jueves, 15 de diciembre de 2016
sábado, 10 de diciembre de 2016
Feminizar la política
"Cuando a las personas se nos coloca en estratos y no en eslabones todos salimos perdiendo"
Lo único malo es que levanta ampollas en los que temen que el ciudadano de a pie capte el mensaje y comience a considerarlo. Se trata de un mensaje pacíficamente revolucionario pues pone en cuestión muchos de los fundamentos sociales que desestabilizan la convivencia para beneficiar a los cuatro privilegiados de siempre. Muchos intereses creados se tambalean con un planteamiento así, pero la inmensa mayoría nos beneficiaríamos de sus consecuencias. Por eso había que poner el grito en el cielo desde la primera décima de segundo y tergiversarlo antes de que penetrase en la conciencia de la gente.
Existe una línea invisible que separa lo tradicionalmente considerado femenino de su homólogo masculino. Esto último se beneficia de su propia agresividad por una parte y, por otra, de la predisposición a ayudar del sexo contrario que la humanidad ha venido sembrando en sus mentes desde los comienzos de las civilizacioens. Mandatarios versus servidoras, violencia masculina en contraposición a una pujanza femenina orientada a servir a los demás. El crimen perfecto, sí, pero también el caldo de cultivo para gran parte de los desastres que afectan a todos los seres humanos. Modificar esto supondría un gran paso adelante pues solo de esa forma sería factible eliminar las ventajas de unos pocos en beneficio de todos los demás.
Como explica la activista norteamericana Gloria Steinem en su último libro publicado en España:
Existe una línea invisible que separa lo tradicionalmente considerado femenino de su homólogo masculino. Esto último se beneficia de su propia agresividad por una parte y, por otra, de la predisposición a ayudar del sexo contrario que la humanidad ha venido sembrando en sus mentes desde los comienzos de las civilizacioens. Mandatarios versus servidoras, violencia masculina en contraposición a una pujanza femenina orientada a servir a los demás. El crimen perfecto, sí, pero también el caldo de cultivo para gran parte de los desastres que afectan a todos los seres humanos. Modificar esto supondría un gran paso adelante pues solo de esa forma sería factible eliminar las ventajas de unos pocos en beneficio de todos los demás.
Como explica la activista norteamericana Gloria Steinem en su último libro publicado en España:
“… empecé a comprender que las mujeres también éramos un exo-grupo. Esa constatación despejó misterios como el de por qué el rostro del Congreso era masculino y en cambio el de la asistencia social era femenino: por qué a las amas de casa se las denominaba “mujeres que no trabajan” pese a que trabajaban más tiempo, más duro y por menos dinero que cualquier trabajador; por qué las mujeres llevaban a cabo el setenta por ciento del trabajo productivo del mundo, remunerado y no remunerado y, sin embargo, solo poseían el uno por ciento de las propiedades; por qué masculinidad era sinónimo de liderazgo y feminidad era sinónimo de seguir el extraño baile de la vida diaria."
Mi vida en la carretera, Gloria Steinem - Editorial Alpha Decay, 2016 (Pag. 88)
viernes, 25 de noviembre de 2016
¡NI UNA MENOS! (Día Mundial contra la Violencia de Género)
Pregunta: ¿De dónde viene tanta violencia?
Respuesta: De la prepotencia machista,
de la costumbre ancestral de tratar a las mujeres como objetos. Y a los objetos
se les usa: para asegurar la comodidad del déspota, como recipiente de sus
deseos sexuales, para dar rienda suelta a su ira, para satisfacer su afán de
dominio… (PUNTOS SUSPENSIVOS QUE ADMITEN
MÚLTIPLES OPCIONES)
P: ¿Hasta tal punto llega ese
afán de dominar que llega a aniquilar la vida?
R: La vida, la autoestima, la
salud, la tranquilidad, y todo lo que se ponga por delante. Es como una
borrachera de poder, no conoce límites, derriba lo que tiene delante (es decir,
a la mujer que ha caído en sus redes) para convencerse a sí mismo de su propia
valía.
P: En el fondo no son más que pobres cobardes, alfeñiques sin más valor que
unos puños o un arma y mucha, mucha furia. ¿No te parece?
