilación de
conferencias del escritor israelí Amos Oz titulada Contra el fanatismo. Conocemos la atracción de Rushdie por los mitos, su defensa de la razón en detrimento de la fe, su adscripción a ideales
que impliquen tolerancia, civilización y diálogo, su condena del oscurantismo pero,
sobre todo, su afán por convertir en arte los demonios heredados de sus
ancestros.
“… le enseñó que el jardín era la
expresión exterior de una verdad interior, el lugar donde los sueños de
nuestras infancias colisionaban con los arquetipos de nuestras culturas y
creaban belleza.” (Dos años, ocho meses y
veintiocho noches, S.R.)
El mundo sería más habitable si
abandonásemos la perversa costumbre de
hacer un dogma de fe de cada historia inventada en un pasado remoto y las
valorásemos como lo que son: los balbuceos poéticos del género humano, fábulas
para soñar despiertos, hermosos cuentos para niños de todas las edades.
Oz, por su parte, disertando sobre la
cuestión que nos ocupa, va directamente a la raíz:
“Se trata de una lucha entre los que
piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es
más importante que la vida, y aquellos que, como nosotros, pensamos que la vida
tiene prioridad sobre muchos otros valores, convicciones o credos.” (Contra el fanatismo, A.O.)
Estoy de acuerdo con él en que lo prioritario es conservar la vida –la
de todos– pero encuentro cierto maniqueísmo en la dualidad fanático-no fanático. A ese respecto, pienso que todos deberíamos
hacer examen de conciencia, y cuando digo todos
no estoy pensando en el sufrido ciudadano que trata de vivir lo más
dignamente que puede con los recursos y circunstancias que le han tocado en
suerte, sino a los que tienen alguna responsabilidad en el reparto de la
violencia que se está produciendo en el planeta. Estoy hablando de bloques. No
solo en Barcelona, ayer, a las cinco de la tarde, sino continuamente y en cualquier
latitud se atenta contra la vida de
inocentes. El hambre, las
desigualdades sociales, las guerras y todos los desastres producidos por seres
humanos proceden también del fanatismo –fanático
y soberbio es el poder que se impone por la fuerza disfrazado de verdad
objetiva– y también tiene en su haber millones de muertos. Occidente debería evitar
su exceso de auto-indulgencia y contemplar la idea de fanatismo en su sentido más
amplio. Además del fanatismo religioso,
existe el de la codicia, la adoración por el dinero, el culto a la dominación,
la fe en la manipulación de las mentes por medio de propagandas sibilinas. Creemos
desear la paz, pero mientras se nos induzca a contemplar al otro como enemigo, mientras
nadie intente acercar posiciones, comprender qué es lo que provoca el enfado y la
desconfianza mutuos, mientras el poder no manifieste la menor intención de remediarlo,
continuaremos en guerra permanente por mucho que cerremos los ojos.
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