jueves, 14 de febrero de 2013

Los árboles azules 10: Intemperie

La huída empezó con Auko confiscando el móvil de Agosto. Al poco, recibió una llamada y, como esperaba, eran los secuestradores del padre. La niña, Rosana, andaba cerca. Se dio cuenta de todo, pero antes de que pudiese avisar, ella ya corría hacia la verja. Protegida por el follaje, habló en susurros con el jefe de la banda, no solo para no ser oída por cualquier policía que merodease por allí o para que no la sorprendiesen los chicos, también para enmascarar su voz porque se estaba haciendo pasar por el chaval.
Creyendo que hablaba con el hijo del secuestrado, el mafioso la citó esa misma noche dentro de un taller mecánico, en una calle de las afueras. Auko me contaría luego que decidió no acudir a la cita y que le pareció preferible espiarles. Así la encontré a la puesta del sol, cuando se me ocurrió seguir a los agentes que a su vez encontraron su rastro gracias a la señal del teléfono. Se hallaba plantada como un ficus a la puerta de una tienda de modas. Habíamos logrado dar esquinazo a los polis que, si bien me habían llevado sin querer hasta la tienda, no habían conseguido dar con Auko. De los secuestradores ni rastro, el taller parecía en ruinas y desierto. Aunque nunca se sabe, puede que nos estuviesen observando con satisfacción –igual que nosotras a los de uniforme- por no haber podido dar con ellos habiendo llegado tan cerca. Pero aquello era peligroso, podíamos rondar pero tampoco era cuestión de meter las narices allá dentro. En caso de habernos reconocido, quién sabe lo que nos tendrían reservado a las dos.
Caminaba por la acera y la vi. Supe que era Auko convertida en muñeca de cera. Pocos hubiesen podido negar que no fuese un maniquí, tal como estaba, congelada en un movimiento, vestida con ropa de la tienda, vigilando. A la cabeza llevaba un foulard violeta, el vestido era de corte hippie con muchas margaritas bordadas. Un panel de cristal la protegía pero, en caso necesario, no hubiese sido difícil escapar de un salto. Me preguntaba si el material estaría blindado, me hacía muchas otras preguntas. De dónde sacaba el valor para aparentar ser una muñeca de plástico y, exhibiendo una piel de silicona, permanecer al otro lado de un incierto vidrio sin mover un solo  músculo. ¿Y el vaho de la respiración? Tenía la boca peligrosamente cerca, pero había sido previsora y el pañuelo le tapaba parte de los labios.
Me acerqué a la terraza del bar de enfrente. Sentada ante el velador, pedí un botellín de cerveza. La luz empezaba a descender como un gato por el perfil de las fachadas y los troncos, se instalaba en las raíces y en los bordes de las alcantarillas. Me quedé una media hora. Tuve que saltar bruscamente del asiento cuando el mesero, con muy malos modos, lo levanto con un solo bíceps mientras extendía el otro reclamando el importe. Retiró hasta el último taburete en un suspiro y desapareció al fondo de la cueva cargado con ellos a la espalda, luego cerró la puerta metálica desde dentro con un estruendo de mil demonios. Auko tenía que haberlo visto todo, pero seguía sin inmutarse, tan inmóvil como una muñeca. ¿O estaría yo delirando y sería realmente un maniquí? La acera había quedado desierta, un viento repentino empezó a helarme las orejas, a arrastrar unos botes de plástico. Solo quedaba abierta la tienda de ropa con su maniquí a la puerta. No se veía otra luz en toda la calle, mi presencia resultaba sospechosa o, al menos, inexplicable. No tuve más remedio que largarme de allí.


Ahora sé que no le resultó fácil, que pasó horas tiritando de frío y se esforzó en disimularlo mediante técnicas de control mental. Aquella noche a la intemperie vio algo pero luego no fue capaz de dar muchas pistas. Los malhechores aparcaron un coche a la puerta del taller con el motor en marcha, se distinguían linternas detrás de los cristales rotos y polvorientos. El falso camarero salió con cautela de su cuchitril y miró a través del escaparate, en plena noche, como un búho, con sus gafas de culo de vaso. Pensaba Auko que yo le había puesto sobre la pista al mirar con insistencia la tienda, lo que el otro no imaginaba es que al fondo no había un alma, que en quién tenía que fijarse era en el espantapájaros con bata de cola alzado en la plataforma. Cuando se cansó de romperse la vista, se volvió con cautela y, mirando a todos lados, cruzó la calle y entró en el taller. Ahora aumentaba el movimiento, algunos habían entrado en el coche, un hombre se había puesto al volante, había dos sombras contra la fachada. No pudo distinguir nada más.
Se entretuvo pensando en la víctima. El hombre flaco que empezaba a echar carnes muy lentamente, un canoso cuyo pelo raleaba ya. Esa relativa decadencia era lo que le atraía de él, por eso lo pasaba tan bien evocándola. Le gustaba ese semblante que exudaba bonhomía, los ademanes campechanos, la sonrisa algo irónica, aquellos ojos azul celeste que iluminaban la sombrerería, y sus manos morenas y grandes.