R: Por supuesto. Pero no te
confundas. Estos vándalos, que empiezan por erosionar las defensas psíquicas de
su pareja, apartándola de su entorno, moldeándola a su antojo y convirtiéndola
en insegura y frágil, pertenecen a todas las clases sociales y culturales. Son
unos pobres de espíritu, cierto, pero, la mayor parte de las veces, cuentan con
el respeto de su círculo social, que no llega a sospechar lo que ocurre hasta
que es demasiado tarde.
P: ¿No lo sospecha o lo justifica cuando alcanza a verlo?
R: Cuando creen que van a ser
censurados lo ocultan, solo lo dejan entrever si tienen la certeza de que van a
ser aplaudidos.
P: ¡Cómo puede ser que alguien justifique tanta ruindad, tanta cobardía, como
pueden contemplar las agresiones físicas y psíquicas a las que algunos someten
a sus parejas llegando incluso a quitarles la vida y quedarse de brazos
cruzados! ¿Por qué las agresiones de género no producen la misma indignación y
repulsa que cualquier otra?
R: Precisamente, los agresores se
aprovechan de esta atonía social. Existe cierta inercia en la opinión pública:
como es algo que ha existido siempre parece que hay que seguir tolerándolo. Ahí
va una muestra de cómo funcionaba el pensamiento hasta hace no mucho; parece
que hemos recorrido un gran trecho pero insensateces parecidas siguen aún muy
arraigadas, mucho más de lo que imaginamos.
“.... Continuando con el análisis del lenguaje llegamos a la expresión ESTADO HONESTO, verdadera perla de nuestra lengua sexista, que significa: “el de soltera”. Hay aquí dos fenómenos que resaltar. En primer lugar, la identificación de honestidad con soltería, lo cual insinúa por transparencia la idea de identificar deshonestidad con matrimonio. Una vez más, la ligadura obsesiva entre pecado y relación sexual. En segundo lugar, obsérvese que el estado honesto no se define como “el de soltería”, como parecería lógico, sino como “el de soltera”. La cosa es clara: en las mujeres, la honestidad y la soltería se identifican, es decir, se establece (o al menos, se insinúa) que la no soltería es deshonesta. A los varones, en cambio, este razonamiento no se aplica. Una huella más en nuestro lenguaje de la asociación mental mujer-sexo-pecado tan común en nuestros antecesores.”Álvaro García Meseguer – Lenguaje y discriminación sexual – Ed. Montesinos – 3º edición, 1984(Pg, 103)
P: ¡Lamentable! Pero esta manera de pensar, ¿no revela una gran miseria de
espíritu?
R: Naturalmente. Que cierta forma
de ver las cosas se encuentre arraigada en un amplio sector de la población no la
hace menos despreciable.
P: ¿Queda alguna esperanza?
R: Hay que modificar
mentalidades y eso lleva tiempo.
P: Pero no lo tenemos. ¡Las mujeres se están muriendo a chorros!
R: Por eso hay que ponerse a
divulgar con todos los recursos a nuestro alcance tratando de llegar al mayor
número de gente posible.
P: ¿Brindamos para que se resuelva rápidamente?
R: Con champagne francés, a ser
posible.
P: ¡Chin chin!
R: ¡Chin
chin!
jueves, 10 de noviembre de 2016
La Baronesa (IX)
Entre Catalina y yo se estableció una
asimetría involuntaria. La llevé pegada a mis talones cuando nos acercábamos al
taller de costura, un sótano que limitaba con el aparcamiento de la plaza. La
prueba consistió en tomar medidas a la figurante que hacía las veces de clienta,
inquieta ya antes de pasar al probador, manifiestamente alterada cuando la tuvo
a menos de dos pasos y quejándose repetidamente de sentir el frío de sus palmas
desde que aproximó a su piel la cinta métrica. No me tragué el cuento del
manoseo y me presté a hacerlo en su lugar. Me ofrecieron el puesto, como no
podía ser de otro modo, pero mi iniciativa solo había sido una pose. Estábamos
seguras de que Henriette se negaría firmemente a que ella se ocupase de los
niños.
Convertirme en la criada de la criada (nuestra
patrona trabajaba de pinche en una de las desvencijadas taberna del barrio) con
Catalina a mi cargo ante la imposibilidad de encontrar un trabajo para ella, no
fue sencillo pero me ayudó a madurar rápidamente.
