miércoles, 14 de agosto de 2013

Figuras de otros tiempos. La lechera

En los últimos años cincuenta y primeros sesenta aún existían vaquerías en Madrid. Uno de los primeros recuerdos de Mario está unido a una de ellas, en plena calle de Alcalá. La lechera se llamaba Felipa. Las vacas mugían y hedían pero a él, a sus cinco o seis años, debía parecerle un aroma exquisito, olían a algo insólito y maravilloso, a algo que añoraba y que se encontraba fuera de su alcance. A campo. Él, que jamás había visto un establo y no entraría en el primero hasta los quince, que apenas entrevió un cultivo durante las fugaces vacaciones en el pueblo de unos familiares remotos, se sentía fascinado por esas presencias misteriosas que mugían detrás de las paredes y que no podía más que intuir. Vacas. Tan lejos y tan cerca. Bebía su leche a diario, se empapaba de su esencia, escuchaba sus ruidos y respiraba su mismo aire pero, fuera de una foto en su libro de ciencias, nadie le había dado una pista de su aspecto.
Johannes Vermeer - La lechera
Un espejo empotrado ribeteado de azul ocupaba la pared mágica. Al otro lado, el rumor de unas pisadas inhumanas, enérgicas, que fascinaban a la vez que hacían temblar. Felipa llenaba las lecheras de cinc que, tiempo después, al popularizarse el plástico, fueron sustituidas por cilindros estriados de alegre colorido con su tapa a juego. Ella solía asegurar a los niños, con convicción aparente, que alguna vez les dejaría entrar a ver las vacas. Era una mujer oronda, de expresión afable, con el pelo negro y tirante que dejaba ver su amplia frente y unas entradas angulosas y enormes. Por debajo del mandil negro vestía uniforme a listas grises con cuello y puños blanquísimos. Él la creyó siempre con la fe incuestionable de los niños –al menos de los niños de entonces–, sencillamente porque no había motivos para mentir. Más tarde comprendería que aquello no fue más que una treta para que no siguiese insistiendo. Y le dolió. Mucho más que si lo hubiese descubierto de niño. Porque no contemplar nunca aquellas vacas había constituido, fuese consciente o no de ello, una dolorosa laguna sentimental, y aquel eterno aplazamiento, un desprecio a su dignidad de niño y un insulto a su inteligencia. Fue una de tantas estupideces que la arrogancia de los adultos se permite solo porque puede hacerlo. Felipa sembró la ilusión en él de una manera algo tonta, permitió que, día tras día, imaginase el  instante prodigioso en el que le sería permitido asomar la cabeza por la puerta de cuarterones y atisbar lo que había al otro lado.
Después ha estado en muchos establos, ha visto vacas en hilera, ordeños, han llenado su tartera con el líquido recién extraído y esterilizado previamente, pero cuando eso ocurrió él había llegado hasta allí por sus propios medios. No podía ser lo mismo. Hay conductas que siempre le han parecido incomprensibles.
En cuanto creció un poco le mandaron a estudiar fuera. Cuando volvió, en las primeras vacaciones, Felipa y sus vacas se habían esfumado. Abrieron una zapatería en su lugar, un local que se ha conservado hasta hoy, como otros cientos esparcidos por la calle de Alcalá, en el arranque de Hermosilla, un anodino escaparate repleto de zapatos de mujer, un moderno espacio comercial donde, probablemente, jamás han engañado a un niño.
 

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