Cuando llevé a la policía hasta allí, todos habían desaparecido, del coche no quedaba ni rastro y el local estaba desierto. Auko había encontrado un chaquetón y una bufanda en el almacén de la tienda y esperaba sentada en un banco intentando hablar por teléfono. Temblaba de pies a cabeza y su barbilla amenazaba con descoyuntarse. Había aguantado tanto tiempo los nervios y el frío que se sentía incapaz de controlarlos.
Bernardo pagaba poco a sus empleados y exigía mucho, era algo huraño y no se merecía tanto amor, ni de Auko ni de nadie; tampoco que le hicieran daño. Pero así es cómo le vería yo después.
(Continuará)

martes, 12 de febrero de 2013

Los árboles azules 9. Como una anguila que se escurre

Auko volvió a desaparecer.
Antes de eso estuvimos reunidos en el parque. Los padres de Bernardo se alborotaban por momentos relatando las incidencias del día anterior, dónde estaban, cómo se enteraron, y toda suerte de detalles, como que su hijo había sido obligado a abrir la verja a punta de pistola. Pero ¿cómo podían saberlo? Se había encontrado un reloj con la correa rota, eso sí podía ser una prueba, quizá uno de aquellos individuos lo enganchó a un arbusto sin querer en el momento de abrir la portezuela y tuvo que apartar el brazo bruscamente, sin tiempo para agacharse a recogerlo. Mientras tanto anochecía. Disfrutábamos del aroma que lo impregnaba todo. Las hamacas del cenador disponían de cojines mullidos, los cócteles nos embrujaban con su endiablada mezcla de especias y frutas exóticas. A nuestro alrededor, decenas de árboles, desde su turbio cobijo, parecían dedicarse a espiar. Formas achaparradas y esbeltas, matorral y copas centenarias, hojas como anchas y finas palmas, extensos abanicos o extendidas orejas paquidermas coexistían con finísimas agujas exhibiendo un colorido digno de la paleta más sutil, del cuarzo rosa o el granate al verde negruzco de la obsidiana. Y a nuestra espalda, la gran mole de la casa, alentándonos y protegiéndonos.
 
Jacek Yerka - Strawberry garden
 A las diez en punto sonó la campana de una torre y, sin previo aviso, un bruñido último modelo estacionó en la explanada con la intención de recogerme. No tenía nada previsto, tampoco estaba en mis planes abandonar aquel paraíso tan pronto. Allí quedaron los hermanos, mi apenada amiga, los abuelos y la pareja de polis, cuyo ademán de despedida no ocultaba una sonrisa sardónica. Me lo estaban dejando bien claro: esta vez la intrusa era yo.
Me instalé en la azotea con la melancolía derramándose por mis hombros. Aquellos chicos no podrían salir de su jaula de oro hasta que apareciese su padre. Hasta Auko estaba arrestada con la excusa de que corría peligro. No niego la sensatez de la medida, pero aquella sensación de amenaza no cesaba de rondarme. Me parecía que limitaban sus movimientos pero que eso no les protegía en realidad, que al menos conmigo allá dentro hubiesen estado algo más seguros, no podía precisar por qué. Sin embargo, ¿cómo era posible vigilar toda aquella enorme extensión con solo dos agentes? La línea de la playa se había convertido una vez más en negra boca de lobo frente a mí. Cabizbaja, dejé de mirar a una balaustrada invisible sumida en oscuros presagios. No podía evitar sentirme culpable.
Mark Ryden . The meat train (2000)
Un cansancio insidioso puso plomo en mis brazos, me invadió un sopor repentino, olvidé que me había quedado sentada sobre las frías baldosas, rodeada de macetas, con Mancha reptando por mi cuello. Con la mayor de las alevosías, el teléfono volvió a aullar. Esta vez no tuve necesidad de descolgar: lo supe. Una voz, malhumorada hasta la impertinencia, preguntó si Auko estaba conmigo. “Acabo de dejarla bajo su protección, –repliqué– ¿qué clase de vigilantes son ustedes permitiendo que la secuestren delante de sus narices en menos de dos horas?”
Pero sabía que se había ido ella, no la imaginaba dejándose agarrar.
(Continuará)