Cuando el quinto embarazo empezó a
hacerse evidente conocimos a una Henriette nueva. Se sobresaltaba al menor
ruido, nos despertaba ululando como una sirena y una tarde, mientras los chavales
merendaban en el descampado dando patadas a un viejo neumático, descubrí que
era epiléptica. Su compañero de entonces no solía servir de mucha ayuda, al
contrario, disfrutaba avivando el fuego con sus berridos de borracho, pero
aquel día me ayudó a estabilizarla aconsejando pacientemente sobre cada uno de
los pasos a seguir. En cuanto conseguimos calmarla y acostarla, bajó a la calle
y la emprendió a pedradas con los cristales de las farolas. Los vecinos se
arremolinaron en los alfeizares. Antes de que se plantase allí la policía,
había que salir por pies.
![]() |
| Joaquín Sorolla - La otra Margarita (1892) |
Me di de bruces con Catalina que volvía
cabizbaja de llevar el pan a los niños. En lugar de explicarle nada, le arrojé
uno de los hatos de ropa y tiré de ella con todas mis fuerzas hasta que se
convenció de que tenía que seguirme.
El último tren acababa de salir. Si
dormíamos bajo techo, no nos quedaría gran cosa para viajar al día siguiente.
En el andén había un tipo que no nos quitaba ojo, Catalina se acercó a él. Vi
como la apretujaba con sus manazas y me negué a seguir vigilando. Estaba harta
de hacer de ángel de la guarda. Ella sabrá donde se mete, no es la primera vez
que lo hace pensé, además, ya es mayorcita, cumplió los dieciseis hace mucho tiempo.
A lo largo de esos meses, me imaginaba
sacudiéndome el polvo de los zapatos minutos antes de abandonar París, una
ciudad, por lo demás, tan hostil como todas con aquellos que no tienen suerte.
Pero ni siquiera pude darme un gusto tan sencillo. Cuando salí, aterida, de la
cabina donde me había acurrucado para dormir un par de horas, la nieve mediría más
de dos palmos. Me acerqué a la taquilla contando las monedas. Odiaba con todas
mis fuerzas aquella imponente blancura, toda la belleza de aquel amanecer
nevado me estaba marchitando por dentro, más llevadero hubiese sido arrastrar
mi precariedad –física, mental, económica – por los aledaños de lo feo, rebozarme
en detritus, barrizales, escombros, muros desconchados, basura.
A Catalina no volví a verla hasta muchos
años después.
(PUEDES LEER EL RESTO DE LOS EPISODIOS DE LA BARONESA, AQUÍ)
(Continuará)
domingo, 30 de octubre de 2016
Cita a ciegas
PRIMER ACTO
“Los mayores progresos de la humanidad se han obtenido a
golpe de talonario. Nada es ajeno a la economía, hasta la propagación de la
especie se consigue dotando al sexo débil de regalías materiales para que se
avenga a reproducirse.”
-Frase polémica donde
las haya, y la firma un tal Bledo. ¿Qué significa “bledo”? Objeto insignificante,
¿no? Algo que no importa nada en absoluto, nunca lo he oído en otro contexto. Eso
da a entender que solo quiere polemizar, que no nada es sincero y…
-O sincera.
-¿Cómo? ¿Supones que
algo así se le puede haber pasado por la cabeza a alguien del sexo femenino?
-A estas alturas,
Angélica, me puedo creer cualquier cosa.
-Ya salió el pedante.
Que me lleves ocho años no significa que…
-Admito que es más que
probable que lo haya escrito un hombre, lo que quiero decir es que no hay que
descartar nada.
Era un buen arranque para
lo que, según proyectaban, sería un magnífico trabajo de campo
-¿Le harías una entrevista?
-¿Y que conseguiría con
eso? Creo que, en este caso, la más indicada eres tú.
-A ver… “Bledo”. Aquí
está. ¡Anda! Si es una planta, mira.
-“De tallos rastreros”. Algo rastrero sí parece el tío.
-Dijiste que era una
tía.
-Para nada. Lo que dije
es...
