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viernes, 24 de enero de 2014

La cápsula del tiempo

 
En cuanto abrió los ojos comprendió que regresaba de un sueño muy largo. Una intensa punzada en el costado, justo debajo del corazón, empezaba a producirle náuseas. Comprendió que, a fin de cuentas, era un latigazo amigable pues había conseguido devolverle a este mundo. No sentía frío ni calor. La oscuridad era absoluta. Se incorporó con dificultad palpándose el dolor y se aferró al borde del tablero que había descubierto su mano derecha; luego, tanteando ese filo, se situó en el lado opuesto donde descubrió una luz diminuta, El piloto color esmeralda parpadeaba delatando algún aparato electrónico y sirviendo de faro exclusivo a su despertar titubeante.
 
Febril, ansioso, empleando todas sus fuerzas en ignorar el pinchazo que estaba a punto de hacerle desmayar, siempre aferrado a la mesa, se deslizó hasta tropezar con unos bultos: un teclado metálico, palancas, hileras de plástico cuadradas y frías. Aquel paisaje táctil empezaba a resultarle familiar. Apenas recordaba nada pero sus manos tenían memoria propia. No le cabía duda de que sabía manejar aquello aunque le fuese imposible explicar por qué.
Recorrió el teclado con pericia mientras la otra mano apretaba el foco de todas sus angustias. Notó humedad en los dedos y supuso que estaba sangrando. La masa lechosa que tenía enfrente se convirtió en luminoso visor. Una pericia inconcebible dirigía los movimientos de su brazo. Al levantar la palanca pudo entrever el recinto y a sí mismo forcejeando con la máquina envuelto en un débil halo verduzco; acto seguido la condujo al otro extremo y contempló con nitidez la nave donde estaba encerrado, una diminuta cápsula esférica vagando como un átomo por la inmensidad del universo desde haría quién sabe cuántas décadas.
En ese momento reparó en dos detalles. Enfrente, a su alcance, se encontraba la aguja que marcaba una velocidad muy superior a la de la luz. Pero lo inquietante de verdad era la certeza de que quien le había herido gravemente tenía, por fuerza, que estar allá dentro, inspeccionando a su lado el universo por toda la eternidad y más aún.

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