domingo, 10 de febrero de 2013

Suite francesa, de Irène Némirovsky

Durante el largo trecho que supone la lectura de esta novela no he podido dejar de imaginar a su autora escribiendo frenéticamente, en mitad de un combate feroz en la que ella se veía envuelta por partida doble ya que, además de formar parte de la población civil sometida al conflicto, se veía acosada por los nazis a causa de su raza, sola en su casa vacía, con su marido prisionero y muerto después, sus hijas escondidas en casas de amigos, con el firme propósito de aprovechar lo que le quedara de vida para dejar constancia a la posteridad de la enorme y disparatada tragedia que estaba viviendo. Sus verdugos sin proponérselo, le concedieron, justamente, el tiempo necesario.
Considero que toda obra maestra merece una buena edición, con prólogo aclaratorio y el añadido de cualquier dato que contribuya a evitar confusiones. Este lo he leído con un interés aún mayor, por lo significativo de la información que aporta. También sobrecogida. El carácter retratado seduce, se aclaran además cada una de sus líneas, incluso ciertas escenas de la novela corta El baile. La trayectoria de Irène Némirovsky, su trascendencia en la literatura, actitud ante la vida, circunstancias familiares y peripecias de los últimos años consiguen acercarnos a ella más aún. No solo por el carácter dramático y novelesco de sus vivencias, en común con otras muchas figuras históricas, sino, en particular, por esa actitud de lucha permanente, por su desafío a las circunstancias debido (y a pesar de) su gran lucidez mental. Al final se añaden unas notas manuscritas y la correspondencia, suya o de otras personas, preocupadas por su suerte y comprometidas con la de sus escritos.
Conociendo ya esos detalles de su vida, se comprenden las causas de esa emoción. Pero –repito– sobre todo impresiona su capacidad de mantener la cabeza lo suficientemente fría para transmitir esa realidad, con esa prosa tan bella y apasionada, sumergida como estaba en aquel mundo de pesadilla en el que, además, ella misma era el ratón al que amenazaba una ratonera gigantesca.
Al principio se presentan estampas en apariencia independientes, más o menos estáticas, que representan a los personajes en el momento de hacer acopio de enseres y, luego, en diferentes momentos del éxodo. Cada grupo vuelve a aparecer, como si de un friso se tratase, representando un poema épico pero no con la épica de los vencedores sino con la de los derrotados, la épica de la escapada, si es que esta expresión tiene algún sentido. La autora, en lugar de dejarse llevar por la desesperación de aquellos momentos, intentó realizar una fotografía literaria con estructura musical de aquellas circunstancias excepcionales, concentrarse en la crónica, en el reportaje, e intentar llevarlo a la categoría de arte para trascender el simple sufrimiento y, como decía más arriba, dejar a la posteridad su testimonio. Para ello hace desfilar diversos grupos: a la familia que huye con los niños y el abuelo, la amante con el escritor, los chicos de la escuela con el cura. Y, una vez logran apartarse de su hogar y renunciar a la mayor parte de sus pertenencias, con todo el desgarro que esto supone, las tristes peripecias que les van sucediendo y el panorama (desolador) que aparece ante sus ojos y, en definitiva, ante los nuestros. Una descripción tan magnífica de esa parte de la historia europea que parece increíble que fuera creada entera justo entonces, que su autora no la haya podido corregir, objetivar y dar forma en un futuro, pero fue así con toda seguridad ya que ella no sobrevivió. No obstante, el manuscrito se puede considerar acabado, no solo por la perfección de su estilo, también por la contundencia de las escenas y el firme pulso con que están dibujados los personajes. Según vamos avanzando, lo que empezó siendo una panorámica se convierte en un retrato cada vez más preciso de las figuras que componen el cuadro.
Hay algo que me preocupa, (y que hay que tener en cuenta si recordamos que el manuscrito estuvo guardado durante décadas y finalmente descifraron su letra minúscula, retocaron errores y lo dieron a la imprenta), y es qué clase de alteraciones por parte de manos ajenas ha sufrido la obra original. A estas alturas es imposible saberlo, todo lo que leemos tenemos que atribuirlo a Némirovsky. Pero ella estaba siendo testigo de algo y hay veces que resulta demasiado objetiva, algo que no encaja del todo pues, por muy conciliadora y optimista que se pretendiese aparentar, al fin y al cabo era humana. Falsa impresión o no, a mí me parece que, en capítulos concretos, a veces falta algo, o sobra, o se adivinan modificaciones espurias.  Sin ir más lejos, el de la muerte del cura mantiene un tono distinto del resto de la obra. Tanto es así que el episodio resulta impactante por lo artificioso pues, a pesar de tener la guerra como telón de fondo (y, aunque se hable de heridos, incendios, explosiones etc.) se diría que presenta una fisonomía demasiado amable. El drama, al surgir en medio de esa apacible estampa, impresiona aún más. A partir de entonces cambia de tono, en lo sucesivo aparecerá el factor crítico, la autora se fijará también en las sombras de los personajes, se acostumbrará a no quererlos tanto. A esa crítica no escapan ni las masas con su barbarie ni los privilegiados con su egoísmo y cínica indolencia ni los que les rodean con su servilismo y falta de escrúpulos. Ni las víctimas por el hecho de serlo han de ser necesariamente heroicas. Hasta puede que usen a sus muertos para alimentar un orgullo bastante absurdo, dadas las circunstancias.
 Más adelante empieza a mascarse una tragedia que estaba desarrollándose a dos pasos de la pluma. El tono se vuelve más áspero. Las hostilidades se acentuaban y ella, a partir de la fecha que fuese, sabía a ciencia cierta que estaba sentenciada. Ya no se limita a describir, no muestra una estampa idílica ayudándose de clima y paisaje, la miseria y el desarraigo no quedan ya en segundo plano. Hay diálogos con contenido y no puramente instrumentales, información sobre el carácter de los personajes y sus antecedentes. Tampoco aparecen igualados en la huída, esta ya ha finalizado y ellos se han ido instalando, en muy diferentes condiciones unos de otros. Todo ello añade un tinte de amargura a la trama. Los muertos de la guerra quedan difuminados en la tragedia colectiva y aparecen en primer plano los que han perecido por otras causas. El abuelo por desidia, el padre Philipphe por crueldad, Charles por un accidente que más bien parece un castigo a su arrogancia.
Siempre nos quedará la duda. Puede que toda esa comprensión hacia el invasor, esa extraña facilidad con que se parecía ponerse en su piel, la humanidad demostrada durante la convivencia –que la autora también experimentó– podría explicarse, más que por su capacidad de comprensión (aunque quizá también, en parte) por la más elemental prudencia. Némirovsky sabía que esos papeles podían caer en manos alemanas siendo como era una judía perseguida. No era tonta, así que hizo lo que tenía que hacer: cargar de momento las tintas en la comprensión. Más adelante, si las cosas cambiaban, ya habría tiempo de ser totalmente sincera, modificar algunos hechos y convertir ciertas personalidades en otras mucho más sombrías.

viernes, 8 de febrero de 2013

La astuta EPOC

Habitualmente, la prensa trae noticias alarmantes sobre la existencia de la EPOC, su relación con el tabaquismo activo y pasivo y las consecuencias que acarrea, pero lo cierto es que casi nadie las lee. No preocupan, parecen exageradas o producto de oscuros intereses. Esto da lugar a que el que la padece no la reconozca y se diagnostique, por lo general, muy tardíamente, en una fase de difícil remedio.