SEGUNDO ACTO
Angélica y Julio, que
además de ser pareja trabajaban en el mismo periódico, habían pasado semanas
buscando un tesoro oculto para utilizarlo en una investigación sociológica. Convencidos
de que derribarían tópicos con su genial idea, habían llegado a planear, solo
en el caso de que el reportaje llegase a tener éxito, publicarlo por extenso en
forma de libro. Pero ninguno de los foros consultados (sociológicos, políticos,
de género, BDSM, LGTB etc.), había producido una perla lo suficientemente
polémica. Por eso ahora, tras dejarse las pestañas delante de la pantalla
durante horas, echaban espuma por la boca de puro deleite. Él
exhibía su trofeo, encontrado en un oscuro rincón dedicado a movimientos
artísticos recientes, con el mismo orgullo que si hubiese ganado un óscar.
Ella consiguió, por fin,
arrastrar al susodicho a un privado donde
habían podido hablar a solas de asuntos más o menos personales. Naturalmente,
le había dado un nombre supuesto, ocultaba profesión y estado civil y se había
visto obligada a iniciar un discreto coqueteo. Por su parte, el tal Bledo
seguía en sus trece, aferrándose a aquel absurdo apelativo y no facilitando
ninguna pista sobre su verdadera identidad. Pero intercambiaron teléfonos y
llegaron a hablar cinco minutos. Definitivamente, era varón.
Lo reconoció entre
montones de viandantes porque, entre todos ellos, parecía el único digno de
lástima: a unos diez metros del célebre Monumento
a las Musas, se había encasquillado en la aglomeración de una parada de
taxis sufriendo estoicamente los empujones de unos y otros sin lograr avanzar
un solo paso.
Le llamó.
-Te estoy viendo. Te espero
delante de la estatua. Esa acera está imposible, no pretenderás que me acerque.
-No sé qué estatua
dices.
¿El monumento más
aclamado de la localidad y no era capaz de dar con él? ¿De verdad era un
experto en arte aquel hombre? Recordó las palabras de Julio: “No te fíes un
pelo de él, hazme caso, que tú eres muy confiada.”
-La estatua a las Musas,
Bledo. Conocidísima. Además, la tienes al lado, menos mal que no es un tigre.
-¿Ya me has reconocido? ¿Tan
pronto? ¿Qué quieres decir con lo del tigre?
TERCER ACTO
Tras comprobar que todo
un doctor en Historia del Arte era incapaz de reconocer los edificios más
señeros del centro histórico, Angélica se había dejado conducir a las tascas
más cochambrosas que haber puede. Había que reconocer que, de garitos, el
fulano entendía, ¡vaya que sí!
Acabaron sentados en un
mesón que preparaba unas raciones estupendas.
-Te recomiendo la de
ensaladilla. Muy buena. Podemos compartir, si quieres.
Julio, ella, los
compañeros, también eran asiduos de aquel sitio, el único recomendable de todos
los que habían visitado
-No sé. A mí, lo que me
gusta de aquí es la tosta de morcilla con manzana.
A Bledo le quedaban solo
unas greñas que se había teñido de rubio, tenía ojos saltones y muchas venitas
coloradas transparentándose en sus mejillas. Se preguntó cuántos chatos de vino habrían caído ese día aparte de
los que habían tomado juntos.
![]() |
| Modigliani - Jacques and Berthe Lipchitz |
CUARTO ACTO
Decidió pasar al ataque.
Si no preguntaba cuanto antes por el significado de la frase de marras, corría
el riesgo de resbalar entre una voz cada vez más estropajosa y un estado mental
mucho menos claro de lo que el otro intentaba aparentar. O lo que es lo mismo,
como no espabilase no iba a sacar nada en limpio de aquello.
Su teléfono vibró, Julio
le mandaba un mensaje preguntando si todo iba bien.
-Ok, ok.
Un momento poco oportuno
para interrupciones. No había tiempo que perder, se daba cuenta.
-Sobre lo que comentabas
en aquel foro…
-¿En el foro dices?
-Sí. Escribiste que
absolutamente todos nuestros actos tienen un fundamento económico y que
nosotras…
-Para, chica. ¿Te vas a
poner filosófica ahora? ¡Venga ya! ¿No ves que no es el momento?
-Ya. ¿Y quién decide
cuándo es el momento para algo? ¿Tú, yo, el camarero, los clientes, el
limpiabotas, la mujer de los servicios?
