De niña leía muchos comics –por entonces los llamábamos
tebeos, nombre adoptado, por extensión, del gran TBO del que no me perdía un
número–tampoco dejaba pasar viñeta o tira cómica que apareciese en los
periódicos de casa. El humor es, para un niño, una buena manera de observar el
mundo, aunque entonces lo viésemos como un entretenimiento sin más. Porque
cualquier diversión infantil es puro aprendizaje, y lo mejor es que no nos
damos cuenta.
También leía libros, trataba de entender los artículos
serios de la prensa y de rellenar por completo –jamás lo conseguía– el
crucigrama de ABC. Probablemente, no saqué mucho en limpio de mis tentativas de
entender a los mayores, pero el humor es otra cosa. Ese sí que no tiene
fronteras, hace reír a todos y el mensaje –si bien menos universal de lo que
parece, pues cada uno lo adapta hábilmente a su forma de ver el mundo– cala
hondo y deja una huella difícil de borrar.
Los tebeos hablaban de familias, como la de Melitón
Pérez, de abuelitos con gota que cuentan batallas, de señoras arrugadas con
bastón y nariz picuda, de miopes al borde de la ceguera, de entrañables
ladronzuelos como el caco Bonifacio, de un reportero peculiar, de dos
hermanas solteras sin más compañía que ellas mismas (¡ah! el mito de
la solterona, cuánto daño hizo a las mentes infantiles), de Carpanta y su insaciable
apetito, de las diabluras de unos gemelos con un padre anacrónico llamado don
Pantuflo Zapatilla, de una casa de vecinos, a cual más estrafalario, con
fachada transparente. También, y al margen de personajes concretos, se bromeaba
sobre los caracteres de regiones y países,
se repasaban los tópicos de la época y se aludía a la actualidad con mucha más
frecuencia de lo que se quería dar a entender.
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Tomado de La viñeta satírica |
Un clásico indiscutible era la piel de plátano, asunto
banal pero gracioso que daba mucho juego por entonces. El hombre que camina
leyendo el periódico –los personajes femeninos de entonces no leían nunca– pisa
la piel y da una voltereta en el aire, el ciego ¡cómo no! la mamá que empuja el
carrito, el que se despide de alguien sin mirar por dónde camina, chavales que
corretean. El mundo entero pisaba esas escurridizas pieles. Si, a nuestra vez,
no hubiésemos pisado la calle, la imaginaríamos sembrada de pingajos amarillos. Por cierto, nunca eran de naranja o de pera, que también resbalan lo
suyo, sino de plátano. Vaya usted a saber por qué los dibujantes habían cogido tanta
afición a esa inocente fruta.
Me pregunto qué efecto producían esas tiras cómicas, esas
historietas sobre sus pequeños lectores. Ninguno, probablemente. Las
considerábamos motivo de diversión y poco más. Pero un pedagogo con excesivos
escrúpulos –y lo políticamente correcto invade nuestros días mucho más que los
de entonces a pesar de censuras y demás hierbas– bien podría objetar que tanto
plátano suelto por la acera podría producir abundancia de niños miedosos. O de
niños sádicos. O de niños que aborrecen la fruta. O bien, de niños más atentos
a lo que les rodea, más responsables, más preocupados por su prójimo, con más sentido del humor, incluso,
con mayor afición a los plátanos y, por extensión, a la comida sana. Todo
depende del color con que se mire. ¿Eran nocivas aquellas viñetas? Yo creo que
no, pero discursos a partir de ellas y sus posibles consecuencias se pueden
construir de todos los colores.
***
Mañana será el día de la piel de plátano. Como cada vez que hay elecciones en España, sean generales, locales o autonómicas, todo el mundo va a interpretar los resultados a su conveniencia. Cada uno arrimará el ascua a su sardina y se quedará tan pancho. ¡Perdón! Eso es lo que ocurría antes. Desde diciembre, la sardina y el ascua siguen juntas, la piel de plátano funciona todavía a gusto del consumidor (en este caso, a gusto del partido político de turno), pero ya nadie puede quedarse tan pancho, los límites entre unos resultados y otros son demasiado frágiles, no es fácil que nadie se alce con la victoria absoluta, el miedo, el resquemor, la envidia, la antipatía se están adueñando del patio político y contagiando a los votantes. Y eso nunca es bueno. ¿No soñábamos con el fin del bipartidismo? Pues ahí tienes la polca, ahora báilala, ¡anda!