¿Quién va a perder su tiempo leyendo un artículo como este?


LA RAZÓN.es

HUMO Y EPOC
Bartolomé Beltrán

El tabaco es la principal causa de enfermedad y muerte evitable. Infartos, tumores, complicaciones durante el embarazo, problemas respiratorios o disfunción sexual son parte de los daños que este mal hábito ocasiona en nuestra salud. Destaca que entre el 85 y el 90 por ciento de los casos de EPOC son debidos al tabaco y se calcula que entre el 15 y el 20 por ciento de los fumadores desarrollarán esta enfermedad. El doctor Carlos Jiménez Ruiz, coordinador de una normativa pionera sobre tratamiento del tabaquismo en fumadores con EPOC y director del programa de Investigación Integrado de tabaquismo en Separ, ha explicado que el único tratamiento que ha demostrado ser realmente eficaz para detener la EPOC es dejar de fumar. En este punto, destaca la labor pública contra el tabaquismo de la compañía biomédica Pfizer, dirigida por Elvira Sanz, que posee un tratamiento diseñado específicamente para dejar de fumar, vareniclina, una de las opciones más eficaces contra el tabaco, según los expertos. Los estudios revelaron que un 44 por ciento y 43,9 por ciento, respectivamente, de los fumadores que recibieron vareniclina consiguieron dejar de fumar después de 12 semanas de tratamiento.
Diversos estudios han demostrado que los fumadores con EPOC padecen un grado de dependencia física por la nicotina más elevado y un grado de motivación para dejar de fumar más bajo que el resto. La depresión también es frecuente en este grupo de fumadores, en un 40 por ciento de los casos. Separ propone que el abordaje del tabaquismo sea distinto en los fumadores con EPOC de reciente diagnóstico, fumadores que no sabían que padecían la enfermedad, y en los fumadores que sufren una EPOC previamente diagnosticada y que continúan fumando a pesar de saberlo.
(Puedes leer el artículo aquí)

Sin embargo, y a pesar de que nos suene a chino, es fundamental conocer estos datos ya que el 10.5 por ciento de la población española entre los 40 y los 80 años padece la enfermedad. Deberíamos estar alerta y realizar acciones preventivas, tanto hacia nosotros mismos como en nuestro entorno, para atajarla o descartarla.

Quién prefiera una información más completa y detallada de la patología, la encontrará en páginas como esta.

Y aquí, Andrés de Rous, neumólogo afincado en Berlín, nos desvela algunas claves.



Finalmente, si padeces ya la enfermedad, este artículo presenta algunos consejos que pueden ser de tu interés.

Disfruta de la vida pero ¡¡CUÍDATE!!

Visita mi nuevo blog sobre la cuestión respiratoria: http://charlasconpacotella.blogspot.com

miércoles, 6 de febrero de 2013

Don Rufo bufa: Rajoy y el molusco

–A día de hoy, mantengo la misma ilusión y actitud que el día en que fui elegido en las urnas.
(Discúlpenme si la frase no es exacta, cito de memoria)
Esto dijo el lunes nuestro presidente. En estos momentos, con miles de familia sumidas en la pobreza y/o arrojadas a la calle sin contemplaciones por una ley hipotecaria que sobrepasa el rango de  abusiva y a la que solo se puede calificar de usurera a la enésima potencia, con miles de ciudadanos que se consumen día tras día y mes tras mes sin encontrar ningún medio de subsistencia, malviviendo de la caridad de familiares y vecinos, pasando hambre, suplicando que se les conceda alguna hora a la semana, en alguna actividad no reconocida, sin garantías de salubridad, un sueldo miserable y nula cotización, por parte de alguno de los desaprensivos que han brotado del chaparrón de las circunstancias llegando a proliferar como las setas, y, paralelamente, vemos como cientos de millones de euros escapándose por las costuras del sistema, engordando a empresarios, banqueros y políticos, contribuyen a la creación o escandaloso aumento de enormes fortunas nacidas y alimentadas al calor de una corrupción que, se adivina, generalizada (es decir, cualquiera que haya podido meter mano en la caja dónde se guarda el dinero de todos lo ha hecho y se ha llevado un pedazo tan gordo como ha podido), cuando el país ha sido esquilmado y se sume en la miseria para que unos pocos se conviertan en inmensamente ricos, va Rajoy y dice que mantiene la ilusión del primer día. Es posible que su ilusión fuese que las desigualdades sociales aumentasen hasta los límites más extremos, no en vano representa a la derecha y por tanto al gran capital. Pero, decirlo así, con esa desfachatez, ante las cámaras solo puede significar dos cosas: o que es un mentiroso o que es un molusco disfrazado de hombre.
Y, por si no nos hubiese escandalizado lo suficiente, añade, con (aparente) tranquilidad que ha habido "algo". Sin aclarar qué ni cómo ni cuánto ni por qué ni con permiso de quién ni con la responsabilidad de quienes ni con la impunidad de cuántos. Se atreve a insinuar que las acusaciones no son del todo inexactas con la indiferencia del que explica que se le ha averíado el coche. (“Pero cosa de poco, "algo" no funciona en el motor"). Lo malo, señor Rajoy, es que ese motor es el país entero y usted quién maneja el volante, por ahora. No puede minimizar el delito calificándolo de "algo", ni siquiera siendo gallego. No puede utilizar un pronombre indefinido y dejar a toda la prensa internacional con tres palmos de narices, sin dar ninguna otra explicación. Ha pasado el tiempo –que, durante el gobierno de Aznar, aprovecharon hasta la saciedad– de hacerse los interesantes, los que lo saben todo, a los que se les puede perdonar catástrofes como las del Prestige; despistes imperdonables, como el hecho de no haber intuido la falacia estadounidense de las inexistentes armas de destrucción masiva iraquíes – cuando el resto de los españoles lo conocíamos de sobra  desde el principio solo con leer la prensa, –o imperdonables desidias, como las que provocaron la tragedia del Yak-42 en Turquía que segó la vida de 75 militares (de España. Ucrania y Bielorrusia), cuyos cuerpos –para incrementar la chapuza hasta el más humillante surrealismo– enterraron apresuradamente confundiéndolos entre sí para mayor consternación de sus ya desoladas familias: y, no contentos con enterrar mal a los muertos, también enterraron la infamia generando otro de sus vergonzosos indultos.