Él masticaba ávidamente.
Cuando acabó con la ensaladilla, la emprendió con la tosta, no paró hasta dejar
el plato reluciente. Angélica casi se había resignado, si buscaba teorías
demenciales iba a tener que inventárselas. Empezaba a plantearse si no sería
buena idea acordar una retribución, aunque fuese simbólica. ¿Cuánto podría
cobrar un individuo como ese por manifestar sus pensamientos más peregrinos? Sería
cuestión de planteárselo, por lo que llevaba visto no le parecía que fuese a
pedir un dineral.
-Ahora vengo– dijo.
Y se encaminó hacia la
puerta.
Angélica creía no haber
visto nunca un WC en aquella dirección. Habría jurado que en todo el local solo
tenían dos, uno en el lado opuesto y otro en la planta de arriba.
QUINTO ACTO
A los tres minutos, cuando
la sospecha de que el fulano la había dejado plantada comenzaba a convertirse
en certeza, sonó el teléfono.
-Hola. Soy yo. Bledo.
-Lo sé. Dime.
-Mira... Es que he visto
a mi ex, ¿sabes? Y me resulta muy violento volver a la mesa, no me gustaría
tropezármela. En la puerta te espero. Haz el favor de pagar lo que hemos tomado
y ahora mismo te lo doy ¿De acuerdo? Oye… y recoge el chubasquero que he dejado
en la percha.
¿Todo tiene un
fundamento económico? ¿Quedas con una contertulia de la red solo para que te
invite a cenar? Bah! Angélica, aparta telarañas mentales, seguro que el pobre
hombre te espera como un clavo a la salida.
Pero no estaba allí, ni
en ningún otro lugar de la terraza, ni fuera, en la calle, ni en los alrededores
del bar.
Se había hecho de noche.
Ahora sí que tenía mala pinta aquello. Comenzó a alejarse rápidamente, casi
corriendo entró en una calle lateral sin dejar de mirar a su espalda. De repente
se fijó en que llevaba una parka en la mano, la más barata del mercado pero completamente
nueva, y casi le da un patatús. Mientras buscaba una papelera, palpó a
conciencia por todos los lados. Solo un paraguas, también recién comprado por
cuatro perras, en el bolsillo derecho. Ninguna cartera, afortunadamente. Nada
personal.
El teléfono vibraba en
su bolsillo. Ojalá fuese Julio, se dijo, pero no iba a tener esa suerte. El tal
Bledo dejó sonar el timbre hasta que se cortó solo, envió un mensaje: “Palmira,
¿por qué no sales? te estoy esperando”, luego volvió a telefonear.
Pero ella ya no era
Palmira, había recuperado su personalidad y, sintiéndolo mucho, aquel era un
hecho irreversible. Nunca debía haber venido, Julio lo hubiese hecho mucho
mejor, al menos no tenía motivos para temer nada. ¿A cuál de los dos se le
había ocurrido semejante estupidez?
Cuando se disponía a
atravesar el puente atisbó, a la luz de las farolas, una figura muy parecida a
Bledo. Creyó ver que trastabillaba, al borde de la barandilla, con una botella
en la mano. ¿Es que a partir de ahora cualquier sombra que se me cruce me va a
recordar a ese infeliz? Dio la vuelta y, sin pensarlo dos veces, se escabulló por
un callejón contiguo. Le picaba la curiosidad, ¡cómo no! pero la tentación está
para hacerle frente. Hay muchos motivos para hacer lo que hacemos –pensó mientras
se subía las solapas–uno es el dinero, sí, otro el miedo, y por supuesto, la
ambición profesional que es lo que me ha traído hasta aquí. Seguro que se me
ocurren muchos otros, pero mejor seguir cavilando más tarde, cuando haya
llegado a la avenida.
jueves, 20 de octubre de 2016
Arriesgarse o morir
7 : AM
Aquí sigo. Tumbada donde Gonzalo me dejó anoche después de
manosearme a conciencia, con el espíritu alborotado y los nervios a flor de
piel provocados por la ansiedad de estar a punto de embarcarse en la aventura
de su vida, por decirlo como yo lo veo, o de abandonarse en manos de un destino
incierto y traidor según sus propias palabras. No sentir la necesidad de dormir
es una ventaja, no cabe duda, las ideas surgen, se complican y adensan, mi capacidad
de observación carece por completo de límites, no hay periodos de modorra ni descensos
de atención, puedo estar siempre alerta y no perderme ni un detalle de lo que
me sea dado presenciar.
