lunes, 19 de febrero de 2018

Cenizas por el suelo (Relato incómodo)

Todavía le quedaba un tercio del segundo whisky, por las venas de sus brazos corría un fluido acalambrado, le zumbaban las sienes, ante sus ojos pasaban nubes ligeras. Acercó su taburete al de Gaby, que apuraba su coca cola y comía maíz frito a puñados sin preocuparse de una eventual borrachera, pues esa noche le tocaba conducir.
-Te estás mareando, Paz.
-No, solo tengo sueño, perdona ¿me prestas tu hombro?
-Espera, voy a pedirte un café.
-Señoritas…
Tras ellas, un corpulento pelirrojo con camisa blanca y corbata agitaba las manos en un ademán algo rígido, como si el cuello, sin permiso de su dueño, esbozase una reverencia.
-¡Camarero!
-No se van todavía, ¿verdad?
-¡Qué va! Mi amiga está pidiendo café.
-¿Cómo café? Nosotros les invitamos a una copa.
Entonces se fijó en el otro. Moreno, algo más alto, mirada retadora y cuerpo atlético.
Tenían reservada una mesa al fondo del local. El pelirrojo se hizo cargo del café, la coca cola y dos cubatas para ellos, mientras tomaban asiento junto al tío bueno que las miraba con descaro y sonreía. Por su lado pasó Laura, la secretaria de su departamento, que arrimó la boca a su oído doblando la rodilla y sujetándose el zapato izquierdo, en un aparatoso movimiento que, en vez de disimular, llamó la atención de los más próximos.
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-¡Cuidado! Ese chico estuvo…
Su mirada se cruzó con la de él e ipso facto se apartó dando traspiés como si se le hubiese roto el tacón. A Paz le extrañó verla asustada aunque la olvidó pronto, en cuanto estuvieron allí las bebidas; de buena gana se hubiese tomado otro whisky, pero ese era su límite y no se lo saltaba jamás.
Cuando el más viejo se sentó junto a Gaby, supieron quién había elegido a quíén. Atractivos aparte, los dos eran buenos chicos, trabajaban en la comisaría del barrio, a unos veinte metros del bar, y esa noche estaban de servicio. Les extrañó que no llevasen uniforme, que les permitiesen beber alcohol, que admitieran estar de incógnito. Las dudas se disiparon cuando aparecieron dos chavales de uniforme y el gordo se levantó para hablar en privado con ellos.
-Es el jefe –explicó, pavoneándose, el guapo-. Aunque no os lo creáis, ahora mismo estamos persiguiendo a un delincuente.
A Paz ya se le había pasado el mareo, Gaby miraba al más fornido entornando los ojos, se interrogaron con la mirada. Sí, estaban conformes.
Los polis jóvenes entraban y salían, recibían órdenes, cuchicheaban con su superior. Se apoyaron en los respaldos. Estaban cansadas y el local empezaba a vaciarse. El de pelo rizado volvió, por fin, de su último paseo frotándose las manos como si se sintiera orgulloso de algo o se hubiese quitado un peso de encima.
-Vámonos.
Lo estaba diciendo el moreno. Su colega parecía decepcionado, aunque no podía negar que se había hecho muy tarde. Iba a buscar un taxi, dijo, y las llevaría adónde quisieran. Resultó que Gaby y él iban en la misma dirección, así que salieron juntos y el otro se ofreció a acercar a Paz.
Por el camino, ella habló de las solicitudes que se acumulaban en la oficina de patentes, él de una novia que acababa de abandonarle. Lo peor de lo peor, según dijo.
-Algo tendría de bueno.
Hablaba por hablar, hasta que sorprendió la ira en los ojos del otro y sus manos agarrotadas en el volante.
Pero estaban llegando. Aunque ceñudo, el hombre dio la vuelta a la última rotonda y aparcó donde ella le dijo.
-Conozco esto, hay un aparcamiento ahí detrás.
-El del centro comercial, sí.
No hizo mucho caso al comentario, se sentía aliviada, había llegado a casa sin contratiempos. Solo pensaba en quitarse los zapatos después de echar el cerrojo a la puerta.
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Entoces su acompañante dio un volantazo y arrancó en dirección contraria. En cuestión de segundos, estaban parados en una zona oscura, entre docenas de coches vacíos y él forzaba una risita malévola.
-No esperabas esto, ¿eh? No de alguien como yo.
Le cayó encima como un alud. Por su cabeza pasaron fogonazos de escenas: ella acusando al acosador en su propio lugar de trabajo, el pelirrojo tomando declaración con la frente más colorada que nunca. Clavó las rodillas en los riñones de aquel indeseable, se incorporó, palpó su ropa.
-Necesito un cigarro ya.
Al otro le pilló de sorpresa, volvió a su asiento, la miró como si fuese otra.
-¿Estás asustada?
-No, ¿por qué? Ahora mismo vas a quitar el seguro de la puerta.
-Te llevo yo, no te preocupes. Nunca te dejaría sola en medio del campo, ni a ti ni a ninguna mujer.
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Mejor no ponerlo en duda. Se obligó a cruzar los brazos sin perderlo de vista mientras fumaba sin parar y echaba toda la ceniza en la moqueta.
-¿Puedo volver a verte?
“Paz, tienes que salir de aquí como sea, dile que sí a todo, ni se te ocurra llevarle la contraria”.
-¿Cómo?
-Que si me puedes dar tu teléfono.
-No llevo boli, si tienes una tarjeta dámela y te llamo.
-Pero llevarás un lápiz de ojos.
-Eso sí. Y una libreta para apuntar.
-Perfecto.
Se habían parado ya. Su portal estaba a seis metros. Sacó el cuaderno y anotó rápidamente. “Cambia un número, uno solo, no vaya a ser que quiera asegurarse y te pregunte en cuanto le des el papel. Como te vea titubear estás perdida”.
-Aquí lo tienes.
-¿A qué hora quieres que te llame?
“Lo lograste, estás saliendo del coche,  solo hay veinte pasos entre tú y la puerta, camina erguida, no te vuelvas, que no sienta ese temblor, sujeta bien el bolso, abre y cierra de golpe. ¡Guauu!”

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