Ustedes, señor Rajoy, no tienen patente de corso, no pueden hacer lo que les dé la gana, pisotearnos, esquilmarnos, tomarnos por tontos y pretender, encima, que estemos contentos. Han transformado el lema absolutista “Todo por el pueblo pero sin el pueblo” en algo todavía más vergonzoso “Todo por la bolsa del pueblo pero sin él”. Usted está convencido de que este país es idiota. Reconozco que una gran mayoría –esos que le otorgaron la absoluta– se tragó sus insolentes mentiras cuando, durante la campaña electoral, aseguraba sin un ápice de vergüenza, que no iba a recortar ni un céntimo del dinero público, entre otras muchas falsedades, cuando se podían ver las enormes tijeras asomando por sus bolsillos y los carrillos hinchados de satisfacción al constatar que ninguno de los que le contradecían resultaba creíble. Pero usted confunde ingenuidad con tontería. Los españoles en ese momento estaban desesperados (aunque mucho menos que ahora), necesitaban con urgencia creer en alguien y confiaron en sus supuestas buenas intenciones, en su cara de no haber roto nunca un plato, en su fingida indignación ante unos recortes realizados por el gobierno anterior que, en comparación con la magnitud de los suyos, hoy se muestran menos que insignificantes. Ahora, en cambio, ya ha desvelado su verdadera catadura, su indiferencia ante la corrupción generalizada, su aquiescencia hacia indultos vergonzosos, su absoluta falta de solidaridad, su encastillamiento en la defensa de los intereses de los mercados, su soberbia y su ambición que le conducen a aliarse con el gobierno alemán como antaño hizo con el torpe George Bush su antecesor de infausto recuerdo.
No podemos consentir tanta maldad, tanta indiferencia, tanto gesto insolente, tanta arrogancia, tanto embestir a ciegas sin fijarse en lo (y en los) que se lleva por delante. ¡Esto se tiene que acabar!
Si es un mentiroso, señor Rajoy –y yo, personalmente, no le creo una palabra– dimita de inmediato. Pero si es un molusco entonces es peor, entonces no tendremos más remedio que anular su investidura. En España, para ejercer el cargo de presidente, solo admitimos personas.

lunes, 4 de febrero de 2013

Los árboles azules 8: El secuestro

Eché a andar parque adelante. El enfado me impedía calibrar la distancia que me separaba de la entrada a la finca. Iba por una avenida que parecía no tener fin flanqueada a ambos lados por una selva ajardinada en cuyo interior sería agradable perderse. Pero de momento tenía que salir de allí, no tenía ni idea de cuántos kilómetros había que recorrer hasta llegar a la verja. Tampoco sabía lo que me esperaba al otro lado, me parecía recordar que aquello se levantaba en pleno campo, quizá no apareciese ningún taxi en aquel sitio, me imaginaba perdida en medio de la nada sin ninguna referencia para orientarme. Entonces escuché las botas de Auko golpeteando tras de mí a toda velocidad. No me cabía duda de que era ella.
–Que esperes te digo. Que esperes.
Me volví de mala gana. Auko venía jadeando, tenía la cara llena de ronchas carmesí y los ojos brillantes. Tardó un poco en recuperar el aliento, se acercó a un árbol cercano y se dejó caer contra el tronco. La seguí.
–Perdona, es que soy así de bestia. No quería contarte nada para que no dijeses que he metido la pata, pero tampoco podía hacer otra cosa. Estoy echa un lío, no sé qué va a pasar.
Decidí sentarme a su lado sin perder la cara de palo que se me había puesto.
–No sé qué decirte, estoy más perdida que tú.
–Ya.
Volví a ponerme furiosa. 
–¿Me vas a contar algo o no? ¿Qué haces en esa casa? ¿Qué pinta la policía en esto? – Antes me había parecido ver un punto oscuro a lo lejos, detrás de Auko, pero ahora estaba segura. Aunque avanzaba despacio, oculto a medias por los árboles, podía distinguirlo claramente, era uno de los hombres que había visto allá dentro.
–Se han llevado a Bernardo. Me había contratado para cuidar de Rosana que tiene gastroenteritis, por eso estoy aquí.
El policía se había detenido a unos veinte metros. No podía perderlo de vista pero Auko parecía ajena a todo, seguía tan tranquila en su nube, a pesar de los nervios. Preferí no hacer preguntas, que hablase ella. No hubiera sabido cómo empezar.
–Vimos cómo lo raptaban unos hombres. Pero cuando llegó la policía ya no hacía falta, los secuestradores acababan de hablar con Agosto.
–¿No será que has visto muchas pelis? ¿Cómo sabéis que lo han secuestrado?
–Lo hicieron delante de todos, a plena luz del día. Y ellos también lo dicen, están protegiéndonos, por eso no nos dejan salir.
–O sea, ¿os han dicho que os estéis quietos y vosotros os largáis a dar una vuelta?
–Ya te he dicho que han llamado al chico. Pensábamos ir a buscarle.
–¿Vosotros? ¿Por vuestra cuenta? –No daba crédito, estaba tan perpleja que casi no podía hablar? –¿Es que te has vuelto loca?
Puso los codos en las rodillas y se sujetó la frente con fuerza. De vez en cuando, como sin querer, ladeaba la cabeza un poco. Sabía tan bien como yo que nos estaban vigilando. Suspiró.
–Creíamos que le habían dicho dónde estaba pero nos han engañado. El kilómetro 230 está en plena autopista. Además, esa gente nos ha seguido hasta allí.
No podía creérmelo.
-Pero, aunque os hubiesen dado las señas... ¿No has pensado en lo peligroso que es? Y, encima, te  llevas a Julio.
–Agosto. Nació en agosto y es cómo quiere que le llamen.
¡Menuda estupidez! Esa chica no tenía remedio. Al principio sus chifladuras me hacían gracia, pero todo tiene un límite.
Echamos a andar hacia la casa. Aún quedaba mucho por hablar. Se oía un alboroto de pájaros. Ahora que no tenía que pensar en el transporte me puse a disfrutar del paisaje. Sin pensarlo, frené en seco.
–¿Has pensado que se lo pueden cargar?
Me miró con ojos desesperados, agarró mi muñeca con fuerza.
–Por favor no digas eso, –chilló– ¡no lo digas!
(Continuará)