Los humanos duermen. No sé si por costumbre, afición o necesidad.
Horas y horas, que paso reflexionando en la oscuridad, algo aburrida, hasta que
él, Gonzalo, enciende la luz del cuarto de baño y se arrastra como un sonámbulo
en dirección a la ducha mientras yo me recreo contemplando en el espejo mi
imagen pizpireta. Soy verde, contundente, suave, resbaladiza y espumosa. Huelo
de maravilla, además. El mayor de mis placeres consiste en deshacerme en manos
de ese gigante que duda entre abandonarme para siempre o dejarme atravesar con
él un océano que, por desgracia, ha perdido su carácter misterioso.
La culpa, naturalmente, es de la ciencia. No niego que sea
útil pero, de una forma u otra, termina aniquilando la magia.
Saldré de dudas muy pronto, la decisión está al caer. En
Méjico le espera el amor y la posibilidad de rodar su primera película. Un
panorama demasiado tentador para escabullirse como es su costumbre. Nadie se lo
pensaría dos veces, pero este hombre es tan pusilánime. No sé qué más tiene que
ocurrir para que se convenza. El mundo es tuyo, le susurro cada vez que rozo
sus orejas, pero le conozco bien, sé que el miedo a lo desconocido le atenaza, que
a veces queda paralizado por el pánico, las piernas agarrotadas y las pupilas
fijas en la lamparita que ilumina el espejo. Esta batalla se libra entre el
miedo y él, nadie más puede intervenir. Veremos quién vence. Hace tiempo que
hice mi apuesta.
Ella, Guadalupe, al contrario que su amado, es menuda,
temeraria y morena. Con su metro y medio escaso y la melena al viento ha
conquistado Centroamérica, Europa y un pedazo de Estados Unidos. Su productora
comienza a estar en boca de los directores de peso, su chequera se abulta cada
día que pasa, los contratos millonarios y las grandes figuras dan paso a más
personalidades, nuevos proyectos, cada vez de mayor envergadura, a contratos
con cifras aún más vertiginosas. Un círculo virtuoso que amenaza con engullir
el mundo del celuloide. Y Gonzalo puede situarse en su centro, convertirse en
su eje, amar y ser amado. Un caramelo al que solo haría ascos alguien que hubiese
perdido el juicio.
Ya estoy viendo los titulares: “El gran actor, Gonzalo Burgos,
ha obtenido un enorme éxito en el estreno de…” Reconozco que soy algo
fantasiosa, que me falta experiencia de la vida. Mi mundo se reduce a estas
cuatro paredes, mi horizonte es Gonzalo, mi futuro consiste en esperar.
Pero ¡calla! Ahí viene. Más pálido y taciturno que nunca. Sueña
bajo el chorro con los ojos cerrados, me aprieta contra su pecho como si yo,
pobre de mí, fuese esa tabla de salvación a la que necesita agarrarse con
urgencia.
10 : PM
No me ha permitido acompañarle. He visto cómo atravesaba el pasillo arrastrando la maleta sin ni siquiera acordarse de
mí.
Me iré consumiendo poco a poco, de pena, aburrimiento,
soledad.
¡Qué no daría por presenciar sus éxitos, contemplar
aquellos parajes, ser testigo de su historia de amor!
¿Quién será el intruso que viene a molestar a estas horas?
Una llave que araña la cerradura, pasos…
Es él. Sin equipaje, con la mirada vidriosa y apestando a
ginebra de garrafa.
Moriría por consolarle pero me es imposible: no soy más que
una humilde pastilla de jabón.
sábado, 15 de octubre de 2016
Sed (Relato introspectivo)
La tengo ante mí, tan esbelta y transparente. Con ese cuello airoso, ese garbo. Desde donde estoy no alcanzo a tocarla, me siento incapaz de explicar el ansia que despierta en mí.
Intuyo su frialdad a esta distancia, su hermetismo, esa fragilidad rígida que la vuelve tan elegante.
