lunes, 28 de agosto de 2017

Escritor: tu historia puede no ser realista pero tiene que ser verosímil

De la famosa verosimilitud y de cómo alcanzarla hablé ya en un post anterior. Aquella vez consideré oportuno ofrecer alguna que otra receta para conseguirla pero, curioseando por la red, me doy cuenta de que existe mucha confusión acerca de lo que es o no es literariamente verosímil. Es una pena que verosimilitud y realidad suelan equipararse cuando son conceptos muy distintos. El primero se refiere a la credibilidad del relato dentro del marco de lo literario, no olvidemos esto, mientras la realidad significa mantenerse en las coordenadas de lo posible. Si queréis ejemplos, Le Père Goriot se inscribe en la corriente realista, como el resto de la producción de Balzac, pero nunca nos tomaremos La invención de Morel al pie de la letra, al contrario, lo degustaremos como lo que es, un relato fantástico de primera categoría, escrito por Bioy Casares, un amigo y colaborador de Borges menos conocido que el maestro. El propio Borges no tiene nada de realista, ni la mayoría de los representantes del boom latinoamericano. Nadie creerá que lo que cuenta La metamorfosis ha llegado a ocurrir. Tanto esta novela corta como el resto de las de Kafka hay que disfrutarlas y, si nos apetece, adjudicarle el significado subjetivo que nos parezca, incluso intentar desentrañar qué es lo que su autor quiso decirnos (y decirse). Todos estos ejemplos son literatura de primera, por tanto, perfectamente verosímiles, y viceversa.
La fantasía será verosímil siempre que sea coherente
Tercera parte de la  trilogía, basada en la novela de J. R, R. Tolkien
Ya lo vamos viendo un poco más claro, pero por si aún nos quedan dudas pasemos a la vida cotidiana. M.V. ha concebido una historia, claramente enmarcada en el género fantástico. Empieza explicando que un mamut tan gigantesco como toda la provincia de Aragón queda fosilizado durante siglos y en los cartílagos de sus orejas se van desarrollando dos ciudades. Los sedimentos acumulados durante siglos han vuelto invisible su origen, pero sus habitantes están condicionados por él. Algunos protagonizan fenómenos extraños, como levitaciones, una desmesurada capacidad auditiva cuando se encuentran por debajo del nivel del suelo etc. Son ciudades hermanas, diferentes a cualquier otra y muy parecidas entre sí,  que mantienen entre ellas una rivalidad atávica. Cuando M.V. me pregunte si es realista lo que está escribiendo le contestaré que no, evidentemente, pero hasta leer la versión definitiva me abstendré de juzgar si es o no verosímil. Mientras tanto, le daría unos cuantos consejos: establecer unos parámetros coherentes entre sí y no salir de ellos, añadir los detalles necesarios olvidando los que no aporten nada al argumento y otros por el estilo. Si la urdidumbre sostiene perfectamente la trama, si consigue que no se derrumbe por culpa de unos cimientos endebles, la verosimilitud estará asegurada y habrá logrado su objetivo. Si por el contrario la fantasía se escapa entre unas costuras propensas a reventar, M.V. habrá construido un bodrio.
Pero M.V. no solo escribe, también tiene una vida. Un día de un año cualquiera, cuando asistía a un Congreso Mundial sobre Literatura Fantástica organizada por la Ohio University, recibió una llamada de su madre. Eran las doce de la mañana, hora española, y la ciudad de Athens (Ohio) apenas se estaba despertando. Naturalmente, que alguien telefonease a esas horas no podía augurar nada bueno: a su tío le había arrollado un camión en plena autopista y había fallecido en el acto, el resto de los ocupantes del vehículo –incluida una hermana de M.V. a punto de salir de cuentas– habían resultado ilesos. Cuando se dirigía al auditorio para escuchar la primera conferencia matutina (15.00 en Greenwich), M.V. se enteraba de que, por culpa del susto recibido, el parto se había adelantado un poco y su primer sobrino había nacido algo maltrecho. Cuatro horas más tarde, era un vecino quien le daba la noticia de que las quinielas les habían regalado varios millones de euros. Ya no pudo aguantar más, abandonó el campus, tomó un taxi hasta el hotel, cerró las ventanas, se sirvió un refresco de cola y encendió el televisor para evadirse. El locutor informaba que su ciudad había sufrido un terremoto terrible, con hundimiento de edificios y un saldo de 102 fallecimientos.
Tranquilos. Esta última catástrofe no tuvo consecuencias para la familia de M.V., la zona costera fue la más afectada y ellos vivían en una urbanización tierra adentro. Pero M.V. recibió asistencia psicológica en España dónde regresó a toda prisa sin fuerzas para completar el programa previsto. La experiencia, desde luego, era absolutamente increíble, además de terrorífica. Incluso, haber ganado tanto dinero en una jornada tan siniestra añadía a la cadena de casualidades un matiz particularmente doloroso. Por eso, cuando una década más tarde M.V. quiso relatar aquellos hechos no tuvo más remedio que alterarlos. Aunque hubiesen sucedido así, era obligado cambiar la cronología para cumplir con la verosimilitud literaria. En la novela, el alter ego de M.V. realiza en Alemania un curso Erasmus, lo antedicho sucede en el espacio de un mes y la impresión recibida modificará por completo su futuro. Una versión más o menos dramática que la auténtica, según se mire, que sirve de arranque y pretexto a un constructo ficticio. Lo que le sucedió a M.V. es realidad sin alterar; lo que escribió acerca de ello, una forma entre otras muchas, de convertirla en verosímil.
No sé si lo que acabo de contaros os parecerá verosímil o no. Quizá penséis que me lo he inventado todo, o que he adaptado hechos reales para transformarlos, a mi vez, en verosímiles, o que lo narrado es verdad, punto por punto, pues si hablo de realidad no estoy en condiciones de inventar nada.
A vuestro juicio lo dejo. Mi verdadero objetivo –y eso sí puedo asegurarlo– es que a partir de ahora quien lea esto distinga perfectamente entre la verosimilitud narrativa y lo rigurosamente verídico.

(VÍDEO: Conferencia sobre La saga fuga de J.B. impartida por Gonzalo Torrente Ballester el 14 de agosto de 1975 en un curso de verano patrocinado por la Universidad de Salamanca)

2 comentarios:

  1. Nos queda bien contado. Te podrías dedicar a dar clases de escritura. Aunque ahora parece que todo el mundo es artista ya de nacimiento y nadie se preocupa de aprender.

    Me ocurre con la literatura y el cine como con la fotografía, la realidad es lo que menos me interesa, pero exijo que mientras lo disfruto me lo crea, si no, soy incapaz de seguir hasta el final.

    Bueno, no es del todo cierto, a veces es tan loco lo que estoy leyendo, o viendo en el caso de una peli, que mi curiosidad espera que el autor en el minuto final consiga hacer verosímil el disparate.

    Muchos besos. Espero que te estés mimando.

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  2. Me dediqué a ello hace tiempo para ayudar a una amiga. Los primeros años enseñé poesía y luego me pasé a la prosa dependiendo de lo que el taller necesitase. De entonces conservo algunos apuntes que consulto, retoco y amplío según voy viendo.

    Me he aficionado a este tipo de post porque veo que gustan y porque satisfacen mi vena pedagógica.

    Me alegra que hayas vuelto con las pilas cargadas, ahora a conservar esa energía mimándote tú también.

    Un abrazo y besos a la peque.

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