sábado, 2 de febrero de 2013

La vida sin Cary Grant


Atrapa a un ladrón (1955)
No sé quien dijo que actuaba bien hasta de espaldas pero yo entonces no había oído nada de eso. Veía cine en blanco y negro, en casa, con mi madre, a la hora en que mis hermanos, a falta de una de vaqueros, preferían irse a dormir. A ellos no les interesaban esos petardos para adultos. También los mayores se quedaban más tranquilos si los niños no presenciaban ciertas cosas. Yo, en cambio, ya era toda una señorita. Señorita, no lo sé, seducida por el embrujo de Hollywood seguro que sí. Los comics femeninos estaban repletos de almíbar, resultaban ñoños y poco realistas, los que estaban destinados a los chicos rebosaban violencia. Las películas, en cambio, parecían presagiar el  futuro, hacerlo algo menos incierto.

A mis doce o catorce años, esas inolvidables sesiones nocturnas me dejaban con el corazón oprimido y la cabeza llena de pájaros. Cary era lo más parecido a un dios pero de carne y hueso, ¡como tenía que ser! Nunca me han atraído demasiado los mitos. Si tengo alguno, está más relacionado con la creación y el pensamiento –un narrador, un filósofo, un poeta, un científico, un artista incluso–, la imagen de un personaje, no suele impresionarme por sí misma. Pero esos destellos de inteligencia, presenciados a una edad tan influenciable, no podían dejarme indiferente. Parecían síntomas de una vida intensa, aunque por aquel entonces fuese incapaz de expresarlo así.

Página en blanco (1960)
Había otros muchos, por supuesto. Innumerables. Legión. A cual más arrogante y atractivo, exhibiendo sus personalidades irrepetibles, su buen hacer, sus maravillosos ojos o labios, su elevada estatura, su airoso porte. Todos desprendían su particular halo, competían entre ellos en carisma (¿o era Carysma?) produciendo un efecto en el espectador que otras generaciones no han conseguido igualar. Lo mismo sucedía con las actrices. En un contexto así es difícil ser objetivo, eran los gustos personales quienes marcaban las preferencias. Para mí, Cary los superaba a todos. Clark Gable, quizá el de mayor encanto, parecía demasiado soberbio, un sinvergüenza simpático al que era preferible mantener a distancia; James Stewart hubiese sido el compañero ideal aunque algo bobalicón, eso saltaba a la vista: Gary Cooper parecía inaccesible e inspiraba más respeto que otra cosa; a Gregory Peck –quizá el que hubiese estado más a su altura que nadie– no le conocía por entonces. Con cualquier otro que recuerde pasaba más o menos lo mismo.
 
Encadenados (1946)
Porque había que verle en Arsénico por compasión con ese gesto tan suyo de concentrado escepticismo, o de condescendencia escéptica en Charada, de incrédula preocupación en Con la muerte en los talones, de frívola rivalidad en Historias de Filadelfia, de embelesada indiferencia en Atrapa a un ladrón. ¿Es necesario que siga para constatar que en todas sus películas interpretaba papeles semejantes? Se decía que el señor Grant pertenecía a esa categoría de actores que se limita a hacer de sí mismos sin que eso constituyese un demérito. Pero había más: lo que sucedía era todo lo contrario, el recurso, manejado como muy pocos eran capaces, daba lugar a esa serie interpretaciones magníficas que todos podemos recordar. 
Me siento rejuvenecer (1952)

  
La Venus rubia (1932)


Arsénico por compasión (1944)
 
No he dejado de ver aquellas películas y aún continúo emocionándome. Puede que de distinta forma, seguramente con menor intensidad, pero ¿quién es capaz de conseguir algo así? ¿Qué demonios tenía Cary Grant?.

