-Venía a algo que ya no recuerdo.
La mujer estaba subida a una escalera con
los brazos dentro de la alacena, empujando una torre de platos sin mirar lo que
hacía, con la vista fija en la placa.

-La encendí para matarla, pero se ha
perdido. Ahora. Mírela. Vuela.
Una cucaracha, negrísima y enorme, se
balanceaba verticalmente entre las franjas rosadas, blancas y amarillas que salían
del quemador. Por momentos parecía elevarse pero nunca llegaba muy arriba, más
bien se trataba de piruetas, como volatines de un circo macabro. La escena erizaba
la piel, las mantenía hipnotizadas e inmóviles, con la noción del tiempo
perdida.

Al separarse descubrieron que ambas se
habían clavado las uñas en brazos y cuello. Del insecto no quedaba ni rastro.
Pequeños regueros de sangre manaban de sus cuerpos salpicando el suelo recién
fregado.
Y allá se quedaron, quietas, atónitas,
escuchando unos pitidos que no callaban nunca.