Soy el náufrago sediento que se arrastra por la arena abrasadora de un desierto interminable para saciar su sed en ella, para beber gota a gota el líquido que atesora y que presiente refrescante y delicioso, para convertirse en el recipiente donde se vuelca, para dejarse inundar por el río que se deslizará a partir de la garganta y saborearlo, sentir cómo se derrama sobre el pelo, cómo su chorro le empapa la barba y el mentón, cómo el cuerpo entero se emborracha con su espuma dorada, embriagadora, juguetona, zalamera, cosquilleante.
Ella es la bailarina que destruye cualquier amago de arrogancia. Postrado ante tu cuerpo me rindo, depongo fuerzas, soy tu esclavo.
Ante ti, he perdido la voz y el movimiento, espléndida botella de champagne.
viernes, 30 de septiembre de 2016
La transición española con cuarenta años de retraso
En 1978, Vizcaíno Casas, autor adepto
al franquismo fallecido hace años, escribió una novela –convertida pronto en
película– cuyo título, Y al tercer año
resucitó, revela, tal como era de esperar, la nostalgia que impulsaba su
argumento. No reparó en que la fábula se funda en una falacia, pues no es factible
resucitar lo que no está muerto aún.
Franco ha continuado vivo todos estos años
–de una forma más real que metafórica, pues todavía quedaban innumerables francos pululando por la política y
continuando ladinamente la labor de la dictadura en la sombra, con todos sus
vicios concomitantes–. Puede que empezase a agonizar en 2011, que se hallase a
las puertas del cementerio cada vez que el rosario de casos de corrupción se alargaba
con una cuenta más, pero morir-morir, posiblemente lo haya hecho tras las
penúltimas elecciones, las de diciembre de 2015. Y, ahora sí, nos hallamos en
plena transición, sufriendo los mil y un traumas que quisimos evitarnos
entonces y que, ilusos de nosotros, pensamos haber logrado en un santiamén.
Lo de ahora (y no lo otro) merece el nombre de transición
porque, al fin, al ciudadano de a pie –ojo, solo a unos cuantos, tampoco pequemos
de optimistas que todavía queda mucho por hacer– se le empieza a caer la venda
de los ojos. Lo que urge es desactivar las secuelas que perduran,
pero no será fácil, los herederos se resisten a abandonar sus vicios aferrándose
al poder y sus prebendas como garrapatas pegajosas. Aún quedan corruptos por
retratar, privilegios que abolir y mucho castigo que aplicar sin
contemplaciones, con toda la contundencia que exige cada caso.
Los españoles deberíamos reconocer que desde
1975 hasta ayer mismo hemos vivido como alicias-en-el-país-de-las-maravillas,
y hay que hacerlo, echar un vistazo a lo que queda al otro lado del espejo,
porque sin asumir los fallos pasados no es posible rectificar. Pero sin
complacernos en el derrotismo, sobreponiéndonos y adoptando una actitud
constructiva, lo que supone buscar soluciones carentes de los lastres del
pasado, exigir a nuestros políticos mucho más que hasta ahora, adoptar en
nuestra vida cotidiana la misma actitud ética que hace falta en la pública y –algo
que quizá seamos incapaces de hacer porque, según parece, no está en nuestro
ADN– permanecer alerta, informados y participativos en lugar de adormecernos
con cantos de sirena como suele ser nuestra costumbre.
El PP está enfangado en la corrupción,
el PSOE se descompone como partido, a la nueva izquierda se le ponen palos en
las ruedas para desactivarla, arrancarla de cuajo –mediante el miedo y la
calumnia– antes de que llegue a prosperar. Hay que salir de una vez del
atolladero en que estamos metidos. Un atolladero que, repito, no es otra cosa
que esa transición que teníamos pendiente desde hace una eternidad.
domingo, 25 de septiembre de 2016
La última jugada de Darwin
Creí que lo había
matado, pero en la madrugada de ayer le descubrí arrastrándose fuera de la
bañera y, a partir de entonces, el pánico se ha adueñado de mis horas. No encontraba la
forma de librarme de él. Hace una semana lo partí en dos con un cuchillo de
cocina, pero la parte correspondiente a la cabeza no tardó mucho en
reproducirse y la otra anduvo dando coletazos sonoros dentro del cubo de basura
durante media hora o más. El viernes creí haberlo ahogado colándolo por el
sumidero y dejando el chorro correr a toda velocidad, pero tenía que haber
girado hasta el tope el grifo del agua caliente, así se hubiese quemado evitándome
el desagradable espectáculo. Verle arrastrarse desmañadamente me produjo escalofríos.