No niego su atractivo indiscutible, ni ese galanteo maduro capaz de encandilar fácilmente a alguien, como yo, recién salido del cascarón, ni su innegable punto canalla, ni ese cinismo lleno de gancho que constituye la marca de la casa. También parecía extraordinariamente observador, tanto que a la primera ojeada solía hacerse cargo de lo que estaba sucediendo sin dejarse embaucar por apariencias. Y, ¡cómo no! transmitía una bondad innata que era incapaz de ocultar por muchos esfuerzos que hiciese. Nunca podíamos conocer con exactitud sus pensamientos, pero era evidente que le aguzaban la mirada, le hacían palpitar la nariz, inflamaban sus pómulos, estiraban sus comisuras, le arrugaban la frente, le hacían fruncir el ceño, obligaban a palpitar a su barbilla, se le derramaban por ojos y fosas nasales y bailaban, incluso, entre sus dientes.

Historias de Filadelfia (1940)

La sospecha (1941)
  

  










Y ahora el apellido Grant se ha incorporado a mi familia. Hay una personita que lo lleva. ¿Quién me lo iba a decir? ¿Cómo podía yo imaginar que algún día Cary Grant y yo –todo lo remotamente que se quiera, de acuerdo– íbamos a ser parientes?

No obstante, la pregunta continúa en el aire. ¿Sería todo aquello nada más que fachada? ¿Cómo habrá sido el verdadero Cary Grant?

miércoles, 30 de enero de 2013

Mi almohada y yo

Tras toda una noche comiendo bocadillos de foie-gras, acunados por  música de todo pelaje, empieza a desertar la gente. Esta vez, la reunión ha sido en mi casa. Bultos desfallecidos se arrastran como pueden. Reparto mantas y todos se retiran a dormir. Noto que me tambaleo – y por el alcohol no es, que solo había ginebra y a mi la ginebra no me gusta – pero me niego a recogerme tan pronto. Son las seis de la mañana. Tras la balaustrada, atisbo unas luces rojas, apenas un punto redondo que parpadea a veces. La inmensidad negra bulle sin que apenas se note, el monstruo celeste se retuerce a punto de explotar otra vez. El amanecer es inminente. Una leve franja gris en diagonal y el resto sigue siendo carbón. Solo hay que esperar. Con la libreta en las rodillas y arrebujada en el edredón intento tomar notas. La constelación que relucía en la esquina de la izquierda, cerca del marco, ha desaparecido de pronto, el resto de estrellas dispersas se va apagando también. Un resplandor lechoso, casi imperceptible, se adueña de mi cosmos. Dudo si atribuirlo al amanecer, al mareo o al sueño, muerdo el bolígrafo, todavía no he escrito una palabra. No se me ocurre nada que merezca ese honor, sin embargo, un espectáculo tan bello merece ser registrado. Lo que no se me escapa es la razón de esta mudez mía: todavía no he dormido y mi almohada bruja aún no ha producido su efecto.

Arrojando un leve tono dorado, el horizonte pelea por hacerse notar. Unas manchas azules se superponen al fondo gris, el dorado se hace blanco, el resplandor de la línea más lejana empieza a adquirir consistencia. Lo suelto todo, me quedo con las manos vacías. El día empieza a alzarse por encima de la montaña, al otro lado del mar. Un lunar naranja se posa en el centro del cuadro, se acerca hasta parecerse a una moneda, irradia luz. Todavía no se escucha un solo ruido.  Me espera mi mullido colchón. ¿Qué estoy haciendo aquí?

¿Alguno de ustedes tiene un pacto con su almohada? Yo lo tengo.
  

Todas las noches dejo una infinidad de cuentas pendientes, cuestiones sin resolver, enigmas. Por suerte, el preciso instante en que, aún con los ojos cerrados, recupero la conciencia, todas las soluciones se agolpan dentro de mí, compiten por mi atención, me hacen volver a este mundo de golpe y escucharlas todas para no perder nada en medio del tumulto. Montones de respuestas exigen que las tenga en cuenta, argumentan que, ya que han surgido de la nada para hacerme la existencia mucho más cómoda, no las puedo perder por un mero despertar perezoso. Tengo que adoptar decisiones, remover las neuronas todo lo posible, es decir, recuperar la lucidez en menos de una décima de segundo, no puedo consentir que el letargo continúe porque entonces todo el trabajo se iría al garete. La almohada acabaría abandonándome a mi suerte y además lo tendría merecido.

Por que es ella quien cada jornada recoge mis inquietudes diurnas, las resuelve, y las va introduciendo en mi cerebro otra vez, convenientemente remozadas y con los añadidos necesarios. He de reconocer que casi siempre responde. No se imaginan lo que supone para mí todo esto. Es un alivio que alguien mucho más sabio que tú trabaje mientras descansas para tenerlo todo resuelto. Me considero afortunada y suplico a los dioses que no me abandone nunca.
Claudio Bravo - Chal con flecos
Por eso decía que en este momento soy incapaz de pensar nada. Todavía no he entrado en contacto con esa bruja sabia que es la que pone en marcha mi mente. Pregúntenme dentro de unas horas, cuando haya podido recargarla, denme tiempo.