De ira, de temor, de asco, de rabia. Di media vuelta pensando qué tipo de arma
podría usar contra él y me encontré ante la caja de herramientas con un
martillo en la mano, sopesando las ventajas de lanzarme sobre aquella forma
repugnante con todas las consecuencias. Al fin y al cabo, parecía inofensivo, no
le creí capaz de atacar. A no ser que fuera venenoso. Por si acaso, mejor
eludir todo contacto directo o indirecto. Guardé de nuevo la herramienta, por
precaución, pero también porque me faltaba valor para hacerlo: solo imaginar
espachurrada esa viscosidad infecta me producía incontrolables tiritonas ¿Un
veneno? ¿Qué podría envenenar a un ser así? ¿Insecticida? ¿Amoníaco? ¿Aspirinas
machacadas? Su resistencia era tan evidente que, me temía, cualquier sustancia
potencialmente mortal podía convertirle en un bicho más grande, más fuerte, más
beligerante. En definitiva, en un auténtico monstruo.
![]() |
| Jacek Yerka - El placer del dragón (1995) |
Pero me estaba
comportando como un verdadero ratón, con la colcha levantada hasta la barbilla
como si el pobre animal pudiese llegar hasta mi cuarto, subirse a la cama y
devorarme. Si lo pensaba bien, no tenía nada que temer. Todavía no era más que
una insignificante sabandija de extremos puntiagudos y unos cinco centímetros
de largo, que reptaba convulsivamente en los aledaños del inodoro. Pero cuando
lo conocí, semanas antes, no medía más que el filo de una uña. No solo había
demostrado su capacidad de sobrevivir a cualquiera de mis estratagemas asesinas,
además se había robustecido y demostrado una inteligencia fuera de lo común en
alguien de sus características.
Sobreponiéndome al asco
y los temblores, me levanté y, con los pies embutidos en confortables (y
protectoras) zapatillas, entré en el cuarto de baño y encendí la luz. El
gusarapo me esperaba frente a la puerta y, aún careciendo de órganos de visión
apreciables, parecía mirarme fijamente. Su boca, o lo que fuese, se abría y
cerraba espasmódicamente, como si se hubiese puesto a hablar sin voz o tratase
de respirar con avidez.
-¿Te estás ahogando? –pregunté,
y enseguida caí en la cuenta de que estaba ante una forma de vida tan primitiva
que ni siquiera podía comprender sonidos elementales, como hacen, por ejemplo,
los perros. Pero antes de abochornarme del todo, de preguntarme si estaría enloqueciendo,
Isi se me vino a la cabeza. Era la solución. No tenía más que bajar al jardín.
Lo encontré durmiendo
profundamente. ¿Esa es la forma de actuar que tiene un perro guardián en plena
noche? Le propiné una patada cariñosa, entreabrió un ojo y lo volvió a cerrar. “Ya
sé que eres tú, no tengo de qué preocuparme” parecía darme a entender.
El pez picudo ya no
estaba. Lo busqué por todo el cuarto de baño, recorrí el pasillo, encendí la
luz del salón, incluso rastreé por debajo de la cama con una linterna de monte.
¿Cómo defenderse de alguien que no da la cara? Ya no me atrevía a cerrar los
ojos. Agarré la linterna y salí a dar una vuelta por las apacibles veredas de mi barrio.
Hoy todo está más
claro. Mi visitante ha adquirido el tamaño de una anguila –invertebrada y de
color acero– y sisea enroscado en el grifo del bidet. Sé que me observa, que intenta
hacerse entender. Aún no habla mi idioma pero solo es cuestión de tiempo. Por
ahora, he decidido indultarle y espero ansiosamente que vayan pasando los días.
Sé que va a desarrollar su inteligencia. Aún no estoy seguro
de cuáles son sus intenciones, puede que no tenga nada que temer pero, hasta que
podamos comunicarnos, no pienso volver a dormirme.
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