lunes, 28 de enero de 2013

Los árboles azules 7: Una noche entre gendarmes

El teléfono se puso a sonar exactamente a las 3. 05 de la madrugada. Habrán observado que su timbre, a esas horas, se vuelve más chillón y apremiante, enfadado por haber sido interrumpido en su sueño, reprochando no se sabe qué y urgiéndote para que saltes de una vez de la cama y te muevas a la velocidad de la luz. Escuché la voz enronquecida de Auko.
-Molina...
-¿Pasa algo? ¿Qué has hecho?
-Escaparme de la policía y salir a buscar a Bernardo con Agosto.
-¿Cómo, quién? Pero ¿qué dices?
No había tiempo de explicaciones. Me dio la dirección de la comisaría y cogí un taxi. La noche era como un mazo metálico, impenetrable, helado, que atenazaba la garganta. Ni un solo gesto amable, ni un poco de tibieza en la atmósfera. Solo hostilidad y un frío helador.
Arturo Souto - New York (1957)
En la comisaría nadie quiso explicarme nada. Me preguntaron qué parentesco tenía con Auko y, como les dije que ninguno, casi me despachan en un santiamén. Pero me puse a hablar de la edad de Auko, de que había que tener consideración con ella, les dije que, probablemente, no se atrevía a meter en este lío a sus ancianos padres – y era cierto, todo menos que eran ancianos, pero fue un detalle de mucho efecto - que era una buena chica, algo confundida por esa fantasía suya, que a veces no le daba muy buenos consejos. No quisieron escuchar más, mi discurso les aburría demasiado. Fue un momento decisivo, entonces me preguntaron si estaba dispuesta a pagar la fianza.
-Naturalmente. – respondí como si lo tuviese todo previsto. Estaba implorando a los dioses para que la cantidad estuviese a mi alcance, de lo contrario, Auko no tendría más remedio que agachar las orejas y reconocer que no era capaz de valerse por sí misma. A todo esto ¿qué o quién demonios era Agosto?
La cantidad me pareció asumible incluso para mí, aunque durante los próximos días tendría que prescindir de algún capricho. Auko salió tiritando del interior de un pasillo lóbrego. Todo aquella noche era negro como boca de lobo, la abracé con pocas ganas, ella me cogió de la mano, entramos en el cuchitril del comisario y comprobé que no habían acabado las sorpresas. Sentado con la espalda contra la pared, las rodillas encogidas y un gesto de fastidio infinito, había un chaval de unos quince años que se levantó en cuanto nos vio entrar.
-Este es Julio. - Dijo Auko
Cada vez me sentía más confusa.
-Y Ag…, y Agosto? - Más que confusa, una completa majadera.
El chico sonrió con la mitad de la boca.
-También soy Agosto. Soy casi todos los meses.
-Venga muchacho, - terció un guardia – fuera de aquí. Y deja ya de vacilar.
El comisario me dio la mano, se disculpó por las molestias e incluso me trató de señorita. Esa fue la escena más ceremoniosa que podía concebir aquella infausta noche. No quise hablar con ellos antes de que amaneciese del todo, cualquier confesión suya o comentario mío hubiesen estado envueltos por un asfixiante cerco de pinchos.
El día tampoco amaneció muy amigable. Me costó mucho despertarles y obligarles a hablar. Comprendía que estuviesen rendidos pero tenía que saber en qué jaleo estaba metida. El niño se negó a desayunar, agachó la cabeza para ocultar que estaba llorando.
-Es que han raptado a su padre. – Me informó Auko a media voz.
-¿Qué me estás diciendo’
-Y nosotros tenemos que volver a su casa. Nos están custodiando los polis, no sé cómo no han venido aún.
Aparté la cortina y, efectivamente, de espaldas a la puerta había una pareja uniformada. Ella frotándose las manos, él con las suyas enlazadas a la espalda.
-Vamos, vamos – empezaron a empujarme los dos – Si se enfadan entrarán, y son bastante violentos, es mejor que salgamos nosotros.
-Pero no habéis terminado el desayuno.
Me miraban los dos muertos de miedo.
-Y ¿si salgo y les pido permiso? Acabo de retirar las tostadas.
Arturo Souto - Paris at night (1930)
No quisieron ni probar el café. Salimos. El cielo parecía papel de estaño, el alba lucía como un cuchillo cegador y ponía una capa de escarcha en las cosas. Auko y Agosto iban arrebujados en sus anoraks, enfurruñados como dos niños. Todavía no sabía quién era ese chico ni por qué se llamaba así. Nos hicieron entrar en el coche sin muchas contemplaciones. Vi cómo el chofer rozaba la manga de Auko y alcancé a distinguir entre los dedos de esta un pequeño bulto naranja.
-¿Qué te ha dado? – Le susurré.
-Una gominola.
-¿Conoces a ese chico?
Ella buscó su imagen en el espejo retrovisor, hizo un gesto de extrañeza.
-No lo he visto en mi vida.
Tenía una melena corta color miel y sonreía a espaldas de sus colegas. Me olvidé de él, todavía me atormentaban las preguntas. En cuanto llegamos, la pequeña Rosana se abrazó a su hermano y yo acribillé a Auko, la rebelde.
-¿Me quieres explicar de una vez que demonios has hecho ahora?
Se dio la vuelta con su cara más agria.
-En primer lugar, Molina, muchas gracias por sacarnos de esa ratonera. Y luego... no te consiento que me hables así.
“Encima chula”, pense. Auko, no solo había dejado de ser el emblema, algo infantil, de mi casa de las rocas, no solo se había convertido en mujer. Parecía una persona distinta, autosuficiente, sí, pero también más huraña, menos amigable, una estatua de sal dentro de su urna.
-Ya veo - grazné - conseguiste lo que querías y ahora me echas a patadas. – Sin mirarla, me encaminé hacia el vestíbulo de aquella casa que era un misterio para mí. – Pues hasta nunca. Y mucha suerte.
-¡Espera! – me frenó – Dime cuánto te debo.
-Por mí, puedes ahorrártelo - rugí -. Y salí de allí muy digna con el cuello más erguido que nunca.
(Continuará)